Referencias:
Dominus/Domina: Amo/Ama.
Servus: Esclavo.
Consul y Praetor: Durante la República, los que empleaban mayor cargo político en Roma eran dos consules, cuales tenían un rango similar al de un Rey y Reina. Y un praetor por debajo, sería el equivalente de la Mano del Rey. Estos cambiaban cada semana, pero aquí esto no sucederá.
Domus: Son las viviendas romanas que poseían las familias de alto nivel económico.
Villicus: Esclavo encargado de vigilar el trabajo de los otros esclavos.
Cubicularius: Ayudante de cámara, es el esclavo que sirve al amo dentro de la habitación, tanto como para vestirse como para dormir junto a él, si este lo deseara o no.
Imperator: Era el nombre que se le daba al romano que tenía el poder de mando militar durante las campañas militares.
Decurión: Maestro de armas de diez soldados de la Legio.
De Poniente a Roma:
Invernalia= Gallia.
Desembarco del Rey= Roma.
Islas del Hierro= Grecia; Macedonia es equivalente a Pyke.
Canto VIII
—Obedecerás las órdenes con entusiasmo y sin vacilar. Renunciaras a la protección de la ley civil romana y reconoces el poder de tus comandantes de matarte sin juicio por desobediencias o deserción. Prometes servir bajo los estandartes durante tu periodo de servicio y no abandonarlo hasta que tu comandante te releve. Servirás a Roma con lealtad, incluso a costa de tu propia vida, y respetaras la ley en lo que respecta a los civiles y a tus comandantes en el campamento. —El Decurión comenzó a decir.
Los reclutas se encontraban de rodillas enfrente al santuario de los dioses. En las puertas al santuario se encontraban las estatuas del próvido Júpiter Cronion, a su lado la veneranda Juno y por ultimo Neptuno, que bate la tierra. La noche caía y los reclutas unos muy cerca de otros se mantenían calientes por el inminente frio.
—Jamás abandonare a mis camaradas para salvar mi vida, jamás abandonare el puesto en la línea de batalla, excepto para recoger un arma, atacar al enemigo o salvar a un compañero de armas. —Así dijeron al unísono los hombres que dando un paso al frente esperaban convertirse en hombres juramentados. — ¡Escuchad y ser parte inmortales dioses de la entrega de mi vida y honor a Roma!
Dejando atrás la cobardía y la inexperiencia los hombres enderezaron el cuerpo obteniendo la valentía necesaria para abandonar herencias, esposas e hijos, y dedicarle la vida a la protección de la Republica hasta el fin de los días que con suerte seria obtenido en la guerra o por la vejez que prolongaría el juramento.
—Hermano, el más querido de todos. —Jon Snow estrechó sus brazos en la espalda de Samwell Tarly y le dio un potente abrazo. Sam le correspondió apretándole los huesos, expulsó un gritito por el no intencionado dolor.
Abrazo a Pypar, a Grenn y a sus demás hermanos después de que Sam lo hubiese hecho. Volvió a la tienda, debía prepararse para la cena y los juegos que se les ofrecerían en la noche por la bienvenida a la legio como hermanos juramentados. El fuego calentaba el ambiente del campamento y las bromas de Pyp a Grenn le hacían sonreír. Samwell con lentitud lo seguía con interminables carcajadas.
—Eres tan estúpido que ni siquiera pudiste terminar de completar el juramento. —Pyp le dijo a Grenn con su melodiosa voz.
—Tú eres estúpi-p-fido. —Grenn se enredó la lengua con la saliva y provocó las carcajadas de todos los hermanos alrededor.
— ¡Oh, vamos! ¡Tienes que poder decir estúpido!
Al terminar de reír Pypar se echó a correr mientras incitaba con más bromas a Grenn que lo perseguía con torpeza, era un espectáculo constante que se daba en el campamento y del cual se había acostumbrado. Y que solo podía recordar en sueños.
Cuando el bastardo de Roose Bolton se halló en la perrera Jon Snow despertó. Resistió y le dio pelea como ningún otro hubiese hecho, fue detenido por las cadenas que se enredaron en su cuello, quitándole el aire, y el golpe que en su rostro recibió, el labio inferior se le rompió y la sangre emergió.
Al estudiar el juramento jamás imaginó que su deber como hombre juramentado se reduciría a eso. Tenía presente en la mente lo que Damon Bailaparamí le había advertido y sucedió, al finalizar la celebración tuvo que abandonar aquello que en poco tiempo aprendió a amar. «Te odio.» Pensó y no dijo al momento en que Damon lo condujo a la basterna y Ramsay le colocó un sucio collar en el cuello.
En sus rodillas suspiró, sabía que era Theon y eso lo ayudaría pero el dolor no fue menos acometedor. Ni en el mismísimo inframundo se encontraría tal malestar. Theon en algún tiempo tuvo el toque dulce y delicado, y ahora entre las garras del Bolton era áspero y brioso. Se hubiese entregado a Theon, mas ese hombre de afilado rostro y flaca silueta se hacía nombrar Reek.
La mañana fue más reconfortante con sus dientes acorralando la lengua de Ramsay, duró poco por supuesto, no obstante lo disfrutó más que cualquier otra cosa en su vida. Y dioses, el sufrimiento que lo abordó al tener los dedos separándole los labios con brusquedad. Su paladar era frotado una y otra vez a medida que sus cabellos eran jalados de adelante y atrás, era una sensación molesta que le cosquilleaba y le provocaba nauseas. Un escaso placer lo llenaba con los movimientos de Theon, a ratos lograba acostumbrarse al sentirlo golpeándole la próstata.
El estrepito de la puerta cerrándose le hizo lanzar un gritito y en la soledad de la fría habitación se acurrucó. La sangre de su dedo comenzaba a aligerar la salida, y en cambio, el dolor aumentaba con cada una de sus respiraciones. Tosió, escupió y aborreció el sabor en su boca. Cerró sus ojos cuales lacerados por las lágrimas ardían.
Las sábanas eran mucho más cómodas que el mugriento suelo de la jaula. Podría soñar si tan solo tuviera imaginación para prohibir en su mente los anteriores sucesos. Se hubiese quitado el collar si no le doliera vivir. Pegó sus rodillas a su pecho y lloró.
—¿Te han tratado muy mal, pequeño?
Jon no tuvo que separar sus parpados para reconocer esa voz. En sus cabellos se plantaron cálidas manos, conocidas por su cuerpo, y Jon por una desconocida razón sintió satisfacción. Abrió sus ojos, parpadeó varias veces para poder observar con claridad los verdosos ojos de Damon.
—Necesito un baño. —Jon susurró. —Por favor.
—Necesitas mucho más.
Damon le sonrió, Jon hizo lo mismo—una curva en sus labios que quizás se pareciera a una sonrisa—. Fue tomado desde la cintura, sus piernas caían de los brazos y su cintura se apoyaba en las palmas. Su mano izquierda rasguñó la espalda hasta instalarse en el hombro. Su cabeza ladeó, arriba y abajo acoplándose al pecho contrario y absorbiéndole el calor que el latir del corazón expulsaba.
Las manos eran fuertes, suaves pero fuertes. El largo y claro cabello le caía en el rostro y a pesar de que era tedioso le gustaba olerlos. El día nunca fue tan claro como ese, a lo mejor eran los rubios mechones que lo confundían o el sol que realmente radiaba tal si del ultimo día se tratara.
Asemejándose a un gato que teme y aborrece el agua, Jon clavó las uñas en el hombro de Damon al instante en que este amenazó con soltarlo e introducirlo a la tina. Con el rugido de un león el pequeño gato silenciando sus miedos permitió que se le mojara.
Un bajo gemido brotó de sus labios al tener la tibia agua mojándole, le llegaba hasta el pecho. El semen en su interior se esparció al mover sus piernas y crujió los dientes, el líquido era más caliente que el agua.
El jabón le tocó los omóplatos y supo lo débil que se sentía al percibirlo demasiado pesado. Se expandió por sus hombros descendiendo hasta sus codos para levantarle los brazos y limpiarle la muñeca y la mano, en los dedos era primoroso cubriéndole cada sección. La mano derecha no fue tocada y la sangre se hizo una con el agua, sin lograr cambiarle el color por completo.
Al dirigirse a su pecho las manos se detuvieron al costado del collar. Damon dio un ilegible sonido y preguntó: —¿Es tuyo?
Jon negó meneando la cabeza y respondió: —De Theon…. de Reek.
La zona que ocupaba el collar fue ignorada y el jabón descendió a su vientre, las palmas lo acariciaban en círculos luego de que este haya aportado su rastro. Seguramente fue tocado con mucha más suavidad anteriormente, sin embargo no recordaba nada antes de las caricias de Damon.
En su pelvis el jabón se deslizaba por el contorno de su polla, se mordisqueaba el labio con las subidas y bajadas. Sus muslos eran el lugar más caliente de su cuerpo y sabía que las manos del otro lo notaron al poseerlas.
—Voltéate, limpiare tu espalda.
Jon obedeció. El hombre que lo compraría por quince denarios clavaba la vista en su húmeda piel. «Te odio.» Su silueta fue contorneada, por todos los huesos de su columna vertebral el jabón fluía. Un escalofrío lo paralizó al tener su trasero siendo repasado. El jabón fue soltado cayendo a sus pies y sus nalgas fueron distanciadas, un dedo deambuló por su entrada y después de frotarla se introdujo en ella.
Sus ojos se abrieron con grandeza y sus labios se alejaron inhalando una gran cantidad de aire. Un grito se disparó. Otro entró y en conjunto con el primero separó su piel, se movieron en vueltas de dentro a fuera para quitar los extractos de semen que conservaba impregnados en su interior.
—Aun estás húmedo.
Las yemas de los dedos arrastraban el líquido raspando su carne interna. Jon no hizo más que gemir y apretar los dientes en su labio inferior, estaba seca por lo que resquebrajaba al aplicar algo de fuerza. Un último giro, más profundo que le quitó un grito. Su interior se sintió frio y vacío sin el semen ni los dedos.
Jon inhaló al bajar su cabeza y tener todo su cuerpo en el agua, si quisiera se quedaría allí abajo hasta que el aire se le acabara pero le gustaba el tacto de Damon y regresó a la superficie. Sus cabellos mojados eran mucho más pesados.
Damon lo cubrió en suaves telas, cuidaban su piel tanto como los brazos contrarios en los que se volvió a encontrar. Si intentaba lograría caminar con normalidad, no era necesario que se le cargara tal si de una mujer se tratara. Sabía eso y prefería acurrucarse en el pecho del otro.
La habitación a diferencia de la perrera era cálida y la cama en la que fue posado excesivamente más pulimentado que el sofrío y sucio suelo. Damon lo dejó solo por unos segundos, cuales usó para recoger algunos utensilios. Tomando una banqueta se sentó enfrente suyo, tenía un estuche en los muslos.
—Dame tu mano.
Le dio su mano derecha, Damon la tomó con demasiado cuidado que le estremeció. Del estuche agarró el tarro con ungüento y abarrotándose los dedos con este le acarició el muñón de lo que en cierto tiempo fue un largo dedo. Ardía, desde lo que quedó del dedo se propagó una hoguera por su mano.
—Respira profundo, voy a coser tu dedo para que no se infecte.
Damon preparó la aguja y Jon frotó sus muslos, nervioso. Inhaló, la aguja se aproximaba a su dedo y no deseó ver lo que ocurriría. Imaginó cual sería el dolor y no pensó que este lo sobrepasaría. La aguja clavándose en su carne era tan voraz como el cuchillo con el que Ramsay lo despojó de su dedo.
Gritó y gritó, su garganta se resecaba. La aguja atravesaba de lado a lado su carne y regresaba haciendo un hueco a la distancia de un centímetro del anterior. Las lágrimas le arruinaban la visión.
—Silencio. —Damon le ordenó. —Sostén mi mano en tu boca, si sientes mucho dolor puedes morderla.
Jon lo hizo, el sabor de la mano de Damon era agrio. Su boca obtuvo tres dedos, su lengua se agitaba molesta por el rozar del meñique. Con la aguja provocándole un nuevo hueco sus dientes se clavaron en el dedo medio, Damon gruñó y Jon no se sentía contento al lastimarlo, si pudiera controlar el dolor no habría necesidad de apretar los dientes.
Las lágrimas le enrojecieron los ojos al momento en que la aguja terminó su recorrido y liquidó la distancia entre los extremos de su corto dedo. Se sonrojó al aflojar sus dientes y devolver la mano marcada por sus dientes, rojiza por la presión y empapada por su saliva.
Damon le quitó las telas que lo cubrían de la fría brisa y le secó el cuerpo. Despacio por las mínimas secciones de su cuerpo, en las caras internas de sus muslos, en su vientre, en su pecho, en su cuello, podría endurecer por cada pasada.
—Duerme, cuando despierte tendré algo de comida para ti.
Sus cabellos mojaban las cobijas, la cama era espaciosa para una sola persona. En la legio él se acostumbró a dormir acompañado, Damon todas las noches se encontraba su lado y lo amarraba entre los brazos sin dejarle escapar. Había noches en que percibía la erección contraria golpeándole los muslos, de arriba a abajo se frotaba en el mientras unos jadeos le llenaban el oído y jamás le fastidió ni detestó esa acción.
—Quédate conmigo, no me gusta dormir solo. —Pidió.
—Como desees.
Damon se colocó cerca, muy cerca. Un brazo por debajo de su cuello y el otro enlazado a su cadera. Jon inclinó la cabeza acercándose mucho más y cerró sus ojos al tener sus manos en el cuerpo contrario.
—¿Estuviste de acuerdo en "eso"? —Jon preguntó moviendo los labios con pereza.
—¿Crees que sabía? Nunca lo hubiese permitido, eres mío. —Damon respondió, poseía una voz muy dulce para su gusto.
—Gracias.
Jon recibió el don del sueño.
Al despertar se encontró solo. «Pensé que te quedarías conmigo.» Esta vez soñó con el día en que se le fue entregada su primera espada, por supuesto fue mucho después de que Robb tuviera la suya pero estaba tan feliz que ninguna contradicción que Theon Greyjoy le dijera cambiaria eso. La usó con mucho cuidado para no romperla, siendo un bastardo tenía pocas esperanzas de conseguir una nueva en tan escaso tiempo transcurrido.
Jon parpadeó, las cortinas se corrieron y Damon entró con una bandeja en las manos. El pollo rebalsaba en el plato y el agua llenaba hasta la mitad la copa. Se preguntó si debía arrodillarse en el suelo y comer al igual que un perro o Theon. Mas Damon se sentó en el borde de la cama y Jon se le acomodó al lado. Un trozo de pollo fue cortado y descansado en la mano del otro que se acercaba a su boca.
—Separa los labios.
Sus labios se distanciaron, en su lengua se apoyó el tibio pollo. Los dedos se apartaron con lentitud mientras percibía aquel delicioso sabor que se propagó al cerrar su boca y masticar. Damon se chupó la yema de los dedos antes de tomar otro pedazo y encajárselo en la lengua.
—Está delicioso. —Se relamió los labios.
—Lo sé.
La hambruna que lo asolaba lo hacía capaz de chupar los huesos hasta secarlos y mordisquearlos hasta destrozarlos en cientos de segmentos. El ultimo trozo cayó en su boca y lo degustó despacio obteniendo cada particular sabor y detectando entre ellos los que pertenecían a su saliva. El agua borró algunos rastros del gran gusto que se atoró en sus dientes. Tuvo que posar la copa en el suelo al momento en que Damon se levantó y no la tomó.
—Descansa, el Dominus te relevara de cualquier trabajo por hoy para que puedas recuperar fuerzas.
Supuso que con Ramsay no había muchas opciones en cuanto a trabajos, al estar bajo el cuidado de Roose Bolton tenía uno tranquilo que de todas formas era malo, pero era mucho mejor de lo que podía obtener con el hijo.
—¿Volverás?
—Lo desearía pero yo si tengo trabajo.
—Quédate conmigo. No me gusta estar solo. —Dijo y quizás se mintió a sí mismo, no quiso pensar demasiado en ello. —Quiero que estés conmigo.
Un parpadeó fue lo que tardó Damon en soltar la bandeja y con premura arrimársele, Jon jadeó deseoso e impaciente. Una mano se colocó en su cuello y la otra en su mejilla, levantándole el rostro y posicionándole para que fuera conveniente la asociación de los labios. Sus pestañas descendieron a medida que los otros también lo hacían, los verdosos ojos contrarios brillaban y podía verse reflejados en ellos.
Primero, con delicadeza le tomó el inferior, colocando un beso en este, separándose y volviendo otra vez sobre su boca. Tímidamente fue abriendo su boca, cediéndole el paso a la lengua ajena. Jon pudo jurar que nunca fue besado así, el toque de la lengua era tan sofocante y lo recorría de una forma que lo dejaba sin aliento y le quitaba toda experiencia.
Con torpes imitaciones acompañó el andar de la otra lengua, consiguiendo un gusto agrio cada vez que ambas se tocaban. Era una pelea que no lograba ganar, no importaba cuan bueno fuera con la espada, esto era otro nivel.
Un electrizante sonido acompañó la separación de las bocas, regularizó su respiración que dé a momentos perdía y entretanto las manos se posaban en su cintura que fue desde donde su cuerpo fue elevado. Su espalda recayó sobre la cama y su cuerpo se vio acorralado por el otro.
—¿No te arrepentirás?—Jon negó sacudiendo la cabeza, su voz no tenía la suficiente fuerza para salir. —¿Me deseas?
—Siempre.
Los besos iniciaron en su cuello y culminaron en su vientre donde los dientes se crearon un lugar. Los labios se distanciaban a un tiempo que se transcribía en una eternidad, Jon los anhelaba desmedidamente expectante. Al acoplarse los dientes se presentaban agarrando parte de su piel.
Un beso donde la mordida se originó y dirigiéndose a una nueva porción de su piel los labios se apartaban y los dientes se ensamblaban con él. Debajo de las pistas de saliva se divisaba un color rosáceo que crecía y crecía.
Su polla comenzaba a endurecer, su sangre se calentaba y hacia que su cuerpo cediera. Tembló cuando los húmedos besos se plantaron en su pelvis, las grandes manos se expandieron por sus muslos, separándoles y permitiendo que el cuerpo contrario se ubicara entre ellos. La lengua lamió a lo largo su polla, Jon gimió arqueando su espalda.
Requería de ese mojado contacto, su polla se hinchaba más y más, un cosquilleo tedioso se le instalaba en la punta. No obstante, la lengua prosiguió con sus muslos olvidándose, completamente de su principal necesidad. Sus muslos, calientes, se humedecían por las respiraciones que acrecentaban el quemar.
—Por favor. —Murmuró.
—¿Por favor qué?
Y entonces lo comprendió, debía suplicar, suplicar con todas su ímpetu. ¿Por qué Damon se interesaría en satisfacer sus necesidades? Tuvo que saberlo de antemano, Damon no querría su placer, querría que su boca se moviera y de esta se escaparan miles y diversas suplicas. Porque así era mejor, más dulce, y lo complacería, le daría el poder sobre su cuerpo si era inevitable para traerse satisfacción.
—Toca allí, por favor.
—¿Dónde es allí?
Ah, la voz de Damon estaba endulzada con miel. Las manos oprimían su carne, los labios se distanciaban con mucha mayor lentitud y los dientes tironeaban su piel durante unos largos segundos, era seguro que de la misma manera debería rogar para que ello se hiciera con algo de precisión y urgencia.
—En mi polla… toca mi polla.
—¿Con que debo tocarla?
—T-tócala… toca mi polla con tu boca.
En su garganta se atoró el aire, su vida pareció abandonarlo al momento en que los labios de Damon se descansaron en la punta de su miembro. Un suspiro se le escapó imaginando como la boca se apoderaría de él, sería algo nuevo que le hicieran y las ansias le hacían desesperarse. No tuvo que seguir pensándolo, estuvo a punto de rogar y los labios se le adelantaron empezando a descender. Sus dedos se clavaron en las sábanas, los de sus pies se encresparon.
Su cadera se levantaba siendo parte de la introducción. Los labios cayeron y subieron con rapidez la primera vez, en la punta lo dejaron y la corriente le produjo un quejido. Un beso al glande y la lengua se extendió al tiempo en que los labios retomaban la reunión con su polla.
Sus ojos se entrecerraban y su cuello se doblaba con la harmonía con la que los gemidos se expulsaban. La sensación era gratificante a ese ritmo parsimonioso y suave, los labios rozaban su piel y lo obligaban a moverse para que se tocaran; no obstante, se sentía mejor si era más animoso y tosco, con los labios oprimiéndole la piel, los dientes apareciendo furtivamente en un ligero intento por tocarlo y la cabeza subiendo y bajando con prisa, sin preocuparse por lo demás.
—¡Oh, dioses, tan bueno!
Unos tímidos halagos fueron soltados sin que siquiera lo notara, un sonrojo le sombreó el rostro al deliberarlos. Damon se movió inconstante, se pausaba de un momento a otro y Jon ya no sabía que debía esperar. Se reducía a apretar las sábanas y abrir grandemente su boca dándole espacio de partida a su voz.
Con el líquido pre seminal tempranamente brotando Damon se detuvo y estuvo advertido de ello. La lengua relamió los bordes de su miembro, nada más y no era suficiente, necesitaba y quería mucho más. La impotencia pasó a ser lo que lo hinchaba.
—Hazme venir, por favor. —Imploró al hartarse del juego previo.
Y Damon lo escuchó. Dentro de la boca su polla fue oprimida, la saliva que se arremolinaba en ella fue chupada y la lengua se enredó en la punta. Sus ansias no aguardaron otro segundo y su semilla fue depositada en la boca del otro. Toda la fuerza que en sus dedos se hallaba se calmó y su cuerpo al terminar de retorcerse yació con placidez.
No descansó, recuperando estabilidad se levantó y antes de que Damon llegara a él, se le abalanzó. —No me gusta estar abajo. —Le susurró al sentarse encima de los muslos, esas palabras le hicieron considerarse tan atrevido y era algo bueno. Había una anhelo floreciéndole en el cuerpo que si quisiera no podría explicar pero lo incitaba a ello, a obtener mayor placer, uno superior al que supo disfrutar con anterioridad.
Un beso en la punta de la nariz, minúsculo, que dio inicio a los siguientes que se ubicaron en el pecho. Lamió el pecho derecho adornado con una cicatriz que era equivalente a la que un rebelde gato dejaría con sus cortas y apenas filosas garras. Y recordó cuan segado estaba en ese momento, efectivamente le apetecía matarlo, nunca se apasionó tanto algo como en ese y este instante. Siempre ambicionó tener a Damon solo para él.
—Lo siento. —Dijo lánguidamente. —Perdóname, perdóname.
Su rostro fue tomado y se le impidió que prosiguiera con su accionar —para ser sincero no estaba al tanto de que era lo que pretendía hacer —. Damon situó los brazos en su cadera y lo atrajo hacia sí. Sus piernas se separaron para encajarse en el contorno del otro cuerpo y enclavarse en la espalda.
—Tranquilo, pequeño. —Le dijo, avergonzándole. —Dime, ¿qué es lo que deseas?
Jon no tardó al contestar y con trémula voz pronunció: —Te deseo a ti.
Damon se mojó el dedo medio, sin prisa para que Jon pudiera ver cada cambio en el deslizar y se mordisqueara los labios por la agitación. El dedo viajó a su entrada con tal pausa que le frunció el ceño. Al introducirse en su cavidad lanzó un gritito.
Damon le acercó el rostro, Jon esperó un beso y recibió un murmuro: —Fóllate mi dedo.
El dedo se movió en su interior, dando vueltas y profundizando la intromisión. Jon alzó su pelvis y descendió, se meneaba entre ambas inclinaciones. Un pequeño dolor se abrió camino en sus carnes por la introducción y se fue aplacando a medida que recaía a un ritmo acompasado. Arriba y abajo, una y otra vez, un dedo no era suficiente.
La polla de Damon endurecía y se elevaba por encima de las telas, al follarle el dedo lo acariciaba con el suyo. Un gemido se filtraba de la boca de Damon al rozarle el miembro, la fricción de ambas pieles interceptadas por la tela también le causaba gusto.
—No quiero follarme tu dedo. —Explicó. —Quiero follarte a ti.
—¿Y cómo se pide?
—Por favor, déjame follarte. —Jon sin tomar el requerido permiso corrió la túnica y su mano fue una con la dura polla. Sus dedos palmearon la punta y se acoplaron al tronco, apretujándole y haciéndole gemir. Por un segundo saboreó el sabor del poder de mando. —Por favor.
—Fóllame, pequeño.
Las manos de Damon se aferraron a su trasero, los dedos se desplazaban por la correspondiente nalga. Estas fueron distanciadas, Jon al inhalar profundo y erguir su espalda, condujo la polla a su entrada donde jugó un rato y finalmente dilató su piel. Jon gritó, un punzante ardor lo llenó en el desgarrar de su carne. Con la polla en su completo interior se mantuvo quieto hasta que el dolor fue menos a la delectación.
—Muévete. —Se le ordenó y acató.
Eran movimientos conocidos y repetidos, arriba y abajo, dentro y fuera, y no se cansaría de ellos. Damon oprimió la carne de su trasero aprobando las embestidas que él mismo establecía, los dedos eran fuertes y se marcaban en el camino. Mordió su labio inferior y trató de evitar la incómoda mirada del otro que no se desprendía de su rostro.
Por los labios de Damon pasaba cada tanto un gemido o algún rugido, que se acallaron al alojarlos en su cuello. Los labios eran lamidos y húmedos se conectaban con su piel donde esta era absorbida y mordida como simple carne de ternera.
—No toques, no te lo he permitido.
Posó las manos en los hombros contrarios, el dolor en su faltante dedo ya se percibía inexistente. Y tan rápido como llegaron fueron quitadas y trasladadas por detrás de su espalda, sus muñecas fueron juntadas y pegadas a los huesos de su columna vertebral. Damon las soltó para volver a su trasero y hubiese podido desobedecerle, mas el mismo se articuló las manos.
Damon lo manejó, no era quien tenía el mando en las embestidas, ahora se dedicaba a sacudir la cadera cuando se le era pedido. Su cuello era quemado por la caliente y excitada respiración, su trasero moldeado en las manos que sin descanso lo apretaban más y más fieros.
Y en el final su anhelo fue saciado con la semilla de Damon Bailaparamí.
Con la caída de la noche Jon Snow lentamente salió de la cama. Damon dormía con tranquilidad, los labios se le separaban y la saliva le caía por una de las comisuras hasta las sábanas. Jon tomó la túnica sobre la punta de la cama y cubrió su desnudez. El semen le caía por los muslos internos, sus dedos pasaron por ellos y acarreando el líquido aun tibio en sus uñas lamió sus dedos.
Con sigilo y de puntillas abandonó la habitación. Algunos esclavos deambulaban por los pasillos ordenando el domus, pero eran insignificantes, para Jon unos cuantos rostros eran nuevos. El Dominus dormía por lo que la casa se encontraba en armonía. Agachó la cabeza al dirigirse al establo, las respiraciones de los caballos le llenaban el oído y la bosta la nariz, cual tuvo que arrugar.
Se encaminó a una de las yeguas que tironeaba la basterna con la que regresó a Raetia. Era más alta y agraciada que los demás, tenía los cabellos largos y sedosos, su andar era rápido a pesar de sus numerosos años. El animal levantó las orejas al notar su presencia, sacudió las crines y lanzó un relincho. Jon rápido se le aproximó al hocico y la calmó.
—Calma, linda niña. Ponte feliz, te llevare a dar un paseo.
La montó y le indicó que corriera tan rápido como el viento y las patas le permitieran. Antes de marcharse de la Legio le había pedido la noche a Samwell Tarly, sin embargo esa noche no podía escaparse de las perreras y esta resultó más fácil, ninguna fría y oxidada reja lo detenía, solo un collar que le apretaba el cuello.
El camino era demasiado tranquilo, las estrellas lo perseguían al igual que la luna. Si tan solo pudiera continuar por ellos y no tener que regresar, al recordar a Theon sabía que todavía era muy pronto para ello. Esperaba a que Sam insistiera, la noche podía ser gélida y el sueño cortó para los soldados, desearía ser parte de alguna de las carpas y tener esos apretados horarios que le reducían el descanso y la tranquilidad.
Su medio hermano jamás contestó las cartas, estaba seguro de que había sido bien enviada pero lo que no podía confirmar era si llegaban a las manos indicadas. O una respuesta no era imprescindible. Tal vez lo pensaba demasiado, tenía las esperanzas de que esta vez que las palabras serían más agrias la respuesta llegara, la ayuda de Robb era la mayor necesidad de la que requerían.
La yegua disminuyó la velocidad de su andar y el trotar de otro caballo se sintió a lo lejos. Jon no tuvo tiempo de mirar atrás cuando su cuello fue agarrado. Sus dientes rechinaron, sus manos arañaron lo que sostenía su cuello que al tocarlo supo que era un áspero látigo. Un grito del animal y su espalda se encontró en el suelo. La tierra se elevó, el ruido que sus huesos hicieron al caer fue estrepitoso.
—Es muy tarde para dar un paseo.
Esa voz, esa voz era tan dulce. Le molestaba que fuera tan agradable. Se retorció del dolor, el cuero le oprimía sin ninguna intensión de soltarlo ni dejarle inhalar. La tierra crujía con el pisar de las sandalias de Damon, a su cuerpo lo abordó un escalofrió al tenerlo acercándose. Pensó que sería el fin al ver esos ojos tan encendidos por su causa… no sería tan fácil. De un tirón se lo puso en pie, chilló, el cuero acrecentó el agarre en su cuello quemándole la piel y presionándole la tráquea al punto de que el chillido fue expulsado con un descomunal sufrimiento.
El tiempo que se mantuvo con los pies pegados a la tierra fue tan corto como el que demoró al puño contrario alcanzar su rostro. Rápido y fuerte, su mejilla enrojeció y la sangre se escupió, algo de esta manchó su labio inferior. Un golpe más y volvió al suelo, se hubiese ahogado en su sangre si el látigo no hubiera aplacado el aferrar a su cuello. Una sandalia se colocó encima del cuero y le quitó todo el aire que conservaba.
—¿Creíste que no sabía sobre tus mensajes? ¿Creíste que sería tan fácil? Me has subestimado, pequeño.
Sus manos se elevaron a las piernas contrarias, sus uñas rasgaron la piel sin la suficiente fuerza para romperla. La sandalia le aplastó con mayor fuerza, no sabía cómo era que seguía soportando tantos segundos sin aire, y lo soltó al momento en que suplicó: —L-lo siento… por favor… lo siento.
Su corazón latía cada vez más y más rápido, inhalar y exhalar era dificultoso, su garganta se secaba y lastimaba por el aire que absorbía. La yegua que con anterioridad cabalgó iba por detrás del caballo que Damon montaba y el al lado de este, el látigo se ató a su cuello y se amarró a las riendas.
No recordaba haber visto a Damon alguna vez enojado, esta sería la primera vez que lo veía tan enojado. Esa expresión, el ceño fruncido y los labios apretados. Tenía miedo de acercársele demasiado y tampoco podía alejarse ya que el látigo le ahorcaba.
—Entonces ¿dónde está la carta? ¿Senior Cerdi tiene papel y lápiz? ¿O tienes pensado decírselo oralmente y que recuerde cada palabra?
«Él se llama Sam.» Jon hubiese replicado si levantar la voz no le fuera punzante. El caballo seguía un camino recto, no regresaba al domus ni tenía un firme destino, quizás Damon de todas formas lo llevaría con Samwell, y allí… y allí. ¡Oh dioses, no quería pensarlo! ¿Y si algo le ocurría a Sam? ¿Y si era lastimado? El muchacho aun no podía defenderse y mucho menos de alguien como ese hombre, que seguramente no lo soltaría hasta lograrse sangre en todo el rostro. Sería su culpa, si no fuera insubordinado, si se hubiese quedado caliente entre los brazos del otro… si nunca hubiese deseado ser un hombre que no era. El título de un hombre libre, perseguir ese sueño solo le causaba pesares.
—Y dime, ¿dónde te espera tu amigo?
Jon conocía la respuesta a esa pregunta y no la expresó. El fuego en una antorcha marcaría el camino a su compañero, no era visible a la vista por lo que oró por lo bajo para que Samwell no se encontrara cerca. Mucho mejor sería que estuviera durmiendo con comodidad en la tienda, alejado de los males de la noche.
—Te he hecho una pregunta, pequeño, ¿dónde te espera tu amigo?
Jon no tuvo intención de responderle hasta que el látigo fue fiero en su oprimir y no hubo más opción que ser dócil: —A la derecha, cerca de las insulae.
—Buen chico. —El látigo no lo soltó pero fue más suave con su piel. —¿Ves? No era tan difícil.
La oscuridad se fue acrecentando a medida que el caballo se aproximaba a las insulae, una mínima cantidad de estrellas se hallaban por encima, la luna iluminaba las construcciones. Una antorcha encendida de cuya luz se alzaba por encima de los árboles, Jon tragó saliva. El caballo trató más rápido haciéndole correr y traquetear al principio. Samwell estaba allí esperando y contempló con sorpresa esa tediosa compañía.
—¿Jon? —Su compañero preguntó despacio.
—Oh sí, es Jon y tiene un mensaje para ti. —Damon dijo al desmontar y se dirigió a Sam.
Al tener a su captor de espalda, Jon premuroso estiró las manos a la unión del látigo con las riendas. Era un nudo dificultoso que no le costó más de unos segundos desarmar. No obstante, esos segundos lo retrasaron y ya era demasiado tarde.
Un cuchillo danzó en el aire y entre los dedos de Damon Bailaparamí. El cuello de Samwell fue tomado por detrás, un brazo se le insertó a la piel y la espalda se le acopló al torso del otro. El acero en un parpadeo se encontró clavándose en la carne. Un chillido y la sangre comenzó a emanar. De un extremo a otro, el corte que el cuchillo logró rompió cada una de las gruesas venas.
Rojo y más rojo, sus ojos se abrían grandemente y se matizaban por la sangre de su compañero. Los labios se separaban soltando ilegibles palabras, las manos se movían desesperadas a los brazos contrarios tratando de aferrarse a ellos y únicamente consiguiendo rasguñarlos.
Jon se paralizó y tembló al momento en que el cuerpo cayó y la muerte se obtuvo en el minuto próximo gracias a la sangre que obstruía el pasar de las respiraciones. La sangre goteaba en las manos y cuchillo de Damon, el hombre tenía una larga sonrisa que era para nadie más que él.
