Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola a todos! Bueno, he aquí el final. Está centrado en Luffy, personaje difícil a la hora de escribir, porque es alguien tan peculiar que cuesta mucho contenerse para no cargar las tintas erróneamente en determinados rasgos de su personalidad. Tiene una actitud bastante infantil en lo cotidiano, pero eso no significa que sea tonto, al contrario, tiene las ideas bien claras en su mente y en su corazón.

Última referencia literaria: Gargantúa y Pantagruel es una obra clásica de la literatura francesa, cuyo autor es F. Rabelais.

Creo que a lo largo del fic hubo muchas cosas que omití y otras en las que podría haber profundizado mejor. OP me ha conquistado por lo que cada uno de estos personajes es, por la alegría que transmiten y por el goce de vivir, sin dañar ni molestar a nadie. Es decir, son libres, pero también son responsables y se hacen cargo de lo que son, sin joder a los demás. No cualquiera posee esta virtud, menos que menos en la actualidad.

Basta de cháchara! Saludos a Ryoskuro, gracias por tu review! Y muchas pero muchas gracias a todos los que se han pasado por aquí a leer, a comentar y a compartir el cariño que les tenemos a la más disparatada y maravillosa tripulación de piratas que existe n.n

Grito de batalla: BONE TO BE WIIIIIIIIIIIIIIIILD JAJAJAJAJAJ


IX

Piratas aficionados… a las aventuras


-…y el gigante Gargantúa tuvo un hijo, también gigante, al que llamó Pantagruel.

-¡Pantagruel, claro!

-¿Ves?, te dije que no sería difícil de entender. La cuestión es que Pantagruel, al igual que su padre, era un ser magnánimo, amante del vino y de las aventuras. De hecho, emprendió un largo y disparatado viaje que lo llevó a conocer países realmente asombrosos.

-¡Vaya!

-Así es. Y aunque Pantagruel fuese un gigante, sabía adaptarse a todos los sitios y a todas las situaciones, solo que lo hacía de una forma tan simple que causaba risa. Pero sin dudas, la característica más extraordinaria del personaje era su descomunal apetito. Tanto él como su padre eran famosos por los desmedidos banquetes que organizaban, ¡podían comer hasta trescientos sesenta y tres mil catorce bueyes en una sola comida!... De aquí las expresiones "pantagruélico festín" o "hambre pantagruélica".

-¡Ahora entendí!

La tarde caía afuera de la atestada taberna del centro de la ciudad. Los lugareños solían asistir a esa hora con sus compañeros de trabajo para beber algunos tragos, para comer o para jugar una partida de naipes, o solo para conversar. Sin embargo, esa tarde las bebidas se detuvieron a medio camino, los naipes fueron olvidados en la mitad de una baza, la comida permaneció prácticamente intacta en el plato. Todos y cada uno de los concurrentes habían quedado en suspenso, boquiabiertos, abstraídos en la contemplación de un inusitado fenómeno gastronómico.

Ubicado casi en el fondo del recinto, algo que solo podía describirse como una formidable montaña de piezas de carne de todo tipo y variedad se alzaba ocupando la superficie total de una de las mesas. Sentado a su vera, un joven de extraño sombrero de paja rendía cuenta de la copiosa cantidad de alimento, con tal avidez, que había logrado clausurar por completo el apetito de todos los allí presentes. Sin pausas, sin respirar, sin discriminar trozo, cocción o sabor, ese inaudito devorador de víveres parecía comer por todas las personas del establecimiento, por todos los hombres que habitaban el Grand Line y el Nuevo Mundo, por todos los seres humanos que alguna vez caminaron sobre la faz de la tierra.

La mayoría de los clientes solo llegaba a apreciar el paulatino hundimiento del montículo, unos pocos alcanzaban a ver la espalda del descomedido comensal. Entre estos últimos, un hombre y su hijo comentaban la escena por lo bajo, hipnotizados por aquel inagotable ritmo de masticación.

-Por eso te digo, hijo, que ese chico tiene un hambre pantagruélica.

-¡Ya lo creo! ¡Y mira cómo crece su estómago!

-Debe tratarse de alguien recién salido de prisión… o debe tener una familia numerosa…

-Sea como sea, ¡es increíble! –musitó el niño, fascinado.

Durante un largo rato, el conjunto de los parroquianos solo pudo permanecer en el estupor, limitándose a verlo comer. Después, cuando el sujeto por fin concluyó con la ingesta, pestañearon asombrados por la enorme, franca y satisfecha sonrisa que se dibujó en su rostro.

-¡Aaah! –suspiró el chico, mientras se estiraba perezosamente sobre la silla- ¡Qué bien que comí!

Fue como despertar de un sueño. De un momento a otro, la taberna entera volvió a la vida y el silencio fue reemplazado por el sonido típico de los utensilios y por las voces de los concurrentes, despabilados ya del embotamiento. Sin embargo, la imagen de ese desmesurado trance de glotonería no se les borraría fácilmente de la memoria.

Momentos después, el joven volvió a ser el centro de atención.

-¡Cantinero, más carne! –demandó.

Era inconcebible… Resultaba más fácil verlo que imaginárselo, porque ¿en qué cabeza cabe todo lo que ese chico puede llegar a comer?

El tabernero sudaba copiosamente, pero al instante se dirigió a la cocina para atender al pedido. A ese paso se quedaría sin provisiones en corto tiempo, pero no podía decirle que no a un cliente. A fin de cuentas, mientras tuviera con qué pagar…

-Oye, tú, el del sombrero de paja.

El aludido, ingiriendo algunos bocadillos que le sirvieron para sobrellevar la espera, se volvió en dirección a la voz. De pie a unos pocos pasos de él, el pequeño que lo había estado observando antes lo encaraba con ceñuda mirada. Parecía que tenía asuntos muy importantes que discutir con el hiperbólico consumidor.

-¿Qué?

-¿Por qué comes de esa manera?

El interpelado masticó un poco más antes de responder con un enunciado de lógica irrefutable.

-Porque tengo hambre.

El pequeño pestañeó, contrariado. Era evidente que se enfrentaba a un sujeto que no se andaba por las ramas.

Hay espíritus para los que la vida no constituye un asunto demasiado complicado. Para ellos no vale la pena molestarse, ofenderse o deprimirse por cuestiones que pueden simplificarse asumiendo una actitud sencilla, clara, austera. Si la vida es tan compleja, incierta y lastimosa, ¿por qué sobrecargar esas vivencias con sentimientos de inconformidad y desazón, profiriendo quejas por problemas que, más tarde o más temprano, terminan resolviéndose?

Para su fortuna, aquel sujeto de apetito garrafal era un espíritu simple. ¿Iba a incomodarse porque un niño le hiciera semejante pregunta en un lugar como ese? ¿Acaso le importunaría mucho responderle con franqueza, con la verdad lisa y llana? Por supuesto que no, lo demostraría en cada una de sus réplicas.

-Eso ya lo sabía –repuso el pequeño curioso. Aceptó sin más la sensatez de la respuesta, pero no le pareció suficiente.- Mi padre dice que tienes un hambre pantagruélica, pero yo digo que debe existir otro motivo para que comas de esa manera.

El joven seguía masticando mientras lo escuchaba. Su contestación fue tan espontánea y limpia como la anterior.

-También como para reponerme.

Eso al niño tampoco le satisfizo.

-¿Cómo te llamas?

-Monkey D. Luffy.

-¿A qué te dedicas que necesitas comer tanto para reponerte?

-Soy pirata –respondió con sencillez su interlocutor.

Algunos de los concurrentes que los rodeaban habían llegado a escucharlo. Al oír esas palabras comenzaron a reír por lo bajo, incrédulos. El niño tampoco le creyó.

-Eso es mentira –le dijo, contrayendo aún más el ceño.

-Yo nunca miento –afirmó Luffy, con expresión severa. Por más sencillo que fuese en su forma de sentir y de pensar, ciertas acusaciones llegaban a ofenderlo.

-Pues no pareces un pirata. Los piratas son corpulentos, barbudos, desagradables, llenos de tatuajes… Roban, insultan cuando hablan, beben hasta emborracharse y molestan a todas las personas que se les cruzan.

Luffy lo escuchaba con atención, mientras se hurgaba la nariz. No era la primera vez que oía esa descripción, por eso su fisonomía ni siquiera se modificó.

-No todos somos así –explicó.

Una nueva montaña de carne fue depositada sobre la mesa, interrumpiéndolos. Olvidándose del niño, el pirata reinició su diligente ritual alimenticio.

Pero el otro no se conformaría con eso, claro que no, su corta edad así se lo exigía, lo llevaba en su infantil psiquismo. Ese muchacho no encajaba con la imagen mental que tenía de los piratas, por eso continuaría indagando hasta llegar al fondo del asunto.

-Si eres un pirata, de seguro habrás tomado por asalto una gran cantidad de ciudades.

Luffy apenas levantó la vista del plato. Le respondió con naturalidad… y con la boca llena.

-No.

-Habrás robado muchos tesoros.

-No, robar es malo.

-¡Debes haber conquistado numerosas islas y debes tener el control sobre muchos mares!

Luffy se lo pensó un momento, para ser lo más exacto posible en su respuesta.

-No –terminó por decir, como si nada.

El niño se golpeó la frente con la mano, indignado.

-¡¿Entonces por qué demonios voy a creer que eres un pirata?

El capitán de los Mugiwara continuaba comiendo, imperturbable. Para él las cosas eran simples, las razones eran simples, los afanes eran simples. Su corazón estaba libre de toda pretensión, solo albergaba un único deseo que lo impulsaba hacia adelante. Transitaba por un camino lleno de desafíos, de sorpresas, de misterios, de trabajos que valía la pena emprender. La meta era lo más valioso para él, por eso recorría esa senda con desenvoltura, con alegría, sin quejarse ni preguntar por qué. Si se quiere llegar a determinado puerto lo más lógico es cruzar el mar, sin importar qué tan ancho o embravecido sea.

-Tengo aventuras –respondió, como si fuese lo más natural del mundo.

El niño lo miró con una ceja levantada. Se veía a las claras que era una respuesta honesta, pero tampoco se ajustaba a sus preconceptos sobre la piratería.

-¿Qué tipo de aventuras?

-Mmmm… bueno… –Por primera vez en el día, Luffy dejó de llevarse bocados a la boca. En cambio, compuso un aniñado gesto reflexivo, mientras enumeraba con los dedos-. Estuvimos dentro de una ballena, fuimos a una isla donde había dos gigantes, tiempo después visitamos otra que está en el cielo, destruimos Enies Lobby…

La rememoración fue torpe y desordenada, aunque extensa. Para el niño, ese rosario de insólitas vicisitudes no alcanzaba para creer en la palabra de Luffy, la mayoría de esos acontecimientos le parecían simplemente inverosímiles. Sin embargo, no pudo sustraerse por mucho tiempo del encanto de la narración.

-…y luego Zoro y Sanji tuvieron que competir contra unos sujetos enormes, porque había que recuperar a Chopper y a Robin…

En verdad que el tal Luffy sabía relatar unas hazañas pintorescas.

-…y entonces golpeé al tipo de la electricidad con la pelota de oro, después sonó la campana…

Poniéndole voluntad, algunas anécdotas podían calificarse de interesantes.

-…y los zombis salían de la tierra, ¡fue genial! Y había un perro con tres cabezas…

Tal vez de graciosas también.

-…entonces apareció un barco de la Marina y comenzó a lanzar bombas. Pero Franky accionó el Coup de Burst y el Sunny voló por los aires…

Así, mientras Luffy consumía alegremente la tercera tanda de carne, el niño fue enterándose de las extraordinarias aventuras que condimentaron el largo viaje de los Mugiwara. Sentado a su lado, escuchando sus historias, poco a poco trocó su desconfianza inicial por auténtica admiración. Entonces, sin haberlo previsto, comenzó a dibujarse en su mente una nueva pintura de los piratas, una donde la lealtad y la perseverancia constituían la clave decisiva para sobrevivir, para avanzar y para resistir. La generosidad y la alegría que transmitían eran lo que realmente los definía, y lo que les daba algo que esperar.

De un momento a otro, su cabecita se pobló de imágenes de un heterogéneo grupo de amigos que compartía y celebraba cada día de esa maravillosa vida, donde nadie tenía la necesidad de pretender ser algo distinto para encajar. Cada uno era valioso por sí mismo, tenía sus valores y sus sueños y se enfrentaba a cada aventura con una sonrisa en el rostro, seguro de que ese era el camino. No había lugar para el egoísmo, para la indiferencia o para el miedo, solo para el goce, para el asombro y para la confianza. Valientes, comprometidos, sin máscaras de ninguna clase, los Mugiwara aceptaban el reto de ser quienes eran y de vivir como vivían.

-¡Aaah! –suspiró Luffy finalmente, satisfecho por tercera vez- ¡Delicioso!

-¡Podemos pedir más, así me sigues contando tus aventuras, Luffy!

-Mmmm –El muchacho se lo pensó con mucha seriedad, la propuesta no era para desestimar así como así. Sin embargo, notando que la noche se aproximaba, optó por dejarlo para otra ocasión-. No puedo, tengo que volver al Sunny o Nami se molestará.

-¡Nami la de los mapas!

-¡Sí, Nami la de los mapas! –corroboró el joven, mientras batallaba para ponerse de pie.

No fue fácil. Después de tres sesiones de gula desmedida, el vientre del chico se había expandido de tal modo que se llevó el borde de la mesa por delante, arrojando el mueble y los cuencos vacíos al suelo. La clientela, habiéndose adecuado ya a su exagerado apetito, había olvidado su presencia, pero con el estruendo volvieron a reparar en él. Ahora, un nuevo portento los aguardaba para sacudirles sin contemplaciones la modorra de lo normal y renovarles el sentido del extrañamiento: la fantástica visión de un asombroso hombre-pelota que parecía moverse hacia la salida del local… Un hombre-pelota vivo.

Aunque lo hubiesen intentado, jamás hubieran podido borrarse esa imagen de la retina. Era demasiado voluminosa, demasiado dilatada. A esas alturas, algunos comenzaban a lamentarse por haber ido a la taberna en lugar de haberse marchado directamente hacia sus casas.

-¿Y eso? –preguntó el niño, tan admirado como el que más.

-¿El qué? –indagó Luffy con inocencia, encaminándose trabajosamente hasta la puerta, desconocedor del estupor que había vuelto a generar-. ¡Ah, esto! –exclamó, palmeándose alegremente la abultada circunferencia de su ser-. Es que mi cuerpo es de goma.

-¿De goma?

-Así es –afirmó, sonriente-. Comí una fruta del diablo.

-¿Una fruta del diablo?

Luffy asintió repetidas veces con la cabeza, sin dejar de sonreír. Las cosas eran simples, las razones eran simples, los afanes eran simples. Nada era demasiado dramático o monstruoso, cualquier cosa podía ser maravillosa, sorprendente o divertida. El capitán de los Mugiwara veía el mundo a través de una lente positiva, una lente benéfica que solo algunos privilegiados poseían.

-¡Esa aventura no me la contaste! –reclamó el niño, que ya se imaginaba todos los obstáculos que Luffy habría tenido que vencer para conseguir semejante artículo.

El otro solo reía, recordando, hasta que fue interrumpido por el dueño del establecimiento. Si bien el aspecto del joven se había vuelto tan esférico que lo deformaba, el comerciante no era tan ingenuo como para no reconocer al cliente que había acabado con la totalidad de los suministros.

-Disculpe, señor pirata –ironizó, porque, al igual que los otros, no se había tragado el cuento de su identidad-, se le está olvidando pagar la cuenta –le dijo, extendiéndole el recibo.

Luffy lo miró con la despreocupación que lo caracterizaba.

-Pero no tengo dinero… ¡Ya sé! –exclamó, iluminado por una súbita idea-. ¡Buscaré a Nami y le diré que venga a pagar!

-No creo que eso sea posible, señor.

-¿Por qué?

-Usted no puede marcharse hasta no abonar por su consumición.

-Le diré a Nami.

-Pague.

-No puedo.

-¿Entonces?

-Nami debe tener dinero en el barco.

-¡Yo no pienso ir hasta su barco!

-¡Yo sí quiero ir! ¡Nunca estuve en el barco de un pirata! –intervino el niño, entusiasmado.

-¡Ah, es muy grande! ¡Franky lo hizo con muchos camarotes y con un gran acuario! –explicó Luffy, mientras a duras penas cruzaba la puerta, seguido por el tabernero y el pequeño.

-¡No me interesa su barco pirata, solo págueme!

-¿Y tiene una bandera?

-¡Por supuesto! –afirmó Luffy con seriedad-. ¿Dónde se ha visto un barco pirata sin una bandera?

-¿Y tus nakamas son de goma también?

-¡Págueme!

-¡Brook es de huesos!

-Vaya, ¡es increíble! –festejaba el niño, caminando junto a él.

-Habrase visto –refunfuñaba el tabernero, andando detrás. Pero no renunciaría, ¡claro que no!, ni un cliente se había marchado de su establecimiento sin pagar desde que él estaba al frente, ¡ni uno! Y aunque ese sujeto, o pirata, o pelota de goma actuara como si comer gratis e irse fuese lo más natural del mundo, él jamás desistiría.

No obstante, algo lo distrajo de sus cavilaciones y lo obligó a detenerse. Los otros dos ni siquiera se percataron, enfrascados como estaban en su edificante conversación. La luz escaseaba, por lo que el tabernero tuvo que acercase más al objeto que despertó su interés... No cabía duda, era él.

Prolijamente adherido a la pared de un comercio, el retrato de Monkey D. Luffy le hizo caer en la cuenta de que, efectivamente, se trataba de un pirata. Atónito por la imagen y por la cifra que la acompañaba, demoró algunos minutos en reaccionar y en tomar una resolución.

Ignorando lo que se avecinaba, Luffy y su pequeño amigo seguían departiendo alegremente sobre las peripecias de la piratería. Estaban tan inmersos en su plática que no pudieron advertir el furtivo movimiento que se suscitaba en las calles adyacentes, hasta que fue demasiado tarde.

De la nada, un numeroso grupo de oficiales de la Marina, armados, los interceptó. Otro grupo tomó posición velozmente por detrás de ellos, cerrándoles el paso.

Con tal despliegue, y después de haberse corrido la voz, muchos ciudadanos se acercaron para verificar con sus propios ojos que el líder de los piratas más buscados había anclado en esa isla. Pero no era solo curiosidad, la posibilidad de alzarse con la recompensa también los motivaba.

El pequeño se asustó y miró a Luffy con inquietud. Para su confusión, el joven sonreía de forma enigmática, como si estuviera midiendo a sus rivales.

-¡Otra aventura! –exclamó por fin, sin dejar de sonreír.

Bendito Luffy y su visión de la vida.

-¿Y ahora qué haremos? –preguntó el niño.

-No te preocupes –respondió el pirata, optimista. Luego, ante la extrañada mirada de los oficiales, que con ingenuidad habían supuesto que se entregaría, logró acomodar su hinchado cuerpo sobre la calle-. Empuja, ¡empuja con todas tus fuerzas!

El niño no podía creer lo que le pedían, tampoco podía imaginar de qué modo lo ayudaría hacer una cosa así. Sin embargo, Luffy había sonado tan seguro y confiado que lo obedeció. Haciendo acopio de valor y de energía, apoyó sus manos en aquella voluminosa esfera humana y empujó.

El envión fue efectivo y Luffy, contando con la ventaja de una calle cuya superficie descendía, volteó a los desconcertados oficiales como si de un juego de bolos se tratase. El pequeño se le quedó mirando, pasmado ante el resultado de la aplicación de su propia fuerza.

Derribado el primer obstáculo Luffy continuó su trayectoria en declive, adquiriendo una mayor velocidad. Perseguido de inmediato por las repuestas autoridades y por todos los ciudadanos que se les sumaron (entre ellos el rencoroso tabernero), rodaría sin parar hasta reunirse calle abajo con Nami, y más adelante con Robin. Gracias a la buena suerte y a sus nakamas, que lo impulsaban, lograría llegar tiempo después al Sunny, junto con el resto de sus compañeros.

El niño permaneció durante un largo rato observando la calle por donde había visto rodar hasta desaparecer la figura del primer pirata que conoció en su vida. Cuando un poco más tarde su padre lo encontró, le narró la pequeña, insólita e inolvidable aventura que le aconteció con ese pirata de pantagruélico apetito.

Aunque, tratándose de Luffy, ninguna aventura era tan pequeña, ni tan insólita. Eso sí: indiscutiblemente, eran inolvidables.

-o-

El mar se agitaba grácilmente bajo el estrellado cielo nocturno. En uno de los muelles más alejados, oculto entre las espesas sombras de la noche, un barco de gran porte se balanceaba acompasado a su ritmo, en pacífica espera de su tripulación.

Si el Thousand Sunny hubiese sido dotado con el rasgo de la percepción, hubiese presentido que aquel lejano estrépito que provenía de tres puntos próximos a convergir era la típica señal de despedida que sus ocupantes acostumbraban a emitir antes de marcharse de un lugar. Es verdad que dicho saludo no podía calificarse de aplicado o de civilizado, mucho menos de educado, pero también era cierto que nunca fallaban en su exacta ejecución. Al fin y al cabo, eso era lo que correspondía.

Fue así que las tres grandes polvaredas que podían divisarse desde su perspectiva se unieron en una única masa informe. El objetivo: cubrir el último tramo que los separaba con una corrida maratónica. Al llegar a la meta, el capitán con su espadachín, su cartógrafa, su inventor de historias, su cocinero, su médico, su arqueóloga, su carpintero y su músico abordaron como pudieron, es decir, cada uno según su estilo, el barco que los salvaría una vez más del completo desastre.

-¡Franky, Sanji, rápido! ¡Desplieguen las velas, fijen el rumbo a estribor! –Nami, como siempre, lanzaba a viva voz las indicaciones convenientes para emprender la retirada.

Los que habían logrado comprar algo arrojaron en cualquier parte los paquetes, libros y fardos que llevaban encima, para poder ocuparse de poner el barco en movimiento. A Franky le costó un poco, pues había comenzado a quedarse sin "combustible".

-¡Vamos, Franky, muévete! –lo apremió Sanji.

-Maldición, olvidé las bebidas en el astillero.

-¿En serio? Pues yo olvidé las provisiones.

-¡¿Qué?

-Ssshhhh, ¡nadie tiene por qué enterarse todavía! Además, en la próxima isla las repondremos.

Franky continuó mascullando maldiciones mientras ultimaba los preparativos para el Coup de Berst. Entre tanto, en otro sector del barco, Luffy se divertía rebotando con su cuerpo y haciendo reír a Chopper y a Usopp. Nami, al verlos en ese plan, le propinó a cada uno un contundente golpe en la cabeza.

-¡Dejen de jugar y ayuden a los demás, maldita sea! –vociferó, con el rostro deformado de la indignación-. ¡¿Es que no se dan cuenta de la situación en la que estamos por su culpa?

-¡Qué hermosa te ves cuando te enojas, Nami swaaaan!

-¡Deja de comportarte como un idiota, cocinero pervertido!

-¿Qué dices, marimo de mierda?

Frente con frente, dos de los piratas más buscados del mundo medían su bravura… gruñendo.

Luffy, que de un estirón había vuelto a su forma original, celebraba con Usopp el inicio de un nuevo viaje y la proximidad de inéditas aventuras.

-Encontraremos un suculento tesoro, ¡ya lo verás, Luffy! –auguraba Usopp-. Seguramente estará rodeado de complicadas trampas, y sujetos con grandes y misteriosos poderes lo custodiarán, pero como el bravo guerrero de los mares que soy, ¡no claudicaré ni daré un paso atrás!

-¡Qué divertido! –secundó Luffy, con la mirada radiante ante tal perspectiva.

Dos coscorrones fueron descargados una vez más sobre sus fantasiosas cabezas.

-¡Ya dejen de delirar! –reclamó Nami, que nunca podía tolerar tanta despreocupación- ¡Ustedes no parecen piratas, solo son un hatajo de aficionados! –les lanzó, furibunda.

-¡Deja de golpearlos, Nami, que la hinchazón no se va de un día para el otro! –protestó Chopper.

Robin sonreía discretamente mientras acomodaba los paquetes desperdigados.

-¡Ah, cuántas melodías me inspira esta noche! –suspiró Brook. El Sunny comenzó a moverse, por lo que se relajó, tomó su violín y lo acomodó sobre su hombro-. Las estrellas se ven tan brillantes… Aunque, claro, ¡yo no tengo ojos! –exclamó, y rió a su manera tan particular.

-¡Sujétense, nos vamos de aquí now! –los previno Franky.

Brook tuvo que dejar el violín y todos los demás de discutir. Luffy corrió hasta el mascarón para sujetarse de allí, aferrando con una mano su preciado sombrero. De buenas a primeras, el barco salió disparado por el aire, justo en el momento en que la Marina había comenzado a movilizar sus naves y los estaba apuntando con sus cañones.

De todos modos, nada pudieron hacer para detenerlos. Tanto los oficiales como las personas que los habían perseguido hasta el muelle tuvieron que resignarse a contemplar el espectáculo de un gran barco volador que se alejaba velozmente de allí. A bordo, huían el chico que se fue sin pagar, el desorientado que derribó una pared, el ropavejero mentiroso y otros tantos personajes que habían afirmado ser una cosa, pero que en realidad eran otra… o al revés.

Para los Mugiwara, habituados a esa clase de evasiones, nada de lo acontecido les deparó un asombro duradero o una reflexión particular. Una vez que se vieron a salvo retomaron sin más sus actividades o continuaron con su rutina, sin mirar hacia atrás. A fin de cuentas, el camino hacia sus sueños iba siempre por delante.

Incansables, intrépidos, resueltos, sabían que todo lo que tenían que hacer ahora era esperar un nuevo día, aguardar el inicio de una fabulosa aventura que el destino seguramente ya les tendría reservada. Porque, para ellos, eso era ser un verdadero pirata.

FIN