«Estaba de espaldas a Honma, demasiado rígido como para tratarse de un alma en pena, y sin embargo proyectando la misma desolación, la misma soledad.»
La Sombra del Kasha de Miyuki Miyabe
8. Consecuencia
I
Yokohama, 1998.
Rasca compulsivamente las cicatrices y las vuelve a ocultar en las mangas del suéter de un conjunto umbroso, sin colores, disfraz de sombra que en la penumbra del bar lo convierte en una figura invisible, un cliente —como tantos— queriendo ahogar su miseria en el alcohol. Vacía el trago de sake en su garganta. El líquido escose y le caliente la sangre. Contiene el llanto que le queda en los desgastados lagrimales, estos se inflan avivando recuerdos. Asquerosos recuerdos que quisiera no tener.
Los besos de Fukuzawa y sus halagos, los gemidos dulces y las caricias lascivas y tiernas, ya no existen. En su lugar, piel y mente recuerdan el miedo, el terror, el coraje, el dolor, la vergüenza y el placer obligado. Manos tocando su intimidad forzándolo a responder, a ser un objeto usado, golpeado, marginado, penetrado. Bocas mordiendo, maldiciendo, burlándose, ordenando, lamiendo, besando, riendo, ultrajando. Desgarros, llanto, el sabor de fluidos diversos y detestables que empujan una arcada de asco.
Querer morir.
Sentirse culpable.
Todo acudía a su mente una y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez. Tortura repetitiva que no paraba, presente en cada milímetro de piel, y que lo empujaba a recordar la peor parte: la negativa de Fukuzawa a vengarlo.
Hace una señal al mesero. El chico, apenas lo suficiente mayor para trabajar en un sitio como ese, se apresura.
—Tráeme la botella entera.
No muy seguro, mas sin forma de negarse, el mesero obedece, y en un minuto la botella del fermentado de arroz es apurada por el cuello hasta sus penas.
Suplicó, ¡rogó!, a Fukuzawa que usara los recursos de esa maldita organización (a un paso de desintegrarse en Japón por su causa) para vengarlo… ¡tenía el modo de hacerlo!, gritaba para sus adentros. ¡¿Es qué no lo amaba?! ¡Bastaba una orden para que la Policía Militar se movilizara!, y no lo hacía, no porque no quisiera, lo veía claro en esos ojos que lo evitaban, que lo veían deshacerse con ofensiva compasión. No lo hacía por Hobb, la mujer que aprovechaba su sufrimiento para hacerlo "razonar" y entender que el amor y el trabajo no compaginaban.
Ríe para sí, porque la directora ganó.
—¿Tan divertida es tu desgracia?
Alta, sonrisa ancha de dientes perfectos, cabello cóncavo abrazando su garganta, atuendo sencillo de cuello alto y negro en el que resalta un collar dorado, de porte distinguido y etéreo, una joven atemporal en sus rasgos se sienta junto a él en su mesa. En su mano enguantada sostiene una copa con un líquido rojizo, muy espeso y opaco para tratarse de vino.
—¿Quién eres? —una pregunta automática con la que Higashino arruga la frente.
—Presentaciones. Insignificantes, sobradas, que nos gusta hacer. Los nombres nos dotan de falsa seguridad —deja la copa en la mesa.
—¿Quién eres? —insiste.
—Soy alguien que quieres que este aquí —carente de recato alguno, despidiendo un aroma embriagante como el sake, seductora en su voz y en la parsimonia fluida de sus movimientos, aquella criatura se acerca. Su cuerpo esta frío—. Una amiga que se ha dado cuenta que estas en problemas y te ofrece… resolverlos —colocó entre comillas—, vengarte —recorre con la vista su yugular, cual si apuntara al precio a pagar por la oportunidad que ni siquiera el amor le concede, tentándolo en la sobriedad que le queda y en la borrachera furiosa.
—Me agrada.
—Seamos amigos entonces y cumpliré tu deseo, como un genio que sólo pide una cosa a cambio, K. Higashino.
—¿Qué pide el genio?
—Tu entrega para con los míos, las demás criaturas de la noche que se encargarán de satisfacer tu sed —A. Rice sonríe, ofreciendo el pacto que ha de sellar y lo conduciría lejos de Fukuzawa, de quien decía amarlo y se negaba a demostrárselo, y de Yokohama, la bestia que engulló a un pueblerino, deslumbrándolo con su belleza y las promesas de amor; hasta New Orleans, .
II
Yokohama. Presente.
Gruesas lágrimas corrieron por las mejillas de Harkness. Lágrimas pesadas amenazando con aplastar su compromiso con la misión, por rendirse al dolor de la pérdida de quien consideraba un padre.
Lloró, tocando un hilo degradándose del blanco al negro.
—Lo lamento —con los hombros caídos, Abercrombie se disculpó.
—Era el destino —soltó el hilo, haciéndole saber que entendía que no era culpa de nadie. Jamás lo era.
Debo concentrarme o su muerte será en vano, se dijo apartando el dolor.
—¿Qué tienen que ver estos hilos con el destino, con Chuuya y conmigo? —preguntó Dazai, recompuesto del impacto inicial, receloso con Abercrombie.
Si su compañero no hubiera activado el recuerdo de la canción, el cúmulo de información presente, y del pasado que pugnaba por salir a flote, habrían superado la mente de detective antes de si quiera conseguir explicarle algo. Lamentablemente, el confesar el conocimiento de esa melodía lo colocó en guardia.
—Todo, Dazai —sujetó el hilo rojo que se evaporó al contacto con él—. Estos hilos son el destino en sí, y la razón por la cual Chuuya está en poder de la 893.
»Verás —se apresuró a añadir, evadiendo una interrupción—, suelen malentenderse como sinónimos "destino" y "futuro", cuando el futuro deriva y es parte del destino, y el destino es un conjunto complejo de pasados cumplidos, presentes, y futuros posibles.
Sujetó un puñado de hilos y tiró, revelando un tejido de vibrantes colores intercalados con opacos, creado intrincados diseños cuyo centro giraba en torno a hilos blancos y rojos, surgiendo más allá de la pared que cruzaba indolente, y llegaba a manos de la Tejedora, inacabado, con los bordes deshilachados.
—Este es el destino y puede leerse de mil formas. Uno puede ver el pasado, adelantarse cinco segundos y divisar el tramo más probable, ver los nudos importantes que llevarán a un resultado en particular o los futuros posibles. Hay miles de formas de leerlo, y el destino tiene miles de formas de ser. Posibilidades. Probabilidades. El destino es pasado —señaló el tramo confeccionado—, presente —acarició los hilos que lentamente se amarraban continuando la magnífica creación infinita— y futuro —sus dedos siguieron el ancho aun no tejido de los hilos— urdidos.
»En vertical, viajamos al pasado o al futuro o entendemos a una persona por su historia. En horizontal, comprendemos un suceso entero por quienes lo conforman y los hechos que lo produjeron, e incluso, en base a eso, generamos probabilidades para escenarios deseados. Hay distintas habilidades que se mueven encima del telar —levantó la vista encontrándose con las dudas e impaciencia de Dazai—. Necesitas saber para comprender.
Desapareció el tejido y sostuvo, solo, en sus dedos, el hilo rojo del detective, del antiguo líder de la Port Mafia.
—Imaginas qué es esto, ¿verdad?
—Una leyenda.
—Real —prosiguió—. Cada suceso importante en el mundo se ancla a uno de estos, pues son los únicos con la fuerza para soportar el peso del tramo que han de mover. Pueden estirarse o contraerse, pero nunca romperse —citó a la leyenda.
—¿Me dirás que tu habilidad te permite mover ese hilo?
Harkness negó.
—Mi habilidad me confiere el poder para mover todos los hilos. Crear casualidades, favorecer oportunidades o coincidencias, pero lo hago a ciegas.
»Así como sucede con su equivalencia física, si no se sabe qué hilo mover con exactitud o cuando, se obtendrá de inmediato lo deseado o inesperado, perturbándose por completo el resultado, el futuro. A diferencia de su equivalente físico en el que el tejido se malogra, este corrige por su cuenta las alteraciones, las tuerce y reencausa, no de maneras gratas.
»Yo tejo —dirigió la vista a su compañero—. Él me guía, es mis ojos.
El agente agradeció esa muestra de fe que le aligeraba el miedo de ser odiado, dada la muerte de Rothfuss. Sí, podía culparlo de haberlo instigado a desempeñar su papel en esa puesta en escena, mas, sabía, que fue tan necesario que lo hiciera como al azar el desenlace.
—Abercrombie ve los distintos puntos a cumplirse para llegar a un objetivo deseado, los nudos que se requieren para consumar un futuro.
—Para que sea posible —la corrigió.
Ella asintió.
—"Posibilidades". Nunca certeza completa.
—Entonces, has alterado los hilos para que la CIP logre vencer a Higashino —resolvió Dazai.
—Sí y no.
»Sí, porque la idea con la incursión más atrevida de la CIP manipulando el destino, es quitar a la 893 definitivamente del camino, en particular, dado que poseen información sobre eventos específicos que deben ocurrir para consolidarse como la principal fuerza criminal, organizacional y sobrenatural en Japón. Y no —jaló el hilo rojo—, porque la historia tiene de protagonistas a Chuuya Nakahara y Dazai Osamu. Nosotros, lo que suceda con la CIP, la 893, la Agencia Armada de Detectives, la Port Mafia y Japón, sólo será mera consecuencia de ustedes.
Atrajo un segundo hilo rojo. Más atrás conectaba en paralelo al de Dazai, y en diagonal con el de Rothfuss y su hilo rojo, que al halar de cada uno resaltó con un enorme nudo enmarañado, una aberración dolorosa.
—Iré —Hunter la sujetó del hombro sirviéndole de asidero, apartándole de la mente su error, y tras recibir su afirmativa, se marchó.
Trenzó el hilo rojo de Atsushi Nakajima y Akutagawa Ryunosuke, a uno azul eléctrico, un gris y un amarillo.
—He alterado los hilos para que ustedes elijan.
Abercrombie activó su habilidad, inundando la habitación de olas neón que rompían en Dazai.
—¡¿A qué te refieres con elegir?! —un hilo morado palpitó surgiendo fugaz del hilo rojo del detective. Harkness lo tocó. Desesperación, el miedo, la sospecha y la barrera cayendo.
—Es tiempo —informó el agente—. Higashino está por hacerlo.
—Noche sin luna y sin estrellas. Noche viva y luminosa —unió el conjunto trenzado, con hilo blanco surgido de su meñique, al rojo principal—. Encarnen en uno —dirigió la vista a Dazai—. Él también está listo.
Abercrombie asintió y tronó los dedos.
—My Immortal.
III
Casi medianoche y seguía ahí, en Midori, de vuelta en la estación de la policía local donde un cartel al fondo, en mitad de la pizarra de los anuncios importantes para el público en general, lucía una fotografía suya junto a la palabra en rojo de "se busca", justo encima de la descripción de "altamente peligroso" y la cifra de recompensa por su cabeza. Su posición en la Port Mafia lo colocaba en un estrato de poder demasiado alto para ser tocado, no omitido de los boletines.
—Tienes mala cara ahí —comentó el jinko sentado en la butaca de junto, sus ojos dorados enmarcados en grandes ojeras y enrojecidos por el llanto que apenas cedió, distrayéndose de la sangre empapando sus guantes y camisa al hablar de la foto.
—Tú tampoco sonreirías arrestado por una estupidez, con tu jefe ordenando que te quedes quieto y no hagas alboroto ni asesines a nadie para escapar, dejando que tengan una fotografía tuya que colgar en esos afiches tontos —concedió la explicación.
—¿Una estupidez?
Akutagawa lo observó por el rabillo del ojo. Por fin algo capturaba su atención, además de esperar a que la policía tomara su declaración respecto a la muerte del hombre. A él lo indultarían —aludiendo "defensa propia"— del asesinato de la atacante del jinko, no le preocupaba. Tanto que no entendía porque seguía ahí, esperando por voluntad, acompañando a su rival.
Atsushi se decepcionó de su silencio, sumiéndose de nuevo en pensamientos depresivos.
—Recién me nombraron líder de las guerrillas, algunos líderes me llevaron a un bar a beber —notó que contarlo era más bochornoso de lo esperado, y desvió la vista a un punto muerto en el techo, ansiando contrarrestar la pena que no encajaba con él, el perro de la Port Mafia—. Bebí de más, causé alboroto, la policía llegó, los líderes creyeron que era una buena novatada y me abandonaron a mi suerte, inconsciente en una mesa. Tal parece que la foto —señaló con la cabeza su imagen—, fue mi "felicitación" no oficial.
Una estupidez que arrancó una risita débil del jinko. Sopesó el indignarse y mostrar molestia. No lo hizo, no pudo, como no podía levantarse e irse, y como sentía celos por la consideración que un muerto recibía por parte del muchacho.
¿Celos?, el corazón le dio un vuelco. ¡No!, él no sentía celos. Imposible.
—Para ser la mafia se escuchan como un grupo amigable.
Giró el rostro para refutar —enojo proveniente de su descubrimiento—, la tontería propuesta por Atsushi. La diminuta sonrisa que quedaba de la risa lo detuvo. Sí. Estaba celoso. Celoso y feliz.
Maldición, ¿por qué?...
IV
Una muerte nunca era agradable. Comprendía eso y que era humano, y por tanto, capaz de empatizar con los sentimientos implicados en una muerte, por ajeno que fuera al fallecido. Lo comprendía. Lo que no concebía era por qué le afectaba a ese grado lo acaecido al agente Rothfuss. No lo conocía, ni siquiera intercambiaron más allá de ¿cien? palabras o tenido más que minutos de contacto, y aun así el dolor lo devastaba.
Desvaneció la sonrisa cansada de su rostro, esa que apareció por la anécdota de Akutagawa, y clavó la vista en las losas blancas de la estación. Si bien le intrigaba que el miembro de la Port Mafia estuviera ahí, no tenía forma de quejarse. Lo había salvado, y su compañía, por inaguantable que hubiera sido en meses anteriores, lo reconfortaba en esos momentos.
Se quitó los guantes húmedos de sangre. Debo lavarme, pensó, y al ponerse en pie la puerta de la estación, semi vacía, con la mayoría del personal aun realizando las pesquisas iniciales del enfrentamiento en el lugar, se abrió. Hunter entró. Respetando etiquetas, disimuló el duro golpe de ver las manchas de rojo seco en su ropa.
V
—Sanderson, buenas noches —saludó Higashino haciendo una indicación a Mull para ayudarlo a ponerse en pie, cortando la soga que lo ataba a la altura de los tobillos.
Detestando la idea de depender de un yakuza, recargó su peso en Mull. Estaba mareado. La cabeza le punzaba y giraba, moviendo el suelo. El sedante que ocuparon no fue mucho, más si potente, y sus efectos secundarios se mantenían.
—Tenía la idea de ofrecerte una última cena —encaminó a las escaleras, haciendo que Mull lo empujara detrás, casi arrastrándolo—. Pasta, un corte fino, buen vino y pastel de queso —le dedicó una sonrisa por encima de su hombro—. Mi médico insiste en que debo de reducir la cantidad de colesterol y azúcar, y pretendía romper la dieta en tu honor. La última cena de cualquiera debe ignorar parejo las sandeces nutricionales, ¿no te parece?
El parloteo de Higashino pasó de largo en la bruma que conformaba los pensamientos del agente, que en vanos esfuerzos se obligaba a enfocarse en sus compañeros y en su crisantemo.
—Sin embargo…
La reducida comitiva se detuvo en el pasillo principal del edificio. El cabecilla lo hizo acentuando la ominosa noticia a la que el nexo gramatical antecedía; el prisionero se detuvo, primero por inercia, y enseguida por el hueco frío en el estómago al leer, en el silencio, un previo; y Mull hizo el alto como un complemento para que las palabras de Higashino surtieran el efecto buscado.
—Gracias a Hobb, y al afortunado deceso del agente Rothfuss, tendremos que adelantar los planes, saltarnos la cena e ir directo a la diversión.
Rothfuss había muerto…
Las piernas le fallaron a Sanderson. Cayó de rodillas.
Su mejor amigo había muerto. El hombre que más admiraba y respetaba en este mundo, que sacrificó su derecho a ser feliz por ayudar a un niño aceptando ser el conejillo de indias de una niña, y jamás se arrepintió de su destino, pese al dolor, pese a la pena. El hombre que mató al hijo de J. Otsuka por error, por consecuencia del nudo en su hilo rojo, condenándose.
»Aún hoy despierto por las madrugadas con su fantasma en mi cabecera —le contó en una ocasión, sobrepasado por la culpa y el alcohol—. No es un fantasma como los de historias de terror, con el rostro desfigurado y maldiciendo. Es un fantasma real, el de los recuerdos. El de esa noche en la redada.
»Un mes después de estar con Deborah en Japón y dejar al niño en un orfanato, entré al departamento de una desconocida, escuché un ruido y los hilos hicieron resbalar mi dedo en el gatillo.
»¡Bang!
»Recuerdo al niño caer con la yugular abierta. Lo supe de inmediato. Él era mi nudo y fue la razón por la cual no pude acercarme a su madre, quien resultó tener una habilidad útil que Margaret quiso incluir en la CIP. Los archivos de ese día fueron destruidos para ocultar la identidad del tirador que asesinó a su hijo, culpándose al hombre que perseguíamos, y yo me alejé, amándola.
»Era inevitable.
"Era inevitable", decía Rothfuss, con su historia de amor acabando sin empezar. Le remordía haber tomado su sitio junto a Otsuka, con ellos enamorados y forzados a no estar juntos.
Un hilo rojo no siempre significa felicidad. A veces es más un castigo.
Mull lo hizo pararse, caminar e ir hasta una habitación pobremente iluminada.
No reconoció a quien, en posición fetal en una destartalada cama con los cabellos naranjas esparcidos por el colchón, mantenía una queja tatuada en su bello semblante desencajado, sumido en una pesadilla, ni al adolescente escuálido recargado en el alfeizar de la ventana. Lo que reconoció de inmediato fue al hombre sentado a un lado y a su habilidad, el gato negro ovillado en los brazos del durmiente.
—Murakami… —murmuró sin fuerzas. La energía consumida por tres años de estar atrapado en su habilidad. La voluntad gastada por el miedo de perder a su amor y la agonía de haber perdido a su mejor amigo.
VI
—Murakami —confirmó Higashino apartando un mechón de cabello del rostro del líder Nakahara, con un brillo en los ojos parecido al de un artista, que orgulloso, observa su pieza maestra—. Hijo —Katayama se envaró, atendiendo de inmediato y colocándose con una rodilla al suelo para activar su habilidad.
—Socrates koi suru sokuratetsu.
Levantó un brazo, protegiéndose del torbellino que formó la habilidad.
Del tiempo que tenía conociendo a Higashino, un par de años como compañero en la secta de La Princesa Inmortal, el resto a sus servicios, fue espectador de una mutación fascinante y escalofriante. El resentimiento inocente y ciego, se había esfumado hacia mucho, y en su lugar habitaba una calculadora y frívola ansia de destrucción, a la que no le faltaban justificaciones ni a favor ni en contra. Hermoso y aterrador. Triste.
—Mull —el llamado de padre lo apartó de sus reflexiones—. Puedes comenzar.
Hizo una afirmativa con una inclinación respetuosa tras sentar a Sanderson en el suelo contra la pared, arremangándose las mangas del suéter.
—Y, un favor enorme —tomó rumbo a la puerta—, encárgate de que nuestro invitado observe con detenimiento, que sufra, y que muera —pidió con la solemnidad con que cualquier anfitrión encarga a sus criados al mejor de sus huéspedes.
Aceptó, viéndolo partir.
—Dame un minuto. El líder de la Port Mafia se encuentra en su límite de estrés psicológico. Habrá que darle un empujoncito extra para que quiebre.
—Adelante, Murakami —dirigió su vista a Sanderson, que incapaz de erguirse, cansado y rendido, los observaba devastado. Entendía que ese fue el juego que jugaron con Otsuka, que la trastornó.
Murakami acarició el lomo de su colega felino. El gato levantó la cabeza, emitiendo un maullido de conformidad, y volvió a meter el hocico entre las patas con un ronroneo. El líder se removió en pesadillas, y gritó. Gritó y lloró, rogando entre alaridos que Dazai volviera, que no lo abandonara, que no se llevara su vida y su corazón.
—No tienes que preocuparte por él —dijo a Sanderson, formando un triángulo con los índices y pulgares encima de la frente humedecida del líder—. En un momento estarás sufriendo lo mismo.
Su habilidad permitiría que cada persona involucrada con el mafioso se infectara por los monstruos que habitaban su pena. Los monstruos saldrían a danzar, a reclamar por consortes a la Port Mafia, la Agencia y la CIP, y los harían trizas con su maldición.
—Fablehaven.
Chuuya, la llave que abría la puerta a la destrucción de los guardias principales de Japón.
VII
El cielo de medianoche en Yokohama. La luna llena vertió en los bordes de sus nubes una fantasmagórica luz azulada y blanquecina. Lágrimas del pasado que renunciando a la naturaleza trágica de víctimas convirtiéndose en ejecutoras, siguiendo el auto negro, abandonando la guarida de la yakuza.
En el asiento trasero, ojos cerrados, Higashino revivió los recuerdos que nunca se ausentaron. Los felices, del chiquillo enamorado; los dolorosos, de la soledad desamparada en las fauces de las bestias; los amargos, del hazmerreír humano intentando sanar e implorando piedad al amor; los del pertrecho arrastrado a . con una promesa, que empujó a un adefesio, a él, al padre de la yakuza, a emerger de la porquería como una insecto emerge de su pupa.
La Princesa Inmortal lo atrajo, bebiendo de su sangre, convirtiéndolo en uno de los acólitos mortales a su servicio, y le estaba agradecido, pese a las tensiones en los meses que precedieron a su salida de la secta. Si Rice no lo hubiera llevado a New Orleans, haciéndole creer que una criatura inmortal como ella entendía la finitud de la vida humana, y la prisa que conlleva por cumplir en un lapso etéreo, anhelos lóbregos e ingenuos; quizás nunca habría reunido el coraje para levantarse y preparar su venganza, creando a la 893.
Le agradecía el empuje de convicción que le dio la espera, y su desinterés en un ser patético que ya no le servía para nada al rebelarse, por el que ni valía la pena pelear. En una existencia basada en la estética, el esfuerzo inútil que disuade en pos de lo perecedero, no es bien visto. Así consiguió volver… con Mull detrás, dispuesto a sacrificarse por él. No tuvo que manipularlo. Sólo lo siguió como hubiera deseado que Fukuzawa hubiera hecho al marcharse de Japón.
¿Por qué nunca pudo a amar a Mull?, conocía la respuesta a medias, o a tres cuartos. De haber amado a Mull su venganza habría perdido sentido, y el infierno que lo abrazó se habría decolorara con el fulgor de un nuevo amor. Soltarse de la venganza y el sufrimiento cada día parecía menos una opción. Y por tanto, su corazón se cerraba y se hacía piedra.
Ordenó a su chofer que no lo despertara hasta entrar a Tokyo, extraviándose de la continuidad de sus memorias sin llegar a Otsuka, a la búsqueda compulsiva desatada al reclutar a una agente de la Interpol; hundiéndose en el asiento.
Anheló esa noche por años, soñó con ella, y mientras los segundos se encaminaban a pintarla, a tejerla, descubría que el deseo seguía ahí, intacto; pero superado por el miedo a sentirse vacío cumpliéndola.
Dormiría. Olvidaría.
La mañana traería consigo la indiferencia o el placer, cuando ya no fuera posible cambiar nada.
VIII
Hay un gato negro en la habitación a oscuras en la que se encuentra. No es ninguna analogía. El gato está ahí, lo observa con sus enormes y rasgados ojos verdes, recortada su efigie impasible en la negrura por un borde difuminado y blanquecino, apenas perceptible. Una criatura siniestra en su belleza misteriosa y tranquila. Es el cazador de antaño que corre por sus venas, en su emparentada sangre con los grandes felinos, resumido en una criatura diminuta al asecho de él, un humano.
—¿Qué quieres de mí? —débil, Chuuya hace frente a su miedo y lo encara.
El gato no responde.
—¡Déjame ir! —exige. No está seguro de donde está, ni si es un sitio real o una ilusión, si está por voluntad o retenido, si es un sueño o una pesadilla. Está cansado, adolorido, en el límite de su fuerza. Es cuanto sabe.
El gato bosteza, azuzando su corta paciencia.
Prepara un improperio que sucumbe en sus labios al surgir de la negrura Dazai, el de mirada alicaída, cruel en sus métodos de tortura y maniobras, tierno en sus besos y caricias. Distinto al amparo de la noche y la bebida, que al escrutinio del día. Su debilidad.
—Chuuya —los kanjis se le pegan a la piel en una caricia incendiaria que le quema el aliento y el alma, que prende en un fogonazo los latidos en su pecho y le tuerce las piernas haciéndolas temblar. El pabilo de su cordura se tambalea, se ennegrece y cae al frente dando con el pecho de Dazai.
Niégate, no es real, no es él, dice su lado lógico, ese cada vez es más lejano, cuyo murmullo se apaga. ¡No te dejes llevar!, se implora. La voluntad se le extingue.
—¿Por qué me olvidaste? —aspira el veneno de su aroma, una esencia embriagante destilada directo de sus recuerdos, del ayer.
—Porque nunca te amé —la declaración se le clava cual daga en el corazón—, porque sólo fuiste un juguete —la empuñadura gira, abriendo un boquete en su pecho con la hoja—, una diversión.
—Chuuya —un pequeño aparece a su lado, lo ve por el rabillo del ojo. Dazai de doce años abrazado a su muslo, sonríe con la inocencia maquinadora que fue desarrollando a lo largo de su estancia en la Port Mafia, y que pese a todo, jamás mostró con él—… eres basura.
Cada memoria, cada recuerdo, cada trozo de su pasado, cada miedo, temor, tristeza, lamento, pena, vergüenza, molestia y furia, mínima y gigante, se desprenden de la oscuridad para asirlo, tirar de su mente, hacerlo gritar, reviviendo uno a uno, segundo a segundo, juntos, en un avalancha avasalladora, las pesadillas que han compuesto su vida, despellejándolo.
El niño ríe cruel, el líder lo besa apático.
—Eres basura —lo asesinan al unisón.
El noveno nudo lo quiebra.
IX
You used to captivate me by your resonating light
[T: solías cautivarme por tu luz resonante]
—¿Me quieres, vagabundo? —una ceja alzada en son de burla y reto, labios ligeramente caídos implorando una respuesta sincera, apostando al "sí" o el "no" de un borracho. Ilusionado, lleno de esperanza.
—No te quiero —burlón y tambaleante por el alcohol inundando sus venas.
Un semblante que pretende mantenerse altanero y un cielo nublado en su mirada:
—¡Entonces deja de venir…!
—Te amo —travieso por el whisky, sincero por el amor.
Now I'm bound by the life you left behind
[T: ahora estoy atado por la vida que dejaste atrás]
Resaca.
Madrugada larga y lenta.
El peso cálido de un amante durmiendo en su brazo cortándole la circulación y entumiéndolo.
Girar el rostro.
Descubrir el atardecer disperso por la almohada en torno a la respiración profunda y pausada del amor secreto que está ahí, a su lado, suyo, desnudo, entregado, dormido.
La verdad revelada, el pánico y la huida.
Your face it haunts my once pleasant dreams
[T: tu rostro obsesiona mis sueños una vez agradables]
»Dile o te vas a arrepentir el resto de tu vida, Dazai.
El consejo de Odasaku reverberando en la lucidez revuelta por los tragos, empujado por una sonrisa amarga. Cóncava, al presionarlo a ser feliz, a arriesgarse. Convexa, al seguir la espalda de Ango hasta la salida del bar, rumbo a un omiai* concertado por el jefe Mori. Aun entre mafiosos importaban los vínculos matrimoniales, y un activo como Ango, menos propenso al campo de batalla, establecería un enlace relevante para la Port Mafia con alguna hija de un miembro de la Dieta o del bajo mundo.
Comparado con el sufrimiento por el que atravesó su amigo, su hermano, antes de morir (de ver a la persona amada alejarse y traicionarlo), admitir un sentimiento que era correspondido sonaba razonable. Tal vez Chuuya lo aceptaría sin alcohol, tal vez aceptaría irse con él.
Your voice it chased away all the sanity in me
[T: Tu voz ahuyentó toda la cordura de mí]
—Huyamos —la aceptación.
El más bello de los recuerdos… que había olvidado.
Ofuscado por la cantidad de piezas colocadas intempestivamente en un sitio que desconocía vacío, se sostuvo a un librero para no caer, tragando bocanadas de aire.
—But you still have all of me [T: Pero tú aun tienes todo de mí] —repitió, buscando a Abercrombie, quien asintió a su sospecha.
—Todo está de vuelta en su sitio, así que sabes… —los ojos del agente se hicieron blancos, aferrando los dedos en cuña a su cabellera. Jadeó controlándose. Y aquello que quería dominarlo venció. Abercrombie se desplomó al piso, convulsionando.
Dazai adelantó un paso. Harkness se dobló en su sitio abrazándose, hundiendo las uñas en la piel de sus brazos para conservar, con el dolor, la claridad de su mente. El velo blanco cubría sus ojos.
—Mull —dijo entre hipidos, con gruesas lágrima cayendo por sus mejillas—. Empezó. Su maldición. Está uniendo… a todos con la mente de Chuuya —mordió su labio inferior para infligirse daño—. Una tortura larga.
Apartando las implicaciones para Chuuya, Dazai tocó a Harkness en la espalda y ella sonrió condescendiente. Reactivando All Souls, hizo aparecer el hilo rojo alrededor del cual se enlazaba una neblina grisácea, que lo recorría hasta perderse en los distintos hilos que convergían en él, que lo rozaban ocasionalmente o se enredaban en su longitud.
—Es inútil. Mull usa su habilidad potenciada para llegar a través de lo único que nos une a todos y es intangible para ti. El hilo que he manipulado —gritó, dislocando su mueca en una de aflicción mental. Presionó los dientes y las uñas, hasta trazar vetas gruesas de sangre.
Forzándose a permanecer cuerda, haló del hilo rojo, revelando nueve nudos.
—El segundo nudo, un tigre en la vida del criador de un perro —atrajo varios hilos, azules, amarillos, verdes, rosas—. El tercer nudo, recuerdos y pesadillas —hizo dos trenzas—. El cuarto nudo —tragó saliva dando a cada trenza dos ataduras— una coincidencia en el caos. El quinto nudo, la pelea en que tigre y perro advierten su propio destino, y evitan que corras en pos de rescatar a tu amado —rodeó el hilo rojo con las trenzas, en bucles—. El sexto nudo acabó con la voluntad de lucha y permitió su captura —sujetó los bucles en sus extremos por hilos blancos de sus meñiques, estrujando la frente, resoplando por el esfuerzo—. El séptimo nudo es un recuerdo desgarrador y hermoso, propuesta — confeccionó un nudo en el hilo rojo—. El octavo nudo, el origen del doble negro —tensó—. El noveno nudo, la crueldad de un niño.
Hizo vibrar el tejido, mirando al confundido Dazai, interrumpiendo la recitación.
—Tienes que ir a donde Chuuya. Hacerlo elegir lo correcto. El resto lo hará el destino.
Acarició el nudo.
—El décimo nudo —retomó—, concluye el primero. El uróboros. El pacto y la consumación.
—Esto no tiene sentido, ¿qué es lo correcto? —quiso saber, asustado por los fragmentos que descifraba—. ¡¿Dónde está Chuuya?!
—Vida y muerte —continuó, ignorándolo—, sol y luna, la combinación de contrarios que al unirse crea algo más refinado y precioso de lo que hubieran podido ser nunca cualquiera de los dos por separado. Irrompible. Sin principio ni fin.
Sujetó los extremos del nudo.
—Todo está de vuelta en su sitio, así que sabrás lo que debes de hacer, lo que pasó, y lo que debe pasar —apretó.
El nudo se ajustó, dejando caer el telón.
Dazai lo supo entonces. Lo recordó por completo.
Las habilidades poderosas conllevaban condiciones igual de complejas. La habilidad de Harkness, en su variante capaz de cambiar el rumbo del destino, no era la excepción, y estaba sujeta a un término sencillo y complicado. Para modificar un hilo rojo requería la aprobación de al menos de uno de los extremos.
El calvario de Chuuya era consecuencia de una elección consciente.
NA:
Penúltimo capítulo.
No hay mucho que decir esta vez, sólo que tengo el corazón a mil, y que las y los amo, ¡cómo no tienen ni idea!, a cada uno de ustedes que deja su voto / kudo, agrega a favoritos, me regalo un comentario / review y / o comparte.
Revisando mis otros ff, me doy cuenta de que nunca había realizado uno tan grande o tan complejo, y que quizás pude haberlo dividido en los pequeños capítulos que conforman cada parte, a la hora de publicar, para hacer menos tediosa la lectura. A la próxima lo haré así.
Los dejo, con una pequeña nota sobre una de las palabras que aparece en el ff, agradeciendo de nuevo su apoyo, y esperando que el capítulo fuera de su agrado.
No me odien.
Referencias:
*El omiai es una costumbre japonesa en la que se presentan a dos solteros, con la finalidad de que se conozcan, apuntando a la posibilidad de un matrimonio. Usualmente están presentes los padres durante el primer encuentro, en una cena o comida formal, y posteriormente se le permite un tiempo a solas a los jóvenes, para que platiquen entre ellos y determinen si desean continuar frecuentándose.
