Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.

Como les he prometido, actualización doble.

A leer.

Capítulo 9: Infierno para ellos, paraíso para nosotros.

*Ni siquiera ellos pudieron detenerme.

Chico, he estado volando sobre todos.

Sus pesadas palabras no pueden derribarme.

Bebé, he resucitado de la muerte.

Ya no me doy cuenta de lo difícil que la vida fue.

Ya no pienso en eso ahora porque…

Finalmente te he encontrado.

Ahora mi vida es dulce como la canela.

Como un maldito sueño que estoy viviendo.

Era un nuevo amanecer, un día soleado y cálido. Uno como hacía mucho tiempo no experimentaba.

El calor del sol golpeaba en su piel, el reflejo rojo lastimó sus ojos y la obligó a abrirlos. Una sonrisa se instaló en su cara al ver como Edward la miraba.

-Hola- saludó.

-Hola- se sonrojó.

-¿Has dormido bien?

-Como un bebé- dijo ella.

-Cuéntame- pidió Edward.

-¿Qué quieres saber?

-¿Cómo era nuestra relación?

Ella torció la boca –Pues… todo entre nosotros surgió muy rápido, demasiado. Luego de poco tiempo de estar juntos tú te mudaste conmigo y cada día, todas las tardes llegabas a casa con una rosa roja en las manos. Una vez…

Tengo que contarle… debo decirle…

-Un día… me pediste que me casara contigo.

Como era de esperarse el puso una expresión de estupefacción.

-¿Íbamos… íbamos a casarnos?

-Si- dijo ella –Incluso- suspiró –Fuimos a comprar juntos el vestido y me ayudaste a escoger el color de los manteles y el tipo de flores de los arreglos de mesa. Todo estaba listo.

-¿Por qué no nos casamos entonces?- contrario a lo que Isabella esperaba, Edward se notaba triste ante la noticia.

-Porque justo un mes antes de la boda… veintiocho días para ser exactos te llegó la carta del ejército pidiéndote que volvieras por dos semanas. Me dijiste que te ibas y que a tu regreso nos casaríamos al fin.

-Nunca regresé- terminó él.

-Nunca.

-¿Tú crees que íbamos a ser felices?- inquirió Edward.

-No lo sé- contestó –Pero ya todo estaba planeado. Hasta habíamos comprado una casa en Florencia, tú y yo habíamos amueblado la casa y pintado las paredes. Incluso…- rió triste –habíamos decorado un cuarto de azul y habíamos puesto peluches y cuna.

-¿Bebés?

-Tú querías tener un bebé más que nada en el mundo y yo, era feliz con eso.

-Hubiéramos tenido una feliz vida juntos- dijo Edward –Tendríamos diez años de matrimonio.

-¿Triste, verdad?

-Mucho.

-¿Mi familia siempre te detestó?

-Si- contestó Isabella –Pero ni tu madre ni tu padre demostraban el desprecio que me tenían en frente tuyo, siempre esperaban a que tú te fueras para comenzar a tratarme mal. Incluso tu hermano, Emmet. Victoria era la única que me trataba bien y que era mi amiga.

-¿Y yo nunca hice nada al respecto?- dijo él sintiéndose ofendido por su misma actitud.

-Tú no lo sabías- respondió –Y yo preferí no decirte porque no quería que pelearas con tu familia por mi culpa. Me hubiera hecho sentir mal.

-¿Cómo hiciste para soportarlo tanto tiempo?

-No fue tan malo- dijo con tono cómico –Sólo tuve que soportarlos un año.

Él alzó las cejas -¿Cuánto tiempo tuvimos de noviazgo?

-Un año y meses.

-¿Tan rápido?

-Te lo dije. Íbamos rápido, pero nos amábamos y éramos felices, queríamos estar juntos para siempre- luego suspiró y le miró a los ojos -¿Puedo preguntarte algo?

-Lo que sea- susurró Edward.

-¿Cómo nos deja esto?

-¿El qué?

-Esto- dijo –A ti y a mí- preguntó con temor.

-Es obvio que no como amigos ocasionales- contestó.

-¿Entonces?

Edward acarició su mejilla.

-Isabella. ¿Quieres ser mi novia?

OoO

Ambos estaban sentados en la alfombra de la sala con comida china y vino.

Isabella tenía puesto un pants y una playera que él le había prestado y Edward estaba en jeans. Torso desnudo y descalzo.

El timbre sonó.

-¿Esperas a alguien?- inquirió ella, celosa.

-No- contestó poniéndose de pie y yendo a abrir la puerta.

-¿Mamá?- dijo confundido.

Esme con paso decidido entró en el espacio y se puso frente a Isabella, quien se había puesto de pié y tenía los brazos cruzados y mirada retadora.

-¡¿Has dormido con esta sangre sucia?!- exclamó su madre.

-¡No le hables así, mamá!- Edward corrió hasta Isabella y se puso frente a ella, protegiéndola de Esme.

-¡Ella no te merece! Hijo, no es inglesa.

-¡Me importa una reverenda mierda si ella es inglesa o no!- gritó

Esme abrió la boca con sorpresa y luego, se llevó una mano a la boca.

-¿Así es como le hablas a tu madre? ¿Cómo te atreves? ¿Ves lo que causa esa sangre sucia?

-¡Basta ya!

Pero el grito no era de Edward, si no de Isabella quien salía de la barrera protectora que Edward había formado con su cuerpo y le plantaba cara a Esme.

-¡Durante mucho tiempo soporté sus malditos insultos! ¡Soporté que me llamara puta, ramera, sangre sucia, norteamericana maldita, malnacida, etc.! ¡Pero se acabó! ¡Usted a mi me va a respetar así como yo la respeté durante mi relación con su hijo! ¿Me escuchó? ¡Si usted a mi vuelve a faltarme al respeto la denunciaré y haré que le pongan una orden de restricción, y si eso no le basta entonces hablaré con la aduana y la embajada para que la envíen de regreso a Inglaterra en calidad de deportada por abuso y maltrato de un ciudadano norteamericano!

La cara de Edward no tenía precio, en sus labios bailaba una sonrisa que logró disimular gracias al enojo. Esme estaba muda, no sabía qué decir.

Isabella quería abrazarse a sí misma. Había dicho todo lo que siempre había querido.

Luego de largos instantes Esme se giró hacia su hijo.

-Bien- contestó –Quédate con ésta- levantó un dedo –Pero de una vez te digo, que si te vas con ella te olvidarás de tu padre y de mí, de tu hermano. No quiero que jamás vuelvas a pisar mi casa.

Por primera vez Esme lloraba de verdad, lloraba por la pérdida de un hijo.

-Mamá- le llamó Edward.

Esme, esperanzada se dio la vuelta.

-Quiero anunciarte algo- dijo y tomó la mano de Isabella –Ella y yo somos novios de nuevo, y la amo.

Esme apretó los puños pero sin decir nada, se dio media vuelta y se marchó azotando la puerta.

-¡Uff! ¡Me he librado de mi madre!- celebró sonriente.

-¿No te sientes mal? ¿No la extrañarás?

-Después de todo lo que me has contado y sabiendo lo que ella es capaz de hacer… no lo creo.

-¿Y tu papá, tu hermano?

-Ellos también me traicionaron así que… ¡a la porra todos ellos!

-Pensé que jamás le ganaría a tu madre- aceptó.

-Los buenos siempre ganan, nena.

Nena… eso suena tan bien…

-¿Y quién te dijo que yo soy buena?- alzó las cejas.

-¿No lo eres?

-Nop- y se lanzó a sus brazos y le dio un beso profundo.

OoO

Esme llegó devastada a su casa. Carlisle se alarmó.

-¿Qué pasó, cariño?

-Perdí a mi bebé- Se tapó la boca –Lo perdí para siempre.

-¿Pero qué dices?

-Edward. Tu hijo, mi hijo, prefirió irse con esa maldita y no volverá a pisar esta casa nunca más.

Carlisle negó con la cabeza.

-Tu odio logró separarlo de nosotros- recordó.

-¡Oh, cállate! ¡Tú también odias a esa muchacha!

-Tal vez en un principio así era, pero ya no, es tiempo de que ellos hagan su vida. Me odio profundamente por todo lo que le hice a esa pobre chica y porque te apoyé en hacer su vida de cuadritos. Me odio por aceptar que también Emmet la tratara mal.

-¿Qué haremos ahora?

-Lo que siempre debimos de haber hecho. Dejarlos vivir.

-¿Pero cómo? ¿Estás diciendo que permitiremos que esa… muchacha se quede con mi hijo?- estaba exaltada.

Carlisle le agarró el mentón.

-Tendremos que superar el infierno, querida.

Y con eso se fue.

OoO

-¿Entonces vas a terapia?

-Supongo que ya no- Isabella tenía la barbilla apoyada en el pecho desnudo de él.

-¿Por qué ibas?

-No voy a explicarlo.

-¿Por favor?

Se rindió –Porque eras el amor de mi vida. Íbamos a tener una vida juntos y de pronto… te fuiste. No lo superé nunca así que acudí con un psiquiatra. Él me ayudó mucho, aunque a veces era muy duro.

-¿Por qué?

-Bueno, está por ejemplo esa vez en la que me hizo ver… que te odiaba.

Él estaba confundido.

-¿Me odiabas?

Ella asintió.

-Te odiaba porque te habías ido de mi vida cuando más te necesitaba y me habías dejado sola, no tenías derecho de dejarme sola.

Apretó los labios en una fina línea.

-Lo siento.

-Tú no tienes la culpa. Fuimos víctimas de la mentira.

Edward dejó el comentario pasar.

-Tengo una duda- dijo.

-¿Cuál?

-¿Porqué luego de que ya tenía cinco años viviendo aquí en Brooklyn, de pronto un día nos vimos en esa cafetería?

Isabella se alzó de hombros.

-No lo sé. Tengo diez años yendo a esa cafetería y nunca habías aparecido.

-Yo tengo una teoría- dijo él –Tal vez sea un poco cursi.

-Dímela.

-Que todo fue obra del cosmos. Tú y yo estábamos destinado s a encontrarnos. Una vez ya lo hicimos en Italia, y ahora, en Nueva York.

Isabella lo pensó un momento.

-Suena probable, pero no sabía que creyeras en los astros.

-Tú me hiciste creer- sonrió.

-Tengo miedo- dijo Isabella –Miedo de que tú te vayas o de que un suceso inesperado vuelva a separarnos- dejó un beso en su abdomen.

-No tienes porque- contestó –Nuestro amor superó la muerte. Puede superarlo todo.

-¿Nuestro amor?- Isabella experimentaba una vez más esa sensación cálida en el pecho.

-Sí. Nuestro amor, porque te AMO- dijo más alta la última palabra –Aunque aún no sé cómo es que pude amarte en tan poco tiempo. Ya ves, ayer no estaba seguro de lo que sentía por ti y ahora mírame- abrió los brazos y señaló el espacio –Míranos.

-Soy la persona más maravillosa del mundo. Es fácil enamorarse de mí- dijo ella jugando.

Edward entornó los ojos.

-Eso me tiene intrigado- hizo una pausa –En todo este tiempo. ¿Nunca tuviste algún novio o algún…- carraspeó –amante?

Isabella bajó la mirada –Todos estos años he estado demasiado triste como para ponerme a pensar en alguien más. Tengo treinta y un años, pensé que me quedaría sola y envejecería sin nadie a mi lado. Estoy demasiado enamorada de ti y no me concibo con otra persona.

Él frunció el ceño y apretó la boca en una dura línea -¿Fue muy difícil para ti?

Isabella entendió a lo que se refería.

-Sí. Mucho. ¿Sabes? Todos los días en los que me levantaba siempre contemplaba la posibilidad de morir. Ya sabes… suicidarme.

Él la miró con ojos alarmados -¡Santa Madre de Dios! ¡Isabella! Gracias al cielo que nunca lo hiciste.

-Si no lo hice no fue por mí, sino por los demás. Conocía demasiado bien como la muerte afectaba profundamente a todos los que querían a una persona. Yo tengo a gente que me quiere. A mis amigas… mis papás, incluso mi asistente.

-Por cierto ¿Y tus padres?

Ella se encogió de hombros –Hace un buen tiempo que viven en California.

-¿Ellos saben?

-No. Justo iba a decirles que íbamos a casarnos el mismo día que me lo pediste, pero ellos no contestaron el teléfono. Los días siguientes traté de localizarlos pero nunca lo logré. Resultó que estaban en un viaje y nunca pude decirles. Entonces decidí no hablarles de aquello nunca. Mis papás son demasiado felices en su matrimonio y no quería agobiarlos con mis problemas. Así como es mi mamá, hubiera sido capaz de cruzar el país y viajar hasta aquí con tal de saber cómo estaba.

-¿Hablas con ellos?

-No muy a menudo. Tal vez una o dos veces al mes.

Se quedaron callados entonces. Luego de unos momentos Edward se puso de pié.

-¿A dónde vas?

-Tengo hambre- respondió –Anda, ven. Tienes que comer algo.

Isabella se tiró sobre las almohadas –Pero yo no tengo hambre.

-¿Te has dado cuenta de que parecemos conejos? ¡Anda! ¡Arriba!

Isabella rodó los ojos y a regañadientes se levantó de la cama.

-¿Qué quieres comer?- preguntó ella cuando se encontraba en la cocina.

-¿Qué hay?- preguntó Edward mientras la abrazaba por la cintura.

-Tienes pollo y verduras. ¿Qué tal un salteado?

-Me parece perfecto.

Isabella comenzó a picar el pimiento y la cebolla, luego encendió el sartén. Una duda se formó en su mente.

-Oye- llamó -¿Y tú no trabajas?

Habían pasado tanto y platicado tanto en ese día juntos que la pregunta jamás había pasado por su mente.

Edward estaba en la sala, recogiendo los restos de la comida china que habían pedido.

-Sí pero estoy en vacaciones. Trabajo en una empresa. Soy diseñador gráfico de programas web, o aplicaciones para computadora.

Isabella se sorprendió -¿Programas? ¿Cómo cuáles?

-Oh, ya sabes. Por ejemplo Photoshop o Adobe Reader.

-¡¿Photoshop?!- exclamó ella.

-¿Te suena?

-¡Dios! ¡Es el programa que más utilizamos en donde yo trabajo! ¡Con razón tienes éste apartamento!

Isabella tenía razón. El apartamento era todo lujo de pies a cabeza. Aunque modesto y con un gusto minimalista exquisito la mismísima reina Isabel II de Inglaterra podía albergarse allí.

Edward sonrió ante su comentario.

-¿A qué te dedicas?- preguntó luego.

-Soy arquitecta.

-¿Qué no habías dicho que estabas estudiando fotografía?

Ella volteó la mirada –Si pero, cuando me fui de Florencia quise empezar de cero. Eso incluía una nueva carrera.

-Entiendo.

Para quince minutos después la cena estaba lista y ambos se sentaron en la sala.

-¿Cómo es que llegamos aquí tan rápido?- dijo ella interrumpiendo su comida.

-Es increíble ¿verdad? De haber sabido que una cena aclararía todo entre nosotros…- suspiró él.

Entonces el repiqueteo de un timbre acabó con la burbuja que ambos habían formado.

-Es mi teléfono- anunció ella levantándose en el acto y corriendo hasta la habitación. Pescó el bolso de debajo de la cama y rebuscó su teléfono. Al encontrarlo y mirar la pantalla había quince llamadas perdidas. Se apresuró a contestar.

-¿Diga?

-¡Isabella! ¿En dónde estás? ¿Estás bien?

Era Rosalie.

-Oh. Ehmm… sí, estoy bien- una enorme sonrisa se formó en su cara. Estoy bien. En verdad estoy bien.

-¿En dónde estás? ¡Te he llamado a tu celular desde ayer en la noche y hasta ahora me contestas! ¿Sabes el susto que me he llevado?

-Lo siento Rose. Había cosas que tenía que hacer.

-Hubieras podido avisarme. Ayer fui a visitarte pero nadie me abrió. ¡Dios! ¡Tuve que forzar la chapa! ¡Pensé que te había pasado algo!

Isabella suspiró triste.

-Pensaste que me había suicidado ¿no es así?

Del otro lado del teléfono se oyó sólo silencio.

-Sabes que ahora no estás en tu mejor momento. Estás deprimida y yo pensé… eso.

-Ya. Bueno, no te preocupes. Estoy bien.

-¿En dónde estás?

Se mordió el labio. ¿Le digo?... ¡Sí!

-Estoy en… el departamento de Edward.

-¡¿Qué?! ¡¿Pero cómo?! ¿Tú estás…?

-Sí. Pero te explico luego, tengo que irme.

-Pero…

-En verdad Rose. Me tengo que ir, te juro que te platico luego.

Rosalie suspiró –Ok. Bye.

-Bye.

Isabella apagó su celular. No quería más interrupciones. Regresó a la mesa.

-¿Quién era?- preguntó.

-Una amiga. Quería saber dónde estaba.

-Ah- dijo.

OoO

Eran casi las diez de la noche.

-En serio. Tengo que irme.

-¿Por qué no te quedas otro rato?

-No tengo ropa.

-Yo te prestaré. Es más, tengo planes en la mente y muchos de ellos por no decir que en todos no existe ropa de por medio- había una sonrisa pícara en sus labios -¿Qué dices?

Isabella negó.

-Yo tampoco quiero irme, pero tengo que hacerlo.

-No es fácil decirte adiós- dijo Edward –Es demasiado complicado.

-Lo es más para mí. Créeme. Ahora, me voy.

Y decidida abrió la puerta.

-Te amo.

-Y yo a ti- respondió él -¿Segura que no quieres que te lleve?

-Sí, tomaré un taxi.

Isabella se fue del lugar y bajó a la acera para pedir el taxi.

Mientras iba en la cabina comenzó a pensar tranquilamente en cómo su vida de un día para otro había dado un giro total de trescientos sesenta grados.

Sonrió. Esto tengo que contárselo a Rose y a Alice.

Paseó la vista por las calles y admiró la cafetería. La cafetería de su vida, en la que lo había encontrado de nuevo a él. Tuvo el recuerdo de que ese día, el día que había visto a Edward en la cafetería ya se le hacía tarde para llegar a su trabajo y estuvo a punto de no pasar por su café mañanero. Le dio rabia y tristeza al mismo tiempo pensar que de no haber ido ese día a por su café entonces quizás jamás le hubiera encontrado y ella seguiría yendo a terapia y tomando antidepresivos en el patético e imposible intento de olvidar al amor de su vida.

¡Dios bendiga al destino! Pensó.

Llegó a su departamento y de inmediato se dio un baño para relajarse y poder dormir bien. Antes de pasar el jabón por su cuerpo aspiró el aroma de Edward, regado por todo su cuerpo.

Cuando hubo terminado se puso un pijama y se metió entre las cobijas.

Por primera vez en diez años Isabella pudo dormir excepcionalmente tranquila y feliz con ganas de despertar al siguiente día.

OoO

Canción: Radio

Artista: Lana Del Rey

¿Os gustó? Espero que sí. Como dije, esta historia sólo tiene diez capítulos así que como hoy he actualizado doble pues… sólo nos queda un capítulo para terminar esta historia.

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Actualizaré pronto.

Un beso.

Amy W.