Ranma ½ y todos sus personajes son creación y propiedad de la célebre artista japonesa Rumiko Takahashi. Esta historia no la escribo con fines de lucro sino como un homenaje a su gran obra que tras muchos años sigue encendiendo de dicha nuestros corazones y de imaginación nuestras mentes inspirándonos siempre gran diversión.
Fantasy Fics Estudios es un grupo de fans reunidos en torno al amor por la creación del fanfiction, la escritura y la fantasía en general, promoviendo el libre uso de la imaginación y luchando contra la dictadura de la realidad y la gris "madurez" que el mundo trata de imponernos aplacando la exquisita diversidad en nuestras almas.
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Fantasy Fics Estudios presenta un esperanzador fic escrito por Noham Theonaus.
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Ranma yacía dormido de espaldas, con la mitad del cuerpo descubierto por culpa del calor. Movió un brazo y levantándose el borde de la camiseta se rascó el vientre, revelando la fea cicatriz que la herida le había dejado. Murmuró algunas palabras que fueron imposibles de entender. Respiró profundamente. Abrió los ojos sintiendo el sol de la mañana sobre su rostro. Se relamió los labios. Tenía hambre. Cuando giró la cabeza en la almohada la descubrió despierta.
— ¿Akane?
Ella no respondió. Sentada en la cama con las piernas dobladas las abrazaba descansando el peso del cuerpo. Con la cabeza recostada sobre las rodillas lo miraba fijamente. El joven se mostró ligeramente impaciente, no era la primera vez que la descubría en ese extraño estado de ánimo. Movió la mano, Akane dejó caer una de las suyas, los dedos de ambos se deslizaron buscándose, encontrándose sobre las sábanas.
—Nada malo va a sucederme, boba. Deja ya de preocuparte.
—No estoy preocupada —ofendida, pero sin soltar los dedos de Ranma, giró la cabeza hacia el otro lado ignorándolo. Pasaron pocos segundos cuando volvió a girarla hacia él.
— ¿Me lo prometes?
—Sí, lo prometo, no seré tan descuidado la próxima vez…
Dejó de hablar cuando notó el temor despertar en el rostro de su esposa.
— ¡No estoy diciendo que vaya a haber una próxima vez! —agregó reaccionando rápidamente, levantando el cuerpo apoyándose en uno codo para acercarse más a ella— Yo sólo decía que… Quería decir que… Tú sabes lo que yo quería decir, ¿verdad?
Akane resopló impaciente ante el poco tacto de su esposo, movió los dedos entre los de Ranma buscando coger su mano con más seguridad.
—Sí, lo sé. Idiota.
— ¿Y por qué tanta preocupación? Maldición, deja de pensar en el accidente, todo eso quedó atrás. Además no soy un crío, sé cuidarme.
—Sí —ironizó la chica—, eso se nota bastante. Sabes cuidarte muy bien.
Ranma en un rápido movimiento recogió su almohada y se la arrojó al rostro.
— ¡Ay! ¿Por qué hiciste eso?
—Por desconfiada.
Ella respondió enterrándole la almohada en la cabeza, recogiendo después la suya para un segundo ataque antes de que Ranma pudiera recuperarse. El joven enfadado le devolvió la almohada que ella esquivó agachando la cabeza, pero no pudo celebrarlo cuando su esposo la cogió por las muñecas haciéndola girar sobre la cama.
— ¿Qué haces?
— ¿Y tú qué crees?
—Tonto.
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La esposa secuestrada.
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"Alarma"
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Silbaba alegremente la melodía de un viejo tema titulado "Niji to Taiyou no Oka", o como quiera que se llamara esa canción que creía haber escuchado alguna vez en la radio. Todavía en pantalones cortos y camiseta preparaba el desayuno revolviendo los huevos en la sartén con una espátula.
— ¿Me alcanzas la sal, por favor? —Ranma pidió distraído.
Akane, a su lado y también en pijama, lo miraba cocinar mientras le alcanzó el pequeño frasco. Ranma se dispuso a rociar un poco sobre los huevos cuando se fijó en lo que tenía en la mano. Se lo devolvió a la chica.
—Dije la sal, ésta es la pimienta.
—Lo siento —Akane cambió los ingredientes pasándole el correcto—. Ranma, ¿estás seguro que ya puedes volver a trabajar?
—Ya lo discutimos. No estoy dispuesto a seguir aburriéndome un día más en casa.
—Lo sé, pero me…
—Bueno, si me lo pides de rodillas, como una mujer sumisa prometiéndome que me harás caso en todo y que jamás volverás a molestarte no importa lo que yo diga, pues podría reconsiderarlo… —percibió la ira emanando del cuerpo de su esposa y rápidamente agregó levantando la espátula en alto como señal de paz—. ¡Broma! Es una broma, baja esos puños, Akane —chistó entre dientes—. Últimamente andas más sensible de lo usual.
—No me molestes entonces, es tu culpa por no tomarte nada con seriedad.
—Como quieras. ¿Me alcanzas la salsa de soya?
— ¿Soya? ¿Estás seguro?
—Relájate, yo sí sé lo que estoy haciendo. Ésta es una receta que aprendí en los caminos, puedes hacer de los simples huevos un sabroso banquete. Me hace recordar los días de lluvia que pasamos en el bosque de…
La chica lo escuchaba atentamente. Había aprendido más del pasado de Ranma que en todo el tiempo que habían vivido juntos en casa de su padre. En realidad, sin que nadie los interrumpiera o se entrometiera en sus vidas, ambos descubrieron que tenían mucho más que conocer del otro. Las historias del joven la asombraban, jamás imaginó que hubiera conocido todo Japón durante sus viajes, lugares de los que únicamente había leído en las revistas turísticas: Cuando Ranma comenzaba a narrarle historias sobre bosques húmedos entre las montañas; silenciosos templos budistas donde las ancestrales campanas repiqueteaban al atardecer; arcos de madera sintoístas que se perdían en la distancia formado túneles entre las rocas de una montaña; pueblos con dos o tres personas únicamente habitándolos; estaciones de trenes abandonadas en mitad de las montañas; entre otras misteriosas maravillas. Era como si Ranma, aún de pequeño, se hubiera divertido explorando esos lugares cuando Genma lo dejaba solo para cometer alguna fechoría.
Aquel joven hombre que entró en su vida para no dejarla jamás, ocultaba muchas más riquezas de las que ella había imaginado en un principio. ¿Por qué todo el mundo lo había encasillado en el papel del bruto artista marcial? Es verdad que él no había ayudado mucho a su propia imagen, pero ella misma debió reconocer que no siempre fue paciente para escucharlo y en más de una oportunidad había sido injusta con él.
La felicidad que sentía porque el destino le permitió tener una nueva oportunidad de hacer las cosas bien a veces la emocionaba. Desde el accidente que ella se sentía agradecida por cada pequeño día que antes en su ignorancia no había aprovechado. Akane sacudió el rostro para despabilarse cuando se había quedado mirándolo llena de ternura. Le pasó la botella con la soya.
—Akane —Ranma le devolvió la mirada levantando una ceja.
— ¿Qué?
— ¿Esencia de canela? —le mostró la botella que ella misma le había alcanzado con un ligero tono de reproche.
— ¡Ups!
Tras haber recibido la botella correcta, comenzó a rociar la salsa oscura sobre los huevos, sin dejar de burlarse de ella.
—Es increíble que una artista marcial de tu categoría sea tan despistada. ¿Recuerdas algo sobre la concentración, la apertura de mente, estar siempre preparado para toda situación? Si vives en las nubes veo muy difícil que algún día pueda tomarte seriamente durante nuestros entrenamientos.
— ¡No me fastidies! —Akane se mostró ofuscada y avergonzada—. Fue sólo una distracción.
—Ahora sí, cabeza de aire, dame la pimienta.
Ella gruñó. Ranma debía agradecer el que todavía se encontrara convaleciente lo que la obligaba a contenerse, aunque se aprovechaba de ello. La chica tras respirar una profunda bocanada de aire se calmó.
Y le alcanzó la sal.
Ranma se quedó observándola fijamente, ya no lo encontró divertido, sino preocupante. Akane, sonrojada, rápidamente le arrebató el salero y puso la pimienta en la mano de su esposo. Sonrió inocentemente como si nada hubiese sucedido.
—Es increíble que aprendieras a cocinar tan bien durante tus viajes —Akane lo alabó intentando cambiar el tema de la conversación. Ranma sonrió orgulloso, cayendo ingenuamente en la trampa de su esposa.
—Cuando todo lo que tienes al alcance son huevos durante días y días de camino por los bosques, pues tienes que ser ingenioso. A veces ni siquiera el hambre es capaz de hacerte comer lo mismo tantas veces seguidas. En especial cuando el idiota de tu padre se acaba las raciones al segundo día de haber iniciado el trayecto.
—Lo lamento.
—Estaba acostumbrado, así que no importa —terminó de revolver los huevos mostrándole el resultado a su joven mujer—. Y, qué crees, ¿no te parece que huele bien?... ¿Akane?
La chica mirando aquel revoltijo de huevos y salsa oscura comenzó a sentirse incómoda. Su rostro tomó un color amarillento y sus labios temblaron violentamente.
— ¿No te gusta? Pero si ni siquiera lo has probado —acercó la sartén al rostro de Akane. Ella lanzó un grito retrocediendo hasta la pared—. ¿Qué tienes?
—Yo… —se llevó una mano a la boca. Sin responderle corrió en dirección del baño, dejando a Ranma sólo y confundido en la cocina.
Ranma se encogió de hombros. Probó los huevos con una cuchara saboreándolos con placer.
—Ella se los pierde.
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En la hora en que dejaron el departamento el sol todavía no aparecía, pero el borde luminoso sobre las montañas alcanzaba también la cúspide de los edificios. Una brillante neblina recorría las calles. Desde el balcón que se extendía por todo el pasillo frente a las puertas de los departamentos, del edificio que habitaban en lo alto de un cerro, tenían una vista privilegiada de toda la ciudad. Ambos no tuvieron que decir palabra alguna, simplemente se quedaron quietos mirando la luz dorada que daba la bienvenida a un nuevo día. Un ritual que repetían sin habérselo propuesto cada mañana que salían juntos, y que habían interrumpido hasta ese día en el que Ranma finalmente pudo volver a trabajar.
Olvidándose de toda responsabilidad se relajaron. Ranma terminaba de cerrar la puerta y Akane con premura corrió para recostarse en el borde del balcón. El sol comenzó a aparecer como un líquido áureo esparciéndose sobre la silueta de las montañas, rodeó a los edificios, se reflejó en los cristales. Destacó el contorno del pequeño cuerpo de Akane que como cada mañana brillaba únicamente para él. La chica volteó y le dedicó una entusiasta expresión llena de energía, cuando los rayos del sol se traslucieron a través de la punta de los cabellos de la corta melena.
Un nuevo pasillo separaba en dos la pared internándose hacia el interior del edificio. Se detuvieron frente a las puertas del elevador y esperaron unos segundos. Ranma se mostró impaciente, no estaba acostumbrado a usarlo hasta que se había visto obligado por culpa del accidente. Cogiendo a Akane desprevenida le arrebató su bolso de mano y echándoselo al hombro se dirigió a las escaleras. Akane reclamándole lo siguió todo el camino de descenso.
En la entrada se detuvieron frente a la pared donde pequeños casilleros se encontraban repartidos, que correspondían a los buzones de cada departamento. Ranma dejó ambos bolsos en el piso y abrió el casillero, sólo para que Akane se le adelantara, corriendo por su lado metió la mano arrebatándole la correspondencia. Mientras ella revisaba los remitentes, él terminaba de volver a cerrar el casillero, resignado y molesto, para seguirla. Cruzaron el pequeño jardín del edificio que daba a la plaza donde acostumbraban entrenar. Ranma suspiró penosamente. Ella, que leía los sobres, dejó su tarea un momento para cogerlo del brazo en un gesto de consuelo. La chica sabía cuánto el joven anhelaba volver a entrenar, pero eso era algo que todavía el doctor se lo tenía prohibido, y dado lo exigente que era Ranma consigo mismo, ella estaba de acuerdo.
Descubrió un sobre que no era otra cuenta que pagar y se alegró.
—Mira, Ranma, es una carta de "mamá".
— ¿De verdad? Ábrela.
— ¿No quieres leerla tú?
—Tengo las manos ocupadas —la regañó mostrándole los bolsos, tanto de él como de ella, que llevaba en cada mano. Akane no se disculpó, más le sacó la lengua molesta.
Impaciente abrió el sobre y sacó la carta. Ranma se acercó a ella leyéndola también por encima de su hombro. Era larga, mas con leer las primeras líneas se sintieron conformes y felices.
Algunos pasos más allá descubrieron a los Noda. El anciano Tetsu vistiendo tenida deportiva porfiaba con un par de pequeñas pesas. Su mujer lo observaba con mucha paciencia, sentada en una banca con un libro descansando en su regazo.
—Señor Saotome, señora Saotome, muy buenos días.
Los jóvenes hicieron una pequeña reverencia a los ancianos.
—Buenos días —respondieron los chicos al unísono.
—Qué alegría verlo más repuesto, señor Saotome —el anciano Tetsu lo retó con arrogancia—, ¿cuándo estará disponible para echar una carrera?
—No todavía —respondió el joven con un resplandor travieso en los ojos, para luego sonreír siniestramente—, no quiero darle ninguna ventaja.
Tetsu rió también inflando el pecho de orgullo y las mujeres se miraron para después poner los ojos en el cielo.
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A los pies del cerro esperaron el bus que los llevaría al centro de la ciudad. Compartían el pequeño paradero techado junto a una chica de preparatoria y otros dos niños de secundaria que discutían sobre una revista de historietas que compartían, también había una mujer de mediana edad y un nervioso oficinista, todos vecinos del edificio. Akane intercambiaba saludos con ellos. Ranma apenas hizo un gesto con la cabeza para llevarse un vedado regaño de Akane por su descortesía.
Dentro del bus los chicos comenzaron a hablar con Ranma, y éste entusiasmado les respondía como todo un conocedor sobre la serie de acción y artes marciales, la que él también leía en casa. Corregía los errores de la serie y también los sorprendía con sus propias experiencias en el auténtico arte de combate. Akane se reía a ratos y en otros se avergonzaba de lo infantil que parecía su esposo al intentar lucirse frente a unos críos. Para luego mirarlo pacientemente, pensando en lo poco que había cambiado a través de los años. ¿Cómo sería tener un hijo parecido a Ranma de la edad de esos chicos, vistiendo uniforme de secundaria y dejándose una coleta como su padre?
—Akane, ¿me estás escuchando?
—Oh, no, lo siento. Pensando en otra cosa —respondió apresurada intentando ocultar de él su rostro avergonzado.
Dos cuadras más adelante, el joven cedió su asiento a una joven mujer que había subido al bus, la que tenía varios meses de embarazo. La joven, entusiasmada, comenzó a entablar conversación con Akane. Hablándole de todo ese mundo de sensaciones y emociones que significaba el pronto nacimiento de su primer hijo. Era como si necesitara compartirlo con alguien o explotaría de la ansiedad.
Ahora fue Ranma el que se quedó en silencio observando a Akane, imaginando un futuro que en su timidez no deseaba confesar. Cuando Akane lo miraba el disimulaba poniendo los ojos en la ventana, para volver después secretamente a espiarla mientras seguía disfrutando de su fantasía.
—Debe ser realmente maravilloso —dijo Akane en un momento a la joven contagiada de su emoción.
Ella sonrió enternecida acariciando su abultado vientre.
—Lo es —rió con malicia antes de agregar—, supongo que muy pronto será tu turno.
Akane se sonrojó furiosamente e inclinó el rostro. Ranma, escuchándolas, las evitó intentando que no notaran su rubor. La joven mujer se sonrió por la ternura que le provocaba de esa joven pareja. ¡Todo lo encontraba tierno! Qué tonta estaba siendo, pensó alegremente.
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El vergonzoso encuentro los hizo guardar silencio durante la última cuadra que los separaba de la concurrida avenida llena de puestos comerciales donde trabajaban. Se detuvieron frente a la panadería. Akane se dirigió a su esposo tímidamente.
—Yo…
—Lo sé —respondió rápidamente el joven. Ambos nerviosos tropezaban con sus palabras torpemente.
Ranma dio los primeros pasos tras dejarla, cuando ella lo detuvo tirándolo del borde de la chaqueta. No dijo ninguna palabra. Ranma giró y amenazó con darle un suave coscorrón. Ella cerró los ojos. En lugar de eso el joven posó su mano en la mejilla de Akane.
—Voy a estar bien, deja ya de preocuparte. Tú nunca fuiste una miedosa.
—Nunca tuve que pasar por la experiencia de casi quedarme viuda.
El joven hizo una mueca tras recibir el impacto de las palabras de la chica. Un poco arrepentido siguió acariciándola hasta deslizar los dedos por su mentón. La soltó suavemente.
—Te lo prometo, no va a suceder nada. Demonios —se pasó la mano por la cabeza impaciente—, ¿será que nunca vas a creerme?
La chica un poco más conforme se dirigió a la entrada de la panadería. Sólo para girar el rostro en el último momento.
—Te creo, Saotome —levantó el puño en alto—, así que más te vale no decepcionarme. Si llegas a empeorar "así un poco" —le mostró los dedos apenas separados por un centímetro—, te aseguro que te ataré al departamento para que no vuelvas a salir hasta finales de mes.
—Quiero ver que lo intentes.
Cuando se despidieron Ranma se quedó un momento más mirándola desaparecer tras los cristales de la puerta automática.
—Boba —murmuró un poco molesto—, yo también pasé por eso una vez.
Ranma recordó aquel terrorífico día cuando creyó que la había perdido para siempre, reviviendo la imagen de tenerla en sus brazos inerte, fría, prácticamente muerta. Contuvo un escalofrío, luego entendió que no podía culparla. Sabía que quizás Akane jamás superaría ese miedo, porque él nunca lo había hecho.
Cuando entró en el gimnasio dio un brinco al ser sorprendido por una lluvia de explosivo confeti. Allí se encontraba la totalidad del personal liderados por el señor Takeda, aplaudían y se mofaban felices del aturdido muchacho.
— ¿Qué significa esto?
—Vamos, Saotome, pareciera que viste un fantasma —el señor Takeda le dio de palmadas en el hombro, que de no haber sido Ranma un joven tan fuerte de seguro lo hubiera mandado de regreso al hospital—. ¿No deberías sentirte a lo menos agradecido? Hemos preparado una pequeña fiesta en tu honor.
—Pero… ¿y el trabajo, y los clientes?
—No atenderemos a nadie hasta pasado el medio día —dijo Chiyo Ueda, la nerviosa recepcionista más alegre que de costumbre. Pero no por el regreso de Ranma, sino porque tendría toda una mañana sin hacer nada.
El asombro del joven crecía, las únicas "sorpresas" que imaginaba era las que se asociaban a la palabra "emboscada" o "trampa". Jamás había recibido algo semejante en su vida. Pero no fue hasta que el grupo se abrió e hicieron aparecer un rectangular pastel coronado por una pequeña muleta de caramelo, no muy bien moldeada, que se relajó. La señora Ozawa y algunas chicas de la panadería invitadas al gimnasio para esa ocasión, escoltaban el pastel que seguramente ellas prepararon, siendo cargado por la única de las chicas a la que miró como a ninguna otra.
—Akane, ¿tú lo sabías?
—Todo el tiempo —proclamó vanidosamente con el pastel en las manos que puso delante de su esposo—, me hicieron prometer que no te diría nada.
Ranma observó la muleta de caramelo, de no ser una figura tan simple la habría confundido con una torre.
— ¿Tú la hiciste? —preguntó apuntando con el dedo.
—Sí, ¿te gusta?
La alegría de Akane, tan llena de emoción, lo obligó a guardar silencio. Junto con la identidad de P-chan, su sincera opinión sobre la obra de arte de su mujer sería otro secreto que jamás revelaría.
—Pues… me encanta, creo… —rió nerviosamente en respuesta.
— ¿Qué esperas para besarla, Saotome? —gritó el joven Yoshiro alzando la voz por encima del grupo—, dense prisa, que queremos comer pastel.
—No tenemos todo el día —se quejó el joven y apuesto Eita.
La pareja se sonrojó furiosamente. En el centro de la recepción del gimnasio fueron rodeados por las risas de sus compañeras y compañeros de trabajo. Inclinaron los rostros cohibidos por encontrarse en público, muy cerca el uno del otro, apenas separados por un delicioso pastel de crema y moras.
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Muchas cosas buenas podía decir Yushiko Ozawa sobre su madre, pero si una palabra la definía más que todas, ésta debía ser "fuerte". No de ese tipo de mujeres que dicen serlo levantando la voz a la primera oportunidad, sin justificación alguna más que para vanagloriarse de su propia osadía; sino de las mujeres realmente fuertes. Sin la ayuda de un marido alcohólico y vividor mantuvo silenciosamente su hogar durante años, no teniendo mayores estudios que la preparatoria que había suspendido por ser obligada a casarse con un hombre al que creía haber amado por quedar embarazada de Yushiko. Aprendió toda clase de oficios intentando sobrevivir al haber sido repudiada por su familia olvidándose completamente de ella y su pequeña hija. Tres veces intentó juntar dinero, las tres veces se lo robó su marido para malgastarlo escapando por días y semanas del hogar, sólo para volver después con más deudas.
¿Pero alguna vez se quejó? Yushiko podía dar testimonio de que jamás había visto a su madre llorar, siquiera una sola vez, todo lo que tenía para ella eran sonrisas y también autoridad que mantenía una sensación de orden y estabilidad en la pequeña habitación que compartían en esos días, a la que llamaban hogar. Yushiko recordaba también como su madre jamás discutió con su padre delante de ella. Se lo guardaba todo, incluso los malos tratos. Su padre jamás se atrevió a golpear a su madre, pero había palabras, en especial cuando llegaba borracho, que dolían más que los golpes. Su madre siempre intentó darle a ella la sensación de que su familia era la más normal del mundo.
Recordaba dos historias en particular de su madre. Yushiko tenía apenas ocho años cuando la acompañaba a realizar las compras. Entonces ambas vieron a un hombre paseándose de la mano con una mujer, reía de manera escandalosa y deteniéndose en un puesto de comida en la calle sacó un fajo de billetes para pagarle a su invitada. Ese hombre era su padre, esa mujer no era su madre. Su madre era la que estaba a su lado cogiéndole la mano, su madre era la que observaba la situación en silencio, su madre era la sabía que apenas les alcanzaba el dinero para comprar la comida de ese día, pero dudando si tendría para el siguiente. ¿Fue dónde él a protestar, a reclamar, a hacerle un escándalo como se lo hubiera merecido? Recordaba Yushiko perfectamente como su madre presionó con más fuerza su pequeña mano. Pero sólo duró un instante. La señora Ozawa dio una risotada. "Gente ruidosa", le dijo como si no hubiese reconocido a su propio marido, mintiendo. Dirigiéndose después a ella le dijo con ternura: "¿quieres un poco de helado?"
Al día siguiente había un desayuno y también una comida. Nunca sabía como lo hacía su madre, pero ella siempre lo conseguía. La veía trabajar durante las noches realizando costuras para las vecinas. Lavaba la ropa, atendía un café como mesera. Finalmente consiguió un trabajo estable atendiendo una panadería donde aprendió los secretos del rubro que después la convertirían en una exitosa empresaria dueña de su propio negocio.
La segunda historia era la más dura que Yushiko podía recordar, porque le dolía también a ella. Era un ejemplo de la entereza de su madre, la fuerza verdadera que la hacía admirarla por encima de cualquier otra mujer en este planeta. La noche en que murió su padre había llegado a casa tras una borrachera. Hacía un frío glacial, no tenían calefacción en casa por lo que ella de pequeña debía dormir casi vestida. Su padre parecía haberse dormido durante horas en una plaza bajo la nieve. Al llegar a casa en mitad de la noche tenía la voz ronca y cansada, se quejaba de un intenso dolor en la espalda. Se había desquitado con su madre, Yushiko lo había escuchado gritar escondiéndose bajo las mantas.
Lo que sucedió después se lo contó su madre cuando creyó que tenía la edad suficiente para saberlo. El dolor en la espalda de su padre debió provocarlo el frío que sufrió al haberse dormido en la calle. Aquella noche él fue más violento de lo usual. Cuando consiguió calmarlo y meterlo en la cama se acostó a su lado. Tosía, se quejaba, daba lamentos profundos que a ella le provocaban escalofríos. Al final el hombre emitió un profundo suspiro. La señora Ozawa giró en la cama y lo llamó, tocó su rostro helado, el pecho inmóvil, no había vida en esos huesos cansados, tampoco en la piel seca. La belleza del muchacho del que se había enamorado en su juventud terminó por desaparecer del todo. Y comprendió que el señor Ozawa había fallecido.
Dejó la cama, eran las cuatro de la madrugad. Se vistió lo más formal que pudo, arregló su cabello y se dirigió a la habitación de su hija. Desde ese momento Yushiko podía recordar la historia con sus propias palabras. Con apenas once años su madre la despertó suavemente y le dijo con la misma calma con la que había asumido todas las dolorosas situaciones anteriores, lo sucedido con su padre.
"Levántate, Yushiko Ozawa, y vístete. Tu padre ha fallecido."
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La pequeña señora Ozawa, de cuerpo triangular y saludable, se paseaba como gobernadora por el interior de la panadería. Daba instrucciones a los panaderos y a las chicas por igual, con disciplina casi militar. Atendía a los clientes como si fuera una trabajadora más, con una solicitud que daba ejemplo entre sus empleadas. Se levantaba a las cinco de la mañana todos los días para supervisar en persona la preparación del pan. Odiaba lo que hacían otros negocios que mantenían la masa congelada para ahorrar tiempo durante las mañanas. Lo consideraba una estafa, al cliente había que darle siempre lo mejor.
Los pasteles de la panadería Ozawa debían ser pedidos con antelación, en las fechas importantes como navidad prácticamente estaban todos reservados un mes antes de la víspera de noche buena. Contaban las chicas de una oportunidad en que fue desafiada por un repostero de gran fama que aparecía en la televisión. Aquel muchacho se fue humillado, sólo para volver días después y suplicarle que lo contratara. Akane dudaba de esta historia, no podía creer que el hombre más joven que por años había asistido al anciano Muto hubiese sido una personalidad.
—Akane, mueve esas manos, la masa se está enfriando.
—Sí —Akane sudaba. No estaba en su contrato que tendría que cocinar, pero le encantaba que la señora Ozawa dispusiera de su tiempo para enseñarles algunas cosas "útiles" a sus chicas. Parecía sentirse responsable por cada una de ellas preparándolas para cualquier imprevisto en el futuro.
— ¿Y te dices una artista marcial? Cielos, he visto al maestro Muto golpear la masa con más fuerza que tú.
— ¡Sí! —afirmó orgullosa, aplicándose con mayor dedicación.
La señora Ozawa cortó un pequeño trozo de masa cruda y se la echó a la boca.
—El sabor está… bien, casi bien, pero volviste a pasarte con la sal. Por otro lado la consistencia está horrenda, lo has hecho muy lento, se volverá quebradiza en el horno.
—Yo…
—Presta atención a lo que estás haciendo, niña. Vuelve a empezar desde el principio. Suzume, ¡Suzume! Deja de perder el tiempo, ¿llegó el pedido de frambuesas?
—Todavía no, señora Ozawa —se apresuró la compañera de Akane en responder, corriendo con una pequeña caja de enseres de cocina que traía para los maestros de la panadería.
—Habrase visto tanta ineptitud. ¡Hace dos horas que los estoy esperando! ¿Querrán que vaya yo misma al campo a buscarlas? Si es así, pues que iría gustosa a enseñarles a hacer bien su trabajo. Akane, por Kami-sama, mira lo que estás haciendo.
—Sí, perdón.
—Mueve las manos, niña, dale con todas tus fuerzas a la masa. No tengas piedad. ¡Imagina que es tu hombre! —Soltó una siniestra risotada. Miró el reloj en la pared, otra cosa la estaba preocupando y se retiró de la cocina para dirigirse a supervisar a las chicas que a esa hora debían estar atendiendo a los clientes, preparándose para otra de los momentos agitados del día.
Akane tenía la blusa empapada y el cabello pegado al rostro, el calor dentro de la cocina de la panadería era infernal. Los dos maestros panaderos, el maestro Muto, hombre maduro que bordeaba los cincuenta, y el segundo maestro más joven Abe, tarareaban como si aquello no los molestara, moviendo kilos y kilos de masa con las manos, usando las máquinas sólo para lo necesario, era parte del secreto de la preparación. Akane admiraba a esos hombres, en especial al más viejo que no importando su edad la sola experiencia como panadero le había dado brazos fuertes y gruesos como troncos. Terminó de amasar y se miró sus propios brazos, ¿los tendría igual de musculosos si seguía así?
Suzume se acercó a Akane.
—Esto es malo.
— ¿Por qué lo dices? —preguntó no muy atenta limpiándose el sudor de la frente.
—Vaya, sí que eres despistada. La señora Ozawa está molesta, mira la hora, Yushiko todavía no aparece.
Estaban en eso cuando escucharon el autoritario grito de la señora Ozawa venir desde la parte trasera de la panadería donde se encontraban los vestidores, regañando a Yushiko por la hora de llegada. Ambas chicas se miraron con lástima por la más joven. Minutos después la pecosa Yushiko entró corriendo en la cocina con la blusa del uniforme corrida y el delantal a medio poner.
—Yo te ayudo —le dijo Akane, poniéndose detrás de la jovencita para atarle las cintas del delantal mientras ella corregía su blusa y falda—. Siento que tu madre te haya regañado, hoy es un día ocupado y se encuentra algo tensa.
Yushiko contuvo un pequeño gimoteo, pero se la veía conforme.
—Está bien, ella tiene razón. Olvidé decirle que saldría con unas amigas después de la escuela. Además hoy me necesita en la panadería.
—Se ve que quieres mucho a tu madre.
La chiquilla se limpió los ojos con la manga y se alegró.
—La adoro. Aunque a veces me exaspera un poco.
Fueron interrumpidas por la señora Ozawa que entró rápidamente siendo seguida por un par de empleados de la empresa de transporte que traían las cajas de frambuesas embaladas. Ordenó que depositaran una sobre la mesa y la abrió para comprobar el estado del contenido, había una gran cantidad de pequeñas bandejas plásticas cuidadosamente apiladas. Desenvolviendo una de las bandeja tomó una frambuesa que se echó a la boca.
—Sí, sí, no está mal. Pero la próxima vez que me hagan esperar tanto tiempo les aseguro que no seré igual de comprensiva. ¿Entendieron?
Los jóvenes, nuevos en el empleo de la empresa de transporte, comprendieron el porqué de las advertencias de sus compañeros cuando debían llevar encargos a la panadería. Tras haber firmado el recibo y despedirlos se acercó a las chicas con la misma bandeja de plástico abierta de la que se había servido, ofreciéndoles también a ellas.
—Saquen una, necesitan endulzar un poco la vida.
— ¿Es eso o quiere probarlas con nosotras para asegurarse de no envenenar por error a un cliente? —Suzume susurró con malicia. Una dura mirada de la señora Ozawa la hizo arrepentirse de su broma y esconderse detrás de Akane.
Yushiko fue la última en coger una frambuesa, observando tímidamente a su madre sin saber si todavía estaba enfadada con ella.
—Yushiko.
— ¿Sí? —la joven se tensó al ser llamada de manera tan severa.
La señora Ozawa no sonrió, tampoco se mostró enfadada, sino que con la misma seriedad con que atendía su negocio agregó diciéndole a su hija:
—Saca dos.
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Akane le contó a Suzume, Suzume le contó a Yushiko, Yushiko le contó a su madre la señora Ozawa. La señora Ozawa, todavía impactada por la noticia, cuando entregó personalmente los panes y pasteles que se servían en la cafetería del gimnasio, le comentó a Chiyo Ueda.
Chiyo le contó a Yoshiro. Yoshiro le llevó el chisme a Eita, el que emocionado tenía que decírselo a alguien cuando se topó con Michi, la coqueta chica que asistía medio tiempo a Chiyo en la recepción. Se enteró la instructora de aeróbica, el instructor de halterofilia, el instructor de acondicionamiento físico, el encargado de los baños saunas, el pequeño conserje que siempre se lo veía silencioso con un trapero en las manos. Se enteró Rumiko que escupió el café indignada cuando se tomaba un descanso en la cafetería, pensando en que tendría que demandar a alguien.
A Takeda le contaron en su oficina, cuando recibía unos documentos mientras hablaba por teléfono con su mujer, quejándose del aburrido trabajo administrativo como hacía todos los días. Entonces gritó. Y se enteró su esposa, la señora Fumie Takeda, la que quedó un poco sorda del oído derecho.
Todo el mundo ya lo sabía, a excepción de un joven instructor que en ese momento daba clases de Taichí a un jocoso grupo de ancianas, el único al que le competía haberlo conocido desde el principio.
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Ranma se despidió de la clase y se dirigió a los vestidores. Iba caminando por el pasillo cuando uno de sus jóvenes compañeros de trabajo pasó por su lado alcanzándole una botella de agua, dándole dos suaves palmadas en el brazo.
—Felicidades, Saotome.
—Ah, sí, gracias. Supongo —se rascó la cabeza con la punta de la botella cuando quedó sólo otra vez—. Aunque no sé qué de difícil pueda tener dar una clase de Taichí.
Encogiéndose de hombros continuó cuando el conserje pasó por su lado haciendo una reverencia con el sombrero.
—Felicidades, señor Saotome.
—Oh, gracias.
— ¡Felicidades, Saotome! —Michi le cerró un ojo, cuando se la topó saliendo de la bodega con un par de carpetas—, bien guardado que te lo tenías.
— ¿Guardado, qué cosa? —preguntó sintiéndose extrañamente incómodo.
—Saotome, felicidades, guapo —Eita le dio de palmadas en el hombro y una en la mejilla—, eres todo un semental.
—Ah…
El joven se apresuró en llegar a los vestidores. No estaba preocupado, sino asustado. La norma en su vida le dictaba que si sucedía algo a su alrededor que no entendía las posibilidades de un desastre eran casi seguras.
—Deben estar bromeando por la clase de Taichí, sí, eso debe ser —trató de calmarse, pensando en que antes ya lo habían molestado por lo de si sería capaz de controlar a un grupo de ancianas, dada su reciente reincorporación al trabajo. No obstante, ni siquiera él podía dejar pasar que algo no cuadraba del todo.
Sacudió la cabeza intentando olvidarse del asunto, se dirigió a su casillero cuando la puerta se abrió de golpe, Takeda entró como un coloso dando grandes zancadas.
— ¡Ranma Saotome!
Sin darle tiempo para escapar, el asustado muchacho se arrinconó contra los casilleros cerrando los ojos. Cuál sería su sorpresa cuando Takeda lo levantó en el aire dándole un fuerte abrazo que casi quebró otra vez sus huesos.
—Felicidades, muchacho, ¿por qué no nos lo dijiste antes?
— ¿Decir qué, qué cosa? Señor Takeda —gruñó casi sin aire—, no sé de lo que me está hablando.
—No seas tímido, ya todo el mundo lo comenta. ¿Por qué no me informaste que serías padre?
—Pa… Pa… ¿Padre?
.
..
Las puertas de la panadería se abrieron. Akane, tras la caja junto a la puerta, se inclinó amablemente para saludar al cliente.
—Bienvenido a… ¿Ranma?
El joven impetuoso se acercó a ella y golpeó el mesón con ambas manos haciendo saltar a todas las chicas de la panadería.
— ¿Por qué no me lo dijiste?
—Ranma, ¿qué haces aquí? Por favor, compórtate —nerviosa y confundida no sabía de qué manera actuar, ya que se encontraba en su lugar de trabajo, menos podía comprender qué cosa se le había metido en la cabeza a su esposo—. Si tienes un problema este no es el momento.
—Eso no me importa. Sólo dime si es verdad.
— ¿Qué cosa es verdad?
—Akane, deja de hacerte la inocente. ¿Es verdad?
—Ranma, no sé de lo que me estás acusando. Además estás interrumpiéndome en mi hora de trabajo —Akane perdió la paciencia—. Si tienes que decir algo, sólo hazlo de una buena vez.
Ranma se puso rojo y no de vergüenza, se mordió la lengua conteniéndose de decir alguna barbaridad. Respiró rápidamente, le dio la espalda, habló consigo mismo en fuertes susurros hasta que pareció llegar a una conclusión consigo mismo, volvió a girar y levantó las manos como si quisiera decirle algo, movió los labios, no tuvo el valor de hacerlo. Se cogió la cabeza con ambas manos, pateó el suelo. Akane comenzó a asustarse no sabiendo si él se encontraba nervioso o enfurecido, cuando recordó una única razón por la que él podría haberse alterado de esa manera y palideció. Al final Ranma consiguió reunir el valor necesario para decirlo de manera directa antes de que ella pudiera impedírselo.
— ¿Es verdad que estás embarazada?
— ¡No lo sé! —respondió tan rápido la chica que casi habló a la par con su esposo.
Tras el fuerte grito, las chicas de la panadería miraron en distintas direcciones disimulando distracción. Incluso la señora Ozawa intentó no meterse en el asunto escapando hacia la cocina. Suzume, la que se sentía más culpable de todas ellas, ocultó su rostro tras una bandeja.
Los jóvenes inclinaron los rostros avergonzados, siendo incapaces de mirarse a los ojos.
—No… ¿No lo sabes? —preguntó tímidamente el joven en un apenas audible susurro.
—No estoy segura —Akane respondió de igual manera, conteniendo un sollozo.
.
..
Una buena discusión y una reconciliación. ¿Qué tan terrible podía haber sido aquello? Pero ni siquiera el rostro enfadado de Akane se comparaba al miedo que ahora tenía y le revolvía el estómago. Con las manos en los bolsillos se paseaba de una esquina a la otra de la cuadra frente a la farmacia.
—Eres el hombre, debes hacerte responsable. No tengo miedo, no tengo miedo, jamás tengo miedo —se repetía incansablemente. Miró el cielo y se sintió un estúpido, había llegado allí cuando todavía atardecía y ahora las estrellas coronaban la oscuridad del firmamento.
Respiró profundamente. Entró en la farmacia y sintió los pies pesados, como si la distancia que iba desde la puerta hasta el mesón estuviera cubierta de engrudo que le llegaba hasta la cintura. Cuando una de las personas que atendía la farmacia reparó en él, el chico al instante giró frente a una de las góndolas mirando los desodorantes. Tarde se percató que era la sección femenina y se sintió desesperado, como si hubiera sido atrapado por una técnica que le era desconocida durante un enfrentamiento. Cogió cualquiera por azar. Se sintió muy astuto cuando recuperó algo de confianza dada la maravillosa excusa que se le había ocurrido.
Al llegar al mesón dejó encima el desodorante femenino.
—Es para mi esposa —dijo con la cara brillante de emoción. Realmente él era un genio.
—Bienvenido, señor. Muy bien, un desodorante para su esposa —respondió la mujer que lo atendió—. ¿Necesita algo más?
— ¿A-Algo más? ¿Y-Yo…? —Ranma perdió la voz, se le había olvidado la razón por la que en un principio había entrado a ese lugar, hasta ese momento.
—Sí, pregunto si el señor desea algo más. ¿Se encuentra bien, señor?
El rostro de Ranma se encontraba más blanco que el de un cadáver.
—Yo… —raspó la garganta intentando recuperar la voz—. Pues resulta que estoy casado, sí, eso, casado hace poco… con mi esposa. Nos casamos hace unos meses atrás. Sí, eso era, estoy casado con Akane, ¡mi esposa!
—Entiendo, muchas felicidades por su matrimonio, señor.
—Sí, sí, gracias… ¡No! No era eso lo que quería decir, necesito algo. Eso, vine a comprar una cosa que necesito de manera urgente.
— ¿Qué necesita, señor?
—Era… ¿le dije ya que me casé? Porque casi no lo consigo por culpa de esos idiotas que…
La mujer suspiró profundamente. Lo dejó hablando solo y al rato regresó con una pequeña caja en las manos. Ranma seguía mencionando incoherencias. La mujer se sintió un poco aturdida ahora por las historias sobre maldiciones, duelos a muerte, islas flotantes, barcos que cuelgan de globos, hombres con alas de pájaro, estanques encantados, un panda, una amazona china con delirios psicopáticos, un pato con anteojos, un arte marcial de cocina, espejos malditos de los que salen copias de los que se miran en él, aguas mágicas que hacen que la comida tenga buen sabor, un pequeño cerdo que no es un cerdo, plantas que escupen semillas como ametralladora, hongos que cambian la edad, una esposa capaz de partir una pared con su cabeza si no se daba prisa…
— Señor, ¡Señor! Perdóneme por interrumpirlo.
— ¿Ah?
— ¿Lo que necesita es una prueba casera de embarazo para su esposa?
Ranma se quedó paralizado, con una mano en alto a mitad de su discurso. Las puertas de la farmacia se abrieron y entró un anciano que fue recibido por otro dependiente. Compró algunas aspirinas, saludó al joven que lo había atendido, después a la mujer que estaba frente al paralizado Ranma. Se rió al ver al chico recordándole otros tiempos más divertidos de su vida y se retiró lentamente apoyándose en su bastón. Las puertas se escucharon cerrarse otra vez.
—Sí —reaccionó finalmente el joven con un débil murmullo—, eso es lo que quiero.
.
..
Akane sostenía la caja entre los dedos con recelo. La volteó para un lado, luego para el otro, leyendo las indicaciones con un gesto de desánimo. Al final la dejó caer sobre las piernas creyendo no haber comprendido nada en su nerviosismo. Ranma se encontraba de brazos cruzados sentado en el piso a los pies del sillón, a un costado de sus piernas. Parecía más un niño taimado tras un berrinche.
—Ranma, por favor…
— ¡No estoy asustado!
—Ya me lo dijiste cinco veces —la chica exhaló un profundo suspiró.
— ¿Por qué estás tan tranquila?
—Hace tres semanas que estoy con retraso, ya tuve suficiente tiempo como para haberme asustado.
— ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
La furia de Ranma era real, se sentía tan palpable que la lastimó. ¿Él era capaz de enojarse así con ella, como lo hacía con sus peores enemigos? ¿Por qué? ¿Se sentiría traicionado por ella? Tenía deseos de abrirle su corazón para que descubriera todo lo que había padecido hasta ese día en silencio, los temores, las dudas, la horrible manera en que había disimulado normalidad o forzado sus sonrisas para que él no sospechara nada. Sin embargo, ya no le quedaban fuerzas para intentar hacerlo entender, otra vez, lo mucho que le importaba.
—Estoy cansada, no quiero volver a discutir.
— ¿Tú eres la que no quiere hablar? ¿Estás cansada? ¡Maldición, Akane, cómo pudiste escondérmelo!
— ¡Estuviste a punto de morir! —estalló liberando todo el pánico que había intentado contener, aún lastimando su propio orgullo. La voz le tembló furiosamente como sus pequeños labios—. Estuviste todo este tiempo esforzándote para recuperarte. ¿Crees que podría haberlo hecho, haberte dicho que quizás estaba embarazada con todo lo que ya tenías encima? Te conozco, hubieses comenzado a correr por toda la ciudad ante cualquier excusa y no hubieras cuidado para nada de tu propia salud. Podía esperar un poco más, pensaba decírtelo pero no todavía, o no hasta que estuviera realmente segura.
Ranma se levantó de un salto y en un movimiento que la cogió desprevenida, la tomó por los hombros presionándola contra el respaldo. Acercó su rostro al de la asustada chica.
— ¿Y a cambio de qué, Akane? ¿Tú cargarías con todo esto sola? —Apretó los dientes hasta hacerlos chirriar, el cuerpo del joven temblaba por la ira—. ¿Por qué no confías en mí?
—Lo hice por ti.
El joven se sintió desfallecer por la presión que tenía dentro de la cabeza. Por una parte la ira que sentía se contrastaba con la penosa imagen de Akane. Recién lo notaba, ¿cómo podía haber estado tan ciego? El hermoso rostro estaba marcado por las ojeras, la piel más clara, sin el color saludable y natural, los hombros de Akane los percibió más débiles, huesudos, delgados como el resto del cuerpo que descubrió más frágil bajo el peso de sus dedos. Todo lo atribuía antes únicamente al temor que provocó el accidente, pero ahora descubría que había algo más, un peso con el que ella debió cargar sola todo este tiempo. La ira que sentía no era contra ella, sino que era hacia sí mismo por su otra vez torpeza al no haberlo notado antes. ¿No se cansaría siempre de ser tan ciego con todo lo que le sucedía a ella, porque siempre llegaba un paso atrás a todos los conflictos de su vida?
Conteniendo las palabras trató de medirse, hablando con la mayor suavidad que podía. Era tan difícil cuando quería gritarle en la cara, cuando todo el amor que tenía se confundía con la rabia, el deseo de protegerla con la furia que lo carcomía cuando creía que ella misma se lo impedía.
—Akane… La próxima vez que intentes hacer algo por mí para evitar lastimarte, hazme el favor de no hacerlo. ¿Quieres?
—Ranma…
—Después de todos estos años cómo pretendes que soporte el que sigas intentando guardártelo todo. ¿Tan mal me veo? ¿Tan inútil?
—Está bien, no te lo dije antes porque ni siquiera estaba segura de que fuera cierto. ¿Para qué preocuparte?
— ¡No entiendes nada!
La liberó retrocediendo rápidamente. Azotó un puño contra el aire dando un grito de desesperación. Dándole la espalda se dirigió a la ventana. Apoyó las manos en el cristal. Se detuvo, no sólo su cuerpo, sino también sus pensamientos, sus sentimientos, los acelerados latidos de su corazón, todo en su ser detuvo. El frío refresco el calor palpitante de sus manos.
—Es increíble, cómo puedes seguir siendo tan obcecada. Se supone que yo te haría feliz, ¿y al primer problema intentas ocultármelo?
—Así que esto es un problema para ti…
—Deja de intentar confundirme, o confundirte a ti misma. Sabes que no me refería a eso —dijo el joven. Ella lo miró indignada, chocando con su determinación que la hizo titubear—. Ni siquiera lo intentes, no ahora, Akane. Tenemos cosas más importantes que discutir que estar cayendo en nuestras malas costumbres.
—Pero…
—Ya tuvimos suficientes discusiones para desahogarnos por una semana, créeme —regresó a Akane mucho más calmado, cosa que la asombró. Se dejó caer al lado de ella sentándose con fuerza. Suspiró pesadamente antes de preguntarle—. ¿Y, qué vamos a hacer si estás embarazada?
— ¿A mí me lo preguntas?
—Bueno —ironizó el joven—, ya que lo tienes todo tan bien controlado que no decidiste contarme nada, aunque sí a tus amigas, me corrijo, más todavía, a todo el mundo antes que a mí, supongo que ya tienes un plan. ¿O me equivoco?
La chica inclinó el rostro y comenzó a sollozar. Ranma se mordió los labios y arrepentido descansó el rostro en las manos. Él no quería lastimarla, otra vez se había dejado llevar por su gran ego y resentimiento. ¿Acaso no podía simplemente quedarse callado?
—Akane, lo siento, no fue mi intención decir todo eso.
— ¡Pero lo hiciste!
—Yo…
—Y tienes razón —gimoteó—, ¡la tienes, debí confiar primero en ti! ¿Estás satisfecho ahora? El gran Ranma Saotome tenía razón, jamás se equivoca, yo fui la tonta que quise hacer las cosas con calma.
—Sabes que no quería lastimarte.
Ella se pasó la mano por los ojos lentamente antes de responder más calmada.
—Y tú sabes que yo no quería mentirte. Lo siento.
—Soy yo el que lo lamenta. No debí ser tan…
— ¿Bruto, insensible, bestia, inconsciente, brusco, violento, egoísta, mal marido?
— ¡Akane! —El joven se contuvo de reclamarle cuando la vio reírse en su cara—, estás loca.
Akane sin responderle deslizó el cuerpo por el respaldo descansando, luego se inclinó lentamente hacia él apoyando la cabeza en el hombre de Ranma.
—No digas nada más. Abrázame.
Él la obedeció, rodeándola con su brazo la atrajo hacia su cuerpo. La cobijó celosamente. Ella suspiró agradecida. Akane por un momento se asombró al percibir los latidos del corazón de su esposo. Esperaba que estuviera asustado, tanto como cuando eran un par de adolescentes. Se había equivocado al no haber confiado en él. Los latidos de Ranma eran lentos y fuertes, acompasados como la melodía poderosa de un ferrocarril en marcha lenta. No pudiendo interpretar la paz del joven abrió los ojos un momento y buscó su rostro. Ranma se encontraba silencioso con la mirada afilada y los ojos puestos en el vacío. Lo conocía, estaba pensando, planeando una estrategia. Aquella seguridad de su corazón mermaron todos sus miedos hasta el punto en que se sintió una idiota por no haber confiado antes en él, se habría ahorrado muchos temores innecesarios. Había olvidado que la vida que ahora tenían era un trabajo de los dos con todo lo que viniera por delante.
—Debí decírtelo antes —murmuró cuando finalmente pudo descansar todo el peso de sus temores en él.
—Sí, debiste —agregó sin dejar de pensar, con arrogancia.
— ¿Vas a seguir?
—Perdón. Solamente quería dejarlo claro.
—Ay, eres imposible —buscó las manos de Ranma, cuando las encontró sus dedos parecían pedirle a gritos ser cogidos y rodeados, tal como él hizo, estrechando la temblorosa mano de la chica con fuerza—. Ranma, ¿qué vamos a hacer si estoy embarazada?
—Estamos casados, no significaría nada malo…
—Sabes a lo que me refiero, tonto. ¿Qué hay de mi trabajo? Tendría que dejarlo en algún momento, por un largo tiempo. ¿Y del dinero? ¿Sabes cuánto cuesta criar a un niño?
— ¿Lo sabes tú? —Replicó. Tenía un extraño aire de seguridad que a ella le pareció misterioso, casi como si no fuera el Ranma de siempre, y también desesperante por sentir que caminaba por una tierra desconocida. Al final ella negó con la cabeza viéndose obligada a darle la razón— Entonces no actúes más como si lo supieras todo. No lo sabes, yo tampoco lo sé —se encogió de hombros—, ya veremos cómo lo arreglo.
Akane pronunció lo que ambos temían, la razón por la que ninguno de los dos quería llegar a ese momento.
—Tendremos que regresar a casa de mi padre.
Sintió el cuerpo de Ranma tensarse hasta el punto que ya no le fue cómodo estar junto a él. Pero el joven consiguió volver a calmarse, soltó toda la tensión de su cuerpo con un profundo bufido. Ranma tiró la mano soltando la de Akane y cogió la pequeña caja que ella había olvidado sobre sus piernas. La levantó poniéndola frente a ella como una advertencia.
— ¿Confías en mí?
—Ranma, no se trata de confianza. Tenemos que ser realistas, sería muy difícil tener un niño por nosotros mismos, como estamos ahora, necesitamos la ayuda de nuestras familias.
— ¿Confías en mí? —insistió tercamente hasta casi parecer infantil. Volvía a ser el mismo adolescente orgulloso que no concebía una derrota.
—Además, aunque consiguiéramos el dinero, ¿cómo se debe criar a un niño? Una madre debe ser paciente, comprensiva, ¿qué voy a hacer yo, si ni siquiera puedo cocinar algo que no se queme cada dos días?
—Akane Saotome —la regañó con furiosa ansiedad, impaciente, haciendo temblar la caja en su mano por la tensión—, ¿confías en mí?
Ella ya no pudo evitar más su pregunta.
—Sí, Ranma, confío en ti, pero deja de ser tan…
— ¿Alguna vez he faltado a una de mis promesas? Digo, las de verdad.
—No —suspiró cansada al verse incapaz de hacerlo entrar en razón—, nunca lo has hecho.
—Te haré una nueva promesa —se irguió separándose un poco, para girar y quedar frente a ella—. Akane, te prometo que si regresamos a Nerima será porque tú quieres hacerlo, si no volvemos será porque tú no quieres. Pero nuestro hijo jamás va a ser una excusa.
—Ranma, ¿hasta cuándo crees que podrás….?
— ¡Créeme, maldición! Si voy a ser padre no pienso utilizar a mi hijo como una justificación para rendirme, no lo voy a usar como una justificación para ninguno de mis problemas —las palabras de Ranma iban dirigidas contra su pasado, contra todo lo que Genma había hecho echándole la culpa a él. Tanta era la emoción de sus palabras que provocaron un escalofrío en Akane—. ¿Lo entiendes ahora? Nuestro hijo va a ser feliz aunque tenga que cortarme los brazos para conseguirlo. Lo prometo.
—No puedo creerlo.
— ¿Cómo, no me crees?
—No, tonto. No puedo creer que hayas pensado todo esto justo en este preciso momento. No has dicho ninguna tontería, no me has echado la culpa, no has querido salir corriendo, ¡ni siquiera has balbuceado un poco! ¿Estoy soñando? ¿De qué me he perdido?
—Bueno, Akane —Ranma, más calmado, se llevó la mano detrás de la cabeza tímidamente—, estamos casados desde hace meses, no es como que yo no haya pensado antes en que podríamos llegar a ser padres. Si lo piensas creo que deberíamos haberlo esperado en algún momento.
—Ah…
Akane parpadeó confundida, con la boca abierta se quedó mirando a su esposo fijamente. ¿Ranma había pensado algo que ella no? ¿Lo estaba esperando, lo había imaginado? ¿Era mérito de él, o había sido ella la que no había pensado en nada de esto? ¿Quién de los dos era ahora el más responsable? Se sintió una idiota, lo que Ranma decía era lo más lógico del mundo; estaban casados, tenían relaciones como cualquier pareja normal, no habían tomado ningún resguardo, ¿era algo de qué sorprenderse o asustarse? Más conforme comprendió que tal era la confianza que había crecido en su corazón al lado de Ranma que había olvidado lo más elemental. Se sintió culpable, seguía comparándolo a aquel muchacho inoportuno, soberbio e ingenuo que conoció casi siente años atrás sabiendo en los momentos en que más se sentía asustada, sabiendo lo injusta que estaba siendo.
La chica fue contagiada por la emoción de su esposo. Él hablaba en serio, muy en serio, y sabía que ni siquiera ella podría hacerlo cambiar de opinión, lo que más la animó y la llenó de fe en el futuro.
— ¿Estás seguro de lo que me estás diciendo, Ranma? ¿Puedo creer en ti?
Él sonrió sin ocultar el resplandor competitivo en sus ojos profundos y traviesos. Ahora ella sabía que cualquier dificultad que le recordara él la consideraría un desafío y menos cedería. Resignada Akane se dejó llevar por el optimismo, ¿por qué temer antes siquiera de haber comenzado? Recuperando la energía que tanto amaba su joven esposo, le arrebató la pequeña caja con la prueba de embarazo.
—Supongo que llegó la hora —dijo más tranquila—, ¿me prometes que no hablaste sólo por mostrarte valiente, y que si resulta que estoy embarazada no te desmayarás, ni escaparás, no dirás alguna tontería, ni mucho volverás a gritarme?
Ranma estuvo pronto a responder con un firme "sí", pero lo pensó detenidamente.
—Depende.
— ¿Depende de qué? —preguntó la chica en un tono escalofriante, sintiendo que la sangre volvía a hervir en sus venas.
—Si cocinas no esperes que no huya.
— ¡Ranma!
—Y si vuelves a dudar o esconderme algo así, no esperes a que no vaya a regañarte.
—Sigues con lo mismo, ¿acaso no te rindes?
—Nunca —retrocedió evitando un cojín que rozó su nariz.
— ¡Cómo puedes ser tan odioso!
— ¿Te sientes más relajada?
—Oh —Akane se calmó, aunque tenía la prueba de embarazo en las manos ya no se sentía nerviosa por nada—, sí, un poco.
Él le cerró un ojo.
—Arrogante —le respondió la chica—, ya te veré temblar asustado con un bebé en los brazos.
— ¿Con que esas tenemos? Para mí la que va a temblar y a rogarme que la salve, será otra persona.
—Vas a suplicar cuando te toque cambiar pañales.
—Y tú vendrás corriendo a pedirme ayuda cuando tengas que preparar un simple biberón.
—Eso lo veremos, Saotome.
Poniéndose de pie se dirigió al baño, a mitad del pasillo se detuvo y giró levemente para mirar a su esposo. El joven, alegre y confiado en apariencia, la seguía atentamente con un brazo descansando sobre el respaldo pero con la mano empuñada tan fuertemente apretada que hacía sonar los huesos con molestia—. Ranma, ¿en verdad que no tienes miedo?
— ¿Bromeas? —Ranma mostró los dientes al intentar sonreír, ya no tenía razón para mostrarse inseguro y mentirle como antes—. Estoy aterrado.
Ella sonrió de igual manera, con la misma conformidad y la misma ansiedad.
—Yo también.
.
..
Esa mañana la neblina descendía lentamente por las faldas de las montañas, cruzaba los bosques arrastrando el aroma fragante de las hojas y del río hacia las calles de la ciudad. El sol se vertía como una áurea copa de luz sobre el contorno de las montañas. Akane observaba el amanecer descansando los brazos en el borde del balcón. Ranma terminaba de cerrar la puerta del departamento, para después recoger los bolsos de ambos que descansaban en el piso al costado de sus pies.
Llegaron al elevador y Akane quiso seguir por las escaleras, pero Ranma silbó para llamar su atención, deteniéndose frente a las puertas de acero. Ella impaciente arqueó los brazos con las manos en la cintura, él la ignoró descaradamente, obligándola a también a esperar.
Una vez en la entrada del edificio Ranma abrió el casillero y esperó pacientemente a que ella sacara la correspondencia, realizando una jocosa reverencia burlándose. Akane le dio suavemente en la cabeza con los sobres.
Mientras descendían por la vereda inclinada de la calle, que los llevaría al paradero del transporte público a los pies del cerro, se toparon con los Noda. Ranma siempre se sorprendía de que esos ancianos se levantaran mucho más temprano que él, a lo que Akane le respondía con ironía que "cualquiera" en esa ciudad se levantaría antes que su esposo.
—Me alegra verlo más repuesto cada día, señor Saotome.
—Así es —respondió el joven al borde de la risa, rodeando a Akane con un brazo—, estoy mejor que nunca.
—Tonto —respondió Akane sonrojada, sacudiéndose del abrazo ante la risa de los ancianos y de su esposo.
Durante el viaje en el bus aquel par de chicos de secundaria discutían entre ellos por un problema infantil. Akane no alcanzó a entender la razón, cuando Ranma que si estaba atento se interpuso entre los dos antes que llegaran a los golpes. La joven se quedó observando detenidamente como su esposo trataba con ellos, ya no lo vio pelear como a un crío más, sino que parecía estarlos regañando pacientemente por lo que estaban haciendo. Como lo haría un padre.
—Estaban peleándose por un estúpido panecillo —se explicó sin que ella le hubiera preguntado cuando regresó a su lado, ya que ella se encontraba sentada mientras él seguía en pie—, ¿puedes creerlo?
—Me es imposible imaginarlo —respondió la chica con una irónica sonrisa que él fue incapaz de comprender.
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..
Ranma y Akane se detuvieron en el centro entre los dos negocios en los que trabajaban. Cogiéndose de las manos podían adivinar que una decena de ojos los seguían atentamente detrás de los cristales de uno y del otro local.
— ¿Estás lista?
—Creo, ¿y tú?
—Eso espero.
Los dedos se entrelazaron con fuerza una última vez antes de separarse con desgano, tirando hasta que el último de ellos consiguió librarse del deseado agarre del otro. Ranma respiró profundamente en las puertas del gimnasio, miró tímidamente hacia el costado, Akane había hecho lo mismo.
.
Akane saludó a Suzume que ya vestida se encontraba tras la caja.
—Buenos días, Suzume.
—Buenos días… ¡Akane!
Ella no dijo nada más y siguió rápidamente su camino hasta el fondo de la panadería. Suzume dudó, no tenían ningún cliente todavía. Gruñendo dejó la caja y corrió tras ella. Akane caminando por el pasillo cruzó frente a la cocina.
—Buenos días, señora Ozawa. Buenos maestro Muto, maestro Abe.
—Buenos días, señora Saotome —respondieron alegremente los maestros panaderos.
—Llegas dos minutos tarde, querida —dijo también la señora Ozawa que se encontraba distraída inventariando los sacos de harina que se apilaban contra la pared— Oh, pero buenos días de todos modos.
En el momento en que Akane desapareció la señora Ozawa dejó de disimular que trabajaba, y tirando las hojas y el lápiz corrió también en pos de la joven. En el pasillo se topó con Suzume y otras tres chicas.
— ¿Qué hacen…? Olvídenlo.
Liderándolas avanzaron a rápidos pasos hasta llegar a la puerta de los vestidores. Sin avisar la abrieron de golpe donde sorprendieron a Akane recién desabotonándose los primeros botones de la blusa.
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Ranma corrió, se deslizó bajo una mesa, intentó utilizar el umisen-ken para hacerse invisible. Ni siquiera su ingeniosa variación de la técnica para ocultarse bajo el tatami, aplicada ahora con las colchonetas del gimnasio, pudo librarlo del acoso del ejército de chicos y chicas que lo corretearon por todo el establecimiento. Al final, arrinconado como un roedor ante un hambriento halcón, en la esquina de los casilleros del vestidor, no tenía escape ante la veintena de curiosos que lo rodearon, liderados por el jefe Takeda, Yoshiro Obushi, Eita Doi y la nerviosa Chiyo Ueda que no se había despegado de su taza de café durante toda la persecución.
Jadeando Takeda lo interrogó.
— ¿Y?
— ¿Y qué? —respondió el joven, a pesar de la comprometedora posición en la que se hallaba, miraba insistentemente hacia un costado disimulando no darse cuenta de nada.
— ¡Deja de fingir, Saotome! —Clamó Chiyo—. Me has hecho derramar la mitad de mi café, debes hacerte responsable. Habla de una buena vez.
— ¿Hablar qué cosa?
— ¡Saotome! —Takeda se acercó a él amenazante.
Ranma no tuvo otra opción más que ceder a los curiosos y egoístas deseos de ese grupo de chismosos.
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La señora Ozawa intentó pensar en lo que necesitaba decir, a pesar que Akane sonreía como si en realidad intentara consolarla a ella.
— ¿Falsa alarma?
—Sí, lo lamento, siento haberlas desilusionado a todas, pero se trató solamente de una falsa alarma. No estoy embarazada.
—Ah, pues creo que quién debería pedir disculpas es otra persona —dijo una de las chicas apuntando a Suzume, la que rió nerviosa—, ella fue la que comenzó con el rumor.
—No fue culpa de nadie —Akane se mostró comprensiva con sus compañeras de trabajo—. Creo que fue el estrés durante el accidente de Ranma lo que me afectó, además que no he comido lo suficiente durante las últimas dos semanas, quizás eso provocó la confusión.
— ¿Pero estás segura, no querrás hacerte otro examen? —Suzume insistió guardando las esperanzas.
—No —Akane recordó que tras el extraño sentimiento de alivio y también de desazón que la embargó tras el resultado negativo de la prueba de embarazo, su cuerpo respondió a las pocas horas haciendo lo que tendría que haber hecho tres semanas atrás, como si le hubiera gastado una horrible broma—, ya no será necesario.
—Bien, se acabó. ¿Qué hacen todas ustedes aquí todavía? Regresen al trabajo —La señora Ozawa correteó a las chicas quedándose a solas con Akane— Por favor, dejen respirar a la pobre.
Akane inclinó la cabeza y siguió vistiéndose, la señora Ozawa se sentó en una de las bancas y la esperó pacientemente.
—Akane.
—Dígame, señora Ozawa —habló lentamente, parecía segura en sus palabras, sumida en una profunda melancolía.
—Sabes que puedes decirme lo que quieras, no como tu jefa, sino como a una amiga.
La chica dudó un momento, cerró los ojos. Respiró profundamente antes de continuar moviendo las manos. Se sacó la blusa y rápidamente se colocó la blanca del uniforme de la panadería, deslizó la suave tela sobre sus hombros y con las manos desenredó la corta melena por encima del cuello de la prenda. Se quedó con los dedos un prolongado momento acariciando las puntas de sus cabellos, pensó que había crecido mucho las últimas semanas y pronto debería retocarlo. Siguió muy lentamente abotonando la blusa.
—Gracias, señora Ozawa, pero me encuentro bien. Se trató de un malentendido, debería estar acostumbrada ya a que nos sucedan esa clase de cosas —intentó reír, pero no pudo hacerlo—. Además recién estamos comenzando, con Ranma somos muy jóvenes, no tenemos dinero, fue irresponsable de nuestra parte no habernos cuidado más, planificar para un mejor momento el comenzar a tener hijos, una familia.
—Tienes razón, me agrada que pienses con tanta madurez, querida… ¿Querida? Oh, Akane —la señora Ozawa dejó su asiento lamentando.
—Soy una tonta —Akane intentaba hablar calmadamente, incluso sonreír, pero las cristalinas lágrimas que bañaban su rostro la contradecían dolorosamente—, todos estos días estaba preocupada, asustada. Y ahora que lo sé, que no es verdad, me siento… Siento que…
La señora Ozawa caminó la distancia que las separaba y poniendo una mano sobre la cabeza de la chica la obligó a volverse hacia ella abrazándola con fuerza. La dejó llorar en su hombro por largos minutos.
—A veces perder una ilusión es tan doloroso como perder lo real. Ya llegará tu momento, niña. Pero no hoy, no ahora.
Ella movió lentamente la cabeza asintiendo, pero ni los brazos de la señora Ozawa, ni la lógica de sus palabras pudieron calmar el vacío que sentía en su corazón, uno que antes no existía.
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"Alarma" Fin
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..
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Irresponsabilidad.
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Tetsu Noda salió de la consulta del doctor y se sentó en la sala de espera del hospital para descansar un poco las viejas piernas. A su derredor madres con niños pequeños esperaban su turno para ser atendidas, también había un par de ancianos de su edad; por supuesto que no en el maravilloso estado físico ni menos tan apuestos como él lo era. Se encontraba distraído cuando Ranma se sentó a su lado sorprendiéndolo.
— Señor Saotome.
— ¿Señor Noda?
—Qué agradable coincidencia —clamó el anciano, pero para el joven fue notorio el sudor en la frente y la recelosa actitud que revelaban lo nervioso que se encontraba. Para Ranma, acostumbrado a tratar con su padre, reconocía los signos de un mal mentiroso.
— ¿Está enfermo?
—No, ¡no!, para nada. Es sólo una revisión periódica. Ya sabe lo quisquillosa que puede ser mi mujer con esto de la salud. ¡Ella insiste en que me estoy poniendo viejo! Habrase visto semejante patraña, cuando todavía me encuentro en la flor de la vida.
Ranma no sabía si reír o mostrarse confundido, jamás adivinaba si el señor Tetsu bromeaba o hablaba seriamente, temiendo en todo momento ofenderlo.
— ¿Y usted, mi joven señor Saotome, también lo aquejan los años que lo veo por aquí? —rió entre dientes.
—No, Akane me obligó a venir a un condenado chequeo médico.
— ¿Cómo están sus heridas?
El joven sonrió con arrogancia.
—Como nuevo.
—En eso somos iguales entonces, mi joven amigo —el anciano trató de reír hasta que se detuvo abruptamente conteniéndose para no toser. Cuando Ranma lo miró preocupado esbozó una forzada sonrisa. Agregó con la voz raspada, todavía sin aire, a modo de disculpa—. Perdóneme, ya sabe cómo es esto del acondicionado o como se llame, es una pesadilla. ¿Qué hacen en el gobierno que no cuidan a su gente y ponen esos infernales aparatos con aire viciado y lleno de gérmenes? Mentecatos.
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Ranma caminaba junto a Tetsu de regreso a casa, se impacientaba que el anciano lo mantuviera a un ritmo tan lento, pero también lo miraba notándolo no tan firme y enérgico como en otras ocasiones. El rostro de Tetsu adoptaba un color ceroso y el sudor aparecía constante en el rostro enjuto.
— ¿Quiere descansar un poco? —dijo apuntando a una banca en una pequeña plaza a un costado de la vereda.
— ¡Claro que no! Los miembros de la generación del cuarenta jamás nos tomamos respiros. El país nos necesitaba entonces, lo reconstruimos desde las cenizas. ¿Cuántos días libres cree que nos disfrutábamos en ésa época? Ninguno, el deber por nuestra nación nos obligaba a darlo todo…
El joven estaba resignado a escuchar otra de sus historias cuando Tetsu se interrumpió. La tos lo sacudió con fuerza como si el cuerpo largo y delgado amenazara quebrarse como una frágil varilla. Ranma lo sostuvo rápidamente y a rastras lo llevó a la banca entre convulsiones. El joven se asustó cuando notó en su propia manga una mancha húmeda y oscura que el viejo había escupido.
— ¡Señor Tetsu, necesita regresar al hospital!
—No hagas un escándalo, muchacho —le ordenó cuando finalmente pudo recobrar el aliento, al respirar el anciano producía el horrible sonido del aire pasando por una angosta abertura—, necesito que no le cuentes esto a nadie… Es un secreto.
— ¿Secreto, qué secreto? Debemos volver, yo lo cargaré en la espalda.
— ¡No! No, se lo ruego, señor Saotome… —respiró dificultosamente sosteniéndose del brazo de Ranma, a pesar de estar sentado parecía mareado— Allí no me dirán nada que ya no sé. Sólo necesito un poco de aire y me sentiré mejor… Se lo aseguro… Debe creerme.
Echándose sobre el respaldo siguió respirando, dando profundos suspiros. Cada vez fueron más lentos y acompasados. Más tranquilo disfrutó mirando las estrellas y sonrió.
—Keiko solía decirme… que hay tantas estrellas en el cielo, que ni toda una vida alcanzaría para contarlas —se metió la mano en la vieja chaqueta de paño y sacó una caja pequeña, al abrirla reveló una pipa que acomodó lentamente entre los dedos.
Ranma reaccionó rápidamente, indignado puso su mano sobre la del viejo deteniéndolo.
—Así que de eso se trataba, usted está enfermo.
—Niño, por kami-sama, ¿le negarás este placer a un viejo? Ya más daño no puede hacerme, una semana o dos de diferencia si lo dejo ahora, qué más da. He gozado mi vida y nada se puede deshacer cuando uno tiene cierta edad. Además, no importa perder un pulmón si para eso tenemos dos —intentó reírse de su propio chiste, pero la severa mirad del joven lo cohibió—. Con esa mirada serías un excelente ministro, mi querido joven.
— ¿Acaso un par de semanas más al lado de la señora Noda no lo valen? ¿No piensa en ella, en lo que va a sentir?
Tetsu se quedó mirando fijamente a Ranma, la mezcla de angustia y desesperación resplandecían intensamente en los honestos ojos del joven, con tal intensidad que lastimaron su alma con la verdad de la que siempre intentaba escapar.
—Eres todo un caso… Ah… Mi joven señor Saotome, realmente mantienes tu reputación… de no perder ante nadie, no tienes piedad ni de un pobre viejo como yo —suspiró profundamente guardando otra vez la pipa para satisfacción de Ranma—. Dos semanas más, quizás tres, sí lo valen por ella.
— ¿Cuánto tiempo le queda en realidad? —preguntó Ranma conteniendo un escalofrío, no había esperado nada de lo que hoy el destino le había revelado, y le costaba asimilarlo aún—. Si me permite saberlo.
El anciano se encogió de hombros.
—Es mejor no pensar en eso. Más urgente es concentrarse en el futuro, la vida es corta, jamás sabremos lo que nos puede suceder. ¿Un mes, seis meses, un año? Cruzando la esquina puedo perder la vida si ando distraído pensando en cuánto me queda en este mundo.
— ¿Ella lo sabe? —Ranma preguntó con las manos sobre los muslos y el rostro inclinado—, me refiero a la señora Noda.
—No. Bueno, creo que lo sospecha. Pero no debe saber lo complicado que me encuentro realmente. El médico que me atiende es un viejo conocido y ha tenido la delicadeza de ayudarme a ocultárselo. Antes que me juzgues debes preguntarte a ti mismo, en mi lugar, ¿le dirías a la señora Saotome la verdad o preferirías disfrutar la felicidad que te queda con ella? Soy viejo, el final es algo natural con lo que debo lidiar, no le temo porque me siento satisfecho de todo lo que he vivido y de la felicidad que se me ha otorgado. Aunque deba lamentar que mi muerte se apresurará un poco más de lo esperado por mi propia irresponsabilidad —Tetsu acarició la caja de madera donde guardaba la pipa—. Keiko siempre luchó porque lo dejara, a pesar de que mi hábito de fumar se debió a que esta pipa fue uno de los pocos recuerdos que quedó de mi fallecido hermano. ¡Es tu culpa, maldito Akira!
Vociferó al cielo dando una gran risotada, que interrumpió cubriéndose la boca en un renovado ataque de tos.
—Señor Tetsu, quizás debería decirle. Cuando le ocultaba las cosas a Akane antes de casarnos sólo provocaba más problemas para los dos. Quizás haya algo que se pueda hacer todavía, no hay que darse por vencido.
— ¡Silencio! Ya he tomado mi decisión, y no crea que no haya intentado ya hacer todo lo posible por alargar mi vida. Pero hay cosas que no se pueden recuperar, ni reparar el daño que hemos cometido, el tiempo avanza para todos nosotros. Por ello, mi querido y joven amigo, tome el consejo de este viejo: no se niegue a nada, disfrútelo todo, bueno y malo, porque no sabemos cuando el destino pasará por nosotros. Planificar es lo correcto a los ojos de nuestra sociedad, pero que eso no nos prive de gozar lo inesperado, ¡vivir es lo realmente bueno! Se lo dice un viejo que está en la vuelta final de la vida, de algo mis consejos deberían valer ya que sé de lo que estoy hablando. Ahora le pediré que me prometa no comentar esto con nadie.
—Pero…
Tetsu se acomodó en la banca inclinándose formalmente ante el joven Ranma.
— ¡Se lo ruego! No por mí, se lo suplico por la felicidad de mi querida Keiko.
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Esa noche Ranma sentado en la mesa no comía. Akane bajó los palillos preocupada. La luna brillaba por sobre las montañas, podía verla perfectamente a través del ventanal que daba al balcón. El joven suspiró aletargado y en lugar de comer giró la comida en el plato de un lado a otro.
— ¿De verdad que estás bien, no te habrá dicho algo el doctor que no me quieras comentar? —Akane le preguntó un poco alarmada. Ranma jamás se había negado a comer.
—Estoy bien, te lo juro, ya no tengo nada. Sólo una bonita cicatriz que algún día les mostraré a mis hijos —rió con un gesto de arrogancia que a Akane le pareció odioso.
—No bromes con eso, ¿quieres? Todavía me da escalofríos de sólo recordar lo que sucedió.
—Akane, quiero preguntarte algo —esperó hasta tener toda su atención—. ¿Realmente es tan malo que tengamos un hijo ahora?
Akane dejó caer los palillos. Con la boca abierta lo observó fijamente. Parpadeó confundida, luego alarmada, su rostro se enfrió pensando en la mil y un complicaciones de lo que le estaba proponiendo, luego vino la calma y una extraña curiosidad.
—Ranma, pensé que tú no querrías tener un hijo en este momento.
— ¿Yo lo dije?
—No, bueno, pero después de los sucedido supuse que…
—Yo creía que eras tú la que no quería tener un hijo.
— ¿Yo? —la chica ahogó un chillido de indignación.
—Después de todo fuiste tú la que trajiste esas condenadas pastillas.
— ¡Un momento! ¿Qué me estás tratando de insinuar? —Akane enfurecida esperó su respuesta, al no recibirla se levantó bruscamente de la mesa.
Ranma se cogió la cabeza con las manos, no había deseado enfadarla, era solamente que la conversación que había tenido con Tetsu Noda seguía resonando en su mente. Se había propuesto pensar en algo feliz, ¿por qué se le ocurrió sacar ese tema de nuevo? Akane regresó interrumpiendo los pensamientos del joven, se sentó dejando caer el peso del cuerpo sobre la silla y con un fuerte manotazo depositó la caja de píldoras anticonceptivas sobre la mesa.
— ¿Ésas son?
—Sí, éstas son las "condenadas pastillas" que "yo quise" traer.
Ranma cogió la caja entre sus manos y la examinó con un sentimiento de culpa.
—Lo siento, no quería decir nada con eso. Es sólo que… olvídalo. Pero no tienes la culpa, tuve un mal día en el trabajo y me desquité contigo. Todo el mundo sigue preguntándome por lo de tu casi embarazo, teniendo que dar explicaciones, luego me tratan con lástima como si algo malo me hubiera sucedido sólo porque se trató de un malentendido.
El semblante de Akane se suavizó.
—Te entiendo, me sucede lo mismo a pesar de los días que han transcurrido. Creo que el rumor corrió por toda la ciudad, los clientes me lo preguntan todo el tiempo. Tampoco imaginé que fuéramos tan conocidos, apenas llevamos unos meses viviendo aquí.
— ¿A ti también te fastidian? —rieron tímidamente. Ranma notó algo extraño en la caja y su ánimo se enfrío peligrosamente—. Espera un momento, ¿esta caja está cerrada? —Rompió el sello y sacó las tiras de papel plateado y plástico en el que venían enumeradas las píldoras—. No has tomado ninguna.
Akane torció los labios y lo evitó.
—Bien, creía que era una responsabilidad muy grande planificar todo esto, no quería comenzar a tomarlas sin hablarlo contigo primero. Ranma, además nunca me dijiste sí estabas de acuerdo o no, sólo evitaste el tema y lo dejaste todo en mis manos...
— ¿Antes o después de lo que hicimos anoche?—Ranma preguntó fríamente.
La chica apretó los dientes y desvió la mirada.
— ¡Akane!
— ¡Está bien, no quise tomarlas! ¿Está tan mal?
Ranma la observó detenidamente, después la caja, otra vez a ella, la caja, ella, la caja, ella.
— ¿Pero y si quedas embarazada de verdad?
—Tú no parecías muy preocupado. ¿Ya olvidaste las promesas que me hiciste, fue sólo por la emoción del momento?
—No lo he olvidado, pero…
— ¿Pero qué? —Akane dio un grito desesperado. Respiraba angustiada y al notar su propia ansiedad bajó el rostro avergonzada— Lo siento, no estaba pensando.
—Espera un momento, Akane. ¿Quieres decirme que tú sí quieres que tengamos un hijo?
Ella no respondió.
— ¿Y por qué demonios no me lo dijiste antes, por qué las píldoras, por qué las conversaciones sobre "responsabilidad", "trabajo" y todas esas idioteces? ¿Por qué hemos discutido toda esta estúpida semana?
—Quería ver lo que pensabas, pero nunca me dijiste nada. Siempre lo dejabas todo en mis manos o cambiabas el tema.
— ¿Ahora es mi culpa? Sólo estaba intentando hacer lo que tú querías para no hacerte sentir presionada —Ranma rió nervioso, esto estaba siendo tan común en sus vidas; malentendidos, indirectas, sutilezas que era incapaz de interpretar debía suponer que Akane nunca le decía las cosas directamente cuando algo la afectaba.
Enfurecido se paró tirando la silla, caminó hacia ella rodeando la mesa. Akane cerró los ojos, sabía que Ranma jamás la lastimaría, pero en ese momento temió al verlo tan enfadado. Él pasó por su lado sin decirle nada. Ella abrió los ojos y se volvió rápidamente mirándolo con curiosidad. Ranma salió al balcón empujando de un golpe el ventanal corredizo, retrocedió con fuerza la mano. Akane giró rápidamente mirando la mesa confirmando sus sospechas, Ranma había cogido las píldoras.
Dando un grito de rabia las arrojó con todas sus fuerzas al infinito cielo negro cubierto de hermosas estrellas. Pero no había terminado, todavía no estaba satisfecho. Respirando una gran bocanada de aire frío dio media vuelta y la enfrentó.
—Eres una grandísima idiota, sí querías tener un bebé, ¿por qué demonios no me lo preguntaste desde el principio?
—No sabía cómo hacerlo. Después de todo lo sucedido, de todo lo que conversamos sobre que no era un buen momento. Pensé que te molestaría. Yo también creía que eras contrario a la idea, yo también estaba intentando no presionarte.
— ¿Contrario a la idea? —Ranma no sabía si reír por esta nueva broma del destino—. Boba, ¡yo también quiero que tengamos un hijo! —terminó gritando furioso con las manos empuñadas.
El silencio reinó entre los agitados jóvenes. Ranma se pasó la mano por el mentón, percibió la humedad del sudor. La chica en un profundo estado de conmoción movía los ojos nerviosa, pensando, repasando toda la conversación para entender el porqué estaban enfadados en primer lugar. Finalmente se rindió, no podía creer lo que él le había dicho. Así que empezó por donde debió haberlo hecho días atrás, preguntándole primero a él.
— ¿Estás diciéndome la verdad? Ranma, por favor, necesito estar segura.
Ranma afirmó con un enérgico movimiento de cabeza.
— ¿Sabes lo irresponsables que estamos siendo? —Akane le reclamó emocionada, con los labios torciéndose involuntariamente en una gran sonrisa, sintiendo la humedad en sus ojos— ¿Los problemas que podríamos tener, la situación en la que nos encontramos ahora? Tú deberías estar intentando detenerme, regañarme por mi egoísmo, tratándome de ingenua, ilusa, o lo que sea, no darme más esperanzas de que podemos hacerlo. Tú tienes que detenerme, Ranma, ¡no alentarme!
—Akane —Ranma tampoco pudo evitar el ligero temblor en su voz, que hizo acompañar con una tierna sonrisa—, ¿te das cuenta a quién le estás pidiendo que sea responsable?
Emocionada la chica corrió a sus brazos. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Mientras Ranma la sostenía con fuerza, la felicidad que también lo embargaba se mezclaba con el miedo a lo inesperado.
Pero no olvidaría las palabras de Tetsu Noda, que en ese día, y también cada vez que el miedo amenazara con detenerlo en el futuro, las repetiría mentalmente para recuperar el valor que lo haría comportarse siempre con gran osadía: la vida era corta, ¿para qué temerle?
Un acto de irresponsabilidad puede empezar una hermosa nueva vida, otro acto de irresponsabilidad puede terminarla. No cometer ninguna irresponsabilidad es vivir esclavizado en el seguro patio de cuatro paredes construido por los miedos que justificamos disfrazándolos de prudencia. ¿Dónde está el equilibrio?
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Notas del autor: Se terminó. Tercera semana, tercer episodio. Queda uno más y todavía el desafío está en alto. A ustedes, como sigo abusando en mi pereza, dejo los comentarios, porque me dirigiré de inmediato a preparar el bosquejo del siguiente.
De todo corazón deseo que se hayan divertido con esta nueva entrega, que los errores no sean tan notorios, y que esta historia los haga a todos sentirse un poco más felices durante los días que nos esperan. ¡Hasta la próxima semana!
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