Hola otra vez!
Os traigo capítulo nuevo y súper largo D: Quería hacerlo de una tacada y no esperaba enrollarme tanto, pero al final ha salido así de enorme ajajaja Había pensado en dividirlo pero no sabía muy bien cómo ni por dónde asi que, al final, lo he dejado tal cual. Lo siento si se hace muy pesado ajajaja
Otra cosita que quiero decir es que, en capítulos anteriores (no sé exactamente en cuál o cuáles) escribí mal Préveza y, en lugar de eso, puse Preverza o algo así ajajaja pero ya lo he corregido en este capítulo. También tengo que hacer un aviso por si hay por aquí algún lectorcito viajero: yo no lo soy. No he tenido la oportunidad de moverme mucho de mi ciudad, menos aún de mi país.
Lo que quiero decir con esto es que, cómo no tengo mucha idea pero quiero hacer viajar a los santos de esta historia un poquito por el mundo (una, que es muy valiente y arriesgada ajajaja), generalmente, intento evitar cualquier cosa que tenga que ver con descripciones detalladas de las ciudades, de la forma de las calles etc. Estoy intentando informarme en la medida de lo posible pero, claro, no es lo mismo que haber estado allí o llevar leyendo sobre ese país/ciudad/pueblo/lo que sea desde hace mucho tiempo. Espero a que nadie le moleste, y si cometo algún error al respecto no me molesta nada que me lo digáis :) (¡Hasta me he equivocado con el nombre de Préveza, por Dios! ajajajaja)
Bueno, hecho el aviso, os dejo con el nuevo capítulo.
Muchos abracitos y besos:
El Ninja Samurai
(He tenido el mismo problema con el título del capítulo que las veces anteriores)
Capítulo 8: Aioria, los idiotas y la madre naturaleza (III)
Kanon se removió incómodo sobre su asiento por quinta vez consecutiva.
-Bueno... - Dijo con un largo y teatral suspiro, buscando con la mirada algo lo suficientemente llamativo como para tratar de iniciar una conversación. No lo encontró. -Empieza a hacer calor, ¿eh?- Intentó sonar simpático y cordial, animado, dedicando sobre sus dos acompañantes una revisión rápida con el objetivo de relajar una tensión extraña que parecía haberse instalado dentro de aquella furgoneta. Tampoco lo consiguió. -Sí... calor, y eso.- En bajo y comenzando a perder él también la paciencia, Kanon suspiró de nuevo sonoramente, dejándose caer con pereza sobre el respaldo de su asiento. Ajeno a los hechos ocurridos durante su corta ausencia aquella misma mañana, el menor de ambos gemelos no era capaz de comprender por qué, de repente, tanto Milo como Saga parecían haber desarrollado un aura siniestra y cortante que comenzaba a crisparle los nervios.
Desde que había regresado a su asiento a la mesa de aquella cafetería destartalada (que acababan de abandonar hacía apenas unas horas), Kanon había sido testigo de lo que, sin duda, se trataba de una especie de conflicto silencioso e invisible en desarrollo. Puede que no lo hubiera visto ni escuchado, pero desde luego había aparecido apenas unos momentos antes de que el regresara del cuarto de baño. Si bien a Kanon poco le importaban los embrollos que los demás pudieran mantener entre si, lo cierto era que, como en este caso se trataba de sus dos únicos acompañantes de viaje (aunque fueran a unirse algunos más en poco tiempo, que estaba convencido de ello), la problemática que había aparecido de pronto entre los otros dos lo afectaba directamente.
El ambiente se había vuelto incómodo y viciado, silencioso, indicándole al menor de Géminis que dicho conflicto no había sido solucionado en absoluto ni llegado a un acuerdo. Supo también que, seguramente, no concluiría ese mismo día y que quedaría escondidito en la oscuridad, gestándose y creciendo poco a poco hasta que su estallido fuera inevitable.
Ante semejante y repentino ambiente, la verborrea natural de Kanon hizo acto de presencia sin que pudiera contenerse, tratando desesperadamente por relajar los ánimos e iniciar algún tipo de conversación que les hiciera regresar a la normalidad. Evidentemente, no estaba funcionando pero a Kanon le costaba demasiado tiempo darse por vencido. Siempre le había costado demasiado tiempo.
La situación llegó a tal grado de rareza que Milo incluso le cedió el asiento del copiloto, pareciendo que pretendía mantenerse lo más lejos posible de Saga aunque fuera durante un rato. Aunque a Kanon le sorprendió de manera desagradable, internamente decidió aprovecharlo y el niño que llevaba dentro se animó bastante ante la idea de tomar una posición delantera e importante dentro de aquella furgoneta traicionera. Esa que podía dejarles tirados en cualquier momento. Kanon no iba a olvidarse de ello y, si se trataba de tener problemas los unos con los otros, pues él decidió que los tendría con la furgoneta.
-¿No está haciendo mucho ruido este cacharro?- Cuestionó Kanon entre dientes, dedicando una mirada fruncida de un solo ojo al suelo bajo sus pies. -A ver si se nos va a parar de golpe justo cuando estamos llegando, que la muy puñetera es capaz de hacernos esa jodienda.- Kanon sabía que no había nada extraño ni fuera de lo normal con la furgoneta, girándose sobre su asiento con la intención de indicarle a Milo que también le estaba hablando a él. Por su parte, el antiguo santo de Escorpio se limitó a permanecer en la misma posición que adoptó desde que se subió a la furgoneta, cruzado de brazos mientras miraba con gesto asesino la carretera a través de la ventana. Saga, por su parte, se mantuvo en su silenciosa conducción, fingiendo una tranquilidad que seguramente no tuviera.
Viéndose claramente ignorado, Kanon tuvo que tragarse un gruñido de frustración justo antes de regresar a su posición anterior.
El silencio incómodo y crispante regresó.
Kanon empezó a repiquetear los dedos de la mano que le quedaba sobre su rodilla.
Otra vez se removió sobre el asiento.
-¡La costa!- Gritó de pronto con una sonrisa, haciendo que los otros dos dieran un respingo por el susto. -¡Ya estamos cerca! ¿No oléis el mar?- El estallido infantil de Kanon no consiguió más que un lijero murmullo de Milo, quien se removió un tanto con mal humor debido al casi ataque cardíaco. Saga permaneció en silencio absoluto. -Si hay algo que reconozco bien, es la cercanía del jodido mar, sí señor... - Pero Kanon no iba a darse por vencido todavía, animado internamente por el ligero sonidito que el antiguo santo de Escorpio había dejado escapar. -Al fin y al cabo, me he pasado años debajo del agua. Encontraría agua hasta con los ojos vendados, vagando en medio el desierto. Acabaría encontrando un puto oasis o algo así.- Dijo Kanon con orgullo y una risa jocosa, mirando de reojo a ambos acompañantes con la ilusión de que despertaran y decidieran prestarle algo de atención, aunque fuera mala. -Bueno... - De pronto se puso pensativo, llevando su mano ilesa hacia su mentón para mesarselo. - ... con el ojo vendado. Porque solo tengo uno.- Ante sus propias palabras, Kanon asintio un par de veces convencidas, pareciendo que la falta de miembros corporales no le resultaba una cuestión demasiado importante. -Ya sabeis, tuerto y tal. A veces se me olvida.- Remató divertido, encogiendose de hombros con resignación a su propio despiste.
No hubo respuesta.
Saga carraspeó bajito, recolocandose en su asiento con cuidado.
Kanon esperó cualquier mínima palabra, pero no tuvo suerte.
-¿En serio que esta puta furgoneta jurásica está funcionando bien?- Y es que Kanon no soportaba el silencio demasiado tiempo, teniendo que romperlo por un puro impulso incontrolable. -Está haciendo ruidos raros y... -
-No, Kanon. No está haciendo ruidos raros.- Sus plegarias debían haber sido escuchadas, inclinándose el menor de Géminis hacia su hermano con atención total e ilusión incluso infantil. Saga suspiró pesadamente, pareciendo que buscaba una forma de lidiar tanto con su gemelo como con el extraño conflicto interior (y también exterior) que mantenía. -Y no la llames jurásica. Solo es un poco vieja.- Saga debía tenerle cariño a su viejo trasto, Kanon ya lo sabía.
-Sí, sí.- Dijo Kanon con un movimiento de indiferencia de su mano, no queriendo ahondar en aquel asunto por temor a deshacer el pequeño logro que había conseguido. -Solo me preocupaba un poco.- Se encogió de hombros con falsa inocencia, haciendo que su hermano no pudiera evitar una sonrisilla amistosa que agradeció internamente con todas sus fuerzas.
-Ya estamos llegando.- Repentinamente, la voz de Milo les hizo dar un respingo a los dos, haciendo que Saga tragara saliva sigilosamente y Kanon se girara con expresión sorprendida. Sin moverse de su posición tan enfurruñada como chulesca, el antes santo de Escorpio señaló a través de la ventana sobre la que había apoyado su silencio, indicando a ambos hermanos el cartel cada vez más cercano que rezaba "Préveza".
-Es cierto.- Dijo Saga nerviosamente, tratando de ocultar su malestar con una sonrisilla temblorosa. Viendo que su voz y sus maneras había sido bastante delatoras, carraspeó otra vez en busca de compostura.
-Genial.- Pero Kanon salvó a su hermano sin pretenderlo, introduciéndose rápidamente entre ambos con todo su entusiasmo e incansables ganas por no hablar solo. -La verdad, el trayecto ha durado mucho menos de lo que esperaba.- Dijo Kanon, no pudiendo evitar el revisar el horizonte, que iba denotando vida civilizada poco a poco, con ligera anticipación. -Sobre todo teniendo en cuenta el ritmo lentorro que tiene esta furgoneta... - Calló de pronto y observó a su hermano conductor de reojo, guardándose para si mismo los adjetivos desagradables que acudían a su cabeza. - ... no jurásica.- Saga decidió ignorarlo, no viéndose con las fuerzas suficientes como para batallar con el otro en aquel momento.
-Oye, Milo... - El nerviosismo de Saga regresó pero esta vez pudo ser controlado rápidamente, armándose de valor para encarar mínimamente a aquel que había removido una de las cuestiones más complicadas de su vida actual. Por su parte, el aludido elevó la cabeza con atención pero inevitable desdén, dejando claro sin proponérselo que nunca seria de los que olvidan rápido y prefieren evitar los conflictos. Milo era más de alargarlos y el Saga actual de evitarlos, resultando una combinación demasiado complicada como para que la situación se resolviera en un momento. -¿Sabes a dónde tenemos que ir?- Pero Saga ya no tenía orgullo suficiente como para tratar de resolverlo todo por si solo, buscando la forma de regresar a la normalidad del principio de aquel viaje anormal.
-Mh... - El sonidito pensativo (también algo desagradable, todo sea dicho) de Milo, seguido de un corto pero tenso silencio, hizo que los dos hermanos esperaran con intranquilidad. -Sí, creo que sí.- Asintió finalmente, debiendo haberse compadecido de ellos y disfrutando internamente de la importancia repentina que su estado de ánimo había adquirido. Había cosas que no cambiarían nunca. -Sigue la principal y luego giras en la segunda a la derecha. Tenemos que llegar hasta la costa.- Milo adoptó una actitud indicadora y relajada que hizo del ambiente algo mucho más llevadero, haciendo que ambos hermanos hundieran sus hombros con descanso sin que pudieran evitarlo. Al menos, podrían continuar su viaje con una fría pero eficaz cordialidad.
-¿Aioria vive cerca de la costa?- Cuestionó Kanon, no pudiendo contener su curiosidad mientras miraba atento los alrededores cada vez más poblados del lugar. Saga, por su parte, se limitaba obedecer las indicaciones de Milo.
-En primera línea.- Dijo el antiguo santo de Escorpio, asintiendo un par de veces cansadas para indicar lo muy agotador que se le hacía el solo pensar en cualquier cosa que tuviera que ver con Aioria. -Al menos, así era la última vez que pasé por aquí.- Una pequeña pero vital alarma despertó dentro de Kanon.
-¿La última vez? ¿No sabemos seguro dónde vive?- Kanon se dio la vuelta con ansiedad sobre su asiento, buscando la mirada de Milo con una preocupación malamente contenida. -Se suponía que tú eras el que lo había visto por última vez.-
-¿Yo?- Cuestionó Milo incluso ofendido, deshaciendo por fin su posición enfurruñada para señalarse el pecho con orgullosa sorpresa. -¿Para qué carajo iba yo a querer ver al puto Aioria? Te dije que pasé por su barrio y me hablaron de él.- Milo prácticamente escupió aquello, inflándose digno ante la sola mención de aquel con el que nunca podría evitar llevarse bastante mal. -Suerte tuve de no encontrármelo por ahí. Lo que me faltaba.- Chasqueó la lengua, dejando escapar después una carcajada seca y baja de teatral incredulidad.
-Pero, entonces... - Está vez fue Saga quien se aventuró a hablar, pendiente de la carretera mientras se acercaban cada vez más a su destino. A medida que avanzaban, el olor salado y picante del mar aumentaba en intensidad, indicándoles que iban por el camino correcto. - ... ¿Cómo vamos a dar con él? Solo sabemos su barrio, y ni siquiera... - Pero Kanon lo interrumpió.
-Bueno, pues llamamos a todas las casas.- Dijo con resolución, asintiendo un par de veces tranquilas a su propia ocurrencia.
-¡No, Kanon!- Como siempre, Saga no estaba de acuerdo, dedicando sobre su hermano una miradita incluso escandalizada antes de regresar veloz su atención a la carretera. -¡No vamos a llamar a todas las casas del barrio! Lo del bloque de pisos te lo puedo consentir, pero esa no te la paso.- Antes de que Kanon pudiera lanzarse al ataque, Milo hizo acto de presencia.
-Tampoco es que vaya a hacer falta.- Dijo con un suspirito molesto, adoptando sin querer un mohín enfurruñado ante los recuerdos de su última pasada por Préveza.
-¿Y si buscamos en la guía telefónica?- Saga siempre sería más correcto y civilizado que su hermano, llamando la curiosidad del mismo con una ocurrencia tan simple que él había sido incapaz de pensar. Al fin y al cabo, su mundo había sido otro totalmente distinto hasta hacía demasiado poco.
-No será necesario.- Dijo Milo, dejando escapar un gruñidito bajo y casi inaudible mientras se cruzaba de brazos con una molestia cada vez más infantil.
-También podemos asomarnos a las ventanas de las casas o algo así.- Kanon comenzaba a cansarse, no sabiendo ya que más decir al respecto y dejando que sus ideas más absurdas e impulsivas salieran a la luz.
-Eso es una puta locura que tampoco va a hacer falta.- Milo chasqueó la lengua, negando después con la cabeza para indicar lo inútiles que habían sido las ocurrencias de los otros dos.
-Mi querido señor que todo lo sabe... - Dijo Kanon con toda su ironía y carácter burlón que tan propio le era, girándose de nuevo sobre su asiento con expresión de actuada admiración para encarar a un enfurruñado Milo. - ... ilumínenos entonces y díganos qué leches debemos hacer.-
-Preguntar por ahí.- Y es que tampoco había mucho más que hacer al respecto, Milo lo sabía, encogiéndose de hombros con simplicidad y resignación.
-¡Oh, benditos sean los dioses!- Exclamo Kanon, alzando su único brazo al cielo con dramática teatralidad. -¡Que capacidad de resolución de problemas! ¡Que astucia la de este hombre que habéis tocado con vuestra sabiduría divina!- Las palabras de Kanon junto con todos sus aspavientos hicieron que Milo gruñera sonoramente, buscando un efecto intimidatorio que no funcionaría. Ya lo sabía de antemano, pero tenía que intentarlo. -¡Gracias, gracias "Milo el astuto" por semejante revelación!-
-Oye... - Refunfuñó ofendido Milo, siendo rápidamente interrumpido por un Kanon en pleno estado de pura ironía. Debía andar algo molesto él también, se dijo.
-No se como los santos de Virgo pueden todavía ostentar el título de Iluminados cuando existe alguien como tú.- Había que cortarlo cuanto antes o aquello se convertiría en una burla interminable que, sin duda, acabaría en batalla.
-¡Cállate de una puta vez, lo he dicho muy en serio!- Gritó Milo como un animal enfurecido, haciendo que Kanon por fin detuviera sus movimientos exagerados y callara por un instante. -¡No va a hacer falta mucho más, joder! Con que lleguemos a la costa y preguntemos por Aioria, al final daremos con él.-
-Bueno... - Pacificador y tranquilo como era, Saga entró al ruedo antes de que la tensa situación social que mantenían entre ellos se desmoronara del todo. Y por una chorrada absoluta, además. - ... supongo que alguien tiene que conocerle.-
-Oh, sí.- Respondió Milo con un asentimiento molesto, enfurruñándose todavía más con expresión rígida y mirada afilada. -Conocerle, alguien le va a conocer. Todos los "alguienes" que nos crucemos, en realidad. Hasta las ratas nos hablarían de él si pudieran hacerlo.- Kanon hizo un pequeño aspaviento como señal de que iba a responder, causando que Saga se adelantara por si acaso.
-¿Qué quieres decir?- Cuestionó mientras observaba la carretera, mirando los edificios ya muy cercanos a la costa y los transeúntes que paseaban por las aceras.
-Pues... - Pero Milo guardó silencio de golpe, dejándose caer sobre su asiento con pesadez a la vez que soltaba un bufidito resignado. -Mira, solo para aquí mismo y pregunta... - Observó a través del cristal del coche, revisando la calle para dar con algún habitante del lugar. - ... pregúntale a ese señor, a ese mismo señor.- Lo dijo hasta con desgana y cansancio, señalando con su mano abierta al tipo en cuestión.
-¿Es amigo de Aioria?- Kanon comenzaba a sentirse tan confuso como inquieto, pegando su cara al cristal para inspeccionar el rostro ligeramente arrugado de aquel señor. Saga, por su parte, se limitó a obedecer y callar por el momento, decidiendo que Milo no parecía andar en el modo ideal como para soportar sus dudas y cuestiones.
-Nah, no creo.- Contestó Milo, logrando que el ceño de Kanon se frunciera con escepticismo mientras observaba a aquel hombre desconocido como si, de pronto, se hubiera convertido en la cosa más sospechosa e interesante del universo.
La furgoneta se detuvo en medio de la calle, justo frente a la acera y aquel señor un tanto viejo que paseaba por allí. Siendo clara y enormemente revisado por aquellos tres hombres que, extrañamente, habían decidido parar su vehículo, el señor inspeccionado no pudo hacer otra cosa más que detenerse, él también, en seco sobre la acera. Con ojos entrecerrados y todo, el trío sospechoso lo miró de pies a cabeza un par de veces, como buscando algo delator que lo incriminara y les dijera que, por fin, habían hallado la clave del misterio.
Y, como el señor era mucho señor, no pudo más que hacer exactamente lo mismo.
Se dijo a si mismo que no volvería a la cárcel.
Un intenso combate de miradas sospechosas se desató en medio de la calle, causando que varios transeúntes aceleraran el paso por temor a toparse en medio de algún extraño conflicto callejero.
-¿Qué coño estamos haciendo?- Como un milagro venido del cielo, Kanon fue el primero en regresar a la tierra (ligeramente, al menos), diciendo la pregunta que debía hacerse cualquiera que se atreviera a mirarlos. A pesar de su duda expresada, no abandonó todavía su posición inclinada frente a la ventana ni su cara sospechosa.
El sonido de un claxon les hizo dar un respingo asustado, seguido por un gritillo general.
-¡¿Qué coño estáis haciendo?!- Una voz femenina y muy furiosa les llegó desde sus espaldas, haciendo que los tres se giraran para dar con el origen del ruido. Como debían haber deducido, una mujer con poca paciencia (y que debía tener malas pulgas) les andaba pitando y maldiciéndo desde su coche, detenido inevitablemente por su extraño y alargado parón.
-Joder, sí, sí... - Habían despertado, murmurando Kanon aquello mientras Saga no sabía donde meterse del apuro y Milo andaba aguantándose las ganas por contestar a la otra conductora. Lo más rápido que pudo bajó la ventanilla, no pudiendo evitar unos minutos más de silencio en cuanto se topó con la mirada retadora y entrecerrada del autóctono señor.
El rugido del claxon le hizo despertar de nuevo.
-Hola, buscamos a un hombre.- Le dijo Kanon al señor seca y rápidamente, entrecerrando aun más su único ojo con secretismo. El señor hizo exactamente lo mismo.
-¿Ah, si? ¿Qué hombre?- Y es que no iba a quedarse atrás, hinchándose ligeramente con dignidad mientras revisaba el rostro extraño de un Kanon tan tenso y orgulloso como él.
-Un amigo.- Contestó Kanon de la misma manera rápida y cortante.
-¿Qué clase de amigo?- El señor hizo lo mismo, defendiendo su territorio.
-Uno antiguo.- Entonces, para Kanon en el mundo solo quedó aquel señor, su rival absoluto y contrincante inminente, al igual que para el otro en el mundo solo quedó Kanon.
-¿Es viejo?- Cuestionó el señor, entrecerrando aún más sus ojos si es que acaso era posible.
-No, debe andar por los treinta o treinta y pocos.- Respondió Kanon.
-¿Cómo es?- Y, como habían hecho desde que empezaron aquel corto pero intenso combate de sospechas y miradas acusadoras, Kanon abrió la boca en seguida para responder. Sin embargo, algo impidió que dijera palabra alguna con la velocidad que deseaba, haciendo que por fin su expresión cambiara por otra de confusión y total duda. Se trataba de la cuestión fundamental, de algo totalmente inesperado que, de repente, se había presentado frente a él y le había hecho preguntarse como había podido ser tan iluso como para ni siquiera haberse dado cuenta de ello. El quid de la cuestión, el enigma de mayor importancia en aquel momento: no tenía ni idea del aspecto actual de Aioria.
Es más ¿Cómo describir a Aioria, exactamente? ¿Qué tenía físicamente de particular o especial?
-Robusto, pero no demasiado.- Había que intentarlo, se dijo Kanon, clavando una mirada perdida al techo de la furgoneta en busca de la imagen mental de aquel Aioria veinteañero que recordaba. Algo debía quedar de aquel entonces. -Un poco morenillo de piel, pero sin llegar a ser oscuro.- ¿Qué más había que decir al respecto? Kanon no pudo evitar el mesarse la barbilla con su mano, haciendo un ruidito suave de esfuerzo mental. -Ojos verdes, pelo castaño claro... -
-Yo creo que es más bien rubio oscuro.- Saga lo interrumpió de pronto, asomándose ligeramente tras su hermano para internarse en la conversación.
-Desde luego que no.- Dijo Kanon con indignación, clavándole una mirada enfurruñada a su intrusivo gemelo. -Es claramente castaño.-
-Pero si es así como doradillo, ¿no? Más dorado que marrón.- Saga no iba a darle la victoria, estando convencido de sus propios recuerdos.
-Saga, su pelo es claramente marrón.- Kanon chasqueó la lengua, negando con la cabeza como indicación de la poca idea que su hermano tenía al respecto.
-Pues yo sigo pensando que no, que es más bien rubio oscuro.- A Saga no le quedaba ninguna duda.
-Que no, Saga, que no. Mira, es así como color café con leche.- Kanon trató de armarse de paciencia, respirando hondo mientras se dirigía al otro con una actitud incluso didáctica. -Y el café con leche es marrón.-
-Ninguno de los dos tenéis ni idea. Su pelo es, más bien, color caramelo.- La voz de Milo llegó desde uno de los asientos traseros tan altiva y chulesca como siempre, irguiendo la cabeza orgulloso por creerse con la verdad absoluta.
Justo cuando iban a iniciar un debate a tres bandas sobre el color adecuado y real del buscado Aioria, el pitido del claxon seguido por los improverbios de aquella mujer impidió que semejante locura se diera a cabo. Kanon dio otro respingo más aquel día, inclinándose rápidamente hacia su ventana.
-Con el pelo color... - Pero tuvo que pensarlo, no queriendo ceder del todo pero tampoco alargar aquella situación absurda todavía más. - ... color café con leche o rubio oscuro, o quizá caramelo.- De esa forma todos salían ganando.
-Podría ser cualquiera.- Respondió el señor negando con la cabeza lenta y tensamente, aún con aquella expresión amenazante que ya mantenía más por inercia que por sospecha.
-Podría, pero no lo es.- Afirmó Kanon, dispuesto a seguir con aquella conversación estúpida que no iba a llegar a ninguna parte.
-¡¿Pero de qué mierdas va esto?!- La mujer del coche tras la furgoneta gritó de nuevo con furia desatada, comenzando a golpear el claxon una y otra vez prácticamente a puñetazos. Milo gruñó con fuerza después de dar su respingo de costumbre.
-Me cago en la puta... - Murmuró, casi sudando sangre por el esfuerzo de contener las ganas de gritarle a aquella mujer un par de cosas muy desagradables. Sabiendo que eso no haría más que retorcer una situación ya de por si absurda, Milo bajó su propia ventanilla, dispuesto a solucionar todo el embrollo antes de que terminaran por volverse majaretas. Aún más majaretas. Con molesta dignidad, el antiguo santo de Escorpio se asomó para dirigirse a aquel señor que aún mantenía su batalla de miradas asesinas con el tuerto de Kanon, respirando hondo para armarse de la poca paciencia que pudiera encontrar. -Estamos buscando Aioria.- Dijo resignado al final, logrando que el señor diera un saltito y le dedicara toda su atención de repente. El espectáculo que Milo más detestaba en el mundo estaba a punto de comenzar.
-¿A Aioria?- Y, como solo uno de ellos esperaba, el rostro del señor se suavizó de pronto, levantando sus cejas con una expresión entre sorprendida y agradable. -¡Pero haberlo dicho antes, hombre!- Exclamó, sonriendo de oreja a oreja amistosamente mientras que sus ojos adoptaban un brillo ilusionado. Los dos hermanos se miraron confusos y Milo regresó a su posición, cruzado de brazos y aún más enfurruñado que al principio.
-¿Le conoce?- Cuestionó Saga asomándose de nuevo, tan educado y cordial como solía ser.
-¡Por supuesto que le conozco!- El señor pareció hasta ofendido con semejante pregunta, palmeándose el pecho un par de veces con orgullo y repentino buen humor. -¡Es un héroe y un gran tipo!- Ahí fue cuando todos comenzaron a caer en la cuenta, no pudiendo evitar los dos hermanos el cerrar los ojos con fuerza debido a su falta de deducción y mala memoria. Algunas cosas no cambiarían nunca. -Cuando la casa de la de la señora Andreatos se incendió, fue Aioria el único lo suficientemente valiente como para internarse entre las llamas y salvar al pobre gato de la mujer, que se había quedado dentro.- Dijo aquel señor repentinamente efusivo y teatral, haciendo aspavientos con las manos mientras contaba su emocionante historia. -Fue un milagro. El fuego estaba por todas partes y los bomberos no llegarían a tiempo ¡Y cómo lloraba la señora Andreatos por el pobre animal! Pero entonces Aioria apareció, que se había enterado y no podía dejar las cosas así. Claro que no, él tenía que hacer algo.- Clavó su mirada sobre los tres ocupantes del coche, que no parecían tan encandilados y sorprendidos como lo estaría cualquiera ante semejante relato. Efectivamente, algunas cosas no cambiarían nunca y Aioria parecía seguir teniendo aquella capacidad natural para hacer que todo el universo girara a su alrededor. Ya fuera un Santuario místico y oculto como una ciudad entera, Aioria siempre sería como el Sol y el mundo se las apañaría para que no pasara desapercibido. Nunca. -Entró en la casa en llamas por la ventana trasera, rompiendo el cristal y todo. No le importó el dolor, ni siquiera arriesgar su propia vida por un simple gato. Desde luego que no. Cuando salió con el animal en brazos, fue como ver un ángel bajado a la tierra para ayudarnos. La casa se derrumbó apenas un minuto después.- Finalmente, el señor desconocido concluyó, asintiendo un par de veces convencidas y orgullosas como si Aioria fuera parte de su propia familia. Un caminante ajeno que pasaba por allí no pudo evitar detener su marcha ante la mención de la historia, frunciendo el ceño con molestia. -Un héroe Aioria, sí. Ese hombre es un héroe.-
-¡Claro que no, eso no fue así!- Exclamó repentinamente aquel otro tipo que antes paseaba por la acera, haciendo que el señor diera un respingo y le mirara entre sorprendido e indignado. -Aioria tuvo que escalar por la fachada de la casa por que la ventana trasera ya estaba cubierta por las llamas.- Tan dramático como había sido el otro, el nuevo integrante de la conversación decidió corregir la historia tal y como él la conocía, dirigiéndose ahora a los tres ocupantes de la furgoneta vieja. -Casi estuvo a punto de caer, al menos, tres veces, pero Aioria no se amedrentó por el fuego y el peligro, sabiendo que alguien tenía que hacerlo. Además... - Abrió los ojos como platos de golpe, expandiendo sus manos como muestra de absoluto milagro. - ¡No salvó solo al gato, si no también al bebé de la señora Andreatos, que se había quedado dentro! Justo cuando Aioria acababa de salir de la casa, con bebé y gato y todo, esta se derrumbó ¡Yo estuve allí!- Gritó como quién ha sido testigo de una aparición divina, pareciendo que se sentía absolutamente gozoso por haber visto (si es que acaso era verdad) semejante acción heroica.
-¡En realidad... - Y de repente la voz femenina que tantos improverbios les había gritado decidió jugar también en el partido, teniendo la mujer que elevar su tono para que fuera escuchado por todos los presentes. - ... la señora Andreatos también estaba dentro, y Aioria los sacó a los tres! ¡Tuvo que saltar por una ventana protegiéndolos con su propio cuerpo, por que la casa ya se estaba derrumbando! ¡Justo cuando calló al suelo, fue cuando la estructura del edificio no pudo soportarlo más y se derrumbó del todo!- Pitó el claxon como señal de su propio dramatismo, recurriendo al sonido debido a la falta de contacto visual.
-Yo no sé que hace este chico para que siempre haya este tipo de historias sobre él.- Murmuró Saga entre incrédulo y resignado frente a la popularidad de Aioria, que no parecía haber decrecido con el paso de los años. Daba igual que fuera un guerrero que un carpintero, Aioria siempre sería la estrella del lugar.
-Todo eso es impresionante, pero... - Kanon comenzaba a perder la paciencia, tan inquieto y ansioso como estaba por dar con el siguiente compañero de viaje y así continuar con su misión vital. Habiendo una próxima Atenea por reencarnarse, no había tiempo que perder en absoluto. - ... ¡¿Alguno sabe dónde podemos encontrar a Aioria?!- Gritó Kanon con la esperanza de que la conductora de atrás también le escuchara, haciendo que los dos transeúntes más la misma mujer (aunque no pudieran verla) se mesaran el mentón de forma pensativa.
-¡Pregunten en el bar de Denes!- Los tres pasajeros de la furgoneta no pudieron evitar el mirarse con confusión absoluta cuando, viniendo desde arriba, una nueva voz femenina y madura se unió a su conversación. Como si no fueran ya suficientes, una señora desconocida se asomaba desde su balcón tras la mención de aquel nombre tan maldito como famoso, regalándole a los tres forasteros la ayuda que necesitaban. -¡Es el que está a la vuelta de la esquina!- Gritó para ser bien escuchada, haciendo que Kanon asomara la cabeza a través de la ventana y que así pudiera mirarla como era debido. Aquello comenzaba a parecer una broma más que la realidad y, sin embargo, estaba ahí mismo, frente a los dos ojos de los otros y el único suyo. -¡El primero que vean, en cuanto giren esa esquina! ¡Aioria trabajó allí de camarero un par de meses!- Indicó la mujer con la mano en cuanto se supo observada, asintiendo un par de veces a sus propias palabras ataviada con su bata de estar por casa.
-¡Gracias!- Kanon no pudo decir mucho más, conteniendo la tremenda estupefacción que sentía frente a tanto supuesto conocimiento y ganas de hablar sobre el buscado Aioria. Entre asombrado y confuso, terriblemente confuso a pesar de que recordaba escenas semejantes del pasado, el menor de ambos gemelos se introdujo del todo en la furgoneta para después subir la ventana rápidamente, dándole un golpecito a su hermano con la idea de llamar su atención. -Aparca, dale de una vez y vámonos de aquí antes de que aparezca alguien más.- Por su parte, Saga asintió tan confuso como el otro, obedeciendo el mandato para estacionar la furgoneta y huir de la escena extraña lo más rápido posible.
Otro transeúnte más se unió a la conversación de los cuatro, sacando al ruedo no sé qué historia de Aioria borracho, con quien se había ido de copas un día por casualidad, al parecer.
-Dales diez minutos más y tendrás a veinte personas hablando chorradas sobre el jodido Aioria.- Dijo Milo con molestia, abriendo su puerta correspondiente de la furgoneta con movimientos secos para salir al exterior. Una vez fuera, se estiró felino al pisar tierra firme tras demasiadas horas, disfrutando el calor de Grecia y el ambiente salado del mar.
-A este paso, será en cinco putos minutos.- Dijo Kanon, imitando los movimientos de Milo mientras observaba de reojo como alguien más acababa de unirse al club de fans de Aioria.
-Hace mucho calor.- Dijo Saga sin venir a cuento, que no estaba acostumbrado a un ambiente tan caluroso y húmedo como aquel. Al igual que ambos salió de su querida furgoneta, cerrándola después con mimo mientras los otros dos comenzaban a caminar hacia el lugar que les habían indicado. Sin poder evitarlo, Saga dedicó un par de miraditas de reojo a su vehículo aparcado y anciano, revisando los alrededores por si acaso hubiera algo que hiciera peligrar su adorado trasto.
Con paso firme, el trío de antiguos santos y grandes guerreros caminó por la acera soleada, huyendo lo más rápido que pudieron (pero sin que se notara mucho) de aquel comité de bienvenida tan extraño y que iba haciéndose poco a poco más numeroso. Sin dilación cruzaron la esquina y sintieron un alivio enorme al encontrarse fuera de la mirada de aquellos vecinos, habiendo temido que los interceptaran para preguntar cosas o bien relatarles más anécdotas exageradas. Tal y como aquella señora balconera había indicado, el bar del tal Denes se encontraba justo a la vuelta, recibiéndolos con su viejo letrero blanqueado por el tiempo expuesto bajo el sol inmisericorde de Préveza. Sin mediar palabra se internaron en el lugar, topándose con la típica taberna que lleva abierta desde hace mucho tiempo en el mismo sitio. No había nada ostentoso ni con aspecto de nuevo, tampoco demasiado limpio, observados los recién llegados durante un par de segundos por la clientela del local. Esa clientela típica que viene a menudo y no cambia nunca, haciendo del bar su lugar de reunión común durante años.
Un tipo delgado y algo mayor se limitaba a pasar un trapo de color sospechoso tras la barra, deshaciéndose de las manchas y el líquido derramado más reciente.
-Hola, buenas tardes.- Esta vez fue Saga el primero en hablar, habiéndose acercado los tres viajeros a la barra para buscar la información que necesitaban. Por su parte, el hombre delgado abandonó su tarea limpiadora para prestar atención al educado Saga, esperando paciente por una orden. -¿Es usted Denes?- Y en lugar de pedir nada, lo que hicieron fue preguntar un nombre, haciendo que el tipo en cuestión abriera los ojos con ligera sorpresa y un brillito inevitable de sospecha.
-Sí, soy yo.- Asintió el ya conocido por los otros tres como Denes, apoyando sus manos largas sobre la barra de su propio bar. -¿Que es lo que quieren?- No parecía muy amistoso ni alegre, contemplando a los desconocidos uno por uno con ojos juzgadores. Sin poder evitarlo, su mirada se detuvo en Kanon y su aspecto ajado, repasando rápido la ausencia del ojo derecho, las cicatrices y el brazo faltante. Sabiéndose revisado de tal manera Kanon respondió con una sonrisa irónica y cerrada, haciendo que Denes pasara sus ojos veloz hacia Saga de nuevo.
-Estamos... - Entonces Saga se inclinó sobre la barra con secretismo, vigilando sus alrededores con temor por ser escuchado. - ... estamos buscando a Aioria.- Casi lo susurró, teniendo Denes que agudizar el oído para comprender sus palabras.
-Oh.- No dijo mucho más por el momento, alzando sus cejas el dueño del bar con sorpresa para, justo como había hecho Saga, dedicar una miradita de inspección a ambos lados antes de continuar. -Ya no trabaja aquí.- Repentinamente, viendo que no era nada que tuviera que ver con él directamente, Denes abandonó parte de su recelo inicial mas no su actitud poco amistosa, pues debía ser parte de su carácter. -¿Sois amigos suyos?-
-Sí.- Respondió Milo secamente a pesar de que, si había alguien poco amigo de Aioria, ese era él. Así las cosas irían más rápido. -¿Dónde podemos encontrarle?- Denes se encogió de hombros con esa cara seria y delgaducha que tenía.
-Ahora mismo, ni idea. Va y viene de trabajo en trabajo y se mudó de piso hace poco.- Dijo Denes sin mucho interés, pareciendo la primera persona de aquel lugar que veía a Aioria como un ser humano normal y corriente. -Antes vivía aquí al lado. Es un tío simpático y un buen chico, muy trabajador.- Y, a pesar de todo, hasta a aquel hombre malhumorado y de rudas maneras, ese que era capaz de verle como un tipo mundano más, Aioria le caía bien. Sin duda, tenía un don de gentes impresionante. Los hombros de los tres forasteros se hundieron sin poder evitarlo, observando como la única pista auténtica que tenían se iba por el desagüe justo frente a sus narices.
-Pero, ¿No sabe nada? ¿Ni una idea pequeñita, si quiera?- Kanon no iba a darse por vencido, nunca, posicionándose en la barra tan pegado como su hermano gemelo.
-Te he dicho que no.- Dijo Denes con desgana y de forma cortante, mascando su mejilla en cuanto se topó con la mirada desilusionada y ansiosa de Kanon. En el fondo debía ser un buen tipo, respirando hondo para después supirar pausadamente antes de decidirse por hablar. -Mirad, lo último que he sabido de él sin que fuera una historia absurda es cuando lo contraté de camarero aquí, el verano pasado. El chico necesitaba dinero y yo camareros, así que le cogí para el trabajo con otros dos más.- Denes se encogió de hombros, no pudiendo evitar el bajar su voz de nuevo para después volver a inspeccionar sus alrededores en busca de oídos invasores. -Al principio fue una buena idea. El bar se me llenaba de gente todos los días. Tuvimos que sacar la terraza y todo, pero a medida que pasaba el tiempo los clientes no dejaban de llegar. Para el negocio iba fenomenal, pero todos querían que Aioria les sirviera, o hablar con él, y terminó siendo una locura. Los otros dos camareros apenas tenían trabajo y era él quien tenía que hacerlo todo. Muy estresante. El pobre chaval lo aguantó dos meses o así, y al final se marchó.- Concluyó su historia con algo de lástima, encogiéndose de hombros resignadamente ante los recuerdos de un trabajo que, quizá, para otros hubiera resultado de lo más sencillo. Teniendo en cuenta que Aioria había sido un soldado al servicio de una diosa griega de la guerra, dispuesto a dar su vida en combate cuando hiciera falta, ciertamente resultaba incluso hilarante que el estrés de ser camarero hubiera podido con él. Sin embargo, por muy hilarante que pareciera, había ocurrido tal cosa. Denes no parecía andar exagerando ni inventándose nada en absoluto.
-Yo escuché que se había ido porque había enganchado una súper modelo millonaria.- Los intentos por mantener toda aquella conversación en secreto habían sido en vano. Uno de los clientes antiguos del local, que tenía el oído muy fino, no tardó ni un segundo en pegarse a la barra junto a los otros tres para hablar sin ser invitado. -Una tía buena que lo mantenía, o algo así.- Denes contuvo un suspirito y siguió a sus cosas en seguida, huyendo de la escena que iba a desatarse. Ellos tres que, habiendo estado apenas una hora allí, ya andaban hartos de tanto rumor y metiche sorpresa, no quisieron ni imaginar como de hastiado debía andar Denes con todo aquel espectáculo.
-¡Claro que no!- Gritó otro desde su mesa, haciendo que los tres antiguos santos gruñeran con dolor a la vez. -Fue a él a quien le ofrecieron un trabajo de modelo durante un año, muy bien pagado.-
-¿Pero no era una herencia o algo así? A mi me contaron que no iba a tener que trabajar más nunca en su vida, y que ya lo hacía por altruismo.- Contestó otro desconocido, haciendo que los otros dos comenzaran a debatir sobre cual tenía razón en cuanto a la situación económica de Aioria.
-¡¿Pero alguien sabe dónde coño está Aioria ahora mismo?!- Kanon comenzaba a perder los nervios seriamente, gritando aquello al borde de un ataque neurótico. Ahora comprendía por qué Aioria no había soportado el trabajo de camarero ni si quiera un año completo. -¡Dioses benditos, déjenlo vivir, señores! ¡Todos! ¡Están todos locos!- Gritó Kanon con acusación y algo fuera de si, abriendo su brazo con tensión mientras dedicaba una mirada entre furiosa y desesperada a todos los presentes.
Se produjo un silencio repentino, correspondiendo todos la expresión desencajada de Kanon con otra entre indiferente y ligeramente sorprendida.
-Hoy trabaja en la pescadería de la señora Floros.- Y la salvación llegó, y no era un ángel ni un ser divino, sino que vino en forma de viejo enrojecido por el alcohol. -Me lo ha dicho mi vecina, que iba para allá.-
Los tres participantes ajenos de aquella locura dieron un salto entre incrédulo e ilusionado, girándose a la vez para encarar a aquel que había venido del cielo para solucionar su delicada situación. A punto casi de llorar de la emoción y el alivio, Kanon no pudo evitar acercarse un par de pasos hacia aquel viejo borracho, dispuesto a prestarle toda su atención como si no hubiera otra cosa en el mundo.
-¿Y dónde está la pescadería de la señora Floros?- Cuestionó Kanon al borde del colapso, logrando que el viejo asintiera un par de veces sabedoras.
-Solo vayan hasta el paseo marítimo, al borde de la costa, y el puesto donde más gente vean ahí será.- Era sencillo, en realidad, dándole un trago largo y rápido a su copa en cuanto dio su misión por concluida.
-Gracias, muchas gracias.- Saga estuvo a punto de hacer una reverencia, incluso, saliendo los tres forasteros de aquel bar como alma que lleva el diablo.
Y como si nada hubiera ocurrido, una vez desaparecieron el debate sobre aquel del que nadie sabía, en realidad, absolutamente nada, volvió a desatarse como una tormenta.
-¡¿Qué dice, señora?!- La muchedumbre se agolpaba frente al mostrador, creciendo y creciendo por momentos. Comenzó a ponerse nervioso mientras trataba de descifrar lo que aquella mujer le estaba gritando como a tres metros más allá, medio oculta por demasiadas personas que iban colándose y empujándose unas detrás de otras. Con nerviosismo, intentó hacer su trabajo de la forma más eficaz posible y ganarse el sueldo de aquella tarde, dando un par de pasos torpes de un lado a otro en cuanto alguien más le grito no sabía qué cosa desde la lejanía. Cuchillo en una mano, pescado en otra, se irguió un tanto sobre la punta de sus pies para ver sobre las cabezas de la gente (demasiada gente) como la cola del mostrador se había, al menos, multiplicado por tres en apenas una hora. -¡Señora, discúlpeme, pero es que no la oigo!- Dijo hasta con dolor, negando con la cabeza estresado mientras alguien golpeaba suave pero firme el cristal como llamada de atención.
-¡Chico, dame un siluro!- Dijo el tipo que había golpeado, haciendo que Aioria no pudiera evitar mirarle con extraña y nerviosa sorpresa.
-¿Qué siluro? Aquí no hay siluros.- No tenía tiempo ni de sorprenderse, tratando de hacer su trabajo mientras lidiaba con los gritos, los comandos, las preguntas sin sentido y los empujones de demasiada gente. -¡Pero no se empujen, por favor! ¡¿Qué no ven que van a matarse, al final?!- Gritó Aioria a la muchedumbre tratando de ser oído, elevando un brazo lo más que pudo mientras intentaba señalizar a las personas que estuvieran dispuestas a hacerle caso. -¡Hagan cola, por favor! ¡Hagan una cola normal, que así no me entero de nada!-
-A mi me han contado que tu pescaste varios siluros el otro día.- Pero aquel tipo no se daba por vencido, haciendo fuerza con la espalda mientras luchaba por mantener su posición junto al mostrador.
-¡Qué siluros voy a pescar, señor, por el amor del cielo!- A Aioria se le escurrió el cuchillo por tanto ajetreo y tensión, estando a punto de clavarse sobre su pie por apenas un centímetro. Tuvo suerte pero tampoco tenía tiempo de admirar su propia fortuna, agachándose veloz como un rayo para agarrar de nuevo la herramienta y volver a su trabajo. -¡Aquí tiene!- Gritó para ser escuchado por la persona a la que estaba sirviendo en aquel momento, habiendo sido desplazada por la marabunta varios metros atrás. Tuvo que estirarse cuan alto era para poder darle el pescado, consiguiendo su cometido en cuanto el otro hizo exactamente lo mismo por encima de las cabezas de varios y gritones intrusos. -¡Qué no se empujen, por favor! ¡Hagan cola y los serviré a todos!-
-¡Aioria, dame un bacalao!- Le gritó alguien, haciendo que Aioria asintiera un par de veces rápidas mientras trataba de cumplir con la otra orden y memorizar en su cabeza la nueva.
-¡Sí, en seguida!- Dijo el pobre Aioria, intentando no perder la cuenta de que pedido tocaba ahora y cual después.
-¡¿A qué hora sales?!- Una muchacha consiguió hacerse hueco cerca durante apenas unos segundos, agarrándose al mostrador con un brazo estirado para aguantar su sitio lo máximo posible.
-¡¿Qué?!- Preguntó Aioria, haciéndose el loco mientras continuaba con una labor que, debiendo ser sencilla, se había convertido en una auténtica locura de gritos, empujones, palabras sin sentido y mucho, mucho estrés.
-Niño, dame al menos uno de los siluros, anda.- Insistió el loco que golpeaba el cristal.
-¡Qué aquí no hay siluros, señor! ¡Qué los siluros son de agua dulce! ¡¿Dónde se supone que iba yo a pescar siluros aquí?!- Aioria no pudo evitar hacer un aspaviento con sus manos de puro nervio, pasándose los dedos a través de la frente y logrando que el asqueroso aroma del pescado se impregnara también en su cara. Fabuloso, sin duda. -¡Por favor, no se empujen!- Y, como si hubiera dicho absolutamente lo contrario, un empujón general hizo a la gente estamparse contra el mostrador, causando que rugiera y temblara preocupantemente. -¡No me rompan el mostrador, que no es mío! ¡Por favor, compórtense!- Estaba a punto de echarse a llorar, tratando de continuar con su trabajo lo más eficazmente posible a la vez que controlaba que la gente no muriera aplastada.
-¡Aioria!- Otra mujer se abrió camino como pudo, gritando desesperada como si la vida le fuera en ello. -¡Sal conmigo un día, por favor!-
-¡Daphne, ya te he dicho que no! ¡Eres una gran chica y te aprecio mucho, pero no puede ser, lo siento mucho!- Le dijo a aquella joven como ya le había dicho, al menos, veinte veces, continuando su labor un poco torpe debido a las prisas y la ansiedad de toda la situación que tenía justo frente a sus narices. -¡¿Para quién era el atún?!-
-¡Para mi!- Una mano junto a su voz correspondiente se elevó entre cabezas, teniendo Aioria que repetir exactamente la misma acción que con el pedido anterior. Acabaría por desencajarse los huesos, se dijo a si mismo con temor.
-¡Pero yo te quiero!- Gritó la tal Daphne al borde del sollozo, haciendo fuerza para mantener su lugar mientras que un ataque de llanto inminente se hacía palpable.
-¡Ay, no, Daphne!- Y es que Aioria siempre sería demasiado amable, comenzando a deambular un tanto de un lado a otro del mostrador por no saber que atender primero. -¡No te me pongas a llorar ahora, por favor! ¡Que no merezco la pena!- Dijo en un intento vano por calmar las lágrimas de la muchacha, que había comenzado a moquear e hipar entre sollozos. -¡Seguro que hay mil chicos por ahí mucho más guapos y mejor pagados, encantados de salir contigo!-
-¡Pero yo te quiero a ti!- Gritó Daphne como respuesta, comenzando a llorar con todo su dolor romántico desatado.
-¡Llevo como una hora esperando mis boquerones!- Alguien enfadado le hizo respingar, volviendo a su labor lo más rápido que pudo.
-¡Sí, en seguida! ¡Disculpe!- Dijo Aioria, tratando de descifrar todos los gritos que le dedicaban a la vez.
-¡No me dejes así!- Daphne no iba a darse por vencida. Si no lo había hecho en todo un año, no iba a lograr convencerla en dos minutos.
-¡Daphne, por favor! ¡Luego hablamos, te lo prometo!- Aioria no podía con todo aquello, pasándose inevitablemente una mano temblorosa por la cara en estado de casi ataque de nervios. La que era su actual vecina calmó su llanto un poco, sorbiendo por la nariz mientras asentía a su futura quedada. De esas, ya había tenido por lo menos veinte.
-¡Si me pongo a llorar ¿también hablarás conmigo?!- Dijo alguna por ahí lo suficientemente alto como para que la escuchara, haciendo que Aioria optara por hacerse el loco una vez más.
-¡Los boquerones!- Otra vez la misma odisea, agolpándose la gente para dar un nuevo empujón general. -¡Que no me rompan el mostrador, por favor! ¡Compórtense como personas civilizadas!-
-¡El atún!- Le gritaron otra vez, haciendo que asintiera un par de veces y se pusiera a la labor casi hiperventilando.
-¡El atún en seguida va!- Contestó el demandado y popular Aioria.
-¡Aioria, ven mañana a trabajar en mi pescadería!- Ante semejantes ventas y gentío, la competencia estaba al acecho.
-¡No!- Gritó Aioria con todas sus ganas, deseoso como estaba por largarse de allí y no volver a repetir cualquier trabajo semejante jamás. Acabaría quedándose calvo por el estrés.
-¡Pero es que apenas vendo nada y no tengo nadie que me ayude!- Le dijo el dueño del otro local pescadero, adoptando su actitud más lastimera y avejentada que tuviera. -¡El reuma me está matando y tú eres aún tan joven!-
-¡Ay!- Se quejó Aioria casi sollozando, tratando de ser fuerte y aguantar en su posición. Si no le miraba a los ojos, quizá pudiera librarse. Si no le miraba a los ojos...
-¡Aioria!- El gritó le hizo mirarle a los ojos. Ya está, se acabó.
-¡Está bien, pero solo un par de horas!- Siempre sería demasiado amable, pensando en como debía sufrir aquel pobre señor sin ventas suficientes, solitario en su local y con el reuma atacando inmisericorde. -¡Y no se me aproveche, que no trabajo gratis!- Dijo con malos humos, tratando de hacerse respetar a pesar de que nadie allí parecía hacerlo realmente. -¡Que no empujen, cago en la leche!- Siempre sería demasiado amable y, a la vez, irónicamente tendría un humor de perros. Aioria ya no sabía si ponerse a llorar o pegarles a todos en la cara. -¡El atún!- Una y otra vez la misma acción casi imposible.
-¡Niño, ¿a cuánto los siluros?!- Y dale con los siluros...
-¡Qué no hay siluros, cojones!- Gritó Aioria, llegando a amenazar al personal cercano con el cuchillo afilado que agarraba entre los dedos. La idea de convertirse en un asesino de masas era cada vez más tentadora.
-¡Aioria!- Le iban a gastar el nombre, decidiendo Aioria que se dedicaría a las ordenes que ya tenía pendientes antes de coger nuevas. Acabaría por explotarle la cabeza, si no. -¡Aioria!- La voz masculina, cada vez más cercana, indicaba que su dueño no se daba por vencido, tratando el aludido de hacer como que no lo oía a pesar de que comenzaba a ser imposible. -¡Ey, Aioria!- Entonces Aioria no pudo fingir más, elevando la cabeza con nervio justo después de haber destripado otro atún con bastante rencor y odio.
Cuando los ojos de Aioria se toparon con el único de aquel que lo estaba llamando con insistencia, no pudo hacer otra cosa más que abrirlos como platos y quedarse estático. Entre asombrado y casi pálido, como si hubiera visto un fantasma indeseable, el antiguo santo de leo (convertido ahora en el pescadero más popular de la tierra) no pudo más que enmudecer con la boca abierta. La gente siguió llamándole y gritándole cosas, algunas absurdas, pero Aioria ya no podía escucharles.
No era cierto. No podía ser cierto.
-¿Saga?- Cuestionó Aioria, entrecerrando sus ojos verdes entre receloso, furioso y hasta asustado.
-Eh... - Aioria nunca sería muy espabilado, eso era cierto, pero Kanon no sabía si debía aprovecharse de ello o bien decirle la verdad. Al fin y al cabo, Aioria tenía un cuchillo que parecía muy afilado en su mano derecha, estaba claramente estresado y al borde de un ataque cardíaco y, para que negarlo, se lo veía en forma. De hecho, se lo veía muy en forma.
Los años no pasan bien para todos, eso es lo que dicen. Kanon sabía que para algunos el tiempo simplemente pasa y, aunque deja huella, esta no es ni para bien ni para mal. Solo pasa. Luego estaban los otros, esos escasos y afortunados para los que el tiempo resulta un remedio más que una maldición. Esos malnacidos que, a medida que van pasando los años, no hacen más que acumular y acumular puntos de aspecto saludable y atractivo a raudales.
Pues bien, ese había sido el caso de Aioria.
Aioria podría ser un poco idiota, siempre lo había sido, pero Kanon se dijo que ahora se lo podía permitir ¡Y de qué manera! La edad le había venido maravillosamente, haciendo que su rostro rectangular y algo rudo se volviera acorde con las facciones de su cara. La nariz perfecta, ni demasiado grande ni diminuta, recta y sin un milímetro de desviación. El pelo se le veía brillante y lustroso bajo aquel gorrito absurdo y manchado que debía llevar por su trabajo actual, sin una sola muestra de envejecimiento o malos cuidados. La barbilla fuerte pero no demasiado, los dientes perfectamente alineados y blanquísimos, destacándose sobre una piel aún más bronceada y saludable que la del pasado. Estaba fuerte y robusto, más grande que antaño, pareciendo que practicaba deporte con regularidad a pesar de que, seguramente, no tuviera tiempo como para hacerlo a menudo.
Los ojos eran prácticamente igual que siempre. Muy verdes, vivaces y algo grandes, con ese brillo feroz e inocente que el tiempo había mantenido. Con su delantal, su gorrito ridículo y su peste a pescado, incluso así Aioria estaba tan guapo que daba rabia.
Daba mucha rabia. El tiempo debía haberle recompensado por ser buena gente, se dijo Kanon.
Entonces Kanon recordó, pasada la sorpresa inicial de semejante imagen, que Aioria le había confundido con su hermano Saga.
-¡No!- Gritó por fin, no habiendo deshecho todavía la expresión entre molesta y estupefacta el antes apodado "león de oro". -¡Soy Kanon! ¡Saga es el gordo!-
-¡¿Kanon?!- Aquello debió confundirlo todavía más, haciendo que Kanon no pudiera evitar tragar saliva por ver como mantenía su cuchillo en ristre. Quizá ahora fuera terriblemente guapo, pero Kanon sabía que posiblemente continuaba siendo tan peligroso e irascible como siempre. -¡¿El gordo?!- Repitió a gritos para poder mantener una conversación, frunciendo el ceño a medida que su confusión iba creciendo. Era como ver una sombra del pasado repentinamente, apareciendo de la nada demasiados años después y con un aspecto, cuanto menos, alarmante. -¡¿Y qué leches te ha pasado en la cara?! ¡¿Y en el brazo?!-
-¡Bueno, estuve en la guerra y todo eso!- Kanon no tenía tiempo ahora mismo como para relatar sus desventuras, comenzando a ponerse incluso él algo angustiado por tantísima gente, gritos y empujones. El nombre de Aioria se escuchaba una y otra vez, cada vez más insistentes.
-¡Oh!- Exclamó Aioria levemente compasivo, asintiendo un par de veces ensimismadas. -¡Debió ser horrible!- La pena funcionaba bien. Kanon se lo apuntó internamente para el futuro próximo.
-¡Un poco!- Lo había sido (y mucho) pero Kanon no tenía tiempo que perder, encogiéndose de hombros mientras intentaba que no lo tiraran al suelo. No quería morir pisoteado, desde luego que no.
Aioria guardó silencio por un corto periodo de tiempo, pareciendo que trataba de encajar las piezas extrañas y repentinas que le habían lanzado a la cara.
-¡Espera!- Siempre sería un poco lento, dando un respinguito en cuanto recapacitó que allí había algo que no encajaba. Kanon no pudo evitar dirigirle una miradita rápida al cuchillo, que lo saludó manchado con las vísceras del pescado. -¡¿Qué carajo haces tú aquí?!- Kanon nunca podría traer nada bueno.
-¡En realidad... - Pero no fue capaz de continuar, siendo empujado por un Saga que había casi conseguido llegar hasta el lugar en el que estaba su hermano. Habiendo sido a su vez el mismo Saga empujado por varias personas, como en un dominó gigante y humano este último se había estampado contra su gemelo, haciendo que casi perdiera el equilibrio.
-¡¿Saga?!- Cuestionó Aioria cada vez más confuso, receloso y molesto, clavando su mirada feroz y entrecerrada sobre el recién llegado. Con duda lo inspeccionó de arriba a abajo, pareciendo que le costaba bastante encajar la imagen mental que recordaba de aquel que había mandado asesinar a su querido hermano con el hombre que tenía en frente. -¡¿Ese es Saga?!- Aioria no pudo evitar dirigirse a Kanon con duda, señalando al aludido con un dedo acusador.
-¡Oh, sí que lo es!- Respondió Kanon, elevando la ceja de su ojo sano con indicación mientras asentía.
-¡Estás un poco gordo, Saga!- Le gritó Aioria con toda su inocencia, abandonando el recelo por un instante debido al impacto que le había causado el sobrepeso de un repentinamente aparecido Saga.
-¡Joder!- Maldijo el ofendido, consiguiendo hacerse un pequeño hueco junto a su hermano a codazos. -¡Lo sé, iros todos a la mierda!- Tampoco podía decir mucho más, harto como estaba de que señalaran su peso tan a menudo. Como si fuera algo de gran importancia...
-¡Espera!- Desde luego que Aioria siempre sería un poco lento. -¡¿Qué hace él aquí, también?!- Saga siempre era presagio de épocas oscuras.
Un brazo intrusivo se coló entre ambos hermanos antes de que ninguno pudiera responder, haciéndose hueco violentamente un Milo cada vez más poseído por la ira.
-¡Quítense del medio, madre del amor hermoso! ¡Qué gente!- Gritó Milo dando codazos a diestro y siniestro, siendo respondido de la misma manera por aquellos lo suficientemente valientes como para hacerlo. -¡Parecen animales sacados de la jungla, salvajes! ¡Eso es lo que son! ¡Unos salvajes!- La mandíbula de Aioria se desencajó tanto que casi se cae de su sitio.
-¡¿Milo?!- Y esta vez, no hubo recelo ni confusión en Aioria, solo la furia, agitando su mano armada con amenaza que prometía ser real. -¡¿Qué hace aquí el puto Milo?!- Gritó Aioria, haciendo que "el no querido por allí" abandonara su tarea empujadora para dirigirse a su "nunca amigo" por excelencia. Saga era presagio de cosas malas, Kanon nunca traía nada bueno y Milo... Bueno, Milo para él era simplemente idiota.
Con pose chulesca Milo abrió la boca dispuesto a contestar con alguna frase mordaz y aniquiladora, quedando su gesto descompuesto de repente ante la imagen no esperada que se presentó justo frente a sus narices.
Los ojos se le pusieron como platos y la boca abierta de par en par, no pudiendo evitar el revisar con estupefacción total a un amenazante Aioria que poco se alegraba de verle. De pies a cabeza lo miró con aquella expresión indescifrable, logrando que incluso Aioria frunciera el ceño nervioso y comenzara a sentirse absolutamente perdido.
-¡¿Qué está pasando?!- Preguntó Aioria cada vez más confuso, revisado y sin entender nada, logrando que Milo despertara finalmente de su asombro incluso con pánico. -¡Tengo tripas de pescado en la cara, ¿verdad?!- Lo dijo inocentemente y con toda su sinceridad, haciendo que Kanon llegara incluso a enternecerse. Kanon siempre se enteraba de todo.
-¡Tripas!- Y de repente Milo parecía furioso, iracundo, tanto que Saga temió que explotara justo a su lado. Alzando su mano con tensión, el antiguo santo de Escorpio agitó un puño amenazante lo más cerca que pudo de la cara de Aioria, causando que este respondiera de manera semejante. -¡Tripas son las que te voy a sacar, puto Aioria de los cojones! ¡La de mierda que hemos aguantado en este sitio para dar contigo!-
-¡¿A qué cojones viene eso?!- Respondió Aioria, apoyando sus manos con fuerza sobre el mostrador para encarar al otro lo máximo posible. Ahora ya no le importaba demasiado que se rompiera o no. -¡¿Qué culpa tengo yo, si puede saberse?!-
-¡Si no fueras por ahí de presuntuoso y gilipollas no hubiera pasado nada de eso!- Acusó Milo sin mucho sentido, no pareciendo temeroso en absoluto de Aioria y su cuchillo asesino. -¡Siempre pavoneándote, desde pequeños!-
-¡Vete a la mierda!- Aioria no estaba contento, nada contento, casi pareciendo que acabaría por saltar aquel mostrador y lanzarse a la gresca en cualquier momento. -¡¿Te he invitado yo a que vinieras, acaso?! ¡Sois vosotros los que me estáis buscando para saben los dioses qué cosa, así que cállate la boca y déjame tranquilo!-
-Bueno, en cuanto a eso... - Kanon trató de iniciar su cometido, la razón por la cual habían llegado hasta allí. Por desgracia, no pudo hacerlo todavía, siendo empujado por un Milo en pleno estado de guerra que se interpuso entre él y Aioria.
-¡Da gracias que alguien te está buscando y se acuerda de ti!- Eso fue un golpe bajo, logrando con sus palabras que tanto Saga como Kanon no pudieran evitar morderse el labio con temor. Milo siempre estuvo dispuesto a atacar donde más doliera. -¡La última vez que vi a Marin, ni siquiera recordaba tu nombre!- Saga no sabía que pasaba de repente con Milo. Kanon no sabía que hacer exactamente aunque supiera lo que pasaba con Milo.
-¡Yo te mato!- Ahí estaba, de golpe y sin frenos. El estallido del león llegó como una centella, animado por las palabras indicadas y la persona correcta. Sin pensarlo ni un instante, con los ojos verdes encolerizados y su rostro bonito tan furioso que daba miedo, Aioria atravesó de un salto fácil el mostrador de la pescadería. Sea por suerte o por desgracia, la cantidad indecente de personas que había allí lo hizo no poder lanzarse a la gresca tan rápido como hubiera deseado, comenzando a echar a la gente lo más a un lado que pudiera mientras trataba de avanzar.
-¡Ahí, ahí, a muerte!- Dijo Milo con una sonrisa sádica, comenzando a tratar de acercarse al otro de la misma manera mientras Saga y Kanon no sabían muy bien que hacer.
Luego se dieron cuenta de que tenían tiempo de sobra.
En realidad la idea, aunque peligrosa, resultó mucho más lenta y de difícil acción debido a la muchedumbre empujona y ruidosa, impidiendo (ya fuera tanto a propósito como sin querer) que ambos enemigos pudieran dar con el otro fácilmente. A Aioria la gente se le echó encima para calmarlo y llevarse su minuto de gloria, que podrían después tener una historia que contar, mientras que a Milo simplemente trataban de detenerlo por ser el rival declarado de su adorado héroe local.
Tuvieron tiempo de sobra, desde luego, y Kanon pudo hacerse hueco para sujetar a Milo con fuerza y por la espalda a pesar de solo tener un brazo. Él también estaba en forma, habiendo sido el último en abandonar el oficio del guerrero y mostrando una superioridad determinante en aquel aspecto. Milo era además de fácil manejo dentro de lo posible y si se le conocía bien, tironeando de él con eficacia y logrando que los ánimos se le bajaran un tanto.
Saga no tuvo tanta suerte.
-¡Suéltame que lo mato!- Aioria se revolvía como una anguila luchando por sobrevivir, teniendo Saga que hacer un esfuerzo épico para mantenerlo en su lugar y que no lograra avanzar. Calmar a Aioria siempre había sido una tarea casi imposible. Mucho más lo era si se trataba de el maldito Saga de Géminis y no de alguien querido cuyos sentimientos tuvieran importancia, arrastrándolo agarrado a su espalda un par de pasos aunque tuviera que sudar sangre para ello. -¡Suéltame, os voy a arrancar la cabeza a los tres!- Viéndolos ligeramente retenidos, la muchedumbre se dispersó un tanto, abandonando su posición en el medio para hacer el corro de curiosos más numeroso que habían visto en sus vidas. Se hizo un silencio, dispuestos los espectadores a escuchar con atención lo que andaba ocurriendo por allí, no fueran a perderse algo interesante. -¡La paliza que os voy a dar no se os va a olvidar en vuestra puta vida, pedazo de cabrones!- Gritó Aioria con toda la fuerza de sus pulmones, dándole a Saga un tremendo codazo en las costillas que casi lo hizo perder el aliento. Por suerte, Saga todavía tenía aguante, afianzando su agarre tras hacer acopio de fuerzas. -¡No me toques, Saga! ¡Suéltame, te digo! ¡¿Quién te crees que eres?!-
-Anda, sí, suéltalo a ver si nos araña un poco.- Y es que Milo no podía quedarse callado, dedicando sobre el furioso Aioria su expresión más altiva y superior.
-Tú no pinches, anda, ¿qué no ves que el pobre lo está pasando hasta mal?- Por suerte, Kanon sabía como apretar los botones adecuados, diciéndole aquello en bajito a su amigo con un dejo de compasión. Por su parte, Milo farfulló algo inaudible, pareciendo que tanto las palabras del otro como el propio rostro deshecho y tenso de Aioria lo andaban convenciendo.
-¡La de palos que te voy a dar!- Aioria seguía sin embargo en su misma situación anterior, no sabiendo Saga qué hacer ni decirle al respecto. Solo podía tratar de mantener su agarre sobre él, tarea que andaba conviertiendose en algo harto complicado debido a que Aioria no parecía cansarse ni un poquito.
-¡Aioria, estamos aquí para decirte algo importante!- Vale, hacía falta intervención directa e inmediata, gritándole Kanon a Aioria con indicación y actitud de verdadera importancia. Quizá la curiosidad le hiciera relajarse un poco, al menos.
-¡¿Y a mi qué carajo me importa lo que vosotros tengáis que decirme?!- No funcionó, revolviéndose Aioria bajo el agarre de Saga con furia absoluta y desatada.
-¡Necesitamos hablar contigo!- Lo intentó de nuevo, tratando de pensar rápido en su cabeza cómo diablos iba ahora a convencer a Aioria de nada. Suerte tenía si lograba solucionar aquel embrollo terrible sin heridos de por medio.
-¡¿Y quién os ha dicho que yo quiero hablar con vosotros?!- Aioria dio una patada al aire, arrastrando a Saga un par de pasos más. -¡Es más, ¿Quién os ha dicho que quiera veros el careto?!- Escupió hasta colorado por la ira, teniendo Saga que afianzar su agarre sobre él por quinta vez consecutiva.
-Vamos, Aioria, no seas así... - Kanon trató de sonar cordial y hasta lastimero, dedicando sobre el antiguo santo de Leo la expresión más desilusionada y dolida que tuviera.
-¡¿Qué no sea así?!- La lástima, al parecer, solo funcionaba cuando Aioria se encontraba en un estado normal y mínimamente sereno. Esa era otra que había que apuntarse para el futuro, se dijo Kanon, tratando de encontrar la manera de calmarlo cuanto antes. -¡¿Qué no sea así, me dices?! ¡O sea que venís hasta el lugar donde vivo, os presentáis en MI trabajo y venís a joderme la marrana! ¡Precisamente vosotros tres, además, ¿Y me dices que no sea así, cacho de mamón?!- Gruñó como un animal herido, revolviéndose con más fuerza y golpeando a Saga un par de veces, pero sin lograr liberarse. Saga se preguntó cuanto más aguantarían ilesas sus costillas. Los golpes de Aioria dolían como el infierno.
-Aioria... - Pero Kanon no pudo decir nada, siendo interrumpido prontamente por Aioria.
-¡No, no, nada de "Aiorias"! ¡Tú hiciste que asesinaran a mi hermano, lo hiciste pasar por traidor y me jodiste la infancia!- Ahí estaba la acusación letal, la verdad absoluta que los había hecho temer tanto el encontronazo con el antes león de oro. Con mirada asesina, Aioria se giró como pudo para encarar a Saga, topándose con los ojos estupefactos y evasivos de este último. No se compadeció en absoluto, revolviéndose con fuerza una vez más en un momento de daño en el que el agarre de Saga flaqueó. No lo logró, no todavía. -¡Y encima me engañaste durante años! ¡A todos! ¡Te juré lealtad! ¡Me convertiste a traidor!- Saga no se atrevió si quiera a abrir la boca, pareciendo que lo habían empapado con un jarro de agua congelada.
-Saga, no lo sueltes.- Pero Kanon siempre estaba atento a todo su entorno, lanzando aquella orden a su hermano en cuanto lo vio comenzar a ensimismarse dentro de su propio mundo tortuoso. Surtió un mínimo efecto, al menos, haciendo que Saga regresara ligeramente a la realidad y lo agarrara con eficacia suficiente de nuevo. Como emergencia, serviría, se dijo Kanon
-¡Y tú!- Vociferó Aioria, dirigiéndose ahora de repente a un Kanon que trataba de mantener mínimamente la compostura y encontrar el plan adecuado para salir del bache. Abandonar la idea de llevarse a Aioria con él no era una opción, desde luego que no, sabiendo que sería la única pista posible para encontrar a Shaka junto con que era uno de los pocos de los que sabían el paradero. No había tiempo suficiente como para lanzarse a la búsqueda de los otros y, si había algo en lo que Kanon quería ahorrar, era en tiempo. Le iba la vida en ello. -¡Tú engañaste a un dios para que conquistara el mundo por ti!- ¡Oh, y mucho más había hecho! Pero que Aioria supiera que, en realidad, aquel que había provocado en gran parte la locura retorcida de su hermano había sido el mismo Kanon, era desde luego algo que no tendría que conocer jamás. No mientras aquel viaje continuara, mucho menos ahora mismo. -¡¿Quién sería tan idiota como para querer escuchar lo que dices?!- Pero Aioria siempre sería un idiota.
-Eso fue hace mucho tiempo, Aioria. Luché a vuestro lado, también.- Dijo Kanon con fingido dolor e indignación, sujetando a un Milo que ya no se movía más por instinto que por otra cosa. Acusaciones como aquella ya se las sabía de memoria. Tampoco es que le importaran demasiado.
-¡Un día de gloria no elimina una vida entera de basura!- Aioria se estaba cansando, Kanon lo comprobó en cuanto notó como el tirón de turno se hacía levemente más débil y de menor insistencia. Algo en sus palabras lo había hecho recular interiormente, pareciendo que recordar a Kanon como compañero en lugar de enemigo alcanzaba una fibra sensible. -¡Y tú... - Había para todos, clavando Aioria su mirada verde sobre el ya calmado y silencioso Milo. - ... tú... - Sin embargo no se le ocurría nada, masticando algo mientras la frustración lo carcomía dolorosamente. -¡Tú eres un idiota!- Exclamó como si fuera lo más terrible del mundo, no encontrando nada lo suficientemente horrible que pudiera haber hecho Milo como para odiarlo de aquella manera.
-Es idiota.- Susurró Milo en bajo de forma que solo Kanon pudiera oírlo, observando ya desde fuera y serenamente la escena que se estaba formando.
-Un poco.- Kanon se encogió de hombros, conocedor como eran todos del carácter del antiguo santo de Leo.
-¡Suéltame, joder!- Tras esto vino un rugido animalesco, retorciéndose Aioria violentamente sin conseguir salirse de su prisión.
-Aioria, te necesitamos.- Había que atacar, ahora o nunca, pronunciando Kanon sus palabras con tono dolido y hasta suplicante. -Al menos, escúchame.-
-¡Jamás!- Dijo Aioria, comenzando a desesperarse real y preocupantemente.
-Estás siendo muy injusto. Pretendes darnos la patada sin si quiera saber el motivo de por qué estamos aquí.- Ahí, a donde doliera, frunciendo Kanon el ceño con expresión decepcionada.
-¡Qué no lo quiero saber, hostia ya!- Aioria sacudió la cabeza como señal de negación nerviosa, habiendo dejado de luchar en su agarre más por puro cansancio que por serenidad.
-Aioria... - Dijo Kanon con seriedad y expresión inquieta, tratando de sonar lo más importante y firme que pudiera. - ... te prometo que lo que tengo que contarte te interesa. Te lo aseguro, te aseguro que te arrepentirás toda tu vida si no me escuchas y lo dejas pasar frente a tu puta nariz.- Y es que Kanon consideraba aquello como cierto, preguntándose a si mismo que tipo de Santo de Atenea, estuviera retirado o no, sería capaz de ignorar la noticia de su posible renacimiento sin tomar una decisión al respecto. Es más, Kanon no podía si quiera entender por qué le estaba costando tanto hacerlos entrar en razón, considerándolo una cuestión evidente y de importancia superlativa.
-¡De lo que me voy a arrepentir toda mi vida es de no arrancarte el ojo que te queda!- Gritó Aioria con rabia animal, removiéndose ya mucho menos insistente bajo el agarre de Saga entre jadeos. Tanto ajetreo y estrés anterior junto con el agotamiento de la ira desatada estaba haciendo mella en Aioria, que ya no sabía en realidad sí quería escuchar eso tan importante o bien partirles la boca a los tres intrusos. O ponerse a llorar, quizá solo quisiera echarse a llorar como un niño, pero Aioria se dijo que esa sensación era a causa de la angustia que todo aquello le estaba provocando.
Aioria nunca supo sobrellevar el dolor de una forma saludable.
-Aioria, el que yo sea Kanon y ellos sean Saga y Milo... - Kanon continuó hablando a pesar de la evidente negativa del otro, manteniendo su actitud insistente y segura. - ... sabes que es algo irrelevante.- Había algo en Aioria, algo en su actitud supuestamente iracunda que ocultaba una problemática mucho más profunda. Quizá para otros semejante cosa hubiera pasado totalmente desapercibida, considerando que el estallido de Aioria se debía simplemente al odio y el enfado llevado al límite, pero no para Kanon. Él, que siempre fue experto en descubrimientos y deducciones como aquella, supo prontamente que la victoria no era, en realidad, quizá algo tan complicado como podía parecer desde ojos menos entrenados e ignorantes. -Puede que Kanon, Saga y Milo no te caigan bien. Puede que los odies a muerte, que los detestes y no quieras verlos en toda tu puta vida, pero... - Aioria abrió la boca con furia para gritar algún insulto más, siendo este ignorado por un Kanon que no pensaba darse por vencido. - ... pero la verdad, eso que solo nosotros podemos saber, es que fuimos otra cosa. No fuimos amigos, tampoco enemigos ni familia, si no otra cosa. Fuimos compañeros en una forma de vida que nadie de aquí fuera, ni en el resto del mundo, podrá llegar a entender. No se trata de que yo sea Kanon o de que tú seas Aioria, si no de esa otra cosa. De eso que todavía somos y para lo que se supone que nacimos, en realidad.- Kanon se había puesto profundo, dejando escapar su lado más humano y serio tanto por la situación de emergencia como por sus propios pensamientos. Puede que el discurso sonara manido e incluso poco elaborado, pero era algo que todos ellos podían entender y conocían su significado más completo e importante. Aioria gritó algo más con un ligero dolor, fingiendo que no escuchaba al otro a pesar de que sus palabras comenzaban a clavársele en el cabeza. -Tú fuiste el Santo de Leo, ese que te está agarrando y yo fuimos los Santos de Géminis y éste... - Dijo Kanon con seriedad, dedicando una mirada rápida a un Milo todavía semi agarrado por él como señal de indicación. - ... fue el Santo de Escorpio. Fuimos tus compañeros, aún somos compañeros de todo esa otra cosa que tú sabes que existe. Y da igual que me digas que estamos retirados o que ya ninguno es nada de esas cosas.- Kanon negó con la cabeza, tan firme y convencido, tan seguro de cuanto decía, que era casi imposible no sentirse contagiado por su repentina profundidad y sentimiento unificador. -A mi ninguno me va a convencer de lo contrario por qué es una puta mentira. Lo que he venido a contarte no tiene nada que ver con Kanon, Saga, Milo o Aioria, si no con esa otra cosa.- Entonces Kanon guardó silencio, a la espera de la señal clara y distinta que indicara que, en efecto, era hora de empezar y de que sus palabras comenzaban a tener el efecto deseado.
Tragó saliva pesadamente, contemplando con ligera inquietud como Aioria parecía debatirse internamente (aún bastante nervioso) entre intentar molerlos a golpes o bien abandonar y dejarse llevar por aquella nostálgica sensación de la que Kanon había estado hablando.
Quizá pasaron minutos y la muchedumbre continuaba allí tan nerviosa como ellos, totalmente muda también. Puede que, en realidad, solo fueran un par de segundos pero de esos que se hacen tan tensos y largos que casi parecen días. Ninguno de ellos supo realmente cuanto tiempo fue, pero se hizo eterno y casi insoportable.
Finalmente, Aioria gruñó salvaje y doloroso, sacudiendo su cabeza de un lado a otro con angustia. Era la señal que estaba esperando y Kanon se lanzó a la piscina, soltando su relato de la guerra fatal, la lectura de las estrellas y claras señales del cielo, una diosa a punto de reencarnarse y la necesidad insalvable de cinco de ellos en su búsqueda. Habló de misión natural, de deber sagrado y de una obligación imposible de pasar por alto, logrando que con cada palabra la furia de Aioria pasara a una total y completa estupefacción.
Por su parte, Saga se mordió el labio con preocupación ante semejante retahíla increíble que él mismo ya había sufrido, siendo correspondida su expresión por un suspirito sufriente de un Milo que debía pensar exactamente lo mismo.
Era absurdo, ridículo y una locura. Sin embargo, ellos dos ya estaban metidos de lleno en el embrollo.
Aioria parpadeó un par de veces, girando después su cabeza para encarar a Saga torpemente.
-Se está riendo de mi, ¿verdad?- Cuestionó el antiguo santo de Leo, pareciendo que deseaba tal cosa en lugar de creerse la historia extravagante e imposible que acababan de contarle. Saga abrió la boca ligeramente, no siendo capaz de resolver sus dudas.
-¿Qué?- A Kanon lo habían interrumpido de pronto en su verborrea, regresando a la realidad tras las palabras de Aioria con algo de lentitud. -¡No, cojones! ¡Claro que no!- Exclamó hasta ofendido, negando con la cabeza rápida e insistentemente. -Todo lo que te he estado contando es totalmente cierto y lo he dicho muy en serio-
-Pues parece una broma.- Dijo Aioria ahora mucho más calmado, elevando una ceja escéptica mientras colgaba cansado del agarre que Saga aún mantenía bajo sus brazos. Quizá Kanon solo estuviera rematadamente demente, arrastrando a los otros dos en su locura particular. Tampoco es que los recordara muy cuerdos, se dijo Aioria.
-¿A ti te parece una broma la muerte y próxima reencarnación de nuestra diosa?- Kanon se llevó su mano sana a la cadera para después hacer un movimiento chulesco de cabeza. Aioria se removió incómodo en su perezosa posición.
-No, supongo que no... - Respondió a la pregunta tramposa, respirando hondo para armarse de paciencia. - ... pero... - Evidentemente, no lo iban a dejar concluir con su crítica venidera.
-¡Fantástico!- Kanon sonrió de oreja a oreja, tan animoso e ilusionado que a Aioria hasta le dio lástima gritarle lo que estaba pensando en realidad: que era un loco, su historia absurda y sus intenciones una estupidez -¡Contigo ya somos tres, entonces! Saga y yo contamos como uno, ya sabes.- Y es que había decidido tomarse las últimas palabras del otro como una afirmación de su propuesta, logrando que Aioria frunciera el ceño entre confuso e incrédulo.
-¿Qué?- Cuestionó el antes santo de Leo, siendo su pregunta totalmente ignorada por un Kanon en estado de ansiosa felicidad.
-El caso, mi querido y felino amigo, es que nuestro siguiente destino es la congelada y puta Siberia. Camus anda por allí.- Milo gruñó molesto como respuesta, siendo su sonido quejumbroso olímpicamente ignorado por Kanon. Era de esperar.
-Eso es... - Aioria barajo que decir exactamente al respecto, decidiendo que tampoco quería partirle el corazón a un Kanon que, aunque chiflado, parecía un chiflado realmente feliz con todo aquello. - ... genial, pero no entiendo que tengo yo que ver con todo eso.-
-¿Cómo que no lo entiendes?- Kanon abrió su ojo de par en par, clavando sobre Aioria una miradita totalmente sorprendida. -¡Pero si has dicho que vendrías con nosotros!-
-¿Cuándo he dicho yo cosa semejante?- Dijo Aioria, echando su cabeza hacia atrás con leve molestia (leve por ahora) y expresión extrañada.
-¡Coño, cuando lo de la muerte y la resurrección de la diosa y toda esa mierda!- Kanon encontraba respuestas afirmativas donde le daba la gana.
-¡¿Qué carajo había de "claro, iré con vosotros, Kanon" en todo eso?!- Cuestionó Aioria con los ojos cada vez más abiertos, no pudiéndose creer que hubiera topado con tozudo y fastidioso semejante.
-Vamos a ver, digo yo que si te tomas en serio eso, pues significa que entiendes la misión inevitable que te he comentado. Además, es tu obligación natural como Santo de Atenea, y tú siempre has sido un puñetero "súper Santo de Atenea" todo noble y jodidamente bueno y tal.- Kanon asintió un par de veces a sus propias palabras, hablando totalmente convencido y como si se tratara de lo más sencillo del universo.
-¡Joder, pero en serio ¿Qué tiene todo eso que ver con nada?! ¿De qué obligación natural me hablas? ¡Pero si todo cuanto me has dicho es absurdo y una mamarrachada!- Exclamó Aioria no sabiendo si debía compadecerse del otro o bien darle una bofetada, desencajando su cara para dar paso a una expresión de total estupefacción.
-¡Oye, cabronazo, he estado mucho tiempo trabajando en esa mierda!- Kanon salió en defensa de sus investigaciones y convicciones, señalando a Aioria con un dedo acusador. -No insultes todo mi puto esfuerzo.- Concluyó, llevando a cabo un movimiento como de cruzarse de brazos con el único que le quedaba. Era una costumbre que no podía quitarse de encima.
-¡Pues hazlo relativamente creíble!- Aioria reculó un tanto frente a la expresión ofendida y dolida del otro, masticando antes de hablar no fuera a ser demasiado brusco. -Vamos, digo yo... -
-Yo entiendo que parece una locura pero, si lo piensas, en el fondo tiene todo su sentido.- Dijo Kanon, regresando a aquella actitud convencedora, insistente y animosa que solía mostrar para tratar tema semejante.
-Pues por más que lo pienso me sigue pareciendo igual de absurdo.- Aioria no daba su brazo a torcer.
-Nunca fuiste muy listo, de todas formas.- Dijo Kanon con resignación, soltando un suspirito cansado después.
-¡Kanon!- Exclamó Saga como regaño, siendo secundado por una risilla altiva de Milo.
-¡Vete a la mierda!- Contestó Aioria ante el ataque verbal recibido.
-Esto es ridículo.- Milo se metió repentinamente en medio, divertido a la vez que agotado de toda aquella discusión que no iba a llegar, en realidad, a ninguna parte. No de esa forma. Por mucho que quisiera creer lo contrario, Kanon no había tenido la oportunidad de conocer a Aioria y su carácter auténtico en absoluto, sabiendo Milo que con semejantes artimañas el antiguo santo de Leo no caería jamás en la trampa. -Kanon, déjalo.- Dijo, llevando a cabo un movimiento de evasión con su mano y consiguiendo llamar la atención del aludido. -Olvida a Aioria, ya encontraremos a otro.-
-¡Eso!- Dijo Aioria con un asentimiento enfadado, logrando que Saga no pudiera estar silenciosamente más de acuerdo con Milo. Llevarse a Aioria con ellos no fue una buena idea, ni siquiera desde el principio.
-¡No me da la gana!- Kanon, que podía ser exasperantemente infantil, exclamó aquello con actitud tozuda mientras parecía sentirse totalmente traicionado.
-No va a llevar a ninguna parte, que este no va a venir.- Escupió Milo con desprecio, señalando a Aioria con un dedo rápido y esa actitud superior tan molesta que siempre lo había caracterizado. -¿No ves que es de esos que se acomodan en un sitio y luego no hay manera de moverlos? Así, como los viejos de pueblo, con miedo de irse de casa no vaya a ser que se les cambie la rutina.-
-¿Qué dices?- Dijo Aioria entre dientes, frunciendo el ceño tras el ataque evidente que Milo le había lanzado. Por su parte Kanon escuchaba al otro atentamente, no sabiendo si pretendía realmente conseguir algo o bien, simplemente, tenía deseos de molestar a Aioria y largarse de allí cuanto antes.
-Pues que estaba claro que tú no ibas a atreverte ni siquiera a salir de Grecia.- Pero Milo no pensaba darle una tregua ni evitar el conflicto, hurgando en la herida mientras le señalaba con una mano abierta e indicadora de pies a cabeza. -¡Pero si hasta me han contado que te mudaste de piso, y lo que has hecho es irte dos calles más allá! ¿Qué mierda de mudanza es esa?-
-¿Y eso qué?- Contestó Aioria entre dientes, comenzando a fruncir el ceño con esa fuerza que indicaba tormenta inminente.
-"Eso" es que todo esto no tiene sentido.- Milo suspiró ruidoso y resignado, encogiéndose de hombros con chulería innata. -No va a venir con nosotros, Kanon. Asúmelo.- Kanon le observó silencioso y meditabundo de pronto, contemplando con extrañeza la escenita que se estaba desarrollando. Saga, por su parte, se limitó a guardar silencio de momento, comenzando a entender las intenciones del antiguo santo de Escorpio. -Si este por no moverse ni siquiera se ha cambiado de barrio, no fuera a ver caras nuevas y sitios distintos, que se asusta.- Aioria gruñó entre dientes.
-¡Los sitios nuevos no me asustan!- Exclamó Aioria con el orgullo herido y dispuesto a demostrar lo contrario, ocultando en su interior que a Milo no le faltaba algo de razón. Por supuesto, eso era una cosa que no reconocería jamás de los jamases.
-Sí, sí, como sea.- Milo se mostró frío y presuntuoso, agitando su mano un par de veces como señal de falta de importancia. -El caso, Kanon, es que estás malgastando tus fuerzas. Aioria no vendrá... - Entonces Kanon saltó al ruedo, uniéndose a la fiesta.
-Pero... - Dijo interrumpiendo a Milo con su expresión más preocupada e inocente.
- ... y no vendrá por miedo a salir de aquí. El motivo de nuestro viaje es lo de menos.- Milo, que había continuado con su frase anterior, chasqueó la lengua decepcionado.
-¡Claro que no es lo de menos! ¡Es lo fundamental!- Aioria salió en su propia defensa, observando furioso como los otros dos decidían hablar de su persona como si no estuviera presente. -¡A mi no me daría ningún miedo viajar y marcharme de este lugar por algo normal y razonable!- Saga se sorprendió enormemente, preguntándose por dentro como diablos Aioria podía caer en un truco tan básico y sencillo como aquel. Ciertamente, todo era mucho más fácil de lo que pensaban en un principio, resultando los intentos anteriores algo inútil por ser de mayor elaboración.
-¡Demuéstralo, entonces!- Retador, Milo se cruzó de brazos con altivez y superioridad total, dedicando a Aioria una miradita de ojos afilados mientras elevaba digno la cabeza. -Si lo que estoy diciendo te ofende será por que en algo acierto, si acaso no es en todo.- Aioria guardó silencio tensamente, apretando los labios con fuerza por la rabia de ver que su valor era claramente menospreciado. Algunas cosas no cambiarían nunca, desde luego que no. -Además, mucho mejor si se queda por aquí, haciendo el gamba.- Otra vez la atención de Milo regresó sobre Kanon, asintiendo un par de veces convencidas a sus propias palabras. -No lo quiero jodiendo por ahí en la furgoneta ni teniéndolo cerca, que se va a desorientar en cuanto lo saquemos de su hábitat.-
-¡A qué voy!- Aioria quería haberse callado, de verdad que sí, pero semejante afrenta contra su orgullo no podía ser pasada por alto. -¡A qué voy de verdad solo por putearte todos los jodidos días, Milo!- Saga tuvo que tragarse un suspirito, debatiéndose entra la incredulidad y el descubrir como obvio la manera en que Aioria era sumamente manipulable con cosas tan sencillas. En realidad, tenían que haberlo adivinado desde el principio, resultando mucho más eficaz el atacar al orgullo antes que a cualquier otra cosa más complicada. Aioria siempre sería un tipo simple.
-¡Qué te den!- Insultó Milo, bufando después con notable desprecio. -¡Tú quédate aquí en tu casa, que lo último que me faltaba era verte el puto careto a diario!- Algo de lo que decía Milo tenía su verdad, observó Kanon, atento como estaba a todo mientras temía que la situación se le fuera de las manos debido a sus propios problemas.
-¡Qué te den a ti, capullo! ¡Debería ir, para que cierres la boca de una puta vez!- Gritó Aioria, y Kanon casi estaba cruzando los dedos ante la inminente victoria.
-¡Qué no, joder!- Exclamó Milo con furia, no sabiendo ya si lo decía en serio y se había arrepentido de su táctica o bien continuaba con el espectáculo.
-¡Qué sí, cojones!- Entonces Aioria asintió firme y nerviosamente, deshaciéndose veloz del agarre de Saga para incorporarse digno en toda su actual hermosura. -¡Ahora sí que voy!-
-Aioria... - Saga quiso decirle algo, siendo rápidamente interrumpido por la expresión iracunda y firme de aquel cuyo nombre había pronunciado.
-¡Qué ahora quiero ir, he dicho!- Gritó Aioria a Saga, comenzando a tratar de desanudarse su delantal sucio de pescadero con movimientos fuertes. Como estaba nervioso y casi rojo del enfado, Aioria no pudo cumplir su cometido correctamente, optando por básicamente arrancárselo y tirarlo al suelo como si fuera la cosa más despreciable del mundo. -Qué bastardo, diciendo que yo no me atrevo y qué mejor, que si no les voy a estar jodiendo por ahí... - Farfulló entre dientes el antiguo santo de Leo, haciendo que su ridículo gorrito corriera la misma suerte que el delantal.
-Entonces... - Kanon no podía creer que hubiera funcionado algo tan sencillo, no todavía, contemplando al furioso Aioria con ojos brillantes y esperanzados.
-¡¿Entonces qué?!- Gritó el otro, dedicándole una mirada asesina.
-¿Vas a venir con nosotros?- La pregunta de Kanon sonó hasta incrédula.
-¡Sí! ¡Para cerrarle la boca a ese cabronazo!- Dijo Aioria tan fuerte y poderoso como solo él podía ser, señalando a Milo con un dedo que, de ser posible, lo fulminaría con un rayo láser. Kanon tuvo que aguantarse una carcajada. -¡¿Dónde está esa furgoneta?!- Y es que parecía dispuesto a irse así, sin más, sin equipaje ni nada, movido por la furia y los deseos de demostrar que él no era ningún cobarde ni como los viejos de pueblo.
Con nervio, Aioria buscó con la mirada por ver si daba con ella, dejándose llevar por el impulso y el instinto tal y como había hecho toda su vida. Entonces alguien interrumpió su extraño comportamiento cercano a lo salvaje, pinchándole un hombro temblorosamente debido al ajetreo y estallido visceral del que habían sido participes (ellos junto a otro buen puñado de personas, todavía presentes y bien atentas).
-Aioria... - Dijo Saga tras la llamada física de atención, logrando que el aludido se girara sobre sus pies con fuerza y movimientos bruscos. - ... verás, eh... - Parecía complicado, teniendo Saga que buscar las formas adecuadas no fuera a ofender al otro. -¿Te importaría darte una ducha primero?- Los ojos de Aioria se abrieron con repentina sorpresa.
-¿Qué?- Cuestionó perdido, hundiendo sus hombros debido al escape de la ira tras semejante pregunta, que poco tenía que ver con todo lo anterior. -Oh... - Entonces lo comprendió, pegando un instante su nariz a su propio hombro para descubrir la peste delatora del pescado, que lo había acompañado durante todo el griterío. -Claro.- Dijo, asintiendo un par de veces mientras trataba de no mostrarse tan avergonzado como se sentía.
Kanon se dijo que, lo hiciera de una forma u otra, Milo siempre terminaría lo que él mismo había empezado.
Y que Aioria, hasta el fin de sus días, sería definitivamente un poco idiota.
