IX. Solo puedo verte a ti.
«Si no tienes un amigo que te corrija tus defectos, búscate un enemigo para que te haga tan gran favor.»
Pitágoras.
Marzo de 2025.
Rafael no podía dejar de pensar que aquello era muy raro.
Los Nightwine y Stefan Silverhood se habían puesto de muy mal humor, para luego reclamar por su «osadía» de llamarlos mentirosos y porque Rafael enviara un mensaje de fuego muy apresurado, llamando a los Hermanos Silenciosos. Alphonse se limitó a recordarles que ellos debieron haber dado las respuestas que solicitaban los fantasmas si no querían la intervención de la Ciudad de Hueso, para acto seguido, salir de aquella habitación a paso lento, lo cual le indicó que su parabatai llevaba demasiado tiempo no solo en compañía de fantasmas, sino de gente que estaba exaltándolo como nunca antes. Así, lo siguió al fondo de la casa, donde entró con extraña seguridad en una habitación que resultó ser un pequeño despacho, del cual Rafael cerró la puerta con seguro después de entrar.
—Gracias, grand–mère. Lo haré, no te preocupes.
Alphonse había ocupado una butaca tras un sencillo escritorio de madera veteada, que tenía cierto aire rústico. En esa posición, a Rafael no le costó nada imaginarse a su amigo dirigiendo un Instituto en un futuro, con ese aire solemne y sabiendo lo inteligente que era.
—Rafe, ¿nadie nos siguió?
—Ni siquiera me fijé, pero no lo creo, o ya estarían intentando tirar la puerta. ¿De verdad crees que un Hermano Silencioso nos pueda contestar lo que necesitamos?
—Es lo único que se me ocurre. Aunque grand–mère y grand–père murieran casi de inmediato, debió venir un Hermano a confirmarlo y a llevárselos a la Ciudad de Hueso, ¿no? Y si Mattius Fairchild también murió, debieron hacer lo mismo.
—Sí, eso tiene sentido. ¿Me puedes explicar qué pasó allá?
—Grand–père asegura que no ha sentido a su parabatai del otro lado.
—Espera, ¿es eso posible? Pensé que los fantasmas estaban anclados aquí.
—Ellos… Mis parientes, quiero decir… No están anclados. Según lo que me explicaron, madame Linette los ha traído.
—¿Un fantasma trayendo a otros? —Rafael estaba anonadado—. Nunca había oído que eso fuera posible y mira que papá es un brujo que ha oído cosas más raras.
—Yo tampoco lo entiendo, solo… Quisiera que la hubieras visto.
—¿A quién? ¿A Linette?
Alphonse asintió en silencio, apoyando los brazos en el escritorio. De nuevo, Rafael tuvo la sensación de ver cómo podría ser el otro en unos años más, si se le concedía el honor de ser el líder de un Enclave.
—Tiene los ojos de Henry —apuntó Alphonse finalmente.
—Los ojos de… Espera, ¿los tiene azules? ¿De ese azul que dice la tía Carstairs que sacó de un antepasado Herondale? ¿Ese azul?
—Sí. Madame Linette me dijo que su abuelo, el padre de su madre, fue un Herondale.
—¡Diablos, Al! ¿Ahora resulta que eres más pariente de mis primos que yo?
Rafael pretendió bromear diciendo aquello, sonriendo de lado, pero enseguida se le pasó el buen humor cuando vio que Alphonse parecía preocupado todavía.
—Al, sabes que no me importa, ¿verdad? —decidió apuntar—. Es que si lo piensas, muchos cazadores de sombras están relacionados entre sí. No es algo que puedas evitar.
—Eso no me preocupa, Rafe. No tanto, creo. Solo… Tengo la sensación de que algo se me escapa de todo esto, algo que los fantasmas no nos han dicho y que los adultos aquí no van a querer que sepamos. No me extraña, para ellos somos unos exiliados.
—Ya sabrán lo que les espera cuando presentemos el reporte a Kyoushirou y a June, ¿no?
Alphonse asintió en silencio, para luego enderezarse y mirar a su alrededor.
—Grand–mêre dijo que aquí había algo que quería que tuviera —comentó.
—¿Ah, sí? Esperemos que ninguno de los otros lo haya encontrado primero.
—No, dijo que seguía aquí. ¡Ah, mira! Tras ese cuadro.
Rafael vio hacia donde Alphonse señaló mientras se levantaba. En uno de los trozos de pared que quedaba junto a la puerta, se hallaba la pintura de una mujer de pelo castaño recogido en una sencilla coleta alta, aunque un costado de su cabeza era adornado por una peineta con flores de pedrería. Usaba un vestido antiguo color perla, con un bordado dorado en la falda que no se distinguía a simple vista. Sus ojos grises eran de forma almendrada y aspecto cordial, aunque la imagen que daba apoyándose en un bastón, era la de la severidad en persona.
—¿Quién es? —Preguntó Rafael, indicando con un ademán a la mujer del cuadro.
—Según grand–mère, una de sus abuelas. ¿No tiene nada que diga el nombre?
Rafael miró atentamente el cuadro, esperando ver alguna placa como en los que había en la casa Montclaire, pero al no ser así, negó con la cabeza.
—Ayúdame a bajarlo. Tenemos que mirar detrás.
Estirando los brazos enseguida, Rafael accedió y sujetó el marco con mucho cuidado. Algo le pareció raro cuando lo alzó un poco, pero no supo qué era hasta que dio un leve tirón para atraer el lienzo hacia sí, con lo cual algo cayó al suelo, que sonó como papel muy abultado. A un lado suyo, notó pasar a Alphonse, seguramente para averiguar de qué se trataba.
—Déjalo con cuidado en el suelo, Rafe. Creo que esto te va a interesar.
Obedeció de nuevo, apoyando el cuadro contra la puerta, para enseguida echar un vistazo a su parabatai, quien sostenía un sobre mientras tenía los ojos fijos en la pared que antes cubriera el retrato de la pariente de Juliette Montclaire.
Había un hueco y en él, lo que parecía un fajo de papeles y un libro.
—Tenían que ser tus parientes, ¿cómo supieron que te gusta leer? —soltó Rafael.
—No creo que lo sepan, pero de todas formas… Se ve que no los han tocado en años.
—Sí, tienes razón.
En ese momento, llamaron a la puerta, por lo cual, tras una rápida mirada, Alphonse asintió en silencio y sacó lo que había en aquel hueco, mientras que Rafael levantaba el cuadro, listo para ponerlo en su sitio, aunque antes se le ocurrió mirar detrás, por si allí había alguna nota sobre la mujer del retrato.
«Christine Imogen Lightwood.»
Sonrió con ironía antes de recolocar el cuadro. Ahora resultaba que Alphonse también era más Lightwood que él. Rafael no pudo sino aguantarse la risa. Ya se lo diría después.
—¿Alphonse? ¿Rafael? ¿Puedo pasar?
—Es Hans, ¿qué hacemos? —preguntó Rafael en un susurro.
Alphonse terminó de guardarse en los bolsillos de su chaqueta, lo mejor que pudo, lo que acababan de encontrar, antes de asentir con la cabeza. A continuación, Rafael abrió la puerta, dejando ver a un Hans Lindquist con aspecto malhumorado.
—¿A qué vino eso? —dijo el recién llegado, señalando con un pulgar el camino por donde había venido—. Los han dejado hechos unas fieras.
—Lo siento, no podía seguir allí —Alphonse le hizo un gesto de cabeza para que entrara, cosa que Hans no tardó en hacer—. Entre sus quejas y los fantasmas, empezaba a sentirme mal.
—¿Qué? Un minuto, ¿es malo que hables con los fantasmas?
—No es malo, solo… Entre más tiempo paso con uno, más me duele la cabeza. No sé por qué. Así ha sido desde que recuerdo.
—Lo siento, Alphonse. No lo sabía.
—No te preocupes, Hans. ¿Necesitas algo?
—Necesitaba escapar —Hans dejó escapar un bufido y volvió a usar un pulgar en alto para señalar la puerta—. En serio los pusiste nerviosos. Nathan es el único dispuesto a hablar…
—Pero él no parece saber nada —completó Rafael, a lo que Hans asintió—. Tengo el presentimiento de que si pasó algo, fue a espaldas de Nathan. Oye, ahora que recuerdo, la rubia dijo ser Millicent Nightwine, ¿qué es de Nathan?
—Es su prima. Según lo que escuché, ella, Nathan y Anne son los últimos Nightwine de sangre. Colette es Nightwine por haberse casado con Nathan. ¿Han visto su símbolo? Una copa con una estrella en lugar del vino. Es muy curioso.
—Hay otros más curiosos —aseguró Alphonse con vaguedad, mirando distraídamente el cuadro de Christine Lightwood—. Hans, ¿quieres que te ponga al corriente? Tal vez no entendiste bien de qué se trató todo eso.
—Sí, me encantaría saber qué pasa, pero… ¿Seguro que puedes contarme?
—Entre más testigos haya, mejor.
—Adelante, entonces. Te escucho.
—Bien, ¿sabes quién fue Mattius Fairchild?
—Fairchild… Creo que vi su retrato en el Instituto. Llegué a Lyon unos días antes de que ya no se pudiera entrar. ¿Es un hombre de ojos verdes y con el pelo rubio rojizo?
—La verdad no lo sé, pero es posible. Los últimos Fairchild tenían el pelo de ese color o rojo.
—Si es él, creo que fue el director antes que Colette, ¿no? —Alphonse asintió y Hans siguió diciendo lo que recordaba—. Cuando llegué, pregunté por algo de la historia reciente del Instituto, y su nombre me lo mencionaron. Estaba registrado que tenía un parabatai, y que lo trataba como familia, ya que no le quedaba ninguna. Murió hace años, en el dos mil, creo.
—Uno de los fantasmas de mis parientes es el parabatai de Mattius Fairchild, grand–père Frédérique. Lo está buscando.
—¿Un fantasma está buscando a otro?
—No, grand–père está buscando a su parabatai aquí porque no lo siente del otro lado.
Hans miró por turnos a Alphonse y a Rafael, anonadado.
—¿Eso es posible? —Preguntó al fin, en un murmullo.
—Los fantasmas, como ya te diste cuenta, no son muy estudiados —indicó Rafael, encogiéndose de hombros—. Debe ser porque no hay muchos que puedan verlos. En Londres es distinto, porque no sé si sepas, pero hay una fantasma residente desde hace más de un siglo. Pero a cualquier otra parte que vayas, te aseguro que no sabrán mucho. En Nueva York, donde crecí yo, no hay gran cosa en sus archivos y nos habría servido, ¿verdad, Al? Allá viste unos cuantos.
Alphonse asintió en silencio, apretando los labios, seguramente recordando que en su estancia en Nueva York, después de una patrulla que le asignaron cerca de donde estuviera el World Trace Center, debió decirle a Jace Herondale que no podía volver. A Rafael seguían dándole escalofríos al recordar lo pálido y frío que se había puesto su amigo, soportando como podía lo que, tras mucho preguntar, consintió en describirle como lamentos llenos de miseria y rabia, provenientes de víctimas del crimen y suicidas tras la crisis financiera del veintinueve, pero sobre todo, de los muchos muertos del atentado terrorista de dos mil uno.
—Kit una vez me contó una cosa —comentó Alphonse de pronto, en voz un poco más baja de lo normal, pero al menos con semblante más sereno—. Dijo que en un funeral, vio por un rato a un fantasma. No me dio nombres, pero me aseguró que enseguida supo que el fantasma había ido porque el difunto era su parabatai. Eso me hace pensar que es verdad, que los parabatai pueden sentirse aún en el otro lado, y que por eso grand–père está buscando al suyo.
—Eso no tiene sentido —masculló Hans, ceñudo—. Quiero decir, no es que crea que los fantasmas mienten, ¿cómo voy a saber yo eso? No, me refiero a que si alguien como un director de Instituto no hubiera muerto, la gente lo sabría, ¿no?
—Normalmente, sí. Por eso es todo tan extraño.
Un destello los sobresaltó ligeramente, antes de ver caer un papel doblado delante de los ojos de Rafael, quien lo pescó al vuelo.
—Debe ser la respuesta de los Hermanos —indicó, desdoblando el papel.
Al leerla, Rafael suspiró al ver que no era nada malo, aunque algo hacía repicar su memoria con algún tipo de alerta. Sin estar seguro de qué era, le pasó la nota a Alphonse, quien la leyó rápidamente y acabó dando una cabezada, en señal de afirmación.
—Iré a pedirles a los fantasmas que lo dejen salir —indicó, caminando hacia la puerta.
—¡Momento, voy contigo, Al!
—Rafe, no es por ofender, pero si no puedes verlos…
—Voy a cuidarte las espaldas de todos esos Nightwine y no me lo puedes impedir.
Al final, Alphonse asintió.
—Si no les importa, voy también —indicó Hans—. No quiero incomodar y quizá sea tonto porque no puedo ver ni oír fantasmas, pero quiero estar ahí.
—Por mí no hay problema, así no me sentiré el único raro —aseguró Rafael—. ¿Al?
—Eh… Sí, claro, como quieras, Hans. Vamos ahora, el Hermano no tardará.
—Ah, ¿es que va a llegar por el Instituto?
—Le parece lo más apropiado.
Rafael asintió, siguiendo a Alphonse fuera de allí, pensando todavía en el mensaje de fuego.
Estimado Rafael Lightwood–Bane:
Se acepta tu solicitud y se enviará a un Hermano Silencioso a la ciudad de Lyon, por lo que se agradecerá que se despeje el paso de la puerta del Instituto. Será un honor el volver a serles de utilidad.
Atentamente:
Hermano Elijah.
—&—
Ciertamente, ver aquello era algo a lo que Rafael aún no se acostumbraba.
—… Por eso, madame, pido por favor que dejen salir al Hermano Silencios que va a llegar.
Una pausa y Alphonse dio muestra de escuchar con atención antes de asentir.
—Sí, de no haberlo hecho, no habríamos obtenido respuestas. Gracias por entender.
Rafael bufó.
—Si estás hablando del plan de llamar a un Hermano, ¡claro que lo iban a entender! Eres un genio, Al. Seguro ellos también lo creen.
Alphonse se ruborizó casi enseguida, haciendo un ademán en dirección a la puerta.
—Madame Linette te da las gracias —indicó, desviando la vista al segundo siguiente.
—¿Por qué? ¿Por decir lo obvio?
Alphonse negó con la cabeza, un poco más avergonzado que antes.
—Madame Liesel dice que tú bien podrías ser un Goldhertz —comentó.
—¿Eso qué significa?
—Ese apellido era de una familia de cazadores de sombras de Múnich —intervino Hans, con cierta timidez—. Lo sé porque en casa tenemos el retrato de un hombre que fue bisabuelo de nuestro padre o algo así. El apellido se puede traducir como «corazón de oro». Su símbolo es un corazón atravesado por una estela, como si fuera una flecha —Hans hizo una mueca—, y menos mal que no lo dibujan sangrando. Mi padre me dijo una vez que los Goldhertz tenían fama de justos y piadosos. En Alemania, fueron de los primeros en apoyar los Acuerdos cuando se crearon.
—Agradécele a madame Liesel, entonces. Ya no me extraña que ustedes salieran así. Lo llevan en la sangre. ¡Lo que te decía, Al! Muchos cazadores de sombras están relacionados entre sí y no tienen ni idea. Me pregunto qué tan parientes son ustedes dos.
—Rafe, si de verdad hay un parentesco, debe ser muy lejano. ¿Sí?
Alphonse ladeó la cabeza entonces, viendo hacia la puerta del Instituto. Rafael reconoció el gesto: era uno que hacía cuando estaba prestando atención a alguien que se dirigía a él.
—Muchas gracias, monsieur. ¿Qué? —Alphonse se sonrojó de nuevo, agitando una mano en alto para restar importancia a lo que sea que hubiera escuchado, al tiempo que decía—. No, no, eso no fue así —una pausa y enseguida, el muchacho bajó la vista y dijo—. Ella no lo hizo.
—¿Al? ¿Qué pasa?
Haciendo una mueca, Alphonse negó con la cabeza y se dirigió de nuevo a alguien invisible.
—No se preocupe, no tenía modo de saberlo. Es… La historia es complicada, en realidad. ¡No, claro que no! Eso fue… Fue por otra cosa. ¿Puedo explicárselos luego? Necesitamos hablar con el Hermano que ha venido. Sí, se los diré a grand–mère y a grand–père.
En cuanto Alphonse terminó de hablar, la puerta del Instituto se abrió y se deslizó fuera del edificio una alta figura ataviada con una túnica color pergamino. A Rafael no dejaba de intimidarlo un Hermano Silencioso como ese, que aún con sus movimientos sosegados y su voz mental, daba la impresión de que podía pasar al ataque en cualquier momento.
"Buenas noches, Alphonse Montclaire, Rafael Lightwood–Bane. Es un gusto volver a verlos."
Normalmente, Rafael no prestaba demasiada atención a las voces de los Hermanos. Para él, todas eran iguales y su padre Alec le comento que, tal vez, se debía a que hablaban a la mente directamente, sin influencia física de por medio. Sin embargo, algo en lo que recién oyera de aquel Hermano Silencioso le hizo pensar, sin venir a cuento, en un acento, pero no lograba identificar cuál o por qué le resultaba familiar.
—Buenas noches. ¿Es el Hermano Elijah?
El Hermano Silencioso asintió con la cabeza, avanzando para bajar los pocos escalones de la entrada, hasta llegar a ellos. Rafael contuvo un escalofrío, porque de pronto, pensó que algo alteraba al Hermano y no tenía idea de por qué percibía algo así.
—Le presento a Hans Lindquist. Está de paso por Lyon y aceptó atestiguar la resolución de este asunto. Si me permite la pregunta, ¿con usted puedo iniciar una reclamación de propiedad?
"No, lo siento. Eso debe hacerse ante el Consejo."
Alphonse asintió se puso en marcha, cruzando la calle. Hizo ademán de hablar en cuanto pisaron la otra acera, pero algo lo dejó clavado en su sitio, causándole una mueca de dolor mientras se llevaba una mano a la sien.
—¿Al?
Rafael no tardó en llegar al lado de su parabatai, aunque tuvo que esquivar al Hermano Elijah en el proceso. Le rodeó los hombros con un brazo, a lo cual Alphonse apenas reaccionó, señal inequívoca de que no se había dado cuenta siquiera.
—¿Al? ¿Qué pasa?
—Está… Grand–père, por favor, no grites… —Alphonse se tapó los oídos por puro instinto.
—¡Diablos! Oiga, Frédérique, ¿no lo ve? ¡Le hace daño!
Sabía que no tenía modo de saber si lo escuchaban, pero Rafael no pensaba quedarse callado si algo estaba lastimando a su parabatai. Ni siquiera si se trataba de su familia muerta.
—Sí, ya vamos —musitó Alphonse, bajando las manos y viendo al frente. Los ojos los tenía vidriosos, como si estuviera a punto de soltar lágrimas de dolor—. Está bien, de verdad.
—¡No estás bien, Al! Si vuelve a hacerte eso, llamo a mi hermano para que busque cómo puedo hacerle algo con Misericordia, ¡me importa muy poco que sea tu abuelo!
—Rafe, no podemos llamar a casa.
—¡Pues a otro brujo! Pero en serio, si ese fantasma no se controla…
"¿Fred? ¿Él no siguió más allá?"
A Rafael lo impresionó no solo que el Hermano Elijah llamara de ese modo a Frédérique Montclaire, sino también el percibir un deje de nostalgia en su pensamiento transmitido. No distinguía los rasgos del hombre, así que no podía saber a dónde miraba, pero su postura estaba ligeramente tensa, a la expectativa de algo que se salía de lo normal para él.
—Grand–père siguió más allá —respondió Alphonse, con una voz que denotaba cansancio y tristeza—. Está aquí por… Bueno, ha dado a entender que por mí. Por saber cómo estoy y… Porque no había sentido a su parabatai hasta ahora. ¿Usted sabe algo?
El Hermano Elijah asintió y abrió con facilidad la puerta de la casa Bellefleur, cuando Rafael sabía que Juliette y su marido la estaban bloqueando para cualquiera que no fuese Alphonse.
"Mereces saberlo, Alphonse Montclaire. Algo me dice que es demasiada coincidencia que estés aquí ahora. Quizá contigo de por medio, Fred llegue a perdonarme."
—¿A qué se refiere? —dejó escapar Hans, sin comprender nada en absoluto.
Rafael creyó entenderlo solo un segundo antes de que Alphonse dijera en voz alta lo que parecía un secreto que no habían podido ver antes, pero que siempre estuvo delante de sus ojos.
—Usted… Usted es Matt, ¿verdad?
El Hermano Elijah no respondió, pero eso parecía que ya no hacía falta.
