Día dos: Paz.
No eres otra cosa que alguien con espada para mí, un simple hombre más del que estar alerta.
Eso le había dicho esa noche, aquella en la que vino a interrumpir su meditación para hablarle de disparates sin sentido. Hablarle del amor a un guerrero era peor que hablar de paz en tiempos de guerra, algo sin sentido e irrelevante, considerado traición en muchos reinos.
No creía en esos cuentos mágicos, aquellos que decían que se podía descubrir a tu destinado con solo una mirada. Simplemente estúpido, ella no tenía destinado a nadie, nunca lo tenía.
Ella serbia a la corona y punto, eso haría por el resto de su vida, hasta que caiga.
Me conformo con poder amarte sin ser castigado, es más que suficiente para mi… incluso si tú nunca llegaras a sentir lo mismo.
Sus mejillas se calentaron, pero por la vergüenza que le dio el pequeñín cuando se lo dijo aquella noche… aquella hermosa noche de luna llena. Era deshonroso que alguien se rebaje tanto solo por amor.
Y ahí es cuando Momo pensaba.
Supuestamente… años atrás. Cuando aún no podía ni levantar una espada por su peso, su padre le había dicho, no hay mejor fuerza que la que uno obtiene al pelear por alguien que amas.
Eso la ponía nerviosa, o como ella prefería decirlo, débil, insegura y reflexiva.
No le gustaba ponerse así, por lo menos… no ahora. Ella era un caballero! Un caballero real que debía tener coraje, fuerza y determinación siempre, no podía dejarse ablandar por simples palabras, por simple amor!
Pero también era mujer, y como tal a veces le era imposible ignorar esta clase de situaciones. Y que ese pequeño hibrido le haya declarado su amor así de directamente, así de honesta y gentilmente… le revolvía las entrañas.
Odiaba que haya tenido efecto en ella, odiaba sentirse así de intranquila, la distraía del objetivo, de su misión.
Pero como siempre, debía sacarle provecho a todo obstáculo, y así lo haría con este problema verde y pecoso. Aprovecharía ese supuesto amor, podía usarlo para probar si es que en verdad se podía obtener fuerza de algo como el amor.
Ahora que había alguien que le amaba, quizá podía levantarse más rápidamente cuando la tumbaban.
Y así corrió al campo de batalla, decida a vencer a pesar de ser menos en número.
La guerra entre el hierro y el terror.
Los campamentos oscuros cada vez eran mayores, cada vez se volvían más peligrosos, amenazando con la paz y tranquilidad del reino de hierro. Ya habían causado miseria en otros reinos, desolado pueblos enteros y roto familias enteras.
Una plaga que debía ser tratada.
"Esperen mi señal"-ordeno en silencio, moviéndose cautelosamente por las hierbas, buscando el punto correcto para atacarlos.
Su tropa de elite eran menos de veinte, pero eran de elite, confiaba en estas personas más que un ejército de cien hombres. El objetivo era acabar con el cabecilla de estas escorias, El del Toque de la Muerte, Shigaraki Tomura.
Asesino con dichas habilidades, que, supuestamente podían volver polvo a alguien. Ya lo había dicho antes, no creía en esas tonterías, estaba segura que solo eran cuentos inventados para implantar miedo en los corazones.
No se dejaría intimidar, lo enfrentaría cara a cara y saldría victoriosa.
"Ahora!"-grito.
Y el infierno empezó.
Minutos después.
"Hahahaha! Nunca me canso de hacerlo!"-rio como loco-"No te parece increíble a ti también, princesa?".
Sucia y exhausta, la princesa de hierro apenas pudo levantar la mirada para decirle lo mucho que lo odiaba. Pues ahora su orgulloso equipo de elite se había reducido a casi nada.
"Que era lo que esperabas? Estas no son guerras, no somos iguales a esos barbaros a los que espantaste"-se agacho a su nivel.
"Voy… a… matarte…".
"Seguro que si"-le palpo la mejilla burlonamente-"Pero no en esta vida"-su mano se llenó de magia.
"Vamos Shigaraki, acabala!".
"Hazla pedazos!".
"Vuélvela polvo!".
"Voy a hacer todo eso…"-acerco su mano a su rostro-"…al mismo tiempo".
Había sido demasiado orgullosa, la confianza le había llevado a esto, parecía que hoy en día las espadas no eran más que algo que te decoraba. Antes ya le habían destruido su brillante espada, ahora la habían hecho polvo… se preguntó si en alguna próxima vez la doblarían como papel.
Pero parece que no habría una próxima vez, y eso la asustaba.
En su mirada apareció el verde, el color natural pero raro de ese chico, le hacía preguntarse… lloraría cuando se entere de su muerte?
"Shigaraki!"-grito desde el cielo, montado en un imponente dragón rojo.
Mentiría si dijera que no estuvo feliz de verlo.
"Ah ya llego el mocoso…"-suspiro el albino, alejando su mano de su rostro-"…siempre en el momento exacto".
Como un héroe. Pensó Momo, sonriente mientras lo veía caer al suelo, plantándose justo enfrente suya con su brillante espada en manos. Determinado y lleno de valor, como un caballero debía estar… como ella debería estar.
"No entiendo por qué, que los de su reino no destruyeron sus hogares? Talándolo todo y enriqueciéndose a costa de su exilio?"-le provoco Shigaraki.
"Eso fue siglos atrás…"-contesto igual de preparado.
"Pero algo ha cambiado? Que no siguen viviendo escondidos en esos diminutos bosques?"-sonrió maniaco.
"Vete de aquí…"-ordeno Izuku.
"Vas a tener que obligarme, mocoso".
Sus ojos se abrieron, también un poco su boca y más importante que ello… su mente. Pues pudo ver como la espada resplandecía y se negaba a des quebrantarse a pesar de que Shigaraki la apretaba, irrompible, invencible.
La espada brillo tanto que cegó a todo el mundo, un brillo cálido, tierno con la piel. Momo sintió su alma sanar, su espíritu regresar.
E igual de rápido que cayo, logro levantarse.
La promesa. (Pueden poner Hallelujah de Jeff Buckley)
"Te ves mucho mejor con tu cabello suelto".
Su sonrojo fue leve, pero sus manos instintivamente acariciaron su pelo, nerviosas por lo que había dicho.
"Gracias…"-contesto indiferente, evitándole con la mirada.
"Deberías vestir así más seguido, se siente más natural"-sonrió.
Esta vez fue su pecho el intranquilo, cautivado de que ese pequeñín este viendo algo que nadie había visto jamás… a ella.
"Midoriya, verdad?"-recordó su apellido, Izuku asintió-"Puedo preguntarte algo?".
"Lo que quieras"-amplio su sonrisa.
"Porque eres tan bueno conmigo?"-le miro a los ojos al preguntarle.
La música seguía sonando, los instrumentos y las voces de los pueblerinos que festejaban la huida de esos bandidos y Shigaraki era vida para ellos. Felices mientras bailaban, bebían y cantaban.
Solo ellos dos estaban sentados aquí, a solas mientras observaban la noche, contemplando su belleza, su brillo sobre el enorme bosque que ahora solo habitan animales y no asesinos.
"Puedo sentir que no eres una mala persona…"-confeso-"…es una habilidad que siempre he tenido".
Momo sonrió.
"Pensé que era porque me amabas".
"A-ah! Eso t-también! Pero… t-tu sabes, es difícil decirlo…".
"Bueno… Midoriya"-cerro el espacio que los tenia separados-"Yo todavía no te amo"-su mano la puso sobre la suya.
"L-lo se…"-acomodo su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.
"Pero me alegro de que alguien como tú me ame".
"Gracias…"-sonrió cálidamente.
Quizá fue magia la que hizo que hicieron eso, quizá solo quería hacerlo, quizá empezaba a sentir algo por él, las posibilidades eran demasiadas… pero de algo si estaba segura.
Izuku la amaba, y eso… le daba calma.
Recuerden que esta historia… solo está empezando.
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