chicas capitulo 8 con el mayor cansancio del mundo

Y el dolor porq mi pais y mi estado eligieron el comunismo sobre la democracia...

Capítulo 8

Bella tan solo tenía un vestido en el armario.

Un vestido de verano que podía servir para ir de fiesta, si se lo ponía con zapatos de tacón alto, algún pendiente y se hacía algún peinado bonito.

Era un vestido de verano, de punto, no muy ajustado, con hombreras y falda corta que mostraban sus piernas largas y tostadas por el sol. Era de color naranja, con una cenefa multicolor, con motivos florales en todo el vuelo.

Bella lo había comprado en el mercado, junto con un colgante con una piedra de ámbar que le caía justo en el centro de escote en forma de uve. El colgante y los pendientes haciendo juego, habían costado menos que los cócteles a los que le había invitado Edward algunas veces.

A pesar de la falta de calidad en el diseño del vestido, Bella sabía que le sentaba muy bien. Esperó en su habitación la llegada de Anthony, para no oír los comentarios y las preguntas de sus compañeras de piso.

Lisa, Cheryl y Dee se quedaron tan impresionadas con su atuendo y el hombre que la acompañaba, que fueron incapaces de articular palabra, cuando los vieron salir por la puerta.

—Como te dije —le murmuró Anthony, agarrándola del brazo—. Estás guapa con cualquier cosa.

Él también estaba muy guapo, pensó Bella. Llevaba pantalones azul marino y una camisa azul marino. Un cinturón de cuero sujetaban los pantalones a la cadera. La camisa resaltaba su piel palida y hermosa, así como sus ojos verde esmeralda y su pelo cobrizo .

El día que conoció a Edward, en Hidden Bay, iba vestido todo de Azul marino. Bella se preguntó si su hermano gemelo sabía que aquel color le sentaba muy bien y había elegido aquella ropa para atraerla.

—Me gusta mucho tu peinado —le dijo, mirándola a la cara.

Bella se había recogido el pelo, para lucir los pendientes. No se lo había cortado desde que dejó a Edward y le llegaba casi por las caderas.

—Gracias —le contestó, sin atreverse a mirarlo, mientras se metía en el coche y se ponía el cinturón de seguridad.

Pero cuando se sentó al volante y cerró la puerta, no pudo resistir más tiempo y giró la cabeza.

—¡Oh! —exclamó ella—. Hoy no te la has puesto…

—¿El qué? —preguntó él.

—La colonia.

Olía muy bien, pero diferente. De su piel salía un perfume olor a pino, muy agradable.

—Hubiera sido una tontería por mi parte habérmela puesto, ¿no crees?

Sin embargo, aquel cambio de colonia no hizo en ella el efecto que había esperado. Todavía seguía excitándola el hombre que estaba sentado a su lado, especialmente cuando la miraba.

—¿Te gusta la nueva colonia? —le preguntó Anthony, sin dejar de mirarla.

—Huele muy bien —le respondió—. ¿Por qué no nos vamos? Nos están mirando desde la ventana.

—¿Y qué es lo que miran? —le preguntó, mientras arrancaba el coche.

—No están acostumbradas a verme salir con nadie.

—¿No has salido con nadie desde que dejaste a Edward?

—No.

—Pero alguien te lo habrá pedido.

—Muchos, en especial cuando estuve en la Riviera.

—¿La Riviera? ¿Qué estuviste haciendo allí?

—Limpiando cubiertas de barcos —le respondió.

—¿Limpiando cubiertas? —repitió él, asombrado.

—Sí. Lo pagaban muy bien. El equivalente a quince dólares la hora.

—¿Y cómo llegaste allí?

—En un barco de carreras.

—¿De quién?

—No tengo ni idea. Yo formaba parte de la tripulación que lo llevaba a Francia, para entregárselo a un hombre muy rico.

—¿Y no fue peligroso? —le preguntó.

—No, si sabes lo que hay que hacer. Yo me he pasado toda mi vida navegando, Anthony. Para mí es tan natural como respirar. Y era lo mejor, para desaparecer por un tiempo. Es muy difícil localizar a alguien en alta mar.

—Eso es cierto —murmuró, mientras giraba a la derecha y tomaba el camino que llevaba al Hotel Mangrove, un edificio muy elegante con vistas a Roebuck Bay, no muy lejos de donde Anthony se estaba alojando.

Bella había oído que servían un marisco excelente, pero nunca había estado allí. La verdad, no había pisado un restaurante desde que había llegado a Broome.

—Veo que vamos al Charter —le dijo sonriendo.

—Sí. ¿Lo conoces? —metió el coche en un hueco que había en una esquina del aparcamiento del hotel.

—Sólo de nombre.

—He reservado una mesa para las ocho y media. Me han dicho que hay un bar cerca, donde podemos tomar una copa antes de cenar.

Apagó el motor y la miró a los ojos. Antes de que ella pudiera abrir la boca, acercó la cabeza y la besó. Un beso no muy profundo, pero que causó un efecto devastador. Cuando él apartó la cabeza, ella tragó Saliva.

—No deberías haberme besado —le dijo, con voz temblorosa.

—¿Por qué no?

—Porque… —no podía apartar los ojos de él, y la cabeza le daba vueltas. Porque desde el momento que te vi esta tarde, quise que me besaras. Porque sé que vas a volver a besarme más tarde. Porque cuando me beses no quiero que pares…

Anthony sonrió. Una sonrisa como la de Edward, lo cual la desconcertó.

—En el amor y en la guerra todo vale, Bella —le dijo.

Y a continuación, hizo algo que la dejó perpleja. No esperó a después, sino que la besó otra vez allí mismo, acercándose y agarrándola por los hombros, asaltando su boca con inusitada pasión.

Cuando apartó la mano del hombro y se la puso en la rodilla, ella se estremeció. Cuando se la subió hasta el muslo, la cabeza empezó a darle vueltas. Poco a poco le fue acariciando la parte interior de los muslos, hasta llegar a un punto que ya estaba sintiendo arder.

Quería que la tocara allí, que le metiera la mano debajo de su ropa interior y la acariciara, la invadiera, la sedujera.

Cuando sintió que poco a poco retiraba la mano, ella se quejó. No hacía lo que ella estaba deseando, sino que se limitaba a acariciarle los muslos, atormentándola, haciéndole sentirse mortificada por un deseo que jamás antes había sentido.

Bella comprendió en aquel momento que era imposible resistirse a aquel hombre. Era un seductor más experimentado que el mismo Edward.

—Lo siento —le dijo, apartándose de ella—. No quería que llegáramos tan lejos.

Anthony miró sus labios temblorosos y se los acarició con la yema de los dedos, antes de acomodarse de nuevo en su asiento.

—Vamos —le dijo, abriendo la puerta—. Vamos a tomar una copa. Creo que será mejor que nos refresquemos un poco.

Cuando Bella apoyó los pies en el suelo, casi se le doblan las rodillas. Estaba más excitada de lo que había estado jamás. Anthony podría haber hecho con ella lo que hubiera querido y ella no habría rechistado.

—No te enfades conmigo —le dijo Anthony, agarrándola del brazo.

—No estoy enfadada contigo, lo estoy conmigo.

—¿Por qué?

—Por no haberme quedado y haberle pedido a Edward el divorcio —le contestó—. No tenía que haber huido. Eso ha complicado mucho mi vida.

—No sé, Bella. Si nunca hubieras huido, no me habrías conocido.

—No creo que te esté haciendo ningún favor en ese aspecto.

—Deja que sea yo el que lo decida.

—No —respondió ella—. No puedo seguir haciendo eso.

—¿El qué?

—Dejando que otros tomen las decisiones por mí. Tengo que empezar a tomarlas yo sola. Y la primera es que voy a volver el lunes a Brisbane y le voy a pedir a Edward el divorcio. Es lo único que puedo hacer. Después podré volver contigo, con la conciencia tranquila.

Lo que no le dijo era que en ese momento sabría si seguía teniendo a Edward en el corazón. Iba a saber si su atracción por Anthony era real o una fantasía. Si Edward todavía le atraía, dejaría la relación con Anthony. No estaba dispuesto a utilizarlo para apaciguar la obsesión por su hermano.

Anthony se mantuvo en silencio durante un rato. Estaba claro que aquella decisión no le había hecho mucha gracia.

—¿El lunes que viene, dijiste?

—Sí, tengo libres los lunes. Podré salir por la mañana temprano y regresar el martes por la tarde. No me gustaría dejar solo a Carlisle en esta época del año.

—¿Y por qué ahora? —le preguntó—. ¿Es por mí?

—En parte.

—Quieres estar conmigo, pero quieres estar segura de que no sigues enamorada de Edward, ¿no es eso?

—Quiero estar libre —le contestó.

—Pero estás libre, Bella. Legalmente no estás divorciada, pero ya no eres la mujer de Edward. No vives con él y no tienes intención de volver a su lado. ¿No es cierto?

—Sí.

—Entonces estás tan divorciada como cualquier mujer que tenga en su poder un documento que así lo acredite.

—Supongo.

—Escucha, si has decidido ir, no puedo impedírtelo. Pero no entiendo por qué tan deprisa. Todavía no somos amantes. He dicho que no iba a precipitarme y prometo cumplir mi palabra. Confía en mí, Bella.

—Las palabras ya no significan nada para mí, Anthony. Las acciones son lo que importan. Lo que hiciste en el coche hace un momento es lo que hace cualquier hombre que quiere conseguir lo que se ha propuesto. Sé lo que es la seducción. Lo aprendí muy bien en mi matrimonio.

—No fue mi intención seducirte —murmuró—. Créeme. Perdí la cabeza. La verdad es que eres una mujer muy guapa y deseable, Bella. Y yo soy humano. Pero te prometo que no lo volveré a hacer. Anda, vamos al restaurante, para no caer en la tentación.