No salía de mi asombro y la presión sobre el centro de mi pecho era punzante, desgarradora, mortal. El mundo se me caía pedazo por pedazo, despintándose de sus colores volviéndose de un horrible gris y negro. Corrí al escritorio y de un golpe tiré todo por la borda. Sheva quería acercarse pero temía que algún objeto la golpeara o que yo reaccionara violentamente con ella. La foto de Claire, la miré unos segundos, contemplándola antes de que la arrojara contra la pared. Partiendo en pedazos tanto el marco como el cristal que la cubría. Me odié, realmente me odiaba. No podía evitar que algunas lágrimas impotentes se resbalen por mis ojos. Yo causé todo, yo arruino todo. El problema de todo esto siempre fui yo. Cesé de rodillas al suelo, ahora lo golpeaba hasta que los nudillos sangraran. Maldecí todo lo que pude. Mi vida, mis errores, todo, incluyéndolo.

—Tranquilo, Chris—musitó la morena apoyando su mano sobre mi hombro. Por inercia lo evadí con un manotazo.

—No me toqués. Te lo pido de buena manera, no vaya a ser que te lastime a vos también—respondí viéndola de reojo por encima de mi hombro con ojos de sangre. Me reincorporé y volví a mi escritorio. Ella me siguió ignorando la advertencia.

—¿Qué demonios ha pasado? ¿Puedo saber?—inquirió apoyándose en el borde del escritorio con ambas manos.

—Eso no te incumbe—contesté perdido.

—Sí, se me incumbe así que voy a estar esperando que me lo digas—insistió.

—¡Que no te incumbe, maldita idiota!—grité hastiado. Me había puesto de pie, mostrándome superior a ella en todos los aspectos. De rango, altura, carácter. Todo. No dijo nada, sólo bajó la mirada a sus botas de cuero.

—Entiendo...—volteó y enderezó su camino hacia la puerta.

Yo me empujé con las manos usando el escritorio como punto de apoyo, haciendo la silla hacia atrás para correr hacia ella y abrazarla por la cintura. Hice tanta fuerza como para sentirla lo más cercana a mí, con mi rostro sobre su hombro. Envuelta en un abrazo egoísta y posesivo. Sin darle salida por ningún lado. Presa de mí, atada a mí como quería en ese momento.

—No, Sheva. No te vayas…se me alteró el humor. Perdón…—murmuré cercano a su oído. Rozándolo con el áspero de mis labios logrando un intenso gemir de su parte. Sonreí entonces.

—Si te pregunté es porque me interesa tu situación y quería ver si podría hacer algo para animarte—exclamó revoltosa entre mis brazos. Oculté mi rostro en su cuello, acariciando su suave piel con mi carrasposa barba.

—Lo que pasó es que Piers no aceptó el que yo lo haya rechazado—expliqué. Acariciando en círculos su abdomen—Es que mi corazón está siendo robado últimamente.

—¿Por quién?—inquirió ella volteando a verme.

—¿Eso también te interesa?—impuse enarcando una ceja y la mirada fijamente perdida en la suya.

Asintió a la espera de una respuesta. Yo dudé unos instantes al responder.

—Es joven—divagué separándome de ella para comenzar a caminar alrededor de mi escritorio a la vez que estaba haciendo ademanes con la mano—De cabello oscuro, de castaños ojos y voluptuoso cuerpo. Podría decirse que es la manzana de Adán y Eva y yo estoy dispuesto a probar de ella—añadí con una sonrisa cerrada pero de extensa longitud.

Ella se cruzó de brazos torciendo el gesto con disgusto. Aquella descripción de poesía barata no le cayó en buena gracia.

—¿Acaso te desagrada la descripción?—inquirí sentándome al borde de mi escritorio. Ella negó meciendo su cabeza de lado a lado.

—No, para nada. Es bastante poética y gráfica—respondió ella mirando hacia abajo. Viendo cómo movía sus pies parados en su talón.

—Al menos tengo algo de poeta—añadí con una sonrisa burlona.

—Podría decirse que sí—contestó con simplicidad.

—¿Vos creés que debí haberme dedicado a ser poeta? En este momento escribiría poesías—miraba mis dedos y luego volví a ella para encontrarme con unos ojos incrédulos. Ingenuos de joven, frescura de los treinta años acompañados de una sonrisa divertida y una nueva carcajada a mi colección.

—Tal vez—volvió a contestar simple—Supongo que debe ser una chica, ¿o estoy equivocada?

Me sonreí hacia un lado.

—No, estás en el camino correcto. Como siempre.

Ella frunció los labios como si pensara, torciendo su silueta hacia la izquierda y mirándome de reojo por el rabillo de sus soles oscuros.

—Creo saber quién es—concluyó convencida.

—Quiero escucharte—contesté ladeando mi cabeza hacia un lado, observando con cuidado cada movimiento de su cuerpo y la gesticulación apurada de sus labios.

—Es Jessica.

Torcí el gesto molesto, aquel nombre era una aberración para mis oídos. Me levanté dispuesto a responderle con la verdad.

—No, no es ella—aclaré negando varias veces con mi cabeza y sacudiendo mis manos—Ella sería la última persona a la que accedería para tener algo serio.

—La primera en tu lista sería Piers, ¿no?—inquirió con veneno. Yo quedé perplejo y los ojos como platos sin poder pensar en una respuesta para ella.

—¿Qué te hace creer eso?

—Pues, la amistad tan íntima que llevan ambos y la manera de mirarse a veces—soltó recargando la espalda sobre la pared continua a la puerta.

—Piers también sería la última persona en mi lista—aclaré severo.

—No se nota mucho.

—Trato de disimularlo para no herirlo—evadí.

«O al menos eso intento…»

—Es entendible—concluyó dando media vuelta y enfocada a la puerta, continuó—Tengo trabajo.

Luego la cruzó curvando hacia la rama donde se situaba su oficina. Yo miré fijo al rastro invisible de su cuerpo, perdido en él. Trayendo de nuevo aquella frase.

"Piers también sería la última persona en mi lista"

«No creo que así sea» pensé. «Creo que sólo me hago daño a mí mismo»

Recordé que Piers yacía internado en la enfermería y el horario de visita estaba por terminar. Sobre la mesa, algunas rosas que logré rescatar de la basura cuando él me rechazó. Seguían robustas y brillantes, de un color rojizo fascinante. Tomé una de esas hojas de bloc y en ella escribí con la mejor caligrafía que pude en ese momento.

"Mejorate. Te dejo estas rosas"

Y abajo, justo al pie del papel, mi nombre.

«Esto es lo más estúpido que he hecho en la vida» fruncí mi entrecejo al releer la nota y percibir un sentimiento incómodo al finalizar.

Todo sea por él finalicé.

Tomé las rosas, la nota y fui adonde Piers. Crucé los extensos pasillos, topándome con algunos soldados en el camino quienes querían platicar a lo que me negué cada momento. Tal vez en otra ocasión. Así hasta que por fin di con la enfermería.

Apenas puse un pie dentro del lugar, las enfermeras me habían identificado sin siquiera hacer uso de mi identificador. Enseguida me llevaron con él sin habérselo pedido antes sin embargo agradecía a todo momento su atención. Me guiaron entre blancas paredes y cortinas con aroma como cuando uno dice "olor a hospital". Al llegar a una pequeña sala recubierta por una cortina, pasaron ellas primero luego me dieron el paso a mí.

—Ya está estable—me comentó una de ellas mirando al joven con una sonrisa a la vez que acariciaba su frente.

—Pero aún no está bien del todo como para volver al trabajo—añadió la otra a la cual miré por instinto ladeando levemente la cabeza, observando a Piers en pequeños intervalos de tiempo.

—¿Es tu pareja?—inquirió la primera que habló—Digo por las rosas.

«Ojalá así fuese, pero no puedo darme ese gusto. No pienso serle infiel a mi esposa porque sé que le destrozaría el corazón. Yo soy hombre fiel…hasta cierto punto»

—¿Eh? Oh, no, no somos nada de eso—las mujeres agacharon la cabeza como con decepción. Tal vez hayan notado el comportamiento de Piers para conmigo y pensaron en esa diminuta posibilidad— Sólo que es un soldado apreciado y entonces pensé en traerle esto. Yo le debo mucho a este chico.

«La vida» completé en mi mente lo que me hizo sonreír amplio.

Las mujeres asintieron diciéndome que dejarían mi espacio con él. Corrieron al cortina y pasaron de a una siendo la última en devolverla a su lugar. En la mesita de al lado de la camilla había un pequeño florero de vidrio ondulado. Caminé hasta allí sosteniendo tímidamente las rosas entre manos. Las deposité ahí con cuidado, comprobando que el agua le llegaba al tallo de la flor. Luego tomé la nota, la releí una última vez y la coloqué sobre la mesita. Me devolví a mi anterior posición para sentarme en la silla pegada a la camilla. La arrastré provocando un irritante sonido y dispuse a sentarme.

Observaba su respiración normal. Su pecho hinchando y deshinchándose. Tenía miles de cables a su alrededor. Un respirador nasal y varios parches sobre su pecho desnudo pertenecientes al electrocardiograma el cual daba un claro informe de los latidos de su corazón.

Respiré hondo, aguantando unos pocos segundos y lo exhalé todo suavemente. El impacto de aquella escena terminaba por deshacerme a un ritmo lento y torturador. Alcé mi mano y la guie hacia la de Piers. La tomé entre mis dedos, acariciando dulcemente su dorso con mi pulgar. Se le notaba tranquilo, en paz consigo mismo sin embargo su rostro estaba inexpresivo incluso parecía frío, casi simulaba ser un cadáver.

Quise hablar pero el nudo de la garganta apretaba firme y seco. Disfrutaba mi sufrimiento al poder decirle todo y, a la vez, nada.

—Todo esto fue por mi culpa, ¿verdad?—dejé salir en un exhalo apagado, como si el aire me faltase—No debiste hacerlo, Piers. No debiste, ¿cómo te atrevés? Ahora sé lo que se siente el ver sufrir a una persona que quieres y todo por culpa de uno mismo…—recosté mi frente sobre el costado derecho de su torso, apretando con fuerza los párpados para no llorar—…te debo miles de cosas, Piers. Miles. Y todavía no sé cómo pagártelas. Te prometo que cuando salgas de acá…voy a ser distinto, te lo prometo.

Me levanté y me acerqué a sus labios, deposité un beso casto, afligido y doloroso sobre el frío de sus carnes. Estaban heladas como la nieve misma y tan áspera como una lija. Me reincorporé, respiré hondo tragándome los sollozos efusivos en mi pecho y las lágrimas de mis mejillas las borré con el dorso de mi mano.

Lo contemplé por varios minutos, fotografiando el momento en mi mente para luego arrepentirme de todo lo que he hecho en esta vida. Lo que le hice y lo que hago ahora. Él no merece sufrir. Él no merece aguantar toda mi mierda por ser un bastardo.

Él merece afecto y cuidados. Y yo pienso dárselos como corresponden. Sin esperar nada a cambio y a paso lento. Sin apuros es más seguro.

—Mañana voy a volver, Piers. Cuidate—dije haciendo a un lado la cortina. Me volteé para verlo por última vez y susurrar en un hilo silencioso—Te quiero.

Cerré la sala con aquella tela y corrí fuera sosteniendo las lágrimas al borde de los párpados. Queriendo llorar de impotencia. Llorar porque por mi culpa Piers estaba como está. Llorar porque no puedo dejar de lado a mi esposa. Esa bruja que me ha hecho sufrir y ahora me toca ser yo el malo del cuento entonces haría sufrir a todos como ella lo hace. Quiero llorar porque estoy envuelto en un falso romance.

A veces me dan ganas de irme, dejar a todos atrás. Pero no lo hago, hay una cosa que me lo impide y voy a averiguar de qué se trata.