Un caballo percherón trotaba de modo tranquilo y acompasado en dirección a una de las puertas de entrada del muro de la ciudad, concretamente de la puerta oeste, la más discreta y menos vigilada. En su lomo portaba a alguien, el cual llevaba puesta una larga capa y una capucha que ocultaba su rostro. Este levantó ligeramente su rostro semi tapado, para ver las catapultas que se estaban construyendo como método de defensa. Volvió a mirar al frente y aminoró el paso. Iba a entrar como si nada, cuando un soldado yunkio se adelantó con paso rápido y le agarró de las bridas para que detuviera su paso.
- Alto ahí.- Ordenó el soldado, lo cual el jinete hizo.- Quítate la capucha.
El jinete obedeció, para mostrar su rostro. Este era un rostro femenino, angelical y hermoso como pocos había visto aquel soldado. La muchacha tenía un cabello largo, suave y ondulado del color del oro que le enmarcaba el rostro, y unos ojos de color esmeralda que dejaban hipnotizado a cualquiera que los mirara. Su piel era pálida y suave, sin manchas o arrugas que lo afearan. Todo ello coronado con una sonrisa perfecta y radiante de perlas blancas.
El soldado quedó por unos segundos hipnotizado, pero en seguida se recuperó.
- ¿De dónde venís, hermosa dama?- Preguntó entonces.
- Disculpad que os hable en Alto Valyrio, soldado.- Respondió entonces la hermosa muchacha.- Soy lyseña, llevo muy poco tiempo aquí y aun no conozco del todo bien vuestro idioma. ¿Podéis entenderme?
- Un poco.- Dijo nuevamente el soldado, para pasar a hablar el idioma de Lys.- Pero si queréis, os puedo hablar en vuestro idioma.
- ¡Oh! Muchas gracias, que los dioses os bendigan.- Contestó entonces la muchacha en su idioma natal.
- Pero no me habéis contestado, hermosa dama.- Lisonjeó entonces el soldado.
- Oh, bueno… me da un poco de vergüenza contarlo.- La muchacha se mostró tímida, pero al ver que el soldado esperaba una respuesta, continuó.- Vengo de ver al capitán Zhertak oz Laghar, me envió uno de los "Sabios amos" como un… "estímulo extra" para animarle en su cometido de acabar con la Reina Dragón.
- Ya veo…- Resolvió el soldado.- Entonces eres una esclava sexual.
- Bueno… Si lo consideráis así…
El soldado la obsequió entonces con una mirada lasciva.
- Bajad del caballo.
La muchacha obedeció. Nada más bajar de este, el soldado la agarró por la cintura y la atrajo, poniendo su rostro a centímetros del de ella.
- ¿Sabéis que? yo y mis compañeros estamos muy solos aquí en esta torre de vigía y nos espera una noche muy larga. ¿Qué tal si, mientras tanto, nos hacéis un poco de compañía?
- Uhm...Por qué no…- Sonrió de forma encantadora mientras hacía dibujos con el índice en el torso del soldado.- Pero ahora no puede ser. Debería estar de camino al palacio de mi amo para informarle sobre lo acontecido.
- Será solo un momento.- Respondió el soldado mientras se inclinó sobre su cuello y empezó a besarlo.
- Si tardo más de lo permitido me azotarán, y si me ven aquí aun será peor, pero…si lo deseáis, podemos llegar a un acuerdo.
El soldado se incorporó para prestarle atención.
- Dejad que entre para informar a mi amo, y en cuanto pueda me escaparé a haceros una… "visita".- Dijo seductora mientras se inclinaba hacia el soldado y le mordió ligeramente el labio inferior, haciendo que el soldado pusiera cara de bobo.
Este la soltó y dejó que pasara tranquilamente, en señal de agradecimiento la chica se giró mientras portaba las bridas del caballo y le guiñó un ojo, con una sonrisa cautivadora y radiante. Pero en cuanto volvió la cabeza, su rostro se convirtió en una máscara impenetrable, sin expresión ninguna, como si nada hubiera pasado.
- ¡Date prisa, muchacha!, tienes que llevar el vino inmediatamente o los "Sabios amos" se enfadarán...- Le ordenó una gobernanta en medio de todo aquel caos de actividad.
No entendía del todo la variante del Alto Valyrio que hablaban en Yunkai, pero si lo suficiente para no tener problemas generales de comprensión. Por suerte, se pudo inmiscuir dentro del palacio y debido a dicha actividad, nadie reparó en que no la habían visto antes. Agarró una jarra de vino de la cocina y se dirigió resuelta al gran salón, donde los "Sabios amos" estaban realizando una cena. Aquí las cenas eran muy distintas que en Poniente y en particular en el norte, donde todos se sentaban alrededor de mesas enormes de madera y los criados les servían la comida, para después todos cantar, bailar y contar anécdotas que hacían que se partieran de la risa. Sin embargó, aquí los "Sabios amos" se recostaban sobre cómodas butacas alargadas, mientras los esclavos portaban bandejas de comida y se las ofrecían, cogiendo estos una porción o pedazo, así como les servían vino directamente en sus copas. Había que reconocer que esa forma de comer era más elegante y distinguida, pero definitivamente más incómoda.
Aquella era una reunión privada de los "sabios amos", los cuales solo estaban ellos, un músico que tocaba una especie de lira para amenizar el ambiente, los esclavos que los atendían, y unas cuantas esclavas sexuales que "complementaban" la diversión. En conjunto todo aquello ofrecía un espectáculo refinado y, al mismo tiempo, decadente.
Antes de entrar en la sala, giró a la derecha hacia un pasillo donde no había nadie y se apartó para que ninguno de los esclavos pudiera verla. Se sacó un frasquito del escote, lo abrió y echó todo el contenido, tres perlas de color purpura, que al contacto con el vino se disolvieron en seguida. Agitó ligeramente la jarra para que se mezclaran con el vino y salió nuevamente del pasillo, dirigiéndose esta vez sí, al salón principal.
Allí estaban los "sabios amos", comiendo, hablando y disfrutando del espectáculo que estaban proporcionando dos esclavas sexuales, las cuales estaban haciendo un número lésbico. Estos reían y hacían comentarios subidos de tono, de tal mal gusto que parecía mentira que fueran nobles de alcurnia. Luego alguien comentó que ahí faltaba la Reina Dragón para completar aquel espectáculo, haciendo que todos se rieran. A partir de ahí, sus comentarios despectivos sobre esta fueron desde cortarle la cabeza o dejar que sus "hijos" la quemaran viva, a convertirla en una esclava sexual para poder follársela todos uno tras otro, tal vez todos a la vez. Los comentarios eran tan soeces y repugnantes que no veía la hora que matarlos a todos.
"Disfrutaré mucho viendo como se ahogan…"
De pronto, uno de los "Sabios amos" empezó a gritar, visiblemente borracho, que su copa estaba vacía y que se la rellenaran ya, a los cuales se sumaron el resto de los comensales. Viendo que la reclamaban, se dirigió hacia ellos y sirvió primero al que había pedido a voz de grito más vino, para después ir sirviendo al resto a medida que lo pedían. Uno de ellos le palmeó ostentosamente el trasero mientras le servía y comentaba después a sus acompañantes lo prieto que lo tenía. Por un momento se quedó inmóvil, intentando recuperar la compostura, agarrando con fuerza el asa para no ceder y destrozarle la cabeza a base de aporrearle la jarra de vino que portaba.
- Eres muy guapa muchacha… y no te he visto antes por aquí. ¿Eres nueva?- Preguntó aquel hombre mientras la examinaba.
- Si, señor.- Respondió la chica en Alto Valyrio con una diplomática sonrisa.- Disculpe por hablarle en este idioma, aun no entiendo su idioma natal.
- Eso no importa, todas las mujeres gemís en el mismo idioma mientras os ensartan con un falo.
El resto de los comensales rieron con la ocurrencia, aprovechando esta para alejarse de aquel acosador y seguir sirviendo más vino. Cuando hubo acabado de servir a todos, se giró y se dirigió a la puerta de salida, cuando de repente alguien la agarró del brazo y la hizo girar con vehemencia, algo que la pilló de sorpresa, para ponerse de cara con su secuestrador, agarrándola por la cintura.
- Quedaos entonces con esas furcias, a esta me la llevo para disfrutarla yo solito.- Soltó visiblemente borracho, mientras los demás lo despedían y le animaban a que disfrutase con la nueva adquisición.
El hombre que la había agarrado era el más joven de todos, al único precisamente al que no le había servido una copa de vino, y no sería del todo feo si no fuera por aquel peinado tan estrambótico que portaba. La agarró aun más fuerte de la cintura para evitar que se escapase y se la llevó a una habitación, situado seis pasillos más al este de aquel salón. La metió de un empujón y cerró la puerta por dentro con una llave, para que nadie les molestara. La verdad es que el plan no le podía haber salido mejor.
- Desnúdate.- Ordenó con un ligero tono autoritario, pero su andar tambaleante y la forma que tenía de arrastras las palabras que delataba su tono de voz no dejaba lugar a dudas de su verdadero estado.
Esta dejó la jarra en un mueble que encontró y obedeció quitándose su vestido de esclava, que al ser de una tela liviana, se deslizó rápidamente por su cuerpo, cayendo al suelo.
- Vaya, vaya, la verdad es que de cuerpo también ganas mucho.- Sentenció dando su aprobación, mientras se sentaba en la cama, para después dejarse caer sobre la cama, boca arriba, igual que un pesado saco.- Ponte a horcajadas sobre mí, hoy no tengo ganas de empujar.
La chica sonrió mientras salía del círculo que había formado su ropa al quitársela, se acercó a la jarra y observó que había una copa. Terminó de rellenarla con los restos de vino que quedaban y se acercó a la cama, dejó la copa en una mesilla situada al lado y se puso a horcajadas sobre aquel borracho.
- Mi señor, ¿No deseáis primero una copa de vino?- Preguntó con dulzura después de inclinarse sobre él.
- Ni hablar.- Contestó el hombre semi inconsciente por la borrachera.- Ya he bebido bastante, estoy demasiado borracho.
- Solo un poquito, mi señor.- Recogió la copa e inclinó el borde sobre sus labios para que bebiera.- Le quitará la sed…
Este bebió poco a poco toda la copa de vino, ayudado por la esclava rubia, que lo mirada complacida.
- Muy bien, mi señor, así me gusta.- Dijo cuando este acabó de beber la copa.
La dejó en la mesita y se incorporó aun a horcajadas sobre él, observando, esperando que el veneno hiciera efecto en aquel borrachín adormilado. Entonces comenzó, este empezó a toser, abrió los ojos desmesuradamente, mientras se agarraba el cuello con las manos, intentando respirar. La observaba presa del terror, sabiendo que su muerte era inminente. Inmediatamente alzó sus brazos para intentar quitársela de encima, viendo esa reacción, actuó rápidamente, agarrándole las muñecas con fuerza y estampándolas una a cada lado contra la almohada. Le costaba horrores controlarle, el instinto de supervivencia a veces hacía sacar fuerzas de donde no creías que existían. Lo sujetó fuertemente mientras este intentaba zafarse de su agarre, observando como el rostro se este se ponía purpura, así como sus ojos, y la sangre empezó a salir de su nariz y de su boca. Pudo ver como aun daba sus últimos espasmos, el momento en el que su vida se le escapaba y sus ojos se volvían inertes y el cuerpo flácido, señal de que la muerte por fin había acudido a aquel pobre desgraciado.
La chica lo observó y sonrió, sintiendo que todo el riesgo que había realizado valía la pena por ver aquello. Se levantó y se puso de pié, se dirigió hacia el vestido que estaba en el suelo y se vistió, para desatrancar la puerta y salir de allí.
Cuando estaba cerca del salón, vio que había mucha gente asomándose a la puerta esclavos y soldados por igual. Algunos comentaban, otros miraban aterrorizados la escena, y los soldados iban y venían corriendo de todas partes. De pronto una esclava chilló nada más asomarse. Decidió que también se asomaría para observar y asegurarse de que estaban todos muertos. Efectivamente, todos tenían el mismo rostro púrpura que el cadáver que acababa de dejar en aquella habitación. Verlos todos muertos le produjo una honda satisfacción, se giró discretamente y se encaminó a la salida del palacio, esperando que el tumulto le asegurara su plan de salida. Pero antes, debía pasar un momentito por la cocina…
Una capa andante, junto con el caballo percherón que había portado para entrar en la ciudad caminaban en sentido contrario, dispuestos a salir. Escuchó ulular el cuerno de alarma, mientras veía como los soldados a su alrededor corrían de un lado a otro en gran actividad, como si estuvieran a punto de atacarles. Dejó atado el caballo detrás de la entrada de la torre de vigía y se dirigió a esta. El soldado que hacía guardia se asomó al ver que se acercaba alguien, y al reconocer el rostro de la muchacha sonrió, esperanzado de que aquella guardia sería un poco más agradable.
- Hola soldadito.- Dijo alegremente la chica mientras se dirigía al soldado.- ¿Dónde están tus amigos?
- Pues… la verdad es que han ido corriendo a ver que pasaba. A mí me han dejado vigilando la puerta, y estoy esperando por ellos para cerrarla, aunque tengo que reconocer que me he ofrecido voluntariamente.- Comentó poniendo cara de bobo.- Te estaba esperando.
Eso hizo que la chica sonriera, acercó sensualmente su rostro al del soldado.
- Bueno... pues mientras vienen tus compañeros podemos estar entretenidos. ¿Tenemos tiempo suficiente para tener intimidad?
El soldado afirmó vehemente con la cabeza, no veía la hora de disfrutar de aquella belleza. La agarró de la mano y entraron en la torre de vigía. Al cabo de un minuto, la chica salió, con su rostro serio e infranqueable, observando por los dos lados para asegurarse de que nadie la había visto, para después tirar un cuchillo lleno de sangre al suelo. Desató al percherón, montó en este y salió tranquilamente de aquella ciudad, rumbo a su destino, mientras seguía escuchando a lo lejos el ulular desesperado de aquel cuerno de alarma.
Llegó al campamento cuando el sol estaba ya en lo alto. Cuando la vieron, un liberto fue a informar a la reina de que ya había llegado, entrando en la tienda que ahora ocupaba esta. Al cabo de un momento Daenerys salió abruptamente y la miró, en espera de noticias.
- Como prometí, sin problemas.- Informó después de cambiarse la cara por la autentica, la de Arya Stark.- Están todos muertos.
