Cuerpo cautivo.
Albert Wesker & Claire Redfield.
Capítulo 9: Midnight.
All your secrets crawl inside
You keep them safe, you let them hide
You feel them drinking in your pain to kill the memories
So close your eyes and let it hurt
The voice inside begins to stir
Are you reminded of all you used to be?
Lie to me – Red.
El sonido del reloj era realmente sofocante. No podía dejar de dar vueltas sobre la cama. De pronto las cobijas parecían provocar alguna clase de alergia en su piel. Palpaba sus pensamientos, respiraba la totalidad del aire caliente que envolvía la habitación. Huir de los recuerdos no era tan sencillo. Se sentó sobre la cama y pasó todo su cabello hacia atrás. Al parecer el insomnio era contagioso: la última vez que había visto a Wesker dormir fue el día que llegó en condiciones no muy favorables, y ahora parecía necesitarlo.
Miró el reloj digital que estaba sobre la mesita de noche. 21:00 horas. ¿Quién sería capaz de conciliar el sueño tan temprano? Al menos debería intentar recostarse, recuperar fuerzas de un día tan doloroso y pesado. Su brazo se sentía mejor y había encontrado la forma de acomodar el vendaje a sus ropas de noche para que éste no se moviera, pero estaba agotada.
No podía ver luz por ninguna parte. Un ruido extraño se escuchó dentro de la habitación. Se tocó el vientre, suspirando de fastidio. Estaba hambrienta, y la comida no llegaría a ella a pie propio, de eso estaba segura. Se colocó la bata color rosa pálido y bajó los pies descalzos al piso de madera, que estaba tan frío como el hielo. Al poco tiempo se arrepintió y buscó las pantuflas por debajo de la cama.
En la sala parecía no haber nadie, pero su inferencia resultó errónea: escondido entre las sombras estaba el antiguo capitán de los S.T.A.R.S, bebiendo un vaso de lo que a primera vista era whiskey y con un par de hojas entre las manos. Había una hoja blanca que Claire creyó reconocer, y documentos más pequeños que parecían ser fotografías. Su semblante era inesperadamente concentrado, como si reparara en algo doloroso. Tenía una postura cansada. De la nada, los años le cayeron encima.
— ¿Aún no se ha retirado a la cama? —preguntó el mayor, levantando la vista de las fotografías.
—No tengo sueño —. Era una respuesta certera y cortante, tal y como Claire había deseado que sonara.
— ¿Su brazo? —. ¿Por qué la voz de Wesker sonaba tan suave? No estaba hablando con amabilidad: era el mismo tono distante de toda la vida, pero más tranquilo. Quizá había tenido tiempo para calmar el berrinche de una mala tarde. Estaba segura, sin embargo, de que había algo más detrás de su actuación. Porque eso era Wesker, ¿no es así?, ¿un excelente actor?
—Mucho mejor, ya casi no duele. Tomé algo del botiquín que me calmó bastante la molestia —. Claire nunca había gustado de las dietas y todas esas cosas para adelgazar, pero el capitán parecía ser la mejor estrategia para perder peso: tenía una habilidad increíble para espantar su apetito. La chica se limitó a mirarlo como esperando algún comentario desagradable sobre su pijama o alguna burla por haberle dislocado la clavícula con apenas un tirón. No obstante, tal como se temía, le respondió el silencio.
¿Qué era lo que estaba mirando? Incluso sus lentes brillaban de forma distinta. Después de un segundo, el mayor se levantó, tomó una copa y la llenó de licor. Tomó otra copa diferente y unas cuantas botellas del bar, mezcló un poco de jugo de mango y lo revolvió con vodka. Le entregó la bebida a Claire, absteniéndose de preguntar si era que gustaba un poco. Su hermano hacía prácticamente lo mismo cuando estaba consumiendo alcohol, y al parecer respondía a la necesidad de saber que que estaba compartiendo un gusto con otra persona en el planeta Tierra. ¿Wesker lo haría por la misma razón?
La joven se quedó mirando unos segundos, no muy segura de querer darle un sorbo.
—Tranquila, no pienso envenenarla.
Claire habría reído en cualquier otra ocasión, pero el ambiente de la habitación era solemne y no quería profanarlo. No podía quitarse de la mente el gesto concentrado del antiguo capitán al mirar esos documentos. Muy discretamente, y como quien no quiere hacerlo, identificó su dibujo entre el montón de papeles.
"¿Qué esta haciendo con él? Demonios. Seguro burlándose de mi poco control emocional. ¡Que le aproveche!", atinó a pensar antes de devolver su atención al tirano.
Claire dio un trago a la bebida de los puros nervios. Sintió el alcohol recorrer su garganta con ese calor, que para el clima tan irreverente parecía más un alivio que una molestia.
Wesker volvió a tomar asiento en el sillón de mayor tamaño dentro de la sala. No podía creer lo que estaba haciendo, y es que por más que trataba no podía borrar todas esas palabras que Claire le había gritado con tanto dolor. No lo conseguía ni a puños de alcohol.
¿Esperar? ¿Qué más puede esperarse de ti? Estás en la actualidad vacío de sorpresas. ¡Lo único que planeas y siempre estás aferrado, es terminar a la humanidad que encuentras tan imperfecta, sin mirar tus propios defectos!
¿Defectos? Él no tenía defectos. ¿De qué estaba hablando la chiquilla? Tenía el poder de un dios. Naciones enteras habían sucumbido ante él. Tenía un ideal; uno que no iba a abandonar hasta cumplirlo. Ella era quien estaba equivocada. ¿Por qué tenía que ser tan necia, con un criterio tan pobre? Si fuera de otra manera, quizá podría convencerla de unirse a él, de notar la verdad en sus palabras fuera de su mal carácter y sus métodos poco ortodoxos.
La miró mientras se acurrucaba en el sillón individual. La joven soltó su cabello y sacó algo pequeño de la bolsa. Primero dio un trago a la bebida de mango, y después, como si fuera lo más natural para un día tan pesado como el que había tenido, comenzó a cepillarse con una peineta plateada. El cabello le llegaba cerca de la cintura, y mientras pasaba las manos entre sus mechones de fuego, Wesker pudo notar el vendaje por debajo de su fina camisa de seda rosa. Le observó el rostro, prestando especial atención al golpe sobre su mejilla derecha, por detrás del maquillaje discreto por el que había optado en la mañana; en su cuello, pequeños moretones, marcas de dedos, que habían adquirido un tono negruzco. Con que de esa forma podía herir él a una persona apenas tocándola... Eso quería decir que con un insulso arranque de ira las consecuencias podían ser irreparables para su huésped.
No obstante el sufrimiento físico, Redfield continuaba inmiscuyéndose en asuntos que no le concernían. Seguía allí, cuestionándolo, cometiendo actos poco prudentes, poniendo en riesgo su vida, provocándole molestias innecesarias, reviviendo memorias que ya habían quedado muy atrás, pero ella, en su necedad, seguía buscando con desesperación. Era tan humana que le fastidiaba su sola presencia.
Había imaginado ya la mejor manera de terminar con su vida. Recordó aquella vez en que la joven casi muere asfixiada entre sus manos, cómo pudo sentir su corazón latir cada vez más lento mientras su cuerpo trataba de aflojarse a toda costa para permitir que el aire entrara a sus pulmones; cómo se deslizaba lentamente a la inconsciencia y al sueño eterno. Cada vez estaba más cerca de asesinarla y, en la actualidad, tenerla en su hogar suponía más riesgos que beneficios. Tanto Krauser como un ciento más de mercenarios sabían de la presencia de la joven mujer en la mansión y harían cualquier cosa por obtener algo de ella. Krauser tenía suposiciones, quizá no tan alejadas de la realidad, de que Wesker guardaba alguna clase de interés personal en mantenerla cautiva. Y ese interés era claramente la venganza: matarla, sin lugar a dudas, tendría el mismo el mismo efecto sobre su hermano. Nada superaría el placer de enviarle un cuerpo sin vida a la puerta de su casa. Un cuerpo cautivo, durante días eternos; un silencio paulatino, unos labios que no podrían mencionar palabra acerca de lo vivido durante su encierro.
Sin embargo, bastaba con recordar el olor de su cabello para apaciguar su desagrado; bastaba con recordar sus ojos preocupados, sus interrupciones cómicas, sus sentimientos absurdos, para considerar por un segundo que le prefería por encima de cualquier humano con el que se hubiera encontrado a lo largo de su travesía. ¡Cuánto quería deshacerse de ella! Pero no, aún no era tiempo. Era ese segundo en el que se detenía a observarla el que evitaba meterla en una jaula a esperar que enloqueciera. Era ese segundo, en el cual recordaba que era la única cosa que podía aún percibir con el tacto de sus manos insensibles. A pesar de su apellido, no era ni un poco parecida a Chris —gracias al cielo—. Quizá la necesidad de decir lo que pensaba en voz alta sí venía de familia. El odio inicial hacia ella había sido justamente producto del recuerdo de su hermano, que no era, ni de cerca, la mitad de agradable que Claire.
Había algo en esa chica que no había visto en ningún ser humano y no le emocionaba la idea eliminar a la única persona en el planeta que tenía alguna cualidad destacable. Quizá era su valor; valentía que siempre le traía más problemas que beneficios, pero que estaba siempre acompañada de palabras transparentes y sinceras; porque si Claire tenía algo que decir, simplemente lo hacía, sin tapujos ni enredaderas. Era algo que a esas alturas de su vida Wesker había aprendido a apreciar, porque desde que había "vuelto a la vida" nadie se atrevía a confrontarle de manera real, a excepción de ella. La muchacha había perdido el miedo a decirle lo que pensaba. No había hipocresía en sus ojos, ni en sus palabras desmedidas. Si en algún punto mostraba agrado por su compañía, si estaba molesta con él por un comentario sarcástico, o si quería reclamarle a gritos, lo hacía con toda sinceridad.
¿Por qué no pudiste quedarte tal y como eras hace unos años? ¡Tú y tu maldita ambición nos han hecho imposible la vida a todos! ¡Tenías un buen cargo, las personas te respetaban y de haber querido habrías corregido tantas cosas erróneas, sin tus malditas armas y experimentos! Si tantas eran tus ansias de perfección, bien podrías haber acabado con todo lo que estaba mal en esa ciudad... ¡Pero no!, ¡tenías que traicionar, asesinar, y volar a todo Raccoon City en pedazos! No podías detenerte, y ahora no hay marcha atrás. Van a colgarte, en cuanto te atrapen, ellos tampoco tendrán piedad contigo.
No era ambición, no buscaba dinero. No buscaba recompensas, tesoros y mucho menos reconocimiento. Las suposiciones de Claire, como casi siempre, eran equivocadas. Ellos habían tenido toda la maldita culpa. Nadie pidió que lo tomaran como un compañero de trabajo más. Jamás hizo nada para ganar su confianza. Nunca buscó su respeto, ni su admiración. Nunca quiso pelear junto a ellos, hombro con hombro. ¡Había hecho todo lo que estuvo en sus manos por evitar el contacto con su equipo fuera de ámbito profesional! En esa ocasión, y muy a su pesar, esos ineptos habían contribuido enormemente a fallar en su objetivo. Le tomaron respeto más allá del profesional. Todos empezaron a suponer que a pesar de su carácter frío y distante, cumplía con sus tareas en tiempo y forma, y como cualquier persona lo haría, se acostumbraron a sus órdenes y regaños.
"Idiotas". Lo invadió una absurda tranquilidad al murmurar algunos insultos mientras miraba la fotografía de todos reunidos por delante del helicóptero de la unidad. Él estaba en medio, con una escopeta entre las manos. A su lado derecho, Christopher Redfield; el joven moreno, terco, rebelde, impulsivo y, por qué negarlo, fiel a sus principios. Ese muchacho que tantos problemas le había causado al final. No quería empezar de nuevo, pero le resultaba inevitable. La noche se había convertido en una visita a su pasado; una para la que en tantos años siempre había ingeniado una escapatoria. Por ser fiel a sus principios, Wesker había incluido a Chris en su equipo de trabajo. No sólo en los S.T.A.R.S, sino en el equipo Alfa, como uno de sus colaboradores cercanos. Lo contrató porque sabía lo divertido que sería presionar sus botones; forzarlo a rozar la perfección; llamarle la atención cuando iniciara con sus comentarios irreverentes; ver hasta que punto podía retarlo, y verlo quebrarse cuando cayera en la cuenta que era incapaz de derrotarlo. En cualquier enfrentamiento entre Chris y el capitán, la victoria estaba más que cantada para el rubio. Nunca reconoció las habilidades del joven Redfield de manera pública, a pesar de que era indudable su capacidad para salir de los embrollos triunfante. Era un cazador nato, aunque poco práctico estratega. ¿Cuántas noches había presionado a Chris para quedarse practicando hasta obtener un tiro perfecto y, consecuentemente, ser el miembro con mejor puntería dentro del equipo? ¿Cuántas veces había sido el joven, el último en salir, al tener que limpiar las armas del equipo, castigo por su imprudencia? Se había ganado su odio, a pulso, al igual que su respeto, a pesar de que había evitado cualquier interacción por afición o gusto. Sin que nadie lo notara, Wesker empezó si bien no a apreciarlo, a tener un poco más de consideración y paciencia con él. Joderlo era lo que más le agradaba porque la tenacidad del joven era prácticamente inquebrantable, aunque su temple era sencillo de quebrantar. Fastidiarlo no representaba ningún reto. Si algo había intentado cambiar Wesker de la personalidad del moreno era su falta de tolerancia, su impulsividad dentro de las situaciones de presión, y por supuesto, su estúpido sentimentalismo idealista: no siempre iba a poder salvar a todos a su alrededor, y eso era algo que Chris debía de comprender, así fuera de la forma más dolorosa posible.
Un exceso de imágenes comenzaron a absorberle, y las dejó ser. Podía repasarlas una y otra vez, pero nada iba a cambiar. Era un espectador de su propia vida, como lo somos todos al cerrar los ojos y por la noche, cuando el viento se desliza fuera de la ventana, cuando la luz es nula, y todo se reduce a un par de respiros. Si algo había salido mal, fue gracias a ese idiota Redfield. Habían dejado su cuerpo tirado en una esquina, creyendo que podrían salir de allí y que todos les recibirían como un par de héroes. Claro, el villano estaba muerto, podían volar la mansióm junto con toda la información contenida en ella, y tratar de comenzar de nuevo. De allí había nacido su odio: habían arruinado lo que parecía un plan perfecto. Él podía desaparecer en el anonimato, tomar los datos de Umbrella y trabajar para sí mismo. ¡Pero no, el maldito mocoso Redfield tenía que salir con vida y tomar el papel de mesías! Era ese síndrome de hacerse el héroe, que debió considerar desde un inicio como un grave riesgo, lo que había tirado a la basura meses enteros de su trabajo. Desde entonces, aquella batalla, que al principio fue una lucha de egos dentro del RPD, se convirtió en una guerra imparable alrededor del globo, a través de múltiples naciones que siempre terminaban pagando las consecuencias. Chris había sobrevivido, y quería "enseñarle una lección", pero el hermano de Claire seguía siendo demasiado lento, demasiado sensible y demasiado inepto como para enfrentarlo. Tantos años, persiguiéndose mutuamente, siempre tratando de parar lo imparable.
Debió saber desde un inicio que no era favorable para él y sus planes tener a alguien con las características de un Redfield, cualquiera de los dos, de cerca. Todo su equipo, la unidad especial del RPD, habían significado un absoluto estorbo al final. Iba a matarlos, lo supo desde un principio. Esos rostros jóvenes, incluso Rebecca, iban a desaparecer de la faz de la Tierra. No le causaba problemas, pero era su costumbre mantener cierta distancia con sus víctimas. Y, no obstante, si cualquiera le hubiese preguntado, habría preferido una muerte poco dolorosa para sus subordinados. Nadie nunca preguntó. ¿Por qué tenían que sobrevivir? ¿Qué los mantuvo de pie ante los horrores de ese lugar?
En el instante que reconoció a todas esas criaturas supo que no debía subestimar lo que Umbrella era capaz de construir. Una mansión devora hombres, un infierno del que no se escapaba con vida. Mientras caminaba por los pasillos húmedos y carcomidos de la mansión, apuntando a cualquier objeto que hiciera el mínimo movimiento, con el corazón latiéndole descontrolado, se preguntó cómo sería la muerte. ¿Sería rápido? ¿Dolería en exceso? Recordaba haberse detenido en medio de una sala vacía. Momentos después, se encontró con Jill en el pasillo y trató de calmar el horror pintado en sus rostros con tácticas y estadísticas. Le dio indicaciones de qué camino seguir, aunque fuera inútil, y a pesar de eso, encontrarle había apartado de su mente el único temor que conocía: el miedo a morir.
Él mismo había entrenado a la mayoría de los miembros de ambos equipos, y terminar con ellos no fue una tarea fácil. Fueron sujetos de prueba; los primeros en dar frente a armas tan letales. Cayeron uno tras otro, pero ninguno trató de salir de la mansión; nadie quiso dar marcha atrás cual cobarde.
Cuando el equipo Bravo desapareció, rememoró, sus manos habían temblado al colgar el teléfono por un segundo, quizá sólo un pequeño espasmo producto del cansancio muscular. La orden estaba dada: todos tendrían que presentarse a confrontar su destino. El escuadrón especial del departamento de policía de Raccoon City habría desaparecido al terminar la noche, y él mismo enfrentaría a la muerte cara a cara, para después volver como si sólo se tratara de un mal sueño.
El café de Jill por la mañana, los entrenamientos de campo, las tardes en el campo de tiro con Chris, ver a Rebecca moverse como un ratoncito nervioso, escondiéndose de él por las esquinas de la estación; todas esas cosas, que en su tiempo habían sido tan alegremente comunes, eran los únicos recuerdos restantes de aquellos años. La última vez que vio la estación de policía, para su fortuna en solitario, tomó un par de fotografías, su Samurai Edge recién lustrada, y los sepultó muy por debajo de su escritorio, donde nadie pudiera encontrarlos. No se permitiría de nuevo pensar que había vivido buenos momentos mientras era capitán.
Era un hombre esencialmente solitario. No gustaba de la compañía, y siempre miraba las cosas de manera objetiva. Era tan racional que incluso había reacciones humanas de las que estaba dejando de entender su naturaleza. Sin embargo, había acontecimientos puntuales que aún provocaban algo en su pecho. Lo hacían sentir incómodo, e incluso inundaban su boca con un desagradable sabor.
Una expresión de dolor que no pudo evitar. La incertidumbre era una fiel compañera mientras aquella criatura lo elevaba con esa garra tan poderosa, pero desagradable a la vista. El laboratorio se sentía cada vez más frío, como si fuera una sombra avanzando a través de las paredes.
— ¡Oh, Dios mío! —. Recordaba esas palabras, siseadas con horror por una voz que siempre había considerado enfadosa, pero que ahora que se encontraba a manos de la criatura le pareció dulce.
— ¡Wesker! —. Siempre mencionaba su apellido con el mismo tono. No fue reproche ni molestia, ni siquiera odio como habría esperado, sino un pánico absoluto.
Sabía que esa expresión había sido producto del momento: pronto se lamentaría de preocuparse por su dolorosa condición; pronto sería el más profundo resentimiento, repudio al recordar su nombre. Se permitió una sonrisa. Afortunadamente estaría muerta en unos minutos. Ella y todos. Joder, la enorme herida, sí que le dolía. Ojalá hubiera podido gritar, pero su cuerpo estaba en un shock definitivo, mientras sus células cerebrales iban apagándose lentamente por la ausencia de oxígeno circulando, su corazón latiendo cada vez más despacio hasta parecer más un espasmo debido a la pérdida de células sanguíneas.
El suelo de metal había terminado por regresarlo a la realidad. Creía estar siendo víctima de alguna alucinación; continuaba respirando, a pesar de la enorme fisura en su tórax. Escuchó los pasos del Tyrant acercándose a la joven de ojos azules, quien se hallaba un par de metros detrás. A él le temblaban los labios. Valentine era ágil, pero jamás vencería a la última forma de vida, a la evolución.
Tyrant.
No habría elegido una muerte así para nadie, y de existir otra opción, no habría dudado en elegirla. El letargo estaba absorbiéndolo, pero sus sentidos le permitieron percibir a a Jill acercándosele, esquivando las hábiles garras del B.O.W T-002, y plantándose frente a él, como evitando que la bestia terminara su trabajo.
¿De qué se trataba todo eso? ¿Qué acaso la chiquilla era suicida?
— ¡Chris! ¡Necesito ayuda! —. La atención de la enorme bestia se desvió a la puerta. El chico apareció con la magnum en mano, seguramente atraído por el escándalo. Siempre ese idiota de Redfield. ¿No podían dejarlo siquiera morir en paz?
Lo último que sintió fueron las manos de Jill sobre su abdomen, en sus estúpidos intentos para evitar que se desangrara, sin saber que aquello era un teatro, una farsa, y que pronto, tanto ella como Chris, estarían igualmente sentenciados.
Nunca sería capaz de entender por qué aún después de enterarse de su traición, Jill trató de proteger su cuerpo moribundo de un engendro que él mismo admiraba como una forma de vida de la siguiente era. Al despertar en lo único que pensaba era en todo el poder adquirido; a partir de ese momento ni siquiera Umbrella se atrevería a interponerse en su camino.
Claro, después esos dos habían salido con su mal chiste de escapar enteros de la mansión. Hizo la peor y única rabieta que recordar de aquellos años. ¿Cómo había sido posible? ¿Cómo lograron derrotar al Tyrant y escapar a placer? Iban a pagar. Poco después se enteró del viaje de Chris por toda Europa y la hazaña de Jill Valentine al destruir a Némesis para después escapar de la bomba nuclear que destruyó cada una de las calles y edificios de Raccoon City. Morirían dolorosamente y eso les enseñaría a no ser un par de entrometidos. Porque, claro, como para todo héroe, la fama nunca es suficiente. Tenían que perseguirlo, derrotarlo, encarcelarle y derribar la máscara de Umbrella de una buena vez. Actuaban como si todo fuera tan sencillo. Aunque tenía que admitir, que aunque imposible, si existían personas capaces de matarlo, eran ese par de inútiles.
Habría preferido que murieran. Claire incluida. En el fondo, muy adentro, sabía que volver a encararlos daba paso a los sentimentalismos, los insignificantes reproches, las decepciones manifiestas.
Volvió a Claire y a la escena de nostalgia que él mismo había edificado. Justo cuando creía haber dejado todo eso atrás... llegaba esa niña pelirroja, como aquellos días en los que esperaba de pie a fuera de la estación de policía y él la observaba a la distancia mientras subía a la patrulla. Vino a complicarlo todo; a provocar en él debilidad. No entendía las razones de Claire para continuar pensando que su posición de capitán había sido significativa en algún momento de su vida. A lo mucho que podía aspirar todo aquello era a memorias distantes. ¿Por qué temía por él e incluso parecía esperarlo a cada momento? ¿Qué era lo que mantenía viva esa ciega fe en su persona?
No lo comprendía y le molestaba bastante ya que, a veces, cuando su mente no estaba ocupada en nada más, sus pensamientos volvían a ella. A sus ojos azul-verdoso, mirándolo como si tratara de memorizar sus rasgos; al tacto de sus manos, a sus roces cuidadosos y discretos; a los cortos momentos de intimidad que habían compartido.
¿Qué estaría pasando por la cabeza de la chiquilla? ¿De verdad podría importarle tanto la presencia o ausencia de él, un asesino en masas? Se llevó una mano a la frente. ¿En qué cosas estaba pensando? Mejor debería estar abajo en su laboratorio, preparando las muestras para salir muy temprano por la mañana. Sin embargo, no se decidía a levantarse de allí y privarse de esa noche de luna llena entre la medianoche.
Claire estaba confundida, por no decir aterrada, de la situación. Jamás había temido tanto esos ojos rojos calculadores que ahora se notaban perfectamente por detrás de las gafas. Estaban castañeándole los dientes. Wesker se hecho hacía atrás, recargando la espalda contra el sillón.
—Vaya a dormir… —siseó finalmente esa voz arenosa.
La chica titubeo, y le dedicó una mirada dura. El tirano había dejado de ser un fantasma para convertirse en presencia vívida y palpable dentro de la habitación.
Claire dejó la copa en la mesa, dispuesta a guardar silencio.
—Buenas noches, Wesker —le deseó ella, sorprendida de sí misma por acatar la petición sin chistar. Tal vez, pensó, era porque cualquiera merece un tiempo a solas. Wesker lo estaba la mayor parte del tiempo. Quizá porque habían sido suficientes golpes por un día y estaba en sus planes dejar a su cuerpo descansar del castigo.
—Buenas noches, Redfield —contestó el mayor sin girar a mirarla.
¿En qué habría estado pensando mientras ella estaba sentada del otro lado de la sala? No se atrevía a hacer suposiciones, y extrañamente, no quería saberlo.
Escuchó pasos repetidamente en la sala. No es que estuvieran golpeando el suelo con las botas, es sólo que en el silencio absoluto es difícil ignorar el mínimo sonido. Estaba confundida. No parecía ser el escándalo de una sola persona. Se levantó de la cama. Los pinos daban la sombra directo a la ventana, dibujando manchas sin forma. Esos taconeos sobre el suelo de madera eran una clara señal de compañía dentro de la mansión.
Claire bajó las escaleras. Esperaba que no fuera su imaginación: padecer de esquizofrenia sería la cereza de su muy jodido pastel. Se arrepintió ya al encontrarse en la planta inferior. Llevaba su pijama, una camisa de seda rosa palo y su pantalón ligero. No era la forma de presentarse ante unos completos desconocidos.
Por un momento creyó que la suerte le sonreía. Al iniciar su exploración a través de la estancia, se topó con sillones vacíos, una noche tranquila, y todo en calma, como cualquier persona que no fuera Claire hubiese esperado.
— ¿Tienen idea de quien pudo haber planeado el ataque?
Esa voz, santo cielo, no estaba loca.
"¿Y ahora que hago? ¿Y ahora que hago?, vamos, Claire, piensa".
El rubio venía hecho un mar de rabia, vestido con sus ropas negras de piel, preparado para algún inesperado encuentro. Claire lo vio entrar acompañado de otros cuatro sujetos, quienes venían pisándole los talones. Wesker estaba acomodándose la escopeta en la espalda mientras elegantemente se reajustaba el abrigo. Escuchaba con atención, casi absorbente, a los demás soldados de alto rango.
—Estamos seguros de que fueron los culpables del altercado en la "Reina Roja". Ellos pertenecen a los últimos vestigios del ejército especial. Están diseñados para defender los restos de Umbrella a toda costa.
— ¿Qué es lo que quieren esta vez, entonces?
—Lo mismo que usted requiere, señor.
—Las primeras muestras y los sueros.
—Lo único que no podemos explicarnos es la nota que involucra a una chica... con usted, señor —. Wesker cayó enseguida en la cuenta de la procedencia de dicho texto. El rubio miró a su subordinado con los ojos inundados de furia. El uniformado tragó saliva, como si de pronto sus propias palabras le hubieran quemado la garganta. Todos detuvieron su paso, lo que Claire agradeció con un suspiro de alivio. De alguna forma, Wesker estaba tan centrado en su propia molestia que había pasado de largo en su guardia, a pesar de lo desallorado de sus sentidos.
—Quiero ver la nota. ¿Puedo saber porque no lo habían mencionado con anterioridad? —. Un pedazo de papel, doblado por la mitad, un poco arrugado, que decía: "Espero que se esté divirtiendo con la joven Redfield en este momento. Después de todo, será la última persona que sepa que sigues vivo. Muchos mercenarios se encuentran ansiosos por dar con lo que queda de las investigaciones del querido Spencer y las que curiosamente han caído en tu poder. Yo estoy interesado en un pez mucho más grande, jefe. Supongo que la chica sería una buena recompensa".
"Krauser", pensó Albert con rencor mientras arrojaba el papel a un lado.
¿Qué otro idiota trataría de intimidarlo con una estúpida nota? ¿Querría a Redfield más que a cualquier cantidad de dinero que pudieran ofrecer por su propia cabeza? Ese sujeto estaba realmente enfermo. Lo conocía desde hace mucho tiempo y, aunque sus habilidades habían sido de gran utilidad en muchas ocasiones, había ido perdiendo su sanidad, su visión de la realidad. Wesker podía darse una idea de sus intenciones con Claire, y claro estaba también el papel del tal Kennedy en su miserable plan. Tal vez la conservaría como su esclava para… violarle a antojo, y después mandar sus trozos mutilados al siempre importuno agente secreto del gobierno, quien parecía tener intenciones más allá de la amistad con la joven pelirroja. Por algún motivo, quiso mofarse de eso, pues la joven jamás había demostrado la mínima intención o ganas de notar el interés de Kennedy. Su vía de pensamiento volvió al militar traicionero. ¡Cómo iba disfrutar torturar al maldito! Iba a gozarlo tanto; destruir a ese engreído con sus propias manos. El tipo sufriría tanto que incluso le pediría perdón a una simple mortal como Claire, y se arrastraría sobre sus rodillas, rogando porque terminar con él de una vez por todas.
¿En qué estaba pensando? ¿Realmente le importaba tanto que hubiera maltratado a Claire? Por supuesto que no. Se trataba de su ego. Nadie destruía parte de su propiedad y escapaba tan fácilmente. Justo estaba por llegar a la parte interesante de su mortal molestia, de sus amenazas, cuando adivinó una presencia intrusa entre la absoluta oscuridad de la media noche, recargada contra el comedor.
Uno de sus soldados alzó su lámpara, deslumbrando a la joven. Sí, lo único que faltaba, que la pillaran en su intento de misión espía.
Los demás uniformados abrieron los ojos con sincera sorpresa; no recordaban haber visto a alguna mujer, y sobretodo a una tan hermosa, viviendo en aquella residencia. No era para extrañarse que todos se miraran confundidos: la belleza de Claire saltaba a la vista aquella noche. De hecho, era una de las pocas mujeres en varios kilómetros a la redonda. Su cuerpo, incluidas sus torneadas piernas, apretaba dentro del pantalón de seda, y su busto, por debajo de la blusa ligera, estaba cubierto apenas por unos cuantos mechones de cabello color lava.
Wesker giró a ver sus subordinados con claro fastidio, indignado por su poca capacidad de controlar sus instintos a pesar de que él mismo había desconocido a la joven mujer que, por el tono crema de su piel, parecía una estatua de mármol. Incluso él hubiese preferido contar un poco más de tiempo para observarla dentro de esa vestimenta. A pocas mujeres había contemplado con tan sencilla belleza: sin maquillaje ni prendas lujosas. Tan simple como sus ojos verde mar y su cuerpo expuesto casi al natural.
Al percatarse de su prolongada pausa, el rubio hizo una señal de retirada a los demás hombres, quienes obedecieron enseguida, enfundando las armas con las que habían apuntado a Claire, víctimas de su entrenamiento. Era para lo único que vivían, después de todo.
El ex—capitán se acercó a Claire con intenciones de tomarle del brazo, el único que estaba libre: el otro lo llevaba vendado y colgado a un lado, inmóvil. La llevó, literalmente, arrastrando, a su estudio. Imaginó a Krauser poniendo sus inmundas piernas encima de ella, despojándole de su ropa, como sólo un cobarde lo haría. ¿Por qué su cuerpo estaba temblando de rabia con la imagen de lo que no estaba ocurriendo? ¿Por qué de pronto su conducta se tornaba tan irracional, falto de su acostumbrado análisis crítico?
¡Estaba harta de que el mayor la tomara como una muñeca de trapo todo el tiempo!
— ¿Podrías dejar de sujetarme de esa manera? —vociferó la joven pelirroja tratando de librar su extremidad oprimida. Colocó hacia atrás su torso, intentando oponerse, en vista de lo insuficiente de su primer maniobra.
—Sí dejara de jugar a la niña exploradora podría cumplir su petición, pero en vista de sus interrupciones tan poco oportunas...
Wesker le lanzó en contra del diván. Claire cayó en tan buena posición que no se hizo daño alguno.
— ¿Cuál es tu problema? —cuestionó la joven mirando a Wesker tomar la llave de la habitación.
— ¿Se atreve a preguntarlo, niña malcriada? ¡No entiendo la razón de la pregunta si usted es toda una experta en saber cualquier cosa que se le antoje!
— ¡Joder, dijiste que no había ningún problema si bajaba a la sala! —se defendió la pelirroja poniéndose de pie.
Había algo muy extraño en todo aquello, y no le gustaba el rumbo que la conversación estaba tomando.
—Hace horas que debió estar en la cama —respondió él con ese tono venenoso deslizándose por su garganta.
Era tan rezongona, seguía argumentando, aferrándose a su propia razón, sin ver más allá. Quizá era sólo porque estaba harta de intentar ver más allá del excapitán, y solo toparse con murallas, sombras, trucos y desesperanza.
La luna se asomaba a través del cristal recién colocado encima de sus cabezas, justo donde la biblioteca que daba con el estudio. Claire deseó más que nunca una cámara, no sólo para grabar a Wesker hacer el berrinche con menos sentido de su vida, sino para capturar a esa hermosa luz plateada, fugándose y dejando huella sobre la alfombra, como si la luna colocara los pies sobre la tierra.
Wesker se acercó con la mirada lava, tratando de intimidar a Redfield para que cerrara la boca de una buena vez, pero claro, la joven muchacha no cayó en la trampa ni por un segundo. Si tan sólo supiera. Si Claire se imaginara, que dentro, muy por el fondo de las palabras del mayor, había ciertas dudas —¿quizá preocupación?— por un futuro que no se hallaba en sus manos, el de una chica testaruda que todo lo que buscaba era demostrar que podía hacer todo sin ayuda y que había terminado de madurar.
—No saldrá de esta habitación hasta que yo regrese —. La orden no dejó cabo suelto: un mandato absoluto.
Lo último que pensó, antes de verlo salir de la habitación, y cerrar las puertas con llave, fue: "Chris hará que pagues…", al tiempo que se arrepentía cada vez más de todas esas pequeñas debilidades que se había permitido mostrar ya que, no dudaba, pronto encararía las consecuencias.
Sabía que Wesker había llegado a la mansión bien entrada la madrugada. Lo supo porque en la parte superior del estudio, que daba a su habitación, resonaba con pasos entrecortados. No había esperado más, pero dejarle encerrada había sido una terrible descortesía, y ahora que había llegado, la chica no hacía más que preguntarse en qué condiciones.
La noche era fría y sus ropas ligeras no eran de ninguna ayuda. Debía decidirse a subir pronto para no caer enferma.
¿Por qué se habría retirado tan molesto? Días podían estar charlando como dos personas lo harían usualmente, y en otros momentos se transformaba en un hombre autoritario, furioso, incontrolable. Eran cambios radicales. Un hombre que fue absorbido por la ambición, el ansia de poder, por un virus que se le estaba saliendo de las manos y lo sabía. Ella lo infería de sus pasos, de la forma que sus poderes podrían hacerle perder la visión de quién era, convirtiéndolo prácticamente en un animal. Claire sintió una extraña tristeza llenar su pecho, un latido doloroso que le dictaba que jamás volvería a aquellos tiempos en que había sido feliz, cuando la vida era tan simple y dichosa como ir a la escuela y divertirse con los amigos.
Escuchó el golpe de un traste contra la madera.
Albert Wesker recordaba muy poco de la noche. Personas muriendo; balas; sistemas fallando; los lengua larga recorriendo el suelo con sus garras muy afiladas, con ese sonido de muerte y el olor a sangre, intensificado por su arrastre amenazante. Recordaba dar pasos, romper sus cráneos en dos partes a talonazos con descomunal fuerza, partir torsos con el abrir y cerrar de sus brazos. Le dolía la cabeza horrores.
Entró a su baño y abrió uno de los cajones del tocador. Tomó un suero y sin cuidado lo clavó en su brazo. Enseguida sintió el efecto calmante del líquido circulando por sus venas; una especie de neutralizante que evitaba que el virus carcomiera las paredes de sus arterias y consumiera por completo a su portador, en cuerpo y alma. Levantó su mirada al espejo. Su cuerpo entero estaba empapado de sangre. Su rostro, su cabello, sus ropas negras. Se preguntó a quién habría masacrado de semejante manera. Retiró la casaca de batalla, la cual cayó el suelo con el sonido de una toalla mojada, dejando una marca en la pared y ese sonido desagradablemente líquido al chocar contra la superficie blanca. Alzó la mirada, de nuevo a su reflejo, pero la mente empezó a jugarle malas pasadas, como siempre que, en soledad, llegan a nosotros los más terribles pensamientos acerca de nuestra propia naturaleza. Vio su imagen en aquel vidrio que tenía el poder de reflejar esa parte herida, lacerada de su alma, y que nunca se había detenido a sanar porque siempre la había considerado inofensiva. Había perdido las gafas durante la operación, pero podía verse portándolas al otro lado del espejo. En esa imagen ilusoria, no tenía el torso desnudo y pintado de sangre ajena; sus pantalones no eran negros, de piel; sus ojos no eran rojos, sino azules otra vez. Estaba confundido, sí, eso debía de ser. Enfrente de él, su propio retrato, portando el chaleco que representaba a la máxima autoridad del Departamento de Policía de Raccoon. Perfecto en los detalles como el intercomunicador colocado en su costado derecho, y su escopeta colgada en la espalda, oportuna para cualquier situación. Si el destino le hubiese presentado tal cargo en otra situación… quizá, y sólo quizá, ahora que era incapaz de murmurar palabra, habría aceptado dicha tarea. Habría aceptado su figura de autoridad, siempre dispuesto a formar a cada uno de sus integrantes, de manera rígida, pero perfecta, como la mayoría de cosas que hacía.
Una punzada intensa se instaló en la parte inferior de su nuca y lo único que pudo hacer para capear la temporal fue apoyarse contra la pared con un ligero gemido. La sangre empezó a correr de su nariz con un abundante flujo. Abrió la llave y dejó aquel líquido vital fluir libremente, hasta que, producto de la enzima que controlaba el suelo, logró detener la hemorragia. Se apoyó con ambas manos contra el lavabo, tirándose agua sobre el rostro. La presión en sus sienes era insoportable. No podía creer que el virus estuviera teniendo efectos tan fuertes sobre él. Entre mayor uso hacía de sus habilidades sobrehumanas, mayor era su consumo de energía, propiciando así la multiplicación del virus dentro de sus células sanguíneas, haciéndolo más inestable, con un aumento alarmante de los efectos sobre su portador. Tendría que ajustar las ampolletas que inyectaba dentro de la artería principal de su brazo; hacerla más potente para que el virus no empezara a ganar una extensión de terreno preocupante.
Se llevó la mano al hombro, sus pulmones reduciendo ese vaivén acelerado de los últimos minutos. Titubeante, alzó de nuevo la vista al espejo. Seguía siendo la misma imagen: la insignia S.T.A.R.S en su pecho, colocada oportunamente en una de las bolsas de su chaleco negro. Traía las mangas de la camisa azul marino arremangada por encima de los codos. ¿De que había servido todos esos años al servicio de Umbrella, si al final todo acabó entre cenizas, como otro fracaso, producto de descuidos, de corrupción, de traiciones, de lo que parecía ser la corporación perfecta?
— ¡Ya basta! —gritó, como a quien torturan y no puede hacer nada para detener tal dolor.
Tomó fuerza y estrello su puño contra su propio reflejo haciéndolo añicos, dejando a sus nudillos sangrar contra los finos pedazos triangulares de vidrio, dejando laceraciones pequeñas, mientras el mueble se desbarataba poco a poco.
¿Por qué creer que cualquiera puede realizar tales actos criminales, como él a lo largo de esa década, sin pagar alguna consecuencia, por pequeña que se tratase? De pronto la imagen de cierta pelirroja colocando una toalla sobre su frente apareció en su mente. ¿Por qué tan sólo decía odiarlo? Aquel día, cuando habían tratado de asesinarlo, ella podría haber clavado la estocada final. Cualquier dosis del suero que ella ya conocía habría desequilibrado su sistema al grado de apagar sus funciones vitales. ¿Por qué, entonces, si ella lo consideraba el demonio, la muerte en persona, la destrucción de toda una civilización, no se había atrevido a terminar el trabajo de los mercenarios? ¿Por qué intentar ayudarlo, por qué pasar la noche a su lado, aun sabiendo que eso no cambiaría en absoluto su trato hacia ella? Su voz objetiva tomó el poder esta vez y le dijo que se trataba de un acto desinteresado, de real aprecio a lo que significaba su presencia; que ella prefería verlo, que ignorar que existía. Ella prefería el dolor, que el olvido. Quizá estaba empezando a ver cosas en él que nadie más se había atrevido a encontrar.
— ¿Wesker? ¡Sé que estás ahí, he escuchado tus pasos, abre la puerta, vale! ¡Enfréntame, maldito, acabemos con todo de una buena vez!
"¡Largo Redfield! Aléjate de una buena vez, joder. No quieres estar cerca, mocosa estúpida, te lo estoy advirtiendo, maldición. ¡Vas a terminar muerta y lo sabes, como todos los demás! No lo pongas sencillo para mí. No lo hagas".
Lo pensó pero de su voz no salió ninguna palabra. Ni una sola. Pasó su mano a través de la rubia caballera, que seguramente luciría rojiza a la luz por la sangre bajo la cual se había bañado la noche. Aún sentía las balas insertándose en su piel, heridas que bien serían mortales para cualquiera, de no ser por su resistencia y pronta recuperación. No deseaba siquiera ver a la mocosa esa… y no quería que ella le atrapara en ese estado tan lamentable porque comenzaría a hacer preguntas que en ese momento se sentía incapaz de responder.
Claire estaba del otro lado, abrazándose los brazos con las palmas, que eran la única parte de su cuerpo que aún conservaban un poco de calor porque había estado soplándoles aire caliente para que sus dedos no se le acabaran de poner morados. Está vez sí que se había pasado de cabrón, sin siquiera aventarle una manta con semejante clima. Cada vez odiaba un poco más ese sitio. Reflexionó si su plan era matarla por congelamiento, lo cual descartó por su simpleza; uno de los calificativos menos compatibles con Wesker.
— ¡Wesker, joder, deja de comportarte como un niñato que inventa sus reglas para torturarme! ¡Siéntete con la libertad de hacerlo sin justificarte, pero no me dejes aquí como si fueras incapaz de escuchar!
Por un momento deseo ser sordo, tal y como ella lo planteaba. Los gritos de Claire sólo aumentaban las molestias dentro de su cabeza. Antes de que se decidiera a callarla con malas palabras, se empezaron a escuchar un número mayor de gritos que clamaban por su presencia. Venían de un poco más lejos, probablemente del patio. Claire, quien hasta entonces estaba contra la puerta con deseos de empezar a patearla y tirarse al suelo en rabieta, paró su escándalo para poner atención en aquellas destrozadoras llamadas de auxilio.
— ¡Capitán! ¡Capitán! —. Eran las voces de varios hombres, que provenían de la entrada a la residencia. No había frialdad, sino la más pura desesperación —¡Maldición, ¿qué está pasando?!
Wesker tomó su arma, la que había descartado descuidadamente encima del buro recién adquirido, y con más seguridad de la que siempre le había caracterizado abrió la puerta, sin preocuparse por tener que soportar los reproches de una chica desequilibrada. Empujó a Claire con el puro cuerpo, dejándole tirada sobre la alfombra.
La chica no esperaba tal reacción. De hecho dudaba que la puerta fuera a abrirse en toda la noche.
— ¡Abra la puerta, capitán, por piedad!
Claire se levantó y se dirigió a la entrada por la que había desaparecido el capitán. Ya tendría tiempo de levantar los pedazos de su dignidad más tarde.
El rubio iba semi-desnudo, como alma que lleva el diablo, y abrió sin tomar en cuenta la aterradora imagen que podría haber presenciado a través de la mirilla. Un hombre había sido estrellado contra el concreto por un enorme tentáculo de una textura desconocida; una sustancia ni líquida ni sólida, de horripilante olor, que resbalaba de dicho tentáculo.
El cuerpo del mayor fue recibido por el frío de la nevada y la impresión de ver a uno de sus soldados, o lo que quedaba de él, hecho trizas, regado por el suelo, bañando así la inocente nieve de color muerte.
La joven pelirroja siguió al excapitán hasta la entrada, donde el escándalo había aumentado considerablemente. Wesker ya estaba a unos pasos de aquel hombre que estaba de rodillas, en medio del jardín, pisando los límites de la salida de la mansión, en donde el bosque de coníferas daba paso a la eterna oscuridad. La joven podía escuchar los gritos de agonía del militar que se trataba de sostener el cuerpo entero, a pesar de que un poco más atrás se hallaban su servicio de seguridad, disparando de manera incansable a aquel soldado que parecía víctima de convulsiones, y de quien había brotado aquella mutación de dimensiones descomunales desde su columna vertebral. Esos gritos que revivieron viejos escalofríos en la anatomía de Claire; heridas profundas que no sanaban con facilidad y que a la fecha parecían incapaces de cerrarse.
Ella se acercó a la salida de la mansión. En la parte izquierda, un manchón de sangre, pared en la que el cuerpo de aquel otro subordinado había terminado por convertirse en un montón de carne sin forma, a excepción de su rostro, que estaba girado, y todavía parecía conservar esa expresión de horror. Estaba de nuevo dentro de aquella pesadilla, con grandes diferencias; había perdido mucha de su fuerza, al pasar el tiempo, al dejar que tantas decepciones debilitaran su voluntad; al dejar que la amargura robara mucha de su vitalidad de niña.
Aquel hombre infectado comenzó a dar alaridos más y más fuertes, causando que hasta Claire se cubriera los oídos, indispuesta a escuchar un segundo más aquella triste sinfonía; entre la noche, bañada de luna, el viento soplando cada vez más fuerte, con su piel batiéndose de un olor a destrucción del que ya no deseaba impregnarse.
Los miembros del militar comenzaron a modificar su forma mientras enormes bolas de una materia desconocida atravesaban su piel: tiras de carne aumentaron de tamaño, abrazándolo, llenando de laceraciones; sus órganos internos se transformaron en membranas externas y vulnerables; sus huesos, en garras que se derivaban de un brazo descomunal que destrozaría cualquier estructura en cuestión de segundos.
Claire encontró el arma del soldado que había muerto en desgracia y, por primera vez en semanas, cortó cartucho. Intentó bajar la escalerilla que separaba el portón de la casa, con el patio cubierto por nieve, pero tropezó torpemente, entre agotamiento y confusión.
Wesker se acercó al hombre mutado, mientras al fondo se escuchó otro bramido: — ¡Joder, ¿qué clase de criatura es esa?!
De pronto, como si de un flash de luz se tratase, el capitán recordó a la chica, quien tenía la costumbre de estar en el lugar equivocado todo el tiempo; la vio, muy por detrás de su espalda. Wesker tuvo que rodear a la criatura para alejarle de sus aposentos. Entre más cerca impactaran las balas de sus cuerpos de seguridad, mayor sería el daño, aunque éstas empezaban a parecer un soplo de aire en contra de semejante abominación. Por primera vez en todos esos años, deseó que la chica conservara todas esas habilidades que le habían caracterizado en su juventud; no obstante, fue un deseo demasiado elevado. Segundos más tarde, vio a la pelirroja caer de rodillas contra la nieve, no producto de su torpeza natural, sino del cansancio que llevaba a cuestas desde su primer encuentro con Krauser.
El antiguo capitán se acercó a aquella bestia que estaba produciendo espantosos sonidos guturales. Estaba fuera de control, moviendo su gigantesca garra a cualquier criatura que demostrara estar dotado de vida. El mayor apretó su arma, esquivando un golpe que iba certero a partirlo en dos.
¿Qué nadie en ese sitio podía hacer nada bien? ¿Tenía que hacer todo el trabajo por su cuenta? Miró al antiguo soldado colocar ambos brazos mutantes elevados al aire y correr desbocado con rumbo a la mansión, dispuesto muy probablemente a dejarlos caer encima de la chica quien trastabillaba en su lucha de ponerse en pie. Un sentimiento extraño se le instaló en el pecho.
Debieron inyectarle la misma sustancia que a él días atrás, y la reacción, aunque por obviedad distinta, demostraba que la llamada "Reina Roja", inteligencia artificial encargada de controlar los equipos restantes de Umbrella, así como su infraestructura, estaba siendo manejada por alguien que tenía dominio sobre la misma clase de sepas que él, con gran potencial mutágeno. Conocía las características de sus armas biológicas y no iban a sorprenderle. No dejaría que la presión que estaba causando esa batalla sobre él le hiciera perder la visión de sus objetivos. Quizá sus soldados serían sorprendidos por el poder de algo no más grande que un grano de arena, pero él no. No tendrían suerte si lo hacían enfurecer: estaban entrando a su terreno, después de todo.
Justo estaba a punto de mandar a su seguridad a volar en pedazos aquel engendro cuando nuevos gritos se escucharon por detrás de la barda. Otro militar infectado. Estaba abrazando su rostro y golpeando su cuerpo inútilmente contra las murallas. Al parecer ellos ya tendrían otra ocupación. No tenía la mínima noción de cuántos más de sus agentes estarían infectados. Volvió la atención a su inquilina y al B.O.W que estaba cada vez más próximo a ella.
¿Qué era esa adrenalina que circulaba por sus venas? ¿Ese vacío en el estómago? No lo sabía. Su primer impulso fue disparar. Le dio en la espalda para distraer su atención de la presa que parecía ya definida. Esa chica era suicida, pero no cobarde; quizá por ignorancia acerca de la muerte y sus sensaciones, por eso no huía de ella. Creía haber vivido suficiente infierno para retarla. Lo que no sabía era que, en comparación con él, tenía mucho camino sin conocer. Era una niña a la que habían enseñado a disparar y aferrarse a la vida con uñas y dientes.
La bestia no se detuvo. La mente del capitán, con esa característica fría y objetiva, le dictó que era demasiado tarde, que había sido cuestión de tiempo para que Claire sucumbiera ante sus defectos; que era culpa de ella que aquello estuviera sucediendo. Pero... ¿Iba a permitirlo? ¿De esa forma terminaban años de ese dar y quitar entre ambos? ¿Qué era eso que estaba sintiendo el pecho, una incomodidad desconocida, un dolor pequeño y agudo que provenía de la boca de su estómago?
Claire colocó su brazo herido sobre su hombro y observó con los ojos bien abiertos al que sería su verdugo. Final patético. Por un segundo vio en los ojos de aquella criatura el azul profundo de los de Steve y se tranquilizó, porque tenía la sensación de que lo vería muy pronto, y en esta ocasión no temería decirle lo que en un momento había llegado a sentir por él. Cerró los ojos.
El mayor tirano de todos los tiempos corrió a toda velocidad contra la bestia y le dio un empujón que hizo que se arqueara. Debió romper alguno de sus sistemas internos, porque ésta empezó a tambalearse de lado. Después le dio una patada justo en el costado, donde parecían estar ubicadas sus membranas más sensibles. Cuando ya estaba de rodillas jalando aire desesperadamente, se situó justo detrás de su espalda, con su pistola a mano, y le disparó en el cráneo. Desagradables fluidos comenzaron a brotar de la enorme fisura. El B.O.W pareció enloquecer mientras sus funciones vitales se apagaban. Dio un manotazo hacia todos lados, en un vano intento de resguardarse, pero ya estaba condenado.
Lamentablemente la reacción fue incalculada y le dio a Wesker justo en el pecho. Cayó en la nieve justo de espaldas y no se movió ni un centímetro después de caer. Claire había observado la escena, tratando de resguardarse del furioso mutante. Disparó, confusa, al cuerpo en agonía, evitando así que continuara su destrucción. Se escuchó un último grito animal, mientras se desplomaba contra el helado concreto. Claire se sentó contra las escalerillas de la casa, tratando de recuperar el aliento. Su corazón parecía a punto de explotar. Había estado demasiado cerca está vez. Y una vez más se hacía presente la confusión entre lo que veía y lo que Wesker seguramente había considerado al hacerlo.
Wesker.
Giró a ver a su demonio personal. Estaba tendido sobre la nieve. Claire no podía sentir sus dedos, ni la mitad de su cuerpo, pero le debía el esfuerzo. Se levantó apoyando sus manos en una de las barandillas de la entrada. Después se aproximó con unos tímidos pasos sobre la espesa capa de nieve. ¿Por qué salvarla si ella misma estaba tan cansada de todo eso? ¿Había visto alguna clase de sentimiento en esos ojos rojo o había sido su desesperación por observar un rostro humano mientras sentía su final acercarse?
El mayor no recordaba haber recibido un golpe de tal magnitud. No recordaba haber sido derribado de esa forma en años. Wesker levantó su espalda de la nieve, apoyándose sobre uno de sus codos. Una criatura formidable, pero jamás un enemigo a su altura. Contempló el cuerpo mutante convertirse en una sustancia negra de desagradable olor. Una especie de granizo color petróleo empezó a caer de las nubes oscuras que dificultaban la visión de Claire.
—Wesker…—llamó la joven, aunque era poco probable que la escuchara.
El antiguo capitán se puso en pie, reprochándose su descuido. Había estado demasiado ocupado felicitándose por la facilidad con la que había derrotado a esa criatura que poca atención había prestado a sus garras moviéndose descontroladas. Miró a la muchacha caminar hacia su dirección. Su cabello empezaba a humedecerse. Estaba tan pálida.
Wesker, sin saber el motivo, anduvo los pasos que les separaban.
No podía andar ni un paso más. La pelirroja cayó sobre sus rodillas, justo a la mitad, cerca de un par de arbustos y el cemento sólido. De sólo recordar el rostro horrorizado de los soldados fallecidos sentía deseos de vomitar. Escuchaba gritos, gemidos, golpes. No había nada seguro, ni siquiera su razonamiento, que estaba empezando a fallar. Lo odiaba tanto. Se cubrió el rostro completamente con ambas manos. Sus lágrimas comenzaron a combinarse con el agua de lluvia. Sus ropas, húmedas, empezaron a pegar a una piel que ya casi no sentía.
Wesker se acercó a ella, y tomó asiento. La joven Redfield no lo escuchaba. No estaba allí. Su mente estaba dentro de una celda, una que había elegido personalmente para evitar perder la razón entre sus recuerdos; entre la agonía que había tenido que presenciar por tanto tiempo. Sintió unas manos sobre sus hombros. Lo único que él podía sentir era su piel fría y los temblores de sus extremidades.
El capitán recordó lo que días atrás había sentido al tenerla contra su pecho; lo que por su mente había pasado. Probablemente no era capaz de proporcionarle ningún tipo de seguridad. No era su obligación, y en su papel, era muy complicado, pero era el único ser humano que conocía capaz de olvidar sus prejuicios y combatir por un ideal; y sería capaz de utilizar cada recurso, ya fuera su fuerza o sus sentidos, por mantener con vida ese recuerdo que evitaba lo que en su cuerpo había iniciado ya: perder el control frente a un virus.
Claire se abrazó a él, por primera vez desde aquel encierro, por voluntad propia. ¿Había muerto ya? ¿Estaba realmente allí, con su peor enemigo, tratando de olvidar que su odio era mucho más fuerte que su debilidad? Wesker colocó su brazo detrás de su espalda y despegó las manos de ella, retirándolas de su rostro. Ella se recargó contra él, dejando sus lágrimas correr libremente. No supo como reaccionar. Lo último que podía hacer era intentar recuperar un poco de control. Y la única forma de hacerlo era demostrarle que él seguía allí. Y si bien no era un consuelo, se trataba de un punto de solidez en un mundo que se derrumbaba a trozos. Si deseaban acercarse a ella y provocarle el mínimo daño, enfrentarían un muro imposible, tanto amigos como enemigos. Ni Chris, ni Krauser, ni Leon Kennedy lograrían escalarlo mientras quedara un soplo de aliento en sus pulmones. Estaba ofreciéndole más de sí mismo que a ningún otro ser viviente.
—Dearheart…
El cuerpo de Claire dejó de temblar. Cayó en los brazos del rubio, sin mover ya otro músculo. La mano, que había estado apretando su antebrazo mientras lloraba, cayó contra la nieve. Estaba inconsciente. Ya que las manos de Wesker eran cada vez menos sensibles era incapaz de verificar su pulso con certeza. Sus soldados habían derrotado a la otra criatura y estaban asomados, notando al mayor levantar a la menor Redfield en vilo.
—Señor…—llamó el más valiente de ellos.
—Traigan al médico de su unidad inmediatamente —. La extraña precipitación negruzca que absorbía la noche arreció su intensidad.
— ¿Qué fue lo que sucedió, capitán?
— ¡Ya basta, malditos inútiles! ¡No quiero volver a escuchar su insolente voz! Ahora, si no quieren terminar con el mismo destino que sus compañeros les sugiero que hagan lo que he mandado en este mismo instante. Si le ha ocurrido algo van a pagar muy caro su incompetencia —amenazó el general de sus propias fuerzas armadas con sus ojos iluminados por la ira absoluta —. Espero y tengan una muy buena explicación para su falta de criterio. Cuando vuelva quiero tener la localización de Krauser, y un helicóptero listo a mi señal.
El respirar de Claire era muy débil.
Fecha de última revisión ortográfica: 3 de julio de 2019
[A quien encuentre una falta ortográfica le debo un helado]
¡Queridos lectores! Ha iniciado el segundo parcial, y estoy muerta. Pronto tendré el examen de la Universidad y he tenido un montón de dudas y asuntos que atender. En pocas letras, lamento el retraso. Espero esta larga actualización compense mi falta de atención. Sé que les dije que incluiría a Chris Redfield en este capítulo, pero tendrá que esperar al siguiente, se me ocurrió la idea, y no pude evitarlo. No esperen a Wesker tan… nostálgico todo el tiempo. Pero ahora sucumbí a la tentación, y se la debía a Claire.
Muchas gracias, y pronto subiré las respuestas personales a sus mensajes…
Por ahora les dejo el capítulo, para que me muestren sus dudas y comentarios.
Suko, Ginny, anonim, Alex-kuran, Fanny-oh-oh, Ivett, Morgana M, diana Andrea,
Alex-kuran, AndyPain, darknecrox, el capítulo va dedicado a ustedes, por levantarme el ánimo y alentarme a continuar. Espero ver sus comentarios de está entrega.
Sobre Far Away y Whiskey en las rocas es difícil saber, pero yo creo que la próxima semana público el primer capítulo.
Y claro a mi Beta, Polatrix, quien seguramente será la primera en leer la versión final, porque ya le está poniendo F5 a la página.
