Podría decirse que era masoquista. Ella lo creía justo en ese momento, ahí, regodeándose en su dolor, sentada en el piso de su estudio mientras recargaba un brazo y la cabeza en el banquito del piano y observaba el espejo roto al fondo. Había lanzado las zapatillas con tal fuerza que había conseguido que el último espejo estallara en mil pedazos y saltara en distintas direcciones. La razón por la que creía ser masoquista era la música del fondo, una pieza de piano que resonaba en las bocinas. Steve la había encontrado de pura casualidad en Spotify, una pieza de nombre Fryderyk, interpretada por un tal Oskar Schuster. Una melodía triste y melancólica, efímera y bella al mismo tiempo. Claro que la versión que resonaba en las bocinas no era la versión de internet, Steve había grabado su propia versión para Natasha. Ella había insistido para poder llevarse un pedacito de él a sus ensayos.

Ahora la escuchaba para recordarse lo miserable que era.

La nota que Steve había dejado hacía dos noches descansaba en una esquina, hecha bolas. Los últimos dos días esa había sido su rutina, hacer bola el papel y lanzarlo lejos, maldecir por lo bajo, maldecirse internamente y contener las ganas de llorar pues sabía que si ella hubiese hablado con Steve y le hubiese dicho todo lo que pasaba, tal vez el no se habría hartado de los secretos. Pero esa era una parte de su vida: los secretos.

Se lo había advertido a Steve desde el principio, ella era un mar de secretos que funcionaban para cubrir unos a otros. Cada secreto que tenía funcionaba para mantener oculta una parte horrible de su vida, para mantener encerrado al monstruo que la Red Room había forjado en ella hasta convertirla en la asesina perfecta. Pero esos mismos secretos que habían mantenido al mundo a salvo de la viuda negra, también habían conseguido que su vida, se volviera miserable, que todo aquello que ella había construido de bello se desmoronara hasta dejar sólo las cenizas de lo que alguna vez fue Natasha.

Soltó un grito desgarrador mientras lanzaba la bocina, esperando apagar el sonido con ese arrebato, pero la música siguió sonando fría y lastimera, se mantuvo al fondo para recordarle lo miserable que siempre había sido.

Steve había funcionado como un analgésico, algo que había mantenido adormecida la realidad, que ella no era ni nunca podría ser realmente feliz.

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9 Balas

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—Suban más el arabesque. —Corrigió Natasha a sus estudiantes. —Mantengan la pierna en posición y el pie apuntado, los dedos también forman parte del pie. —Aquel día la amargura era demasiada, habían pasado ya nueve días desde la partida de Steve y la Red Room parecía haberla dejado en paz al fin. Ella podría dedicarse a dar clases en la academia, a seguir preparando a señoritas para entrar en un mundo cruel, competitivo, de rencores y venganzas viscerales, de un mundo que las destazaría por dentro antes de dejarlas brillar si es que sobrevivían. —Bajo lento, primera, plie y descansen. —Dijo al finalizar la pieza de piano. —Nos vemos mañana, practiquen ese arabesque, les sale espantoso.

Las chicas salieron en silencio de la sala, esta vez no hubo despedidas cariñosas ni besos en las mejillas. Hacía días que habían comprendido que la Alianova que habían conocido meses atrás se había esfumado junto con Sasha, sabían que ya no estaban juntos por chismes de Dima, pero no conocían los detalles, lo único que estaba claro ahora era el hecho de que la profesora les dedicaría miradas frías y palabras cortantes llenas de hastío y desesperación hasta que fuera el día de la presentación, y entonces las dejaría en paz hasta que iniciara el siguiente ciclo.

El salón se quedó vacío y Natasha pudo dedicarse a guardar sus cosas con tranquilidad, ahora que las más pequeñas habían salido de vacaciones no tenía que preocuparse por desalojar el salón para las madres que tomaban clases, se sumió en sus pensamientos sombríos el tiempo suficiente como para no percatarse de que una mujer mayor había entrado a la sala y la observaba detenidamente.

—Natasha. Tenemos tu siguiente misión.

—Terminé con ustedes. —Declaró decidida colgándose al hombro la mochila de gimnasio y encaminándose hasta la puerta sin dedicarle una mirada a la madame.

—No has terminado, Natasha. —Dos hombres entraron a la sala obstruyéndole la puerta. La pelirroja les dedicó una mirada seria antes de girarse y encarar a la madame, quien sonreía sardónica, mostrando los dientes.

—Yo terminé con ustedes, no hay una misión más que quiera completar para la Red Room, ya no tienen con qué atarme o con qué amenazarme. ¿Quieren matarme? Adelante. —Espetó furiosa, lanzando la mochila al piso y extendiendo los brazos en dirección a los hombres que habían entrado a la habitación.

Uno de ellos avanzó hasta Natasha y le entregó una caja.

—Alianova se presentará en Moscú, ya está todo arreglado. El día de mañana pasaremos a recogerla en su apartamento para llevarla al teatro y arreglaremos los permisos en la academia. Tenemos todo cubierto.

—¿Y si me niego? —Escupió amarga, dejando que sus hombros cayeran en un gesto de rendición.

—No te vas a resistir. —Anunció la Madame encaminándose hacia la puerta. —Esto es lo único que aún te hace sentir viva y lo sabes. Hasta mañana, Natasha.

La pelirroja sintió la fuerza abandonar sus rodillas, no quería creerlo, no quería ser el monstruo que la Red Room decía que era. No quería que ellos tuviesen razón, no quería que volver a ser esa doble agente de moral dudosa se convirtiera en su nuevo estilo de vida, y una parte de ella misma aún se estremecía al recordar los disparos perfectos, las víctimas a las que había eliminado en los últimos días, los objetivos con los que había acabado.

No porque nunca hubiese matado, sino porque había disfrutado mucho arrancar la vida a aquellas personas que se oponían a la Red, porque había sentido una satisfacción personal y casi animal en el fondo de su estómago cuando había tirado del gatillo y se había emocionado hasta las carcajadas cuando se había percatado de que sus objetivos habían sido eliminados limpiamente, y aquella emoción sólo había conseguido ir en aumento cuando los noticieros y periódicos habían mostrado a las víctimas, los rostros y fotografías de las quince personas a las que había asesinado desde que habían amenazado a Steve, quince víctimas de asesinato y ocho más, acusados de ser los asesinos y haber cometido suicidio después.

Ella era la autora de todas esas muertes.

Tomó sus cosas y decidió irse a casa.

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Se había terminado una botella de vodka antes de volver a ponerse las puntas y comenzar a entrenar por su cuenta en su estudio personal. Era la última noche que pasaba en ese lugar, la aprovecharía al máximo. En unas horas más debía tomar una decisión. Huir y volverse indetectable de nuevo o esperar a que la extrajeran y la llevasen a Moscú.

Puso por enésima vez Fryderyk en las bocinas y comenzó una danza que ya sabía demasiado bien, entregándose al movimiento unos instantes antes de sentir las fuerzas fallarle en las rodillas, no estaba bien colocada, tenía la cadera floja, tenía las puntas adoloridas. Bajó tallándose los ojos, frustrada por la sensación de fracaso que la había acompañado desde que Steve se había largado. Se dirigió al piano, donde una copa de vino tinto la esperaba, dio un trago largo antes de volver a tomar la nota de despedida y desarrugarla.

La puso sobre la tapa del piano para observarla de nuevo.

Había leído esa nota mil veces, Steve era un obsesivo, ¿Por qué había cometido tantas faltas de ortografía? Si él todo lo hacía perfecto.

Dio un sorbo a la copa. Aquella pregunta la había asaltado mil veces en los últimos nueve días, no tenía sentido que Steve hubiese cometido esos errores garrafales. Golpeó la copa contra el piano tan fuerte que varias gotas saltaron hasta manchar la nota. Nat maldijo por lo bajo mientras levantaba el papel y lo secaba con el dorso de la manga. Suspiró observando la caligrafía de Steve, dándose cuenta de que las faltas de ortografía parecían estar escritas diferente. Toda la nota era extraña por sí sola, las letras de su impecable caligrafía parecían estar jaloneadas, como si hubiese escrito aquello contra su voluntad, podrían haberlo amenazado para que huyera.

No. Steve no se dejaba amenazar. Él no negociaba con terroristas.

¿Entonces?

Nat se percató de que una mancha había quedado justo sobre una de las letras sobrantes, y entonces algo no tuvo sentido para ella.

La rabia había ido pasando de a poco, dejando la desesperanza en su lugar, y después había venido la desilusión. Ya no le quedaba rabia ni rencor para Steve, ni siquiera para ella misma, y esa ausencia de emociones le había permitido hacerse más preguntas en torno a la nota.

Natasha suspiró.

Tomó una pluma roja de su mochila y volvió a recargarse en el piano, poniendo un pie en primera y colocando la otra pierna en tendu para relajarse.

Encerró esa primera letra, una mancha de vino encerrada en tinta roja.

Steve no cometía faltas de ortografía, ¿por qué esa nota estaba llena de errores?

Encerró otra falta, y otra, y otra. Encerró todas las letras sobrantes en círculos, obligándose a sí misma a buscar algo donde estaba segura de que no existía nada más. Y entonces algo hizo clic en su mente tan fuerte que sintió un dolor físico.

Tomó otra hoja y transcribió una a una todas las letras sobrantes.

Teamosequeteamenazaronvuelvoendiezdiaz

Se paró en ambos pies y sintió náuseas. Se llevó la copa a la boca, vaciando el contenido de un trago, como armándose de valor, y en voz baja dijo. —Te amo, sé que te amenazaron, vuelvo en diez días...

Sintió el efecto del vodka mezclado con el vino, sintió el cansancio de las noches que no había dormido, sintió que su cuerpo se relajó al darse cuenta de que Steve no la había abandonado, sonrió como enamorada de nuevo, y se dijo a sí misma que era una tonta por dudar de las promesas de amor que Steve le había dedicado durante meses. Se dijo a sí misma que era una tonta por haber creído que Steve de verdad la había dejado. Se dijo que era una tonta por no preguntarse antes por qué Steve había cometido tantos errores en una nota de despedida cuando le había estado dejando cartas por meses. Cartas de amor, notas de buenos días o buenas noches, notas ocultas en su mochila del ballet para que las encontrara cuando estaba dando clases. Era un romántico empedernido, y había estado dejando cartas durante meses, obvio no iba a cometer un error con esa carta.

—Steve... —Murmuró Natasha sonriente, permitiendo que el mareo la embargara, se deslizó hasta el piso y sonrió apresando la carta contra su pecho, agradeciendo el maldito vino, que se había derramado en el piano. Sonrió levantándose y todo a partir de ahí fue confuso.

Un espejo estalló.

Otro más.

Pedazos de madera del piano brincaron en todas direcciones y luego el sonido abrumador, un ruido estruendoso. Disparos. Estaban disparando a su casa. Natasha corrió hacia la puerta del estudio y apenas tuvo tiempo para lanzarse al piso, una bala le había dado en el costado. La pared del fondo se vio cubierta de balas en un segundo, Natasha tuvo que luchar contra el dolor, que le había regresado un poco de su conciencia, la ayudaba a mantenerse alerta, pero el vino y el vodka nunca se habían llevado bien en su organismo, le costaba mucho trabajo mantener la vista enfocada.

Se arrastró hasta la habitación procurando hacer el menor ruido posible, se metió debajo de la cama, del lado de Steve, de donde sacó un arma. Era curioso, ella se había quedado de su lado los últimos nueve días, acurrucada en su rincón del colchón, guardándole a Steve su lugar, ahora tenía sentido creer que su subconsciente sí había comprendido el mensaje del soldado.

Se levantó con cuidado y apuntó a la puerta, escuchando pasos sigilosos y ordenados dirigirse a todos los rincones de la casa. Tenía la vista nublada y la mirada perdida, no podía enfocarse. Vio a una figura aparecer en la puerta, vestido de negro, todo salvo el casco, que tenía grabado el logotipo de la red room. Natasha sonrió disparando al rostro del agresor y fallando, recibiendo una bala muy cerca de la anterior. Ahogó un grito cayendo sobre la rodilla y vio a su victimario caer de lado. Escuchó golpes, disparos, gemidos ahogados de dolor y más golpes antes de entender que estaban peleando en la sala de su hogar.

Se sostuvo en una rodilla, sintiendo que no le quedaban fuerzas para mantenerse consiente, levantó el rostro viendo una figura enorme aparecer, cubría toda la puerta, estaba perdida. Sintió unos brazos envolverla y levantarla y el perfume natural de Steve inundó sus fosas nasales.

Natasha abrió los ojos dándose cuenta de que la barba de Steve era lo que le hacía cosquillas en la frente. Sonrió y soltó una risa tímida y débil a la par que sus ojos se deshacían en agua. Juntó fuerzas para hablar, pero aunque trató de decir algo más, sólo un gemido leve escapó a sus labios, tratando desesperadamente de sonar como un "Te amo".

—Tenemos que salir de aquí. —Dijo el soldad con voz autoritaria.

Y aunque creyó que le decía a ella, Natasha sintió el corazón dando un vuelco cuando otro hombre respondió. —Definitivamente, cap.

—Rápido, Sam, a