A/N: ¡Hola a todos! Tenía muchas ganas de regresar con este capítulo que, atención *redoble de tambor*, ¡está narrado desde la perspectiva de Bokuto! De ahí el título. Este capítulo abarca varios días, empezando justo desde donde terminó el capítulo 6, cuando Narumi le entrega a Bokuto las galletas. A partir de ahí, el capitán de Fukurodani experimentará muchas cosas.
Gracias a MiaConstantine, JiJiYong y EasternHare por sus comentarios y por todas esas cosas bonitas que me dicen. ¡No sabéis lo felices que me hacen vuestras reviews y que os esté gustando tanto esta historia! Espero que este capítulo os guste, aunque a mí me ha resultado algo complicado de escribir.
¡Disfrutad de la lectura!
Haikyuu y sus personajes no me pertenecen
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El color de una sinfonía
Capítulo 8
A través del as
Matsuyama Narumi. Así era como se llamaba la persona que había ocupado la mayor parte de los pensamientos de Bokuto Kōtarō en los últimos días. La muchacha había resultado todo un descubrimiento para él y, desde el primer instante en el que la había visto reír, cuando sus miradas se habían encontrado en el vagón de aquel tren, se había despertado en él una curiosidad que deseaba saciar. Sin embargo, mientras tanto, Bokuto se conformaba con haber podido disfrutar de las pequeñas conversaciones que ambos mantenían cuando la encontraba charlando con Akaashi y, en especial, de aquellas deliciosas galletas con pepitas de chocolate que le había entregado como regalo por haberla protegido de aquel pervertido.
—¡Ya estoy aquí! —gritó, entrando al gimnasio.
—¿Qué demonios le pasa ahora? —Komi observó a su capitán sin poder evitar un respiro de resignación.
—Bokuto-san, llegas tarde —Akaashi no le prestó mucha atención a pesar de que aquellas palabras del líbero iban dirigidas para él.
—Perdón, perdón —Bokuto emitió una sonora carcajada— Estaba ocupado.
—¿Ocupado con qué? —Se interesó Konoha.
—¿Eso que huelo son galletas? —la manager del equipo asomó rápidamente la cabeza entre el resto de chicos.
—¡Ni se te ocurra, Shirofoku! —Bokuto aferró con fuerza el envase de plástico y señaló a la chica con su dedo índice de manera acusatoria— ¡Son mías!
—Dame solo a probar una. Venga —insistió Shirofoku, acercándose a Bokuto mientras un hilo de baba caía desde la comisura de sus labios.
—De eso nada. Te las comerás todas.
—A ver, a ver —Sarukui, aprovechando la distracción de Bokuto pretendiendo proteger las galletas de su despiadada manager, le arrebató el envase de las manos.
—¡Eh!
Bokuto protestó, pero ya era demasiado tarde. El punta receptor lo abrió y el olor de galletas caseras llegó rápidamente a todos. Los chicos se relamieron ante la extraordinaria pinta que presentaban las galletas y se apresuraron a coger una cada uno.
—¿Dónde las has comprado? —preguntó Konoha con la boca llena.
—No son compradas —intervino Suzumeda mientras cogía una—. Son caseras.
—¿Caseras? —cuestionaron Onaga, Komi, Konoha y Sarukui a la vez.
—¿Quién le regalaría a Bokuto unas galletas caseras? —añadió Washio.
—¿Y quién os dice que no las he hecho yo? —Bokuto se cruzó de brazos, indignado.
—¿Tú? —Shirofoku contuvo una carcajada— Ni de coña.
—Oye, Akaashi-san, ¿no vas a querer?
—No —respondió Akaashi a la pregunta de Onaga—. Vamos a entrenar ahora. En todo caso, las galletas deberíais haberlas comido después —los chicos se detuvieron e intercambiaron miradas de incredulidad. Akaashi tenía razón—. Además, eso es un regalo para Bokuto-san de parte de Matsuyama-san. Son de él, no vuestras.
—Akaashi —gimió Bokuto, emocionado por la consideración del moreno.
—¿Matsuyama-san? —preguntó Sarukui confundido.
—Me suena ese nombre —Shirofoku se quedó pensativa.
—A mí también —reflexionó Suzumeda—. ¿No es la chica que hizo llorar a una de primero?
—¿Qué? —los ojos de Komi y Konoha se abrieron de par en par.
—Sí. Al parecer, alguien de un curso superior hizo llorar a una de las chicas del Club de Música. Si no recuerdo mal, dijeron algo de Matsuyama, pero no estoy segura. En mi clase había un grupo de chicos hablando de eso.
—Eso no suena a algo que Matsuyama-san haría —la defendió Akaashi.
—No había escuchado nada de eso, pero ahora que mencionáis el nombre tantas veces, creo que yo también lo he escuchado —intervino Washio.
—Es normal. Es la hija de Matsuyama Eiji, uno de los hombres más poderosos de Japón —Akaashi se encogió de hombros.
—Espera —Bokuto abrió los ojos de par en par—, ¿el padre de Matsuyama es tan importante?
—Bokuto-san, me sorprende tu incultura a veces.
—Oye, no te pases —Bokuto se cruzó de brazos.
—Un momento —Konoha se situó entre su capitán y vice capitán—. ¿Me estáis diciendo de verdad que la hija de un multimillonario se ha fijado en alguien como él? —el rubio señaló a Bokuto, quien frunció el ceño y abrió la boca para replicar, pero Akaashi se le adelantó.
—No creo que Matsuyama-san se haya fijado en él. En realidad, esas galletas son solo de agradecimientos.
—¿De qué? —cuestionó Komi.
Akaashi guardó silencio. El chico miró de reojo a Bokuto. Si alguien debía contar lo que había sucedido entre Matsuyama y él, ese era el propio Bokuto.
—Es porque la defendí —todos miraron a Bokuto perplejos.
—Entonces, ¿lo que se escuchó por los pasillos de Fukurodani es cierto? —preguntó Washio.
—Bokuto-san, ¿te peleaste por una chica? —Onaga le miró con cierto aire de admiración.
—No. No. No fue exactamente así. Akaashi estuvo allí y os lo puede decir —los ojos de todos se posaron esta vez sobre Akaashi, pero fue Bokuto el que continuó—. En el tren, un tipo intentó sobrepasarse con ella y yo la defendí. Quizá perdí un poco los papeles, pero al final todo salió bien. Matsuyama creyó que regalándome galletas caseras podría agradecerme apropiadamente lo que hice por ella.
—Vaya, vaya… —Shirofoku sonrió de medio lado, maliciosa— No sabía que ahora no solo teníamos a uno de los mejores ases de Japón en el equipo, sino a todo un héroe.
Tras decir aquello, Bokuto infló su pecho, lleno de orgullo por las palabras que su manager le había dirigido. Akaashi aprovechó aquel momento en el que su capitán solía ser más manipulable para que comenzaran el entrenamiento. De esta manera, Bokuto pareció olvidarse de las galletas que el resto del equipo y ambas managers se habían comido por él y centró todos sus esfuerzos en la práctica, aunque, en sus pensamientos, seguía estando la misma persona.
Desde entonces, Bokuto la había observado detenidamente. Matsuyama Narumi era, posiblemente, la persona más correcta que había visto o conocido en su vida. Y, por correcta, se refería a su forma de comportarse. Caminaba con su espalda completamente recta, su moño jamás tenía ningún pelo rebelde suelto y su uniforme no solo no lucía ni una sola arruga, sino que la camisa siempre estaba cuidadosamente metida por dentro de su falda y el lazo estaba anudado con tal precisión que parecía sacado de un expositor. Tenía, además, la costumbre de dirigirse a todo el mundo con una educación exquisita. No era muy dada a elaborar sus respuestas, pero, aunque fueran simples, demostraban la clase de educación a la que había sido sometida desde pequeña. Sus notas eran inmejorables. Sin embargo, había algo que Matsuyama Narumi no tenía y eran amigos. Bokuto se había percatado que, aparte de Akaashi, Matsuyama solía ir acompañada de otra muchacha. Pero al resto de sus compañeros y miembros de la escuela no se dirigía más de lo necesario, incluso solía deambular por los pasillos como si de un fantasma se tratara, huyendo de las miradas del resto sin hacerse notar. Excepto para él. Parecía que a Narumi eso no le importaba, que el hecho de tener una vida escolar carente de socialización estaba bien, pero Bokuto estaba convencido de que eso no era cierto. Porque Matsuyama debía tener otras motivaciones para ello más allá de que no le gustara relacionarse con la gente. Y llegó a esa conclusión el Día de los Padres.
El Día de los Padres era todo un acontecimiento en Fukurodani. Se trataba de una jornada destinada a los padres de los alumnos. Estos iban a la escuela, la visitaban y comprobaban cómo se desenvolvían sus propios hijos en clase. Durante ese día, los padres asistían también a clase. De esa manera, conocían a los profesores y, en especial, al tutor de cada grupo, por lo que, en caso de desear una tutoría en el futuro, sabrían a qué maestro deberían solicitarla.
Desde que Bokuto había comenzado su vida escolar, sus padres habían asistido a esas jornadas, ambos. En el caso de Akaashi, era su madre la que siempre iba, ya que su padre tenía unos horarios muy restrictivos en el trabajo.
—Kōtarō-chan, ¿has vuelto a crecer? —la madre de Akaashi le observó de arriba a abajo.
—¡Dos centímetros! —respondió orgulloso.
—La próxima vez que te vea tendré que subirme a una silla para poder mirarte a los ojos —la mujer emitió una risita.
—¡Oh! Por cierto, casi lo olvido —el chico dio un respingo—. Mi madre está arriba, hablando con las madres de Konoha y Saru.
—Entonces iré a saludarlas —la mujer caminó hacia la puerta del aula—. Recuerda que puedes venir cuando quieras a casa. Shota se muere por verte.
Bokuto sonrió. Cuando la madre de Akaashi desapareció por la puerta, Bokuto tomó una silla y se sentó junto a Akaashi para comer juntos.
—Bokuto-san.
—No digas nada, Akaashi —Bokuto extendió su brazo hacia el frente de forma dramática para callar a su amigo—. No puedo permanecer con mi madre. Me avergonzará de nuevo.
—Todas las madres hacen eso —Akaashi curvó ligeramente los labios hacia arriba.
—¡Eh, Matsuyama! —Bokuto captó rápidamente el moño castaño de la chica al fondo de la clase— ¿Comes con nosotros?
Narumi se quedó parada, de pie, al fondo. El resto de sus compañeros tenían puesta ahora toda su atención sobre ella. ¿Desde cuándo Bokuto Kōtarō la conocía como para dirigirse a ella de aquella forma?
—N-No puedo —respondió, esperando que todos dejaran de mirarla y, en especial, algunas de las chicas de su clase. Si las miradas matasen, ella ya estaría muerta—. He quedado para comer —añadió, cogiendo de su bolsa su bento.
—Matsuyama-san come siempre con Hanazawa-san —le explicó Akaashi, haciendo que la boca de Bokuto formara una perfecta 'o' al comprender.
—Es una pena. ¡Esperaba conocer a tus padres! —gritó Bokuto entusiasmado sin percatarse del silencio incómodo que se había establecido a su alrededor— Que, por cierto, ¿dónde es-
De repente, Bokuto sintió un golpe en su espinilla que le hizo gemir de dolor. Akaashi le acababa de propinar una patada por debajo de la mesa. Bokuto fue a replicarle, pero no añadió nada más cuando se percató de la expresión significativa que había sobre el rostro de su amigo. Aquella era la cara que Akaashi le ponía cada vez que había metido la pata hasta el fondo.
Los ojos se deslizaron de nuevo a Narumi. Se dio cuenta de que todos sus compañeros la miraban con expresiones indescifrables y que el color de piel de la muchacha había palidecido. Ésta, sin decir nada más, salió de la clase con total naturalidad, como si nada hubiera sucedido, pero Bokuto tenía la impresión de que había tocado un tema más que espinoso.
—Bokuto-san, los padres de Matsuyama-san no han venido hoy —le susurró Akaashi—. No ha venido ningún familiar suyo.
Y su sorpresa fue aún mayor cuando descubrió que, no solo aquel año no había ido ningún familiar de Narumi, sino que durante primer curso, tampoco.
Bokuto sintió una especie de nudo en su estómago. Deseaba conocer al padre de Narumi, saber quién era esa persona tan importante de la que todo el mundo había oído hablar, menos él. No iba a negarlo. Él era más que culpable porque jamás veía las noticias o leía el periódico, pero jamás lo reconocería en voz alta y menos para darle la razón a Akaashi.
De repente, se puso en pie. Un par de chicas que había almorzando a su lado se sobresaltaron por su gesto repentino y Akaashi le miró de reojo, casi adivinando qué estaba pasando por su mente.
—Ahora vengo.
Y, sin más, salió corriendo de la clase. Gritó el nombre de Matsuyama por el pasillo, ignorando las miradas de incredulidad que recibía por parte del resto de estudiantes. Fue un chico de gafas el que le indicó que Matsuyama estaba en la Clase 5, así que entró en ella como una exhalación.
Efectivamente, en una de las mesas y sentada junto a la chica que siempre la acompañaba y una mujer de rostro afable, estaba Matsuyama. Ésta le daba la espalda, así que no pudo advertirle parado bajo el quicio de la puerta, pero sí lo hizo su amiga, quien la dio un codazo para que se diera la vuelta. Cuando sus miradas se encontraron, los ojos de Matsuyama se abrieron de par en par.
—¡Lo siento, Matsuyama! —exclamó, poniendo de nuevo la atención de todo el mundo sobre ambos. Aquella había empezado a convertirse en una mala costumbre— ¡Siento haber preguntado por cosas que no me incumben!
A aquellas palabras les siguió un silencio pesado, angustioso para el propio Bokuto que no sabía si debía marcharse.
—Está bien. No pasa nada —respondió Narumi—. Estoy bien, Bokuto-senpai —y sonrió.
Los ojos de Bokuto se abrieron lentamente, sintiendo cómo su corazón se detenía. Por unos instantes, lo que había a su alrededor se desvaneció y solo estaba ella, con aquella preciosa sonrisa en su rostro. No obstante, Bokuto sabía que no era sincera, que no todo estaba bien, pero también supo leer entre líneas y comprendió que no tenía el derecho de querer saber sobre ello, sobre qué sucedía en casa de los Matsuyama. Lo que no supo adivinar es la calurosa sensación que se instaló en el pecho de Narumi y lo verdaderamente agradecida que se sentía. Porque sintió, por primera vez en mucho tiempo, que sus sentimientos le importaban a alguien más que no fuera Anri, Kita, Sakurai-san o los Hanazawa.
Sin embargo, aunque Bokuto sabía que no debía preguntar por su vida personal, sí quería conocer más cosas sobre ella. Sobre la misteriosa Matsuyama Narumi.
—¿Entonces su padre es tan importante?
Akaashi suspiró con resignación mientras caminaban juntos hacia la escuela para entrenar durante el sábado. Los partidos de la Inter High serían aquella misma semana y debían repasar algunos conceptos antes de que comenzara el campeonato. El entrenador Yamiji quería que descansaran, pero, finalmente, había cedido y les permitía usar el gimnasio para practicar, aunque les había pedido que no se esforzaran en exceso para no recargar sus músculos ante la exigencia que suponía la Inter High.
—No sé los detalles exactos, pero Matsuyama Eiji posee una multinacional. No solo ha centrado su atención en el ámbito de los transportes, que es donde comenzó, sino que ha ampliado su capital a tal punto que ahora controla empresas de diferentes ámbitos de la economía. Medios de comunicación, automóvil, alimentación, ropa… —Bokuto abrió la boca de par en par, sorprendido— El único ámbito en el que Matsuyama Eiji no ha probado suerte es en el de la política. No obstante, todo el mundo sabe que es amigo de muchos políticos y más de una vez se ha especulado con que podría terminar ostenta el cargo de ministro, algo con lo que lleva soñando desde hace mucho tiempo.
—¿Desea dedicarse a la política?
—Eso dicen —Akaashi se encogió de hombros.
—¿Y no le has preguntado a Matsuyama al respecto?
—Bokuto-san, eso no es de mi incumbencia.
—Como sois amigos…
—Soy su amigo, no un cotilla.
—Y este es el segundo año de Matsuyama en Fukurodani...
—Así es.
—¿Y por qué demonios no había sabido de ella hasta ahora?
—Porque hay vida más allá de ti, Bokuto-san.
—¿Qué estás insinuando? —Bokuto achinó los ojos y acercó su rostro al de su amigo, intentando intimidarle para que confesara.
—¿Es que te has enamorado acaso, Bokuto?
Akaashi y Bokuto se giraron al escuchar una voz a su espalda. Komi, Washio y Sarukui caminaban hacia ellos. Ambos chicos se detuvieron y les esperaron hasta que se unieron a ellos para terminar de completar el camino juntos hacia la escuela.
—No digas tonterías, Saru. Es solo curiosidad —se defendió Bokuto.
—¿Os imagináis a Bokuto enamorado? —Komi emitió una sonora carcajada a la que se unió también Sarukui.
—¿Pero la chica esa de la que habláis, por la que Bokuto se pegó, no es la misma que fue a buscarle hace unos días?
—Espera, espera —Komi se detuvo—. ¿¡Matsuyama Narumi era esa chica!? ¡Yo hablé con ella! Quería saber dónde estabas.
—Así que así fue cómo me encontró… —Bokuto se quedó pensativo.
—Dejad en paz ya a esa pobre chica —Shirofoku les esperaba ya en la puerta del gimnasio con los brazos en jarras, cambiada en su chándal.
—Tú fuiste la primera que se metió con Bokuto por el hecho de que le hubiera hecho galletas —se defendió Komi.
—Así es, pero también sé cuándo hay que dejar de darle vueltas a las cosas. ¿De verdad creéis que alguien como ella se fijaría en alguien como Bokuto?
—Sí. Tienes razón —respondieron los chicos tras reflexionar durante unos segundos.
—¡Eh! —protestó Bokuto indignado mientras el resto de sus compañeros entraban al gimnasio como si lo que acababan de decir fuera la verdad absoluta e ignorando que aquello le dolía a Bokuto.
—Vamos, Bokuto-san. Siempre eres el último.
—Akaashi… —gimió a la vez que arrastraba los pies al interior del gimnasio. Akaashi suspiró y le dio unas palmaditas en la espalda. Gracias, Shirofoku-san, pensó, pues ahora tendría que elevar la moral del as si querían que entrenara en condiciones.
Tal y cómo les había pedido el entrenador Yamiji, no se ejercitaron en exceso. Akaashi se aseguró de que todos calentaran apropiadamente y no se pusieran a rematar balones tal y cómo Bokuto siempre pretendía. Probaron distintas jugadas, ensayaron sus saques y, finalmente, jugaron un par de partidillos con rotaciones que, más que de práctica, les sirvieron para divertirse y retarse mutuamente. De esa manera, Bokuto, que había estado de bajón desde que Shirofoku había tenido la maravillosa de idea de decir que ninguna chica se fijaría en alguien como él, subió el ánimo. Evidentemente, la manager no lo había dicho con más intención que burlarse del capitán, pues, después, cuando Bokuto sufría sus bajones durante los partidos, ella era de las primeras en intervenir para subirle la moral. No obstante, se trataba de un sábado por la mañana y, en palabras textuales, le apetecía meterse un poco con él para evitar el sueño que le producía haber tenido que madrugar un fin de semana. Akaashi se había mantenido imperturbable, como siempre, cuando Shirofoku le había confesado aquello, conocedor de que daba igual lo que le dijera a la chica, que haría lo que le daba la gana, como siempre. Suzumeda, a su lado, se rascó la nuca avergonzada por el comportamiento de su senpai. Y se suponía que debía aprender de ella…
Bajo el pretexto de que se morían de hambre, terminaron la práctica. Normalmente, eran las dos managers las que se ocupaban de recoger en su mayoría el desastre que provocaban en el gimnasio, pero, en aquella ocasión, los chicos se unieron a ellas. Sarukui había tenido la idea de ir a comer algo después, así que, si todos ayudaban, terminarían antes y podrían saciar sus estómagos vacíos.
—¿Y adónde se supone que iremos? —protestó Shirofoku mientras atravesaban en grupo la puerta de Fukurodani.
Tras asegurarse de haber cerrado la puerta del gimnasio y que Akaashi guardara las llaves ante el enorme porcentaje de pérdida de la misma que suponía que Bokuto la conservara durante todo el fin de semana hasta devolvérsela a uno de los profesores, abandonaron la escuela. Normalmente, acudían a una pequeña tienda en la que podían encontrar desde chucherías de diferentes tipos hasta botes de ramen instantáneo al que solo tenían que echar agua caliente para poder comer. El problema era que ese sitio había cerrado hacía unos días.
—¿No hay una panadería o pastelería al final de la calle? —preguntó Onaga— He comprado pan de curry alguna vez allí durante la comida y está muy bueno.
El resto, poco conocedores de otro sitio cercano, se encogieron de hombros y emprendieron el camino hacia el final de la calle. En un par de minutos, llegaron hasta un pequeño y discreto local. Tenía un ventanal, pero el interior era prácticamente imposible de ver por una enorme cortina de color blanco que cubría parte del cristal.
Onaga fue el que tomó la iniciativa y abrió la puerta del local. Uno a uno, fueron ocupando la panadería y prácticamente la llenaron. Se trataba de un local diminuto. En la derecha había un mostrador largo de madera. Tras él había estantes con pan y un par de cristaleras que mostraban algunos pasteles. A la izquierda había solo un par de mesas con sillas y, al fondo, una puerta que, seguramente, conducía hacia el horno en el que elaboraban los productos.
—Bienvenidos.
Una mujer de aspecto afable, tras el mostrador, les saludó con una sonrisa. Bokuto parpadeó varias veces, sintiendo que había visto con anterioridad a aquella mujer, pero no recordaba de qué.
—¿En qué puedo ayudaros?
—Buenas tardes —saludó Akaashi educadamente, tomando la iniciativa.
—Ah... —Shirofoku se relamió los labios— Qué bien huele... ¿Es eso pan de melón? —la manager se acercó hasta la barra y señaló a uno de los estantes.
—Así es —la mujer emitió una leve risita—. No tenemos mucha variedad en estos momentos, pero hay pan de melón y pan de curry para todos.
—¡Yo quiero uno de esos donuts de chocolate! —exclamó Komi, empujando ligeramente a Shirofoku para poder pedir.
Todos empezaron a decir qué eran lo que deseaban y tuvo que ser Akaashi, ayudado finalmente por Suzumeda, el que pusiera algo de orden. Lo mejor sería sacar un trozo de papel y escribir en él qué era lo que querían pedir en vez de que cada uno soltara por la boca lo primero que se le viniera en mente.
Bokuto se quedó atrás, ajeno al revuelo que estaba formando todo el equipo y en el que, generalmente, él era el protagonista. No obstante, su atención estaba en lo que debía estar pasando al otro de la de la puerta. A pesar del ruido, podía escuchar algunos murmullos detrás de ella y había jurado escuchar un tono de voz que ya conocía.
Mientras Akaashi discutía con Shirofoku porque no podían pedir todo lo que ella deseaba, la puerta en la que Bokuto tenía centrada su atención se abrió. Un hombre extremadamente alto y fuerte, de brazos musculosos y cabello negro ligeramente tapado por un pañuelo blaco, salió sosteniendo una enorme bandeja cargada de pequeños pastelitos rellenos con nata.
—¡Oh! ¡Cuánta gente! —con su profunda voz, el hombre anunció su presencia. Su imponente aspecto hizo que inmediatamente todos se quedaran mudos y adaptaran poses correctas, casi como si estuvieran en formación.
—Cielo, les has intimidado —la mujer rio, consciente del efecto que provocaba su marido.
—Lo siento, lo siento —se disculpó—. Podéis seguir con lo vuestro —cuidadosamente dejó la bandeja tras uno de los cristales—. ¡Chicas! ¡Podéis traer las tartas ya!
Hubo un ruido de cacharros y, a continuación, unas carcajadas femeninas.
—¡Para, Anri! ¡Vas a hacer que lo tire!
—¡Matsuyama! —gritó Bokuto, ignorando que ahora toda la atención recaía sobre él. Matsuyama Narumi había sido la primera en aparecer tras la puerta. Llevaba otra ropa que no era el uniforme, pero Bokuto no podía advertir exactamente cómo iba vestida, ya que iba prácticamente cubierta por un enorme delantal blanco. Su pelo, por otra parte, iba recogido en aquel inconfundible moño tirante.
—Bo-Bokuto-senpai —la chica parpadeó confusa, sosteniendo un plato con un elaboradísimo pastel de color rojo con rosas blancas de azúcar esparcidas por su superficie.
—¿Trabajas aquí? ¿Pero no eras rica? —prácticamente vomitó aquellas palabras, sin ni siquiera darse cuenta de lo que acababa de decir era una de las cosas más inapropiadas que jamás habían salido de su boca.
—¿Es que eres idiota? —escupió la mejor amiga de Matsuyama, asomando la cabeza por encima del hombro de la chica con una mueca de disgusto en su rostro.
—Matsuyama-san, Hanazawa-san —intervino Akaashi antes de que Bokuto siguiera metiendo más la pata—. ¿Trabajáis aquí?
—¿Son compañeros vuestros? —preguntó la mujer con curiosidad.
—Solo Akaashi-kun —respondió Hanazawa con cierto tono de desprecio en su voz que Bokuto no llegaba a comprender.
—Es el Club de Volleyball —explicó Narumi, mostrando una sonrisa nerviosa—. La panadería es de los Hanazawa, los padres de Anri —añadió, dirigiéndose a Akaashi en esta ocasión.
—Oh... ¿Sois amiguitos de Anri? —la mujer sonrió— ¿Por qué no los traes nunca, hija?
—No son amigos —espetó, caminando hacia su padre para entregarle la tarta de nata y almendra que llevaba y que éste la colocara tras la cristalera.
—¿Deberíamos invitarles, cariño? —su madre la ignoró por completo.
—No sé si podemos permitírnoslo...
—No se moleste —Akaashi tenía en su mano el dinero de todos y lo dejó sobre el mostrador—. Apreciamos su bondad, pero hemos pedido demasiadas cosas como para permitir que nos inviten.
—Eres todo un encanto —la mujer sonrió, entregándole las bolsas con la comida que habían comprado antes de recoger el dinero.
Akaashi comenzó a sacar uno a uno el pan y bollos que habían adquirido y los fue entregando. A medida que los chicos iban cogiendo lo que cada uno había pedido, fueron abandonando el local ante lo apretados que se encontraban. Fuera, podrían charlar y armar todo el escándalo que quisieran.
—Bokuto-san, como no has pedido nada, lo he hecho por ti —Akaashi se acercó hasta su amigo, quien estaba ligeramente agachado para que los pasteles de nata que había tras el cristal quedaran a la altura de sus ojos. Tenían una pinta estupenda—. Te he pedido dos panes de curry.
—Gracias —respondió sin ni siquiera prestarle atención.
De repente, Bokuto sintió un par de toquecitos en su hombro derecho. Dio un respingo y se incorporó de inmediato, buscando a la persona que se había atrevido a despertarle de su ensimismamiento. Inmediatamente, su vello se erizó al toparse con Matsuyama Narumi sonriéndole con inocencia. La chica emitió una leve risita, divertida por el sobresalto del muchacho, cerrando sus ojos para justo después abrirlos de nuevo y clavar sus redondos orbes castaños sobre él.
—Ten, Bokuto-senpai —en sus manos sostenía uno de aquellos pequeños bollos de nata—. He visto que no les has quitado ojo. Pero, ssshhh... —se llevó su dedo índice a sus rosados labios— Es un secreto —y le guiñó el ojo con gracia.
Bokuto se quedó sin habla. Observó el pastelito en manos de Narumi y, tras segundos de indecisión, lo cogió, rozando ligeramente con la punta de sus dedos la palma de la mano de Matsuyama.
—También tengo otro para ti, Akaashi-san —Matsuyama se acercó a su compañero y le entregó otro pastel.
—Gracias, Matsuyama-san.
—Sentíos afortunados, muchachos. Esos pasteles los ha hecho Narumi-chan con todo su amor.
—¡Ha-Hanazawa-san! —tartamudeó Matsuyama, su rostro adquiriendo un tono rojizo— Eso no es cierto. Solo he ayudado.
—No la hagáis caso. Es muy modesta —el señor Hanazawa emitió una sonora carcajada—. Creedme. Posiblemente, hace la mejor crema pastelera y la mejor nata de todo Tokyo. No comeréis nada mejor.
—Ya, ya, papá... —Anri agitó su mano frente al rostro de su padre— No intentes vender a Naru-chan como si quisieras casarla.
—¡Eh! —Konoha entreabrió la puerta del local y asomó su cabeza— ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?
—Sí, ya vamos —Akaashi se giró hacia Bokuto—. Debemos irnos —hizo una reverencia—. Gracias por todo.
—Ha sido un placer.
Ambos chicos se giraron y se encaminaron hacia la puerta.
—¡Volved cuando queráis! —les gritó el señor Hanazawa antes de que la puerta se cerrara del todo.
—Vaya panda de imbéciles. Todos los que están en los clubes son unos cabezas huecas —farfulló Anri.
—Pues yo les he encontrado especialmente encantadores —su madre emitió una risita—. ¿Verdad, Narumi-chan?
Bokuto y Akaashi se unieron al resto. Decidieron caminar hasta un parque cercano para terminar de comerse lo que habían pedido. Akaashi se percató de que Bokuto caminaba por detrás del resto, en silencio y observando el pastelito que Matsuayama les había entregado y del que todavía no había probado bocado. El colocador decidió reducir su marcha hasta que quedó a la altura del as.
—¿Sucede algo, Bokuto-san? No es normal verte tan serio.
—No. Es solo que... —el chico apretó los labios formando una fina línea.
—Tu pregunta ha sido una grosería —terminó Akaashi por él.
—Sí, bueno —hizo un pequeño puchero—. Pero no es tan estúpido lo que he dicho. Ella tiene dinero. Seguro que todo el del mundo. En cambio, los padres de su amiga...
—Hanazawa-san.
—Los padres de Hanazawa son humildes y estoy convencido de que Matsuyama les ayuda en la panadería. No porque pretenda dar una lección a nadie, sino porque seguramente ha salido de ella. Y no me parece que así es como actuaría alguien que tiene tanto dinero como ella. Lo normal es que fuera egoísta o se juntara con gente de su misma clase social.
—¿A cuántas personas adineradas has conocido, Bokuto-san? —preguntó Akaashi escéptico. Su senpai no podía haber soltado un mayor estereotipo.
—Por eso me ha regalado también este pastel —continuó Bokuto, no prestando realmente atención a Akaashi—. Porque ella es así.
Akaashi guardó silencio. Podría haberle dicho que a él también le había regalado un pastelito, pero la primera vez que veía a Bokuto tan serio con algo que no fuera el volleyball.
Finalmente, el as dio un bocado al pastel. Se detuvo en sus pasos y contuvo un grito ahogado ante el delicioso sabor que le había provocado la espesa nata al invadirle la boca, mezclada con el hojaldre
—Creo que Matsuyama es la mejor persona que he conocido nunca —murmuró Bokuto, terminando de comerse el pastelito.
—Bokuto-san... —Akaashi frunció ligeramente el ceño, sin comprender lo que le estaba sucediendo a Bokuto.
—¡No le he dado las gracias! ¡Akaashi, no le dado las gracias por el pastelito! —gritó de repente, aferrando a su amigo por los hombros y agitándole.
—Bokuto-san, no pasa nada. Matsuyama lo entenderá.
—Tengo que encontrar el momento para hablar con ella —reflexionó—. Debo encontrar el momento idóneo.
—¡Eh! ¡Bokuto! ¡Dame un trozo! —gritó Komi al ver que su capitán seguía teniendo su comida intacta cuando él y Akaashi alcanzaron al resto.
Como si nada hubiera sucedido, Bokuto cambió completamente el chip y volvió a ser el de siempre, ruidoso y escandaloso. Akaashi suspiró, rindiéndose ante la facilidad con la que el capitán era capaz de cambiar de estado de ánimo en tan solo unos segundos y terminó por verse inmiscuido en la especie de lucha que mantenían todos por dos panes de curry. No obstante, el colocador no podía evitar pensar en qué era lo que pasaba por la mente del chico y, en especial, en qué tenía Matsuyama Narumi para alterar tanto al ya de por sí inestable Bokuto Kōtarō.
"Y debo decir, que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido"
— Julio Cortázar
~ ¡Nos leemos!
