Sólo dejaré este capítulo por aquí y me iré lentamente ;3
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It's none of your business
(No es asunto tuyo)
—¿Alguna vez has visitado Marrakech?
Voldemort negó mientras Harry sostenía una vieja raqueta de tenis en sus manos. La tocó con su varita, pronunciando de forma alta y clara "Portus", y la raqueta se iluminó con un destello azulado.
—Es un lugar hermoso. Está cargado de luz, color, y en especial de magia. En Marruecos los muggles saben de la existencia de los magos, y los magos conviven pacíficamente con ellos. Los muggles se ven sometidos a un juramento mágico una vez que descubren la magia: no podrán decir ni contar nada de su existencia ni sus logros. Pero usualmente la gente no suele marcharse. Marruecos es hermosa, en especial en primavera.
—¿Cuándo has ido a Marruecos? —preguntó Voldemort, la curiosidad mezclada con burla. No imaginaba al chico Potter de vacaciones en algún lugar lejano mientras la Orden intentaba mantenerlo a salvo encerrado en una casa con muggles. Y tampoco imaginaba que los muggles lo hubieran llevado; en su experiencia, muggles y magos jóvenes no se mezclaban si no querías tener caos.
—Hace unos años —Harry le quitó la importancia con un movimiento de mano—. Mi padrino decidió llevarme. Sirius Black. Necesitábamos escondernos un tiempo y él decidió que fuéramos a Marruecos. Nunca hacen preguntas si tienes los suficientes galeones. Además, los Potter ya tenían una mansión allí. Sirius la conocía de haberla visitado en alguna ocasión, pero nadie más lo hacía. Fue el lugar perfecto.
—Sirius Black está un poco loco —comentó Voldemort, casi al paso, y Potter rió con histeria.
—Lo está —confirmó—. Fue amigo de mi padre, después de todo. Es normal que esté un poco más loco ahora que antes, ya sabes, esos largos años en Azkabán... ¡En fin! Sujétate de esto. Tres... dos...
Voldemort se sujetó con fuerza de la raqueta. La succión del traslador apenas si lo mareó. La sensación de magia en las venas casi le hace dar un aullido de júbilo porque, durante largos segundos, fue capaz de sentirlo. Sentir la magia que dormía en sus venas. Durante el viaje fue capaz de sentirse libre, capaz, poderoso, una sensación que se anuló tan pronto sus pies estuvieron en tierra. La sensación de poder fue reemplazada por la confusión al verse rodeado de miles de colores, estando de pie bajo un ardiente sol.
Los aromas especiados no pertenecían a Alfas ni Omegas; en realidad, Voldemort jamás había sentido el aroma de un Omega con un matiz más allá que no fuera dulce. Se suponía que las Omegas debían atraer con su dulzura y dar la sensación de tranquilidad maternal de que podrían ser buenas madres y esposas; los Omegas no eran diferentes. Entonces, ¿por qué Potter lo era? Regresando a la realidad observó las extrañas personas que paseaban. Turistas muggles de jeans y camisetas junto con magos de túnicas compartiendo pociones. Puestos de comidas y frutas, puestos de alfombras tejidas y mantas hechas a telar, las especias expuestas en bolsas de papel para ser seleccionadas y vendidas en puñados, fajos de pergaminos con inscripciones en diversos idiomas y promesas de un poder inigualable a quien fuera capaz de descifrar alguno...
—Es increíble —Harry habló, robándole las palabras de la boca. Tomó con fuerza su mano y se perdieron entre las turbulentas magias y colores que les exponían los derbs del Jemaâ-el-Fna. La pobreza y la opulencia se mezclaban, y nadie parecía ser tan pobre ni nadie tan rico. Los pobres reían a carcajadas y no aceptaban limosnas, sino que trabajaban trayendo paquetes y vendiendo amuletos para ganar algo de dinero. Los ricos compraban a montón, pero deslizaban cantidades abundantes de oro a la mirada de los vendedores, grandes propinas en sacos de piel que por sí mismos valían mucho.
Voldemort observaba todo, pero, a la vez, no dejaba de observar a su Omega. Se había quitado las gafas y reía con libertad, sus dedos acariciando joyas baratas con cuentas de madera y ópalos, tocando las telas expuestas en colores vibrantes como rayos de luz y suaves como agua coloreada. A pesar del calor las túnicas que llevaban les mantenían frescos, y Voldemort solamente podía pensar en un hechizo templador que había sido aplicado en todas las ropas del vestidor.
Todo en Harry era nuevo bajo la luz del sol marroquí. La chispa vibrante en sus ojos, la risa baja en su garganta, el cómo su cuerpo se apegaba al suyo moldeándose como si allí perteneciera cada vez que debían dejarle el paso a un grupo de turistas o a algún brujo con muchos sacos cargados de objetos. Harry alzaba la vista y le contemplaba como si también le estuviera observando por primera vez, y luego eran arrastrados por un grupo de bailarines divertidos que agitaban las caderas al ritmo de varios instrumentos árabes y debían imitar los movimientos de baile pegados, dejándose llevar por las multitudes que reían y gritaban en varios idiomas para hacerse oír por sobre la algarabía.
En algún momento de aquel paseo rumbo al lugar al cual Harry quería llevarlo, Voldemort se dio cuenta que desconocía el momento en que Potter había pasado a ser Harry. Desconocía el momento en el que el chico había pasado de ser el omega a su Omega. Desconocía el momento en que su cuerpo y su alma lo habían reclamado y lo necesitaba por siempre a su lado, como si toda su vida se hubiera resumido a un suspiro anegado a la idea de finalmente hallarlo.
Y estaba allí, entre sus brazos, suyo.
...
Luego de un par de horas de atravesar la feria comieron en el balcón de un pequeño y cómodo restaurante bastante privado. Té dulce acompañado con una amplia variedad de comida étnica. Especias picantes sobre diversas ensaladas, carne cocida en ácido de cebollas trituradas envuelta en pan pita... Cada plato era acompañado de un vaso de leche de cabra fresca que ambos aceptaban para calmar los ardores de sus gargantas. La leche, como le había explicado Harry, era lo mejor para calmar la picazón de los pimientos. El agua, en cambio, no hace más que esparcir el ardor por toda la boca.
—No pareces ser del tipo que come estas cosas —murmuró Voldemort, observando a Harry rellenar de arroz con curry una de aquellas finas tortillas de pan. Harry se encogió de hombros antes de darle una mordida, y respondió después de tragar.
—Siempre es una buena experiencia probar cosas nuevas. Tenemos solamente una vida, ¿qué esperamos para vivirla? El mundo está lleno de comidas, de bebidas, de experiencias. No podemos limitarnos a fish and chips, a cerveza de mantequilla o a caminar por Hogsmeade a media tarde comiendo chocolate de Honeydukes. Conformarme con poco definitivamente no está en mis opciones —Harry rió suavemente—. Me gusta pedir y querer a lo grande, y saber que si verdaderamente está en mis posibilidades no hay nada que me impida tenerlo.
Voldemort le observó con una sonrisa. Hablaba con madurez, y su voz no era tan suave. Su voz, como él, tenía muchos matices. La voz de Omega, cuando quería protección, afecto o atención. La voz de arrogancia, cuando debía imponerse y burlarse. La voz del dolor y la pena, la pérdida, una voz que Voldemort sentía que no quería volver a oír jamás. Y luego estaba aquella voz. Era una voz natural, clara, con un matiz de emoción, de esperanza, de pasión. No era una voz de Omega, no era una voz de Salvador del Mundo Mágico, no era una voz de mártir. Era la voz de Harry Potter en sí mismo, y Voldemort deseaba oírla cada día de su vida.
Harry le contempló en silencio con una sonrisa que fue extendiéndose. La calidez en su sonrisa era idéntica a la de su mirada. Y pudo sentirse lleno. Extrañamente, pudo sentir que no necesitaba ni quería nada más en ese mundo.
Harry guardó silencio, de pronto, y se levantó como si hubiera sido impulsado por algún hechizo mágico. Voldemort siguió la vista de Harry, captando por las cortinas al interior del pequeño restaurante como uno de los meseros alcanzaba un platón de galletas. Sintiéndose envalentonado, Voldemort lo llamó y pidió lo mismo, sonriéndole a su esposo cuando el plato aterrizó en la mesa, galletas dulces de manzana, jengibre y miel. Harry las atacó con voracidad, su rostro con la expresión placentera de quien prueba el manjar de los dioses. El sol ardiente marchó por el cielo claro y despejado, y las sombras jugaron con las telas, las cortinas y el viento, tintando el celeste de rosado y naranja y amarillo, y parecía ser el atardecer más hermoso que cualquiera podría haber visto antes. El sol agonizaba y ambos sabían que era la hora de marcharse.
Harry pagó con más galeones de los que debería dejando una propina generosa y se encargó de la creación del siguiente traslador, directo a la oficina del notario de Kingsley.
Una vez allí fueron recibidos con el Ministro de Magia, alarmado, dos abogados con expresiones perplejas, el sanador que les había atendido y un notario. Voldemort sintió vértigo al comprobar que el notario no era nada más ni nada menos que Lucius Malfoy, con gruesas esposas negras en sus muñecas. No lucía como si hubiera estado prisionero ni mucho menos. Lucía saludable, quizá más saludable que en sus últimos años a su servicio.
—¡HARRY! —Kingsley corrió hacia él, sujetándolo de los hombros. El gruñido de Voldemort murió en la preocupación del ministro—. ¿Dónde estabas? ¿Dónde...? Dime por Merlín que no te has estado apareciendo por allí.
—Kingsley, por favor —Harry se liberó del agarre del hombre—. Llevé a mi esposo a Marrakech con un traslador. Sé que aún no tengo licencia de aparición y por eso mismo no lo he hecho hasta el momento. No necesitas recordármel-...
—Harry —el sanador se acercó a él, sus dedos ansiosos sin animarse a tocarlo—, creo que tu esposo debe retirarse un momento.
Harry frunció el ceño.
—No. Él tiene que estar conmigo. Debo proteg-...
—Harry —el sanador insistió—, esto es grave.
La magia de Harry hormigueó tan fuerte que Voldemort fue capaz de sentirla contra su palma.
—Decidme. Él es mi Alfa. Estará presente.
Todos se miraron entre sí, excepto Lucius Malfoy, que no podía despegar los ojos grises de Voldemort.
—Harry —el sanador tenía una nota de histeria, y su mirada giraba hasta Voldemort como si temiera que fuera a arrancarle la cabeza—. Necesito que por favor pienses bien esta pregunta, ¿vale? Y respondas con la verdad. Nadie de aquí te juzgará. Ninguno de nosotros lo hará.
Con aquel "nosotros" Voldemort podía saber, claramente, que no se referían a él. Relamió sus labios, tenso.
—¿Cuándo fue tu último celo?
—Unas semanas antes de la Batalla de Hogwarts —Harry puso los ojos en blanco, chasqueando la lengua—. Vamos, ¿es por algún tema de fertilidad o algo así? Sé que los celos de los Omegas son propensos a sufrir retrasos por la tensión y demás. Nunca tuve celos regulares. Podía tener uno en diciembre y tener el otro recién en agosto del año siguiente. Fue a partir de que cumplí trece... ¿por qué me están mirando así...?
Kingsley observó al sanador, y el sanador le devolvió la mirada con preocupación.
—Creo que es mejor que tu esposo salga —repitió Kingsley, preocupado.
Harry hizo algo que Voldemort nunca había oído en un Omega: gruñó. Fue como un gruñido felino débil, casi como un cachorro, pero resonó desde su pecho hasta su garganta y sus dedos, consiguiendo que sus labios se curvaran y sus dientes blancos, pequeños y brillantes como perlas pulidas, relucieran en amenaza.
—No se irá. Se quedará conmigo. Sin importar lo que-...
—¿No entiendes, Potter, que están intentando de protegerte de la furia de un Alfa? —la voz de Lucius Malfoy era apática—. ¿No eres capaz de tener un pequeño sentido de autoconservación?
Harry alzó la barbilla.
—Cierra la boca, Malfoy —siseó, hostil—. ¿Acaso estás irritado por lo que he decidido para ti? Estoy seguro de que trabajar para los Weasley no puede ser lo peor que le pasará a un traidor de mierda como tú, así que...
—Estás embarazado, Potter —y Lucius Malfoy sonrió como quien a pesar de no haber ganado la batalla ha ganado la guerra—. De cinco semanas, lo cual es inesperado, ¿verdad? Te desposaste de blanco hace sólo tres días.
Harry no reaccionó. Voldemort sintió cómo fue expulsado de la habitación; no por magia, sino por Kingsley Shacklebolt, uno de los corpulentos abogados y dos Aurores, quizá mientras el gruñido de su pecho atravesaba su garganta y necesitaba aferrarse a Potter, gritarle y a la vez sostenerle, preguntarle.
Y, quizá, llorar por el agudo dolor que le consumía en el hondo del pecho al notar que sin importar lo que hiciera o deseara, Potter jamás sería completamente suyo.
Y, por supuesto, ya lo saben: si tienen críticas, gritos, insultos, quejas, amenazas, toooodo puede ir en un review, no es demasiado lo que pido, verdad? *les hace ojitos*
Mucho lov para todos. ¡Besos!
xxx G.
