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Cae el ocaso. Yo sigo aquí, mirando desde mi ventana. Veo el bosque y mucho más allá el mar. Sé que no debería oír sus cantares desde aquí, pero lo hago. Sus notas me llegan a través de la brisa de la tarde. El anochecer está a un paso pero mi cuerpo no siente nada.

Estoy sentada en mi mesa, rasgando el papel una y otra vez con mi pluma. Pienso en el funeral. Fue ayer pero, me parece que ocurrió hace mucho tiempo. Quizás en mi estado de ánimo el tiempo no trascurra igual. O tal vez no sea una sensación, sino que en verdad es así. Que el tiempo se ralentiza cada vez más. Siento que se va a detener. Todo mi ser parece notarlo. Mis ojos miran el vacío como si esperaran ver algo. Como si está noche oscura me concediera una luz, un espectro o quizá un fantasma. Mis sentidas se obstaculizan uno con otro. Nada parece cobrar sentido.

Mi sangre se arremolina junto a mis venas. Inclino la cabeza dejando el cuello a merced del viento. Me siento como una doncella maldita. Como si fuera a entregar mi alma para vivir en la eternidad. Como un vampiro, una vampiresa. Pero que aún no ha sido mordida. Espero el ansiado roce de sus labios sobre mi tersa piel. Un contacto con el que cualquier ser sueña. Aquel que te da el poder de volar, de sobrevivir y de una magia, un poder con el que solo los más oscuros y malditos sueñan.

Pero sé que no va a pasar nada. El frío golpea mi cuello y tengo que colocarla bien, pues me empiezan a doler los músculos. A pesar de todo sigo mirando hacia el horizonte. El bosque.

Los árboles se agitan nerviosos. Puedo sentir lo que nunca antes sentí. Las ramas chocan unas contra otras y en los nidos, las crías caen de sus hogares. Abajo, en la tierra, las flores se mueven con un viento que está detenido. Acorralado, por un poder que no sabe de donde surge. Los animales huyen, pero no saben adónde se dirigen. Se guían por un instinto que han reconocido hasta ahora. Se detienen en la costa. Demasiado lejos de casa. Pero ya no hay marcha atrás. Se giran, preparándose para su fin. Pero este no llega. Pasa de largo. Viene hacia el castillo. Lo sé, lo percibo.

Oigo caer sangre al suelo, y los cascos de un caballo. Una silueta se dibuja ante mis ojos. No debería verla desde donde estoy, pero lo hago. Presiento que Salazar y Rowena tenían razón. Soy una maga. Es como si mi espíritu pudiera llegar hasta el bosque y ver que ocurre. Pero sé que no es ese tipo de magia. Esta es mucho más oscura, más mala.

Me levanto y voy hasta el espejo. La luna aparece en el cielo, libre de las pequeñas nubes que juegan a su alrededor. Su luz cae sobre el espejo y me veo reflejada en él. Con mi vestido azul ondeando en la negrura de mi cuarto y mi diadema, reluciente, sobre mi cabello castaño.

Observo el rostro que gobierna este cuerpo. Es pálido y tiene los ojos claros, alicaídos con un toque siniestro. Por un momento, vislumbro a Hanna entre los pliegues de mi piel y siento como si, durante unos segundos, se apoderara de mí, de mi cuerpo, mi alma, mi mente. Me siento traicionada. Pero solo dura un poco. Aunque es lo suficiente para sospechar que pasará a continuación.

Me encamino a la ventana y apoyo las manos en el marco. Ya no miro la luna, el bosque o el cenit. He cerrado los ojos. No veo nada, no siento nada. No quiero hacerlo. Oigo una puerta abrirse y el sonido de los cascos del caballo se detiene. No así el de la sangre. Que sigue cayendo sin parar. Una gota más. Y otra.

Sé lo que está ocurriendo abajo. Pero no quiero retenerlo en mí, así que abro los ojos y la luna ve una escena bailar en mi pupila. Un joven se acerca a Salazar. Este llama a Rowena. Rowena preocupada por mí mira hacia mi alcoba, pero al final se decide y baja. Se adelanta a ayudar al joven, pero este le detiene. Señala a otro muchacho, que descansa sobre el caballo. Le cuesta respirar pues tiene demasiadas heridas. Estas aún sangran pero no es su sangre la que yo escucho. Salazar coge al muchacho malherido. Parece mayor pero calculo que solo tiene un año más que Salazar. Dos más que yo, tres más que Rowena. Salazar se gira para llevarlo a la enfermería pero la voz del otro joven le detiene. Solo oigo un susurro pero en mi mente restallan sus palabras:

-¿Dónde está Hanna?

Salazar abre la boca para contestar, pero no sabe como decirlo. Ni sabe si debe ser él quien lo diga. "Está muerta" Suena demasiado irreal. No lo dice. No puede. Mira a Rowena en busca de ayuda mas ella acude de una forma que no esperaba. O sí que lo temía y se negaba a creer que ocurriese.

-Está arriba.

El chico asiente y se dirige a las escaleras. Salazar se voltea para mirar a Rowena. Se sorprende al verla llorar. Quiere abrazarla, consolarla pero no puede: el joven sigue inconsciente en sus brazos. Se van.

Cierro los ojos.

Unos pasos se acercan.

Me levanto.

La sangre de un corazón herido en lo profundo cae sin parar. Pero no mancha el suelo.

Una voz:

-¿Hanna?

Noto como una lágrima cae por mi mejilla mientras me giro para enfrentarme a lo que haya de venir.