Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.
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9
ALIADOS
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oOo
El cañón se escucha casi de inmediato, dándome la señal para salir de mi escondite y corre hacia Gale, que cae frente a Cato, sujetándose la garganta mientras jadea y respira con mucha dificultad, pero está con vida.
Suspiro con alivio y aprieto los puños para darme calor.
—Viviremos más si nos unimos— le digo, parándome frente a él. Alza la cabeza y me mira, algo desconcertado al principio, pero puedo adivinar que se alegra de verme.
—Supongo que ya lo has demostrado— responde mientras se pone en pie, restregándose el cuello con gesto de dolor— ¿Aliados?
Asiento, y ahí estamos los dos, metidos en uno de esos pactos que no queda más remedio que cumplir si esperas volver a casa y enfrentarte a tu distrito.
—Bien. Pero ya estamos en paz— añade.
No lo entiendo de inmediato, pero no tardo en hacerlo. Él me salvó del fuego, yo lo hice de Cato. No nos debemos nada ahora.
—De acuerdo— respondo, encogiéndome de hombros. Viniendo de él, supongo que es el máximo de tolerancia que puedo conseguir.
—Como sea, el resto no tardará en venir a buscarlo. Debemos irnos.
Asiento una vez más, algo turbada, pues lo imposible ha sucedido: Gale ha aceptado ser mi aliado.
Él recoge su arco y toma la mochila de Cato mientras yo me mantengo a un lado. De pronto caigo en cuenta de lo que hice. Yo, Madge Undersee, la chica que detesta la violencia, la diplomática y políticamente correcta hija del alcalde, acabo de matar a una persona. Una persona horrible, tal vez, pero una persona al fin y al cabo. Una persona a la que le quité la vida.
— ¿Estás bien?— pregunta Gale. No respondo. Suspira— Tuviste que hacerlo. Era él o yo. Salvaste mi vida, Madge— Vuelvo a asentir, sin dejar de mirar el inerte cuerpo de Cato; Gale me toma por el brazo— Vamos.
Intenta llevarme, pero me niego a moverme. Ese chico estuvo a punto de asesinar a Gale, y sé que me hubiera matado a mí también de tener la oportunidad; pero ahora se ve tan sereno e inocente que me niego a odiarlo. No puedo hacerlo.
Quizá tenía familia, amigos; gente esperándolo en casa. Personas que, impotentes, me vieron asesinarlo.
Mis ojos se llenan de lágrimas. No quiero llorar, pero no puedo evitarlo. La culpa me invade.
—Madge…— me llama Gale, pero no hago caso.
Me acerco a Cato y me arrodillo a su lado. Sus ojos están abiertos, así que se los cierro con delicadeza y acomodo su cabello rubio como si lo hiciera con un niño. En mi vida no he tenido muchas oportunidades de demostrar tanto cariño con las personas que amaba, ¿por qué no hacerlo ahora, para alguien que ya no volverá a casa; que nunca volverá a ver a sus seres queridos? Su rostro está amoratado y manchado de sangre, pero aun así parece estar dormido. Tal vez, en otras circunstancias, en otro tiempo, él y yo pudimos ser amigos…
No es justo. Nada de todo esto lo es. Ahora lo entiendo, y comprendo a Gale más que nunca.
—Madge, tenemos que irnos— insiste, tocándome el hombro.
—Lo siento— digo, secando mis ojos.
—No importa… Ven, deben llevarse el cuerpo.
Afirmo con la cabeza, y me dejo llevar por él.
Antes de alejarnos demasiado, y de que el aerodeslizador se llevara el cuerpo, volteo por última vez y lo miro.
—Lo siento…— repito en un susurro antes de seguir avanzando.
oOo
Nos internamos mucho más en el bosque. Gale insiste en buscar agua, pese a que le aseguro que tengo suficiente para ambos, así que le cuento sobre el estanque en el caí ayer. Sin embargo, tenemos que detenernos antes de llegar; su pierna sangra mucho y él cogea demasiado.
—Debemos acampar— digo. Me sorprende que mi voz suene mucho más triste de lo que me siento. Gale me mira.
—No es necesario. Puedo avanzar más.
—No, Gale. Estás herido. Debemos parar.
Veo que quiere discutir, pero se arrepiente a último momento.
—De acuerdo. Busquemos un árbol.
— ¿Árbol? ¿Podrás subir con esa pierna?
—Sí, sí. Preocúpate por conseguir un árbol fuerte— gruñe con fastidio. Me encojo de hombros.
Encuentro un nuevo roble cuyas ramas forman un lecho que se ve bastante resistente. Trepo en el y Gale me sigue, aunque con un notable esfuerzo. Quiero auxiliarlo, pero se niega a recibir mi ayuda, así que me acomodo y comienzo a sacar mis cosas con cuidado mientras él sigue subiendo. Desenrollo mi saco y me sorprende ver que Gale tiene uno también. Supongo que sólo así pudo haber sobrevivido a las frías noches del estadio. Los acomodamos uno junto al otro y juntamos nuestras provisiones.
A mi hogaza de pan, mis manzanas, latas, las galletas saladas y cecinas de res, él aporta carne asada de un animal que no me dice cuál es; unas cuantas galletas y raíces, y tres tiras de cecina. Como yo, tiene dos contenedores de agua, aunque uno está vacío.
—Es un buen botín— dice en un suspiro— Estaba temiendo que desfallecieras de hambre… ¿Escapaste ilesa del baño de sangre?— Asiento, pero me quedo de piedra al oír sus primeras palabras. Él, ¿preocupado por mí? No lo creo posible, pero no digo nada— Podremos darnos un festín hoy. Mañana puedo cazar o poner unas trampas.
—Primero debo revisar tus heridas— digo con calma. Mi voz, de nuevo, suena demasiado fría y triste. Sé que debería olvidarme cuanto antes de todo lo sucedido, pero no es fácil. Pasé de vivir en mi burbuja segura a la realidad más cruda; intuyo que tal vez sea más fácil para Gale, quien ya ha perdido a su padre en un cruel accidente en las minas.
Extiendo mi brazo hacia Gale, indicándole que se acercara; él parece renuente al principio, pero acaba por voltear el rostro con resignación a la vez que se acerca a mí. Noto que tiene una pequeña quemadura en la sien izquierda, su cabello está chamuscado allí. Por eso la sangre en su rostro y cuello.
Examino la quemadura de su cabeza, moviendo el cabello chamuscado con la punta de los dedos.
—No está tan mal… creo.
Gale ríe con suavidad. Eso me extraña, teniendo en cuenta que la situación no es muy cómica.
— ¿Eres médica ahora?
—No, así que yo que tú no confiaría en mi diagnóstico. Podrías estar muerto en cualquier momento…
Otra risa. Estoy tan confundida por aquel cambio de actitud suya. De pronto, parece que hasta le agrado.
—Tu pierna. Noté que cogeabas incluso antes de que Cato te atacara.
— ¿Cato? ¿Ése era su nombre?— Asiento, bajando la mirada. Gale gruñe— No deberías darles un nombre— dice, mirando al cielo— Sino, será más difícil…
— ¿Qué? ¿Asesinarlos?— lo interrumpo. Él se gira para verme a la cara, serio.
—Sí.
Muevo la cabeza.
—Su compañera se llama Clove. El chico del Distrito 1, Marvel; y la chica… no lo sé. Tampoco sé el nombre de la chica del 4— Gale frunce el ceño y yo vuelvo a encogerme de hombros— Te guste o no, son personas, Gale. No dejan de serlo porque estemos aquí. Después de todo, no es culpa de nadie, ¿no?— digo, recordando lo mismo que él había dicho fuera de mi casa el día de la Cosecha.
—No, no lo es.
Se ve molesto de pronto, pero no me dejo intimidar por su actitud y volteó el rostro hacia el árbol vecino. De repente, lo entiendo; sé exactamente a lo que se refiere: darle un nombre a un rostro es involucrarse con su portador, identificar a la otra persona, reconocerla como un igual… He estado tan centrada en mis propios sentimientos que nunca me detuve a pensar que Gale tampoco disfruta tener que estar obligado a matar o morir. Ahora me siento mucho más culpable que antes.
—Lo siento…— murmuro con pena. Gale suspira.
—Deja de decir eso. Es muy molesto. Si vamos a ayudarnos el uno al otro no quiero tener que matarte.
¿Fue eso una broma? No lo sé, pero aun así sonrío.
—A ver, déjame ver tu pierna.
No dice nada, pero mueve su pierna, la que Cato había apuñalado, hasta colocarla frente a mí.
—La herida es bastante profunda— dice. Asiento. La verdad es que no sé nada sobre ningún tipo de heridas— Pero lo que realmente luce mal es el tobillo.
Levanto un poco su pantalón, dándome cuenta de que la pernera estaba quemada y escondía una quemadura aún más horrible que la de mi rostro.
—Oh, Gale— exclamo— ¿Haymitch no te envió nada para tu tobillo?
—No me envió nada de nada— contesta entre dientes— A ti sí, ¿verdad? Veo que tu rostro está curado.
No contesto; sólo busco en mi mochila, saco el botecito con medicina y se lo enseño como respuesta. Prefiero no hablarle del veneno por ahora. Le aplico la pomada en las horribles ampollas y él no puede reprimir un alarido de alivio.
—Es excelente. Debes tener muy buenos patrocinadores— dice; no con rabia, sino con una extraña comprensión.
—Tenemos— lo corrijo— Estoy segura de que Haymitch sabía que te encontraría; o tú a mí.
—Supongo. Aunque no es muy probable. Aplica un poco más, por favor— Lo hago, y Gale se deshace en suspiros de alivio— ¿Sabes? Aún no hemos revisado las provisiones de…
—Cato.
—Sí, como sea.
Gale busca la mochila del chico del Distrito 2 y la revisa. Hay varios cuchillos, tres cabezas de lanza de repuesto, un cambio de chaqueta y pantalones, unas gafas, una linterna, un saquito de cuero, un botiquín de primeros auxilios, una botella llena de agua, varias naranjas, una lata de frutas y otra de leche, y una bolsa de nueces.
— ¡Una bolsa de nueces y frutas!— exclama Gale— De todas las cosas que podría haber cargado, se le ocurre llevarse esto. Es como una señal de extrema arrogancia, ¿no crees? ¡Claro! ¿Por qué molestarse en llevar comida cuando tienes todo un botín en el campamento, cuando matas con tanta rapidez a tus enemigos que puedes estar de vuelta antes de que te de hambre? Que imbécil. Al menos me servirá la ropa.
Yo sólo suspiro sin hacerle caso y tomo el botiquín. Hay unas vendas, una botella de antiséptico, píldoras para reducir la temperatura y medicina para el dolor de estómago, además de un diminuto frasco de morfina; reconozco las medicinas porque mi padre solía recibirlas del Capitolio.
—Esto será de ayuda— digo— Déjame ver tu herida.
Gale obedece. Vuelve a acercar su pierna y rompe su pantalón para darme mayor acceso a la herida del cuchillo de Cato. Sólo suspiro, pensando en lo bueno que es que tenga unos pantalones extra ahora. Lavo el muslo con un poco de agua. Abro el antiséptico y arrojo un poco sobre la cortada. Gale gruñe, pero lo lleva bastante bien; cuando la efervescencia de antiséptico acaba quiero cubrirlo con las vendas, pero descubro que no sé cómo hacerlo.
—Yo lo haré— dice él, comenzando a vendarse la herida solo, lo cual es un gran alivio. Mientras trabaja en eso saco una píldora para la fiebre y se la paso junto a una botella.
—Toma esto. Sólo por si acaso…
Se toma la medicina sin rechistar y sólo después comemos. Yo no tengo demasiada hambre, así que solamente me dedico a masticar un poco de carne seca durante cerca de media hora.
Es extraño estar ahí con Gale. Sé que debería sentirme más tranquila al tener un aliado, pero eso no pasa. He matado a una persona, a otro ser humano. ¿Cómo se supone que debería sentirme? De repente me siento molesta, pero eso no alcanza para aplacar mi tristeza.
El sello del Capitolio brilla sobre nosotros y suena el himno. Sólo la imagen de Cato sale hoy. Contra todo pronóstico, yo, el tributo más débil de todo el estadio, maté al más mortífero y fuerte de todos. Supongo que las apuestas deben estar descontroladas.
—Al menos los Vigilantes estarán satisfechos— dice Gale mientras la música cubre sus palabras. El himno acaba y el cielo vuelve a oscurecerse— Por cierto, esto es tuyo— me alcanza mi dardo, y yo sólo lo observo reposar en su mano, sorprendida— Estaba junto al cadáver del chico del 2. Tal vez lo necesitarás más adelante.
—Gracias— es todo lo que puedo decir. Tomo el dardo y me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta.
—Así que son dardos…
—Sí. Creo que nadie se lo esperaba.
Gale se encoje de hombros.
—Es muy propio de ti. Es el arma más elegante que se me ocurre. Sin horribles heridas ni sangre. Muy sutil y estético.
¿Lo dice en serio o es una broma? No tengo forma de saberlo, porque no le da ninguna clase de entonación a sus palabras.
—Supongo.
— ¿Qué veneno fue el que usaste?
—No lo sé— respondo de inmediato. Y no miento, pero tampoco agrego nada más.
Gale mira la luna y los dos guardamos silencio por un rato.
—Bien… puedes dormir, yo haré la primera guardia— dice.
—No, está bien. He descansado suficiente.
— ¿Segura?— pregunta, desconfiado; es claro que no confía en mí, pero eso no me molesta.
—Sí. Tú lo necesitas más. Y no te preocupes; somos aliados, ¿recuerdas?
Gruñe algo que no alcanzo a entender, pero acaba aceptando. Se acomoda dentro de su saco y no tarda en dormirse.
Yo me mantengo rígida y en la misma posición. Se me ha acabado la adrenalina por completo; el agotamiento mental y el hambre me han debilitado, pero no consigo comer. Aunque aguante toda la noche, ¿qué pasará por la mañana? Me quedo mirando las hojas, intentando obligarme a descansar, aunque sin éxito; mi mente no me lo permite. Oigo ulular a un búho y un débil zumbido llega hasta mí. Muevo la cabeza en busca de lo que sea que haga ese sonido; entonces, de repente, me enderezo, ayudándome con el tronco: un par de ojos me observan desde el árbol vecino. Me asusto y hago el ademán de despertar a Gale, pero me detengo a medio camino. Al principio creo que no son ojos humanos, pero cuando las nubes despejan el cielo la distingo gracias a los rayos de luna. Me observa en silencio desde un hueco entre las ramas. Es Rue.
¿Cuánto tiempo lleva ahí? Probablemente desde que Gale y yo llegamos, inmóvil e invisible mientras acampábamos.
Nos miramos durante un rato y después, sin mover ni una hoja, las manitas de la chica salen al descubierto y apuntan a algo por encima de mi cabeza.
Sigo la dirección de sus dedos; al principio, no tengo ni idea de qué me señala, pero entonces veo una vaga forma unos cinco metros más arriba. ¿Qué es? ¿Alguna clase de animal? No se me ocurre nada, aunque cuelga del fondo de una rama y se balancea ligeramente. Hay algo más; entre los sonidos nocturnos, vuelvo a notar el suave zumbido. Entonces lo entiendo: es un nido de avispas.
Estoy muerta de miedo, pero tengo el sentido común suficiente para quedarme quieta. Al fin y al cabo, no sé de qué tipo de avispas se trata; podrían ser las normales, las de «déjanos tranquilas y te dejaremos tranquila». Sin embargo, estamos en los Juegos del Hambre y lo normal no es encontrarse con algo normal. Lo más probable es que se trate de una de esas mutaciones del Capitolio, las rastrevíspulas.
Sé poco sobre esos insectos, pero los hay por montones en las vallas que rodean al Distrito 12. Cada tanto un agente de la paz es picado, así que mi padre siempre se quejaba por ellas. Nunca las he visto con vida, pero sé que son más grandes que las avispas normales, tienen un inconfundible cuerpo dorado y un aguijón que provoca un bulto del tamaño de una ciruela con solo tocarlo. Casi nadie tolera más de unas cuantas picaduras y algunos mueren al instante. Si vives, las alucinaciones producidas por el veneno han llevado a algunos a la locura; además, estas avispas persiguen a cualquiera que las haya molestado e intentan asesinarlo. De ahí viene el rastreadoras que forma parte de su nombre. Por suerte, nadie ha muerto en casa por sus picaduras, pero todo el mundo las evita con terror.
Escuché que después de la guerra el Capitolio destruyó todos los nidos que rodeaban la ciudad, pero los que estaban cerca de los distritos se quedaron para evitar nuevos levantamientos contra el país. Son otra razón para quedarse dentro de los límites de la alambrada de casa. ¿Es eso lo que tenemos encima? Miro a Rue, en busca de ayuda, pero se ha fundido con el árbol.
Teniendo en cuenta mis circunstancias, supongo que da igual qué clase de avispas sean, ya que Gale está herido y no podremos escapar corriendo si nos atacan.
Estamos atrapados.
—Gale… Gale— susurro, moviéndolo con una mano.
— ¿Hmmm?
— ¡Despierta! Necesito que veas algo…— no estoy segura, pero calculo que él sabrá distinguirlas si las ve.
— ¿Qué pasa, Madge?— dice, restregándose los ojos mientras se apoya en un codo para mirarme— ¿Cuántas horas han pasado?
—No lo sé, pero necesito que veas algo allá arriba…— digo en voz baja, intentando no hacer ningún movimiento brusco mientras señalo hacia el cielo.
Gale suspira y se pasa una mano por la cara. Me doy cuenta de que no cree en mis palabras. Sin embargo, sigue la dirección de mis dedos y alza el mentón.
—Oh, no— susurra.
— ¿Qué?
— ¡Maldición!— de pronto se pone de pie y trepa a una rama más alta.
— ¡Gale, no!— lo llamo, pero no me hace caso.
— ¡Son rastrevíspulas!— grita, bajando del hasta mí tan rápido como puede, cubriéndose la nuca con una mano.
El zumbido en mis oídos se agudiza. Creo que Gale las ha asustado.
— ¿Qué hacemos?
—Debemos bajar. Nos picarán si se sienten amenazadas.
—Pero no puedes avanzar con tu pierna herida.
—Eso no importa. Sólo debemos movernos de árbol. Alejarnos lo más posible del nido.
—Pero…
— ¡Andando!
Empieza a juntar sus cosas. Me sorprende la soltura con la que se mueve; parece que sus heridas ya no le duelen tanto. Yo lo imitó rápidamente. Los zumbidos se oyen cada vez más cercas.
— Maldición… ¡Date prisa!— me ordena.
Enrollo mi saco y meto la comida como puedo en mi mochila. Gale espera a que termine para ayudarme a bajar primero. Me sostengo de una rama y comienzo el descenso.
— ¡Agh!
Alzo la mirada al oír el gemido de dolor de Gale, pero, antes de que pudiera entender qué está pasando, su cuerpo resbala de la rama y él cae de espaldas al suelo.
— ¡Gale!— grito, y, sin pensarlo, bajo los últimos metros de un salto y caigo con todo mi peso sobre mi pierna izquierda— ¡Ah!— el dolor es horrible, pero aun así intento arrastrarme hasta mi compañero— ¡Gale! ¡Gale!
Él no responde, sólo hiperventila y suda mucho mientras se retuerce sobre el suelo.
— ¡Gale!— lo sacudo, pero sigue sin responder, sólo balbucea cosas que no alcanzo a entender. Entonces, señala su nuca y abre y cierra la boca varias veces, repitiendo la misma palabra: «Corre». Miro detrás de su cabeza y veo las enormes picaduras.
Las rastrevíspulas lo han alcanzado.
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Continuará...
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N del A:
Gracias por leer.
Nos vemos pronto!
Ah, y sepan disculpar las faltas de ortografía; las arreglaré a la mayor brevedad posible :)
Su buen vecino,
H.S.
