Capitulo VIX: Penitencia y caridad

No pasó mucho tiempo hasta que el monstruo conocido como Eleanor empezó a hablar. Al parecer, no era capaz de soportar que le arrancaran su naturaleza a pedazos con la fuerza de la luz de Dios. Les contó todo; cuáles eran las palabras que debían ser pronunciadas, qué ingredientes se necesitaban, cómo tenían que dibujar el símbolo,… Y durante todo ese tiempo, Crowley se mantuvo ahí sin hacer nada, con las manos en los bolsillos y pensando en su Padre sabía qué. Que criatura más molesta.
Por suerte, cuando abrieran las Puertas del Purgatorio ya no tendría que verle más. Y por suerte también, aquello estaba cada vez más cerca de ocurrir. Tan solo un par de cosas le separaban de su destino; la sangre de un monstruo, que, gracias a las "artes" de Crowley, ya poseían en abundancia; y la sangre de una virgen, algo que sin duda su aliado podría conseguir fácilmente aunque Cass no quería saber cómo.
Se podía hacer ese mismo día si se daban un poco de prisa
Castiel volvió a prestar atención a la criatura, que seguía recitando su letanía como en un trance. Cuando pensó que ya no añadiría nada más, se preparó para destruirla y acabar con su sufrimiento, pero entonces retomó el tema del ritual para preparar al oficiante y el ángel se detuvo.
La mujer describió las tres pruebas por las que éste debía pasar y, al llegar a la tercera y última, hizo una pequeña pausa y miró a Castiel con lo que parecía una sonrisa en sus ensangrentados labios.
-¿Qué más se necesita? Continúa. –Le apremió él con la mano alzada y los ojos refulgentes.
-Se necesita que el operador sea capaz de unir en su cuerpo los dos Poderes y Reinos; el Cielo y el Infierno. Al menos durante unos minutos.
Castiel dejó escapar un gruñido de frustración y se volvió hacia su aliado aunque en realidad no le estaba viendo, pues tenía la mirada perdida en un punto mucho más lejano. ¿Cómo iban a hacer eso? No había unión posible entre ambos extremos. Quizá un híbrido entre uno de ellos y los humanos (lo cual era bastante infrecuente pero no imposible) pero, ¿Cielo e infierno?, ¿Juntos? Jamás.
Apretó el puño. Después de todo lo que había pasado, del esfuerzo y los sacrificios que había hecho para llegar hasta allí, y nada había servido de nada. Cielo e Infierno juntos. Como... Ahora si dirigió su mirada azul celesta hacia su socio. Se podía decir que ellos ya estaban juntos, pero no el mismo cuerpo.
-¿Juntos en qué sentido? –Preguntó al fin, aunque empezaba a intuir la respuesta y no le gustaba.
-En el más literal posible, Castiel –Aunque aún no había pasado, el ángel pudo oír como se reía su aliado. ¿O era el destino burlándose de él?
Furioso, lanzó a la mujer, el potro y una buena parte del suelo y las paredes bien lejos de allí de un manotazo, como si solo se tratara de un enjambre de molestos insectos.

Hala! Que horrible genio!- comentó Crowley con una risilla- Acababa de fregar el suelo…

El demonio no podía estar más complacido en ese momento. Salvo una de las tres pruebas a las que tenía que someterse para llevar a cabo el ritual, el resto de las acciones para abrir la puerta del Purgatorio serían coser y cantar en el peor de los casos, o un auténtico placer en el caso del plato principal.

"Llevo tanto tiempo deseando poseer al ángel y sin ver la forma… y ahora se me presenta esta oportunidad. Desde luego, se puede decir que es un regalo del Cielo"- pensó, mientras trataba de no sonreir tan ampliamente – Castiel, no se si te has dado cuenta de que acabas de arrojar por la ventana nuestro manual de instrucciones (y eso que en esta sala no había ventanas), pero, por suerte, me acuerdo de todo lo que ha dicho.- sin aproximarse al furioso ángel, Crowley hizo un sucinto resumen de lo que habían averiguado, en parte para afianzar y contrastar la información. /y en parte para que se entere el personal, je je/- En resumen, el ritual no es más que una invocación en latin (que acabo de apuntar en este papel) sobre un símbolo, dibujado en la pared con una mezcla a partes iguales de sangre de monstruo y de virgen, durante un eclipse. Fácil, bonito y sencillo.- se detuvo un momento para quitar el polvo de la taza de té que estaba sobre una mesita en un rincón, con idea de dar un sorbo. Al ver su escaso éxito, volvió a dejarla intacta en su lugar- Pero, previamente hay que prepararse y, como en todo hechizo mayor que se precie, es mucho más complicada la preparación que el ritual en sí. Antes de tres días, tengo que hacer mis deberes y, cometer un acto de maldad (creo que torturar a esta mujer podría valer perfectamente), rezar en suelo santo (y me parece que eso va a doler) y, por último, enlazar mi naturaleza con la tuya es decir, unir en uno sólo a un demonio y a un ángel; así tendremos que el operador camina figuradamente por la luz, la sombra y por fin, por ambas a la vez; o entremedias, como quieras verlo.

Observó de arriba abajo a su aliado, y volvió a sonreir.

Las noticias son excelentes; dentro de tres días habrá un eclipse, durante el cual será posible abrir la puerta; solo tenemos que prepararnos para oficiar el ritual, y el Purgatorio será nuestro. ¡Será nuestro por fin! Tú ganarás tu guerra, te convertirás en el nuevo Dios, y yo no tendré rival en el Infierno y gobernaré para siempre las Tinieblas; habremos asentado definitivamente nuestro nuevo orden cósmico; ¿A que viene esa cara tan larga entonces?

Los brillantes ojos de Castiel se entornaron hasta convertirse en dos estrechas rendijas de color azul. Ese tipo se la estaba jugando y él no estaba de humor. De hecho, en aquellos momentos tenía más ganas que nunca de demostrarle lo que ocurría cuando se cabreaba a un Ángel del Señor. Pero por desgracia, seguía necesitándole. "¡Que molesto!" rezongó otra vez para sus adentros.
Se volvió hacia su aliado, haciendo una mueca al escuchar sus burdos intentos de chiste. ¿Sabría el demonio que no tenía gracia?
Después y en contra de su costumbre, Crowley añadió algo útil aunque innecesario, pues él lo había oído tan bien como el rey. Quizá éste viera el trabajo que les quedaba por delante como una especie de manualidad para pasar la tarde del sábado, pero a él seguía sin parecerle bonito ni sencillo, sobre todo la última parte.
Unir en uno la naturaleza de ambos. ¿Significaba eso que tendría que pedir permiso al maltrecho recipiente de Crowley para que le dejara poseerle? Que porquería. Ningún ángel querría estar allí dentro. Era como sumergirse en un pozo de basura fundida. () Pero la otra opción era todavía peor. La sola idea de que Crowley se colara por la fuerza en el cuerpo de Jimmy y le compartiera con él le ponía enfermo.
Arrugó la frente y trató de librarse de aquella espantosa perspectiva, al menos por el momento.
-Vamos, nos queda la segunda prueba –Fue su escueta respuesta a la larga diatriba del demonio- Por fin algo agradable –y necesario; los dos tenían mucho por lo que rezar, sobre todo Crowley. Pero dado el escaso tiempo con el que contaban y los numerosos pecados del diablo, supuso que tendrían que conformarse con un simple Padre Nuestro.
Se acercó a su polvoriento compañero (casi tanto como la delicada tacita que acababa de desechar en un rincón de la habitación) y, como había hecho con Dean en algunas ocasiones, los teletransportó a ambos, deseando en secreto que aquel cambio de lugar tuviera los mismos efectos en el tránsito intestinal del demonio que en el del cazador.
La abadía de Santa María de York. No sabía por qué había escogido ese lugar. Era el primero que se le había venido a la mente.
Tenía claro que debía tratarse de un sitio apartado en el que ya no se celebrasen oficios y, desde luego, ese lo era. Además, siempre le habían gustado aquellas ruinas. No sabía por qué, pero sus altas y recias columnas, que se alzaban hacia el cielo aunque jamás llegarían tocarlo, sus arcos recortados contra la hierba verde de los alrededores, y su altar abierto al exterior le transmitían mucha paz.
Curiosamente, Nuestra Señora de York había sido fundada en torno al año 1000, fecha en la que los humanos creían que empezaría un nuevo mundo tras el cambio de milenio. Claro que ellos temían que sería un desastre, el Apocalipsis. Pero solo había sido un nuevo comienzo, un renacer, como el que estaba a punto de llegar ahora.
Otro punto a favor de aquel lugar era que había sido el origen de otra abadía por la que a Cass le gustaba pasear en sus ratos libres; Fountains, una comunidad en la que un pequeño grupo de innovadores incomprendidos por sus hermanos (como ellos dos), había tratado de regresar a la Regla que todos parecían haber olvidado.
Si, pensándolo bien, era el sitio perfecto.
Avanzó hasta lo poco que quedaba del ábside y se arrodilló sobre la hierba.
-Padre Nuestro...

Crowley se quedó un poco descolocado cuando el ángel les transportó a ambos a las ruinas de la abadía de Santa María de York, como se quedaría alguien a quien arrojas de improviso al agua helada. Al contrario de lo que sucedía con muchas iglesias que aún seguían en pie, y pese a tratarse también de suelo santo, el halo de misticismo que desprendían aquellas piedras era enorme, ya que lo que de verdad hacía santo a un lugar (como bien sabían tanto ángeles como demonios) era la fe de las almas de las personas que allí habían vivido, rezado y cuyo polvo reposaba eternamente bajo su sombra y protección.

Súbitamente el demonio se sintió muy pequeño, como cuando siendo humano no tenía más remedio que acudir a misa los domingos en su Escocia natal. El viento que susurraba entre los sillares le pareció por un momento la voz del sacerdote que advertía de los terribles tormentos que esperaban a los pecadores en el Infierno, y los susurros de los fieles que contestaban a las plegarias en los rezos comunes.

Dio un respingo cuando escuchó las primeras palabras del Padrenuestro en boca de Castiel… aún no podía hacerlo, era demasiado pronto y no había tenido tiempo de prepararse, hartándose de pecar de todas las formas posibles antes de someterse a aquel tormento...

Sin embargo, el ángel estaba más que decidido a continuar, y tal vez sería mejor así, a bocajarro, ya que aunque él no era precisamente un cobarde, si lo pensaba mejor puede que le flaquearan las fuerzas.

Tenía que hacerlo, y tenía que ser en ese momento; solo tendría una oportunidad para abrir el Purgatorio.

Inspiró hondo, y tratando de pensar en el premio que le esperaba a continuación, se acercó a Castiel, y comenzó a repetir:

Padre Nuestro que estás en el cielo- las palabras quemaban en su boca, como un puñado de cenizas candentes- santificado sea tu Nombre…

Estaba en la puerta de la iglesia; a su alrededor, el paisaje verde de las Highlands

se volvía gris al comenzar a llover. Había acudido allí con su patrón y su familia, y sentía las miradas de sus vecinos clavadas en él; podía oír de nuevo sus comentarios nada amables acerca de su madre y sobre lo que opinaban también de él: brujo, igual que ella, pese a que solo contara con diez años de edad. Uno de los terratenientes soltó "la loba de Satán ha huído, pero aún podemos quemar a su lobezno".

Crowley sacudió la cabeza y continuó con la oración; estúpidos recuerdos, creía haberlos enterrado para siempre en las tumbas de aquellos que le odiaron.

…venga a nosotros tu Reino- respiraba ya con cierta dificultad; se echó mano al cuello con un movimiento tembloroso para aflojarse la corbata- hágase tu voluntad…

Rompió a toser. Cada palabra era como un hierro al rojo, y algunas en especial, como pozos de lava fundida derramándose por su garganta. Si es que se metía en unos líos…

"Tu, highlander, nos debes todavía los impuestos de este año"- el soldado inglés, respaldado por sus dos compañeros, había aporreado la puerta de la pequeña casa en plena noche, despertando al niño pequeño que dormía en su canasto junto al fuego y que sumó sus llantos de protesta a las carcajadas de los soldados de la puerta. – "Eso no es cierto, y lo sabes;- se escuchó contestar- ya te pagué hace dos meses, lo que ocurre es que ninguna mujer quiere pasar la noche con vosotros y teneis que pagarlas con mi dinero, porque ya os habéis hartado de vuestras jamelgas. O quizá es que ni ellas os soportan" De nuevo se vio arrastrado fuera de su casa, mientras su mujer gritaba, y otra vez experimentó el dolor y la vergüenza de la lluvia de golpes que le cayó por no enmudecer y volver a pagar.

…así en la Tierra… en la Tierra…- el demonio cayó de rodillas sobre la hierba. Borracho en una taberna, tratando de olvidar su vida y su nombre, otro destacamento de soldados se acercó, haciendo chistes obscenos sobre su kilt…- Castiel, … Cass socio, espera, no puedo, no puedo seguir…

Las palabras fluían con facilidad, como si estuviera recitando algo que aprendió de niño o que alguien le hubiera grabado a fuego en el cerebro.
Como siempre que rezaba, Castiel se sentía tranquilo y dichoso, en paz por primera vez en mucho tiempo, tal vez desde que había firmado su alianza con Crowley, tal vez desde mucho antes, la verdad era que ya no lo recordaba.
Tenía los ojos cerrados y una sonrisa serena en los labios, la misma que se le formaba cada vez que hablaba con su Padre. Claro que no eran charlas al uso, porque Castiel nunca le veía, pero sabía que Él le estaba escuchando y que le perdonaba todo lo que había hecho
Estaba tan inmerso en aquel recogido estado de catarsis en el que siempre se sumía cuando rezaba, que tardó unos minutos en darse cuenta de lo que le ocurría a su compañero.
De hecho, ni siquiera había reparado en que se había puesto de rodillas a su lado. Si no fuera porque estaba claro que el otro no era capaz de mantenerse en pie, el ángel habría aplaudido su entusiasmo. Pero su rostro no reflejaba devoción sino, más bien, una profunda agonía. Tanta que hizo que el guerrero celestial se preocupara. Crowley era un demonio, el rey de los demonios para ser exactos, así que era normal que le costara hacer algo tan puro y sincero como hablar con Dios. Pero Cass intuía que había algo más, que no solo se trataba de eso. Se detuvo y se volvió hacia él.
-Crowley, tenemos que terminar la oración, si no, no surtirá ningún-
En ese momento, un virulento ataque de tos sacudió el cuerpo del demonio y el primer impulso del ángel fue curarle, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas.
Se pasó su brazo por los hombros y trató de ponerle en pie.
-Vamos, te alejaré del altar -Quizá había sido demasiado pretencioso al pensar que un monstruo podría expiar allí sus culpas, aunque apenas quedase nada de la edificación. Pero no eran las piedras las que mantenían aquel halo de santidad que estaba atacando al rey de los condenados y eso también lo sabía.

No va a servir de gran cosa, me temo…- susurró el demonio con un hilo de voz- No es el dolor del cuerpo el que me está matando…- volvió a toser, apoyando casi todo su peso en Castiel- sino el del alma, el del alma que perdí hace tanto…

Sin embargo, Crowley sabía perfectamente que tenían que completar la oración, ya que con hechizos mayores no se podían hacer las preparaciones a medias. El problema era que le resultaba totalmente imposible seguir; no era como sobreponerse a una tortura sin más, ignorar el dolor y empezar a vacilar al verdugo (como tantas y tantas veces había hecho en el Infierno); se trataba de que la oración atacaba a su único punto débil, haciendo trizas cualquier posibilidad de defenderse; le recordaba una y otra vez que nadie le había amado y que nadie le amaría jamás.

Al ver la intención del ángel de alejarle de las ruinas, levantó una mano pidiendo al otro que esperase un poco. Respiró hondo un par de veces con los ojos cerrados, tratando de dominar las náuseas y murmuró:

Tenemos que terminar esto, socio, y yo no puedo solo. Necesito tu fuerza para esto, necesito tu poder angelical para conseguir poner palabras de arrepentimiento en la boca del rey de los pecadores- Levantó la mirada y buscó el cielo azul que eran los ojos del soldado celestial- Si, Castiel, te doy permiso. Poseeme ahora.

Y perdió el conocimiento.

Una fuerza desconocida y vivificadora inundó su interior. Era algo puro y limpio, pero también cortante y salvaje como el viento en la cima de una alta montaña. Para alguien que durante siglos solo había aspirado miasmas y abrasador aire fétido, aquello renovaba y dolía a la vez, y le empujaba a seguir adelante con la fuerza de las olas del mar en las rompientes. Invadido de un modo imposible para una criatura de los Infiernos, su ser demoníaco fluctuaba y se retorcía como metal vivo en una colosal forja, torturado por los martillos angelicales que le golpeaban una y otra vez para modelarle en una imposible forma hermosa.

Al sobrevolar el páramo muerto y calcinado que constituía el ser mas interno del demonio, el angel divisó, muy escondido y acurrucado, asfixiado por toneladas de humo rojo bajo las cuales llevaba una existencia miserable a Fergus, quien miró cara a cara a Castiel. Entonces el ángel lo vio todo: vio la espalda de su madre, Rowena, perderse en la oscuridad de la noche para siempre, vio el desprecio de los habitantes de su pequeña aldea, los abusos y las injusticias de los soldados ingleses, las continuas broncas con otros clanes; vio el silencio y la indiferencia de la que fue su mujer, y el odio de su hijo.

Vio a los otros demonios, dando vueltas como chacales hambrientos esperando que el rey cayera para lanzarse sobre él y despedazarlo, y también vio a los Winchester, dispuestos a convertirle en una muesca más en sus rifles de cazadores.

Castiel ignoraba que el alma pudiera doler. A fin de cuentas, él no la había perdido, porque nunca la había tenido. Su Padre le había creado así. Y por eso no podía saber lo que se sentía cuando tu alma agonizaba, pero imaginaba que sería algo malo.
Después de todo, el cuerpo podía sanar; el espíritu no.
Cass se detuvo cuando el demonio se lo pidió. Si se lo llevaba de allí tendrían que volver a empezar después y, entonces, todo el sufrimiento que había padecido Crowley no habría servido de nada. No, tenían que terminar y tenían que hacerlo allí y ahora.
Por un momento, el ángel se sintió estúpido por tener compasión de aquella indigna criatura. Ella no la había tenido con él cuando prácticamente le obligó a hacer todas esas cosas sucias que habían hecho. Pero Cass no era así. Por eso cuando el otro dijo que le necesitaba, el enviado del Cielo no dudó en asentir. Después, conforme el diablo siguió hablando, empezó a arrepentirse, pero no iba a detenerse ahora. Ya habían llegado muy lejos, faltaba muy poco para abrir las puertas del Purgatorio y salvar a la humanidad. Debía continuar. Además, tarde o temprano tenían que unirse, lo había dicho Eleanor. Y en sus circunstancias ella no se habría atrevido a mentir. No, aquella era la cruel y dolorosa verdad.
Suspiró una vez más y se preparó para poseer a su enemigo. Aún era remiso a ocupar un recipiente en el que había un demonio (y que demonio!) pero, como decían los humanos, al mal paso darle prisa.
Por fin la suerte pareció sonreír a Castiel por primera vez en mucho tiempo y su futuro anfitrión se desmayó justo después de darle su consentimiento. Que bien. Así no tendría que ver la cara que estaba poniendo mientras abandonaba su pulcro recipiente (de cuya familia se había encariñado y se sentía responsable) y poseía al que otrora fuera un editor adinerado y no muy creyente. Pero no era eso lo que más le preocupaba sino lo que encontraría dentro de él, cuando mirase al verdadero Crowley a los ojos. ¿Sería un monstruo atroz?, ¿un asesino despiadado?
Con un cegador estallido de luz blanca, el cuerpo de Jimmy Novak se desplomó sobre la hierba del transepto y la esencia pura de Castiel se coló en cada resquicio del ser que tenía delante, procurando llenar todos sus vacíos. No deseaba explorar su mente, pero necesitaba tomar el control absoluto del otro para poder terminar la oración, pues seguro que el demonio, abrasado por las súplicas de redención, trataba de impedírselo.

Intentando ignorar los feroces recuerdos que asediaban a ambos, continuó implacable con la alabanza a su Padre.
Cuando pronunció la última palabra, se dio cuenta de que su voz (la de ambos) sonaba estrangulada y de que tenía lágrimas en los ojos. ¿Es que nadie había querido nunca a ese hombre?
-Amén –Fue lo último que dijo antes de abandonar él también a Fergus.

Como si despertara de una pesadilla, Crowley abrió los ojos bañados en lágrimas, y miró a Castiel, con la respiración entrecortada.

Ahora ya lo has visto, pequeño ángel; esto es lo que significa ser un demonio – susurró con un hilo de voz, tendido aún en la hierba- Humo y odio, cenizas e ira. Esto es en lo que me convertí, en lo que me empujaron a convertirme.

El demonio paró de hablar y cerró los ojos. Cada palabra le costaba una barbaridad. Dos lágrimas se deslizaron por su rostro hasta el suelo.

Y lo comprendo. Sé que como criatura del abismo ni tengo derecho ni puedo pedir amor, pero ¿Por qué ni siquiera cuando era un hombre pude experimentarlo? ¿por qué nadie me quiso, Castiel? Tú eres un ángel, una criatura de amor, tú rebosas de aquello de lo que yo carezco y…

Se paró y respiró profundamente. Estaba perdiendo su autocontrol, estaba mostrándose vulnerable ante su enemigo mortal… pero ya no importaba, Castiel había superado la barrera interpuesta entre Crowley y el mundo, había visto que el demonio era, por definición, un ser condenado por sus amargos recuerdos, un prisionero de su propia miseria y desesperación, una criatura infeliz por naturaleza que nunca podría conseguir lo que anhelaba de verdad.

Y de nuevo aquella mirada, aquel brillo en los ojos esmeralda del demonio cuando miró al ángel, pero esta vez permaneció allí el tiempo suficiente para que Castiel pudiera reconocer lo que era: Esperanza.

- … tú no querrás… no, sin duda no querrás, pero yo tengo que pedírtelo, tengo que intentarlo…- Crowley le miraba fijamente, anhelante, suplicante casi- … solo por esta vez, una sola vez en toda la larga eternidad, … la verdad, no creo que sea mucho pedir, pero tu… ¿querrás amarme, Castiel? ¿Querrás mostrarme a mí, al rey de los condenados, lo que significa ser amado?

El demonio se aferró a la camisa del ángel, desgarrando sin querer en su ansiedad la suave tela, y sin dejar de estar suspendido en la mirada del guerrero celestial como sobre un abismo azul, imploró:

- ¡Amame, Castiel, por favor!

Sabía que no eran más que palabras, que los demonios siempre mentían porque eran expertos en el arte del engaño, y que todos y cada uno de ellos se habían ganado su eterna condena. Lo sabía perfectamente pero, por un momento, el alegato de Crowley le hizo dudar y sus lágrimas le hicieron llorar.
Dios siempre era justo incluso cuando parecía no serlo, y siempre daba a todos aquello que merecían. Él no siempre entendía sus planes, era como cuando un niño pequeño veía actuar a los adultos y les preguntaba el porqué de las cosas; ellos siempre sonreían con paciencia y decían "lo entenderás cuando sea mayor"
A los buenos hijos les bastaba con eso, pero él quería entender ahora. Necesitaba entender ahora. ¿Por qué cuando era humano nadie le había amado?, ¿Existían hombres tan malos como para no ser queridos ni un solo instante de su vida?
Las preguntas del demonio aún resonaban en su cabeza y sus brillantes ojos verdes todavía le miraban con desesperación, como si necesitaran de esa respuesta para seguir viviendo. Pero Castiel no era capaz de dársela. Y eso, más que ninguna otra cosa de las que había hecho en los últimos meses, le destrozaba por dentro
Su naturaleza bondadosa se retorcía de agonía al saber que no podía ayudarle. Cada fibra de su ser le gritaba que auxiliara a ese pobre desdichado, a esa oveja descarriaba que nunca había demostrado amor porque él mismo no lo conocía. Y pensó que, por una vez, haría aquello que su Padre se había negado a hacer por Fergus; se apiadaría de él y le mostraría lo que era ser amado por alguien, le haría descubrir qué se sentía al ser estrechado contra el pecho de otra persona y escuchar los latidos de un corazón que se alegraba por tenerle. Aunque ninguno de los dos lo poseyera.
El sonido de su camisa al rasgarse le alertó e hizo que todos sus músculos se tensaran. Por un momento pensó que Crowley iba a atacarle, pero el demonio no quería hacerle daño, solo le necesitaba. Y allí estaba él.
Con expresión serena, acarició la mandíbula del otro hombre y se inclinó sobre él hasta que sus labios se tocaron.
-No temas, Crowley –Susurró muy bajito sobre su boca- te daré una parte de mi amor para que sirva de bálsamo a tu ira durante el resto de la Eternidad –Entonces le besó, pero no como lo había hecho la primera vez, cuando el demonio le obligó a sellar aquel trato que les salvaría o les destruiría a ambos, sino como un verdadero y devoto amante.

Los ojos del demonio se abrieron por la sorpresa al sentir el beso de Castiel. Era la primera vez que alguien le besaba, libre y voluntariamente. No, en realidad era la primera vez que alguien le besaba con amor, no para cerrar un trato, no porque quería complacerle por su dinero o por su poder, no por que él así lo hubiera exigido… era un beso puro, un beso inocente y limpio, y Crowley bebió de él como un animal extraviado a punto de morir de sed. Poco a poco, como si temiera ser rechazado o como si creyera que iba a hacerle daño con su contacto, fue abrazando al ángel con suavidad. De nuevo sus dedos se enterraron en el cabello suave de Castiel, y a diferencia de la otra vez, no sentía como si todo su ser deseara avariciosamente el cuerpo y el poder del soldado de Dios, como un niño egoísta desea todos los juguetes del mundo y se enfada si no tiene hasta el más pequeño muñeco.

Esto era muy diferente; era como un suave y fresco aceite sobre una piel quemada, como un dulce pastel para calmar un hambre atroz, como una cama con sábanas blancas cuando estás muerto de sueño… Crowley se dejó llevar por un momento, y durante un instante sobrevoló sobre las alas del ángel una llanura verde dulcemente bañada por el sol y un infinito mar turquesa con acordes de violín…

Y supo que aquello estaba condenado al fracaso. No, no está hecho el amor para un demonio, y el miedo a perderlo apareció casi tan rápido como había aparecido su alivio. No debía caer en esa trampa, él no podía ser redimido, ni tampoco quería serlo. La dependencia te hace débil, y el débil muere pronto.

Profundizó el beso, y empezó a meter la mano a través del roto de la camisa de Castiel. El sexo es un acto de amor, y el amor pertenece a Dios, pero también puede ser un acto de lujuria, y la lujuria es el Reino de Satán.