La semana previa a mi enlace con Edward pasó muy rápido. René y Phil vinieron a Forks a ultimar los preparativos y para pasar más tiempo juntos. Me alegraba tenerlos en casa porque si todo iba bien no podría verlos en mucho tiempo, y ya nunca más los vería siendo humana.
Me daba pena dejar a mis padres, no volver a ver a Charlie y a René; pero por otro lado estaba deseando ser completamente una Cullen, ser como ellos. Estaba preparada para convertirme en vampiro y estaba dispuesta a pagar el precio que eso suponía. Además, no perderiamos el contacto ya que cuando fuera seguro para mí estar con humanos volvería a verles.
El 21 de septiembre el cielo amaneció cubierto de nubes, perfecto para Edward y su familia; aunque para mi madre suponía una desgracia. René adoraba el sol, y el que el día de la boda de su hija no fuera a haber un cielo despejado la entristecía. La loca de René, ella que tanto me había hablado en contra del matrimonio a edades demasiado tempranas tenía que ver cómo su única hija se casaba y además se veía privada del sol.
Estaba durmiendo plácidamente cuando dos grandes rocas me aprisionaron los brazos y me zarandearon con fuerza; enseguida escuche la voz de Alice:
- ¡Vamos Bella, arriba dormilona!- su voz era la de un niño la mañana de navidad, esperando para abrir los regalos de Papá Noel.
- Mmm, Alice.- Gruñí, irritada por la forma de despertarme.- Tranquilízate.- Me dolían los brazos, las manos de la pequeña vampira me aprisionaban con tanta fuerza que sentía que me iba a romper todos los huesos- Ay Alice, por favor- me quejé.- ¡Me haces daño! ¿No querrás que vaya llena de moretones a mi boda no?
- Perdona.- Aflojó un poco la presión que ejercía sobre mí pero sin soltarme; tiró de mí hasta sacarme de la cama.- Vamos, hay tanto que hacer- su ilusión parecía no tener fin.
Aún estaba medio dormida por eso en cuanto Alice me puso de pié y me soltó me volví a caer sobre la cama. Me froté los ojos; miré el reloj de la mesilla y al cabo de varios segundos, cuando mi mirada se volvió clara pude ver que eran las 9 de la mañana.
- ¡Por Dios Alice!- exclamé.- ¡La boda no es hasta las 5 de la tarde!- poco antes del anochecer; una boda nocturna era perfecta para que los Cullen pasasen desapercibidos.- ¡Tenemos tiempo de sobra!
- No. Hay que darse prisa; aún hay muchas cosas que hacer.- Me empujó hacia el baño donde me obligó a ponerme unos vaqueros y una camisa blanca.- Luego ya te pondrás el vestido.- Dijo.
Una vez que estuvo satisfecha con mi aspecto físico me empujó hasta el piso de abajo donde me obligó a desayunar.
- Vamos Esme y René nos esperan en la mansión para ultimar los detalles.- Me apuró.
Recogió mi cuenco del desayuno y me agarró de la mano, tirando de mí hasta la calle. Reconocí el Volvo plateado de Edward y mi corazón dio un vuelco de pensar que mi ángel estaría allí. Los retoques de la boda habían hecho que casi no tuviéramos tiempo para vernos durante esa semana, no habíamos tenido ni un solo instante de intimidad.
- Edward me ha prestado su coche para venir a buscarte, el mío es algo más vistoso.- Dijo.
Mi corazón se encogió de tristeza; me acordé de que Edward y Jasper se habían ido a cazar y no regresarían hasta casi la hora de la boda. A Jasper le vendría bien no tener sed para poder sobrevivir a la muchedumbre y Edward llevaba demasiados días sin cazar, sus ojos estaban negros.
La idea de estar todo ese día sin mi otra mitad, sin la otra parte de mi ser me entristecía. No era sólo porque la ausencia de Edward suponía no poder escapar de la alegría y la ilusión arrolladora de Alice y los últimos detalles de la boda; sino porque cuando estaba separada de Edward sentía que me quedaba rota, vacía. A pesar de que desde mi cumpleaños Edward y yo habíamos decidido dejar de ser Romeo y Julieta y dejar de culparnos a nosotros mismos por todo lo que nos pasaba, cuando él se iba no podía evitar sentir que me abandonaba. Sabía que no lo haría, que ya nunca me abandonaría pero no podía evitar sentir miedo de perderle. Alice adivinó mis pensamientos.
- Bella, no será mucho tiempo. No sigas triste; ¡vamos, es el día de tu boda!- Sonrió.- Esta noche serás una Cullen.
No pude evitar sonreír ante la impaciencia de ser una Cullen. Si todo iba bien esa misma noche sería una Cullen ante mis padres, y en un par de días sería un completa Cullen para el resto de la eternidad.
Cuando llegamos a la mansión mi madre ya estaba allí. René se había hecho amiga de Esme, a quien apreciaba por toda la labor que hacía cuidando de cinco adolescentes tan diversos y a veces problemáticos. No comprendía cómo Esme lograba dominar tán bien a los Cullen siendo tan buena y bondadosa como era y cómo podía estar siempre tan llena de vida.
- Bella cariño, veo que ya te has despertado.- Mi madre se levantó del sillón en el que hasta hacía un segundo estaba sentada y me abrazó con dulzura.- ¿Has dormido bien?
- Si mamá- dije bostezando; René me miró fijamente pero no dijo nada. Lo cierto es que durante la noche había vuelto a tener la misma pesadilla que el día de mi 19 cumpleaños, solo que esta vez podía oír aullar a un lobo en la distancia.
Me acordé de la charla que habíamos tenido la noche anterior. Había agradecido que fuera ella y no Charlie la que hubiera decidido darme esa charla sobre el matrimonio y el gran paso que iba a dar; además del tema del sexo. A pesar de que René ya me había hablado anteriormente de ese tema, la noche anterior había sentido que era diferente. Tenía una nota de advertencia, de pena por que su pequeña se hacia mayor.
- Ven, tienes que ver cómo han dejado Alice y Esme el jardín.- Me cogió de la mano y seguidas por Esme y Alice, que sonreía pagada de sí misma, abandonamos el salón.
En el jardín había al menos 20 mesas de madera, cada una de ellas con capacidad para unas diez personas. Una mesa rectangular presidía el banquete; allí sería donde nos sentaríamos Edward y yo. Las mesas, de madera estaban tapadas con finísimos manteles de lino color crema con un remate rosa fresón. La sillas, forradas del mismo color que las mesas, tenían un hermoso lazo de seda rosa.
- Traerán los centros florales sobre las 3- dijo Esme.
Asentí y seguí contemplando el lugar. Al fondo habían levantado un escenario para que el grupo que Esme y Rosalie habían contratado por orden de Alice pudiese tocar. Divisé varios aparatos eléctricos, altavoces y ecualizadores de sonido. Seguí observando el jardín, deteniendo mi mirada en las antorchas que rodeaban las mesas, encuadrándolas, los farolillos de inspiración japonesa que había colgados. Sin duda era un bonito comedor improvisado pero para celebrar la boda hacía falta algo más.
- Esto... Alice ¿donde están el altar, el palio, todo lo necesario para realizar una ceremonia?- pregunté.
- Por aquí- Alice me cogió de la mano y me guió hasta el interior de la casa.
Tan pronto llegué al salón ahogué una exclamación de asombro. Donde unos minutos antes estaban el sofá, los sillones y el resto de muebles del salón ahora había un gran vacío que estaba siendo ocupado por unos finos bancos de madera labrada.
- ¡Hola Bella!- Emmet entraba por la puerta principal, cargando él solo un banco. A pesar de que para él resultaba tremendamente fácil suponía que el banco era muy pesado.
Le sonreí.
- ¿Cuántas personas harían falta para portar esos bancos?- pregunté curiosa.
- 3- contestó orgulloso de su fuerza. Posó el banco en el suelo y se acercó a nosotras-. ¿Estás nerviosa?- su rostro se volvió más serio, preocupado por mí.
- Un poco- admití. Lo cierto era que estaba hecha un manojo de nervios.
- No nos vendría nada mal tener aquí a Jazz ¿verdad?- dijo, dando de lleno en la diana, no por Jasper sino porque eso significaría que Edward también estaría aquí.- No te preocupes, todo va a salir bien- Me abrazó con sus enormes brazos y me sentí algo más tranquila, reconfortada.
Emmet lograba desconcertarme; a pesar de que parecía ser el hermano más infantil y despreocupado de la familia no lo era. Su forma de ser tan alocada sólo era una fachada; siempre se preocupaba por su familia, incluso por mí que aún no era una Cullen. Sabía que intentaba hacerme sentir como lo haría Edward.
- Gracias- susurré algo más tranquila.
- De nada- sonrió y me soltó. Se dirigió a la puerta.- Bueno... tengo que seguir colocando los bancos o tus invitados no tendrán donde sentarse.
- Venga, aún no has visto el altar- me animó Alice dirigiéndome hacía el lugar al que estaban orientados los bancos.
Emmet, supuse que habría sido él, había colocado una mesa de madera en la cabecera. Estaba tapada con un pequeño mantel, rectangular; y tenía encima una Biblia, de aspecto muy antiguo, así como un cáliz de oro con una franja de piedras preciosas (esmeraldas, turquesas, rubíes, ónices y lapislázulis) y dos pequeñas jarras bañadas a juego. Era un lugar realmente bello. Entonces levanté la vista y vi algo que me sobrecogió. A pesar de no estar en un lugar considerado sagrado y de no ser una persona religiosa sentí que me invadía una oleada de respeto y misticismo cuando vi el crucifijo del padre de Carlisle. Estaba elevado, colgado en la pared del fondo, presidiendo la estancia.
La cruz parecía más antigua que nunca, y un rayo de luz procedente de la ventana lo iluminaba como si el mismo Dios bendijese nuestra unión.
- Carlisle me ha ofrecido el crucifijo- dijo Alice en voz baja, como si temiera que hablar demasiado alto fuese una profanación- dijo que era el mejor uso que podía tener.
Me limité a asentir pues no me salían las palabras; nunca podría agradecerles lo bastante e los Cullen todo lo que estaban haciendo por mí.
Tragué saliva y me sequé las lágrimas que corrían por mi rostro.
- Ya voy mamá- dije con una inusitada alegría.
Salí al jardín donde permanecí retenida toda la mañana en compañía de Alice, Esme y mi madre. Rosalie, que también se encontraba en la casa era la encargada de atender a los repartidores y demás personas que traían todo lo que Alice había pedido. Cuando Emmet terminó de colocar los bancos de la improvisada capilla se encargó de preparar todos los aparatos electrónicos. Su "hermana" le ayuda ajustando los focos, los altavoces, manejando la mesa de mezclas,... Luego, en un descuido de Alice, ambos lograron escabullirse para el piso de arriba. Por desgracia para mí, no corrí la misma suerte y Alice me descubrió cuando intentaba escapar.
A las 2 de la tarde mi madre y yo nos dirigimos a la cocina donde preparamos una improvisada comida con lo que había en la nevera de los Cullen. Aunque a decir verdad ninguna de las dos comió mucho. René estaba ansiosa, pletórica, y hablaba sin parar lo que dificultaba que comiese con normalidad. Yo sentía un tapón en mi estómago, un nudo de nervios por la proximidad de la boda, que impedía que la comida entrase en mi cuerpo.
Además extrañaba a Edward, le necesitaba a mi lado. Quería que me abrazase dulcemente, que me acariciase el pelo, que me sonriese con esa preciosa sonrisa suya, que me hablase con su melodiosa voz y me tranquilizase. Extrañaba su risa, esa canción que elaboraban sus cuerdas vocales cuando se reía; anhelaba su aroma, que era opio para mí; añoraba el contacto con sus manos, sus finos dedos rozando mi cara; sus carnosos labios besándome. Sabía que era una tonta, que me estaba comportando como una verdadera Capuletto sintiendome así después de haber sido yo la que había querido romper con nuestra tragedia shakesperiana pero en esos momentos no me importaba lo que Edward me pudiera decir si me viera ya que eso significaría que estaría conmigo.
Sentí la necesidad de encogerme y de abrazar mis rodillas para protegerme y defenderme de esta ansiedad que me embargaba; pero en lugar de eso me desahogué jugando con mi comida de forma frenética.
- Bella cariño- mi madre me miraba preocupada, por su expresión deduje que mi comportamiento estaba siendo demasiado frenético- . ¿Podrías dejar de jugar con la comida? Te veo muy nerviosa, ¿porqué no te tomas una infusión de tila?
Una tila no logrará tranquilizarme, pensé, ni siquiera cien infusiones de tila serían capaces de calmar mi ansiedad. Lo que necesito es a Edward." Intenté coger el teléfono móvil que Edward me había regalado pero recordé que Alice me lo había quitado para evitar que lo llamara en situaciones así. No era oportuno desconcentrar a un vampiro en plena caza. Maldije a Alice en mi cabeza por conocerme tan bien. Entonces descubrí la solución, si yo no podía llamar a Edward, lo haría ella. Me levanté bruscamente y salí al jardín donde Alice estaba terminando de colocar la finísima y carísima vajilla de porcelana china que usaríamos en el banquete. La llamé.
- ¿Si Bella?- me dijo.
- Alice necesito hablar con Edward- todo mi cuerpo temblaba, me retorcía las manos, desesperada.
- Bella sabes que ahora no podemos molestar a Edward.- me dijo tranquilamente.
- Por favor Alice,-le supliqué- sabes que le llamaría yo pero me has quitado el teléfono móvil. Por favor- rogué- ¡sólo necesito hablar con él!
- ¡Bella por el amor de Dios! Sólo espera unas pocas horas, ¿ni siquiera puedes esperar al momento de vuestra boda?
- ¡No, no puedo!- dije chillando. Todo mi cuerpo recibió una descarga eléctrica, y sentí que se colapsaba. No podía respirar, me ahogaba, mis manos temblaban y de mis ojos caían grandes lágrimas.- ¡Necesito a Edward!
Alice se acercó a mí y me sentó en una silla. Le costó bastante pues todo mi cuerpo se encontraba en tensión y mis músculos no me respondían; no era capaz de moverme.
- Voy a traerte una infusión para que te relajes un poco- me dijo y empezó a caminar.
El sonido de su teléfono móvil interrumpió su paso.
- "Jasper"- dijo antes de contestar.
- "..."
- "Si. Está aquí."- estaba hablando de mí.
- "..."
- "Desesperada"
- "..."
- "¿Cuánto tiempo?"
- "..."
- "Está bien. Os espero""
Colgó el teléfono y me miró. Yo había estado a la espectativa, esperando que Edward quisiese hablar conmigo y ahora, al ver que había colgado el teléfono y no había podido hablar con mi ángel me había puesto en pie, llena de ira.
- Vienen para aquí- me dijo para tranquilizarme- llegarán aproximadamente en una hora.
Respiré, asmilando sus palabras. Edward estaba llegando; pronto nos veríamos y entonces todo iría bien. Los nervios que tenía desaparecían, así como esa extraña sensación que me decía que algo estaba por llegar. En una hora podría verle por fin, abrazarle, sentir su piel, oler su aroma... él era lo que necesitaba para tranquilizarme. Mi corazón empezó a saltar de impaciencia en mi pecho, el saber que Edward venía a nuestro encuentro le había dado alas, quería que llegara ya el momento. Me levanté de la silla sonriendo.
- Gracias Alice- exclamé y me fui corriendo a la improvisada capilla en la que Esme estaba decorando los bancos con finos lazos color vainilla.
Conforme pasaba el tiempo y se acercaba el momento de reencontrarme con Edward mi nerviosismo y mi impaciencia iban en aumento, hasta el punto de que si antes mi estado podría calificarse de histérico, ahora era una yonqui en pleno proceso de desintoxicación. Una desintoxicación que por supuesto yo no había pedido. Iba de un lado para otro, molestando a todo el mundo; mis manos me temblaban y tiraba todo lo que encontraba a mi paso. También había intentado arrodillarme en el suelo y abrazarme a mis rodillas pero Alice me lo había impedido; decía que era patético que toda la gente que estaba colocando las cosas de la boda viese a la novia comportarse de esa forma. Me llegó a amenazar con no dejarme ver a Edward hasta el momento de la boda; lo que hizo que intentase comportarme de una forma más normal pero a la vez que rompiese a llorar como una niña pequeña. Me avergonzaba que me vieran así, sabía que debía ser más fuerte, ser consecuente con mis actos. Además, no era la primera vez que Edward salía de caza, sin embargo esta vez lo sentía diferente. No podía explicarlo, deducía que era por los nervios de la boda pero no podía evitar sentir peor de lo que nunca me había sentido. Me sentía realmente mal, como un perro sin amo, como una muñeca de trapo a la que su dueña ha dejado olvidada. Y no podía evitar sentirme así, por mucho que lo deseara.
Había acabado por irritar completamente a Alice y llevar al límite la compasión de Esme, que convenció a su hija para llevarme de arriba, al cuarto de Edward. Mis temblores nerviosos me impedían moverme por mi misma por lo que fue Emmet el que se encargó de cogerme en brazos y trasladarme hasta el dormitorio de mi ángel. No me percaté de que le costaba menos esfuerzo que de costumbre cogerme; debería haberme dado cuenta de que algo estaba pasando.
Había perdido la noción del tiempo; no sabía si llevaba en el cuarto de Edward un segundo o 20 minutos; sólo recuerdo que fue su gloriosa voz lo que me sacó del estado de ensoñación en el que me encontraba sumida.
- ¿Alguien me ha llamado?- dijo; y supe que hablaba conmigo.
- ¡Edward!- exclamé aliviada.
Me puse de pie de un salto y empecé a correr por el pasillo de la mansión llamándole. Quería verle, besarle, deleitarme en los maravilloso topacios que eran sus ojos. Maldije mi cuerpo por no correr lo suficientemente rápido y retrasar así el momento de mi reencuentro con mi ángel. El aroma que desprendía llegaba hasta el piso de arriba; lo noté más potente, más embriagador, más irresistible.
Llegué a la gran escalera que conectaba los dos pisos de la casa y lo vi. Sólo hacía unos días que no lo veía y me pareció que su hermosura había aumentado si eso era posible. Estaba increíblemente guapo; se le veía tan lleno de vida, tan pleno, tan rebosante de felicidad; era realmente algo irreal. Su belleza era más que nunca un insulto para los mortales que la contemplábamos. Tuve el impulso de esconderme, no me sentía merecedora de estar en su presencia pero entonces él me sonrió con una sonrisa despreocupada y a la vez cargada de autosuficiencia; sabedor de que él era lo que más necesitaba. Estaba ahí, esperándome al pie de las escaleras con su perfecta sonrisa, su pelo cuidadosamente despeinado, su perfecta camisa blanca impoluta aún después de haber estado cazando. Parecía que acabara de salir de la portada de alguna revista de moda para adolescentes, tenía además ese aura de magnificencia: era mi Edward más perfecto que nunca.
- ¡Edward!-chillé y comencé a bajar las escaleras a toda velocidad.
Mi torpeza apareció para recordarme quien era yo y cuando llevaba bajados apenas cuatro escalones tropecé con mi propia pierna perdiendo el equilibrio y precipitándome al vacío.
Antes de chocar contra el suelo mi ángel me recogió. Se lanzó sobre mí a velocidad sobrehumana y extendió sus brazos a modo de colchón protector antes de que mi cuerpo tocara el parqué.
- Deberías tener más cuidado Bella- me dijo sonriendo-, no quiero que tengamos que celebrar nuestra boda en la capilla del hospital- su voz era tranquila y divertida al mismo tiempo, tierna y algo altiva. Increíblemente irresistible.
- Si no me hubieras dejado sola tanto tiempo no habría estado tan nerviosa para caerme- repliqué mientras intentaba fulminarle sin éxito con la mirada; no sabía por qué pero hoy me parecía más difícil que nunca enfrentarme a él.
- Touché- respondió y me dió un beso; un dulce beso de reencuentro.
Me bajó al suelo y me acompañó (más bien me empujó) a sentarme en un de los bancos que Emmet había colocado. Se empeñó en ver si me había lastimado o tenía alguna herida a pesar de que el mismo sabía que me había salvado antes de que nada malo me hubiera pasado.
- ¿Qué tal la caza?- le pregunté cuando ya llevaba un rato examinando mis tobillos para ver si tenía alguna torcedura. Quería que dejara de tratarme como si fuera una muñeca de porcelana, distraerle de mí.
- Entretenida- contestó sonriendo y sentándose a mi lado. Al parecer ya se había cerciorado de que su prometida estaba de una pieza, en perfectas condiciones para casarse.
- ¿Me dejarás algún día verte cazar?
- No creo-dijo tenso- no quiero que me veas en esa situación.
- ¿Por qué?- yo también me tensé.
- Bella, ya hemos hablado antes de esto- dijo con voz cansada-. No te dejaré que me veas cazar.
- ¿nunca?- pregunté pícara.
- Hasta que no sea estrictamente necesario- ironizó.
- Entonces aún hay esperanza- sonreí intentando devolver el brillo de sus ojos, que había desaparecido cuando había iniciado esta conversación.- Por cierto, ¿has visto todo lo que ha montado Alice?- cambié de tema, señalando a mi alrededor.
- ¿Te parece bien?- su voz se volvió insegura.
- No se ha emocionado tanto como temía- reconocí- la verdad es que Alice ha sido bastante comedida.
- ¿Estás feliz?- sabía a que me refería; la parafernalia de la boda.
- Si- contesté acercándome más a él para besarle.
- ¿Bella?- Alice se acercaba.
- Sálvame- susurré a Edward al oído.
ÉL me rodeó con sus brazos, creando una campana protectora, mientras reía divertido de algún chiste interno. Alice entraba veloz al salón.
- Bella- estaba realmente apurada- ¡vamos, tenemos que empezar a preparate!
Miré mi reloj algo asustada, ¿cuánto tiempo había pasado?, ¿ya era la hora de la boda? Pero las manecillas del reloj me mostraron que aún quedaba tiempo.
- ¡Alice!- exclamé- ¡aún quedan dos horas para la boda!- había tiempo suficiente, no era necesaria tanta prisa.
- Sólo dos horas querrás decir- me corrigió mi futura cuñada-; Edward, suéltala por favor.- le pidió a mi ángel.
Para mi sorpresa Edward la obedeció y me liberó de su abrazo, dejándome indefensa ante la arrolladora vitalidad de Alice quien tiró de mí rapidamente.
- Esta me la pagas Edward Anthony Masen Cullen; lo juro- dije con una voz cargada de ira mientras era arrastrada escaleras arriba por Alice.
Mi prometido se limitó a asentir con la cabeza y a dedicarme una sonrisa que me dejó anonadada.
Hola!!
Sé que he tardado mucho pero aquí está, ya estamos en el día de la boda. espero que os guste, ya estamos llegando a mi parte favorita, y lo que viene a continuación, junto con los dos capítulos siguientes son mis preferidos.
Muchas, muchísimas gracias por vuestros reviews, vuestra opinión es muy importante para mí
Ya sabeis, para lo que querais, darle al Go :D
