- Nngh…
Arthur abrió los ojos, tras sentir el largo y frío recorrido de la lengua del americano a través de todo su cuello. Le miró aún vagamente, su mirada no percibía todo al cien y la cabeza le comenzaba a doler de nuevo y peor aún, el doble de fuerte. Se suponía que el día de ayer había ingerido grandes y peores cantidades de alcohol con Fernando, ¿y ahora otra vez?
- Ugh…
Había recordado a Fernando.
- Arthur…
Alfred, arriba de él, le contemplaba con una ceja arriba y en ese momento sus ojos detonaron seriedad, pero la sonrisa infantil quedaba perpetua en su rostro. Estaba molesto, se encontraba molesto y no lo negaba.
- ¿A-Alfred? –preguntó, tomando aire un poco y tratando de controlar su ebrio estado- ¡¿Pero qué…?
- Es lo mismo que te pregunto…
- ¡¿Q-Qué rayos crees que haces?
Arthur, sutilmente, le soltó una bofetada a Alfred, quien pareció haberla ignorado por completo y continuaba sacándole la ropa con esmero. El estadounidense llevó una de sus manos hasta la entrepierna del inglés, quien, sintiéndolo tan cerca, dejó escapar un largo y necesitado gemido. Se sonrojó, viéndose tan obvio por su tez clara.
- ¡B-Bas… Bastardo! –escupió, tratando de empujarle lejos, pero por más que insistía, era inútil
- Dime, Arthur… -al volver a llamarle, recibió otro golpe que le hizo sangrar del labio y alejar a Texas de todo eso- Arthur…
- Kh… -tragó saliva, nervioso al sentir a Alfred de esa forma- ¡S-Suéltame!
- ¡¿Quieres guardar silencio?
Arthur se quedó en seco, a penas sintiendo la lengua del otro recorriéndole nuevamente el cuello.
- A-Alfred, wait…!
Los pantalones del inglés salieron volando a un lado de la cama, mientras que el aludido acariciaba con fuerza las delgadas y suaves piernas del inglés, quien no dejaba de gemir, aferrado a su espalda.
- I love you, Arthur…
Las lágrimas se le salieron de los ojos, después de escuchar aquellas palabras de sus labios. Le soltó un golpe en la cabeza, para luego escuchar sus infantiles quejidos.
- ¿Entiendes ahora que esas palabras son únicamente para ti? –depositó un beso en sus labios, sonriéndole después- Arthur, estas palabras son para siempre tuyas, pase lo que pase…
- A-Ah… Alfred…
- Kh…
La puerta, detrás del mexicano, se abrió un poco, asomando un rebelde mechón rubio, quien no tardó en darse paso dentro de la casa. El mexicano, con los ojos húmedos, volteo con rapidez a ver quien le había golpeado la espalda.
- ¿Ma-Mathew?
Entonces se apenó más.
- ¿T-Te encuentras bien? –preguntó inseguro, mientras que Kumajiro pasaba a un lado de él y se sentaba encima de los pies del mexicano. Se encontró con los lagrimones del otro y eso le dijo todo- Y-Ya veo…
- Mathew… -dijo, tragándose las lágrimas un poco, a penas y logrando pronunciar el nombre del canadiense
Entonces se oyeron gritos en el piso de arriba, que hicieron estremecer al mexicano que, sin pensarlo, empujó al rubio y salió corriendo de la casa, descalzo, en pijama y con un deplorable clima, donde las grises nubes anunciaban lluvia segura.
- ¡F-Fernando!
El joven canadiense salió a la calle, dejando a Kumajiro solo, con su maleta, en el recibidor.
- ¡Mon cher! –gritó Francis, bajando por las escaleras, pero cuál fue su sorpresa de ver al pequeño oso blanco sentado, mirando a la puerta- ¿Uh?
El oso alzó una pata en señal de saludo y se le acercó, tomando un paraguas de la entrada.
- Oh, entiendo.
Mathew le siguió varias cuadras adelante. Cuando el mexicano se lo proponía, podía correr más que todos, pero la sofocación le hizo detenerse, mientras se apoyaba sobre una banca del parque donde él y Arthur la habían pasado una noche atrás. Para su desgracia, la primera gota ya le caía en la cabeza.
- ¡Fernando! ¡Espera! –dijo el canadiense, tomándole del hombro, una vez que ya estaba a su lado- ¿Por qué corres?
- Y… ¡¿Para qué me quedo? –le respondió, después de toser un poco- A-Ah…
- F-Fernando, por favor… -tocó su espalda- S-Si haces las cosas de ese modo, no vas a solucionar nada…
- Kh…
Guardó silencio un momento, sin poder encontrar una solución en su cabeza aún. Quería golpear a Arthur, no lo negaba, pero el canadiense no mentía, de eso no iba a arreglar nada. El rubio tocó su cabeza con delicadeza, para tratar que se tranquilizara y que así hablaran mejor.
- Dime, ¿p-por qué Arthur diría todo eso? –empezó el canadiense, sin bajar la mano de su cabeza
- ¡N-NO SÉ! –le respondió casi a gritos y tratando de voltear a verle, si no hubiera sido porque la mano del otro no le permitió darle el rostro- ¿M-Mathew?
- S-Solo responde… ¿P-Por qué crees que Arthur haya dicho… todo eso?
- Kh… -apretó los dientes y el puño, mirando el suelo- P-Porque… Porque… -volvió a soltar otras lágrimas- Porque siempre me acuesto con Alfred, pero…
- ¿P-Pero…? –preguntó, sonrojándose un poco
- S-Siempre lo… hemos hecho… Pero… Al único que quiero es a… Antonio… -gimoteó, secándose los ojos con la manga del pijama
- F-Fernando…
- Y ahora… No sé que hacer…
Mathew dejó de sujetar su cabeza, dándole la oportunidad de al fin verse cara a cara. La lluvia ya comenzaba a arreciar encima de ellos, por lo que el canadiense le jaló del brazo para resguardarse bajo un árbol, aunque las gotas se colaban por entre las hojas.
- ¡Achú! –estornudó el mexicano- Han de estar hablando mal de mí todavía… -lágrimas- Gah…
- L-Lo más probable es que te vuelvas a enfermar de gripa, F-Fernando… -se quitó su abrigo, para dárselo- A-Aun yo puedo resistir estas temperaturas… Tómalo –sonrió
- M-Mathew… -lo recibió, poniéndoselo y notando que le quedaba grande
- S-Solo ve… Y habla con Antonio… Y dile lo que me dijiste a mí… C-Creo que eso ayudará…
-… -una sonrisa se le dibujó en el rostro- S-Sí… ¡Sí! ¡Eso haré, Mathew!
Fernando le sonrió de lleno, satisfaciendo al canadiense quien se mostró feliz por ver al mexicano complacido con una idea suya, que esta vez haría caso. El agua comenzó a caer con fuerza, pero más le pareció una indicación al mexicano para salir corriendo de regreso a la casa del inglés y arreglar las cosas dese ya con el español.
- ¡F-Fernando!
El mexicano se había ido, pero a cambio, sus ojos encontraron a la sonrisa de Francis.
- Mon cher… -pronunció- Tú también podrías pescar un resfriado si te quedas ahí…
Y el solo verlo fue suficiente para correr bajo su paraguas.
Arthur se movió abajo de Alfred, tomando sus labios para depositar un beso profundo y pausado en sus labios, mientras se aferraba a su cuello. Soltó un gemido, al momento en que su antigua colonia introducía un par de dedos dentro de él.
- A-Alfred… ¡Nngh!
Arqueó la espalda, abriendo más la piernas para que el otro tuviera la libertad de hacerle cual cosa fuera. Volvieron a besarse sin control, logrando que se excitara más, por ambas cosas.
- C-Creo que… Me voy a… V-Venir… -soltó, entre jadeos- Alfred… apresúrate…
Recibió como respuesta un par de risitas y salió de él, escuchando un leve gemido de los labios del inglés. Arthur se molestó una vez más, acomodándose con rapidez. Alfred le soltó un momento para tomarlo de las piernas, acercándose para hacer lo que el otro buscaba.
Se miraron antes de sentirse. Arthur, con las mejillas completamente rojas y a penas respirando, suavizó sus facciones, regalándole una sonrisa mientras sus ojos se humedecían. Alfred le sonrió también, acercando sus labios hasta su oído.
- Cada vez que quieras verme… Solo dímelo, tonto…
Alfred lo penetró sin avisarle, sacándole un largo gemido que se oyó por toda la habitación. Se aferró a su espalda, rasguñándole la espalda sin querer. Ocultó su rostro sobre su pecho, mientras que las lágrimas le caían por las mejillas.
Entonces surgió un sentimiento de culpa.
- Ah…
Fernando se detuvo un momento a las afueras de la casa, aun pensativo si debía entrar o no, y tratando de recuperar el aliento después de tan largo camino corriendo. La lluvia le caía por la espalda y ya le había calado hasta los huesos. Necesitaría un buen baño después de todo, si es que no se quería enfermar de nueva cuenta.
Soltó un suspiró y frunció el ceño, entrando a la casa de una buena vez. Se quitó la chamarra de Mathew, antes de dar un estornudo. Le entraron escalofríos y luego vio al hermano pruso y al austriaco bajando las escaleras.
- ¿Nh? –alzó ambas cejas, sorprendido de ver las condiciones en las que regresaba- ¿Fernando? ¿Pero qué te pasó?
- Por Dios, Fernando –habló Roderich, subiéndose los lentes- Ve a tu habitación a cambiarte esa ropa, no puedes estar así en la casa
- A-Ah… -asintió con la cabeza- Ya lo sé, pero… -su voz se detuvo, formándosele un nudo en la garganta- E-Eh…
- Antonio se encuentra arriba, en su habitación –advirtió el austriaco- Y… ¿Serías tan amable de explicar por qué tanto farfullo hace rato?
- B-Bueno… N-No pasó nada… -atinó a decir, bajando la mirada
- Sigues igual de mentiroso que antes, jum.
El castaño lo pasó de largo, dejando a Gilbert atrás. Sus palabras lo hicieron flaquear de nuevo, pero el pruso apareció frente a él, dándole unas palmaditas en la espalda, en señal de ánimo.
- Ve y golpea a ese idiota… No me está escuchando a mi tampoco –le dijo- Como si el muy fiel no fuera a casa de Lovino también. –Gilbert soltó unas risitas y le miró fijamente- Apresúrate.
Dejó a Fernando, quien se quedó totalmente callado, después de escucharle esas palabras. Tardó unos segundos más y volvió a fruncir el ceño. Avanzó a las escaleras y atravesó el pasillo. Subió, donde las habitaciones de los invitados, encontrándose con un Lovino quien salía de la habitación a donde se dirigía, con el ceño fruncido y un toque preocupado en los ojos.
- ¡A-Ah! ¡Lovino!
Pero Lovino le recibió con un puñetazo en la cara, tirándolo al suelo. El mexicano se limpió la sangre de la nariz, sin voltear a verle. Se incorporó con cuidado, esta vez no iba a cometer el error que alguna vez tuvo con Arthur cuando le golpearon.
No le dio la cara, se sintió apenado de cierto modo, pero… No supo qué mas pensar, soltó un ligero suspiro y volvió a acercarse.
- ¡K-Kh…! –apretó los dientes- ¡E-ERES UN IMBÉCIL!
- ¡E-Escucha, necesito hablar con Antonio…! –alzó la voz, dudando un poco- ¡Dame permiso!
- ¡¿Cómo quieres que te escuche? –contraatacó- ¡ESE BASTARDO VINO FELIZMENTE A VERTE SOLO A TI!
Fernando se calló, sin darle la cara esta vez.
- ¡¿POR QUÉ NO DICES NADA, EH? –se acercó, tomándolo del cuello, con tanto dolor en sus palabras- Entonces…¡¿Si es verdad que te acuestas con Alfred?
- ¡NO ME LO DIGAS COMO SI TÚ NO TE ACOSTARAS CON ANTONIO! –gritó de pronto, cansado ya de ser el culpable- ¡Y es cierto que me acuesto con Alfred! ¡No lo niego, pero…! ¡Al que vine a ver es a Antonio!
El italiano no pudo escuchar más y volvió a soltarle otro golpe en el rostro. Le miró, entonces, con tanto coraje. Antes de ir a casa de Arthur, el español le había confesado que estaba emocionado y ansioso de verle, pero esas palabras eran más que suficientes para decirle cuanto lo anhelaba y extrañaba desde hace tiempo. Cuanta envidia le tenía…
- ¡Eres un tonto! –fue lo primero que se le vino a la mente a Lovino, antes de alzar la mano para propinarle otro golpe
- ¡Espérate de una buena vez…! –le gritó el moreno, alcanzando a detener el puño, sosteniéndole con firmeza del brazo- ¡Ya no sigas!
Lovino cerró los ojos al observar al mexicano tan serio y molesto, pensando que le iba a golpear de igual forma. Una lagrimilla se le salió, pero de pronto, un fuerte brazo lo protegió del otro.
- ¡NO LE PONGAS UNA MANO ENCIMA!
Antonio se puso en medio de ambos, mirando con aquellos ojos a Fernando. El moreno tembló por verle así de nuevo, logrando que unas lágrimas cayeran por sus mejillas. De pronto, la mano del español se le fue encima de peor forma que la del italiano.
- A-Antonio…
Fernando se quedó atónito de pie, protegiéndose con los brazos mientras agachaba la cabeza y lloraba lleno de nervios. El español no pensaba en ese instante, más aún, verlo tan sumiso frente a él, le dieron los motivos suficientes para continuar con eso. Le sujetó del cuello y volvió a soltarle otro golpe, maldiciéndole por el aparente daño que le había causado.
- ¡Antonio, detente ya! –gritó Lovino, tratando de detenerlo por la espalda-
El puño del español nuevamente se elevó al aire, preparado para tocarle de nueva cuenta. Antonio ni siquiera podía darse cuenta del rostro infundido en lágrimas y un desconsolado y antiguo miedo. Cuando estuvo por golpearlo nuevamente, una fuerte y clara mano le detuvo.
- Stop it, now…
Alfred le sujetó con fuerza, haciéndole retroceder un poco. Antonio se quedó mirándole perplejo, a penas y recuperando la cordura. Entonces soltó al mexicano, quien cayó en seco al suelo, sin darle el rostro a nadie.
- ¡Ah! ¡Fernando!
El inglés se acercó con rapidez al moreno, quien rápidamente rechazó cualquier contacto con él. Esto le hizo sentir peor de lo que pudo imaginarse. Si no hubiera desconfiado tanto de él, no se encontraría en estas condiciones ahora.
- F-Fernando…
El labio del español tembló por un instante, encontrándose con todo a su alrededor. Sus esmeraldinos ojos tardaron en encontrar al joven frente a él, tragándose las manos.
- Sólo te diré una cosa… Si me acuesto con él, es mi problema.
El americano se dio media vuelta, brindándole la mano, para que se incorporara.
- Ya todo está bien… -le susurró al oído
- Fernando –repitió su nombre- Yo…
El mexicano no le dejó continuar. No pudo mirarle a los ojos, solo dio media vuelta y corrió a encerrarse a su habitación, ante la mirada atónita de todos.
