Capítulo 9. Verdad al descubierto
Sus dos sueños eran distintos. Sus dos sueños eran diferentes, no eran uno a continuación del otro. Si era cierto que una cosa se desarrolló tras la otra, pero en lugares diferentes y con personas diferentes.
Porque le persona que realmente lo violó, no fue Sesshômaru. Él lo único que hizo fue… protegerlo de sus propios recuerdos. Bloqueó toda la amargura que otro le provocó, atrayendo la ira hacía él para encubrir a otra persona, por su propio bien.
Porque la cama de Sesshômaru estaba sostenida por postes de roble, no columnas de mármol, como recordaba en sus pesadillas. La expresión triste en el rostro de su hermano que adornaba sus sueños se debía a que… ¡Él sabía que lo iba a perder tras hacerle aquello, pero escogió hacerle olvidar y mitigar su dolor!
Su hermano se sacrificó por él. Y había sido tan estúpido que no lo había visto, ignoro su dolor para solventar el suyo propio, obviando la realidad, disculpando al verdadero culpable.
—¿Sucede algo, Inu… chan?
Volteo con los ojos en llamas de la furia al reconocer de inmediato la voz que le hablaba con fingida calma desde el marco de la puerta.
—No, padre —respondió, arrastrando la última palabra con desprecio—. Solo me preguntaba en que momento te volviste tan desgraciado como para hacerme lo que me hiciste.
—Vaya, así que al fin comprendiste —exclamó encantado—. Tanto mejor, ya estaba cansado de ver la mirada patética de Sesshômaru por tu rechazo o sus estúpidos remordimientos por lo que te hizo.
—¿Remordimientos?
—Vamos, Inu-chan, él te hizo lo mismo que yo y justo después de todo lo que pasaste, se odia a sí mismo.
—¡Pero Sesshômaru no…! ¡Él no….!
—¿Qué él no te violó? ¿Qué lo hizo por tu propio bien? ¡Desengáñate, pequeño, tu hermano te deseaba tanto o más que yo! ¡Era cuestión de tiempo que eso pasara, simplemente yo me adelante y le di a él la excusa perfecta! A decir verdad, debería estarme agradecido en lugar de odiarme… Supongo que no puede soportar que yo llegase primero…
—No es cierto. Sesshômaru no es así.
—Otra vez con esa falsa impresión que se ha tardado años en construir para ti. ¿Recuerdas a Kikyô, tu novia en secundaria? ¿A que no adivinas quien arruinó su empresa y la obligó a marcharse lejos de aquí?
Kikyô había sido su gran amor. La había querido más que a su vida y el uno perdió la virginidad con el otro, mientras se susurraban palabras de amor eterno que, si bien a él le sonaron siempre vacías, a ella le agradaban. Pero las empresas de su padre habían entrado en la bancarrota y tuvo que dejar el país, destrozándole el corazón.
Años más tarde, la encontró de nuevo, en la entrevista para encontrar secretaria y, la contrató sin dudarlo. Pero ya nada había sido lo mismo, él tenía a Kagome y Kikyô estaba casada y felizmente enamorada de su marido. Así que se limitaron a mantener una relación jefe-subordinada y amistad fuera del trabajo.
Era mentira, Sesshômaru no habría hecho eso. No podía hacerlo. Pero con toda seguridad, su padre no había sido, puesto y que aquella relación tan solo la conocía su hermano.
"Basta" se dijo a sí mismo "No voy a volver a dudar de mi hermano, es este maldito desgraciado que trata de confundirme… Cuando seguro todo es culpa suya…"
—No vas a conseguir nada si piensas que voy a culpar a Sesshômaru, no de nuevo —su voz, increíblemente, sonaba con total convicción, fuerte, justo la misma tonalidad que usaba para los negocios—. Me largo de aquí —anunció, caminado hacía la puerta—. Adiós, padre, espero no volver a verte hasta el día de tu entierro.
Justo cuando atravesaba el umbral, el brazo de InuTaisho lo retuvo y lo lanzó contra una de las paredes, ocasionándole un fuerte golpe en al cabeza y un corte poco profundo, que lo dejó un poco mareado, además de que un inquietante dolor comenzó a recorrer su espalda.
—¿Realmente crees que te dejaré irte? —se acercó al chico debilitado por lo imprevisto del ataque y posó sus manos en la cabeza, atrayéndola hacia la suya—. No, Inu-chan, no vas a salir de aquí sin pagar el precio —acercó sus rostros y lamió la sangre que había comenzado a caer desde la cabeza—. Tenemos algo que repetir —agregó, atacando sus labios con salvajismo.
—Des…gra…cia…do… —murmuró, antes de que la vista se le nublara y perdiera el sentido.
Abrió los ojos pesadamente, con la cabeza dándole vueltas en una especie de vorágine sin fin. Vislumbró la oscuridad imprecisa y borrosa. Cuando su vista se enfocó, casi se muere de la impresión y del horror.
Aquel escenario le era tan macabramente familiar como dolorosamente cierto. El cuarto oscuro, las velas por doquier… Una mesa con varios objetos que prefirió no identificar y sus manos... Atadas a aquellas columnas de mármol, de pie, con la camisa abierta y los vaqueros desabrochados. Un intenso frescor mezclado con pinchazos punzantes recorría su herida de la cabeza, sin duda limpia y desinfectada para que no sangrara.
Pestañeo un par de veces parar comprobar que no estaba en una de sus famosas pesadillas. No, era real. Un sonido discordante se escuchó a su izquierda y volvió los dorados ojos hacia otros del mismo color, solo que mucho más despiadados. InuTaisho parecía satisfecho con su estado y también se había desabrochado la camisa
—Veo que ya despertase… Inu-chan —sonrió, con mucho de cinismo y crueldad—. Bien, podremos empezar con nuestro pequeño juego, prometo que superaré tu regalo de cumpleaños de hace tras años, pequeño.
—¿Pequeño juego? —exclamó con la voz ronca y débil, pero con repulsión—. ¿Qué clase de asqueroso pedófilo eres tú, padre? —arrastró la última palabra con especial énfasis y asco.
—Vamos… Te gustará, si no opones resistencia —fue hacia la mesa y tomó algo de ella, para después aproximarse al indefenso joven—. ¿Te agradan? —pregunto enseñándole dos pinzas negras que reconoció al instante y un temblor lo sacudió—. Veo que si.
—¡Ah! —gritó de dolor y varias lágrimas escaparon por sus ojos cuando las pinzas atraparon presionando sin piedad y haciéndole sangre en su delicado pecho—. Hijo de…
—Oh, por lo visto aun te quedan ganas de seguir provocándome— lamió la sangre con descaro e Inuyasha sintió la repulsión al contacto brotar en su mente—. Eso no es bueno para ti, Inu-chan.
—Lo que no va a ser bueno para ti… —le informó entrecortadamente—. Es la paliza que te voy a dar cuando me sueltes.
—Umm… Demasiado violento —se aproximó, hasta quedar cara a cara y apretó las pinzas con fuerza, escuchando con deleite el nuevo grito de sufrimiento—. Yo haré que ruegues, pequeño. Borraré toda esa altanería y orgullo y suplicaras mi clemencia —lo soltó y se separó unos segundos, para coger una cuerda y enrollársela en el cuello—. Ya lo hice hace tres años y volveré a hacerlo hoy- —murmuró, tomado uno de los extremos de la cuerda y estirando, ahogándolo, haciéndolo llorar, mientras sus manos bajaban sus jeans y los deslizaban con maestría y facilidad—. Esto te va a resultar un poquito doloroso, pero pasará, Inu-chan —dicho lo cual bajó también sus pantalones y dejo de asfixiarlo.
—Noo... —gimió el chico, ante lo que intuía iba a ocurrir.
InuTaisho se acercó peligrosamente a él alzando sus piernas y posicionándose para desgarrarlo con fuerza.
—Yo te hubiera preparado algo más… —lamió con apremio el cuello y lo mordió con fuerza, saboreando de nuevo su sangre, acariciando con su lengua el fino hilo de cuerda que había entre sus labios—. Pero como estás tan ansioso…
InuYasha sintió el fuerte empujón de su padre y se preparó, trato de relajar por completo su tensísimo cuerpo, sin lograrlo. Cerró con fuerza los ojos, pero la brutal embestida jamás llegó. De pronto, el cuerpo de InuTaisho se separó con brusquedad del suyo y creyó que había sido lanzado lejos de él, pero como no sabía bien que ocurría, se mantuvo a la espera, rogando a Dios que a su padre le hubiera vuelto la cordura de repente.
Unas manos frías lo destararon y su tembloroso ser cayó sobre quien fuera que lo había liberado, sin atreverse a abrir los ojos. Su salvador le subió los vaqueros y lo sostuvo con apremio, rodeándolo con un brazo que reconoció por la cintura, ayudándolo a caminar.
Por fin separó los párpados y se topó con los ojos ámbar de Sesshômaru, generalmente fríos, que expresaban una furia mal contenida y no se apartaban de una figura inmóvil tendida poco más adelante. InuYasha casi temió que lo hubiese matado, pero poco después el cuerpo se movió e InuTaisho se puso de pie, mirándolos a ambos con una sonrisa de lado a lado, bloqueándoles la salida, pero con una marca de puños en el extremo derecho del rostro, sin duda el pago del mayor a los cuidados prodigados a su hermano.
—Vaya, Sesshômaru, ¿viniste parar ayudar con el pequeño Inu-chan?
—Aparta —y hasta a InuYasha le recorrió un escalofrío de lo mortalmente fría y peligrosa que sonaba la voz de su hermano, jamás lo había oído hablar así—. O te mataré.
—Vamos, no es parar tanto… —los ojos de su padre, que no parecía intimidado en absoluto, se estrecharon con maldad—. ¿Celoso de nuevo, hijo?
Definitivamente, aquellas palabras firmaron al sentencia de muerte de InuTaisho, que se vio recibiendo un puñetazo de Sesshômaru que debió de desencajarle la mandíbula de lo fuerte que había sido, mientras la rodilla se hundía en su estómago y su cara se contraía con un rictus de dolor.
—¿Duele, padre? —cuestionó, arrastrando hielo en cada silaba, al hombre inclinado junto a él que se sostenía como podía. Sesshômaru agarró los cabellos de su padre y lo obligo a mirarle a la cara-—.Vuelve a tocarlo y te matare, te lo juro.
Iba a asestarle un nuevo golpe, para dejar las cosas claras, pero el cuerpo de InuYasha pegándose a él por la espalda lo detuvo, recordándole que tenía prioridades que atender más importantes que asegurarse de que su padre no podría volver a caminar en su vida y giró, abrazando a su hermano, que no podía apenas ni sostenerse.
—Sácame de aquí, por favor —rogó su hermano menor, con un deje de desesperación y alivio en su débil voz.
No respondió, pero lo subió a su espalda, puesto que ni siquiera podía caminar, atravesando todos los pasillos necesarios hasta el portón de entrada y juntos marcharon hacía el Lamborghini plateado que reposaba fuera, el coche de Sesshômaru, en el cual fue depositado InuYasha con suavidad, en el asiento del copiloto, mientras su hermano tomo el del conductor y encendió el motor, parar después dirigirse hacia la salida de aquella mansión en la cual dejaban recuerdos felices y tristes.
—Vuelvan pronto —les despidió el guardia de la verja de salida.
El gran acelerón y la polvoreada que inicio Sesshômaru nada más verse en la carretera, le indicó que era posible que nos los volviera a ver nunca más.
Continuará...
