Ok, contaré el mismo chiste de siempre, Digimon no me pertenece, ¿les ha dado risa? Pues a mí no me hace gracia *suspiros* Just go ahead and work it out, but first come on and let it out... Scream it shout tell everybody how your gonna leave (?) ¿Es así?

.The Spell.

Por Mizh-n-Rozh.

.Ciudad de los Sueños.

—¿Y por qué tardaste tanto? Dijiste que era sólo un momento —comentó Tai apoyado en la pared de la entrada.

—Es que había llevado a mis amigos de Australia al Instituto y necesitaba darles las llaves de mi casa para que se fueran solos, porque yo no iría sino hasta la noche —dijo Koushiro con mucha tranquilidad en la mirada.

—¿En la calle toda la tarde Kou? —Tai sonó divertido y le daba con el codo en el hombro al pelirrojo mientras abría la puerta de la casa de los Yagamis—, ¿saldrás con una chica?

—En realidad, me veré con dos.

—¿¡Qué! ¡Koushiro desde cuándo tomaste esas costumbres tan extrañas!

Koushiro y Taichi llegaron al atardecer a la casa de los Yagami, el departamento estaba inundado con un ambiente de preocupación. Susumu y Yuuko no sabían por que su hija se había ido, sólo les dejó una notita en el refrigerador:

"Voy a salir un rato mamá, tanto tiempo en cama me hace mal.
No te preocupes, regresaré temprano.
Los amo, dile a papá que no se preocupe, estoy en buenas manos."

Ninguno entendió el mensaje, ni el mismo Koushiro que siempre estuvo apegado a Hikari. Su madre daba vueltas por la cocina y las habitaciones, no se quedaba quieta en ningún lado esperando la llegaba de su pequeña hija. El padre de Tai estaba sentado moviendo el pie insistentemente por el estrés y la impaciencia, no era tan tarde como para llamar a la policía pero la niña no estaba, y esa ya era bastante razón para preocuparse. El problema era ése, Hikari no solía ser tan rebelde e irse así como así, no sin antes consultarlo frente a frente con sus padres o hermano, o por lo menos decir a donde iría pero nada. Una triste nota. No tenían ni una mínima pista.

Todos sintieron la puerta abrirse, y detrás de ésta apareció Kari con una sonrisa de disculpa. Susumu corrió y la abrazó fuerte, y luego… el regaño más suave que en la vida se había imaginado. Fueron dos minutos de: debes avisar con tiempo, no lo hagas de nuevo y estábamos muy preocupados. Nada grave, tal y como se lo había imaginado ella.

—Hola —dijo ella sin muchas ganas al ver a Taichi acostado en el sillón principal.

—¿Así me saludas, Kari? —Koushiro se levantó del pequeño sillón y le dedicó una sonrisa larga a la castaña que no lo había visto.

—¡Izzy! —ella pasó de largo a su hermano y abrazó a Koushiro, a pesar de que no iban al mismo curso eran muy amigos, siempre se habían entendido entre ellos y no se guardaban secretos mutuamente—, me hiciste demasiada falta estos meses.

—Lo mismo digo —dijo él correspondiéndole el abrazo. Koushiro se acercó al oído de la chica y le susurró algo que la impresionó y lo miró extrañada, Taichi observaba la escena con desagrado, aunque ella estuviese molesta con él no iba a dejar que la tratarán así en sus narices.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo el canelo con tono fuerte.

—Estoy saludando a tu hermana, ¿acaso no puedo?

—Déjalo Kou… Dame un momento para arreglarme y nos vamos —Hikari se apartó de él y se dirigió a su habitación saltando en puntitas como si bailara ballet.

—¿Arreglarse para qué? Koushiro dame una explicación.

La madre de Hikari intervino en la conversación alegremente —Hikari se va con Koushiro, desde hace días me dijo que cuando viniera se irían juntos a pasar el rato.

—¿¡Qué! ¿Por qué no me lo habías dicho?

—Supuse que la lo sabías —respondió el pelirrojo.

Tai le lanzó una mirada fulminante a Koushiro y a su madre por cómplices en todo el asunto, Hikari salió con el mismo pantalón rosa pero con una camisa amarilla y el cabello suelto esta vez.

—Listo. Nos vamos, mamá —Hikari tomó de la mano a Izzy y lo llevó hasta la puerta arrastrado.

—En la estufa está tu almuerzo Hikari, Koushiro procura traerla temprano si no quieres conocer el temperamento de mi esposo —la mujer le guiñó un ojo divertida a ambos jóvenes ya cerca de irse.

—Confíe en mí, así será.

Taichi los vio alejarse de ellos. Le preocupaba demasiado lo que tenían entre manos esos dos, los secretos y las mentiras comenzaban a hacer un muro de concreto entre él y su hermana y el único que parecía estar de aquel lado era Izzy. ¿Por qué tenía que estar molesta con él? ¿Qué cosa tan grave hizo?

—No te preocupes, yo la traeré sana y salva… te lo prometo —Kari ya lo esperaba afuera, Koushiro hizo un esfuerzo por calmar a Taichi, él permaneció inmóvil mirando como ambos se iban a paso lento. No sabía cómo reaccionar, si enojarse o preocuparse, era su hermana la que se le estaba escapando de las manos de un momento a otro, de un día a otro.

Tal vez Hikari estaba creciendo demasiado rápido, o más bien Tai cerró los ojos y se quedó dormido. Porque al despertar su hermanita ya tenía catorce años y él seguía con ganas de protegerla, o quizás toda la etapa de la confianza ya se había acabado, pero algo era seguro, Tai había hecho algo muy malo para que tomara era actitud con él. Y se lo merecía.

.

.

Takeru y Catherine se encontraban fuera de la residencia de ésta, era la casa de sus tías donde pasaría el resto de las navidades y luego volvería a Francia como debía ser. Era un palacio en todo lo que cabía de la palabra y Catherine era la niña consentida tanto fuera como dentro de la casa. Tk la había acompañado hasta allí como todo un caballero, aun así, ser un caballero no implica que ella tuviera que estar enganchada en el brazo del muchacho todo el camino pero eso hizo Catherine de todas formas.

—Entonces ¿nos vemos mañana, bonito? —dijo la rubia sonando divertida y dulce, pero a la vez asfixiante y empalagosa, así era Catherine. Jugueteaba con sus rizos suaves que caían al frente y tenía la mirada fija en el objetivo.

Takeru…

—Lo siento Cath… mañana tengo compromisos que atender… y… tareas que hacer —entonces recordó a Hikari, todo lo que había hecho con ella en la semana y como la escena con Catherine en el portón de la escuela la había hecho desaparecer, no supo más de ella. No sabía nada de ella y en el momento, no se preocupó en hacerlo pero ahora se arrepentía, necesitaba verla—. Lo siento, ya me tengo que ir.

Takeru le dio la espalda a la chica y se apretó los puños, salió corriendo alejándose lo más rápido que pudo de Catherine, que era su perdición. Porque estando con ella se desconocía a sí mismo, se perdía en sus ojos, caía rendido en sus pies y eso no estaba bien, nada estaba bien… porque se alejaba de todo aquello que quería y amaba, con Catherine era puro aprecio y asquerosa lástima. El cielo tomó el color del desierto, estaba rojizo y más seco que nunca, entonces la culpabilidad lo volvió a atacar… el Cielo… se parecía a ella: seco y más lejano que nunca.

No sabía que mientras más claro se viera el cielo más lejano era para él.

Sora…

Takeru bajó la velocidad y no miró atrás ni un segundo, no quería encontrarse con la mirada suplicante de Catherine aunque debía admitirlo, le gustaba estar con ella, le gustaba su mirada pero no era correcto, lo único que hacía ella era tapar el recuerdo de la Hikari que quería y de la Sora que estaba tan herida que se sentía imbécil de no poder ayudar, ellas, las chicas más importantes en su vida luego de su madre.

Sora era como su hermana mayor, como Yamato pero más dulce, la que en estos momentos estaba mal sin poder ver y a la que mañana iban a operar. Tenía que buscarle solución a todo el problema con la pelirroja porque sólo la fue a ver una vez, y luego ni se molestó en llamar o, siquiera, preguntar. Catherine lo absorbía, lo exprimía más y más cada día. El imperio alemán seguro era mejor que eso que sentía.

Y estaba Hikari, su mejor amiga, y no Catherine como ella misma se auto apodaba, que con una mirada al presente y un vistazo al pasado se dio cuenta que ya no era la misma, no era esa niña frágil a la que la tenía que proteger todo el tiempo, sí, su salud aún era delicada pero eso no la hacía ser menos fuerte, siempre con la cabeza erguida, nunca la había visto llorar por otra cosa que no fuera felicidad pura y Tk admiraba eso de ella, que nunca se daba por vencida, su perseverancia, su omnipotencia al destino y la manera en la que le sonreía a los problemas… era la persona más optimista que conocía en su vida. Hikari había cambiado, la careta de niña había desaparecido, el cabello ya no le llegaba al mentón sino a los hombros pero su fuerza interior seguía tan viva, por eso no lo había notado, no sabía quien era la mujer que tenía en frente hasta que le regaló las rosas. Sentía algo más fuerte acercándose, y le daba miedo.

Era un estúpido por ignorar lo que de verdad importaba, a las personas que significan más que una niña que conoció hace dos días. Y dos días le bastaron para engatusarlo, y dos días fueron suficientes para perderse a sí mismo.

Takeru quería seguir caminando más tiempo y no regresar a casa, el viento frío de la noche y de temporada le congelaba el rostro regalándole un cierto escalofrío afable que lo hacía sentir vivo, y le movía los cabellos hacia todas las direcciones despeinándole el look despeinado que ya tenía pero que le quedaba muy bien. Se sentó en una banca del parque y se derrumbó en ella recostando todo su dorso en el respaldar incómodo y más frío que el mismo ambiente, se sentía a gusto ahí, solo… pensando, mientras el matiz rojizo se volvía oscuro y el cielo estaba más abajo, para que Tk lo pudiera tocar con sus dedos.

Pasar el rato ahí no se le hizo tan malo, recordó las veces que su hermano desaparecía porque quería estar solo y pensar. Se detuvo, porque dependía de cada uno, la persona que le veía la cara a la soledad tenía que decidir si dejarse llevar o luchar contra la marea. Estaba seguro que Yamato se dejaba llevar y que él no luchaba para nada.

—¿Hay espacio para mí? —como si sus pensamientos lo hubieran llamado Yamato se detuvo en frente de él, con un rostro relajado pero en la mirada era de preocupación. Yamato traía una franela blanca debajo y un chaleco negro encima, los pantalones con agujeros como siempre los usaba y lentes de leer bien puestos.

—Claro —respondió Takeru con una sonrisa.

El más pequeño se hizo a un lado y Yamato se sentó en el puesto ahora vacío, alzó la vista y se quedó mirando el cielo, sus ojos ahora eran una especie de violeta gracias a la combinación del rojizo cielo que Dios les ofrecía y la misma vista del chico que ya era bastante azul, bastante profunda.

Como en su sueño de la noche pasada.

No supieron cuánto rato estuvieron ahí inmóviles y sin decir nada, pero el cielo había perdido color y el sol se había echado a dormir, en vez de rayos naranjas ahora el cielo era adornado por estrellas blancas, muy blancas y plenas, la luna era apenas una línea fina curvada. El menor de los hermano vio al otro sacar una pequeña libreta, anotó unas cuantas palabras y la cerró, éste lo miró al rostro y le sonrió, esa sonrisa tan natural no se veía todos los días y si pasaba alguna vez, el único que la presenciaba era Takeru y esa noche no fue la excepción.

—Es para una canción, ya sabes…

—Sí —asistió también con una sonrisa y entonces le preguntó lo que lo tenía aturdido desde hace rato—. ¿Por qué estás aquí?

Yamato no respondió de inmediato y se quedó pensando unos segundos para tener la respuesta más ingeniosa. —Lo mismo que tú.

—¿Y qué hago yo?

—Pensar —dijo Matt muy calmado.

—Sí pero… —Takeru puso los ojos en blanco y suspiró con fuerza, dejando salir todo lo que le estorbaba en el corazón y en la cabeza, quedándose sólo con su alma, su corazón vacío y el cuerpo— nada, déjalo así.

—¿Puedo preguntarte algo, Tk?

—Adelante, pregúntame lo que quieras.

—¿Por qué la escogiste a ella?

—¿Ella? No entiendo a qué te refieres ¿quién es ella? —fue su respuesta, de verdad no entendía de quién le hablaba su hermano, y se incorporó de un salto.

—Ah —Yamato se recostó al espaldar de la banquilla y continuó hablando como si en realidad se supiera el tema de adelante hacia atrás y de atrás a adelante—, entonces aún no decides.

—¿Decidir qué cosa? Yamato por favor no te pongas a hablarme de esa forma, me confundes todo y te apuesto que tú también lo estás.

—Mi confusión es menos complicada que la tuya Takeru y ni siquiera tiene que ver con tu tema, recuerda que estamos hablando de ti y de ella; pero está bien, dejaré de hablarte así ¿Quieres que sea directo?

—Por favor hermano.

—¿Hikari o Catherine?

Takeru abrió los ojos al doble. Yamato lo sabía, sabía lo que sólo él sabía, él dejó de mirarlo y sonrió triunfante para sí mismo, sacó la libreta de nuevo y anotó algo más largo. Pero Tk estaba metido en las suyas y no tenía ganas de preguntarle qué había escrito en tinta roja.

—Yo… —la voz le salía débil y muy tenue, como si en cualquier momento se le fuera a quebrar. Yamato jamás lo había visto tan nervioso, su cuerpo pedía auxilio, ayuda—, no lo sé, no quiero lastimarlas.

—Ya veo, lamento haberte interrumpido cuando pensabas pero de verdad estaba preocupado, muy pocas son las veces que tenemos para hablar así. Puede sonarte muy raro pero los hombres también hablan de chicas, no para decir lo bien que se les ve la minifalda y la ropa tan pegada porque eso ya todos lo saben y sería realmente estúpido repetir el chiste —Takeru soltó una sonrisa al recordar el día que Taichi y él discutían por esas cosas, de verdad era una tontería grandota—, sino para pedir ayuda, para escucharse entre ellos. Los chicos también sienten, también pueden ser sentimentales, pueden llorar cuando no entienden algo o cuando están demasiado molestos, pueden pedir consejo porque no somos de hierro… nadie lo es.

Takeru quedó en silencio observando muy detalladamente a su hermano y escuchando sus palabras con detenimiento, como si con los ojos las grabara en un CD que escucharía por lo menos dos veces al día.

—Si tuviera que darte un consejo, sería que dejaras de pensar. Pensar es bueno, pero a veces es mejor escuchar, sentir y actuar, Tk. Tres palabras fáciles de aprender —Yamato se detuvo y parpadeó unas cuantas veces y luego comenzó a reírse a carcajadas, el más pequeño lo miró extrañado por el cambio de actitud repentina—. ¡Qué gracioso! Dando consejos de lo que yo no hago. Sólo procura escuchar tu voz interior, lo que diga el corazón.

—Tienes razón —Tk también comenzó a reírse—, es bueno que hablemos de estas cosas de vez en cuando. Ya es tarde es mejor que vayamos a casa.

—Nah —dijo él levantándose del asiento y poniendo los brazos al cielo, desperezándose—, ve tú, dale mis saludos a mamá.

—Pero…

—Yo estaré bien, tengo que hacer lo que vine a hacer —Yamato corrió en dirección opuesta, continuando con su misión secreta como pensó Tk.

Entonces… creo que sí me parezco mucho a mi hermano y no hablo precisamente en el físico.

Takeru continuó en el sendero que lo conducía hasta la casa donde vivía con su madre, con la mente libre y despejada. Dispuesto a tomar la decisión final con la almohada, y pedirle al Cielo* que no lo abandonara ahora, ni nunca.

.

.

La hora que Michael había acordado con Mimi no era bastante conveniente, al menos en el caso de la chica. Eran las seis de la tarde y el lugar de encuentro era el restaurante Tsuki donde trabajaban Mimi y Sora, pero como era el día libre de ella no traía su uniforme que parecía más bien un disfraz, estaba vestida con un pantalón hasta los tobillos de Jean rojizo, debajo una camisa rosada y una chaqueta beige bastante chic por encima, era un atuendo muy a lo Mimi. Estaba sentada en la mesa que tenía la mejor vista a la entrada, con todos sus sentidos perfilados esperaba la llegada de su amigo y futuro más que amigo.

Ya era el tercer chocolate caliente que tomaba en la espera del chico y comenzaba a tensarse, entonces lo vio entrar, a Mimi le pareció que se veía radiante y refinado como ella lo conocía y siempre lo había visto, más no como Miyako lo describió: un depravado sexual sin juicio.

—Hola Mimi, siento mi retraso —dijo con una sonrisa de galán, ese era el Michael que ella conocía, un chico delicado y a la vez fuerte, le dio un abrazo afanoso primero y lo sintió más frío que nunca pero supuso que era la noche que comenzaba a congelarla a ella también.

—No te preocupes —le saludó con un doble beso en la mejilla y lo invitó a sentarse, él aceptó—, lo que te tengo que contar es gravísimo, así que iré directo al grano. Estoy totalmente devastada y molesta, perdí una amistad…

—Yo… no sé que decir Mimi… eso es terrible…

—¡Pero es su culpa Micky! —Mimi golpeó con fuerza la pequeña mesa para dos haciendo tambalear la taza con chocolate caliente en ella, todos en la pastelería voltearon pero Mimi los ignoró por completo, no tenía tiempo para perder prestándole atención a ellos—. ¿Sabes lo que me dijo la perra de Miyako Inoue? Que tú la habías estado acosando, que la tocaste y la manoseaste y que la besaste y yo… yo… no le creí nada porque tú no eres ese tipo de personas, ¡ella es una estúpida envidiosa!, y le dije que no quería ser su amiga nunca más. Yo la odio Michael, la odio. ¿¡Quién se cree ella para criticarte sin conocerte!

—¡Vaya! ¿Sólo te dijo eso? —Mimi asistió débilmente, estaba confundido por la actitud insistente y triunfante de Michael—. Pues tienes razón, yo no soy así —Michael movió la mesa de un jalón, el chocolate se derramó y la tacita cayó al suelo pero eso ya no era importante, lo único que quería era cazar su presa, o al menos advertirle a lo que se enfrentaba; se acercó a Mimi y la tomó fuerte de los hombros y le susurró al oído—. Yo soy mucho peor que eso.

—Mi-micha…

—Tranquila princesa… hoy no te haré nada, espera paciente tu turno.

¿Era verdad lo que estaba escuchando?

No.

Tenía que ser un juego, un malentendido, un muy grave malentendido. Michael la estaba tratando como si fuera un pañuelo al que todos pudieran usar y hacer con él lo que se le diera la gana, pero Mimi no estaba dispuesta a ser tratada así. Sacó fuerzas de su interior y lo cacheteó, sintió que la mano le ardía como si su ego fuera más fuerte que el miedo que la aturdía, pero estaba segura que le dolió más a ella que a él. Porque ahora Mike era una piedra sin vida, no era el que conoció en América.

Pero pudo mentirle, y esa idea le desgarraba el corazón.

—¡Eres un cerdo!

—No eres la primera que me lo dice.

—¡Un desnaturalizado ¡Un salvaje ¡Una bestia ¡Un aprovechado! —gritó a todo pulmón—. ¡Te odio! —y lo volvió a cachetear con más fuerzas pero el efecto era el mismo, la risa macabra y los dientes de diamantes iluminándole el rostro. Más fuerte que el Diablo.

—Eso es Mimi, descarga tu furia ahora que puedes luego no te daré ventaja y te devolveré los golpes pero con el doble de fuerza.

—¡Cállate!

Michael ya no la tomaba de los hombros sino de la cintura y la apretaba como si quisiera exprimir algo de ella. Le estaba haciendo daño a la chica. La apoyó contra la pared y, al igual que el día del accidente de Sora, la ayuda tardaba en llegar.

—Aunque podría comenzar mi venganza ahora —le susurró al oído mientras le mordía la oreja con suavidad estremeciéndola por completo, Mimi temblaba del miedo y no de lo sabrosas que podrían llegar a ser sus "caricias" se estaba quemando, le dolía todo. Comenzó a sollozar en silencio mientras la lengua peligrosa del enemigo bajaba hasta el cuello y le intentaba arrancar la chaqueta de un jalón—. Podría comerte viva justo ahora…

—¡Me lástimas! —gritó con furia y dio un empujón logrando acercarse más a él. Las cosas no salían para nada bien.

—Disculpe joven, sé que no soy nadie para meterme en sus asuntos pero a las niñas no se las trata así y menos en un lugar público —se acercó un hombre de cabellos blancos que parecía tener un carácter gentil pero fuerte cuando lo provocaban, su voz era ronca y cansada a la vez; Mimi lo conocía y sabía que estaba a salvo—; no quiero espectáculos en mi restaurante.

Mimi aprovechó su descuido y se alejó de sus garras. Por un momento se sintió libre, pero entonces vio su rostro sonriente y glorioso mientras Genai continuaba sermoneándolo. El corazón le dolía más que antes. Su Michael era una farsa.

—Volveré Mimi, espérame —se dio media vuelta y le lanzó un beso aéreo que le dio nauseas a la castaña.

Y era cierto, ahora dolía más. No tenía a Miyako y no tenía a Michael, perdió a dos personas en un solo día, una que quería a la otra que no lo sabía, porque le mintió durante dos años. Y lloró, Mimi lloraba sin pena delante de su propio jefe, él solo la miraba pensando qué decirle.

—Siéntate —dijo el hombre haciendo un ademán con la mano señalando una silla bien acolchada—, te traeré algo.

El hombre desapareció pero su dolor no se marchaba, era como si cada lágrima del ojo izquierdo que le rozaban el rostro era como una apuñalada de Michael y las del ojo derecho era el sufrimiento que le causaba a Miyako. Se sentía mal, derrotada, asfixiada, harta de todo. El dolor le penetraba más el cuerpo de manera vertical llevándose todo uso de razón.

—¡Mimi! —una chica rubia se le había acercado trayendo consigo un vaso de té de limón para que ella se relajara—, el Sr. Genai me lo contó todo… ¿no te hizo nada grave ese asqueroso muchacho?

—No, Zoe —dijo ella en neutro—. Lo más grave fue lo que le hizo a mi corazón.

—Mimi… —Zoe era dulce, su cabello era rubio y largo, y tenía ojos azules y grandes; abrazó a Mimi porque sabía lo terrible que se sentía que te rompieran el corazón, ella necesitaba confianza en sí misma y apoyo moral inmediatamente— no te preocupes, ese chico no te hará más daño nunca más.

—Sí lo hará Zoe, lo hará y con más potencia de la que yo pueda imaginarme.

—Mimi por favor, no digas eso.

—Es la verdad, él me lo dijo y yo sé que será así.

Mimi se tomó todo el té de un sorbo y luego se levantó de la silla con la mirada aún vidriosa. Deseaba con todas sus fuerzas que lo que había vivido hoy fuese un sueño pero lamentablemente era la realidad y ahora quien le causo esas lágrimas era el único capaz de secarlas. Y no estaba, no las iba a secar… se quedarían allí toda la vida.

—Quiero irme a casa.

—Al menos déjame acompañarte, tomaremos un taxi, no dejaré que ese estúpido te haga algo de nuevo. Prométeme que te cuidarás y que no andarás sola por ahí.

—Zoe, pero qué tonterías dices —dijo Mimi con un tono triste intentando calmar su llovizna visual.

—Prométemelo y más nada.

—De acuerdo. Lo prometo —Mimi mentía, ella quería morir y si lo hacía deseaba que fuera en manos de Michael, el miedo no era que le hiciera daño físico sino que lo había perdido. Hubiera preferido seguir en una mentira.

—Entonces vamonos, ya está bastante oscuro afuera.

.

.

—No, no, no —decía Miyako con asombro en su voz, Ken había entrado y la había encontrado a solas con su hermano, era el momento más incómodo de su vida. No evitó que por su mente pasara la idea de que Ken pensara que tenía algo oculto con Osamu y se asustó de sólo pensarlo—, yo prefiero irme, es que no quiero llegar tan tarde y…

—Miyako, si es por mi presencia sólo debías decirlo —Ken había avanzado bastante desde la puerta hasta el pasillo y su voz se perdió entre las habitaciones—, de todas maneras no pensaba interrumpirlos en sus cosas.

—Ken no seas tan maleducado —le regañó el mayor—. Parece que no va a aprender nunca.

—Pero se equivoca Osamu, de verdad contarlo no es cosa fácil y olvidarlo menos, ese chico me destrozó mi sueño más grande… es lo peor de la vida, además hizo lo que esperaba que Ken hiciera —Osamu abrió los ojos, impresionado por lo que había dicho la chica—. ¡No, no me refiero a eso Osamu! —dijo ella rápidamente dejando ver un dulce rubor en sus mejillas, qué vergonzoso era hablar de eso con un chico—, me refiero al… beso.

—Miyako, perdóname por querer obligarte pero pienso sinceramente que Ken debe saberlo… ¿Es que acaso no te haz dado cuenta Miyako?

—¿De qué me estás hablando, Osamu?

—Sus sentimientos, Miyako.

—No entiendo.

—Vaya, y yo qué pensé que me había vuelto muy obvio últimamente —escuchó la voz de Ken Ichijouji provenir del pasillo.

—¡Ay hermano ¿qué estás haciendo? —Osamu se llevó una mano y se la estrelló en la cara.

Ken estaba metiendo la pata.

—¿Tú… escuchaste… lo que… dije? —preguntó Miyako nerviosa. Claro, ahora estaba entendiéndolo todo, el comportamiento de Ken no era un juego y que llegara temprano a casa no fue una coincidencia, él los estaba espiando. Podría ser un sueño hecho realidad, Ken Ichijouji la quería, de verdad; pero ya no importaba de qué manera sólo importaba el hecho de que sentía un enorme aprecio hacia ella, no era una simple amistad de un 'hola, chao' era algo más profundo. Tan importante como para seguirla a todos lados.

—Sé que escuchar conversaciones es de mala educación pero créeme que no planeaba oírte —en sus mejillas también yacía el efecto del amor, de ese maravilloso sentimiento que sentía hacia ella y era extraño, era la primera vez que sentía esa llama tan vivaz en su corazón.

—Lo siento… debes pensar que soy una estúpida por no poder soportar que un loco me besara —Miyako secó sus lágrimas, tomó su bolso y miró al ventanal donde estaba ese extenso lago, pensó que sería la última vez en su vida que lo haría.

Osamu desapareció sin decir nada, simplemente ya no estaba. La respiración de ambos era agitada y dudosa pero los latidos se escuchaban con fuerza como si buscarán algo con desesperación, como si estuviera a punto de morir de cólera porque no entienden lo que les sucedía. Ken por fin se acercó a ella, aún tenía su uniforme puesto pero su cabello estaba más despeinado que de costumbre. Se encontraba a las espaldas de la chica, la miró de pies a cabeza, ella sabía de su presencia pero no sé inmutó ni intentó correr como la ultima vez, y la abrazó, la abrazó porque no quería que más nadie le hiciera daño, porque quería protegerla, porque la quería para él.

—Perdóname a mí también, por no llegar ahí antes que él.

Ken la volteó y quedaron de frente. Ella estaba nerviosa y aguantaba las ganas de llorar. ¿Realidad o ficción? Ya no importaba, lo importante era cómo sentía que su corazón quería salir corriendo por su garganta y tocar las manos del chico que la miraba en ese momento, lanzarse encima de él, habían pasado muy pocos segundos desde que él la dejó de abrazar y ya lo extrañaba, extrañaba esa dulce sensación.

—Pero ahora repararé el daño —Ken la tomó desprevenida y unió sus labios con los de ella. Fuego, había fuego, y no quería extinguirlo. Miyako se dejó llevar por sus labios finos pero dulces, que poco a poco se volvían adictivos.

Él la separó de su boca, ya no lloraba sino que sonreía y sus ojos color miel no se atrevían a mirarlo. ¿El horror? ¿La vergüenza?

—Perdóname, yo… no debía, quiero decir, tú no sabías que yo lo haría y estuvo mal porque no…

—No te preocupes —dijo ella aun sonriendo—, ya oscureció mucho y debo regresar a casa antes de las nueve sino no podré ir a ver a Sora mañana.

—Cierto, pero si quieres te llevo y…

—No te preocupes Ken, pediré un taxi —volvió a repetir con más fuerza en su voz, se acercaba a la puerta y la abrió de un jalón—. Despídeme de Osamu, nos vemos mañana.

Cerró la puerta tras sí, Ken sintió ganas de correr y acompañarla por lo menos pero prefirió respetar su decisión, ya mañana podrían hablar mejor y el reflexionaría sus actos del día, debía hacerlo por más que le costase, aceptar cual fue su mayor error mientras estuvo con Miyako y ahora sí repararlo.

—Wow… van rápido.

—No digas eso, me costó demasiado.

Osamu se acercó se sentó en el sillón de espaldas al ventanal, tomó el helado a la mitad derritiéndose por la calefacción, o el calor que crearon Ken y Miyako.

—Ella te quiere hermano, no tienes de qué preocuparte —Osamu se metió la cuchara en la boca con un pedazo de helado de fresa, cerró los ojos para degustarlo mejor como un niño pequeño, inocente.

—Lo que me preocupa es hacerle el mismo daño que le hizo el extranjero ése.

—Repito: No tienes de qué preocuparte.

.

.

Koushiro y Hikari tenían planeado ir a casa de Sora para que pudiera estar con el pelirrojo un rato y así ambos le darían animos para su operación del día de mañana. Koushiro se encontraba sentado en la silla de la computadora al revés mirando a ambas chicas, Sora estaba recostada en su cama con unas vendas que parecían improvisadas por la misma chica mientras que Hikari le empacaba la maleta, la que llevaría en su estadía en la clínica.

—Entonces Takato casi vomitaba cuando vio eso y Juri y yo no encontrábamos más formas de burlarnos de él —decía Koushiro entre risas.

—¡Qué genial! —dijo Sora con una sonrisa—, a mi también me gustaría viajar en avión pero sólo si voy con ustedes.

—Tranquila Sorita —Hikari sacaba una franelilla celeste y la doblaba para meterla en el equipaje—, cuando te cures de la operación podremos irnos de viaje todos ¿qué opinas?

—Me parece una excelente idea, me imagino la cara que pondrá Taichi.

—Taichi…

¿Por qué tenían que mencionarlo ahora? Hikari se deprimió casi de inmediato, dejó de doblar prendas y se sentó con desgane en la punta de la cama de Sora, no es que odiara a su hermano, no es que no lo quisiera, es que él no la entendía y no pretendía hacerlo. No tenía ganas de ayudarla y eso se notaba.

—Hika…

—No pasa nada, Izzy —dijo la chica con la mirada entristecida—, es sólo que no quería recordarlo.

Sora comenzó a sentirse incómoda, no podía ver pero algo que aprendió todos estos días sin el sentido primario, fue identificar de donde provenían las voces de las personas y saber lo que sentían con sólo escucharlas, y ella sabía que Hikari no estaba bien del todo. Una parte de ella se aceleraba y la otra de detenía, era una pelea entre conciencias.

—Kari, ¿pasó algo con Tai? —preguntó dudando, no sabía si era correcto entrometerse pero no quería sentirla tan mal, así que por lo menos era mejor que se desahogara ahora y que no se lo guardara con todo el dolor suprimido—. ¿Quieres contarme?

—Es que Sora, tú sabes que Tai suele ser muy sobre protector conmigo —decía la castaña con sonidos ahogados, aguantando lo que pronto sería inevitable—, pero hace muy pocos días llego una chica… amiga de Takeru…

Se le volvió a revolcar el estómago con su nombre y corazón se le infló de inmediato.

Sora ya comenzaba a entender por donde iba todo, Hikari volteó hacía donde estaban las margaritas del martes que le regaló Takeru a la pelirroja, aún intactas y hermosas, a diferencia de sus rosas que ya estaban en el basurero, no porque se hayan marchitado sino porque le dolía verlas. Lo extrañaba, extrañaba a ese niño… a ese querubín.

—Y Tai simplemente dejó de importarle lo que me pasara para prestarle atención a esa niñita, y luego viene con la intención de que no ha pasado nada y quiere estar pendiente de mí cuando Catherine se va con Takeru y yo… yo… —los ojos de la chica ya habían comenzado a llover, estaba harta y le dolía la cabeza con sólo pensarlo pero decía decirlo sino todo parecería una tontería aunque eso era, una tontería— estoy perdiendo a Tk también, ya no me acompaña a casa, ya no hablamos, ya no le importo, simplemente soy invisible para él y él no se da cuenta de eso Sora, es un idiota…

—Sumándole a todo eso, conocí a un muchacho cerca de la escuela —no estaba dispuesta a revelar el lugar del querubín porque ése lugar era sólo de Wallace y ella, y Tk… pero capaz ni lo recordaba—, y él me mantuvo tranquila estos últimos días… es un gran chico Sora pero yo… no quiero que remplace a Takeru, por nada del mundo. Él es demasiado importante para mí.

La habitación quedó en silencio, sólo se oían las respiraciones agitadas de Sora y Hikari… muy despacio, muy profundo, muy interno, muy doloroso. Izzy miraba de Sora a Hikari y viceversa, las vio como sonreían al mismo tiempo y se asustó.

—Vaya, debe ser de familia —dijo Sora un poco divertida.

—¿Ah? —Sora respondió a eso, sólo se acomodó en la cama y Koushiro rió, al parecer él sí había entendido.

—Hikari primero quiero decirte que escuches bien lo que te voy a decir, sé que no sirvo mucho para dar consejos pero lo intentaré, ¿está bien? Sé lo muy difícil que está tú situación con Tk, lo sé porque lo escucho en tu voz —Kari sonrió débilmente y Koushiro la imitó—, pero no seas tan pesimista contigo misma, que Tai sienta una pequeña atracción por esa chica no es tan grave, mira el lado positivo, él aún está para ti como el buen hermano que es y nunca dudes de eso, así que no te preocupes es mejor hablar los problemas y si todos se entienden llegarán a un acuerdo y harán las pases.

—Sí, la verdad… creo que traté muy mal a Taichi ésta tarde.

—No te preocupes Kari —dijo Koushiro—, cuando regresemos podrás conversar con él.

—Sí, sino es que te mata antes.

Todos rieron porque era verdad, quizás Tai si mataría a Koushiro por llevarse a su hermana de la nada, y sin su aprobación.

—Hikari, dime algo y perdóname si te molesta la pregunta pero… ¿te gusta, Tk?

Hikari detuvo su sonrisa y dio en reversa. ¿Cómo negar lo obvio? Simplemente no podía. Respiró profundamente para llenarse de valor pero ¿por qué valor? Sora era como una piedra, no diría nada e Izzy confiaba demasiado en Hikari y viceversa entonces tampoco sería capaz de hablar. Valor. Valor para admitírselo ella misma. Ya lo había comenzado a sentir hace un tiempo, pero pensó que eran cosas que pasaban de repente y que no tenían importancia cuando en realidad eran demasiado necesarias, por lo menos para cultivar confianza en sí misma y no temer a aceptar la verdad.

Se lamentó cuando la conciencia le ganó, y las mentiras se borraron en un soplido.

—Lo sien…

—Sí —dijo Kari en seco—, sí me gusta, y duele… pero me gusta.

Silencio.

—Hikari debes saber que sólo si duele entonces vale la pena… porque de verdad te importa y estoy segura de que a él también le duele darte la espalda, le duele darle más importancia a Catherine y alejarse de todos.

—¿Cómo puedes saberlo Sora? ¿Cómo estás tan segura? ¿Cómo sabes si ellos ya no están saliendo, o que él no siente nada por ella?

—Porque conozco a Takeru, y sé que no hubo nada, no hay nada, ni habrá algo. Los chicos son realmente complicados pero las chicas lo somos más, y ser complicadas nos hace más persistentes e insistentes, más entregadas al amor, más apasionadas, mucho más abiertas y sensibles. Aunque hay excepciones donde las mujeres se vuelven crueles y los hombre realmente idiotas.

—¡Vaya, estoy en medio de una conversación de chicas adolescentes! ¡Viva Koushiro! —dicho esto Koushiro salió de la habitación, dejando con una sonrisa a Kari y Sora por su comentario machista, muy poco Koushiro, pero demasiado gracioso.

—Por eso —continuó diciendo la de las vendas aguantando la risa—, debes ser persistente y luchadora, cada día ama más lo que ya amas y lucha por lo que quieres, nunca lo olvides.

—Nunca lo olvidaré, Soo —Hikari se secó con el ante brazo el poco rastro que quedaban de sus lágrimas—. Muchas gracias, gracias por ese consejo.

—¿Fue un consejo? Y yo que pensé que sólo estaba hablando como loca.

—No, para nada. Sora, ¿tú eres persistente con ese chico que te gusta? Digo… si te gusta alguien.

Sora no pudo evitar ese leve carmesí en sus mejillas, al igual que a Kari le dolía, al igual que a Kari le gustaba. Recordó lo sucedido anoche, la llamada de Matt, el sonido de su voz, la noche entera escuchando a los Teenage Wolves, recordando su sonrisa, recordando su rostro, el amor… lo que hace el amor. El sueño de sus labios imposibles…

—Sí —dijo ella con seguridad pero aún con rubor impregnado—, desde hace mucho tiempo y seguiré siéndolo durante más años porque sé que no podré enamorarme de otra persona, ni entregarle mi corazón a alguien más porque él lo tiene, o al menos para mí es así, aunque igual que a ti, no significo mucho más allá que una amistad para él pero eso no me quita las esperanzas.

—Vaya Sora, de verdad que eres muy fuerte y han pasado años y aun le amas. Ese chico debería saberlo, no sale lo que le espera estando contigo —dijo Hikari—, ¿estás segura de que no se ha fijado en ti ni un segundo?

—No, Yamato es muy tontito y nunca… —Sora detuvo sus labios y dejó de pronunciar palabras, se le había escapado el nombre de aquel chico, sin querer, pero lo había hecho. Se maldijo por dentro y quiso llevar el reloj en reversa, se llevó las manos a la boca del terror, se supone que no debían saberlo—. Dime que no escuchaste.

—Sí escuché —dijo Kari asombrada—. ¿Ya-Yamato, Sora? ¿Nuestro Matt ¿No es broma verdad?

—No —Sora suspiró rindiéndose, no le servía de nada ocultárselo a Hikari, ¿ya ella confesó no? Era su turno—, es en serio, amo a Matt… y más de lo que te imaginas Hikari, aunque yo sea una X en su vida o un cero a la izquierda prefiero amarlo en secreto y seguir tomando fuerzas para decírselo algún día.

—¿Y qué tal si lo haces cuando te cures de la operación? Digo que sería genial pasar a ser un cero a la derecha.

—Claro —Sora sonrió porque Hikari tenía razón, debía intentarlo. Habían pasado tantos años y ya ha llegado la hora, la hora de la verdad. El juicio final—, pero tú también debes prometerme que hablarás de lo que sientes con Takeru.

—Eso depende de la situación, pero está bien ¡trato hecho! —aceptó emocionada—, muchas gracias Sora, nunca olvidaré tus palabras.

—No te preocupes, ahora sal y busca a Koushiro porque luego de su escenita de niño de 6 años no creo que le quedaran ganas de entrar a mi habitación.

.

.

El día había pasado demasiado rápido y los ojos le ardían después de las últimas horas de llanto desde que Zoe la dejó en casa. El silencio la hundía más en sus pensamientos y el tic tac del reloj la preparaba para el pandemonium. Ella daba vueltas en la cama intentando buscar el sueño. El recuerdo de cómo Michael le hablaba era un susurro torturándola cada minuto, su rostro era el causante de que su respiración fuera acelerada y agitada y su sonrisa sádica era el poco resplandor que entraba en su habitación rosa nocturna.

Se durmió con la mirada del rubio sobre ella. A medianoche despertó entre gritos por la pesadilla que no podía llamarse pesadilla del todo, porque corría a su lado y sonreían en el parque, el suelo verde le crispaba los pies descalzos de los dos y sus manos juntas le enviaban corriente eléctrica al corazón para seguir funcionando, entre la lluvia y el sol no tenía de que temer. Y el amor del falso Michael la hacía agonizar.

En el árbol vio al verdadero, al de la pesadilla. Sintió un golpe y gritó terroríficamente como los que se oían en Resident Evil, pero era real. El Michael de hoy, mató al del ayer y ella se quedó a solas con él. Mirándola pensando cómo matarla de una manera aún más dolorosa que al Mike de antes.

Se levantó del suelo y sonrieron juntos. La verdad era esa y todo se oscureció. Allí despertó jadeando entre gritos, le dolía la garganta y tomó el vaso de agua de al lado y se incorporó entre las tinieblas de la habitación, que ahora, ni la luz de la calle la iluminaba.

El temor, el terror, estaba segura que no era la única que lo sentía en el mundo ni la peor de ellas pero dolía, era sofocante, era muy poco probable que un chico así le hiciera tanto daño a una persona como Mimi, fuerte, valiente de corazón y poderosa en espíritu, pero él tenía ese Don de torturar a quien se le diera la gana mientras lo viera a los ojos, se repitió para sus adentros lo que creía que era Micky, un demonio.

Se abrazó a sí misma entre la soledad y quitó la colcha de encima, cerró los ojos con fuerzas y odió su vida… odió no tener padres preocupados, odió no comprender a Miyako, odió que Sora estuviese a medio morir sin ella poder hacer nada… odió a Michael por engañarla y a la oscuridad, porque en ella lo conoció.

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Sora Takenouchi POV's.

Sabía que faltaban pocos minutos para que fuese sábado, para mi sorpresa sólo logre dormir dos horas o algo así… no podía dar una hora exacta porque las vendas me lo impedían. Entonces, sonó el reloj Cucu de la sala: eran las doce en punto, y yo me había resignado a descansar de nuevo.

Los nervios me atacaron el vientre como si tuviera hambre pero ya no me sorprendía, estaba demasiado acostumbrada a esas sensaciones que ya sabía qué hacer para calmarla: tenía que buscar algo que tuviera que ver con la razón.

En este caso me puse a analizar que si Koushiro y Hikari se habían ido a las nueve y media, y habíamos quedado en una situación tú das - yo doy no tenía absolutamente nada de qué preocuparme. Mi sentido me dijo que sí tenía que ver con eso pero, ¿qué podría ser? Ellos vinieron, hablamos un rato, comimos helado sabroso y arreglaron mi maleta. ¡El equipaje! Eso era, había algo que faltaba en él y olvidé dárselo a Hikari, mi duda era cómo iba a encontrarlo y, más complicado aún, guardarlo sin sufrir accidentes.

Me alegré mucho de que mi herida en el brazo ya estuviese sanando, de hecho, la noche anterior antes de dormir y luego de hablar con Yamato, mi madre se tomó la laboriosa tarea de cambiarlo y me dijo que estaba cicatrizando. Me resultó fascinante saber cómo las heridas físicas curan con tanta rapidez, pero las de mi corazón estaban abiertas esperando a mi médico cirujano para que las cerrara por siempre.

Extendí mi mano buena hasta la mesita de noche al lado de la cama, con mis manos también curadas sentí el despertador, el teléfono móvil, mi libro favorito que no podía terminar de leer y otras vendas de repuesto pero no toqué lo que quería tocar.

Lo estiré más al punto que me dolió la herida del izquierdo pero encontré lo que buscaba, aquello que me hacía falta y que con sólo tocarlo mi hambre de ansiedad desapareció.

La plumilla.

Esa plumilla que tanto significado tenía para mí, Matt me la había regalado en mi cumpleaños pasado, en marzo, cuando la vi en aquel entonces no supe cuál era la función después de todo yo no tocaba otro instrumento musical que no fuera un lápiz —sí, el lápiz crea música— él me guió hasta la cocina y encendió la estufa calentando un alfiler, pensé que estaba delirando o que no había descansado nada pero se veía tan lindo haciendo su travesura que no pude evitar reírme en el proceso. Cuando la masacre del alfiler estuvo completada y estaba al rojo vivo, Yamato atravesó la plumilla desde arriba dejando un agujero por donde pasó el alfiler tres veces, agrandando el hueco más aún.

Dejó el alfiler de lado y se quitó uno de los tres collares que llevaba puestos. Estaba sin dije y quedé impresionada al ver como la cadena atravesaba la plumilla y era el nuevo dije. No me podía mover así que él se volteó y me lo puso, me le lancé en brazos agradecida queriendo hacer algo más profundo que un abrazo pero debía conformarme. Yamato era mi bendición y mi maldición.

De eso habían pasado nueve meses pero no me lo quitaba por nada del mundo, aun así eran cinco días desde que no me la ponía. La tomé y la lleve a mi corazón recordando cada instante que la usé y estuve con Yamato al mismo tiempo, su voz se hizo más nítida en mi cabeza y me dieron ganas de llorar pero las vendas no me dejaban.

Me quedé ahí sentada en mi cama mientras los minutos pasaban acuchillándome por dentro, matándome la espera…

Me puse a reflexionar lo mucho que han cambiado las cosas en todos estos años, recuerdo cuando nos conocimos, no estaba ni cerca de decir lo que sentí ese día cuando me cambió estado de animo a uno totalmente contrario, fue mi Sol y yo la planta que crecía con sus rayos de vida. Al principio de esta aventura del corazón pensé que era algo pasajero como en las novelas que Mimi veía, o cosas que una chica de trece años de edad confundiría fácilmente pero todos los días era la misma pregunta y la misma respuesta.

¿Me gusta?

No lo sé.

¿Me gusta?

No lo sé.

Me dolía y me enfermaba no entenderme a mí misma, era un juego de Touch and Go conmigo misma. Me tocaba el corazón y me iba con miedo a saber la verdad.

Ya había crecido lo suficiente como para empezar a mirar chicos a hurtadillas y el elegido fue él, Yamato. Sus cambios intensos me dejaban boquiabierta cada semana, y cada semana avanzaba más y más a la locura de su cuerpo de Adonis. Cambió demasiado, se estiró tremendamente al pasar de un metro cuarenta y seis a un metro setenta y ocho, y yo me quedaba debajo en el metro sesenta y siete. Comenzó a cuidarse más mientras se daba a conocer con su banda de Rock, dejó de cortarse el cabello pero seguía creciendo como yo lo recordaba: liso y rubio, hasta el punto de que el año pasado se me hizo casi imposible creer que era él cuando regresé de mis vacaciones en Kyoto, el cabello le llegaba a la nuca y el flequillo largo le caía a la izquierda volviéndome loca cada vez que se lo apartaba sin usar las manos, con un fluido movimiento de su cabeza.

Los ojos se le hicieron más grandes y más azules conforme a todas las experiencias que vivía, seguro al envejecer serían aún más hermosos… Porque Yamato era como el vino, mientras más viejo, más bueno estaba.

Comenzó a ir al gimnasio junto con Taichi y los dos se creían Sansones cuando nos levantaban con una sola mano a Mimi, a Hikari o a mí. Para mi beneficio secreto, lo dejaron pronto comenzaron las clases más pesadas y las practicas se le atravesaban en todo; y Taichi —que tenía más masa muscular— también dejó de asistir por capricho a no quedarse solo. Yo tampoco quería un Superman, me conformaba con Spiderman.

Y la sonrisa, pequeño detalle que nunca cambió, era esa misma sonrisa que recordaba. Blanca y siempre sincera, esa sonrisa volvía locas a todas las chicas del instituto, y si digo todas son todas, porque Mimi era de las primeras en llegarme con el chisme hasta que un día se lo dije, que amaba a Yamato… y hasta ese día no ha vuelto a mencionarme que Matt se ve sexy, porque es algo que obviamente sé, y es que… ¿Cuándo no se ve sexy?

Algo que iba muy escondido entre esa sonrisa eran sus labios, los labios que no me pertenecían y que en mis sueños quería robar pero nunca lo conseguía.

El recuerdo de mi sueño pasado, el último sueño que tuve con Yamato, me hizo estrellar en la realidad y sollocé porque no podía llorar, de alguna forma debía desahogarme. Apreté el collar contra mi pecho en la oscuridad de la noche, y sentí que volvía en mí.

Su cuerpo ya era suficiente castigo, y su personalidad era lo peor de todo.

Siempre maduro y correcto, intentando protegerme de todo como aquel día… el día que cerré mis ojos o más bien me los cerraron, ese día se interesó por ayudarme siendo yo quien al final dijera que no y que lo sentía, pero mis sentimientos eran demasiado complicados para él y para mí misma, o sea, una tremenda tontería y burrada de mi parte. Porque lo que yo siento es demasiado grande pero él se merece mucho más y mientras él siga vivo mi amor va a aumentar, aunque muera en el intento.

Siempre fue como él fue. Y prefería recordarlo como quien era.

Tímido, toda la vida. Intimidante, porque siempre me asustó verlo molesto. Posesivo, porque amaba todo lo que soñaba y soñaba con todo lo que amaba. Él era como una mezcla exótica y prohibida que todas querían probar pero que a fin de cuenta sólo una lo haría y sentía envidia de quien lo hiciera.

Dejé de pensar en tantas idioteces y me conformé con recordar el día del collar. Luego de la operación, si es que todo salía bien, prometí hablar con él, prometí hacerle saber todo lo que sentía y todo lo que me agobiaba en cuanto a él. Mirarlo a los ojos con el mayor de mis miedos.

No esperaré a que me abra su corazón, ni yo lo abriré porque estaría forzándolo y así NO funcionan las cosas. Ni demasiado uno, ni demasiado dos… debían ser equitativos. Las cosas no podían solucionarse con sólo desearlas y desear que él me amara era como buscar carne en una hamburguesería, pero que se cumpliera era imposible. Yo no estaba a su nivel.

Tomé la plumilla y el collar con las dos manos, y me propuse colocármelo sin ningún motivo especial sólo capricho y porque me sentía mal por no usarlo durante los días que estuve en cama. Pasé mis brazos por detrás y la herida me punzó, y sentí las costras romperse pero no me importó y seguí en mi labor; lo hice a ciegas y por tacto porque no podía hacer otra cosa, en el intentó sudé pero lo logré y caí derrotada en la almohada esponjosa… soñando que eran sus brazos, me cubrí con la sábana pensando que era su cuerpo y tomé la plumilla como si fuese su corazón y lo abracé, al rato creí relajarme hasta que comprendí que por más que tuviese las vendas no iba a dejar de llorar.

Y solté el llanto mientras me mojaba el rostro completo. Sabiendo que después de la operación nada iba a ser igual. Quizá él no me amaba como yo a él, y quizá se alejaría al pensar lo tonta que fui al amarlo seis años sin control. O tal vez la ceguera seguiría para siempre, aunque le prometí a mi madre no hablar de eso, ahora se me hacía inevitable.

Me sumergí en el vacío de la soledad inmensa, hasta que decidí que no podía engañarme más. Ya era sábado y mi operación me pisaba los talones.

Debía hacer algo con el vacío dentro de mí.

Notas de Autora

Listo con este. Disculpen mi tardanza en actualizar pero apenas esta mañana me pude inspirar para terminarlo, esto se me vuelve una locura. Pobre Mimi, ¿no? Odié hacerle eso, en serio, a mí me agrada Mimi pero, damn, ¡todo es culpa de mi cabeza! Las cosas están mejorando para Miyako (ves Miya, ¡yo te quiero!) Hikari y Sora tienen una misión: confesar. Y lo último fue demasiado profundo hasta para mí, ese pedazo (o bien parte de él) lo escribí hace mucho, no tenía tanta experiencia en FF así que tuve que darle los nuevos toques, ojala, les haya gustado.

Tengo que ponerme pilas con los demás fics, y además de eso que últimamente tengo muchas ideas paseándose por mi cabeza que debo escribir a cómo de lugar.

¡Gracias por sus reviews! Dejen dejen T.T

*: Sí, Tk, habla de Sora y la relación que se derrumba.

Pd. Releí mi posdata anterior y fue una burrada total, sí, estaba deprimida pero ya todo está perfecto, espero que todo pase bien y las cosas salgan mejor de ahora en adelante ¡Fuerza de voluntad! Y… parafraseando a Yamato (o Sora…): Ama todo lo que sueñas y sueña con todo lo que ames.

Besos.

Rose.