Don't ask me that
Ya entrada la noche, Aramis cabalgaba desde el Louvre de vuelta al cuartel de los mosqueteros. Llevaba una manzana a medio devorar en la mano, cortesía de Constance, que no le había visto probar bocado en toda aquella jornada de trabajo en el palacio, y una sonrisa en los labios que no aventuraba nada bueno.
Al llegar, dejó su montura en las caballerizas, y se dirigió hacia el lugar donde, a juzgar por la hora, sus amigos debían estar terminando de cenar.
Allí vio que a la mesa tan solo quedaban un par de compañeros, además de sus inseparables D'Artagnan, Porthos y Athos; aunque este último estaba de pie, junto a la mesa, apoyado en un poste y con una botella en la mano. Al encontrarles juntos, Aramis extendió su sonrisa, y se acercó raudo hasta ellos.
- ¡Muy buenas noches, camaradas!
- ¿A qué viene tanta alegría? No será por lo que no tiene preparado Athos para la próxima semana… Al parecer tenemos que encargarnos de seleccionar nuevos cadetes para su ingreso al cuerpo de mosqueteros. – le respondió Porthos hastiado. – Un día entero viendo críos jugando con palos…
- Ya os he dicho que Treville quiere que seáis vosotros tres los encargados porque confía en vuestro ojo para seleccionar a los que más merezca la pena entrenar. - Athos arecía aún más hastiado que su amigo.
- Tú eres el capitán, ¿por qué no ha elegido Treville tus ojos para esto? – parecía que a D'Artagnan tampoco le hacía demasiada gracia perder toda una jornada en aquella empresa.
- Creo que nuestro capitán estará muy ocupado en el Louvre cuando le cuente las nuevas que traigo del palacio.
- ¿A qué te refieres? – preguntó el aludido, con cierto matiz de preocupación, pese al tono divertido con que Aramis había hablado.
- Traigo noticias, mon, ami, directamente de la reina… - Athos alzó una ceja, y, al darse cuenta de que no estaban los cuatro solos, Aramis añadió – y Constance.
- ¿Le ocurre algo a Constance? – esta vez fue D'Artagnan quien se mostró preocupado por su esposa.
- Al contrario, ambas están encantadas. Veréis, estaba haciendo mi guardia, cuando Constance ha venido a comunicarme que la reina me había mandado llamar. – en este momento se produjo un cruce de miradas sugerentes entre Athos y Aramis, que duró los segundos que este tardó en proseguir su relato. – Al llegar al salón, su majestad me dijo que mañana necesitaba que las escoltara a ambas en un corto viaje que tenían que hacer a un pueblo a unas cuantas horas hacia sur.
- ¿Solos?
- ¡Dejadme continuar! Bien, la excursión no es, como podéis pensar, un paseo de placer. Su majestad ha decidido ir a visitar a una vieja amiga a ese lugar, y lleva a Constance para juntas convencerla de que, ahora que el Cardenal y Richelieu están en manos del Creador, vuelva a París y se una a su séquito de damas de compañía. Una amiga a la que todos tuvimos el placer de conocer y a la que, me apostaría un par de dedos de la mano, Athos se alegrará muchísimo de ver.
Sin decir más, todos supieron a quién se refería Aramis. Pero la reacción de sus amigos no fue la que él, todo un romántico, esperaba.
-Tienes dos días de permiso para ese viaje. Procura no retrasarte y que ni a su majestad ni a Constance les pase nada malo. Si necesitas refuerzos Porthos puede ir contigo, pero volved antes de dos días, os necesito a los tres para la elección de los nuevos cadetes.
Y sin mediar más palabra, dio un último trago a la botella, la dejó, ya vacía, sobre la mesa, y se dirigió hacia sus aposentos. Aramis, sin entender nada, miró a sus otros dos amigos, y acto seguido salió dando zancadas detrás de Athos.
- ¡Eh! ¿Qué te pasa? ¡Pensaba que te alegrarías de la vuelta de la contesse de Larroque! – Athos no le respondió nada. - ¿No fuiste tú el que se puso de rodillas delante de Richelieu para suplicar por su vida, quien la salvó de una terrible muerte? ¿O es que la breve incursión de Milady de Winter de hace unos meses ha hecho que la olvides?
- No me preguntes eso…
- ¿Por qué no? – Athos estaba de espaldas a la puerta, de modo que Aramis entró a la estancia, y cerró la puerta a miradas y oídos indiscretos.
- ¡Porque no tienes ni idea! – tras unos segundos de silencio, añadió – Anne…Milady, me dijo que me fuera con ella a Londres. Que dejáramos juntos Paris, y con ello nuestros pasados, y empezáramos de nuevo en Inglaterra. Y fui, Aramis. El día de la boda de D'Artagnan, salí corriendo cuando Treville me dijo que me quería como nuevo capitán. Fui a buscarla, pero ya se había ido.
- ¿Querías marcharte, a Inglaterra? ¿Desertar sin decirnos nada? - Aramis parecía muy dolido ante la sugerencia.
- ¡No sé lo que quería! No sé si fui a despedirme de ella, a rogarle que no se fuera, a embarcarme hacia Londres, ¡no lo sé! Solo sé que tuve ante mí la posibilidad de una vida diferente, sin mis demonios de estos años atrás, y que esta se esfumó igual de rápido que apareció; igual que cuando Ninon se cruzó en mi camino. Durante un segundo mi vida pareció tener más luz, porque ella había aparecido. Pero un segundo después Richelieu la estaba quemando en una hoguera y dos segundos después estaba viva, pero la habían desterrado de París.
Aramis no se esperaba aquella ráfaga de confesiones por parte de su amigo. Tal vez el vaso de los secretos había rebosado, y él estaba allí para recogerlo.
- Y ahora me dices que vuelve a París, y mi tortura continúa. Estoy harto de que cada vez que parece que algo bueno va a pasarme, todo se convierta en cenizas en mi boca. Porque algo pasará, seguro, y en lugar de sentirme dichoso por su vuelta tan solo puedo pensar en qué fechoría tiene preparado el destino para volver a quitarme la esperanza de vivir algo mejor y mantenerme en mi agonía.
- Esta vez no será así, te lo aseguro. – Athos resopló, irónico.
- Y, ¿cómo estás tan seguro?
- Porque, primero, ella va a contar con la protección de la reina y, por tanto, de todo el cuerpo de mosqueteros. Y segundo porque, por mucho que te empeñes en alejarnos, tus amigos vamos a estar a tu lado.
