(Si no menciono el que me tardé, tal vez nadie se de cuenta)
¡Hey! Aquí esta el siguiente capítulo de su fanfic favorito -en mi imaginación-, espero que les agrade:
Todomatsu estaba sentado en el centro de una de las bancas de la iglesia sosteniendo una bolsa con hielo contra su ojo. Karamatsu justo a su lado limpiaba su cabeza con un trapo limpio humedecido en agua tibia. Ichimatsu los observaba desde la pared recargado en un pilar moviendo un pie constantemente. Sabía que había cometido un error. No importaba todo ese tiempo que se había abstenido de realizar cualquier acción sobre su propio cuerpo, ahora que ya lo había hecho, la necesidad de hacerlo otra vez se había vuelto aún más desesperante que antes. Habían pasado solo unos momentos, a tan solo un poco de tiempo de que descubriera lo que sus malas acciones traían sobre Karamatsu y allí estaba, viendo sus manos, su rostro, su cuerpo. Apartó la mirada a la entrada con algo de desesperación.
Después de que Todomatsu entró nadie había vuelto a hablar. El padre terminó de quitar todo rastro de sangre y limpió la herida. Era un corte poco profundo, solo fue necesario ponerle algo de cinta para ayudarle a curarse. Limpió también sus manos que tenían cortes y se veían amoratadas, las vendó y se retiró un poco al haber terminado con su trabajo. Suponía que había otras heridas bajo su ropa.
-Todomatsu – por fin habló el padre irrumpiendo el silencio que había – ¿Quieres contarme que sucedió?
-No, no quiero. – contestó. Miró a Karamatsu a los ojos – ¿Puedo quedarme?
-¿Quieres quedarte aquí en la iglesia? – repitió la pregunta un poco sorprendido por la petición. Ichimatsu también se irguió sorprendido.
-Sí. – Karamatsu que estaba un poco desconcertado por la petición se tardó en contestar, razón por la que Todomatsu continuó – Haré cosas para compensar, me uniré a la religión si quieres.
-Está bien – repuso Karamatsu rápido, no quería que Todomatsu creyera que le iba a sacar algo a cambio de permanecer allí. La iglesia estaba hecha para ayudar a las personas y allí había espacio suficiente. – Puedes permanecer el tiempo que requieras.
-¿Qué tal para siempre? – Todomatsu desvió la mirada ante la expresión sorprendida que una vez más estaba en el rostro del padre. – Ya no tengo a donde regresar.
Karamatsu permaneció en silencio. Asintió con expresión seria.
Ichimatsu observó en silencio como el padre ayudaba al, aparentemente, nuevo inquilino a levantarse y lo guiaba mientras le explicaba donde quedaba el baño para que se aseara, las habitaciones y la cocina.
Se quedó allí en medio de la gran nave del convento escondido detrás de un pilar. Ellos desaparecieron por la puerta de madera que se encontraba detrás de la mesa donde Karamatsu ofrecía los oficios religiosos. Volteo a ver la gran puerta de madera que comunicaba con el exterior, Karamatsu la había cerrado a consciencia, y él se preguntaba si eso serviría de algo. No lo creía.
Dio unos pasos dispuesto a ir detrás de ellos, pero la idea no lo convencía así que fue primero a la cocina con la intención de comer primero y no tener que acompañarlos, no solía sobrar nada preparado, el padre siempre se encargaba de hacer lo justo y que de esa manera no se desperdiciara comida. Por lo general su alimentación se basaba en pan, papas hervidas, pescado y agua. En los buenos días, siempre con algún motivo que lo ameritara, comían carne roja y variedad de guarniciones. Sopa. Antes Karamatsu le preparaba siempre una sopa caliente, pero había dejado de hacerlo. No encontró nada, así que no podía cenar antes. Sin más opciones decidió ir a su habitación. Seguía durmiendo en la misma a donde había llegado, Karamatsu seguía a su lado, aunque en algún momento se enteró de que esa no era su habitación antes. Aquella vez no había querido ahondar en el tema pues había temido que de alguna manera terminara decidiendo que ya era momento de regresar a donde antes. Ahora deseaba que lo hiciera. Entró a su habitación y cerró.
Dentro seguía tan vacío como siempre. Su cama con un gato de peluche en medio. Un crucifijo en la pared de la cabecera. Una mesa sin utilidad para él, una silla. Una caja con los ropajes de monja y otra con sus nuevas vestimentas de civil.
Ichimatsu ya no quería estar allí. Si lo pensaba bien, desde el momento en que entró en ese lugar había condenado a Karamatsu.
Osomatsu se lo dijo, le había dicho que lo estaba contaminando, le había mostrado cómo poco a poco había sido capaz de acercarse a la iglesia, de acercarse a él, al sacerdote, y él había ignorado lo que significaba. Kamimatsu también se lo había dicho, le advirtió lo que su presencia provocaba en Karamatsu, lo que sus costumbres y sus malos modos lo afectaban y lo alejaban de ese caminito a la luz que tenían.
Y ahora Karamatsu podía ver a Osomatsu también. Así comenzaba todo. Un sacerdote teniendo contacto directo con un demonio.
Y todo era su culpa. Él lo había provocado. Él era la basura incombustible que dañaba todo lo que lo rodeaba. El alcohólico, fumador, drogadicto que no pudo mantener las manos quietas y no relacionarlo todo con sexo. El que había provocado la muerte de su hermano, la caída de su salvador.
Nunca creyó que podría redimirse, pero por un tiempo se atrevió a considerar la idea de permanecer allí, de tener un lugar al que llamar hogar y una persona que no lo mirara con asco u odio a pesar de saber lo que era y había hecho.
Todo era una simple fantasía.
Se dejó caer de rodillas junto a su cama y miró el pequeño crucifijo en la pared. Él no sabía rezar, nunca había escuchado a Karamatsu cuando había intentado explicarle. Y ni siquiera en ese momento creía que funcionara de algo. Porque aun si hubiera un dios que escuchara, seguramente estaba apartando la mirada de él.
Se recargó en su cama y estiró los brazos hasta tocar con la punta de los dedos el pequeño gatito de peluche. Karamatsu lo había hecho para él.
Escuchó los pasos de Karamatsu pasar fuera de su puerta, alejarse y luego de un rato pasar de regreso. Seguramente iba a los baños. Todomatsu estaba allí. No había querido contar por qué había ido allí. No era difícil de imaginar con los golpes que tenía y eso de ya no tener a donde volver. La misma cantidad de información con la que lo había acogido a él. ¿También le haría un peluche para ganar confianza?
Apretó el regalo entre sus manos al pensar en eso. Hasta el momento, siempre, Karamatsu había actuado como lo había hecho por la pura amabilidad que su religión le dictaba tener. Entonces actuaría igual con Todomatsu porque él también lo necesitaba. E Ichimatsu se había creído especial, había considerado por un momento que Karamatsu podría llegar a corresponder el sentimiento ¿De dónde había sacado eso? Lógicamente no era así.
Los pasos volvieron a sonar por el pasillo, en esta ocasión eran los dos quienes caminaban juntos, no se alejaron demasiado así que era de suponer que Todomatsu se quedaría en la habitación al otro lado de la del sacerdote. Ichimatsu siguió allí en el suelo con su cuerpo hormigueando rogándole por ser tocado. Definitivamente era un error. Él debía irse de ese lugar.
Durante la cena, la sospechas de Todomatsu se confirmaron. Algo había pasado entre estas dos personas. Cuando lo habían ido a ver estaban juntos e Ichimatsu estaba pegado al otro todo el tiempo, ahora era él mismo quien mantenía las distancias y Karamatsu no hacía nada por evitarlo. Pero aparentemente no estaban del todo peleados porque estaban allí cenando juntos. Aunque con la incomodidad seguramente se sentían separados por una galaxia. Se sentía tentado a irse y dejarlos a solas para que, lo que fuera que estuviera pasando, explotara. Pero en ese momento no tenía ganas de estar solo ni siquiera si con eso podía incomodar a los demás.
Él siguió todo lo que Karamatsu le decía que era correcto, agradecer a dios antes de la comida, tener ciertos modales, le explicó el porqué de ese tipo de comida. Ichimatsu comió sin hacer nada de lo que el padre le decía. Terminó y se fue. Todomatsu decidió quedarse y escuchar lo que le decía. No era ningún problema y si viviría allí a partir de ese momento era bueno que fuera aprendiendo. Cuando se retiraron, Karamatsu lo acompañó hasta su habitación y le dijo cómo rezar y hablar con dios. Todomatsu concluyó que algunas costumbres lo hartarían.
Al día siguiente estuvo con el sacerdote todo el tiempo, en recorridos que le explicaban en donde quedaba cada cosa y las costumbres que él debía tener. Al parecer rezar por las almas del pueblo, leer y estudiar los versículos eran su principal ocupación si descartaba todo lo básico. Cuando el padre estaba limpiando sus heridas otra vez, ya que al parecer es algo que se debe hacer diario, observó a Ichimatsu. Durante el día lo había visto en varias ocasiones, pero en cuanto él los veía a ellos se iba, una que otra había permanecido observando al padre y moviéndose y removiéndose como si necesitara hacer algo y luego se iba. Karamatsu no se había dado cuenta ni una sola vez. Y Todomatsu solo quería gritar porque había venido aquí a relajarse no a quedar en medio de una discusión de pareja.
Decidió permanecer en la iglesia cuando Karamatsu fue por las compras. Paseó por otros lados. Era una iglesia pequeña comparada con otras, pero era lo suficientemente grande por sí misma como para que pudiera ponerse a explorar lugares a los que no les había dado tiempo de llegar. En una bodega se encontró con un montón de cosas. Se la pasó abriendo cajas con copas adornadas, versiones de biblias, cuadros con pinturas, grandes tramos de tela sin propósito visible, cajas ornamentadas, cofrecillos vacíos, cestos.
Sin saber exactamente cuánto tiempo después, llegó Karamatsu diciéndole que lo había estado buscando por todos lados, que era hora de comer. Todomatsu se levantó con una caja en manos, una de las que estaban casi hasta atrás y fue a su habitación primero.
Karamatsu estaba sirviendo la comida con bastante lentitud. Había decidido cocinar algo un poco más nutritivo para Todomatsu, y claro, por lo tanto, para ellos. Colocó el plato frente a Ichimatsu que no levantó la mirada. Se giró a servir el siguiente plato apretando la boca. No sabía cómo enfrentar a Ichimatsu, qué decirle. Prácticamente lo había amenazado para que se quedara y no podía explicarse por qué, no quería terminar volviendo a Ichimatsu un prisionero. Había dicho que se esforzaría más por salvarlo, pero su convicción había desaparecido y ahora estaba tomando a Todomatsu como una excusa para aplazarlo.
Y justo en ese momento Todomatsu entró, había dicho que quería hacer algo en su cuarto antes de bajar. Se puso en medio de la cocina y dio una vuelta con el traje levantándose un poco y sosteniendo un sombrero esponjoso que no es del todo adecuado a la vestimenta.
-¿Qué tal? – preguntó – si voy a ayudarte, supuse que necesitaba la ropa adecuada.
-¿Quieres ser un acólito?
-¿Qué? No, eso suena horrible.
-Esa es la ropa que tienes puesta y para lo que acabas de ofrecerte. Un monaguillo es quien apoya al padre sin haber recibido educación católica. De hecho, es ideal para ti.
-Si te vuelves a poner la ropa de monja – le dijo Todomatsu a Ichimatsu – seremos un lindo grupo religioso.
-No me lo volveré a poner – contestó.
-¿Por qué no?
-Es ropa de mujer.
-¿Estas prestando atención a la ropa que tengo? Es para hombre y prácticamente es un vestido. Cuando Karamatsu se queda de pie, su sotana también parece un vestido. Que tú tengas un vestido real no hace ninguna diferencia.
Ichimatsu lo observó como si esperara que siguiera hablando, luego miró a Karamatsu y este sin saber que decir o hacer, solo miró a Todomatsu también. Estaba muy seguro de que el que Ichimatsu pasara a la ropa que tiene ahora tenía una muy buena razón, pero, por algún motivo ya no podía recordar cuál era. Le gustaría verlo con esa ropa otra vez, se veía siempre tan cómodo.
Dejaron el tema de lado y se dedicaron a comer. Ichimatsu volvió a irse sin pronunciar ninguna palabra. Karamatsu continuó pasando los días enseñándole lo básico a Todomatsu. Él rápidamente se adaptó a su nuevo papel y siempre estaba sonriendo, muy amable, muy delicado. La siguiente misa disfrutó bastante cuando pasó entre las personas pidiendo la limosna. A Karamatsu le preocupó un poco que pecara de avaricia, en especial cuando en las noches escuchaba las risas de cierto demonio que los rondaba, pero cuando se lo había dicho a Todomatsu, él solo había reído y le había dicho que no estaba mal, a las personas les gusta el dinero, a algunas más que otras y ya, era algo normal y no se iría al infierno por ello.
Todomatsu nunca hizo nada que demostrara que era consciente de la presencia de Osomatsu.
Karamatsu no se lo explicaba. No era que deseara que Todomatsu se encontrara con el demonio y de hecho se alegraba de que no fuera así, pero estaba seguro de que si él llegaba a hacer lo mismo solo abriría las puertas que con esfuerzo mantenía entre ellos.
-¿Ustedes estaban saliendo? – preguntó Todomatsu un día de repente.
-No – contestó Karamatsu – nunca cometeríamos el pecado de sodomía. Eso estaría sumamente mal.
-No sería normal – dijo Ichimatsu.
-¿Qué? – dijo Todomatsu muy ofendido – esperen, entonces díganme ¿Ustedes me consideran repulsivo? ¿Es eso? ¿El tipo de relación que mantenía con Atsushi-kun era enferma?
-Claro que no – se apresuró a decir Karamatsu
-¡Es lo que están diciendo! – señaló más enojado – ¿Qué es lo que están diciendo? Porque son hombres no pueden estar juntos, porque está mal, es incorrecto y se van a ir al jodido infierno por eso, son unos pecadores ¿Fuimos pecadores nosotros, entonces? ¿Eso es lo que pensaban cuando estuvieron en nuestra casa?
-No – dijo Ichimatsu tan bajo que apenas si él mismo se escuchó
-¡Vine con ustedes porque creí que eran buenas y comprensivas personas que me aceptarían como soy! ¡Vine porque tú estabas vestido como una monja en plena calle y no tenías problemas con eso! ¡Vine porque fueron ustedes con sus palabras quienes me hicieron darme cuenta de que podía salir a tener una mejor vida! ¿Todo era mentira? ¿Son unos mentirosos que solo van por allí dando consejitos vacíos? – ninguno se atrevió a pronunciar alguna palabra – ¿Qué les pasó? - contestó entre enojado y verdaderamente confundido.
Ambos bajaron la mirada y Todomatsu se enojó aún más. Arrojó el esponjoso sombrero que llevaba al suelo entre ellos dos y se fue con mucha brusquedad. Pasó un buen rato para que se atrevieran a moverse y lo único que hicieron fue irse en direcciones opuestas sin mirarse.
Karamatsu decidió seguir a Todomatsu, porque a pesar de que no era lo que estaba haciendo con Ichimatsu, sabía que no era bueno ni correcto dejar una discusión de esa manera, lo ideal era hablarlo hasta encontrar una solución.
-Qué nos pasó es una buena pregunta – dijo en el marco de la puerta sin ingresar del todo a la habitación donde Todomatsu estaba acostado dándole la espalda -. Realmente me gustaría saber la respuesta también. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué no nos hablamos? ¿Desde cuándo se impuso este muro entre nosotros que es aún más grande que el que había cuando él llegó por primera vez? No tengo la respuesta, y en el fondo creo que la respuesta a todo es la misma.
Todomatsu lo volteó a ver con un poco de curiosidad por esa última conclusión que no tenía mucho sentido. Karamatsu estaba recargado en la pared con la mirada perdida, probablemente pensando sobre lo que fuera esa respuesta. A Todomatsu le gustaba Karamatsu con todo ese positivismo innecesario y esa confianza. Pero justo en ese momento, con ese ceño fruncido y los ojos ensombrecidos, parecía una persona completamente diferente.
-¿Qué fue lo primero que pensaste sobre mi relación con Atsushi-kun? – le preguntó. Karamatsu levantó la mirada para verlo directo a los ojos.
-No pensé nada en particular sobre ella. Porque no me detuve a pensar en el hecho de que ambos fueran del mismo sexo, solo que se trataba de dos personas que se amaban y no hay nada que pensar sobre eso. Es algo que pasa.
-Sí – Todomatsu sonrió y regresó a su expresión seria antes de continuar – ¿Entonces que es diferente con ustedes? ¿Qué es lo que vuelve a su relación incorrecta?
Karamatsu no contestó. No sabía la respuesta. No sabía por qué, solo sabía que estaba mal.
-¿Es por él? – continuó hablando ante el silencio – ¿Es él quien hace la relación incorrecta? – Karamatsu negó suavemente con la cabeza casi por inercia sin atreverse a articular la palabra – Si, por ejemplo, él y yo iniciáramos una relación ¿Estaría mal? – Karamatsu se congeló un momento ¿Eso estaba mal? Seguramente no, si Todomatsu e Ichimatsu deseaban iniciar una relación eran libres de hacerlo, pero le disgustaba la mera idea de imaginarlo – ¿El problema eres tú? ¿Es porque eres un sacerdote? – siguió preguntando sin darle oportunidad de profundizar en una sola linea de pensamiento – ¿Si fuéramos tú y yo estaría mal? – siguió un silencio en el que Karamatsu sintió que algo realmente debía interrumpirlo, pero ninguna palabra dicha por él sería adecuada – Pero si fueran tú y él, entonces sí estaría mal – terminó diciendo como afirmación.
"Sí" pensó de inmediato Karamatsu, pero ¿Por qué?
Al siguiente día, Todomatsu fue quien cocinó mientras Karamatsu terminaba de confesar a algunas personas. Ichimatsu estaba allí con él.
-¿No quieres volver a ponerte el vestido de monja? – le preguntó, Ichimatsu no contestó, ni siquiera se movió – Podrías dármelo a mí ¿sabes? Ese es más esponjoso y no parecería que me haya echado una tela encima y ya. – el silencio fue la única respuesta – Aunque es negro y el negro realmente no me va.
Le dio una mirada con más atención. Ichimatsu, igual que desde el día en que llegó, estaba moviéndose inquieto y apretando su ropa con mucha fuerza.
-Oye, si quieres hacer algo, solo deberías hacerlo. – le dijo con seriedad. En esa ocasión Ichimatsu lo miró con una expresión extraña, casi como si acabara de decirle algo horroroso y al mismo tiempo le hubiera dado la respuesta que tanto había estado esperando. Karamatsu entró en la cocina y se sorprendió por la comida hecha. Le dio una sonrisa y le ayudó a servir. Casi terminaron de comer sin que Ichimatsu dejara de darle vueltas a la comida.
-Si dejas la comida que preparé, me pondré a fumar en tu habitación. – lo amenazó. Los otros dos lo miraron con preocupación. Todomatsu no fumaba en realidad, pero ellos no lo sabían y en Ichimatsu aún era fácil notar que él había sido un fumador y lo había superado. Aunque no creía que fuera por eso por lo que últimamente estuviera tan inquieto.
-No sabe mal – dijo Ichimatsu luego de probar la comida de Todomatsu que no quería porque no y ya.
-Claro que no sabe mal – respondió Todomatsu tomando una hogaza de pan – si supiera mal, Atsushi-kun me- se interrumpió a él mismo, hizo una mueca y siguió comiendo sin terminar su oración.
-La de Karamatsu sabe mejor – dijo Ichimatsu mientras seguía dando vueltas a la sopa con la cuchara. Karamatsu lo miró casi por inercia al escuchar su nombre. Sentía que había sido una eternidad desde la última vez que le había oído llamarlo.
Allí estaba Ichimatsu, casi haciendo un puchero. Karamatsu sintió sus ojos escocer. Lo extrañaba. Estaban allí, juntos, en la misma mesa y había una distancia enorme entre ellos. Era una distancia aún mayor que cuando se fue a aquella congregación que había puesto espacio físico entre ellos.
-Mañana vamos de compras los tres – dijo sin apartar la mirada de Ichimatsu, este lo miró también.
-Claro – dijo Todomatsu sin prestarles demasiada atención. Ichimatsu asintió y Karamatsu recordó perfectamente por qué lo quería allí a su lado.
Las personas habían sido muy amables con Karamatsu y Todomatsu, siempre preguntando por su nuevo acompañante. Todomatsu se había reído de Ichimatsu y siguió contento aceptando los regalos que le ofrecían. A Karamatsu le agradó la sensación de salir a pasear con ellos, especialmente con Ichimatsu y que las personas le hablaran y lo saludaran y supieran que estaba con él.
Estaban los tres regresando, Karamatsu pensando en lo agradable que era estar así. Seguían sin hablarse, pero se sentía un poco como al principio cuando Ichimatsu le estaba dando su confianza poco a poco. Ichimatsu tenía una diminuta sonrisa que lo hacía ver super adorable y Karamtsu tuvo deseos de abrazarlo. Sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos pecaminosos. De pronto frente a ellos, casi llegando al convento, Osomatsu apareció sonriente en medio del camino. Karamatsu e Ichimatsu se detuvieron de golpe y lo miraron con miedo y precaución.
-¿Qué? – preguntó Todomatsu, observó al mismo punto donde los otros parecían tener la mirada y los miró otra vez a ellos – ¿Qué están haciendo?
-No puedes verlo – susurró Ichimatsu – ¿Por qué? Si estuviste en una relación con un hombre.
Todomatsu rodó los ojos y dio unos pasos hacia el frente, los otros dos se movieron con la intención de detenerlo para que no se acercara más al demonio, pero este se detuvo sólo, dándole la espalda y mirándolos a ellos de frente. Estiró los brazos a ambos lados.
-¡No está mal! – les dijo subiendo un poco el volumen de su voz – solo porque ustedes, closeteros, no pueden vivir con ello, no significa que nos deban arrastrar a los demás. Porque es amor y el amor no está mal. Y si ustedes creen que está mal, solo terminarán retorciéndose en agonía por sus propios pensamientos. Déjenos a los demás sin inmiscuirnos en su eterna lucha con sus demonios que se han creado solitos.
Y se dio la vuelta para seguir con el camino. Osomatsu ya no estaba. Ichimatsu lo observó un poco antes de correr para ponerse a su lado, porque Todomatsu nunca había estado relacionado con la iglesia y lo había hecho desaparecer.
Porque quizás, existía otra manera.
¡Gracias por leer!~
Todomatsu monaguillo fue la primera versión que conocí de él.
Nos leemos con el siguiente capítulo que será un gran impacto para todos.
