DAENERYS II

No era la primera vez que iba a enfrentarse a una multitud que no confiaba en ella y que, muy probablemente, la temiese y malinterpretase sus intenciones. Jon le había dicho que los norteños eran testarudos pero que, una vez se hubiese ganado su confianza, le serían fieles y la respetarían como a su reina. Y eso era precisamente lo que la Reina Dragón quería conseguir. No quería que le jurasen lealtad por miedo o por obligación, sino porque de verdad creyesen que eso era lo correcto… tal y como Jon Nieve había hecho. Quizás no fuese a conseguirlo en esa primera reunión en el Gran Salón de Invernalia pero, pasase lo que pasase, estaba dispuesta a ser paciente y a ganarse su confianza.

—Estáis hermosa, alteza. —La voz suave y amable de Missandei la sacó de sus cavilaciones, y respondió a su alago con una sonrisa. Vestía un atuendo acorde al frío que hacía en aquel lugar: un vestido de tela gruesa y manga larga con pantalón de color blanco y pequeños bordados en granate. En cuanto a su plateado y largo cabello, su amiga lo había recogido con esmeradas trenzas, dejando tan solo unos mechones sueltos a ambos lados de su rostro—. El amor os sienta bien… —añadió la morena, provocando una sonrisa dulce en la joven Targaryen.

Por supuesto, ella estaba al corriente de todo aquello que había sucedido con el norteño. Tenían la confianza suficiente como para hablar de esos temas más privados e íntimos y, después de todos los años que llevaban juntas, era imposible que Missandei no fuese a darse cuenta de algo así. Cuando estaban a solas a veces se permitían hablar entre ellas sobre el amor, como si tan solo fueran dos muchachas cualesquiera, compartiendo confidencias y riendo a la luz de las velas.

—Puede que así sea… A ti también te sienta bien —respondió con una sonrisa sugerente, y las mejillas de su confidente se sonrojaron mientras apartaba la mirada hacia el suelo, con una sonrisa de enamorada que no era capaz de ocultar.

—Lo echaba de menos… Ahora que volvemos a estar juntos es como si nada hubiera cambiado, como si el tiempo no hubiese pasado.

—Así es cuando el amor es verdadero y fuerte —comentó la reina, sonriendo dulcemente ante las palabras tan profundas de Missandei. Ella también sabía lo que era el amor… Lo había vivido varias veces en su corta vida. Primero con Drogo, después con Daario… y ahora con Jon Nieve. Pero, de alguna forma, sentía que lo anterior no podía compararse a lo que sentía ahora hacia el norteño. Al pensar en él recordó de nuevo aquel breve encuentro que habían tenido hacía unos momentos… Había deseado hablar con él un poco antes de que se produjese aquella importante reunión, pero él había rehusado, y lo había notado tenso y preocupado, casi como si quisiera evitarla a toda costa. Suspiró y trató de quitarle importancia, quizás tan solo habían sido imaginaciones suyas.

—¿Estáis bien, mi reina? —le preguntó Missandei al percatarse de su expresión preocupada.

—Sí, tan solo un poco nerviosa —mintió, sonriendo para quitarle importancia, y levantándose entonces, recuperando aquel semblante y porte característico de una reina—. Debemos irnos ya, se acerca la hora.


El hogar de los Stark le parecía hosco y un poco triste al ser tan gris y poco colorido, pero había algo en él que le resultaba extrañamente acogedor. Jon le había explicado que aquella fortaleza había sido levantada sobre un terreno plagado de fuentes termales, de forma que aprovechaban aquel calor canalizando dicha agua a través de las paredes. Daenerys podía percibir ese calor, aunque le costaría un poco acostumbrarse a aquel invierno después de haber vivido toda su vida en lugares de clima cálido. Al salir de sus aposentos se reunió con su séquito de confianza, que participarían en aquella reunión: Tyrion Lannister, Jorah Mormont, Gusano Gris y la propia Missandei. Seguida de todos ellos entró en el Gran Salón de Invernalia, que albergaba a mucha gente que todavía no había ocupado sus lugares. Todos hablaban entre ellos, muchos bromeando como harían unos viejos amigos y otros tantos preocupados por el futuro, pero Daenerys fue consciente de que la gran mayoría se callaba y pasaba a mirarla con desconfianza en cuanto se percataron de su presencia. Trató de ignorar esas miradas y se dirigió a su lugar en la larga mesa de madera que presidía aquel lugar. Jon ya se encontraba allí, hablando seriamente con su hermana Sansa, la cual estaba sentada a su lado seguida de Bran Stark. Se fijó en que su otra hermana, Arya, se encontraba de pie y alejada, apoyada contra una pared y observando toda la escena desde la distancia. En cuanto se acercó le dedicó una sonrisa cordial a Jon y se sentó a su lado, ocupando las dos sillas que había a su derecha Tyrion Lannister y Jorah Mormont, los dos consejeros que había elegido para acompañarla de cerca en aquel encuentro.

—Veo que somos los últimos en llegar, espero que no llevéis esperando demasiado tiempo —se disculpó con cortesía a los Stark, captando la mirada severa de Lady Sansa y la repentina tensión de Jon, similar a la que había mostrado la última vez que lo había visto.

—No, en absoluto, llegáis en el momento oportuno —le respondió cortésmente, aunque Daenerys se percató de que en su mirada ya no había rastro de ese brillo cómplice, sino cierta preocupación… ¿Sería tan solo por esa reunión, o había algo más?

Era algo que le hubiera gustado preguntarle pero no podía hacerlo en ese momento, así que procuró mantener una postura correcta y cordial mientras traían la cena para todos. No habían preparado un banquete multitudinario y lujoso digno del recibimiento de una reina, pero aquello era algo que Daenerys habría aborrecido y, además, estaban en tiempos de guerra. Eso último era evidente por cómo la tensión y la preocupación se aparecía en los rostros de los allí presentes a medida que compartían no solo el aguamiel y la comida, sino también las noticias más recientes. Por mucho que todo pareciese estar en calma, era una calma que auguraba tormenta. Cuando el banquete llegó a su fin Jon se levantó para captar la atención de todos los presentes y todos lo miraron, pasando a reinar en el gran salón un silencio sepulcral.

—Mis señores, mis señoras. Esta noche recibimos a la reina Daenerys, de la casa Targaryen —pronunció en voz alta, escuchándose murmullos de descontento entre los presentes, que silenció alzando una mano con severidad—. Sé que muchos no estáis contentos con mi decisión, sé que desconfiáis y seguramente me toméis por un necio, pero si he hecho tal cosa es porque confío en Daenerys plenamente y sé que sus intenciones son buenas —prosiguió, y la reina sintió que aquellas palabras en su defensa despertaban cierta calidez en su pecho, intentando ocultar la sonrisa que amenazaba con mostrarse en sus labios y manteniendo un gesto serio y solemne.

—Disculpad, mi señor, ¿pero cómo podéis estar tan seguro de eso? —preguntó uno de los norteños presentes, levantándose y observando a Daenerys con el ceño fruncido. Ella alzó el rostro y procuró mantenerse impasible, incluso cuando muchos de los presentes parecieron estar de acuerdo con aquella pregunta.

—Por lo que sabemos es una extranjera y una Targaryen, ¿acaso habéis olvidado los crímenes que ellos cometieron contra vuestra familia, contra vuestra propia sangre? —añadió otro de los señores, de barba canosa y larga, que parecía lo suficientemente mayor como para haber vivido aquellas situaciones del pasado. Ante aquella pregunta Daenerys pudo notar que Jon bajaba la mirada, como si estuviese abatido, y que volvía a sentarse. Pensó que era el momento adecuado para intervenir, pero entonces el Señor del Norte volvió a tomar la palabra para defenderla.

—No, por supuesto que no lo he olvidado. Pero, ¿es correcto juzgar a una persona por los crímenes de sus antepasados? Porque entonces nadie de los presentes en este salón estaría libre de pecado —respondió, alto y claro, y por unos instantes casi pareció que había logrado aplacar la desconfianza creciente de los norteños. Pero no sería tan fácil.

—Lo que está claro es que al Norte nunca le ha ido bien bajo el mandato de reyes sureños, ¿por qué no mantener la independencia del Norte, evitar que la historia se repita?, ¿cómo podemos confiar en alguien que apenas conocemos? —Esta vez fue una joven la que habló con entereza y seguridad y, por el blasón con forma de oso que era el broche de su capa, Daenerys supo que se trataba de Lyanna Mormont, la sobrina de su consejero. Miró al mismo de reojo y pudo notar la sorpresa en su rostro ya que la última vez que la había visto había sido hacía muchos años, antes de que se exiliara en Essos. Y Daenerys recordaba que le había contado que, por aquel entonces, tan solo era un bebé.

—Podemos confiar en ella porque nos ha dado varias razones para hacerlo. Gracias a ella tenemos todo el vidriagón necesario para esta guerra, contamos con su ejército y también con sus dragones… Y por esta misma guerra sacrificó a uno de ellos —respondió Jon. Aquel último dato pareció sorprender a los presentes, que seguramente no sabían por qué tan solo habían visto a dos dragones y no a tres, y la sala volvió a llenarse de murmullos y comentarios.

Daenerys sintió una punzada de dolor al recordar a Viserion, consciente ahora de que no descansaba en aquella tumba de hielo en la que lo había visto hundirse. La idea de que fuese un arma más al servicio del Rey de la Noche le revolvía el estómago, y hacía que se sintiese furiosa y triste a partes iguales. Intentó serenarse y controlar esas emociones tan fuertes y respiró hondo, mirando a los presentes e irguiéndose ella esta vez ya que consideraba que era el momento de tomar la palabra y hablarles con franqueza.

—Sé que es demasiado pediros que confiéis en una extraña. Sé que habéis sufrido debido a mi familia y, por eso, os pido disculpas —comenzó, mirando a los presentes uno por uno, estudiando sus expresiones y aparentando calma y entereza—. Pero yo no he venido aquí a conquistar el Norte, he venido a salvar el Norte. Quizás no lo creáis, pero lo que he visto ha cambiado mi modo de pensar… Antes no creía que el ejército de los muertos fuese un peligro real, pero lo es… y viene a por todos nosotros. —La sala estalló en comentarios cuando Daenerys hizo una pequeña pausa; algunos parecían desconfiar de sus palabras, otros pensaban que quizás tenía razón, pero todos seguían viéndola como una extraña… como una "extranjera".

—¿Y a cambio exigís nuestra lealtad, que el Norte os apoye en vuestra lucha por el trono? —la pregunta de Sansa Stark pilló a todos desprevenidos, sobre todo a Jon, que la miró con cierta desaprobación por el tono ligeramente mordaz que había utilizado. Detrás de esa cortesía fingida cualquier persona allí presente podría detectar el sarcasmo, y también la evidente hostilidad de su mirada azul y fría como el hielo.

—No lo exijo. Vuestro hermano ya me ha jurado lealtad como vuestra reina —le respondió, mirándola directamente, empleando el mismo tono que ella había utilizado. No quería crear aquella tensión que se generó entonces en el ambiente, lamentándose para sus adentros ya que hasta ahora la reunión había seguido un buen camino, pero no había podido evitar hablar con tanta franqueza.

—En efecto, y lo ha hecho sin tener en cuenta la opinión de su pueblo —contraatacó Sansa, que empezaba a olvidarse de que sus palabras podrían crear gran discordia. Daenerys iba a intervenir de nuevo, pero otra persona la interrumpió.

—Lo he hecho porqué sé que es lo mejor para nuestro pueblo. —La voz grave de Jon se hizo oír encima de todos los murmullos, y su mirada severa se clavó en Sansa, antes de mirar a Daenerys con más suavidad, como si tratase de disculparse sin usar palabras—. Mi único deseo es proteger el Norte, luchar por mi pueblo y ganar esta guerra contra los caminantes blancos. Ser un rey o no, eso no importa, o al menos no debería importar ahora… Lo único que importa es que necesitamos a la reina Daenerys, y ella está aquí porque también desea acabar con los caminantes blancos y proteger el Norte de su amenaza. Unidos podremos vencerlos, pero si estamos divididos entre nosotros… todos moriremos —añadió, y la aludida le dedicó una sonrisa amable a modo de agradecimiento por salir en su defensa de nuevo. Él respondió con un ligero asentimiento y la sombra de una sonrisa se apareció en sus labios pero, de nuevo, parecía haber algo extraño en su mirada.

A pesar de la honestidad del joven y las palabras de la propia Daenerys, los norteños no parecieron muy convencidos del hecho de que ella fuese a ser su reina a partir de ahora… pero era algo que ella ya se había imaginado, y no iba a desistir tan pronto; iba a ganarse su respeto y su confianza y, por encima de todo, iba a esforzarse para merecerse ambas cosas. El resto de la conversación giró en torno a temas de importancia más inmediata, relacionados con la protección de Invernalia y la lucha contra el ejército de los muertos. Daenerys dejó claro que sus huestes y sus dragones estarían a su lado como un apoyo fundamental, y aquellas palabras calmaron un poco a algunos de los presentes. Una vez la conversación hubo terminado todos y cada uno de los participantes fueron abandonando el Gran Salón de Invernalia. La reina dragón tenía intención de comunicarle a Jon Nieve que deseaba hablar con él en privado un momento pero, antes de que pudiese hacerlo, él se marchó con una despedida más fría de lo habitual. A pesar de que ambos intentaban mantener las distancias cuando no estaban a solas, la forma en la que Jon la esquivó, sin ser capaz de mirarla a los ojos siquiera, le resultó demasiado impersonal. Definitivamente había algo rondando su mente y aquello preocupaba a Daenerys… Finalmente, un tanto resignada, optó por regresar a sus aposentos y descansar un poco ya que el largo viaje al Norte la había dejado realmente agotada.


A la mañana siguiente Daenerys despertó con las primeras luces del amanecer, sintiéndose todavía un poco cansada, a pesar de que había gozado de una noche entera de sueño profundo. Pero no gozaba de más tiempo para descansar ya que había muchos asuntos que atender y, tras tomar un desayuno en sus aposentos, salió fuera de los muros de Invernalia junto a Gusano Gris y uno de sus jinetes de sangre para saber cómo se estaban organizando sus hombres y también darles algunas órdenes. Les hizo saber que las armas que tenían ahora serían sustituidas por otras de vidriagón, y que debían de organizar la defensa de la fortaleza junto a los comandantes norteños. Todos sabían que no sería fácil colaborar juntos cuando todos eran unos extraños entre ellos, pero era algo estrictamente necesario; todos debían dejar atrás sus diferencias y desconfianzas si querían sobrevivir. Daenerys era consciente de que no todos los norteños confiarían en ella tan fácilmente y, de entre todos ellos, sabía que Lady Sansa sería un hueso duro de roer, como le había dejado claro con su actitud y sus palabras la noche anterior. Necesitaba acercar posiciones con ella, conocerla más y ofrecerle lo mismo a ella… Quizás de esa forma lograse ganarse su confianza. Así que, después de meditarlo un poco, concertó una audiencia en privado con Sansa Stark, citándola a sus aposentos después de la hora de la comida. La joven pelirroja llegó a la hora acordada, y Daenerys ordenó a Missandei que la hiciese pasar y las dejase a solas, esperando a que lo hiciese para dirigirse a la norteña.

—Gracias por aceptar mi invitación, Lady Sansa. Me gustaría hablar algunas cosas con vos en privado, ¿por qué no os sentáis? —se dirigió a ella con cortesía, sirviendo un poco de vino en dos copas que había sobre una pequeña mesa de madera. La aludida asintió sin mediar palabra, tomando asiento en una silla frente a la reina dragón mientras ella hacía lo mismo, y pasando a mirarla con un semblante serio y frío.

—Bien, ¿de qué se trata entonces? —le preguntó, y Daenerys pudo notar lo difícil que le estaba resultando comportarse de forma educada. Aun así actuó como si ignorase aquel hecho y le sonrió con cortesía, tomando un pequeño sorbo de su copa de vino antes de darle una respuesta.

—Sé que no soy de vuestro agrado, es evidente —fue al grano, dejando la copa sobre la mesa y mirándola a los ojos.

—Sois muy observadora —interrumpió Sansa en un tono irónico. La reina apretó los labios y trató de ignorar su respuesta, sin cambiar un ápice su expresión seria.

—Teméis que vuestro hermano haya tomado una decisión imprudente, una que lo ponga en peligro a él y a todo el Norte… Lo comprendo. Soy consciente del daño que ha sufrido vuestra familia a manos de otros reyes extranjeros, incluido mi propio padre —prosiguió, intentando ponerse en el lugar de Sansa y recordando el consejo de Tyrion sobre lo importante que era pensar como el otro y ponerse en su lugar para tener éxito en las negociaciones políticas—. Yo no soy como mi padre, y mi intención es ser diferente a todos los reyes y reinas que han gobernado y destruido Poniente con su sed de poder y de sangre, mirando tan solo por su propio bien y no por el del pueblo —añadió.

—Debéis comprender que no puedo confiar en vuestra palabra si apenas acabo de conoceros… Confiar demasiado en las palabras ajenas y arriesgarse sin medir las consecuencias es lo que ha llevado a mi familia a cometer fatales errores —repuso Sansa, suspirando y tomando un trago de vino por primera vez. Daenerys meditó sus palabras en silencio y terminó por asentir.

—Sí, eso puedo entenderlo… Pero no os pido que confiéis en mí ciegamente, sin embargo… ¿tan difícil sería darme un voto de confianza? —le preguntó y, ante aquella pregunta, Sansa pareció debatirse consigo misma, aunque la negativa estaba implícita en su mirada de ojos azules—. No os miento si os digo que mi única intención al venir al Norte es la misma que la que tiene vuestro hermano: destruir al Rey de la Noche. Lo vi con mis propios ojos, vi a todo su ejército… Vi cómo… —de repente se quedó callada y apretó los labios, tratando de mantener bajo control sus emociones mientras bajaba la mirada—. Si desconfiamos los unos de los otros, ¿cómo vamos a estar unidos para enfrentarnos a algo así? —añadió, volviendo a alzar su mirada y notando la curiosidad repentina de Sansa ante sus palabras. Seguía percibiendo esa desconfianza y esa hostilidad en ella, pero pudo notar un pequeño brillo en su mirada de… ¿comprensión?, ¿empatía?

—Supongo que el tiempo dirá si ambas somos dignas de la confianza de la otra. Por el momento os doy la razón, lo más importante es hacer frente a la amenaza de los caminantes blancos —respondió finalmente y aquellas palabras, aunque no eran exactamente un voto de confianza, eran un pequeño avance que hizo que Daenerys sonriese levemente. Aunque, al dar otro sorbo a su copa de vino, comenzó a sentirse repentinamente mal y se llevó una mano al estómago, sintiendo unos retortijones que le hicieron contraer una mueca de dolor y dejar la copa de nuevo sobre la mesa—. ¿Qué sucede, os encontráis bien? —le preguntó Sansa, incorporándose y acercándose con una preocupación que parecía genuina.

—Sí… no es nada, supongo que el vino me ha sentado un poco mal —negó ella, tratando de quitarle importancia y recuperando la compostura—. Ya os he quitado suficiente tiempo por hoy. Podéis marcharos, Lady Sansa —añadió. La aludida, tras dudar un poco, terminó por hacerle caso y abandonó sus aposentos.

En cuanto Daenerys vio que la puerta se cerraba se levantó apresuradamente y buscó un cuenco de madera que había usado para asearse con un poco agua por la mañana. Sin poder controlar más aquellas náuseas, arrojó en él lo que había almorzado hacia unos momentos. Escuchó entonces que la puerta volvía a abrirse y que alguien se acercaba a ella a paso ligero al verla de aquel modo.

—Alteza, ¿estáis bien? —pudo notar la preocupación más que evidente en la voz de Missandei mientras sentía que las náuseas iban disminuyendo poco a poco, tomando el pañuelo que le ofreció para limpiarse los labios.

—Sí, estoy bien… Tan solo llama al maestre, por favor… y hazlo con discreción. Nadie debe enterarse —le ordenó, mirándola a los ojos. Ella asintió seriamente y la acompañó a sentarse sobre su cama, abandonando entonces la estancia para cumplir aquella orden.

La espera se le hizo interminable ya que nunca se había puesto enferma en toda su vida… Ni siquiera había estado resfriada. Jamás. Y si alguien hubiese querido envenenarla lo más probable es que ya estuviese muerta, y no sintiendo que las náuseas iban a menos y que se sentía mejor que antes. ¿Había una remota posibilidad de que...? No, no podía ser… Aunque todo aquello que sentía ahora era vagamente familiar a cómo se había sentido aquella vez, hacía ya tantos años atrás. Cuando la puerta de sus aposentos volvió a abrirse se sobresaltó un poco, entrando entonces el maestre de Invernalia acompañado por Missandei. Una vez el maestre la examinó al completo las sospechas de Daenerys se confirmaron y le costó reaccionar ante la noticia, solicitando la máxima discreción de las únicas dos personas que estaban al corriente de aquella noticia.

Cuando estuvo sola en sus aposentos se miró al espejo y colocó una mano sobre su barriga, aun plana ya que apenas había pasado un mes según el maestre. No sabía si debía reír o llorar, pero se inclinaba más hacia lo primero. Era algo que parecía irreal, completamente irreal e imposible. Desde hacía años había estado completamente segura de que aquella maldición era definitiva, y que los únicos hijos que podría tener eran sus dragones. Pero se equivocaba, siempre había estado equivocada.

Estaba embarazada.


Notas del autor: ¡En efecto, bombazo final! ¿Estáis sorprendidos? Lo cierto es que yo también... Era algo que sí o sí iba a pasar pero no contaba meterlo tan pronto, y al final creí que le pegaría como final de capítulo. Como aclaraciones, a estas alturas Daenerys estaría embarazada de 4-5 semanas ya que ese es el tiempo aproximado que pasó desde el "sex boat", y los síntomas que muestra (cansancio, náuseas) son típicos a esas alturas del embarazo. Ahora queda por saber qué pasará... ¿Cómo reaccionará Jon?, ¿se enterará alguien más?, ¿será este baby boom todo un bombazo en Invernalia? (?)

Sintiendo mucho no caer en el tópico... No, no lo veremos en el próximo capítulo, sino en el siguiente. El próximo tendrá como POV a Edd el Penas, ya que será importante para la trama de los caminantes blancos.

Pista: ¡Habrá un pequeño flashback que me hace mucha ilusión escribir! Y también un poquito de acción... *inserte risa malvada*

Gracias, a ti, que lees... y nos vemos pronto ;)