Los personajes de esta historia no me pertenecen.
No obtengo beneficio alguno por escribir esto salvo mi propio entretenimiento.
AVISO: Este fanfic es YAOI, si este género no te interesa no lo leas y punto, comprendo perfectamente esa postura.
Capítulo 9. Sombras y portales.
Solo habían pasado cinco días.
Byakuya lo sabía, no necesitaba mirar el calendario, solo eran cinco días. Cinco días llevaba Renji en el ikai, viviendo entre demonios, conviviendo con ellos más exactamente.
Pese a que tenía casi todas las horas del día ocupadas, la imagen del despacho de Renji vacío no dejaba de sobresaltarle cada vez que pasaba por delante de este. Renji siempre estaba en su despacho a primera hora, luego desaparecía, bien para hacer su trabajo, bien por entrenamientos, pero a primera hora estaba allí, preparándolo todo para cuando llegara su capitán.
No era la primera vez que Renji se ausentaba por responsabilidades diversas, pero ahora estaba lejos, entre gente que muy bien podían ser enemigos. Y quien sabía que estupideces podía estar ese yasha, Lord Raijū, metiéndole en la cabeza.
Repasó los documentos legales que detallaban ciertas normas de interacción entre las autoridades yokai y shinigami para ser firmado por las respectivas autoridades y sellado por los comandantes de las facciones.
El tratado iba bien. Los yokai y los shinigami interactuaban sin grandes percances y los pasos previos a la firma de un compromiso de alianza estaban siguiendo su curso con fluidez, aunque en opinión de Byakuya, los shinigami habían cedido demasiado en algunos puntos.
Los yokai por supuesto lloriqueaban cada punto como lamentables plañideras, lamentándose y perjurando que salían perdiendo a cada paso. A Byakuya le enervaba semejante hipocresía.
Y lord Raijū... le había visto en la reunión del día anterior, en que los yashas habían estado delimitando sus esferas de influencia sobre el mundo humano y su autoridad ancestral sobre ellas, el líder había lucido pletórico, sonriente y arrogante como nunca.
Odiaba a aquel demonio como no había odiado en mucho tiempo. El modo en que le miraba y menospreciaba, como si Byakuya Kuchiki fuese un insulto, o peor, un chiste. Jamás nadie le había tratado de aquella manera. Byakuya le correspondía con un estudiado desdén.
A los demás capitanes aquel enfrentamiento silencioso les parecía divertido por supuesto. Shunsui lo había llamado la Guerra Fría, como si le pareciese una obra de teatro que le divertía ver desde bambalinas.
Entregó los documentos a Rikichi, que saludó con nerviosismo, como siempre, y corrió a cumplir las órdenes. Aquel muchacho lo hacía todo corriendo, no necesariamente bien, pero siempre corriendo.
Salió de la división de regreso a la mansión Kuchiki, había quedado a cenar con Rukia. Era algo que estaba haciendo aquellos días, intentado mejorar la relación con su hermana adoptiva. Aunque la relación entre ambos había mejorado desde que había salido a la luz la verdad sobre Hisana, la hermana de Rukia y difunta esposa de Byakuya, eso no era decir demasiado después de ser virtualmente extraños durante años. Habían curado la herida, pero aun no eran... nunca serían hermanos realmente, pero quería ser algo más que una cercana autoridad.
Quería ser mejor hermano para Rukia, porque ella lo merecía, y también por Renji. Quería ser mejor persona por Renji.
Rukia estaba ya allí, feliz, sonriente. Byakuya sintió que algo se iluminaba en su interior, la joven ya no estaba tensa y nerviosa en su presencia, necesitando constantemente probarse a sí misma, era una muestra de confianza. Desde luego notó que se forzaba a mejorar su postura en su presencia, pero era una pequeñez.
Cenaron charlando sobre los acontecimientos del día, la muchacha hablaba entusiasmada sobre una pequeña delegación de Yuki Onna, mujeres de la nieve y el invierno, que habían compartido una merienda en la decimotercera División, eran las damas de compañía de una terrible Oni y habían ejercido de intermediarias entre ellos y la feroz ogresa con excelentes resultados.
- Y además Lord Raijū me ha hecho llegar una carta de Renji.- Comentó encantada al llegar los postres.
Byakuya casi dejó caer sus palillos. Una carta de Renji. Por supuesto, era evidente que los yokai, y ese maldito Raijū, no dejarían a su "nue" pensar que era un rehén, que le permitirían algo tan sencillo como cartearse con el Seireitei.
Trató de contener el temblor en la voz, la emoción contenida, y esperó que Rukia no lo percibiera.
- ¿Buenas noticias supongo?
- Oh, muy buenas, no ha parado de darme envidia, nosotros trabajando más que nunca y él de vacaciones.- La sonrisa de Rukia podía eclipsar el sol.- Me ha hablado de un montón de yokais extraños que no hemos visto por aquí, de sus mansiones mágicamente transportadas y su mercado de cosas curiosas.
- Suena emocionante.
- No he entendido muy bien la parte en que dice que Lord Raijū le está enseñando a usar el fuego yokai, le preguntaré en mi réplica.
Lord Raijū otra vez. Byakuya no disfrutó de su mochi salado al oír otra vez el nombre.
- Hermano, ¿quieres escribir a Renji también?
Byakuya tardó en contestar, sorprendido. Escribir una carta a Renji, no un informe, ni unas órdenes, si no una carta, una carta de verdad.
- Estando de vacaciones no creo que desee recibir una carta de su capitán, se preocuparía innecesariamente.
Rukia terminó su mochi con una expresión pensativa, en aquel momento se parecía poderosamente a su difunta hermana mayor, tenía esa mirada, ese gesto, la sensación de que había una sabiduría antigua en su alma, un poder de observación que superaba en mucho a sus años.
- Quizá no desee una carta del capitán de la sexta división, pero seguro que le alegrará recibir una carta de Kuchiki Byakuya.
Una brisa de verano se lo podría haber llevado del sitio, tal era su estupefacción. Rukia era una a veces una auténtica bodhisattva, tal era la profundidad de sus palabras y el entendimiento que había tras ellas. Al noble le consternaba que tanto ella como su hermana hubiesen ido a parar al Inuzuri al morir, cuando su iluminación debería haberlas reencarnado en nacimiento natural como nobles en el Seireitei.
Y hasta Kuchiki Byakuya flaqueaba ante ella.
- No estoy seguro de que eso le alegrara tampoco.- Fue un susurro, pero audible para la joven sentada frente a él.
- Conozco a Renji como la palma de mi mano, os aseguro que le alegrará.
- No he sido... he fallado a Abarai en gran medida.- Confesó al fin.- Es posible que me odie por ello.
Rukia tuvo la educación de no preguntar a que se refería exactamente, pero con que pensara que se trataba solo del suceso en el Nido de gusanos era suficiente.
- Renji es incapaz de odiar.- Rukia sonreía con cierta ensoñación, recordando probablemente sucesos del pasado.- Es todo corazón, todo lo lleva al extremo, amor, amargura, rabia, alegría... pero su odio es siempre pasajero, fugaz, como si la emoción en sí le aburriera.
Los sirvientes recogieron, Rukia se retiró a asearse antes de retirarse a su casa con una pequeña escolta, innecesaria en otros tiempos, pero había yokais por las calles.
- Rukia... te haré llegar una carta para Abarai.
Rukia asintió, evidentemente feliz por la decisión, y marchó con un reiatsu que cantaba su alegría a quien quisiera sentirlo. Byakuya esperó a que su energía se perdiera en la distancia antes de volver al interior de la mansión y dirigirse a su estudio privado, tenía una carta que escribir.
- ¿Onibi?
Raijū asintió, ambos estaban tendidos sobre la hierba, en la ladera de una pequeña colina, el yasha estaba tendido boca arriba, cerrando los ojos con placer bajo la brisa fresca del atardecer, Renji estaba tumbado paralelamente de costado, mirándole elevado con la cabeza apoyada en su mano.
La hierba se mecía alrededor de ambos, pronto la temperatura bajaría rápido y la cuajaría de rocío.
- Significa fuego demoníaco y eso es exactamente lo que es, quizá estés más familiarizado con el kitsunebi.
Renji trató de hacer memoria, aquellos días estaba aprendiendo tantas cosas nuevas sobre los yokai que casi daba vértigo, pero le encantaba. Conocía el kitsunebi del repaso de lecciones que había hecho para recibir a la comitiva.
- ¿El fuego de los kitsune? Son esas llamas de colores que flotan en el aire, no es fuego de verdad, no quema.
- El kitsunebi no es más que el onibi de los zorros, todos los yokai pueden manifestarlo, es la forma mas básica de uso de energía demoníaca.
Renji suspiró al bajar los rayos de sol sobre la colina, todo se tiñó rápidamente de naranja, aquellos días estaban siendo fantásticos. Miró a Raijū tumbado a su lado, los ojos cerrados, el yukata abierto, tentándole con la cincelada musculatura y los oscuros pezones, y una leve línea de vello que salía bajo el ombligo, que Renji sabía que si besaba llevaría al Yasha a retorcerse y gemir bajo sus labios.
La atracción que había sentido por Raijū era cada día mas fuerte, mirando al atractivo yokai se dejaba llevar por el deseo arrollador. Como leyendo su mente, Raijū entreabrió los ojos en una fina línea de azul eléctrico y le sonrió con conocimiento de causa.
Renji se ruborizó, pero descendió y besó los seductores labios, Raijū le acarició el cuello y le mordisqueó el labio inferior como ya había descubierto que tanto gustaba al pelirrojo. Sin embargo al poco le susurró al oído.
- Onibi, Renji, a menos que quieras terminar la lección antes de que empiece, no puedes cabalgar tormentas si no eres capaz siquiera de conjurar el onibi.
Renji rezongó un poco y finalmente se apoyó sobre el yasha, acomodado sobre su pecho y entre sus piernas, escuchándole con atención.
- Dijiste que tus habilidades de Kido, el arte de la conjuración de los shinigami, son... ¿malas?
- Un desastre.- Confesó con desazón.- Mi poder espiritual se vuelve inútil cuando lo intento enfocar en un conjuro, desde siempre. A veces hasta me explota en la cara.
- Eso es porque los yokai no usamos Kido, nuestro poder espiritual es diferente, es inútil usarlo con los encantamientos de los shinigamis, tenemos nuestra propia manera de encauzar ese poder.
Renji asintió, ahora que lo pensaba, jamás había visto al capitán Komamura usar técnicas de Kido, y tanto su Bankai como sus técnicas de combate eran fundamentalmente físicas.
Raijū alzó una mano y extendió la palma hacia arriba, en un instante apareció sobre ella una suerte de orbe llameante, una lengua de fuego azul brillante, emitía un leve calor, pero estaba claro que no era realmente fuego, era algo diferente.
Renji se quedó mirándola fascinado, era hermosa, y sentía en ella el reiatsu de Raijū, el poder que era el yasha, una insignificante fracción manifestada como luz, fuego.
- Onibi, fuego demoníaco, nuestra forma más básica de magia.
- ¿Cómo se invoca? Es decir, no has dicho nada...
- Nuestra magia es más sencilla, innata. Medita, busca en tu interior.
- He meditado mucho con Zabimaru, nunca he creado nada parecido a eso.
- No sabías qué estabas buscando, ahora lo sabes.
Se sentaron frente a frente, el yasha le indicó que sostuviese a Zabimaru en sus manos y le ayudó a adoptar la postura de meditación para guiarle. Los primeros minutos fueron infructuosos, Renji no sabía en qué concentrarse y su zanpakuto estaba igualmente perdida. Por no hablar del recuerdo de muchas de sus pruebas de uso del Kido, que acababan explotándole en la cara, no quería hacer explotar una bola de fuego en la cara de Raijū.
Notando la evidente frustración, Raijū tomó sus manos en las suyas, sosteniéndolas con las palmas hacia el cielo.
- Debes pensar como un nue.
- No sé como piensa un nue, eso no basta, ¿qué debo pensar?
No obtuvo respuesta, iba a abrir los ojos y rendirse cuando oyó el trueno lejano.
La tormenta. Se concentró junto a Zabimaru, buscando aquel sonido, intentando encontrar algo familiar en él.
Otro trueno, el silencio en que caía el rayo, y la lluvia, la tormenta aún era lejana, pero se acercaba, las nubes se moverían impulsadas por el viento aullante...
Zabimaru aullaba como el viento más feroz, respondiendo al viento, acallándolo y doblegándolo a su voluntad más poderosa, el trueno le acompañaba, el rayo iluminaba sus ojos, golpeando la tierra certero, con la velocidad de la serpiente blanca.
Estaba entre las nubes negras. Sus músculos se movían bajo la piel rayada de un tigre, los colmillos relucían con cada relámpago. La luz... el fuego.
Lo notó con un sobresalto y abrió los ojos alarmado, entre las manos desnudas sostenía su propio onibi, una lengua de fuego de color rojo claro, igual que su reiatsu.
Su propio fuego demoníaco.
Era un nue. Era un yokai. La alegría de lograr manifestar aquella técnica quedó sobrepasada por la poderosa evidencia que representaba. Los shinigami no hacían fuego demoníaco, solo los yokai podían hacer aquello.
Desvaneció la llama con un gesto, pero sabía que ahora podría manifestarla con apenas un pensamiento. Zabimaru se removió, mucho menos afectado.
"Contrólate, no es para tanto, no es una sorpresa, ¿qué importa? Es algo precioso"
Para la zanpakuto era fácil decirlo, siempre había tenido una percepción más sencilla del mundo, luchar, hacerse fuerte, ganar, recuperarse de la derrota y volver hasta la victoria, defender lo amado...
- ¿Renji?
Raijū le miraba con preocupación, sosteniendo aún sus manos, Renji se dio cuenta de que temblaba y trató de serenarse.
- Es que... soy un nue, de verdad lo soy, lo he sentido... lo he sentido dentro.
El yasha sonrió con amplitud, entusiasmado, se adelantó y le besó.
- Volvamos a la mansión, me temo que la tormenta que llamé para ayudarte nos alcanzará pronto. Y aún no estás preparado para domar su poder.
Renji asintió y se dejó llevar de la mano, aún demasiado afectado. Era un demonio, y un shinigami, y pese a la existencia del capitán Komamura, no estaba seguro de que fuese algo totalmente compatible, había motivos por los cuales el capitán había ocultado su verdadera naturaleza hasta la rebelión de Aizen, y eso siendo capitán desde tiempos casi tan antiguos como la fundación del Gotei 13, solo el propio comandante Yamamoto y la capitana Unohana eran más veteranos.
No sería compatible a ojos de alguna gente. Gente cuya opinión aún le importaba.
De regreso en la mansión, cenaron en compañía de los demás yashas, que quedaron igualmente encantados cuando Raijū les dijo que había creado un onibi en su primer intento, Renji no dudó de que aquella pequeñez llegaría a las cuatro esquinas del mundo yokai, para ellos era una grandiosa confirmación de lo que ya sabían.
Tras la cena, cada uno se retiró a su habitación, pero Renji apenas se había puesto su ropa de dormir cuando Raijū tocó a su puerta.
- Me entregaron cartas para ti.- Raijū le entregó dos sobres.- Hoy no fui al Seireritei pero tu amiga Rukia las entregó a un miembro de mi corte.
¡Cartas! Renji las cogió como un niño con zapatos nuevos, llevaba seis días en el ikai y, aunque habían pasado rápido, siempre pensaba que estaría pasando en el Seireitei. Se animó de inmediato al recibir la correspondencia.
- Parece una buena chica.
- Lo es.- Confirmó Renji encantado, dejando los sobres sobre la mesilla e invitando a Raijū al interior.- Mi mejor amiga, es... familia en todo menos la sangre y el apellido.
- Tiene el apellido Kuchiki.- Raijū cerró a su espalda.
- La familia Kuchiki la adoptó, bueno, la historia resumida es que realmente Rukia es cuñada de Byakuya Kuchiki.
El yasha ladeó la cabeza con cierta confusión.
- Tu capitán... ¿está casado?
- Viudo.
- Mmh.
Raijū abandonó la conversación en favor de abrazarle por la espalda y besar su cuello, su hombro. Renji se dejó hacer, apoyándose contra el otro hombre y ofreciendo su cuello a las deliciosas atenciones.
Se desnudaron mutuamente, las manos se deslizaron sobre la piel desnuda, Zabimaru prácticamente ronroneaba desde la espada. Entre caricias cada vez más osadas se deslizaron hasta el lecho, donde Raijū atacó sin piedad todos los lugares que hacían que Renji gimiera y se retorciese, mordiendo y besando, los pezones del pelirrojo acabaron encendidos y el yasha continuó su ataque, exigiendo la rendición de cada centímetro de piel y volvió a sus labios, con un beso profundo en tanto sus manos se cerraban en torno al enhiesto miembro viril. Renji gimió en su boca y correspondió con sus propias manos, ambos quedaron tendidos lado a lado, besándose con ansía, las manos ocupadas entre las piernas, apretando y bombeando las hombrías, buscando el ritmo que hacía que su pareja jadeara o gimiese más alto.
Poco después ambos se sonreían en el post orgasmo, sus frentes juntas, envueltos entre las sábanas sucias, disfrutando de la relajación y la paz tras el placer.
- Tengo que ir a leer unos informes antes de acostarme.- Susurró Raijū, con un gruñido que dejaba claro las pocas ganas que tenía de hacerlo.- Diré a los criados que te traigan sábanas limpias.
Renji le besó la nariz como despedida, feliz de no tener que hacer absolutamente nada y dejarse mimar por una vez. Se levantó y fue a por las cartas, dejando que los criados cambiaran el futon sin un solo gesto de extrañeza.
Entonces se dio cuenta de que no solo había una carta de Rukia, reconocible fácilmente por los preciosos dibujos de flores y conejitos, si no una segunda carta en un sobre oficial de la noble familia Kuchiki.
Y Renji hubiese reconocido en cualquier parte la perfecta caligrafía de Byakuya Kuchiki.
Pese al ansia, leyó primero la carta de Rukia, primero el placer, luego el deber... o lo que fuera. Su amiga le contaba los acontecimientos de las reuniones, como teniente estaba en casi todas, de modo que no tenía que preocuparse por estar informado, al parecer su sustituto como teniente, el segundo asiento de la sexta división, no lo estaba haciendo del todo mal, Renji había contado con ello, no era un hombre muy poderoso pero si diligente y comedido.
Un par de anécdotas de la onceava sección que casi habían acabado en reyerta, un conflicto con la doceava sección por culpa de las crueles excentricidades del capitán Kurotsuchi, solucionada únicamente gracias a una rápida intercesión del capitán Ukitake... por suerte casi todas las reuniones y discusiones sobre los tratados avanzaban a buen puerto.
Rukia estaba preocupada por el mundo humano, con todos los deberes que les ataban no había podido recibir noticias ni visitar a Ichigo y los demás, y los dioses sabían que aquellos humanos eran incapaces de estarse quietos y no tropezar con un peligro.
Y para terminar una decena de preguntas sobre el ikai, los yokai, lord Raijū (con una sospechosa cara sonriente dibujada al lado) y las técnicas nuevas que estaba aprendiendo.
Ahora tocaba la carta de Byakuya. Sostuvo el sobre entre las manos un rato, a veces las cosas mas sencillas eran las más difíciles. Solo era una carta de su capitán, seguramente era una retahíla de órdenes a seguir, recomendaciones de etiqueta y sutiles reproches de que estaba haciendo dejación de sus deberes.
Siempre habrá un lugar para Abarai Renji a mi lado.
No podía dejar que siguiese afectándole tanto.
Un ruido a su espalda le puso en guardia al segundo. Se volvió como un rayo y aferró con la mano.
Un tanuki con los ojos como platos.
- No-me-mate no-me-mate no-me-mate...- Musitaba, encogido, colgando por la pequeña chaqueta por la que Renji le aferraba.
- ¿Estabas espiando?.- Renji le acercó a su cara con amenazante gesto.- Eres uno de los tanuki que me acompañó desde el Seireitei.
- Oh, gracias por recordarme, soy Tanpopo, segundo oficial de la ley y el orden de la corte yokai.
- ¿Un oficial colándose en una casa y espiando? Miente un poco mejor.
El tanuki infló su pelaje y se cruzó de brazos con indignación.
- Caballero, le aseguro que soy quien digo ser. Estoy en una misión secreta.
Renji dejó al tanuki en el suelo, Tanpopo podía estar mintiendo, pero ciertamente había sido uno de los que le habían escoltado hasta allí, y creía recordar que había ostentado algún tipo de cargo oficial para ello.
- Misión secreta...
- Así es, y no es si no una gran necesidad lo que me hace pedir su ayuda, lord Abarai.
Lord Abarai. Renji suspiró, aquello era recurrente, empezaba a no poder luchar contra la deferencia que le mostraban los yokai en general.
- ¿Y no sería mas lógico acudir a Lord Raijū?
El tanuki se removió incómodo y bajó la cabeza.
- Con gran vergüenza debo admitir que no sé en quien confiar.
Vale. Aquello empezaba a traerle muy malos recuerdos de la traición de Aizen, capitán contra capitán, telarañas de mentiras. No le agradaba esa sensación.
- Pero Lord Raijū...
- Por favor, lord Abarai, me voy obligado a ser muy discreto, cuantos menos lo sepamos...
- Cuantos menos sepamos, ¿el qué?
Tanpopo gimoteó.
No era muy impresionante como conspiración. A primera vista al menos.
Tanpopo le había contado los detalles mientras le guiaba a un portal sellado recientemente por él mismo. Hacía unos días, su oficial superior y él, habían encontrado un portal clandestino que llevaba al mundo humano, algo terminantemente prohibido. Habían encontrado varios de esos pasajes, y su gran número hablaba de una operación ilegal a gran escala.
No era de extrañar que Tanpopo y su jefe estuviesen alarmados, en plena negociación de un tratado de paz, tenían yokais rebeldes viajando ilegalmente al mundo humano. Un desastre.
- De acuerdo, te han ordenado mantenerlo en secreto sin siquiera investigarlo para no crear alarma, pero... ¿Por qué me pides ayuda a mi?
- La razón mas sencilla es que es imposible que estéis relacionado con esto, dada vuestra reciente inmersión en la sociedad Yokai.
- Vale, eso es cierto, pero tiene que haber algo más.
Tanpopo saltó de un pie a otro con nerviosismo, sacudiendo las orejas con culpabilidad.
- Bueno, me han prohibido expresamente investigar... cualquier yokai que cruzase al mundo humano a investigar sería culpable a su vez de transgresión pero usted...
- ¿Yo? Ahora también soy un yokai.- Aunque aún tenía que recordárselo a sí mismo.
- Pero no sois un yokai cualquiera.- Tanpopo exhibió una amplia sonrisa colmilluda.- Sois el último nue, y un recién llegado, pase lo que pase podréis aducir ignorancia, y sinceramente, el comandante nurarihyon, lord Kazuhiko, os perdonaría cualquier cosa.
- Oh por favor, no estás seguro de eso.
El tanuki ladeó la cabeza y luego rió entre dientes.
- Sois el último nue, colega, podríais saliros con la vuestra con las mayores barrabasadas.
Por mucho que a Renji le pareciese injusto, ciertamente daba la impresión de que su posición era la del consentido recién llegado.
Por una parte quería ir a decírselo todo a Raijū pero... realmente, y por mucho que deseara hacerlo, debía tener perspectiva, apenas conocía al yokai, ¡se conocían de apenas días! y aunque confiaba en los sentimientos que le producía, no podía asegurar que sus intereses políticos fuesen los mismos. Raijū había sido muy generoso con él, había guardado discreción antes, era injusto exigirle más.
Y si unos yokais estaban infiltrándose en el mundo humano no le cabía duda de que Ichigo y los demás tendrían problemas, porque los dioses sabían que aquellos humanos no podían dar dos pasos sin meterse en la boca del lobo.
- Está bien, tengo amigos humanos, les daremos aviso para investiguen por nosotros y volveremos antes de que nadie se pregunte nada.
- ¡Perfecto!
Tanpopo preparó montones de hojas en el suelo, formando un dibujo, y después... sacó dos abanicos y comenzó una danza de aspecto bastante cómico.
Renji tenía siempre la sensación de que los Yokai exageraban todas y cada una de sus acciones solo porque les parecía más bonito que limitarse a hacer un hechizo. Sobre todo los yokai de menor rango.
El portal se abrió, surgiendo como un arco Torii tras cuyo umbral podían ver el pueblo de Karakura.
Los dos cruzaron el portal, y los olores y ruidos del mundo humano les asaltaron, asfalto, metal, hormigón, la contaminación de los coches, las luces amarillas y parpadeantes de las farolas, con polillas a su alrededor. Llovía en la ciudad, y acentuaba los olores al caer.
Renji dio unos pasos con seguridad y se percató de que Tanpopo se quedaba parado mirando a su alrededor con maravilla.
- Emmh, ¿ocurre algo?
- Yo...- El tanuki se frotó los bigotes y los ojos, emocionado.- Nunca había estado en el mundo humano, está prohibido y... mi abuelo me contaba cosas de las tropelías que solían hacer y... lo siento, es tan emocionante.
Renji sonrió, a los shinigami también les resultaba fascinante la primera vez que iban al mundo humano, y los novatos se arremolinaban en torno a los veteranos que contaban historias sobre los "autobuses" y cosas por el estilo.
Apenas salieron del callejón en que habían aparecido para salir a una calle principal cuando oyeron los sonidos de lucha, o mas bien de persecución.
Renji apenas contuvo su brazo de decapitar a la figura de un chico de pelo pajizo que se le venía encima a la carrera.
- ¡Renji! ¡Por fin llega la caballería! ¿Ha venido la hermosa Matsumoto!
El comentario de Matsumoto fue suficiente, aquel no era Ichigo, si no Kon, el alma sustituta, ocupando su cuerpo. Renji no pudo decir o preguntar nada porque el muchacho le agarró la muñeca y le impelió a seguirle a la carrera por las calles.
- ¡Espera! ¿¡Porqué corremos!?
- ¡Porque huimos!
Un enorme estruendo a sus espaldas respondió a las demás preguntas.
Arrasando con todo a su paso, una atronadora marea de criaturas avanzaba a gran velocidad. Ranas. Decenas, centenares, miles de batracios saltando y croando, con hambre en sus estómagos y odio en sus ojos saltones.
Renji acabó llevando a Kon y Tanpopo bajo los brazos mientras corría por sus vidas.
Nota de la autora: Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo! Y gracias por los comentarios!
