Adaptación basada en una novela que vio la luz en 1974; "La llama y la flor" de Kathleen E. Woodiwiss, convirtiéndose en uno de los Best Sellers de la época.
Camiko no punishment
A LEER!
CAPÍTULO 9: LA FLOR DEL CAPITÁN
PARA MIS SEGUIDORES ACTUALES: SI CREÍAN QUE ERA BUENO ESTE FIC AHORA SE PONE MEJOR! No encontré como cortar a menos de 21 páginas de traducción, porque se perdía un poco el hilo si lo hacía, y todavía faltan varios capítulos, así que disfruten!
REVIEWS!
—Acuéstate —ordenó Syaoran—. Yo tardaré un rato antes de poder hacer lo mismo. —
La muchacha obedeció en el acto. Se deslizó en la cama y se tapó con la colcha, observando con cautela cómo Syaoran cruzaba la habitación hasta el balcón. Lo abrió y salió. Sin apartar la mirada de él, Sakura se retiró hacia su lado de la cama con sumo cuidado, para no atraer la atención de su esposo de nuevo. Al contemplarlo, su postura le recordó, una vez más, a la de un marinero escrutando el horizonte. La luna iluminaba su atractivo rostro y complexión corpulenta. Su piel suave y bronceada resplandecía bajo la luz y Sakura se durmió con la mirada clavada en él.
Un par de horas después, Sakura se despertó repentinamente al notar que Syaoran se recostaba en la almohada junto a ella y, adormilada, pensó que había cambiado de opinión y la poseería en ese instante. Se incorporó sobresaltada, terminó por crispar los nervios del hombre.
—¡No te haré nada! —protestó apoyándose sobre ella—. No tengo la menor intención de pasar la noche sentado en una silla, ni de dejarte la cama a ti sola. —
Sakura estaba petrificada debajo de él. Syaoran se había colocado encima y, en la oscuridad, podía sentir su aliento cálido. La luz de la luna se filtraba por uno de los balcones, dibujando su perfil encolerizado.
—No quería hacerte enojar —susurró Sakura atemorizada—. Es que me sobresalté. —
—¡Por el amor de Dios, sobresáltate en otro momento! —exclamó Syaoran—. Lord Kerberos me encerrará en un estornudo si nos escucha discutir y de verdad que tengo aversión a los calabozos. —
—Lord Kerberos no lo haría... —empezó a decir suavemente.
—¡Un cuerno no lo haría ahora que ya tienes mi apellido y tu honor está restablecido! —Gruñó—. Si tu Lord ahora decide que haberte entregado a mí ha sido una imprudencia, no dudes que me metería en prisión con la única intención de alejarme de ti. Así que, a pesar de lo que sientas por mí, si quieres que tu hijo crezca con un padre, por favor, no le animes. — terminó Syaoran en un siseo.
Sakura, se mordió el labio inferior en señal de angustia, gesto que no pasó desapercibido para el ambarino.
La deseaba a pesar de todo.
—No era esa mi int... —En un veloz y fuerte movimiento le dió un rápido y recio abrazo silenciador.
—Ten cuidado, hermosura, o te mantendré realmente ocupada —la previno—. Puedo detener tus gritos fácilmente. No me desagradaría lo más mínimo ejercer mis obligaciones maritales. —
Sakura exhaló un gemido ante el fuerte abrazo de su esposo, creyendo que sus brazos iban a aplastarla. Pudo sentir los muslos del hombre presionando sus piernas, percatándose de que ella era la única que estaba parcialmente vestida. Pero la gasa era un consuelo demasiado ínfimo, pues dejaba al aire uno de sus senos, ahora aplastado contra su torso. No había duda de cuáles eran sus intenciones.
—Por favor —suplicó mientras el abrazo se hacía todavía más intenso—. Me portaré bien —
Syaoran continuaba abrazándola. De pronto la soltó y la recostó sobre la almohada.
—Duérmete. No te molestaré. —
Sakura se tapó hasta la cabeza y se hizo un ovillo en su lado de la cama. La luz de la luna iluminaba la habitación. Sakura, a través de las finas mantas, pudo ver a Syaoran, estirado boca arriba con los brazos detrás de la cabeza con los ojos abiertos mirando al techo. A pesar de la oscuridad que reinaba en la habitación, creyó distinguir el tic nervioso en la mejilla de su esposo.
—¿Dónde vives? —preguntó la muchacha después de un rato.
—En Charleston, en las Carolinas —contestó, luego de un profundo suspiro.
—¿Es bonito? —se aventuró a preguntar de nuevo.
—Para mí, sí. A ti seguramente no te gustará —contestó sécamente. Encogiéndose de hombros.
Sakura no se atrevió a preguntar nada más sobre su nuevo hogar. Ya había sido lo suficientemente valiente por el momento.
Al romper el alba, una brisa helada se coló por las puertas abiertas del balcón y despertó a Sakura. Al principio, no reconoció el lugar en el que se encontraba. Pero rápidamente identificó al hombre que yacía junto a ella y al que se había abrazado, seguramente en busca de calor. Tenía la mano izquierda sobre el vello achocolatado y rizado del torso de Syaoran y la mejilla apoyada contra su robusto hombro. Él dormía profundamente, con el rostro relajado, ligeramente entornado hacia ella.
Sin moverse por miedo a despertarlo, la joven se dedicó a estudiarlo a su antojo. Sus ojos siguieron los labios firmes y rectos, ahora suavizados por el sueño, las pestañas largas y oscuras y las mejillas bien bronceadas.
Es un hombre realmente atractivo, pensó. Tal vez no sea tan malo tener un hijo suyo.
Syaoran se revolvió ligeramente y apartó su rostro, dejándola con la mirada puesta en su desgreñada cabellera. Se miró el anillo que llevaba en el dedo anular y se maravilló del brillo del oro. Quedaba muy raro en su mano, y la hacía sentirse extraña. La idea de ser la mujer del Capitán Lee adquirió una nueva dimensión. Era lo que él había dicho la noche anterior; sería suya hasta el resto de sus días.
Seré suya para la eternidad, rumió para sus adentros.
Sakura le cubrió el torso con las sábanas, con cuidado para no despertarlo. Enseguida se dio cuenta del error que había cometido al pensar que tenía frío, pues al cabo de un momento Syaoran apartó las sábanas de una patada haciendo que Sakura se ruborizara intensamente.
Su cuerpo yacía completamente desnudo ante ella.
Y no apartó la mirada, sino todo lo contrario.
Permaneció con sus ojos puestos en él, estudiando su cuerpo pausadamente y con interés, saciando su curiosidad. No veía la necesidad de tener que escuchar de otros lo que podía comprobar por ella misma; era perfecto, igual que una bestia enorme y salvaje de la jungla. Músculos largos y flexibles espléndidamente trabajados, un vientre fuerte y liso y caderas estrechas. La mano fina y blanca de Sakura quedaba totalmente fuera de lugar sobre el torso bronceado y poblado.
Perturbada por la extraña excitación que se había despertado en su interior, la joven se separó de él y se acurrucó en su lado de la cama. Luego se volvió, intentando no pensar en la forma en que sus ojos se habían regocijado con su cuerpo. Miró a través del balcón y vio caer una hoja. Se arrebujó en la colcha deseando tener la sangre tan caliente como la del hombre que tenía a su lado.
Hacía rato que el reloj de la repisa había dado las nueve cuando las dos risueñas doncellas regresaron a vestirla. Llamaron con suavidad a la puerta y Sakura pudo oír sus risas. Realmente la exasperaban. Se levantó y, sonrojada, se volvió sobre sus talones para contemplar a su marido. Comprobó que seguía dormido y destapado. Se aproximó a la cama con cautela para ocultar su desnudez con la sábana.
Syoran despertó inmediatamente.
La joven retrocedió sobresaltada. Al sentir la mirada de Syaoran y darse cuenta de las reveladoras aberturas de la fina gasa, se ruborizó todavía más. Una sonrisa lenta y divertida cruzó el semblante del hombre. Sakura, incómoda, se dirigió a la puerta sabiéndose observada.
Las dos doncellas entraron a la vez, una de ellas con una bandeja repleta de comida. Echaron una ojeada a la habitación con curiosidad, esperando descubrir algún secreto de la noche anterior. Volvieron a reír al ver a Syaoran recostado sobre los cojines y tapado únicamente hasta la cintura. Él también rio divertido ante el nerviosismo de las jóvenes. Sin embargo, Sakura deseaba sacarlas a patadas, sobre todo cuando se quedaron contemplando el cuerpo de su marido con una mirada hambrienta, haciéndole dudar de que fueran realmente dos doncellas castas tal y como implicaba semejante agitación. Ambas se dirigieron hacia Syaoran para mostrarle la variedad de alimentos que había en la bandeja. Sakura esperó con impaciencia a que acabaran de mimarlo, de extender una servilleta sobre su regazo con exasperante lentitud y de servir el té.
Entretanto, el Capitán observó el rostro furioso de Sakura y le alzó una ceja, con mirada burlona. Ella se volvió enfadada.
Al final las doncellas parecieron recordar cuáles eran sus obligaciones y regresaron a atender a Sakura. Le prepararon un baño con esencia de rosas y sacaron de nuevo su vestido de novia, pues era el único que poseía. La despojaron de la fina gasa azul ante la mirada interesada y atenta de su marido y la ayudaron a introducirse en la bañera.
Sus risillas continuaron mientras le frotaban los brazos y la espalda, pero al lavarle los hombros y el pecho, Sakura no aguantó más. Les arrebató la esponja y el jabón de las manos con impaciencia y les gritó que la dejaran en paz. Al oír a Syaora reírse a costa de ella, le lanzó una mirada colérica. No se atrevió a insultarlo porque no tenía ninguna intención de darles a esas muchachas delgaduchas y simples la satisfacción de saber que entre el atractivo hombre y ella, no existía el amor de dos recién casados.
Se levantó de la bañera, con un resplandor húmedo y tenue, y permitió que las doncellas volvieran a asistirla. Permaneció inmóvil mientras la secaban ante Syaoran. La intensidad y calma de su mirada hicieron que se ruborizara. Deseaba volver a ponerse la prenda, aunque su transparencia y escote apenas la reconfortaban. Una vez la hubieron peinado, se sintió igual de agitada que sus asistentes y se maldijo en silencio por dejar que la aprobación de Syaoran la pusiera tan nerviosa. Pero era lo mínimo que podía sentir con el hombre estudiándola minuciosamente apoyado contra los almohadones de satén y con esas muchachas importunándola. Sakura suspiró aliviada cuando terminaron y se apartaron congratulándose por la maestría con la que habían desempeñado su trabajo. Pero su tranquilidad se vio truncada de repente cuando Syaoran se incorporó arrastrando una de las sábanas que se enrolló hábilmente sin revelar más partes de su anatomía a las doncellas; la sujetó alrededor de sus caderas estrechas y besó a su mujer en uno de los senos voluptuosos que sobresalían por encima del encaje de la excitante prenda.
—Una experiencia gratificante, mi amor —susurró—. Debo admitir que nunca antes había tenido el placer de presenciar el aseo de una dama. —
Durante unos instantes, sus ojos se encontraron en el espejo, los de él, cálidos y devoradores; los de ella, nerviosos e indecisos. Pero ante la mirada de admiración de su esposo, Sakura bajó la vista y se sonrojó sintiendo, una agitación extraña. Él se alejó. Oyó su suave risa y vio cómo se volvía para besar la mano de las doncellas, actuando como si estuviera completamente vestido. Se mostraba sosegado y terriblemente seguro de sí mismo.
—Lo han hecho verdaderamente bien, señoritas —las felicitó—. Mi esposa está muy agradecida. —
Las dos muchachas casi se desmayaron. Nunca las habían tratado de esa manera, y menos un espécimen tan magnífico como aquel. Se apoyaron la una sobre la otra sin cesar de reír y se apresuraron a prepararle el baño. Cuando finalmente salieron de la habitación, Sakura se levantó airosa del banco y se dirigió a la cama hecha una furia en busca de su vestido.
—¿Qué necesidad tenías de hacer eso? —espetó—. Deberías haberlas reprendido por la forma descarada en que han actuado y, en vez de eso, las has animado para que lo hicieran incluso peor. —
Syaoran esbozó una sonrisa lentamente, mirando la delicada espalda de Sakura.
—Lo siento, esposa mía —se disculpó—No me he dado cuenta de que estuvieras tan celosa. —
Con los ojos echando chispas, la joven se dio media vuelta, encolerizada, preparada para proferirle una retahíla de insultos, pero Syaoran simplemente rio dejando caer la sábana a sus pies.
—¿Me ayudas a bañarme, mi cielo? —Inquirió con sarcasmo—. Tengo verdaderos problemas para frotarme la espalda. —
Sakura tartamudeó y se ruborizó. Sus odiosos modales le hacían hervir la sangre. Tal como estaba, allí, de pie, totalmente desnudo frente a ella y hablándole con esa tranquilidad pasmosa, Sakura no pudo más que darse la vuelta y bajar la vista. Syaoran esperó su respuesta relajado, con las manos en las caderas y una rodilla doblada. Ella lo estaba odiando por su confianza excesiva y por su mirada burlona, pero no era capaz de insultarle.
Recogió la esponja y el jabón, y se dirigió a la bañera, luego lo esperó muy tiesa junto a ésta. Finalmente, Syaoran se metió en el barreño lleno de agua caliente.
Sakura dudó durante unos instantes apostada sobre su espalda, luego, con fría determinación, se inclinó y empezó a enjabonársela. Se la restregó con fuerza, descargando toda su rabia en ella. Cuando hubo concluido la tarea, Syaoran esbozó una sonrisa y observó:
—Todavía no has terminado, cielo. Me gustaría que me lavaras el cuerpo entero. —
—¡El cuerpo entero! —exclamó, incrédula ante lo que acababa de oír.
—Por supuesto, cariño. Soy un hombre realmente perezoso —afirmó, pestañeando.
Sakura lo maldijo en voz baja. Sabía que la había obligado a bañarlo porque necesitaba saciar su sed de venganza. Lo único que pretendía con esa excusa era hacer ostentación de su poder. Syaoran sabía perfectamente que para Sakura,como ella le había dado a entender, tocarlo era una verdadera agonía. Había escogido la tarea íntima del aseo como castigo.
Nuevamente, asió bruscamente la esponja y se inclinó para continuar mientras él se recostaba en la bañera. Restregó la pastilla de jabón por el vello del pecho y los hombros anchos. Le ardía el rostro ante el tranquilo análisis al que estaba siendo sometida. La mirada impávida de Syaoran, acarició los brazos blancos, el cuello largo y delgado y finalmente el busto, cuya belleza se revelaba con cada movimiento, al mostrar parte de uno de sus senos redondeados.
—¿Te gustaba alguien en el pueblo de tu tío? —preguntó Syaoran de repente con la frente arrugada.
—No —respondió secamente. Un segundo después, se arrepintió de no haber sido un poco más astuta.
La arruga de la frente de Syaoran se desvaneció. Con uno de sus dedos mojados le acarició los pechos y luego sonrió.
—Estoy seguro de que había muchos hombres que estaban locos por ti —afirmó.
Muy enfadada, la muchacha se subió la gasa para ocultar sus senos y secarse las gotas que le caían por el escote. Reanudó la actividad y, una vez más, la gasa se deslizó, ya bastante mojada.
—Había unos cuantos, pero no tienes de qué preocuparte —le aseguró—. No eran como tú. Ellos eran unos caballeros. —
—No estoy preocupado en absoluto, mi cielo —respondió con calma—. Sé que estabas muy bien protegida. —
—Sí —replicó con sarcasmo—. De todos menos de ti. —
Syaoran soltó una carcajada y le dirigió una mirada arrolladora.
—Fue todo un placer, cariño. —
Sakura se puso hecha una furia.
—¡Y supongo que haberme dejado embarazada también complace tu ego masculino! ¡Debes de estar muy orgulloso de ti mismo! —gritó.
Syaoran esbozó una sonrisa socarrona de oreja a oreja.
—No me desagrada. Resulta que me gustan bastante los niños —afirmó.
—Oh, eres... eres... —farfulló furiosa.
La sonrisa se desvaneció con una velocidad aterradora.
—Acaba con el baño de tu marido, querida —ordenó con sarcasmo.
Sakura ahogó un gemido de desesperación y apretó la esponja contra la rodilla de Syaoran. Ya le había aseado toda la parte superior. Ahora restaba la parte inferior del cuerpo y no se sentía tan familiarizada con él como para hacerlo.
—No puedo —gimió.
Syaoran levantó su rostro con suavidad y la miró intensamente a los ojos.
—Si elijo yo, sabes que tendrás que hacerlo ¿verdad? —la previno.
Sakura cerró los ojos casi agonizando y asintió con la cabeza.
—Sí —afirmó.
Syaoran la acarició. Ya había sido suficiente venganza por el día.
—Entonces recoge mis ropas, ¿lo harás, cielo? Estoy seguro de que todo el mundo está esperando a ver cómo has pasado la noche. —
Sakura, agradecida, parándose como un resorte, empezó a recoger la ropa esparcida por el suelo de la habitación. Estaba realmente sorprendida por la indulgencia de su esposo.
Dejaron la habitación, caminando uno junto al otro en silencio.
En el salón, las dos parejas los esperaban con ansiedad, aunque tía Seika por una razón completamente distinta. Esperaba lo peor, pero al ver a su sobrina entrar tranquilamente junto al hombre, frunció el entrecejo sombríamente. Su señoría se acercó a Sakura y la abrazó.
—Estás radiante como siempre, pequeña —afirmó aliviado.
—¿Acaso esperaba otra cosa, milord? —Inquirió Syaoran mordazmente. Alzando una ceja.
Lord Kerberos se echó a reír
—No me guarde rencor, hijo —le pidió—. Para mí, la felicidad de Sakura es lo primero. —
—Sí, lo ha dejado perfectamente claro —replicó Syaoran—. Ahora ¿me está permitido llevármela a mi barco hoy o debemos aceptar de nuevo su obligada hospitalidad?
Era muy difícil hacer enojar a Lord Kerberos cuando estaba de buen humor.
—Por supuesto, puede llevársela con mi bendición. Pero antes ¿se opondrá a tomar el almuerzo con nosotros? No es una orden, sino una invitación. Si no se siente con ganas, lo entenderemos. Es que simplemente detestamos ver partir a Sakura. Es como si se tratara de nuestra propia hija. —
—Supongo que no nos hará ningún mal si nos quedamos —contestó Syaoran secamente—. Pero debo regresar a mi barco tan pronto acabemos. He estado demasiado tiempo alejado de él. —
—Por supuesto, por supuesto. Nos hacemos cargo —replicó Lord Kerberos—. Pero desearía discutir con usted el tema de la dote de Sakura. Estamos dispuestos a arreglar este asunto generosamente. —
—No quiero nada de ustedes, señor —replicó Syaoran.
Su respuesta dejó a todos perplejos. A Sakura a la que más. Su señoría se quedó mirando fijamente al Capitán yanqui durante unos instantes, completamente desconcertado.
—¿He oído bien, señor? —preguntó.
—Sí —contestó Syaoran muy serio—. No tengo ninguna intención de percibir nada por desposarme con mi mujer. —
—¡Pero es la costumbre! —insistió el anciano—. Quiero decir, una mujer debe aportar a su marido una dote. Estoy más que dispuesto... —
—La dote que me va a aportar es el hijo que lleva dentro, nada más —concluyó —. Soy perfectamente capaz de cuidar de los míos, sin regalos de ningún tipo. De todas formas, gracias por el ofrecimiento. —
Sakura cerró la boca y se sentó, completamente atónita.
—Loco yanqui —murmuró tía Seika.
Syaoran se cuadró ante ella.
—Viniendo de usted, señora, es todo un cumplido —observó.
Tía Seika se lo quedó mirando a punto de proferir un insulto, pero se lo pensó mejor. Se mordió la lengua y apartó el rostro de la mirada burlona.
—Como usted bien sabe, señora —prosiguió Syaoran a sus espaldas—, lo que digo es cierto. Sé cuidar muy bien de los míos y de sus deudas. —Sakura no entendió el significado de sus últimas palabras, pero Seika de Kinomoto se puso muy pálida y nerviosa. Se negó a mirarlo. Todavía permanecía en silencio cuando uno de los sirvientes irrumpió en la sala para anunciarles que el almuerzo estaba servido.
Una tormenta de otoño refrescó el ambiente y dejó el firmamento londinense cubierto de nubes. Las ruedas del landó traqueteaban sobre las calles adoquinadas y embarradas mientras se precipitaba, tambaleando, en dirección a los muelles. Sakura, en el asiento trasero, estaba tranquila junto a Lady Kerberos. La mujer le hablaba con dulzura y, de vez en cuando, le alisaba con ternura uno de sus rizos cobrizos y lustrosos o le cogía suavemente la mano. Era la única demostración del nerviosismo que las invadía por el doloroso momento que se aproximaba. Sakura observaba a menudo el rostro imperturbable de su marido, sentado junto a Lord Kerberos, delante de ella. Se apretujaba contra la esquina del carruaje para amortiguar las sacudidas y, de vez en cuando, echaba una ojeada a su esposa. Lord Kerberos trató varias veces de entablar una conversación con él, pero no tuvo éxito. Syaoran le devolvía respuestas breves y evasivas con el único propósito de no caer en la descortesía.
El carruaje casi volcó al tomar una curva, recorrió una estrecha calle cercana al muelle, cruzó una plazuela enfangada y finalmente, se detuvo al abrigo de un edificio enorme. Un pequeño cartel agitado por el viento rezaba sobre la puerta: «Almacén de Charleston».
Syaoran bajó silenciosamente del carruaje y se volvió hacia Sakura.
—Dispones de algún tiempo para despedirte —anunció—. Necesito que el agente del almacén asigne a mi barco una gabarra. —
Dicho esto, se alejó resueltamente. El viento alborotaba su cabello chocolate y el encaje de los puños. Sakura lo siguió con la mirada hasta la entrada del almacén. Luego volvió lentamente a mirar a Lady Kerberos a quien encontró sollozando, muy afligida. No había podido reprimir por más tiempo el dolor que le causaba la separación. Sakura se abrazó a la mujer y, a través de sus lágrimas, ambas compartieron la pena de una niña sin madre y de una mujer sin hijos. Lord Kerberos se aclaró la garganta y, tras unos instantes, la muchacha se separó.
El anciano le tomó la mano, mirándola a los ojos.
—Estate tranquila, pequeña —la consoló—. Muy pocas separaciones son para siempre. Quién sabe cuándo nuestros caminos volverán a encontrarse y podremos compartir nuestras vidas de nuevo. Cuídate mucho, mi niña. —
Sakura lo abrazó impulsivamente y le dio un beso en la mejilla.
—Por favor ¿vendrás a verme antes de que zarpemos? —rogó.
—No, no debemos, Sakura —respondió el hombre—. Ya hemos forzado la ira de tu marido lo suficiente. Es mejor que nos despidamos aquí. Es posible que dentro de un tiempo nos perdone, pero ahora es mejor dejar las cosas como están. —
Sakura se abrazó a Lady Kerberos de nuevo. —Te echaré de menos —afirmó llorando. La mujer agarró a la muchacha con fuerza.
—Tendrás a tu marido, mi amor, y pronto a un hijo. Tendrás muy poco tiempo para pensar en nosotros. Pero algo me dice que serás mucho más feliz con él de lo que serías si te quedaras aquí. Ahora ve, querida. Ve a buscar a tu enojado esposo. Y Sakura, recuerda que el amor y el odio son dos caras de la misma moneda. —
Sakura oyó cómo su marido hablaba enérgicamente con un marinero. Comprendió que ya había regresado y que la estaba esperando junto a los caballos. Se secó las lágrimas, abrió la puerta y se levantó las faldas del vestido para descender del carruaje. Syaoran se apresuró a ayudarla, cogiéndola por la cintura. Sus ojos se encontraron y, por una vez, el hombre no le dijo nada acerca del llanto de su esposa. La bajó con suavidad. Luego cogió las capas y un fardo con los regalos de Lady Kerberos que su esposo le tendía. Sakura se alejó mientras Syaoran hablaba en voz baja con los Kerberos.
El Clow estaba anclado a unos cien metros del muelle, esperando su turno para ser cargado. Justo delante de la proa del navío, cuatro marineros en un bote remaban en dirección hacia ellos. En la popa, un hombre joven bastante agitado les animaba a que continuaran remando, con frases pintorescas.
Más cerca, en el muelle, el ambiente era un caos de sonidos, olores y colores. Marineros apestosos por la juerga de la noche anterior holgazaneaban junto a prostitutas vulgares y sucias, que se vendían atrevidamente, esperando sacar un poco de dinero o conseguir, por lo menos, el techo y el sustento de esa noche. Las ratas chillaban con estridencia sobre los desperdicios esparcidos en la cuneta y huían despavoridas cuando algún pilluelo las golpeaba con una piedra. Podían oírse las risas agudas de los golfillos harapientos que correteaban por el muelle esquivando la basura y desapareciendo por las callejuelas.
Sakura se estremeció al recordar que había estado dispuesta a dar a luz a un bastardo y a criarlo en esas calles. Al menos ahora el niño viviría bien. ¿Qué importaba que no fuera una esposa amada? Su hijo tendría un padre, aunque fuera un marinero, y un hogar.
La vida de un Capitán de barco se resumía en la escena miserable y mugrienta que tenía ante ella y en el barco que había un poco más allá. Todavía no sabía el lugar que ocuparía en la vida de su marido. De lo único que estaba realmente segura era de que iba a ser la madre de su hijo. Si Syaoran se la llevaba con él en viajes futuros o la dejaba convenientemente en tierra, era una decisión únicamente de él y en la que ella tenía poco o nada que decir. Tendría que enfrentarse a la vida con la cabeza bien alta, aprovechando los pequeños placeres que su marido le permitiera y estándole agradecida. Con el tiempo, tal vez, no le importaría que el amor no hubiera llamado a su puerta.
Sus pensamientos se desvanecieron de golpe cuando su marido le tocó la espalda. Se había acercado a ella sigilosamente, sobresaltándola. Al notar que su cuerpo frágil temblaba, Syaoran le echó su capa por encima.
—Debemos subir al barco —murmuró.
La cogió del brazo y la guio a través de mercancías amontonadas, cuerdas y redes enrolladas. El bote se aproximaba al final del embarcadero. Al llegar al muelle, el hombre joven que iba al frente, saltó a tierra y corrió hacia ellos. Se quitó el gorro y, al ver a Yamazaki, el grumete y sirviente de su marido, Sakura se sobresaltó. El hombre hizo una tosca reverencia y se dirigió a su Capitán.
—Pensábamos que debía regresar ayer, Capitán —comentó el marinero—. Casi lo dimos por perdido. Estuve a punto de coger unos hombres y barrer la ciudad. Nos ha dado un buen susto, Capitán. —Y con una nueva reverencia, se dirigió a la joven—: Hola, Señora. —
—Nos entretuvimos en casa de Lord Kerberos —replicó Syaoran.
Con un gesto de asentimiento y, volviéndose a colocar la gorra sobre sus lacios cabellos, ayudó a su Capitán con las maletas caminando detrás de ellos en dirección al barco. El primero en descender al bote fue Syaoran, que cogió en brazos a Sakura y la depositó junto a él en la proa. Yamazaki le pasó los fardos y el cabo. Luego descendió por la escalera, ocupó su puesto en la popa y asió la caña del timón.
—¡Ánimo, marineros! —gritó enérgico—. ¡Es hora de zarpar! ¡Levad anclas! ¡Remos al agua! Bogad... bogad... bogad. Como no nos demos prisa esta señora se nos va a congelar. Así que, señoritas, remen con fuerza. —
El pequeño bote rodeó la popa de un buque mercante que estaba anclado y prosiguió adelante en dirección al Clow. La brisa sacudió el pequeño faro que iluminaba la embarcación y unas gotas de agua de mar heladas salpicaron el rostro de Sakura, dejándola sin aliento y provocándole un escalofrío. Se arrebujó en los pliegues cálidos de la capa de Syaoran, pero el bienestar duró escasos minutos, pues la combinación de los elementos provocó la aparición de nuevas incomodidades.
La proa del bote rompía las olas, ascendiendo y descendiendo bruscamente entre ellas. La falta de costumbre hizo que el estómago de Sakura se revolviera y, con cada nueva zambullida, aumentaran las náuseas. Lanzó una mirada inquieta a su marido, que estaba sentado de cara al viento, disfrutando de las olas, y se tapó el cuello con las manos.
Si vomito ahora, me odiaré durante toda mi vida, pensó la joven.
Mientras sus manos palidecían, su rostro fue adquiriendo un tono verdoso, como el del mar. Casi había ganado la batalla cuando, próximos al buque, alzó la vista hacia los mástiles enormes que se balanceaban por encima de ella en un movimiento opuesto al que ella sentía, y se le escapó una arcada. Syaoran observó su rostro pálido y angustiado, luchando por controlar las náuseas, y actuó sin dilación. La rodeó con sus brazos, inclinó su cabeza por la borda y dejó que la naturaleza se resolviera en el agua.
Minutos después, la joven sufrió una última sacudida y se enderezó, odiándose a sí misma, avergonzada. No se atrevió a levantar la vista. Syaoran humedeció un pañuelo y se lo colocó sobre la frente.
—¿Te sientes mejor ahora? —inquirió el hombre.
El movimiento había cesado con la embarcación a sotavento del buque. Sakura asintió débilmente mientras Yamazaki arrimaba el bote al casco de la nave.
Syaoran amarró los cabos de proa y el marinero hizo lo mismo con los de popa. Luego el Capitán se encaramó a la escalera y se volvió para llamar a Sakura.
—Vamos, florecilla, te ayudaré a subir a bordo. —
La joven se acercó a él con cuidado y colocó un pie sobre la escalerilla. Syaoran la rodeó con un brazo y la subió a la cubierta del navío, luego volvió a interesarse por el paquebote. Sakura se encontró sobre lo que parecía una contusa maraña de cabos, cables y palos, sobre los que dominaba un mástil enorme que se balanceaba suavemente apuntando al cielo. Las entrañas del barco crujían, chirriaban y gemían casi melódicamente, con un ritmo que encajaba a la perfección con los movimientos de la embarcación, dando la sensación de que estaba vivo. Olía a limpio y a sal. Al contemplarlo, la muchacha se percató de que todos los objetos estaban pulcramente dispuestos; los cabos recogidos, los pernos y cubos almacenados. Una sensación de orden reinaba en todo el buque.
Syaoran regresó a su lado.
—Tendrás que cambiarte el vestido, Sakura —comentó—. Te compré algunas cosas antes de descubrir que habías desaparecido. Están en mi camarote. — Arqueando una ceja burlonamente, añadió—: Supongo que ya conoces el camino. —
La muchacha se ruborizó intensamente y miró indecisa hacia una de las puertas bajo el puente de mando.
—Sí, ya veo que lo conoces —añadió el capitán—. Encontrarás la ropa en mi baúl. Me reuniré contigo dentro de un momento. —
Despedida de esa manera, se alejó en dirección a la puerta. Antes de abrirla, se volvió para echarle una ojeada a su marido, enfrascado en una profunda conversación con Yamazaki; parecía haberse olvidado ya de ella.
El camarote era tal y como lo recordaba, compacto y pequeño, robando el mínimo espacio posible a la carga. Un crepúsculo oscuro marcó el fin del triste día. La estancia estaba iluminada únicamente por una luz brumosa procedente de las ventanillas de popa. Antes de dirigirse hacia el baúl, encendió una vela y dejó la capa de su marido en un colgador próximo a la puerta. Se arrodilló frente al baúl, acarició el cierre y levantó la tapa.
Al hacerlo, exhaló un gemido sobresaltada. El vestido beige yacía allí, cuidadosamente doblado. Los recuerdos la asediaron una vez más. Recordó a William Court y la noche que había pasado en ese mismo camarote.
Sus ojos se posaron en la litera sobre la que había perdido la virginidad. Durante un instante, se quedó pensando en la batalla que había librado en ese lugar, en los besos apasionados de Syaoran sobre su cuerpo y en la derrota final. Se llevó la mano al vientre y su rostro enardeció.
En ese instante Syaoran abrió la puerta. La joven apartó el vestido beige y sacó uno de terciopelo rojo que había debajo. Este poseía un generoso escote y unas mangas largas y ajustadas ribeteadas con encaje blanco en las muñecas. Era un vestido confeccionado para una mujer sin reminiscencias infantiles que pudieran deslucir su simplicidad y belleza.
Mientras Syaoran depositaba el abrigo sobre la litera, Sakura empezó a desabrocharse el vestido con manos temblorosas. Se lo sacó con cuidado y lo dejó en el baúl.
—Hay una posada cerca de aquí —comentó su marido tras ella—. Estarás más cómoda allí. —
Una pequeña arruga cruzó la frente de la joven esposa mientras se volvía para observar a su marido. Este se había desabrochado la camisa y, sentado en su escritorio, estaba absorto en sus libros. Podía deshacerse de ella con la misma facilidad con que lo había hecho al subir a bordo. Incluso hasta podía dejarla abandonada en la posada. No tenía ninguna garantía de que no lo haría y si finalmente lo hacía, se vería abocada a vivir en la miseria.
—Estoy acostumbrada a las incomodidades —replicó la joven con una voz dulce —. Estaré bien aquí. No tienes por qué llevarme a la posada. —
Syaoran alzó la vista.
—Eres muy amable, mi amor —apuntó—. Pero soy yo quien toma las decisiones aquí. La posada es lo que más te conviene. —
Sakura no había pensado en esa posibilidad, en que podía abandonarla en tierra. Se quedó helada.
¿Era ese su destino?, se preguntó desesperada. ¿Ser abandonada en el muelle y parir a manos de una partera acostumbrada a la mugre y a la miseria? ¿Que mi hijo, teniendo un apellido, crezca como un mocoso de la calle? Se volvió sintiendo un escalofrío.
¿No conocía la piedad ese hombre? Si quería que le rogase, con gusto se arrodillaría ante él y le suplicaría por la vida de su hijo. Pero no parecía que deseara eso. Lo había decidido fríamente, sin que las emociones interfirieran. Tenía que irse a una posada.
Se puso el vestido rojo intentando serenarse y se acercó a él. Syaoran la miró con una expresión de incertidumbre. El color intenso del vestido había oscurecido los ojos de la joven hasta convertirlos en verde oscuro y su piel inmaculada brillaba asombrosamente, contrastando de forma espectacular con el tono rojo de la prenda. Sus senos se desplegaban generosos y bellos ante él, el escote apenas cubriendo las aureolas rosadas que coronaban sus cimas.
Sakura se volvió de espaldas terriblemente insegura de la reacción de Syaoran por lo que estaba a punto de pedirle y murmuró suavemente:
—No puedo abrochármelo. —Tenía el estómago revuelto por la creciente consternación—. ¿Te importaría? —inquirió finalmente.
Sintió los dedos de Syaoran en su espalda, bajó la cabeza y esperó, apenas sin respirar, a que terminara. Luego se apartó y le echó un vistazo para comprobar que, una vez más, estaba absorto en sus libros. Pero ahora fruncía el entrecejo sombríamente.
Sakura empezó a moverse con rapidez por el camarote. Recogió la capa del vestido de novia, preparó la ropa que iba a necesitar para ir a la posada y colgó la capa de Syaoran en un perchero en el interior de la taquilla. Mientras lo hacía, espió a Syaoran con el temor de que tanta actividad pudiera irritarlo. Pero al verle, comprendió que era completamente ajeno a ella, pues continuaba estudiando sus libros.
El tiempo transcurrió despacio y en silencio. Solo hubo un momento de relajación, cuando Yamazaki trajo el café y el té. Pero este sirvió a su Capitán con apenas un murmullo y le llevó el té a ella en la galería que había detrás del escritorio. Luego desapareció, dejándola con el suave rumor del barco y el golpeteo sordo de sus latidos.
Eran casi las diez de la noche cuando Syaoran apartó la silla de su escritorio y la miró. Sus ojos descendieron de nuevo hasta los senos de la joven y una arruga volvió a cruzarle la frente.
—Será mejor que te cubras con mi capa para ir a la posada —espetó bruscamente —. No tengo ganas de que un rufián mezquino nos entretenga al llegar a tierra tratando de conseguir un buen precio. —
Sakura se sonrojó y volvió la cabeza. Luego balbuceó una respuesta obediente y se levantó, rozándolo al ir en busca de la prenda.
Poco después estaban en el paquebote esperando a que Yamazaki descendiera. El sirviente dejó caer el fardo de Sakura y un saco de lona en el interior de la embarcación. Luego bajó y ordenó a los marineros que levaran anclas. Una vez en tierra, caminó tras ellos, vigilando que no hubiera ladrones u otro tipo de personaje peligroso.
Llegaron a la posada sin ningún percance. En esta sonaban los acordes de una triste melodía entonada por un marinero bajo y escuálido, pero que tenía la voz de un barítono. Cerca de él, varios hombres bebían cerveza mientras lo escuchaban cautivados por la magia de su voz. El fuego crepitaba en la chimenea y un olor a cerdo asado flotaba en el ambiente, haciendo que a Sakura se le abriera el apetito. Cerró los ojos e intentó no pensar en el hambre que le corroía el estómago.
Syaoran susurró algo a Yamazaki y el sirviente se apresuró a hablar con el posadero. Mientras tanto, Sakura siguió a su marido hasta una mesa en una esquina y se sentó en la silla que este retiró para ella. En pocos minutos les sirvieron la comida, bien aceptada por la joven cuyo estómago pedía alimento a gritos.
Sakura no se percató del interés que había despertado entre los hombres del lugar, ni tampoco de que la capa se le había escurrido, atrayendo la atención de dos hombres de muy mal aspecto, que estaban sentados delante de ella, cuchicheando en voz baja. La atención de la muchacha estaba dividida entre la comida y la canción del marinero.
Syaoran se levantó bruscamente, asustándola, y se acercó a ella para colocarle la capa sobre los hombros.
—Te compré el vestido para mi propio goce, Sakura —apuntó dulcementemirándola a los ojos—. No pretendía que deleitaras a otros hombres con tu busto delicioso. Y tampoco creo que sea una buena idea que lo hagas. Estás excitando a todo el personal. —
Sakura se ajustó la prenda y echó una ojeada con cautela a su alrededor, percatándose de que su esposo estaba en lo cierto. Se había convertido en el centro de atención. Incluso el marinero había dejado de cantar durante unos instantes para contemplarla. Poco tiempo después reanudó la canción.
Cobrizo es el cabello de mi amada,
De una belleza que fascina.
De suaves manos y tierna mirada,
Amo el suelo sobre el que camina.
Amo a mi amada y ella bien lo sabe,
Amo el suelo sobre el que camina.
Si ya en la tierra no estuviese, qué duda cabe, Mi vida se desvanecería.
Sakura vio que su marido estaba irritado por la canción del marinero, pero continuaba comiendo con el tic nervioso que delataba su ira.
Después de cenar, el posadero les mostró la habitación que, momentos antes, había arreglado con Yamazaki. El sirviente les llevó los paquetes y luego se retiró. Durante unos instantes, Sakura creyó que Syaoran se marcharía y no volvería jamás, sin embargo, este se acomodó en una silla sin mostrar prisa alguna. Ante esta nueva situación, del todo inesperada, la joven se acercó a él y le pidió que le desabrochara el vestido. Empezó a desnudarse, ahora con la idea de que Syaoran permanecería en la habitación. Se soltó el cabello y se lo peinó con las manos, pues no disponía de peine o cepillo. Se quitó el vestido y la camisola, sabiéndose observada, y los depositó sobre una silla. A continuación, se puso el camisón que Lady Kerberos le había regalado. Era de una fina batista blanca, con encajes en el pecho y un prominente escote de corte redondo. Una cinta estrecha rodeaba la prenda y la ataba a la altura del busto. Las mangas eran largas y acababan en unos volantes con encaje. Aunque más recatado que la gasa que había llevado en su noche de bodas, había sido confeccionado, al igual que aquella, para excitar a un hombre. Sakura se detuvo un instante frente a la vela. Al verla iluminada por su resplandor, Syaoran blasfemó en voz baja y se dirigió airadamente hacia la puerta. La joven lo miró confundida.
—Volveré dentro de una o dos horas —espetó el hombre abriendo la puerta, contrariado. En cuanto se hubo marchado, Sakura se desplomó sollozando, muy asustada.
Ni siquiera es capaz de decirme la verdad, pensó. Nunca volverá.
Desde ese momento, los minutos se hicieron eternos. Sakura empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, preguntándose qué hacer y adónde ir. No podía regresar a casa de su tía y dejar que su hijo creciera bajo el yugo de esa mujer cruel, ni tampoco a casa de Lord Kerberos. Era demasiado orgullosa para volver a pedirles ayuda. Quizá si la vida era generosa con ella, podría encontrar un trabajo como doncella en la posada. Lo preguntaría mañana; ahora intentaría dormir.
Transcurrió la noche y, aunque Sakura intentó calmar sus temores y apartar sus dudas, no consiguió dormirse. Cuando una de las campanas dio la una, a Sakura le pareció que había pasado una eternidad. Saltó de la cama, se dirigió corriendo a la ventana y la cerró violentamente. Apoyó la cabeza contra el marco y empezó a llorar desconsolada. Oyó cómo un hombre contestaba a otro fuera de la habitación. Su miedo se acrecentó y, al abrirse la puerta, se le heló la sangre. Pero la luz del pasillo iluminó el semblante de Yamazaki y perfiló el cuerpo alto y fornido de su marido.
—¡Has vuelto! —exclamó aliviada.
Syaoran la miró antes de cerrar la puerta y volver a sumergirse en la oscuridad. —¿Por qué no estás en la cama? —inquirió acercándose al lecho a oscuras.
Prendió una vela que había sobre la mesa y le dirigió una mirada
—. ¿Te encuentras mal? —
La muchacha se acercó a él; la luz de la vela iluminando las lágrimas que arrasaban sus ojos.
—Pensé que me habías abandonado —confesó en voz baja—. Pensé que no volvería a verte jamás. —
Syaoran la observó durante unos segundos muy sorprendido, luego le sonrió dulcemente y la atrajo hacia él.
—¿Y estabas asustada? —preguntó.
Sakura asintió con tristeza e intentó reprimir un sollozo que finalmente escapó.
Syaoran apartó tiernamente un mechón de su rostro y la besó en la frente para intentar calmar su nerviosismo.
—Nunca estuviste sola —le aseguró—. Yamazaki ha estado fuera todo este tiempo, protegiéndote. Se acaba de ir a dormir ahora mismo. ¿Pero realmente crees que soy tan sinvergüenza como para dejarte aquí sola, sin protección? —
—No sabía qué pensar —replicó Sakura—. Temía que no fueras a regresar. —
—¡Por Dios! Realmente no tienes muy buena opinión de mí... ni tampoco de ti —observó Syaoran—. Nunca dejaría sola a una dama en un lugar como este, y mucho menos a mi propia esposa embarazada de mi hijo. Pero si te vas a sentir mejor, mientras estés aquí no volveré a dejarte sola otra vez. —
La muchacha lo miró a los ojos y vislumbró en ellos una cálida ternura.
—No hace falta que lo hagas —replicó en voz baja—. No volveré a asustarme. —Syaoran alzó el mentón de su joven esposa.
—Entonces vayámonos a la cama —decidió—. El día ha sido muy largo y estoy muy fatigado.
Sakura se metió en la cama secándose las lágrimas. Se acomodó en el lado próximo a la puerta y observó en silencio cómo Syaoran abría el fardo que Yamazaki había traído junto al de ella. Sus ojos se abrieron de par en par al ver que su marido sacaba la caja de los trabucos con los que, meses antes, había amenazado al joven sirviente. La depositó sobre la cama, sacó las armas y se dispuso a cargarlas.
—¿Esperas algún altercado? —preguntó la muchacha, incorporándose.
Él la miró y esbozó una sonrisa.
—Es simplemente una precaución que tomo cuando las cosas que me rodean no me inspiran confianza —explicó Syaoran—. No tienes de qué preocuparte. Sakura observó con curiosidad cómo su marido cargaba una de las pistolas, recordando la angustia que había sentido al intentar averiguar cómo se hacía y no conseguirlo.
Al ver su interés. Syaoran soltó una carcajada.
—¿Ahora deseas aprender a cargar una de estas? —inquirió el hombre divertido
—. Lo hiciste muy bien sin que estuvieran cargadas. Yamazaki se sintió bastante humillado cuando vio que le habías engañado. El hecho de que un suspiro de feminidad como tú le hubiera hecho temblar de miedo ante un arma descargada, le hirió en lo más profundo de su orgullo. Estuvo insoportable durante bastante tiempo. Igual que yo —añadió bruscamente, recordando cómo había insultado a su hombre de confianza al regresar al Clow y descubrir que la chica había escapado. Y su actitud empeoró al ver que había desaparecido sin dejar rastro.
Syaoran la ayudó a sentarse junto a él, en el borde de la cama.
—Pero ahora no tiene importancia —comentó—. Si quieres aprender a cargar una pistola, te enseñaré. —La miró a los ojos y la previno—: Pero no se te ocurra cometer el error de apuntarme y no disparar. Yo no soy Yamazaki; tendrías que matarme para poder escapar. —Volvió a reír suavemente—. En cuanto a esto, dudo que seas el tipo de persona que mataría a un hombre, así que estaré a salvo. —
Sakura tragó saliva y observó a Syaoran en silencio con los ojos bien abiertos. Sabía que lo que había dicho era cierto. Él no era de esos a quienes se les podía amenazar a la ligera.
Estaban sentados tan juntos que sus cuerpos se tocaban. El muslo de Sakura estaba apoyado en el de él, el brazo apretado contra su costado. Syaoran le rodeaba la espalda con un brazo, apoyando la mano sobre la cama, muy cerca de sus nalgas. La muchacha estaba muy tensa. Bajó la mirada nerviosa y vio que se le había subido el camisón casi hasta las caderas cuando Syaoran la había atraído hacia él. Se apresuró a bajárselo para cubrirse el muslo y las rodillas.
—¿Puedo cargarla? —preguntó, tocando indecisa la pistola que su esposo tenía en las manos.
—Si es lo que deseas —respondió, entregándosela.
El trabuco era muy pesado y estaba hecho para la mano de un hombre. Sintió que le era incómodo. Lo apoyo sobre sus rodillas, cogió el cuerno de la pólvora y levantó el cañón para verter un poco.
—Aléjatela de la cara —ordenó Syaoran.
Sakura obedeció y echó una pequeña cantidad del polvo gris en la boca del arma. Tal como se lo había visto hacer a él, metió un trozo pequeño de papel y lo apretó con la vara hasta el fondo del cañón. Luego envolvió una bola de plomo en un trozo de ropa impregnado de aceite y la introdujo también en el cañón. Ya estaba hecho.
—Aprendes muy rápido —observó Syaoran en voz baja, mientras cogía la pistola y la dejaba junto a la otra sobre la mesa—. Tal vez te conviertas en otra Molly Pitcher. —
Mirándolo, Sakura frunció el entrecejo ligeramente.
—¿Quién es ella, Syaoran? —preguntó con suavidad, sin darse cuenta de que por primera vez le había llamado por su nombre.
Syaoran sonrió y acarició uno de sus lustrosos caireles.
—Era el nombre que se utilizaba para designar a las mujeres que llevaban agua a los soldados americanos que estaban combatiendo —explicó—, y a una mujer en particular que ayudó a aguantar las líneas contra los británicos en Monmouth.
—Pero tú haces negocios con nosotros —replicó Sakura totalmente perpleja—. Navegas hasta aquí y luego comercias con la gente contra la que un día luchaste. —
Syaoran se encogió de hombros.
—Soy un hombre de negocios —argumentó—. Vendo algodón y artículos a los ingleses en busca de beneficios. Ellos me venden lo que mi gente luego me comprará, también para obtener dividendos. Nunca guardo rencor si creo que va a interferir en mis negocios. Además, hago un servicio a mi país llevando cosas que se necesitan y que allí no son fáciles de conseguir. —
—¿Vienes cada año? —inquirió la joven.
—Durante los últimos diez años, sí. Pero esta será la última vez —contestó—. Tengo una plantación de la que hacerme cargo. No puedo descuidarla por más tiempo. Y ahora voy a tener otras responsabilidades. Cuando llegue a casa, venderé el Clow.
Algo sobrecogió el corazón de Sakura. ¿Era posible que acabara de decir que ya no iba a navegar nunca más? ¿Que iba a establecerse y a ser un padre para su hijo? A lo mejor hasta le permitiría desempeñar un papel simbólico en su hogar. Al pensarlo, se enterneció y casi se relajó apoyada en él. Pero la cruda realidad se impuso de nuevo, haciendo desvanecer el sueño.
—¿Yo también viviré en la plantación? —preguntó Sakura temiendo su respuesta.
—Por supuesto —replicó, bastante sorprendido por la pregunta—. ¿Dónde creías que ibas a vivir? —
Sakura se encogió de hombros muy nerviosa.
—No... no lo sabía. Nunca me lo dijiste —respondió.
—Pues ahora ya lo sabes —contestó Syaoran—. Ahora sé una buena chica y acuéstate. Tu charla me ha agotado. —
La joven se recostó viendo al techo, mientras él empezaba a desvestirse. Cuando se hubo desnudado, la empujó hacia el otro lado de la cama.
—Es mejor que yo duerma cerca de la puerta —comentó.
Sakura se cambió rápidamente de lado sin preguntar. Estaba claro que Syaoran esperaba que algo ocurriera esa noche.
Apagó la vela y se acostó junto a ella. Un viejo farol colgaba resplandeciente en el patio. Mecido por la brisa nocturna, proyectaba débiles sombras en el interior de la habitación.
Consternada, Sakura se dio cuenta de que su cabello había quedado atrapado bajo la almohada de su esposo. Esperó a que este la liberara, pero después de un largo rato, se percató de que se había quedado profundamente dormido. Resignada, se dispuso a pasar la noche atrapada. Se sentía segura con Syaoran a su lado y se hundió en la cama, cayendo dormida.
AVANCES PRÓXIMO CAPÍTULO
—Están dormidos. Vamos.
Dos figuras entraron en la oscuridad de la habitación a hurtadillas y cerraron la puerta. Sakura apretó sus mandíbulas mientras veía a los hombres acercarse al lecho sigilosamente y saltar sobresaltados por el crujir del suelo. Oyó un enojado susurro.
—No despiertes al tipo, imbécil, o no podremos raptar a la chica —susurró uno de los intrusos—. ¡Como mínimo, ese si nos mata!
Sakurita 136: Es entendible la actitud odiosa de Syaoran porque el piensa que Sakura obligó al poderoso Lord Kerberos para casarse con él, creyendo que si lo buscaba ella misma sería la mandaría a pelar nabos. Osea, que lo creía un hombre sin honor. Pero sus venganzas son divertidísimas jajaja, y no se pasa de la raya... a ver quien cede primero. Qué al final, tía odiosa o no, Sakura terminó con anillo al dedo jajajaja (Y recuerda que de por sí el ya estaba comprometido) ENTONCES SE VA ARMAR LA GORDA!
Yi-Jie san: Creo que si Sakura hubiera accedido a él antes, definitivamente sólo se habría quedado de querida, aunque bueno, cuando conozcas a la prometida en Estados Unidos que lo espera, verás que "No existen las coincidencias, si no sólo lo inevitable" PUNTO PARA LA TÍA ARPÍA !
Celes483: Jajajajajajajajajaja, yo no me habría hecho la tan difícil, a que no? Pero vamos, Syaoran está sumamente indignado porque lo llevaron con trucos al altar. Un beso gigante! Espero que éste mega capítulo te haya gustado.
Chiwanko: ¿QUIEN CREES QUE SE DE CUENTA PRIMERO QUE DEL AMOR AL ODIO HAY UN PASO? Como bien dijo Lady Kerberos. Po cierto, a la tía la deberían de hervir en aceite. A más de un personaje vas a querer cachetear. Esperemos que Sakurita gane más valentía y confianza, y no se deje mangonear.
Wonder Wrinch: Entre ellos hay una chispa que no se domina, el punto aquí será, ¿Cómo hacer que de esa chispa se haga un fuego?Es innegable que ambos se desean, aunque se den sus encontronazos. Y Syaoran es aún así todo un caballero. Y ella bueno, difícil. Ahora que estarán juntos encerrados meses en el mar, ¿quien sabe? Algo debe de cambiar.
