CAPÍTULO 9:

- Emma, amor, despierta – escuché que me decía Killian en bajito, a la vez que me sacudía suavemente el hombro.

- Mmmm – contesté yo todavía dormida, mientras abría los ojos lentamente y parpadeaba para acostumbrarme a la claridad. - ¿Qué pasa, Killian?

- He quedado con Milah en cuarenta minutos y aún tengo que coger el coche e ir hasta su apartamento, a las afueras de Storybrooke, así que me voy a ir yendo, ¿vale? ¿Seguro que no quieres venir?

- No, no – dije yo rápidamente, frotándome los ojos e incorporándome en la cama. – Pero, si no te importa, dame dos minutos para que me vista y me dejas en mi casa de camino. ¿Puedes?

- Eh, sí, claro…pero…pensé…pensé que te quedarías aquí en casa conmigo.

- Es mejor que vaya a casa, Killian. Además, tengo una llamada perdida de mi representante en Nueva York y tengo que devolvérsela para ver qué ha pasado.

- ¿Representante? Creí que este mes estabas de vacaciones.

- Y lo estoy, pero a principios del mes que viene tengo unas fotos para una campaña publicitaria de ropa interior muy importante y es posible que haya pasado algo. Vete tú a saber. Tengo que llamar a August y preguntarle si sabe algo.

- ¿Ropa interior? ¿August? – preguntó Killian frunciendo el ceño.

- Sí, Killian, ropa interior. Soy modelo, ¿recuerdas? Pues a veces las campañas son de ropa interior, como ésta. Y August es un gran amigo fotógrafo que me ayudó mucho a ir metiéndome en este mundillo y que ahora es mi representante.

Killian no parecía muy convencido con la respuesta, pero tenía que acostumbrarse. Era mi trabajo y me había costado mucho llegar a donde estoy. No estaba dispuesta a renunciar a ello.

Me vestí rápidamente y me hice un moño en lo alto de mi cabeza:

- Estoy lista. Ya podemos irnos – le dije dándole un breve beso en los labios.

Salimos de su apartamento y bajamos hasta el garaje a coger el coche. Killian me agarró la mano durante todo el trayecto. Pusimos rumbo hacia mi casa e hicimos el viaje en silencio. Cuando llegamos, paró un momento y me miró:

- Te llamo cuando acabe en casa de Milah y podemos hacer algún plan. ¿Te apetece? – me preguntó esperanzado, como con miedo de que dijese que no.

- Claro, me apetece – le contesté con una sonrisa. – Bueno, hablamos después. Suerte, supongo.

Me quedé un rato en mi portal viendo como su coche se alejaba. No podía evitar estar nerviosa. Necesitaba distraerme con algo y el trabajo era la excusa perfecta en este momento. Entré rápido en casa y enseguida me di cuenta de que no había nadie, David y Mary Margaret debían de haber salido a dar una vuelta o a hacer algún recado.

Subí las escaleras hasta mi cuarto y llamé a August:

- ¡Hola, preciosa! ¡Al fin doy contactado contigo!

- Lo siento, August. Tenía el móvil en silencio y no escuché tus llamadas. ¿Qué ha pasado? ¿Hay fuego en algún sitio?

La firma de lencería ha adelantado la fecha para la sesión de fotos. Me llamaron ayer para comunicármelo.

- ¿La han adelantado? ¿Para cuándo? Joder, August, estoy en mi casa de vacaciones.

- Para dentro de dos días, así que tienes que coger un avión mañana a la noche. Lo siento, Emma, pero no hay nada que yo pueda hacer para evitarlo. Sabes que estas fotos son muy importantes para tu carrera, podrían abrirte el camino hacia alguno de los grandes desfiles de la marca.

- Lo sé, August. Perdona por gritarte, tú no tienes la culpa. Bueno, pues supongo que no me queda otra. Allí estaré. ¿Puedes llamar a la agencia para cambiarme los vuelos y comprar un billete a mayores?

- ¿Otro billete? ¿Te traes a una amiga contigo?

- Más bien un amigo, August. Y no sé si querrá venir, pero al menos se lo voy a proponer. A mí me gustaría que viniese, así que, ¿puedes hacerme el favor de comprar el billete? – le pedí.

- Considéralo hecho, Ems. Te mandaré un e-mail con todos los detalles cuando esté hecho, ¿te parece bien? Y tenemos una conversación pendiente, quiero enterarme de quien es este "amigo".

- Perfecto, August. Te veo en dos semanas. Llámame si necesitas algo más. Estaré pendiente del móvil. Y sí, tranquilo, hablaremos.

Colgué el teléfono, maldiciendo mi suerte. Para un mes que podía estar tranquila en casa y me adelantaban una sesión de fotos que pensé que no tendría hasta el mes que viene. Tenía la esperanza de que al menos Killian me acompañase. Podríamos quedarnos unos días en Nueva York y tomárnoslo como un viaje de pareja. Pero, ¿y si no quería venir? Tenía miedo de que se lo tomase como si estuviese escapando otra vez de aquí, cuando esta vez no era así para nada. Era trabajo. Punto.

Una vez acabé de contestar todos los e-mails que tenía pendientes y me pegué una buena ducha caliente, me tiré en mi cama y miré hacia el techo. Ya hacía más de hora y media desde que Killian se había marchado a hablar con Milah y aún no había llamado. No es que desconfiara de él, no lo hacía. Pero, el mal presentimiento que se asentara en mi estómago desde esta mañana, seguía dentro de mí y hacía que estuviese muy nerviosa. Me vestí y me arreglé, ya que supuestamente íbamos a ir a cenar o a tomar algo en cuanto Killian llegase. Cuando ya casi habían pasado dos horas, mi móvil por fin sonó y vi en la pantalla que era él:

- ¡Hola! ¿Estás ya listo?

- Eh, sí, más o menos. Te paso a buscar y hablamos, ¿vale?- me dijo con una voz muy seria.

- Claro, ¿todo bien? – pregunté con voz temblorosa.

- Estoy llegando a tu casa. Ahora te veo.

No me dio tiempo a responderle. Me colgó el teléfono. Si antes de esta conversación ya estaba inquieta, no os digo cómo estaba ahora. Estaba frenética, el corazón me latía tan deprisa que tuve miedo de que se me escapase por la boca. Las manos me temblaban. Respiré hondo y cogí mis cosas, bajando hasta la entrada de mi casa a esperar a que Killian llegase con el coche. Ni bien pasados tres o cuatro minutos llegó y se paró a recogerme. Subí al coche y lo miré. Estaba pálido y noté como agarraba el volante muy fuerte para evitar que las manos le temblaran.

- Killian, ¿estás bien? – pregunté.

Se giró hacia mí, dedicándome una sonrisa que no le llegaba a los ojos:

- Vamos a casa, Swan. Tenemos que hablar – me dijo agarrándome la mano.

No pude evitarlo, tiré rápidamente de mi mano para soltarme y le dije:

- Me estás asustando. ¿Qué pasa, Killian?

- Aquí no, Emma. Deja que lleguemos a casa.

- ¡Joder, Killian! Dime qué pasa… - grité yo, al borde ya de la histeria.

No me contestó y siguió el camino hacia su casa. Cuando por fin llegamos, entramos en su apartamento y se dejó caer en el sofá abatido. Se pasó las manos por el pelo y apoyo su cabeza en ellas. Después me miró, mientras daba unos golpecitos a su lado en el sofá:

- Siéntate, amor.

- Estoy bien de pie, gracias – dije yo. - ¿Vas a decirme qué ha pasado?

- He hablado con Milah y las cosas no han ido como yo pensaba – me dijo muy serio mirándome a la cara.

- ¿Ves? Lo sabía. ¿Habéis vuelto juntos?

En cuanto escuchó esas palabras, se puso rojo de rabia y apretó la mandíbula:

- ¿Qué tengo que hacer para que me creas, Emma? Yo no quiero estar con Milah. Pero las cosas se han complicado.

- ¿Qué puede haber pasado, Killian, para que estés así? Si no has vuelto con ella, ¿qué es lo que ha complicado las cosas? No entiendo nada – dije gesticulando con mis manos.

- Swan, ven aquí, por favor - repitió señalando el sofá.

- ¡Habla ya, por favor! – grité con lágrimas en los ojos.

Me miró y pude ver que él también estaba a punto de echarse a llorar.

- Milah está embarazada, Emma. Y me lo acaba de decir ahora. Te juro que yo no sabía nada.

Me quedé en silencio y totalmente quieta, yo creo que en ese momento incluso dejé de respirar. No podía creer lo que estaba oyendo.

- ¿Embarazada? – pregunté con un hilito de voz.

- Sí, embarazada – contestó él, frotándose los ojos.

Yo no podía reaccionar. Estaba como en shock.

- Emma, amor, por favor, di algo – me suplicó Killian

- ¿Qué quieres que diga? – susurré yo. – No sé qué decir.

- Swan, esto no cambia lo que siento por ti… - comenzó él

- ¡Por supuesto que cambia las cosas, Killian!¡Lo cambia todo! – grité yo, exasperada. - Por el amor de Dios, ¡vas a ser padre! ¿Me puedes decir dónde demonios encajo yo?

- Encajas conmigo, Swan. Yo te quiero. Quiero estar contigo. Voy a ser padre, sí, y quiero ser parte de la vida de este bebé, pero también quiero ser parte de la tuya, Emma.

- Yo también te quiero, pero esto…esto es demasiado, Killian. Necesito tiempo.

- Tenemos tiempo, Swan. Encontraremos la forma de que las cosas salgan bien- me contestó a la vez que se levantaba y se ponía enfrente de mí y me agarraba por la cintura. – Nos queremos, Swan, eso es lo más importante. Vamos a salir adelante.

- No sé, Killian…a veces con quererse no es suficiente – dije muy bajito.

Dejé que me abrazara, pero internamente no estaba segura de si podría seguir con esto hacia adelante. Yo quería estar con Killian, era lo que más quería en el mundo, pero todo este tema del bebé y de Milah me había pillado totalmente por sorpresa. En ese momento mi teléfono sonó. Lo saqué rápidamente del bolso y contesté, ante la atenta mirada de Killian:

- ¿Hola? Ah, ¡hola August! Sí, perdona, es que no me dio tiempo a mirar el identificador de la llamada.

- Ya tengo los billetes. Mañana a las 21:30 sale el avión. Te mando los billetes por correo electrónico para que los imprimas, ¿vale?

- Sí, perfecto, mándame los billetes y ya me encargo yo del resto. Gracias, August.

Ni dos segundos después de colgar el teléfono, escuché como Killian me preguntaba:

- ¿Billetes? ¿Vas a algún sitio?

- Eh, sí, a Nueva York. La sesión de fotos de la que te hablé ha sido adelantada y tengo que marcharme mañana.

- ¿Mañana? Pensé que estarías aquí todo el mes – contestó él, frunciendo el ceño.

- Yo también, Killian, pero ha surgido de imprevisto. Había comprado un billete para ti por si me querías acompañar, pero entiendo si no puedes venir. Tienes que estar con Milah.

Me miró sin saber que decir.

- ¿Ves a lo que me refería cuando te pregunté dónde encajaba yo, Killian? Ésta es mi vida. Cojo vuelos de un lado para otro para trabajar, a veces de forma repentina y no siempre voy a poder estar en casa. Y tú ahora estás atado de por vida a Milah y a Storybrooke. ¿Cómo va a funcionar? – le pregunté yo entre sollozos.

- Te estás rindiendo antes de intentarlo, Emma – me contestó él, que a estas alturas también tenía lágrimas resbalándole por la cara. – No me dejes otra vez. Te necesito.

- No te estoy dejando, Killian. Sólo estoy tratando de que seamos realistas y abramos los ojos.

- Sé que va a ser complicado, Swan, pero ¿acaso no vale la pena intentarlo? – me preguntó mientras me acariciaba la mejilla.

Siguió acariciándome la cara, hasta que poco a poco se acercó a mí, tocando mi nariz con la suya y apoyando su frente con la mía, hasta que por fin, me besó. Yo me entregué por completo al beso, pasándole los brazos alrededor de la cintura, abrazándolo fuerte, como si tuviese miedo de que si lo soltaba, se desvanecería. Después de unos minutos así, Killian interrumpió el beso y tras darme un beso en el lateral de mi cuello, apoyó ahí su cabeza, agarrándome fuerte entre sus brazos.

- Prepararé la cena y veremos una película antes de dormir, si quieres, ¿vale? – dijo dándome un beso en la frente.

- Sí, cenemos algo. Pero hoy no me voy a quedar a pasar la noche, Killian – le dije

Él, que ya estaba de camino a la cocina, se paró en el sitio y se giró:

- ¿Por qué? – me preguntó. Le noté en la cara que estaba preocupado.

- Porque mañana viajo y tengo que hacer la maleta y preparar todo.

- El avión sale a las 21:30. Puedes dormir aquí y yo mañana te llevo a casa – sugirió él, mirándome con ojos suplicantes.

Estaba tratando de poner algo de distancia entre nosotros, para que ambos pudiésemos pensar sin sentirnos presionados por el otro. Pero al ver la cara que Killian me ponía, no pude negarme.

- Bueno, está bien, me quedaré, pero tengo que estar en casa temprano para prepararlo todo, ¿vale?

- Por supuesto, Swan, lo prometo – contestó él, visiblemente aliviado y con una sonrisa de oreja a oreja.

Nos dirigimos hacia la cocina y comenzamos a preparar en silencio la cena. Nos decidimos por algo sencillo, para no complicarnos mucho, así que preparamos unas ensaladas y unos sándwiches de pavo y nos dirigimos a la mesa para comer.

- ¿De cuánto tiempo está embarazada? – pregunté yo.

- De unas once semanas. Parece ser que llevaba un tiempo sospechando, pero no me dijo nada.

- ¿Ha ido ya al médico? ¿Cuándo tenéis la ecografía?

- Ya se la ha hecho ella sola antes de decirme nada para estar segura, así que hasta dentro de un tiempo no tenemos la siguiente.

- ¿Le has dicho que estamos juntos?

- Claro, Swan. Lo primero que le he querido dejar claro es que la situación entre nosotros no iba a cambiar. Me voy a hacer cargo del bebé y lo voy a cuidar y a querer. Es mi hijo y me voy a comportar como tal. Pero no voy a estar con Milah sólo porque vayamos a tener un bebé en común. No es justo ni para ella, ni para mí, ni para el niño. Ni tampoco para ti, Swan – dijo, acariciándome el dorso de la mano.

- Vale – contesté yo.

- ¿Vale?

- Sí, vale, eso he dicho. Intentémoslo. No te prometo que vaya a ser fácil, ya sabes cómo soy, y va a haber momentos difíciles. Pero, yo…yo no quiero terminar las cosas contigo, Killian. No ahora que estamos así de bien y que por fin vuelvo a estar ilusionada.

- ¿Hablas en serio? Porque hasta hace un rato estaba convencido de que en cuanto cogieses el avión mañana no ibas a volver – me dijo él con la voz temblorosa, mientras se rascaba detrás de la oreja.

- Muy en serio – le contesté yo muy segura. – Mañana tengo que ir a Nueva York, pero en cuanto acabe la sesión de fotos, volveré. Por supuesto, si quieres venir, eres bienvenido. Tengo un apartamento muy bonito en Manhattan que estoy segura de que te iba a encantar – le dije sonriéndole tímidamente, con la esperanza de que me dijese que sí.

- Tengo que hablar con Milah y ver que esté bien, pero….sería una pena que mi billete se echase a perder, ¿no? – me contestó guiñándome un ojo. – Además, no me gustaría dejar pasar la oportunidad de ver a mi novia posando sexy en ropa interior.

- Ya que sacas ese tema, te diré que las fotos las hago con un chico, otro modelo. Para que te vayas hacienda a la idea y no te pille desprevenido.

- ¿Otro chico? ¿Quién?

- No estoy muy segura, pero creo que al final han cogido a un actor escocés muy famoso últimamente porque sale en una serie de época, o algo así. No tienes de que preocuparte, Killy, serán un par de fotos sugerentes y nada más.

- No me llames Killy – me contestó él, tirándome suavemente del pelo de forma juguetona. - ¿Cómo de sugerentes? – preguntó ya en un tono más serio. – Por cierto, Swan, ¿Cuántas veces tengo que decirte que los que somos sexys y de fiar somos los irlandeses? No los escoceses, los irlandeses. Repite conmigo.

- ¡Qué tonto eres! – le dije dándole una palmadita en la cara. - No tengo ni idea de cómo serán las fotos todavía. Lo veremos una vez allí. Tú primero habla con Milah y mira que esté todo bien para poderte venir.

Una vez terminamos de cenar, nos fuimos al sofá a ver una película y el tema de la inminente paternidad de Killian no volvió a salir. Sin embargo, yo sabía perfectamente que él estaba pensando en eso, igual que yo lo estaba haciendo también. Dios, estaba aterrada. Por un lado, sabía que Killian estaba haciendo lo correcto y estaba orgullosa de él. Además, no tenía ninguna duda de que iba a ser un padre maravilloso, el mejor. Pero, por otro lado, había algo que no me terminaba de cuadrar, aunque todavía no sabía el qué. En fin, serían cosas mías. Lo que estaba claro era que estábamos viviendo una situación complicada que iba a poner a prueba nuestra relación y que por primera vez en mucho tiempo, yo estaba dispuesta a dejarme llevar, pelear con uñas y dientes por lo nuestro e intentar que las cosas saliesen bien. No quería arriesgarme a perder a Killian otra vez por un impulso.

Poco a poco, me fui relajando en los brazos de Killian, hasta casi quedarme dormida. Killian, que también notó que estaba a punto de caer rendida, me despertó suavemente y me dijo:

- Vámonos a la cama, amor. Se te están cerrando los ojos.

Fuimos hacia nuestra habitación y nos desvestimos, quedándonos en ropa interior, sin molestarnos en ponernos un pijama. Instantáneamente, Killian pasó un brazo por mi cintura, de forma que su pecho estaba contra mi espalda y comenzó a acariciarme suavemente la barriga. Cerré los ojos y disfruté del momento. Al poco, escuché a Killian, que me decía:

- Gracias por no huir de mi otra vez, Swan.

Dicho eso, enterró su cabeza en mi pelo y cerró los ojos también, quedándose dormido casi al momento. Mañana, con un poco de suerte, nos iríamos a Nueva York y tendríamos unos días para nosotros, para coger fuerza y volver renovados para enfrentar esta situación. Juntos.