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La musa, el padre y el ingenuo

Previamente: Koushiro es rutinario y práctico, también tiene familia y es feliz. Tachi estudia genética y es parte del equipo de investigación de Koushiro. Mimi quiere ser la musa de Takeru, lee sus biografías y marca las hojas con una servilleta. Takeru siempre tropieza con la misma piedra. Los chicos con dientes de colores espían a sus padres en el sushibar moderno.

Disclaimer: Digimon no es mío.


Capítulo 9

La investigación de Tachi

Cuando no lograba dar con una respuesta, Koushiro siempre había recurrido a la pizarra. Para ese entonces se usaban unas holográficas, pero en los laboratorios conservaban unos cuantos vidrios digitales remanente de la moda de antaño. Decían los visitantes que era un detalle retro, en el DRC respondían que se trataba de lo más barato.

Y allí estaba el profesor, frente al vidrio del laboratorio de datos, con su entrecejo fruncido y mordiendose la mitad del labio.

—Shiro, al fin te encuentro —Willis acababa de irrumpir el silencio.

El aludido suspiró: Willis jamás se cansaba de buscarle apodos. Hay cosas que la edad no logra arreglar, eso lo sabía muy bien Koushiro. Giró la cabeza solo para cerciorarse que sus oídos no le habían engañado, y luego volvió la vista al diagrama de flujo a medio escribir que había dibujado en el cristal.

—¿Qué te pasó? ¿Te atoraste otra vez? —Willis se paró a su lado y examinó los garabatos escritos.

—¿Otra vez? —hasta donde tenía entendido, quedarse enredado no era muy común en él.

El extranjero no respondió, pero se mordió el pulgar y empezó a susurrar algunas secuencias que solo podrían hacerle sentido a un programador experimentado. Koushiro le observó de reojo con cierto grado de fastidio, sin perderse ningún comando que escurría de la boca del gringo, y al final, entre resignado y decepcionado consigo mismo, le entregó el lápiz a su colega, quien era también su mejor amigo.

Y con su sonrisa de suficiencia, Willis borró parte del diagrama con la manga de la bata, y luego lo rellenó con su solución, que le pareció luego a Koushiro, era bastante obvia. Demasiado como para no haberlo visto antes.

—Siempre es lo mismo contigo, Shiro. Lo más complicado lo resuelves sin problemas, pero cuando se trata de algo sencillo, te desconcentras y te estancas. Mentes… si fueses al sicólogo, te prometo que descubrirían en ti así como cien enfermedades nuevas.

Izumi no estaba de ánimos para sus comentarios humorísticos.

—A qué has venido.

—Ah sí —revolvió entre sus ropas hasta extraer una memoria flash y se la mostró a Koushiro— se trata de Tachi.

Koushiro tomó la memoria con el brazo que tenía la venda ortopédica, la examinó momentáneamente, y después la insertó en una de las ranuras que poseía el vidrio digital. Ejecutó un par de comandos cortos que llenaron la pizarra de una serie de gráficos y tablas, y estos iluminaron los rostros de ambos científicos.

—No te creo —murmuró Koushiro.

Puede que sus ojos ya no lograban revelar todo lo que sentía, pero Willis siempre fue muy bueno desencriptando códigos, y había aprendido a reconocer el asombro tras la seriedad del científico.

—¿Te diste cuenta como bajó el error? —susurró Willis, también maravillado.

—Por supuesto, tiene que haber anidado los resultados ¿no? Ahora solo quedan por hacer las pruebas de ingeniería, eso te compete a ti, pero con esto ya se puede empezar a publicar algo. Prodigioso.

—¿No te cansas de que tus teorías siempre resulten ciertas?

—A veces.

—Engreído. En fin, esto tendremos que celebrarlo. Y los gaznápiros del MIT se reían de nosotros… esto va fijo a Nature. Ese chico Tachi me agrada, trabaja bien, habrá que conservarlo luego de que se reciba del doctorado…

—Es mi hijo —le interrumpió Koushiro clavando sus manos en la cintura y luego observó a Willis.

Era verdad, sus teorías siempre resultaban ciertas, y siempre se equivocaba en los problemas más sencillos. Pero se dio cuenta que decirlo en voz alta era menos complicado de lo que había presupuestado.

A la ex pasante, ahora esposa, no le costó demasiado digerir la noticia. Fue la segunda en escucharlo de él.

—Pero ya lo sabías ¿no?

Koushiro asintió. Ella esperó su explicación.

—Tiene una mancha en el hombro. Se la vi el año pasado mientras sacábamos unas muestras en el digimundo. Después de eso, examiné su ficha médica, y resulta que es AB positivo, también alérgico a la penicilina. Y ya cuando se sacan un par de cuentas, es imposible creer que todo sea coincidencia.

—Entiendo. Deberías hablar con él.

—Debería… ¿qué pasa si no soy lo que esperaba? Cuando no tienes padres, siempre puedes imaginar lo mejor. Pero cuando los descubres, solo te corresponde asumir. Y tal vez tu padre era un matemático prestigioso, pero te enteras que chocó en estado de ebriedad matando consigo también a su esposa, a quien de hecho maltrataba… ¿cómo te repones de eso? A veces es mejor no saber tanto.

La ex pasante no supo de qué hablaba. Se paró en la punta de sus pies y le besó los labios, a él no le costó seguirle la corriente. Ella le desabrochó la camisa, agitó sus caderas para que le resbalara la falda, y solo abrió los ojos una vez más, para mirarle a la cara y enterarse que ya no se amaban, que nunca lo habían hecho, y que ambos pensaban en otras personas cuando sus cuerpos se rozaban.

Tenía que darle la razón, a veces es mejor no saber.

*.*

Tachi observó las dos maletas en la puerta del departamento. No se lo había esperado.

—¿Ya te vas?

—No quiero molestarte más. Es tu casa.

—También es la tuya. No eres una molestia.

—Claro —Mimi le besó la frente y le acarició el lóbulo de oreja donde tenía el arete—. Pero es mejor que tengas tu espacio. Me quedaré en casa de Sora una semana más y luego sí me iré. Tokio tiene su encanto, pero nunca será Manhattan, ya sabes como soy. Solo prométeme que no te implantarás esos microchips en las orejas, se ven fatales.

Tachi hundió las manos en sus bolsilllos.

—Antes de que te vayas, ayúdame a elegir ropa para hoy.

—¡Ropa! Qué es esto ¿mi hijo tiene una cita?

—Algo así —y se encogió de hombros.

Ella se cruzó de brazos pero se guardó cualquier comentario, y en poco tiempo, se hallaba revolviendo prendas en el armario de su hijo. Otro hombre se habría arrepentido por pedir tal favor, pero a Tachi le gustaba concederle momentos de esparcimiento a su madre. Sabía qué cosas le gustaban, qué cosas la preocupaban, y cuáles era mejor no mencionar.

No era necesario preguntarle, por ejemplo, por qué decidía marcharse donde Sora. Sabía de sus escapadas a la casa del escritor, y sabía que no quería seguir haciéndolo. Hay quienes necesitan que otras personas les frenen. En New York uncle Michael estableció los límites y las hizo de consejero. En Japón, en las viejas amigas siempre recae aquel papel.

Él ya era adulto, o casi. Y definitivamente, no era un ingenuo.

—¿Estas molesta conmigo? —tuvo la necesidad de preguntarle, y se explicó— por haber investigado a tus espaldas. Solo quiero que lo entiendas, me es difícil…

—Lo sé, no es tu culpa. Al fin y al cabo, lo curioso lo tienes en tus genes. Es solo que me da un poco de vergüenza. Yo debería ser el ejemplo, no al revés.

—No lo has hecho tan mal —respondió en plan broma, y ella aceptó el cumplido.

—Anda sin corbata —fue su despedida— si estás desocupado en la noche, Sora te ha invitado a cenar con nosotros. Estarán sus hijos, y la novia de la hija, creo que se llama Laura. Es rusa, bailarina exótica, nunca había conocido a una pareja de lesbianas, me hace sentir muy moderna.

Tachi sonrió. Si de algo no se avergonzaba Mimi, era de su lado de maruja amante de las tertulias y cotilleos de feria. Para él estaba bien, sería raro si fuese distinto.

La ayudó a subir las maletas al taxi, esperó a que el vehículo se perdiera de vista, y luego volvió a casa a cambiarse de ropa, a mirarse en el espejo, y a darse un poco de ánimo. A quien iba a engañar, era incapaz de controlar sus nervios: ciertas cosas, imposible precisar cuantas, estaban a punto de sufrir una transformación. Y si era positivo o negativo, tampoco podía saberlo. Esas cosas no son posibles modelarlas con algún programa estadístico.

—Soy hijo de Izumi —le dijo al chico al otro lado del espejo. Se lo había dicho a su madre, al chico Takaishi y a la chica que ahora era su hermana, pero jamás se lo había dicho a él mismo.

Y cuando dieron las trece horas, saltó en el aerodeslizador y se fue patinando hasta el DRC.

Koushiro estaba terminando una clase en ese entonces. Pidió que las dudas se las mandasen por mail aquella única vez y luego abandonó la universidad de Tokio, abordando en el primer taxi que se le cruzó.

Un atasco, qué fastidio. Sacó el ordenador de bolsillo y revisó su bandeja de entrada, cualquier cosa con tal de mantenerse ocupado.

—Somos amigos, Koushiro. Siempre lo hemos sido —le había soltado su esposa aquella mañana— y es por eso que nuestro matrimonio va tan bien. Los romances solo terminan en tragedia, cuando el matrimonio es un contrato, nada puede salir mal.

Repasó su argolla de matrimonio de manera inconsciente.

No le gustaba pensar en el matrimonio de aquella forma. A la Mimi de su pasado le daría un ataque de rabia escuchar semejante herejía. Se rascó el mentón con amargura ¿cuántos años había pasado intentando olvidarla? Pero era cosa de verla solo un día para no dejar de pensar en ella y en el beso que no le hubo dado.

Cerró los ojos un momento y recordó todos aquellos taxis donde él y Mimi se comieron a besos. Muchas veces, el camino a casa era demasiado largo para ellos dos, o Mimi le metió aquella idea en la cabeza. Y Koushiro nunca antes había sido impaciente, pero ella sacaba lo peor de él. Y por algún motivo, eso fue muy bueno en su época.

—Déjeme aquí —le tiró unos cuantos yenes al taxista y se fue corriendo hasta el DRC.

No le importó que fueran veinte cuadras, o que hubiese desayunado solo una tostada y un café; que lloviera, y que su maletín pesara veinte kilos. Solo sabía que ya no quería volver a subir a un taxi en su vida. Llegó al centro, bañado en sudor, mojado, pálido; y tuvieron que sujetarle dos personas para que no cayera de bruces al piso, porque si no era capaz de correr ni cien metros a los veinte, había que ser imbécil para pensar que correría dos kilómetros a los cincuenta sin repercusiones.

El hombre rutinario y práctico no siempre tomaba decisiones que destacaban por su inteligencia. Eso aún no lograba aprenderlo.

—¡Profesor Izumi! Pero… qué le pasa, está blanco como el papel.

—Y empapado. Llamen a un doctor.

—No, estoy bien… solo dame… dame una gaseosa de estas muy dulces. Allí en mi bolsillo hay dinero.

—Tú eres tonto —Koushiro reconoció la voz de Willis— Chiaki, anda a comprar una coca-cola y algún chocolate; tú niño de las gafas, consigue ropa seca; y…. ¡Tachi! Chico ven, ayúdame a cargar a este inútil a su oficina.

Eso hizo.

Koushiro se disculpó después con Tachi.

—No siempre hago bien las cosas, pero supongo que ya lo sabías.

Tachi encontró que se veía demasiado formal al lado de Izumi, quien aunque se había cambiado su traje mojado por ropas más secas, seguía pálido, sudoroso, y con el cabello canoso revuelto.

—Supongo que no es un buen momento. Debería ir a casa a descansar.

—¿Eh? No, no hay tiempo para descansar —pero no parecía que Koushiro tuviera ganas de trabajar— tenía que hablar contigo de varias cosas. Esto… —revolvió entre los papeles de su escritorio hasta dar con una memoria flash y se la mostró a Tachi— Wallace me enseñó tus últimos resultados. Que quieres que te diga chico, leí el análisis estadístico y es brillante. Vamos a publicar, irás de primero.

Eso no se lo esperaba.

—¿De verdad? ¿De primero? Pero es su hipótesis, yo solo ayudé a corroborar la parte genética. Usted debería ir de primero, es lo justo.

—Wallace me ha contado cómo trabajas, creo que te lo mereces. Y… también está el hecho de que te debo muchos regalos de cumpleaños, pero no pienses que se trata de hacerte un favor o algo así —Tachi palideció en ese momento, Koushiro fijó su mirada en el portarretratos que tenía en el escritorio—. Eso es lo segundo que te quería comentar… vino tu madre a conversar conmigo hace una semana.

Tachi no se sentía capaz de observarle a los ojos.

—Lo siento… yo… la verdad es que no quiero que cambie nada. Tiene su vida hecha y lo respeto, no busco alguna pensión o algo así. Solo creí que era necesario que ambos supiéramos de la existencia del otro. De pequeño siempre quise saber…

Koushiro puso el portarretratos de su familia boca abajo y luego hizo girar la memoria flash entre sus dedos flacos.

Se preguntaba, hasta qué punto era hijo suyo.

—Que estudiases genética no me parece una casualidad.

—Tiene razón, no lo es. Aunque tampoco lo descartaría del todo.

Tachi dudó un momento. Había llegado la hora de desclasificar archivos.

Acababa de cumplir los quince años en ese entonces. No podía evitar tener buenas notas, pero los profesores veían con preocupación que el muchacho gastara tanto tiempo haciendo piruetas en su aerodeslizador. Ya era hora —le decía el orientador académico— que sentara cabeza, que debía elegir alguna carrera.

Al final aceptó a ir a una de esas ferias de universidades. Columbia era la más cercana, y en el aerodeslizador cualquier distancia se hace corta. Pero luego de visitar un par de stands y sacar un par de folletos, su perspectiva no cambió demasiado.

—Ya me iba cuando choqué con el profesor Wallace —Koushiro abrió sus ojos con asombro— y aunque no le conocía, él me reconoció al instante.

—Mimi jr —le saludó aquella vez— que bien, una cara familiar. Oye ¿tú sabes donde queda el auditorio de ciencias aplicadas? Esta universidad es un laberinto, te lo prometo. En Denver la arquitectura es más intuitiva.

Tachi no tenía idea de donde quedaba aquel lugar, jamás había pisado siquiera Denver como para poder comparar algo, pero ayudar a un extraño que conocía a su madre no le pareció mala idea. Y entre los dos, más un coreano que también buscaba aquel auditorio, lograron dar con el lugar.

—Viene conmigo —le dijo a la recepcionista cuando le pidió identificación a Tachi.

Resultó que el extraño era uno de los expositores. Un seminario sobre el digimundo, pudo ver la relación con su madre, pero quiso saber más. Y para cuando terminó el evento, se acercó para hablar con él.

—Se la pasó comentando de las investigaciones que realizaba el DRC en ese entonces, y entre varias cosas, mencionó que necesitaban genetistas para investigar el mecanismo en que se transfiere y almacena la información entre los mundos. No le di mucha importancia, pero me causaba curiosidad el vínculo con mamá, y ya en la noche, como no pude obtener nada concreto de Wallace, se lo pregunté directamente a ella.

Como era de suponerse, aquella pregunta la había alterado. Rio, pasó el paño con lustra mueble en un sillón de tela, y se limpió el sudor de la frente con el bordillo de su delantal de cocina.

—¿Te refieres a Willis? Nadie, un viejo amigo. Y ni tan amigo, era amigo de un amigo.

—¿Cuál? ¿El científico? Porque supe que investigaba sobre el Digimundo.

—Uh… sí, debe ser amigo del científico, claro —respondió bajito, y luego dejó el paño sobre la encimera—. Oye ¿y si mejor sacas la basura? Que siempre tengo que hacerlo todo yo y los pies me están matando. Iré a la cama, hay un poco de pasta en la nevera.

Le dio mala espina cómo evadió el tema, pero prefirió guardarse cualquier comentario. Ya en el pasado se había ilusionado demasiado, era mejor no crear falsas esperanzas. Pero al día siguiente, procuró no quedarse vagando en las calles y volvió temprano a casa, a la búsqueda de alguna foto, recuerdo, o carta donde mencionara al tal Wallace o al científico. Y resultó que halló un libro del escritor bajo una almohada.

Tenía marcada una hoja con una servilleta con tipografía de hace más de diez años. Habían garabateado una nota que ya apenas se leía, y lo único que logró distinguir, además de manchas de huellas dactilares, fue un «te espero».

Esa letra no la conocía.

Aquello le dio muy mala espina.

Entonces encendió la portátil y llamó a esa chica que no había visto más de dos o tres veces en toda su vida.

—Izu, hola ¿estás sola? No es muy tarde allá ¿o sí?—y en ese momento apareció en pantalla una muchacha que, sacando cuentas, no era más de seis meses menor que él.

—¿Tachi? Mira que grande estás. La tardanza es siempre relativa, pero hay luz solar, así que diría que no lo es. Y no estoy sola, está Ishi aquí conmigo —y apareció en pantalla el joven Takaishi, el hijo del escritor quien levantó dos dedos en señal de saludo— pero si quieres, le digo que se largue.

Tenía que ser el destino que ambos estuviesen allí.

—No, no… la verdad es que quería hablar con ambos. Pero que sea secreto ¿se puede?

—Claro, a este computador no lo pueden invadir terceros. Pero me preocupa más tu protección ¿tienes algún cortafuego activado? ¿usas algún software para ocultar tu IP? ¿Cuál es tu O.S? yo uso BackTrack Linux, es lo mejor en seguridad.

Tachi no se lo puso en duda, pero negó con la cabeza.

—Es otro tipo de secreto —y aunque no reveló demasiado, les pidió a ambos si podían buscar si sus padres poseían algo que tuviese relación con su madre.

Koushiro se había deshecho de cualquier vínculo con su pasado, Izu no halló demasiado, salvo una foto de todos los digielegidos, una que también Tachi había hallado en su casa. Pero Ishi tenía un padre que no vivía en el presente.

Tachi de veintidós años abrió la mochilla y extrajo una carpeta. Con algo de inseguridad, le extendió los papeles a Koushiro.

El primer documento era una copia del reportaje falso que escribió Takeru sobre Mimi. Tachi detectó cómo los nudillos de Koushiro se volvían blancos, aunque su expresión poco había cambiado. Luego seguía la transcripción de una entrevista que no llegó a verla la luz. Y el último, de una sola plana, una carta jamás enviada.

—Entonces lo supe —admitió el muchacho y se encogió de hombros—. Supe que a mi madre le habría gustado decirme sobre mi padre, pero no sabía quien era. Entonces recordé a Wallace, y de repente, estudiar genética en Tokio no se oía tan descabellado.

Koushiro se masajeó las sienes y luego se ajustó la venda. Era necesario hacer tiempo para poner las ideas en orden.

—Eso quiere decir que mi hija te habrá ayudado para conseguir muestras mías ¿no? Vaya…

—¿Está enojado?

—No podría. Habría hecho lo mismo.

Y ambos se miraron a los ojos y sonrieron.

*.*

NOTAS DE AUTORA

Comparado con los anteriores, este es un capítulo más largo, pero espero que no por eso, más tedioso. Ya se cumplió un año y me da rabia aún no acabar esta historia. Siento la demora, mis días carecen de horas. Algunas explicaciones de elementos que tal vez no se entendieron del capítulo:

Uno. El Instituto Tecnológico de Massachusetts o MIT es una universidad reconocida por su investigación en tecnología, realmente no son unos gaznápiros —esperaría—; Nature es una prestigiosa revista de divulgación científica.

Dos. En una publicación, los nombres de los autores aparecen en orden de importancia. Ir de primero es respeto y orgullo.

Tres. IP es el numero para identificar a un computador, los cortafuegos son los que permiten y bloquean transmisiones de una red a otra, OS es Sistema Operativo, y BackTrackLinux es la típica distro que usan hackers y expertos de seguridad.

En otras notas, Izu e Ishi son los hijos de Izumi y Takaishi respectivamente. Se me ocurre que en el futuro podría existir la moda de acortar los apellidos en lugar de los nombres.

Como siempre, dedicado a HB. Tal vez te guste más el próximo capítulo.

Nos leemos. Escrito en otoño. Japiera.