El fantasma del Apocalipsis
Capítulo 9: "Cuando se inician los conflictos"
Ofanimon se movió lentamente hacia la izquierda, vacilante. Las cadenas rugieron en algún lugar del recinto y escuchó unos sonidos indefinibles, resonando a la distancia.
La prisión oscura se cernía sobre ella de manera insoportable. Podría haber llevado una eternidad prisionera o sólo unos instantes, pero resultaba que aquella habitación oscura era intolerablemente inhóspita. Sus pensamientos resonaban con el llanto y la desesperación, los gritos desgarradores y las suplicas avasallantes. Y ella no podía hacer más que caer. Caía en la oscuridad, pero la oscuridad aterradora, esa que le habían enseñado a temer. No en la pacíficas sombras de los sueños, que cubren todo para el descanso.
En esas tinieblas el descanso era imposible. Había dolor y gritos. Sufrimiento infinito.
—¿Sabías que quería destruirlos o lo hiciste por simple orgullo? —La última vez que había escuchado una voz, había sido la de él. La amenaza, el enemigo, el adversario. Un deje de burla había impregnado su pregunta y la risa que siguió a sus palabras le anticiparon su castigo.
Querían saber de los niños, ella se negó a indicarle la existencia de las vías de comunicación con aquel destino. Los niños humanos, sus aliados, debían de estar protegidos. Por mucho que eso contribuyese a ser castigada.
No se arrepentiría. No se arrepentía. Nunca lo haría.
Se alegró el haber reunido todos sus poderes para salvar a los Diez Guerreros. Enviar los espíritus lejos había sido su mejor opción, su primera elección y quizás la más acertada de todas. Mercurymon se lo había sugerido mientras batallaba por ella, en ese caos pasado, y sostenía a una herida Ranamon. Se alegró de haberlo escuchado, de haberle pedido a Seraphimon que le brindase sus energías para que todos los guerreros se salvasen. Lamentó que eso acabara con Arbormon, quien la había protegido de sus enemigos, asaltantes del Lucero de la Rosa.
—No podrán ser todos —había advertido Seraphimon, envuelto en una luz blanca— Sólo aquellos que tienen un vínculo fuera de este mundo.
Ofanimon asintió. Mercurymon, Renamon y Gumblemon asintieron a la vez, sabiendo que su destino era perecer en esa lucha. Los espíritus guerreros se irían gracias a ellos, sobrevivirían por causa de ellos, los elegidos del Mundo Real. No había caso para discutir. Los niños humanos permitirían que los guerreros vivieran. Ese vínculo, tan indisoluble como finito, tan fuerte como endeble permanecía.
Fuego. Viento. Hielo. Trueno. Luz. Oscuridad. Esos seis podrían salir del Mundo Digital.
—¿A dónde los enviaremos? —cuestionó ella.
—Lejos —replicó Seraphimon, con seguridad. Nada podía compararse con esa confianza que solo él otorgaba— Muy lejos. Donde estén a salvo.
Sí, a ese mundo donde nacían los salvadores. En el mundo de los humanos, tal vez, podrían estar a salvo. Agnimon, Fairymon, Blitzmon, Chackmon, Wolfmon y Löwemon se marcharían. Llevarían consigo los Spirits bestias de sus elementos, por supuesto. Sus expresiones mostraban disconformidad a medida que sus figuras se volvían etéreas.
—Vayan donde se sientan a salvo —susurró Ofanimon, al viento. Sus guerreros asintieron, aunque sus expresiones eran duras. Ella tenía que reconocer sus deseos— Eviten regresar a este mundo.
Tenía la impresión que estaban protestando cuando dijo sus últimas palabras. Sonrió, con tristeza.
—¡Allí están los guerreros! —había gritado uno de sus oponentes. Y la pelea fue demasiado confusa a partir de ese momento.
Ofanimon luchó contra el agotamiento y más. Seraphimon había dejado de brillar y regresaba a pelear, cuando él llegó. No reconocieron su figura, aunque el destello de sus ojos fue absurdamente familiar.
El tiempo entero se detuvo ante su presencia y Ofanimon sintió alivio cuando seis esferas luminosas abandonaron el recinto en el que se hallaban. Sin embargo, aquella sensación quedó en el olvido un instante después, cuando las sombras se ciñeron sobre ella.
Supo, desde entonces, que nada más podría hacer. Salvo, sucumbir a los poderes de la oscuridad.
(***)
Tomoki Himi había tenido apenas ocho años cuando aprendió lo que significaba ser valiente. Lo aprendió en un viaje impensado con compañeros del todo inesperados. Con situaciones riesgosas, con notas divertidas, tintes tristes y destellos crueles.
Siempre había sido un niño tímido. Un niño mimado en palabras de su hermano. Tenía que reconocer que era cierto, aunque ese hecho le molestase bastante. Durante mucho tiempo había dejado que otros hiciesen las cosas por él, estaba acostumbrado a que las personas hiciesen las cosas para él, por él. Katsuharu Matsuda solía burlarse de eso en el pasado junto con Teppei Hinomoto. Más que burlarse, solían atormentarlo con ello. Las cosas cambiaron gracias a su viaje en el Mundo Digital, donde aprendió a valerse por si mismo. Y donde había salvado a sus amigos de los Caballeros de la Realeza. En el presente, simplemente le sonreía y le decía que había crecido mucho.
A veces, al menor de los hermanos Himi le daba la sensación de que nadie iba a poder ver más allá de su sombrero naranja y la antigua expresión huidiza.
Por eso, siempre se sorprendían de lo contrario.
Sus ojos viajaron por inercia hacia Takuya. Siempre, desde que lo había conocido, había sentido admiración por el joven Kanbara. Valiente e intrépido. Dispuesto a arriesgar su vida por lo que cree correcto, por quienes aprecia y hasta por un niño desconocido que estaba asustado y con él que había cruzado apenas unas palabras. Con el tiempo, se había convertido en una especie de hermano mayor, que lo apoyaba y le dejaba crecer, a su propia manera única. Con consejos y burlas, con risas y regaños. Algún día, esperaba ser como él. Aunque Takuya siempre le decía que no necesitaba parecerse a alguien para ser el mejor.
Izumi rió, jocosa, junto a la joven de cabello largo y castaño. Parecían divertirse. Su hermana mayor, siempre dispuesta a sacar sonrisas en las personas. Con ese animo refrescante pero tan firme al mismo tiempo. Izumi, maternal y temperamental. Ella le había enseñado que los problemas pueden afrontarse mejor cuando hay en quienes apoyarse y una sonrisa puede alegrar una tarde sombría.
Junpei, por supuesto. No podía olvidar a ese muchacho que siempre estaba dispuesto a hacerlo reír, a divertirlo y animarlo. Podía ser un poco extraño, sí. A veces carecía de tacto, también, —igual que Takuya— pero era noble. Se encontró divertido al verlo mirar con atención a Mimi. La joven Tachikawa parecía ajena a su nuevo pretendiente y Tomoki sonrió, divertido. Hay cosas que parecen cambiar, aunque no lo hagan del todo.
Kouichi y Kouji, también fueron parte de eso. Los dos hermanos gemelos estaban en ese extraño y reconfortante silencio que solo ellos podían tener. Tomoki no comprendía como parecían congeniar tan bien pese a todas sus diferencias, que no eran pocas. Le divertía verlos juntos. Eran tan parecidos y diferentes al mismo tiempo que era siempre gracioso estar con ellos, aunque fuese en situaciones cotidianas y comunes como salir a tomar un helado o pasar una tarde juntos. Kouichi con su sonrisa eterna, tan amable y tan noble al mismo tiempo. Kouji, escondiendo esas mismas cualidades, bajo la distancia de un muro invisible y la tela de un rostro enfadado. Se había acostumbrado tanto a verlos juntos que ya no pensaba en hallar a uno sin el otro.
Había crecido con ellos cinco. Mucho. Con ellos había pasado muchas cosas, había arriesgado su vida y había dejado que sus amigos velasen por la suya. Había llorado, protestado, gritado. Había reído, jugado… Con ellos compartió cosas que no vivió con nadie más.
Y, en algún punto perdido en el tiempo, se volvieron piezas indispensables de su vida.
Era vertiginoso y emocionante embarcarse junto a ellos en una nueva aventura. Tal vez podría demostrarles, de una vez, que podía protegerlos como ellos habían cuidado de él en el pasado. No dejaría, si estaba en su poder, que nada lastimase a sus amigos.
—¿Eso es a lo que se refiere, Gennai-san? —dudó Koushiro, insistente— ¿A que nuestros emblemas les entreguen la energía para alcanzar la digievolución?
Tomoki sacudió la cabeza ante la pregunta. Un murmullo apagado se extendió en todos los presentes y él intercambió miradas curiosas con sus amigos y compañeros de aventuras. Los cinco chicos que había conocido dos años atrás se mostraban tan sorprendidos como se sentía, en realidad.
—Creo que sería apropiado —murmuró Gennai, mientras sonreía ante los rostros conmocionados— Ahora que todos estamos luchando para salvar el Mundo Real, al que todos pertenecen. Me parece una buena idea que unan fuerzas.
Tomoki pensó que algo escondían sus palabras. ¿Una ofrenda de paz pese a lo sucedido en la noche? Cruzó los dedos, bajo sus piernas, para que nadie lo viese.
A él le ilusionaba la idea de conocer más a esos chicos.
—Disculpe, Gennai-san —Takuya habló, luego de un pequeño silencio. Parecía estar incómodo— Nosotros hemos tenido que digievolucionar antes sin ayuda…
Himi supuso que a Takuya no le emocionaba tanto la idea. Si lo pensaba bien, entendía en qué sentido. En el pasado, ellos no habían dependido de nadie para lograr evolucionar ni luchar. Bueno, de los Spirits sí dependían, pero habían sido lazos indisolubles y ahora estaban presentes, así que los sentía naturales.
En cambio, Gennai les hablaba de depender de otras personas. De desconocidos. De niños que no confiaban en ellos.
Entendió porque la idea le gustaba cada vez menos. Takuya tenía razón.
—En su mundo, sí. Pero este no es el Mundo Digital al que pertenecen los Guerreros Legendarios. Tu mismo lo dijiste, Takuya-kun, los poderes salieron de tu control en la noche. Y ahora has dicho que no puedes digievolucionar.
El menor de todos los guerreros frunció el ceño mientras su sombrero caía ligeramente sobre su frente por sus movimientos. No habían podido digievolucionar en la noche previa. De hecho, aunque intentó convertirse en Chackmon, el resultado fue que casi había quedado inconciente. Takuya y Junpei habían palidecido pero estaban mejor que él.
Izumi se había asustado ante esa visión y les prohibió a todos los demás seguir con esa idea.
—Resulta agotador —confesó Junpei, en voz baja. Takuya lo miró fijamente pero Shibayama ignoró la mirada de advertencia— Lo intentamos pero ni siquiera podíamos superar unos segundos en el cuerpo de nuestros Spirits. Y Tomoki…
Pero hizo silencio. Los seis se miraron unos a otros, renuentes a hablar sobre sus debilidades frente al grupo que estaba con ellos. Los Niños Elegidos parecían mirarlos con curiosidad latente, mal disimulada en algunos casos y una sospecha ligera en el fondo de sus pupilas.
Tomoki Himi comenzaba a odiar esa sensación de incomodidad. Pero seguía queriendo saber más de ellos.
—¿Y cómo podríamos ayudarlos, entonces? —terció Mimi, sin ocultar un deje de enfado en su tono. Ninguno de sus amigos parecía haber entendido la posibilidad de la que estaba hablando Gennai o sólo no pensaban hacer más llevadera la situación. Eso le molestó.
—Ellos utilizarían los emblemas igual que sus digimon —replicó sencillamente su mentor, que parecía haber estado esperando esa pregunta— La idea es que combinen sus poderes. Y, si todo resulta como pienso, eso nos ahorraría más trabajo del necesario.
Algo brilló en los ojos negros del pelirrojo Izumi —¿Se refiere a la digievolución mega, no es así?
A Tomoki le costaba comprender a que velocidad pensaba ese chico. No era normal, en absoluto.
—Así es —replicó, con orgullo, el aludido. Parecía que se entendía muy bien con ese joven en particular— Sí ustedes les ayudan a ellos a digievolucionar es muy probable que ocurra a la inversa, a la vez. Quiero decir, la energía que liberarían podría ayudar a que sus digimon alcancen el último nivel. Una especie de retroalimentación.
—Volveríamos a ser WarGreymon y MetalGarurumon —comentó Agumon a Gabumon, con entusiasmo.
El compañero de Yamato sonrió, divertido ante la expectativa de su amigo digital. A decir verdad, sentía las mismas ganas de digievolucionar que Agumon mostraba. Por mucho que no le gustasen las peleas, siempre era emocionante alcanzar un nivel más poderoso.
—Suena bastante pausible —musitó Koushiro, cuando todos le dirigieron una mirada, como para convencerse de que las palabras de Gennai eran ciertas. Se ruborizó un poco, sin poder evitarlo del todo. Luego, volvió a concentrarse en el tema— Pero, ¿qué emblemas pueden ayudar a cada uno?
Tomoki les lanzó una mirada interesada al grupo más amplio. De los doce, nueve tenían emblemas y ellos eran seis. ¿Cómo se resolvería la situación en tal caso?
—He pensado que personalidades afines serán más posibles de combinar —determinó Gennai, con una sonrisa convencida. Daba la impresión de que había meditado mucho al respecto, si bien el tiempo había sido escaso para formular grandes teorías— Aunque, también, podemos combinar los poderes de los digimon. Dos de un mismo elemento, por ejemplo.
—Agumon es un digimon de fuego —musitó Taichi, al cabo de un minuto, y lanzó una mirada a Takuya, curioso— ¿Cómo se llama la digievolución que tienes?
—Agnimon —replicó, rápidamente el joven Kanbara. Se había relajado ligeramente y parecía estar menos a la defensiva. Tomoki sabía que Takuya era extrovertido por naturaleza. No le sentaba bien ir contra de sí mismo— Agnimon es el espíritu humano de Fuego. Vritramon es el espíritu bestia. También estaba Aldamon que es la combinación de los dos Spirits. Aunque sólo Kouji y yo lográbamos unirlos.
Tomoki sintió una punzada de nostalgia.
En el fondo de su mente buscó a tientas la presencia de Kumamon. De alguna forma que no podía precisar, sabía que los DigiSpirits de Hielo estaban allí. Los sentía presentes, como en el pasado, aunque mucho más cerca.
Eran un impulso en sus pasos, dispuestos y seguros.
—No olvides la HiperEvolución —susurró Izumi, meditando al respecto.
Junpei Shibayama frunció el ceño por acto instintivo.
Pese a que estaba agradecido con sus amigos, siempre se sentía un estorbo cuando mencionaban la HiperEvolución. Le recordaba que había hecho más bien poco en los últimos tiempos de sus aventuras.
Prometió, en esa nueva oportunidad, que haría todo lo que estuviese a su alcance por ayudar.
—Dudo que puedan usarla —musitó Kouichi y sus amigos lo miraron, con interés, cuando terminó de hablar. Había estado callado y su aporte llamó la atención. Kimura se encogió de hombros, sencillamente— Nos hacen falta cuatro Spirits, ¿recuerdan? Agua, Tierra, MaderayMetal.
—Ellos han quedado en mi mundo —les recordó Lopmon, al mismo tiempo.
—Cierto —asintió Takuya, ligeramente decepcionado ante la perspectiva de no volver a convertirse en EmperorGreymon. Ni siquiera sabía si podía ser nuevamente Aldamon, lo que era una clara desventaja con respecto a sus antiguas aventuras.
—De todas formas —suspiró Lopmon— No creo que sea difícil combinar los poderes. Si son elementos similares, al menos, no debería haber dificultad alguna. En esencia serían los mismos en ambos bandos, ¿cierto?.
—¿Puede que sea la luz con la luz? —cuestionó Miyako, repentinamente. Desde la noche anterior, en la que había comparado a Minamoto y Yagami, tenía una idea al respecto— Quiero decir, Hikari con Kouji.
El joven Minamoto enarcó una ceja ante la mención y sus ojos viajaron hacia la portadora del emblema de la luz.
Kouichi suspiró ante la mirada que Takeru le lanzó a su hermano gemelo, casi de forma instantánea. Esos dos iban a terminar en problemas, supuso. Y él iba a tener dificultades para ignorar la acusación que irradiaban algunos de esos ojos que lo enfrentaban.
—No creo que funcione —musitó, por fin, el guerrero de la luz— Ya que no veo que haya afinidad entre nosotros.
Kimura sintió que las comisuras de sus labios tiraban hacia arriba. Su hermano seguía estando molesto por lo sucedido. Solía ser muy protector y siempre tendía a ser desagradable en momentos así, aunque esencialmente era todo lo contrario.
Además, a Kouji tampoco le gustaba la idea de depender de alguien. Bien, eso era un eufemismo.
—Yo creo que el hecho de que ambos sean la luz es algo bastante similar —comentó Takuya, al pasar. Kouji le lanzó una mirada fulminante— Es el mismo elemento, al menos —se defendió.
Kouichi sabía que era mejor no insistir en ese punto. Era probable que si resultase, pero eso no haría que Kouji cambiase su actitud frente a los Elegidos.
—¿Alguno tiene poderes sobre hielo? —cuestionó Tomoki, intrigado. Sus ojos pasearon por todos los rostros de los chicos que había conocido el día anterior.
Jou Kido intercambió una rápida mirada con Gomamon —Creo que esos podríamos ser nosotros, ¿no? —el digimon asintió y el joven de cabello azul miró al pequeño Himi— De todas formas, me parece que él es más afín al agua.
—Palmon es tipo planta, así que no creo poderlos ayudar —susurró Mimi, mirando a su compañera con interés —Sora podría ser la que tiene poderes con el viento, Izumi-chan. Su Piyomon vuela.
Koushiro quiso reír ante la lógica de Mimi. Parecía ser correcta, sin duda, pero sus argumentaciones le divertían.
Takenouchi asintió, sin dejar de mirar a su compañera con atención —Biyomon, Birdramon, Garudamon son aves —comentó y luego se volvió hacia Izumi— Podría ser similar.
Orimoto asintió, distraídamente. Ojala pudiese ser compañera de Mimi: era la única en quien pensaba en buenos términos hasta el momento.
Aunque Sora le había parecido simpática, también.
—Yo tengo poderes de trueno —susurró Tentomon. Koushiro asintió, acordando con las palabras del ser virtual.
—Nos convierte en compañeros potenciales —determinó el pelirrojo contemplando a Shibayama con un deje de sospecha, aunque nada tenía que ver con lo sucedido en la noche. Más bien en la forma en la que el muchacho miraba a Mimi— En teoría, al menos.
Kouichi contuvo un nuevo suspiro mientras sus compañeros comenzaban a divagar sobre la información dada.
Kouji le dirigió una mirada suspicaz por un breve momento y entendió en que dirección estaba pensando su gemelo. Tenía sus propias ideas sobre el tema y corrían por la misma línea. Él sabía que no había ningún emblema que representase la oscuridad y, por lo mismo, quedaba al margen.
Lopmon se había sentado con él y agradeció el peso cálido entre sus brazos, porque comenzaba a sentir nuevamente esa sensación desagradable que se extendía por todo su cuerpo. La misma con la que se había despertado en la noche anterior. ¿Qué podía significar? No estaba muy seguro.
Eso era lo que le inquietaba.
Se ganó una mirada de parte del digimon color marrón que estaba en sus brazos y trató de sonreírle. Esperó haber sido convincente.
—Son dos para cada uno —susurró, entonces, Koushiro.
Kouichi, igual que todos los demás, enfocó su mirada en el pelirrojo que había hablado.
Parecía haber tenido una revelación.
—¿No lo ven? —cuestionó él, insistente, como si algo obvio se hubiese escapado delante de sus narices— Somos doce, ellos son seis pero tienen dos Spirits en su poder. Suena lógico que los emblemas los ayuden a digievolucionar en una de sus instancias y no en ambas, porque eso le quitaría energía a nuestros digimon.
—Pero eso nos deja en la misma incógnita —protestó una voz— ¿Quién ayudará a quién?
—No, una peor —susurró Junpei— Porque tenemos que encontrar a dos personas afines a nuestro elemento y ustedes tienen que determinar a que persona le ayudaran con su emblema. Aunque tal vez no podamos decidirlo en realidad. Tal vez, sólo azar.
Shibayama no se escuchaba muy convencido.
—Tendríamos que intentarlo —susurró Daisuke, con renovado entusiasmo. Volvía a llevar una sonrisa animada— ¡Yo quiero verlos digievolucionar muchachos! Eso suena increíble.
Takuya sonrió, divertido. Y Tomoki fue capaz de ver que todos sus amigos se relajaban ante la actitud del joven Motomiya.
Tal vez, si todos lo intentaban, las cosas se harían más llevaderas.
—Aun hay un problema —susurró Takeru, con aire sombrío.
Kouichi sintió la fuerza de la mirada azul y volvió sus ojos hacia el rubio.
Tendría que aprender a soportar esa expresión fría que le estaba dirigiendo. El aire se volvió gélido cuando sus ojos se encontraron y así permaneció. Ese chico le odiaba, sin duda y él se encontró preguntándose que cosas malas había tenido que atravesar para que sus ojos fuesen tan acusadores.
Pudo sentir que Kouji se tensaba a su lado y trató de decirle algo alentador pero su sorpresa fue mucha cuando una voz inesperada fue la que rompió el silencio: —Creo que tenemos visitas
Un segundo después, dentro de la habitación había un digimon más.
Centauromon fue quién se presentó en la casa de Gennai. Por su expresión de alarma, su respiración agitada y sus ojos aterrados, Kouichi supo que algo malo había estado sucediendo.
Y que ellos se lo habían estado perdiendo.
—¡Gennai! —exclamó el recién llegado— ¡Unos digimon están atacando una de las Piedras Sagradas!
(***)
PicoDevimon se alejó ligeramente del campo de batalla.
Sabía que era necesario que se mantuviese a salvo para poder sobrevivir en los conflictos. Sólo en ocasiones especiales tenía la oportunidad para hacer uso de sus poderes, que no podían compararse con los de los seres evolucionados. Unos cuantos digimon habían llegado hacia el lugar que el ejército, al que él pertenecía, tenía que atacar.
Una pequeña resistencia para proteger una de las Piedras Sagradas.
Esquivó los ataques que flotaban en su dirección, mientras sus ojos se perdían en las batallas que estaba produciéndose. Tenía que admitir que Piximon había hecho un buen trabajo, ocultándose detrás de una ilusión.
Ella y unos cuantos aliados parecían haber previsto el riesgo que corrían los puntos sagrados.
Los niños elegidos deberían estar por allí. O vendrían pronto, en realidad.
Su señor había sugerido la idea de destruir las Piedras para llamarles la atención más que para romper el equilibrio del Mundo Digital. Decía que sería más divertido hacer que ellos, los elegidos, llegasen que ir a buscarlos a donde sea que estuviesen. PicoDevimon suponía que lo harían.
Los humanos que protegían el Mundo Digital eran tan predecibles.
Los DarkTyrannomon estaban siendo vencidos y PicoDevimon se arrepintió de haberse quedado con ellos. Tendría que haber supuesto que pese a su apariencia imponente, esos dinosaurios digitales carecían de cerebro.
—¿Estás huyendo, pequeño? —cuestionó una voz a sus espaldas.
Se tensó de forma inmediata pero se giró ligeramente, ofreciendo su sonrisa persuasiva.
Su compañera, imponente como todo ángel devenido en demonio, tenía una poderosa energía. Sabía quien era —quién había sido antes de que se corrompiese, al menos— y no podía dejar de sorprenderse. Al parecer, iba a terminar siendo verdad que los seres más bondadosos tienen grandes capacidades para hacer el mal.
Ella era prueba viviente de ese hecho sencillo.
—No, mi señora —dijo simplemente, inclinándose como muestra de cortesía— Yo sólo estoy admirando el espectáculo. Mi señor no me necesita.
Ella rió. Su guadaña cambió de mano y lo examinó interesada, sin moverse. Sabía que lo examinaba a pesar de no poder ver su rostro, cubierto por un pequeño casco protector. Su aspecto no había cambiado demasiado. Sus alas de ángel se habían convertido en las de un demonio e irradiaba una energía oscura en lugar de la bondad acostumbrada.
—Eres un pequeño mentiroso —dictaminó, divertida— Pero es cierto que no vale la pena intervenir —susurró, con voz aburrida— él puede encargarse de esos pequeños enemigos.
—¿Está esperando a los niños elegidos de la luz, mi señora? —cuestionó PicoDevimon, con curiosidad.
—Aquí no hay nadie que merezca ser juzgado, aun —musitó ella, simplemente.
(***)
—¡Tenemos que ir! —chilló Takuya, saliendo detrás de todos los Elegidos. La verdad se habían movido todos muy rápido para salir de la casa del mentor que había estado conversando con ellos— ¡Taichi-san, por favor! No puede dejarnos, no puedes prohibirnos nada…
—Lo siento Takuya-kun —fue la replica severa de Yagami, que se volvió para encarar al muchacho en cuanto lo escuchó— No hay tiempo para discutir, tenemos que ver que está sucediendo y ustedes aun no están en condiciones de pelear. Podrían terminar heridos o, lo que es peor, muertos. Cuando regresemos…
—Nos necesitan —insistió Kanbara, por costumbre más que razonando las palabras del mayor. Sus amigos se alinearon detrás de él y parecían conformar un frente firme, aunque Yagami se dio cuenta que parecían menos convencidos que su entusiasta líder— Iremos aunque no quieras. Tendrás que atacarnos para impedirlo. ¡Tenemos que saber que sucede!
Taichi volvió su mirada hacia el muchacho con expresión cansada.
Los más jóvenes de su grupo —Daisuke, Ken, Iori, Takeru, Hikari y Miyako— habían ido a detener a los enemigos. Estaban más acostumbrados que los mayores a las Piedras Sagradas y todo el desequilibrio que conllevaba la desaparición de las mismas.
De hecho, todos pensaban ir detrás de Andromon para enfrentar al nuevo adversario, pero algunos se habían detenido ante unas palabras de su viejo mentor. Gennai les había comentado que todas las Piedras Sagradas estaban recibiendo protección y no sólo de ejércitos digimon.
Había sido orden de los cuatro digimon milenarios que protegían el Mundo Digital.
Todos ellos habían dejado uno de sus Diginúcleos para proteger los puntos Sagrados. No iba a ser fácil destruirlos, aunque sería mejor que supiesen a quienes se enfrentaban.
Estaban en los límites de la casa de Gennai cuando Takuya y sus amigos les dieron alcance.
Yamato parecía divertido y exasperado, montando a Garurumon mientras que Mimi trataba de no moverse de su sitio, en los puños de Togemon. Sora y Koushiro, con sus digimon voladores, los aguardaban desde el cielo. Jou viajaba con el pelirrojo porque Gomamon era un digimon de agua y complejizada su situación que todas sus digievoluciones fueran del mismo tipo. Siempre le molestaba desplazarse por tierra.
—No hay tiempo para discutir —volvió a decir Taichi, pasándose una mano por el cabello con un deje de desesperación. Sus ojos adoptaron un cariz seguro— Te prometo que volveremos y veremos como hacer para resolver la situación de tu mundo pero nuestros amigos están luchando. Deja que salvemos también el nuestro.
—Déjalo ir, Takuya —susurró Kouji, al cabo de un minuto de silencio.
—Sí —acordó Izumi, viendo que su amigo quería discutir con Minamoto por sus palabras— Hasta que no logremos digievolucionar, estorbaremos. Ellos tienen a los digimon y no deberán preocuparse por nosotros si nos quedamos aquí —lo miró fijamente a los ojos, pidiéndole sin palabras que no discuta más— Por favor.
El guerrero de fuego se quedó sin palabras y supo que nunca jamás iba poder decirle que no a Izumi, si ella lo miraba de aquella forma.
Suspiró, suavemente, mientras contemplaba la expresión de su amiga y luego miró a Taichi. —Está bien. Nos quedaremos aquí —accedió.
—Te prometo que haremos todo lo posible para salvar su Mundo Digital cuando regresemos— Taichi sonrió a la rubia y le puso una mano en el hombro a Takuya, antes de irse.
—¡Taichi-san! —llamó Kanbara— No olvides esa promesa.
El portador del valor sonrió ampliamente —Jamás lo hago. No te preocupes por eso.
A Izumi Orimoto le costó comprender la sonrisa divertida que tenía Takuya tras esas palabras.
(***)
Iori Hida suspiró, cansinamente.
Ankylamon tenía más desventajas para moverse por tierra y tener ritmo constante. Aunque, si debía decirlo, era más rápido que algunos de sus compañeros. Hikari, con Nefertimon, Daisuke con ExV-mon, Takeru con Pegasusmon y Miyako con Aquilamon parecían no tener tantos problemas en el aire, avanzaban con libertad. Ken viajaba con su compañero, obviamente, por lo que Stigmon no estaba muy lejos de ellos.
Así, sólo el heredero del conocimiento y la sinceridad viajaba por tierra. Podía ser molesto para su digimon carecer de alas —Armadimon se había quejado unas cuantas veces— pero a Iori no podía importarle menos.
Valoraba a su amigo digital sin importar que no pudiese volar y trataba de hacérselo entender poco a poco.
Se mordió el labio cuando sus ojos se adentraron en la pradera que se extendía delante de ellos. Esperaba llegar a tiempo. No quería comenzar todo de nuevo, revivir lo que sucedió con BlackWarGreymon.
—Otras vez quieren destruir las piedras Sagradas —protestó el joven Hida, en voz alta. Sus ojos verdes se concentraron en su camino con mayor interés aunque sus pensamientos corrían por vías totalmente diferentes— Me pregunto quien es el enemigo esta vez.
De ese que nadie sabía nada.
La última vez, proteger los Puntos Sagrados había sido, francamente, imposible. BlackWarGreymon había tenido éxito y sólo la aparición de Qinglongmon había evitado que todo el Mundo Digital perdiese el equilibrio. El digimon milenario del este, protector de la luz y la esperanza, había asegurado que las Semillas que sembró en los sitios sagrados reemplazarían a las piedras destruidas, porque eran su núcleo.
Por supuesto, debían llamarse Semillas de la Esperanza.
Desde que había conocido a Takeru y en esos años de amistad, Hida entendía muy bien el significado de esa sencilla palabra. Poderosa e implacable a la vez. La esperanza, la fuerza de mantener la luz encendida en el corazón pese a ser rodeado de tinieblas…
Sacudió la cabeza, sabiendo que divagaba demasiado. Estaba inquieto. El equilibrio volvía a correr peligro.
—Debe ser alguien que conoce muy bien este mundo —acotó su compañero digital, rompiendo sus cavilaciones con voz queda— Pero que, además, tiene aliados que lo quieren ayudar.
A Iori le costaba pensar que los digimon quisiesen destruir su propio mundo. Debían estar controlados o algo por el estilo. No podía concebir otra idea. Aunque también era probable que toda aquella situación inestable en la que estaban —con toda la locura por el descubrimiento del Mundo Digital en el Mundo Real— hubiese influido en los ánimos de los seres digitales. No podía estar seguro…
Pero tenía que admitir que se negaba así mismo la idea de que los digimon eligiesen por libre albedrío ser ejecutores de tal destrucción.
—Sí, y también el de los guerreros legendarios —consideró el muchacho.
Frunció el ceño cuando se encontró nuevamente pensando en los guerreros legendarios.
A él siempre le había resultado difícil pensar en los comportamientos de las personas. Por eso sentía curiosidad. Quería comprender porque se actuaba de una forma, que decisión impulsaba a una persona a tomar un camino. Especialmente si ese camino era el malo, el erróneo, el equivocado. ¿Por qué alguien elegiría el destino que sabía estaba torcido? ¿Por qué resignarse, no luchar?
Todo había comenzado primero por Ken y luego por Oikawa-san.
Había perdonado a Ichijouji hacia tiempo —mucho, mucho tiempo— y aunque no compartió nunca el actuar de Yukio Oikawa —el mejor amigo de su padre, cuando ambos eran niños— tuvo que reconocer que el hombre había querido pagar sus culpas. Lo había hecho, en realidad. Las mariposas brillantes acudieron a sus pensamientos, como una especie de confirmación.
Se había prometido, frente a la tumba de su padre, que dejaría de juzgar sin conocer. Que averiguaría el transfondo, lo que permanecía oculto a simple vista.
Pero…
Sus manos se cerraron en puños. No podía ser objetivo aun. No por completo, al menos. Era especialmente difícil tratar de entender a ese grupo nuevo que había arribado el día anterior. Los conoció apenas durante una noche, sólo un día y, sin embargo…
Sin embargo, estaba confundido. ¿Quién más podía generar esa extrañeza sino era el guerrero de la oscuridad? Con Tailmon señalando al muchacho, los ojos sorprendidos del chico y su expresión apenada cuando reconoció el poder que poseía…
No sabía que pensar.
Durante un segundo, no pudo evitar pensar en Ken cuando miró al joven. Pero la idea desapareció al instante. No podía comparar a Ken con ningún guerrero que tuviese el elemento de la oscuridad. Ichijouji era la persona que mejor representaba el emblema de la Bondad. No imaginaba a nadie en su lugar…
No obstante, Kimura…
No sabía qué pensar. Y eso le molestaba. Una parte de él le decía que debía ser justo, que juzgar al chico sin conocerlo era tonto y siempre podía correr el riesgo de equivocarse. Por otro lado, coincidía con Takeru totalmente. La oscuridad siempre había sido una fuente de enemigos, de problemas, de dolor…
¿Por qué un guerrero que la representase iba a ser diferente? No podía confiar ciegamente en ese chico. Y aun no podía estar dispuesto a darle una oportunidad…
Era como luchar con dos ideas muy importantes para él. Le dolía la cabeza de tanto pensar al respecto. Con Daisuke defendiendo la posibilidad, con todos los demás dispuestos a darle una oportunidad al joven en cuestión y con Takeru molesto por la cercanía de Kouichi a ellos. Tailmon misma, esa mañana, no había podido evitar darle una mirada de sospecha en dirección a Kimura. Todos estaban siendo un poco aprehensivos —quizás sin darse cuenta— pero Hida no sabía si eso podía cambiarse pronto.
Él, por lo menos, aun estaba vacilando al respecto de la idea y Takeru… Ah, Takeru…
—¿Iori? —llamó Ankylamon, por tercera vez— ¿Estás bien?
Sacudió la cabeza, para concentrarse en lo que estaba sucediendo —Sí.Lo siento, Ankylamon.
Lo que le faltaba era preocupar a su amigo virtual.
—Voy a acelerar un poco, ¿de acuerdo? Sujétate fuerte.
Sonrió, sin poder evitar sentir la tensión en el ambiente.
Se acercaban a su destino, estuvo seguro, y trató de sostenerse firmemente mientras su compañero tomaba velocidad. No podía caer ni perder su equilibrio, tenía que seguir con firmeza. Aun había digimon que enfrentar y cosas que defender.
Ahora importaba concentrarse en su misión, en la protección del Mundo Digital, de las Piedras Sagradas, de todo aquello que había aprendido a valorar con el correr del tiempo.
No tenía caso perderse en pensamientos absurdos.
De todas maneras, y no pudo evitar concentrarse en ello, lo que le sorprendía más… Probablemente, como a todos los demás, era que Kouichi Kimura también le daba curiosidad.
(***)
Gennai sonrió al ver las seis figuras delante de la puerta de su hogar. Eran siete, más bien, corrigió. Lopmon se había colocado en los hombros del muchacho que había sido nombrado como el guerrero elegido de la oscuridad. Podía apostar que había una historia interesante entre ellos dos porque ya los había visto comportarse diferente que los otros cinco.
Los chicos miraban hacia la lejanía, perdidos en las figuras que habían desaparecido momentos atrás. Los Elegidos estarían de regreso en breve, Gennai estaba seguro. No era tan grave como se sospechaba tampoco.
Andromon sólo estaba preocupado, en exceso. No es que lo culpase, dadas las leyendas que envolvían a las Piedras Sagradas.
—No se preocupen —murmuró, finalmente. Pretendía ser alentador— Ellos no están solos. Esta es sólo una advertencia. Quizás una provocación.
—¿Qué sucederá si se destruyen esas Piedras Sagradas? —cuestionó el mayor de todos, volviéndose hacia él, para encararlo —¿Qué son esas Piedras, además?
A Gennai le costaba acostumbrarse a la idea de que hablaba con niños elegidos que desconocían completamente su mundo. Aunque lo complacía. Podía explayarse a gusto. Siempre era bueno tener oyentes curiosos.
—Son los núcleos de este Mundo. Tal vez no quieran destruirlos. Si alguien los manipula, este mundo puede sufrir cambios drásticos, lamentablemente. Se resiente con su manipulación. La vez anterior, muchos digimon viajaron hacia el Mundo Real cuando una de las siete eran destruidas. Si las destruyesen por completo…
—¿Este mundo se destruiría? —cuestionó Lopmon, atemorizado.
La idea le provocó escalofríos. No podía tolerar tanta devastación: su mundo primero, luego ese al que estaba intentando salvar. ¿Cómo podrían salvar al Mundo de los Humanos si no podían sostener a los otros dos?
Gennai negó con la cabeza— No ahora. Hace años, sí. Ahora mismo… Los Puntos Sagrados no tienen el mismo poder que antaño. Comparten su núcleo con los emblemas de los Niños Elegidos. Lo que quiero decir es que los emblemas que tienen en su poder los muchachos son las verdaderas claves que protegen este mundo. Por eso se los devolvimos.
Los seis muchachos intercambiaron miradas sorprendidas. Las palabras implicaban demasiadas cosas que no estaban seguros de comprender por completo.
—¿Ellos lo saben? —dudó finalmente Takuya, con el ceño fruncido. Esa información se escuchaba confidencial— ¿O está ocultándoselos adrede?
—Ellos tienen demasiada responsabilidad —susurró Gennai, con aire apenado. Pensaba decírselos, sí, aunque era un tema delicado. No quería cargarlos con inmensas responsabilidades desde tan temprana etapa del conflicto.
—Así que no les importa llenarlos de carga mientras no sepan nada, porque ellos harán lo que sea para proteger el Mundo, ¿no? —espetó Kouji, irritado— Ocultarles cosas no hará que todo sea más fácil ni sencillo.
Lo sabía por experiencia. Siempre había tenido un resentimiento especial con los secretos vitales. Por cosas así, había desconocido la existencia de su gemelo durante gran parte de su vida y que su madre estaba viva. Él aun no podía dejar de tensar la relación con su padre, en ese aspecto. Quería a su padre, por supuesto, pero el hecho de que le mintiese durante años, de que le hiciese pensar que la autora de sus días había muerto… No había sido un hecho fácil de digerir. Lo había hecho todo peor por la forma en la que descubrió la verdad. Porque casi había perdido a su familia otra vez. A Kouichi...
No obstante, Satomi —la segunda esposa de su padre y, al mismo tiempo, su segunda madre— había sido de mucha ayuda para mantener la paz en la familia Minamoto-Kimura. Ella le había ayudado con decirle a su padre sobre su gemelo porque había sido a la primera que Kouji se lo había confesado. De hecho, Satomi prácticamente había adoptado a Kouichi como a otro hijo.
Kouji tenía que reconocer que admiraba esa naturaleza desinteresada y cariñosa de su madrastra.
Las dos, Tomoko y Satomi, se llevaban muy bien y el gemelo menor pensaba que se debía a que querían que él y su hermano pudiesen aprovechar el tiempo juntos . Después de todo, ese tiempo separados no iba a regresar nunca.
—No —concordó Gennai, haciendo caso omiso del tono de Minamoto— Nada será fácil para ellos. Nunca ha sido sencillo, tampoco.
—¿Corren peligro de verdad, no es así? —cuestionó Kouichi, con voz queda— Todos ellos…
El aludido asintió y sus ojos celestes se movieron hacia el horizonte —Por eso necesito que ustedes intervengan. Ustedes han defendido su Mundo, según he leído, con valentía y firmeza. Bokomon ha hablado muy bien de ustedes en ese libro que me han mostrado. Son héroes, guerreros completos…
Takuya sonrió con nostalgia. No pudo evitar sentirse algo apenado por las palabras y pensó que sus amigos estaban sintiéndose como él. Pero tristes, también, por Bokomon… Suspiró.
A veces era mejor dejar pasar un poco del tiempo para que sanen las heridas. No podía imaginar un mundo sin ese digimon sosteniendo su libro verde y molestando a Neemon cada vez que ese decía alguna cosa incoherente.
Los echaba de menos. Muchísimo. Y Patamon... Ofanimon... Negó con la cabeza, en un gesto inconciente. De nada servía pensar así. Lo que debían hacer era salvar su Mundo Digital, porque así todo volvería a ser como antes.
—Queremos ayudar —musitó Izumi Orimoto, queriendo evitar la punzada de dolor al pensar en Bokomon y Neemon, porque ambos estarían juntos siempre en su memoria. Sacudió la cabeza para evitar las lágrimas— Queremos hacer algo.
Era realmente cierto. No tolerarían quedarse sin hacer nada. Takuya concordaba completamente con Izumi, cosa bastante inusual. Ella y él tendían a moverse por caminos distintos. Si ella apuntaba al este, él señalaba el oeste. Cosas comunes, dispares entre ellos.
—También haremos lo posible para salvar a Nuestro Mundo Digital —aseguró Tomoki, con confianza. Kanbara sonrió, orgulloso— Aun podemos hacer que todo sea como antes. Igual que la primera vez.
—Pueden combinar sus poderes con los de ellos. Lo que les he dicho, es cierto. Creo que pueden combinar energías para, así, superar el poder de los enemigos. En el Mundo Real las cosas no serán sencillas pero…
—¿A qué se refiere?
Gennai suspiró —No quiero que los Elegidos permanezcan en este mundo mucho tiempo. Aquí corren absoluto peligro… Creemos que el verdadero objetivo es el Mundo Real.
—¿Creemos? —dudó Kouji, enarcando una ceja.
—Sí, como saben, las Bestias Sagradas y yo pensamos que este Mundo Digital sólo es un camino para llegar hacia el mundo de los humanos. Desconocemos los motivos.
—Nosotros pensábamos eso, también —acordó Lopmon y miró a los niños que estaban con él— Bokomon no sabía como ni porqué se había originado ese ser que ahora quería destruirnos, sólo sabía que su objetivo eran los humanos —soltó un suspiro— Tampoco es que hubiesen rechazado crear fuerzas en estos sitios para invadir el Mundo Real. Ofanimon quería evitar eso y envió a todos los Trailmon fuera de nuestro alcance… Aunque, como saben, hay más vías para atravesar dimensiones.
Asintieron al mismo tiempo. Lucemon era un claro ejemplo al respecto.
Se necesitaba mucho poder, sí, pero no era imposible abrir caminos hacia el Mundo de los Humanos si había recursos.
—Entonces, el enemigo —A Takuya le irritaba no saber a quien se enfrentaban. Le molestaba no tener una imagen clara del ser al que debían confrontar—… quiere nuestro mundo —sus ojos decididos se enfocaron en Gennai— ¿Cómo dice usted que pueden ayudarnos a Digievolucionar? Si los emblemas, Taichi-san y los demás… Si todo se encuentra tan relacionado, lucharemos para protegerlos. A ellos, a nuestro mundo… A este Mundo Digital y también al que nos pertenece.
Gennai estaba sonriendo cuando el discurso de Kanbara terminó.
—Sí, sé que ustedes podrían hacerlo.
—¿Entonces —insistió Junpei, un instante más tarde—… hay que hallar una manera de que los emblemas de los muchachos reaccionen con nuestros Spirits —rebuscó en el bolsillo de su pantalón y Gennai contempló, con interés, el objeto azul y amarillo que Shibayama tenía en su mano.
—¿Ese es su Digivice? —inquirió.
—¡Ah, sí! —Junpei se rió, nervioso, antes de mostrarle el objeto— Anoche nuestros celulares se convirtieron en los D-tectores. No estoy seguro de cómo ocurrió, aunque sospecho que tuvo que ver con la aparición de los Spirits.
Los otros cinco chicos sacaron algunos dispositivos similares. Gennai los observó con curiosidad. Cada uno tenía dos colores y le recordaban vagamente a los D3, aunque se veían ligeramente diferentes.
Junpei había sido el primero en darse cuenta que los celulares habían cambiado y Kouichi había recibido su D-tector cuando Kouji descubrió el suyo. Como la primera vez, el Digivice del guerrero de la luz había originado el del guerrero de la oscuridad.
—¿Piensan que los D-tectores nos ayudaran a identificar los emblemas que puedan ayudarnos? —cuestionó Shibayama a sus amigos, pero sin dirigirse a nadie en particular.
—Sería muy útil que los sincronicemos con los Digivices y con los D3 de los Elegidos —comentó Gennai
—¿Sincronizarlos? —repitieron seis voces.
—Sí, hacerlos semejantes. Para comunicarse y para que puedan reaccionar ante los poderes que tienen los Digivice de los Elegidos. Yo puedo hacer eso, si me lo permiten.
Vacilaron solamente un minuto antes de entregarles los dispositivos digitales. Comprendió sus dudas con rapidez aunque también tenía que admitir que se sentía satisfecho de que hubiesen confiado en él. Sus ojos viajaron hacia Lopmon cuando tuvo los seis D-tectores en sus manos.
—Agradecería tu ayuda, mi pequeño amigo —sonrió.
(***)
Joe Kido entrecerró los ojos y trató de enfocarse en lo que se hallaba a distancia.
Era evidente que una pelea se estaba desarrollando cerca de una de las Piedras Sagradas, pero los digimon parecían ser controlados con facilidad. O, al menos, eso le parecía. No es que pudiese ir juzgando la gravedad del asunto desde tan lejos. Vio a ExV-mon atacando a unos DarkTyrannomon mientras que Pegasusmon y Nefertimon se deshacían de unos digimon voladores, en conjunto. Siempre obraban bien en conjunto, sí era sincero.
La mayoría de los atacantes parecían estar retirándose. Pero no podía entender por qué. ¿Acaso el objetivo no era destruir una de los Puntos que preservaban el Mundo Digital? ¿Qué objeto tenía dar un ataque y luego… marcharse sin destruir nada?
El portador del emblema de la sinceridad divisó al resto del grupo de los más pequeños —Iori, Miyako y Ken— con sus digimon en algunos sitios más alejados. ¿Perseguían algo o solo patrullaban la zona? No podía estar seguro.
Entre todos los presentes, estaban alejando a los atacantes.
Al parecer, la batalla no era ni la mitad de grave de lo que habían pensado. Él creyó que encontraría una masiva destrucción o algo de ese estilo. Seguramente estaba siendo influido por viejas historias. Nada allí parecía correr grave riesgo.
Piximon sobrevoló el campo de batalla y Jou sonrió con un deje de nostalgia. La última vez que habían recibido ayuda de ese pequeño digimon rosado, las cosas habían sido duras. Divisó que los que eran aliados se habían encargado de crear una especie de fuerte delante del objeto sagrado al cual protegían.
No había ningún digimon especialmente poderoso allí. Kido se preguntó por qué sería.
—Parece que Daisuke y los chicos llegaron a tiempo. Todo está controlado —oyó comentar a Sora.
La pelirroja sonreía con alivio pero a Jou le parecía que algo estaba mal en esa suposición.
—En realidad, parece que quieren jugar con nosotros —exclamó Taichi con el ceño fruncido. Estaba en la espalda de Greymon y parecía querer buscar algo pero Jou no tenía idea de lo que podía hacer— Sólo hay un grupo de DarkTyrannomon aquí. Nada que Daisuke y los chicos no pueda controlar. De hecho, creo que Piximon podría resolver esto por si sola.
Kido reconoció el tono divertido y sonrió cuando el digimon pequeño de color rosa golpeó a Taichi con su báculo.
—Había dos digimon ángeles más, pi —chilló Piximon, acercándose al joven Yagami como para mostrarle que habían existido enemigos más preparados— Uno de ellos tenía la armadura completamente negra, pi. Eran ángeles caídos, pi.
—¿Ángeles caídos? —cuestionó Koushiro, que estaba junto a Jou. Los dos estaban en la espalda de Kabuterimon. Sus ojos negros barrieron el lugar y frunció el ceño, como si la búsqueda hubiese sido infructuosa.
Piximon parecía orgullosa, por su parte —Sí. Los dos de ellos se marcharon hace unos minutos, pi. Sólo querían probarnos, pi.
Eso sonaba extraño, si podía decir algo.
—Vamos a tierra —llamó, a todos, el elegido del emblema del valor. Movió sus brazos para hacer que todos lo notasen y gritó varias veces que regresasen a los más jovenes del grupo. Daisuke era quien estaba más alejado.
A Jou le agradaba ver esa faceta de Taichi, para variar. No estaba tan acostumbrado a ella como quisiera, pero siempre era motivador escucharlo.
Inspiraba.
Con Gomamon en su espalda, posición privilegiada de su compañero, se sintió aliviado de tocar el suelo. No es que le molestase viajar en digimon pero se sentía más seguro allí que en la espalda de un digimon insecto gigante, sin ofender al compañero de Koushiro, claro. Sus amigos se le acercaron simultáneamente y entre todos rodearon a Taichi, que los esperaba tranquilamente.
—¿Alguno vio a uno de los ángeles que mencionó Piximon? —les preguntó a los más pequeños, cuando estos se unieron al círculo.
Hikari y Takeru se miraron el uno al otro.
El rubio fue el primero en hablar. Como había crecido el portador de la esperanza en esos años, pensó Kido—Pegasusmon dijo que sentía la energía de digimon poderosos. Ángeles, sin duda.
—Nefertimon también me dijo algo parecido, pero no vimos a nadie —aseguró la pequeña Yagami, antes de lanzarle una mirada a su compañera, quien hizo un asentimiento— Dijo que sintió algo familiar, aunque no pudo definirlo.
—¡Se estaban escondiendo de nosotros, cobardes! —chilló Daisuke, con esa energía suya que nadie podía igualar.
—Creo que es otra cosa —musitó Iori, en voz baja. Jou estaba de acuerdo de antemano, porque había pensado que sería tonto mostrarse para luego ocultarse— ¿Por qué nos harían venir hasta aquí si luego se van a marchar?
—Nos adentraría en su juego —masculló Koushiro, que había dicho más bien poco— Si cada vez que hay una amenaza de que se destruirá una de las Piedras, nosotros saltamos al rescate… Bueno, podría haber sido el objetivo… Traernos a todos aquí.
—¿Y por qué no nos atacan? —dudó Miyako, inquieta. Sus ojos dorados se pasearon por el lugar, como si buscase algo— ¿Por qué marchar sin destruir la Piedra Sagrada o sin esperar por nosotros si el objetivo era atraernos hasta aquí?
—El juego del gato y el ratón, si me preguntan —aseveró Yamato. Guardó las manos en los bolsillos, antes de suspirar— Koushiro tiene un punto. Pero no estamos todos, aquí.
Los ojos negros del pelirrojo brillaron, con comprensión súbita— ¿Piensas que quieren también a los guerreros legendarios?
—Es una probabilidad —concordó Ishida.
Jou lo consideró un minuto, pero sintió que algo no estaba en orden. Faltaba algo, un detalle evidente que se les estaba escapando…
—¿Y cómo saben que los guerreros estaban aquí, de ser así? —cuestionó Mimi, sin comprender— Apenas ha pasado un día desde que llegaron. No puede ser posible que…
—Hay muchas maneras —susurró Koushiro y habló velozmente. A Kido le pareció que estaba tenso— Pero creo que tiene algo que ver con los Spirits y los poderes de los que nos hablaron los chicos. Deberíamos regresar con Gennai… Hablar a cielo abierto me está poniendo nervioso. Me siento observado.
Los demás intercambiaron miradas entre ellos y luego pasearon la vista por la zona. Sólo Piximon y el grupo de digimon que estaba con ella, permanecían en el lugar.
—No se preocupen, pi —masculló la digimon rosada— Nosotros cuidaremos este lugar, pi. Ustedes tienen más cosas que hacer, pi.
Como en los viejos tiempos, era imposible no hacer lo que ella decía.
—De acuerdo. Regresemos —ordenó Taichi, con firmeza. Sentía que todo ese movimiento había sido en vano pero no podía comprender el motivo exacto. Suspiró.
—Esto ha sido una pérdida de tiempo —protestó Motomiya, mientras que ExV-mon lo miraba con gesto comprensivo.
Jou suspiró y volvió sobre sus pasos cuando notó que Koushiro lo estaba esperando.
—Vamos, hay muchas cosas que resolver y pensar —comentó al muchacho pelirrojo, quien asintió.
Cuando Koushiro y Jou estuvieron en el aire, Hikari sonrió. Ella y Takeru eran los últimos en marcharse, en general. Un pacto silencioso entre ellos, para cuidar a los demás y para tener tiempo tranquilo, también.
—¿Ya no sientes la presencia, Nefertimon? —cuestionó la elegida del emblema de la luz.
—Se ha ido —confirmó el digimon.
Hikari sonrió pero el gesto se le congeló en la cara unos segundos después. La joven Yagami sintió un ligero cosquilleo en la nuca y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se quedó inmóvil junto a su compañera.
—¿Hikari? —llamó Takeru, al ver que ella había quedado lejos del grupo.
—Estoy... bien —La chica miró por encima de su hombro, para luego volverse hacia el joven Takaishi. Sus ojos reflejaron la mirada azul de su mejor amigo, antes de regalarle una sonrisa— Sólo me dio la sensación de que alguien estaba mirandonos.
PicoDevimon agitó las alas, ocultándose un poco cuando el último de sus aliados fue finalmente expulsado de la zona elegida. Debería de haber sospechado que cuando los ángeles se marchasen, las cosas quedarían a medias. Pero el plan había resultado. Eso era lo importante.
Allí estaba la niña de la luz, sí, pero aun faltaba el otro. Su señor y su señora estarían complacidos si los seguía. Así, los mismos Elegidos los llevarían hasta el sitio en el que se estaban escondiendo.
Como había dicho, los seres humanos son criaturas demasiado predecibles.
(***)
N/A:¡Hola, otra vez! Un capítulo más corto que los anteriores, aunque, espero, haya sido entretenido xD Lo he tenido entre los archivos desde hacia días pero ahora que terminé por fin de cursar (¡Sí! ¡La felicidad!) lo subo para actualizar esta historia. Poco a poco comienzan a verse los enemigos y como se desarrollará todo.
Entre otras cosas... ¿Le complicaré demasiado la vida a Kouichi? ¿Dejaré de perturbar a Hikari? ¿Habrá dos emblemas para cada guerrero o se organizarán de otra manera? ¿De qué forma?
¡Gracias a los que se interesaron en esta historia! ¡Hasta la próxima!
