CAPITULO IX

ESA NOCHE…

Dos corazones latían desbocados ante la presencia del ser largamente anhelado, buscado y sólo encontrado en sueños.

Candy miraba incrédula a Terry.

Ahí estaba él por fin, después de tantos años, de tantas lágrimas y noches en vela. Ahí estaban sus ojos viéndola con sorpresa, ahí estaba su aroma envolviéndola como un cálido abrazo. ¿Cómo era posible que con una simple mirada ese hombre despertara en ella los más inconfesables deseos?

- ¡Terry!, ¡Mi Terry! – gritaba su corazón en cada latido, mientras la profunda emoción la embriagaba completa, olvidando por un instante el dolor que le provocaba verlo en compañía de otra mujer. – Por fin te tengo frente a mí, dulce y altivo como siempre, conjugando la luz y la oscuridad en tu mirada – pensaba mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro.

Terry miraba incrédulo a Candy.

Ahí estaba ella, presentándose nuevamente en su vida, haciendo que sus barreras de olvido más sólidas se desmoronaran. ¿Cómo era posible que aquella frágil mujer tuviera la fuerza suficiente como para destrozar sus más profundas convicciones con una simple mirada? En ese breve instante olvidó el dolor y el olvido del que se creía objeto.

- ¡Candy!, ¡Mi Candy! Bella como siempre, tus ojos brillan como dos hermosos lagos bajo el sol. Tu suave y blanca piel… debajo de tu piel vive la luna - pensaba sintiendo su pecho explotar.

El momento en que él posó sus labios sobre la mano de ella fue fascinante para ambos. Durante esos fugaces segundos los dos se sintieron envueltos en la magia que crearon juntos en sus épocas de colegio, el tiempo pareció detenerse y el mundo dejar de girar sólo para ellos.

Terry separó dolorosamente sus labios de la delicada mano femenina. Mientras él se erguía, ella posó sus ojos en Amanda y el dolor volvió al recordar la realidad que debía enfrentar. Su mirada se entristeció.

El actor buscó de nuevo los ojos de Candy, entonces descubrió aquella mirada llena de dolor y de angustia, igual a la que recordaba en sus ojos esa tarde en la carpa ambulante. Candy lo miraba nuevamente de esa forma y Terry no lo pudo soportar. De inmediato su mirada se endureció y su quijada se tensó al evocar el dolor de sentirse abandonado por ella. De golpe su mente lo devolvió de la tierra del ensueño a la dura realidad: ella se había marchado sin decirle una sola palabra cuando él más la necesitaba, ella había sentido lástima por él, ella lo había abandonado y por eso él había tomado la decisión de sacarla de su vida.

La sorpresa y la alegría dieron paso a la frialdad y a la inexpugnabilidad. Candy sintió un escalofrío al reconocer esa mirada tan impersonal y, podía decir que hasta rencorosa.

- Candy, es para mí un placer presentarte a Amanda Walsh, brillante reportera, mujer culta y decidida, pero sobre todo, entrañable amiga – dijo Terry con voz firme tomando del brazo a Amanda para acercarla hacia Candy.

- Amanda, ella es Candice Andley, antigua compañera de colegio - el actor recalcó claramente esas últimas palabras, debía dejar muy en claro ante Candy que ella no era más que eso ahora, nada más que un puñado de recuerdos agridulces.

Candy sintió frío, comprendió el mensaje velado que Terry le lanzaba con sus palabras y sus ojos se encapotaron aún más. Terry vio la desilusión nacer y crecer en ellos y por un momento se arrepintió de sus intenciones de lastimarla.

- ¿Cómo podría hacerlo si me amó y yo la amé? ¿Por qué lastimarla si ella le dio sentido a mi vida? – Pensaba tratando de controlar el dolor que lo invadía al comprender que todos sus esfuerzos por olvidarla habían sido vanos, que ahora que la tenía frente a él volvía a sentir su corazón latir furioso y su vientre estremecerse como antaño.

¡No!, no se permitiría a sí mismo esa bajeza. Era cierto, ella lo había abandonado en medio de la miseria pero eso no podía, no debía opacar toda la luz que antes le regalara. Ahora que veía de nuevo sus ojos de hierba descubría de nuevo, en medio de la angustia, aquella bondad que lo obligara a amarla antes y a seguir haciéndolo ahora. Sin embargo descubrir su abandono le había herido tanto y tan profundo que le resultaba imposible, dada su naturaleza intensa, perdonar. No podía perdonar pero sí reconocer y agradecer todo lo bueno que ella trajo a su vida, y no se puede ser cruel e hiriente con alguien a quien tiene tanto que agradecérsele.

- Es un placer conocerla – dijo amable Amanda ofreciendo su mano a Candy quien la estrechó de inmediato sintiendo que el mundo se movía bruscamente a su alrededor amenazando con derribar la totalidad de sus esperanzas.

- El gusto es mío – balbuceó la rubia, tratando desesperadamente de ocultar su dolor y al mismo tiempo escudriñando detenidamente el rostro de aquella chica, que, todo parecía señalar, era la nueva dueña del corazón de Terry. - Es sin duda una mujer hermosa – pensó sintiendo una punzada de celos.

- ¿A mí no me presentas, Terry? – se oyó decir a Susanna quien había presenciado todo lo sucedido y trataba de ayudar a su amiga a salir de semejante situación.

- ¡Oh, Susanna! Disculpa por la grosería. Amanda Walsh, Susanna Marlowe – las presentó cortésmente Terry, saliendo de sus contradicciones internas.

- Mucho gusto – dijeron las dos al unísono.

- Así que eres reportera, ¿no te importa que te tuteé? – dijo Susanna a Amanda intentando entablar una conversación con ella para darle oportunidad a Candy de estar a solas con Terry, mientras la jalaba suavemente del brazo invitándola a sentarse junto a ella.

Un silencio sepulcral se irguió entre Candy y Terry, que en ese momento habían sido dejados solos pues los demás invitados habían decidido sentarse después de los saludos y las presentaciones de rigor.

Candy sentía morirse al sentir los ojos de él escudriñarle el rostro insistentemente, viendo como su mirada inexpugnable se volvía serena algunos segundos para después volver a mostrarse distante.

Terry se debatía aún entre el resentimiento y la gratitud.

- Así que radicas en Nueva York – dijo finalmente Terry rompiendo el pesado silencio. - ¿Se puede saber a que se debe el honor de que una Andley habite en nuestra ciudad? – preguntó socarrón, con esa sonrisa burlona de medio lado que Candy conocía tan bien. Era su manera de proteger sus pensamientos.

¿Por qué me hablas así? ¿Por qué siento como si quisieras castigarme con tu desprecio? Pensaba sin saber la tormenta que se había desatado en el corazón de Terry, mientras las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos. ¡No lo permitiría! Prefería huir que aceptar que su llanto la delatara ante él.

- Digamos que estoy aquí por cuestiones familiares – dijo lacónica, rescatando un hilo de cordura en medio de la desesperación que sentía. – Ha sido un placer verte – finalizó dirigiendo una fría mirada a Terry dando la media vuelta y dirigiéndose hacia el grupo en el que se encontraba Romina Hathaway, dejando al actor solo en medio del salón. Hubiera preferido buscar a Susanna pero ella continuaba conversando con Amanda y lo último que quería en esos momentos era tener a esa mujer o a Terry cerca de ella. Hizo acopio de todas sus fuerzas para calmarse e intentar sostener una trivial conversación con los demás invitados.

Terry se quedó solo, sorprendido por la brusca reacción de Candy y recriminándose a sí mismo por haberle hablado de esa forma.

- ¡Estúpido! ¿Cómo es posible que aún no hayas logrado encontrar otra manera de defenderte que no sea lastimando? – se recriminó amargamente al notar que la había herido con sus palabras y su actitud burlona.

Instantes después recordó a Amanda y sintió miedo, un miedo terrible de que el oasis de tranquilidad que había logrado construirse se derrumbara nuevamente ante el regreso de Candy a su vida. Al lado de Amanda había encontrado la paz que su corazón buscaba, se había sentido vivo nuevamente gracias a ella. No podía abandonarse ahora al viejo amor que sentía renacer con tanta fuerza desde el fondo de su ser. Además, no sabía nada de la vida de Candy y el haberla visto de nuevo no significaba que ella aún lo amara, no podía saber si alguien más ocupaba ahora su corazón. Debía ser así, pues de haberlo amado no lo habría abandonado en aquella ocasión.

Decidido, buscó a Amanda con la mirada y se dirigió hacia ella mientras pensaba que esa chica era su presente y que Candy debía permanecer en su pasado como un bello recuerdo.

Definitivamente no le permitiría perturbarlo ahora.

Se unió a la conversación que sostenían Amanda y Susanna, esta última no comprendía lo que estaba sucediendo pero se mantuvo ecuánime y no preguntó a su amigo nada acerca de su relación con su joven acompañante.

La cena transcurrió lenta y dolorosamente para Candy, hubiera preferido marcharse pero esto habría sido una gran descortesía para Susanna y dado motivos a Terry para adivinar su sufrimiento. La conversación en la mesa giraba en torno a la obra que se estrenaría al día siguiente, Candy en ningún momento tomó parte de ella, por desconocimiento del tema y por que no podía emitir sonido alguno dadas las intensas emociones que albergaba en su interior. Terry era sin duda el protagonista de la conversación junto con Susanna quien miraba de vez en vez a Candy discretamente, tratando de entender los sentimientos de su amiga y sintiendo una profunda pena por la terrible situación que enfrentaba.

Susanna se sentía furiosa con Terry, ¿Cómo es posible que no la hubiera puesto sobre aviso de que pensaba ir acompañado a la reunión? De haberlo sabido jamás habría expuesto a Candy a semejante infierno.

Al término de la cena los caballeros formaron un grupo en el salón y las mujeres otro. Candy buscaba con ansia el momento propicio para retirarse, cada segundo que pasaba era una tortura para ella. Terry había evitado sistemáticamente mirarla, ella no había sido capaz de hacer lo mismo y había caído en la tentación de mirarlo de reojo de vez en vez.

- ¿Así que conoces a Terry desde sus tiempos de colegio? – Candy escuchó una voz preguntarle a sus espaldas. Cuando se volvió se topó frente a frente con Amanda quien le dirigía una mirada de genuino interés.

- Sí, estudiamos juntos en el Real Colegio San Pablo en Londres – respondió escuetamente Candy intentando descubrir frente a qué clase de mujer se encontraba. Desde la primera vez que la vio tuvo la sensación de que se trataba de una buena chica y raramente erraba en sus juicios sobre las personas, pero debía estar segura. Lo que no sabía era que Amanda tenía exactamente las mismas intenciones al entablar una conversación con ella.

- Entiendo. Así que lo conociste en su etapa de rebelde. ¿En verdad era tan terrible? – preguntó Amanda divertida al recordar lo que el mismo Terry le había contado sobre sus constantes actitudes de rebeldía.

Candy esbozó una sonrisa al evocar algunos de los tantos momentos en los que se enfrentó a la poco convencional conducta de Terry.

- En verdad era el terror del colegio, jamás seguía las reglas y estaba constantemente castigado en su habitación o encerrado en la oficina de la rectora escuchando sus sermones – comentó con una discreta sonrisa - pero esa era solo una fachada detrás de la cual se escondía el verdadero Terry.

- ¡Es ella! – pensó Amanda acongojada ante su descubrimiento. Desde ese momento comprendió que había llegado el fin de su incipiente aventura al lado de Terry y agradeció a su corazón el ser tan testarudo y haberse negado a abrirse ante los encantos del actor.

Para ella no había pasado desapercibida la sorpresa y la turbación de ambos al verlos saludarse. Era obvio que una fuerte energía, que se unía y chocaba al mismo tiempo, emanaba de ellos. Vio el amor y la desilusión en los ojos de ella, y vio el gozo y el rencor mezclados en los ojos de él. Sólo necesitaba confirmar lo que su corazón ya había intuido, y confirmado quedó ante las palabras de Candy.

Terry miraba conversar a las jóvenes desde el otro lado del salón, ignorando el descubrimiento de Amanda.

- Definitivamente las dos son hermosas, diferentes pero hermosas – pensaba aún incrédulo ante la extraña situación de ver conversar a esas dos mujeres que ocupaban su corazón de manera distinta. Minutos después veía a Susanna acercarse a ellas.

- ¿De qué hablan chicas? – se agregó intempestivamente Susanna a la conversación.

- De Terry y sus épocas de colegio – replicó Amanda tratando de reponerse del impacto de reconocer en Candy a la mujer de la que Terry le había hablado en aquella conversación en la que desnudaron sus corazones, aquella que era la causante de la tristeza en su mirada.

- ¡Ah, ese Terry! Sí que debió ser terrible – dijo Susanna en tono burlón a lo que Candy sólo respondió asintiendo con la cabeza.

- Susanna, debo irme. Es casi la hora en que acordé con Natalie llegar al departamento.

- Está bien amiga, te acompaño a la puerta.

- Ha sido un placer – dijo Candy a Amanda ofreciéndole su mano al despedirse.

- El placer ha sido mío, espero que no sea la última vez que nos veamos – respondió Amanda estrechando la mano de Candy.

- Espero que no.

Candy se despidió del resto de las damas que estaban cerca de ella y se dirigió con Susanna hacia la puerta. Los hombres estaban muy enfrascados en su conversación como para notar que alguien abandonaba la tertulia. Todos excepto Terry que sintió su corazón encogerse al verla partir sin despedirse de él.

- Es mejor así – pensó bajando la mirada - ¿Acaso alejarme de ella no es lo que yo he decidido?... ¿Realmente lo es? – se preguntaba confundido.

Una vez en la puerta Susanna abrazó a Candy.

- Lo siento tanto amiga, nunca imaginé que esto sucedería – le dijo con sinceridad.

- No te preocupes, sé que no fue tu culpa. Yo soy la única responsable por haber sido tan ilusa al pensar que él me esperaría con los brazos abiertos – gimió Candy sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas.

- Pero no puedes darte por vencida así de fácil. Ninguno de los dos dijo nunca que fueran pareja, lo más probable es que sólo sean buenos amigos – respondió Susanna tratando de confortarla.

- De cualquier modo creo que nada tiene caso ya. Los ojos de Terry me han revelado rencor y ante eso no hay nada que hacer – dijo derrotada.

- Eso no puede ser, él te ama…

- ¡Basta! No quiero que volvamos a lo mismo – la interrumpió Candy dejando que el dolor hablara por ella. – Por favor Susanna – rogó suavizando su voz al comprender que había sido dura con su amiga, quien sólo trataba de ayudarla.

- Está bien, será como quieras – murmuró comprensiva.

- Hasta luego, y mucha suerte mañana.

- Gracias, ¿Irán al estreno?

- No lo sé – dijo Candy quien ya se había dado la media vuelta.

Una vez en la calle, Candy se quitó los zapatos y echó a correr desesperada recriminándose una y otra vez el haber acudido a la reunión.

- Estúpida… mil veces estúpida – se decía mientras liberaba por fin aquellas lágrimas que intentaron salir de sus ojos desde el primer momento en que vio a Terry acompañado de otra mujer.

Los copos de nieve caían lentos y constantes sobre las calles neoyorquinas llenando la ciudad de un ambiente festivo. La primera nevada del invierno coincidía con la primera función de la temporada de "Las espinas de la rosa".

En el escenario Terry daba vida a Tadeus de una forma magistral, reafirmando ante el público y la crítica su gran talento como actor.

Al mismo tiempo, en la soledad de su habitación Candy yacía tendida en su cama con los ojos rojos e inflamados de tanto llorar y el corazón hecho trizas pensando una y otra vez que la noche anterior había cometido la más grande estupidez de su vida.

Nunca antes se había sentido tan desdichada y humillada en su amor propio y lo peor es que sentía que ella misma lo había provocado todo con su infinita arrogancia al creer que sólo era cuestión de presentarse frente a Terry y decirle "He vuelto, te amo" para que todo volviera a ser como antes.

Afortunadamente ese día era sábado y no debía llevar a Stear a la clínica del Dr. Brenner, no se sentía con fuerzas para nada. Solamente se había levantado de la cama para preparar el desayuno y después la comida para Stear, pues ella no había probado bocado.

Al atardecer, escuchó que la puerta de su habitación se habría y vio a Stear asomar tímidamente su cabeza.

- Pasa – dijo incorporándose y limpiando rápidamente las lágrimas con el dorso de su mano. Lo último que quería era preocuparlo pero ya era demasiado tarde para eso.

- ¿Qué sucede, Candy? ¿Por qué no has salido de tu habitación? – Preguntó Stear con ese tono de inocencia que hacía que el corazón de Candy se estremeciera de ternura. Le parecía un indefenso niño pequeño.

Candy guardó silencio pues el nudo que se le formaba en la garganta le impedía pronunciar palabra alguna. El joven se acercó a la cama, por un momento Candy creyó ver en esos ojos la misma expresión de antes.

Los avances de Stear, en el poco tiempo que llevaba de terapia con el innovador método del Dr. Brenner, habían sido espectaculares sobre todo en referencia a los desordenes de conducta diferentes a la amnesia. El mismo doctor le había dicho a Candy que era la primera vez que se enfrentaba a un caso en el que los resultados positivos fueran tan evidentes en tan corto tiempo, aunque todavía se presentaban las crisis en las que perdía el control y actuaba totalmente fuera de sí, tales crisis se presentaban cada vez con menor frecuencia. Ese era el principal motivo por el que no debía estar solo, era muy importante que cuando el problema se presentase siempre hubiera alguien cerca de él para auxiliarle.

Candy seguía al pie de la letra las instrucciones del médico y aplicaba al mismo tiempo las técnicas que le habían resultado favorables con Albert, además de la infinita paciencia y cariño que le prodigaba en cada uno de sus cuidados diarios. Eso seguramente había influido en forma por demás positiva en la recuperación de Stear.

A diario le hablaba sobre las mil y una experiencias que habían compartido junto a Archie, Anthony, Annie, Patty, Albert e incluso Terry. Le contaba sobre sus locas invenciones y le proveía un ambiente lleno de elementos que antaño utilizaba para sus experimentos. Ese mismo día por la mañana había logrado por fin terminar un extraño aparato que le permitiría, según sus cálculos, predecir el clima. Era un armatoste sin forma, lleno de cables de colores enredados y conectados a una caja con interruptores. De esa clase de cosas que sólo a Stear se le podían ocurrir.

La sensación de triunfo que le envolvió se vio opacada por la actitud triste y deprimida que Candy mostraba cuando se acercó a ella, mientras preparaba el desayuno, a enseñarle su creación. Aunque la rubia se esforzó por sonreír y mostrar entusiasmo ante el logro de su amigo, éste percibió que se trataba sólo de una careta para tratar de ocultar su tristeza.

Stear sabía perfectamente que la noche anterior Candy había buscado un acercamiento con Terry, ya ella le había puesto en antecedentes de todo lo concerniente a su relación con el actor, en parte como una forma de acercarle a su pasado pues él también había formado parte de muchos de los episodios de aquella fallida relación, y en parte por desahogar su corazón. Así que a Stear le resultaba evidente que las cosas no habían resultado como ella las esperaba y le dolía profundamente ver a su prima en un estado anímico tan deplorable.

Había creado lazos emocionales muy fuertes con Candy a pesar del corto tiempo que había pasado desde que se reencontraron. Ella significó una tabla salvadora en medio del embravecido mar de sus confusiones mentales. Nunca antes, desde que perdió sus recuerdos, había sido tratado tan cariñosamente, por el contrario, la mayoría de los médicos y enfermeras que se habían hecho cargo de su cuidado desde que había recuperado la conciencia lo trataban como un bulto, como un hombre de segunda categoría. Debido a ello había decidido encerrarse en sí mismo y no dar muestras de lo que realmente pasaba por su cabeza y su corazón. Largos meses pasó sumido en sí mismo, acostado en una fría cama, yendo de hospital en hospital hasta que finalmente fue a parar a Nueva York. Sus recuerdos se reducían a una serie de desgarradoras escenas de guerra, de ruidos infernales de motores y ráfagas de ametralladoras en batalla. Sólo uno de esos recuerdos parecía tener sentido y era la única ventana que lo hacía remitirse a su pasado, un nombre: Patty. Era lo único que recordaba junto con una cálida sensación de bienestar que le arropaba cuando pensaba en él.

Candy había llegado a transformar su vida por completo, a llenarla de color y de esperanzas. La terrible incertidumbre de no saber siquiera su nombre había disminuido desde que ella le devolvió su identidad y le devolvió parte de su vida contándole su propia historia, sobre su familia y amigos, sobre sus actividades como inventor. Ahora sabía su nombre, que tenía un hermano llamado Archibald, que había estudiado en Londres y que a su regreso había decidido enrolarse en el ejército siguiendo sus más profundas convicciones, que pertenecía a una familia radicada en Chicago. Todo eso y muchas cosas más le había devuelto Candy con su presencia y su cariño, y aunque sabía que le faltaba mucho por recuperar, se sentía mucho mejor que antes, con una gran esperanza de recobrar del todo su vida. Asistía a diario a sus terapias en las que ponía todo el empeño del que era capaz para lograr recuperar su estabilidad y sus recuerdos, Candy siempre se encontraba a su lado.

Ahora que veía que ella lo necesitaba sintió que era el momento ideal para retribuirle un poco de lo mucho que le había dado, aunque fuera sólo escuchándola y consolándola.

- Estoy bien, Stear. No te preocupes por mí – le respondió finalmente Candy, sacándolo de sus pensamientos.

- ¿Y crees que me voy a tragar semejante mentira? Por Dios Candy, tengo amnesia y algunos problemas en mi mente, pero no soy tonto – dijo sintiéndose un poco molesto ante la actitud de Candy de querer ocultarle las cosas.

Ella se sintió culpable al escuchar las recriminaciones de su primo. Tenía razón, no podía engañarlo tan fácilmente y mucho menos cuando su tristeza era tan evidente.

- Tienes razón, Stear. Discúlpame, no fue mi intención hacerte sentir de esa manera. Es sólo que no quiero preocuparte con mis cosas, tú debes estar rodeado de un ambiente tranquilo para poder recuperarte y me temo que lo último que en estos momentos puedo darte con mi plática es tranquilidad.

- Candy – le dijo tiernamente mientras se sentaba a su lado y tomaba una de sus manos. - ¿Acaso no has sido tú la que me ha sacado de las tinieblas del abandono y la incertidumbre? Lo mínimo que puedo hacer por ti es estar a tu lado en los momentos en los que me necesites. Por favor, no me excluyas de tu vida, permíteme ayudarte – le suplicó.

Candy sintió que su corazón se estremecía de ternura al escuchar las palabras de Stear. Él tenía razón, después de todo eran amigos y tenía derecho a saber el por qué de su agobio.

- ¡Ay Stear! – dijo sintiendo que las lágrimas subían descontroladamente a sus ojos – Terry… él – tal era su dolor que balbuceaba sin poder deshacer el nudo que se había formado en su garganta. – Terry me ha olvidado – dijo finalmente en un sonoro sollozo al tiempo que se abandonaba en los brazos de Stear buscando un poco de consuelo.

El la recibió lleno de ternura y comprensión, le acariciaba los cabellos permitiéndole dar rienda suelta a su llanto.

Un extraño sentimiento de deja vu la envolvió. Sin duda eso lo había vivido antes. La misma desesperación, el mismo dolor, sin embargo esta vez los brazos que la rodeaban eran distintos, igualmente cálidos y protectores pero distintos. Un suave calor empezó a surgir en su interior, el calor de comprender que no estaba sola, que aunque la vida le propinara un nuevo golpe, no estaba sola. Entendió entonces que no podía dejarse abatir, que debía ser fuerte para ayudar a Stear en su recuperación, y esto le dio la fortaleza para continuar.

Se separó del abrazo y limpió de su cara las lágrimas que la bañaban. Ya más tranquila comenzó a relatarle a Stear lo sucedido la noche anterior.

El telón se levantó en tres ocasiones para permitir que el elenco agradeciera la desbordada ovación del público. Sin duda la primera función había sido un rotundo éxito, como seguramente lo sería el resto de la temporada.

Minutos después Terry se desmaquillaba en su camerino, complacido por el éxito pero abrumado por la nueva encrucijada que le presentaba la vida.

Ella había vuelto, ¿a qué? ¿Qué buscaba?

Recordó la enorme sorpresa que lo invadió al descubrir aquellos ojos en un sitio en el que jamás los hubiera esperado, y volvió a sentir que su cuerpo se estremecía al rememorar aquel beso que depositó en su mano como respetuoso saludo. Su mente comenzó, como tantas y tantas veces aquella noche en la que no logró dormir, a recordar lo acontecido la noche anterior: La presencia de Candy, su sorpresa y confusión de sentimientos, Amanda.

Recordó lo sucedido en el trayecto de la casa de Susanna a la de Amanda. Por más que se lo propuso antes de abordar el auto, después de despedirse de los anfitriones no pudo ser el mismo de antes. Esa noche algo en él había cambiado y no podía dejar de mostrarlo, sobre todo ante ella que había aprendido a conocerlo tan bien en ese corto tiempo de convivencia.

El silencio se hizo presente, ese silencio que llena espacios y corazones. No sabía qué decirle, ¿Cómo saberlo si ni él mismo entendía lo que pasaba en su interior? Lo que nunca imaginó era que ella comprendía perfectamente lo que sucedía.

- Es ella, ¿verdad? – dijo Amanda tratando de que su voz sonara tranquila, una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

- ¿A qué te refieres? – respondió intentando disimular.

- No es necesario que mientas, Terry. Ella es la mujer de la que me hablaste la otra noche, aquella a la que amaste y aún amas.

Terry guardó silencio, incapaz de aceptar ante ella los sentimientos que no se atrevía a aceptar ante él mismo.

- No puedes engañarme, la tristeza ha vuelto a tus ojos – le dijo suavemente, intentando acallar las voces de su propio corazón. Aunque no hubiera logrado abrirse al sentimiento que ese joven le provocó desde los inicios de su amistad, le dolía saber que esa ilusión que había comenzado a florecer en ella debía morir tan pronto.

- Si, Candy es esa mujer de la que te hablé – respondió lacónico, con la mirada fija en las calles que recorría a toda velocidad.No se atrevía a mirarla a los ojos. - Pero no es lo que imaginas. Candy es parte de mi pasado, y yo no soy un hombre que viva del pasado, por lo menos no lo soy ahora.

- ¿Estás seguro de lo que dices? Hay amores que sobrepasan cualquier intención de olvido, creo que el que existió entre esa mujer y tú es de esos.

- "Esa mujer", como tú la llamas me olvidó sin miramientos, no veo por qué yo debería seguir amándola – dijo permitiendo que un dejo de rencor se filtrara en sus palabras.

- ¡Por fin te atreves a admitirlo!

- ¿A admitir qué?

- Que lo que sucede es que no le perdonas que te haya abandonado, no que ya no la ames.

Terry detuvo el auto bruscamente y finalmente volvió su rostro para mirarla, visiblemente enfadado.

- ¡¿Es que no te cansas de tratar de adivinar lo que pienso y lo que siento?! Amanda, no soy un conejillo de indias al que debas escudriñar sin piedad para satisfacer tu orgullo de "buena observadora". Soy un hombre que sabe lo que siente y lo que quiere, y si te digo que Candy está en mi pasado es porque así es – remató furioso volviendo a pisar el acelerador.

- No, no sabes lo que sientes y mucho menos lo que quieres – espetó alterada ante lo obcecado que Terry se comportaba. – Es increíble que te comportes como un chiquillo caprichoso, y que no quieras reconocer lo que es tan evidente. No es posible que estés tan ciego y que mejor yo haya podido notar en la mirada de Candy lo mucho que te ama – dijo casi en un grito.

- ¡Qué tontería! ¿Me vas a decir ahora que también ella ha sido objeto de tus escrutinios? ¿Y que con haberla visto una sola vez la conoces más que yo?

- Exactamente, Terrence Grandchester. Una mujer puede comprender a otra en una sola noche mucho más de lo que un hombre podría hacerlo en años – dijo volviendo su vista hacia la ventanilla con la nariz levantada en señal de orgullo.

- ¡Ahora sí que me has hecho reír! – Expresó sarcástico al tiempo que estacionaba el auto frente a la casa de Amanda. Se bajó del auto y le dio la vuelta para abrir la puerta del lado de la joven.

- Servida señorita – dijo inclinándose, haciendo una burlona caravana imitando a las que hacen los choferes a sus patrones.

Esto terminó de indignar a Amanda quien se bajó furiosa del auto y pasó de largo frente a Terry sin despedirse. Una vez en el umbral de la puerta se volvió hacia él, que la miraba sin mirarla desde su auto.

- Sólo espero que logres vencerte a ti mismo y a tu tonta arrogancia y hagas lo correcto esta vez – le dijo e inmediatamente después entró y cerró la puerta.

- No alcanzo a comprender – regresaba de sus recuerdos mientras veía su reflejo en el espejo iluminado de su camerino. - No puedo entender qué hacía Candy en casa de Susanna. Me resulta imposible de creer que ahora sean amigas. ¿Cómo? ¿En qué momento surgió esa amistad? Es obvio que se miran con afecto y que su relación va más allá de la cordialidad. Susanna tendrá que explicarme muchas cosas durante la cena, no es posible que se siga metiendo en mi vida, por que estoy seguro de que ella es la autora intelectual de tan "casual" encuentro – se dijo a sí mismo mientras terminaba de ponerse el saco del frac negro que remataba su esmerado arreglo personal.

Apagó las luces y se dirigió a la gala en la que, seguramente, ya esperaban por él.

Mientras caminaba por el largo pasillo que le conducía hacia la calle pensaba en Amanda, aún no sabía qué le diría cuando la tuviera de frente. Ella se había bajado muy molesta del auto la noche anterior, y aunque la había visto fugazmente ocupando su lugar en el palco de prensa durante la función, no había hablado con ella todavía. Sentía que debía aclararle varios puntos, pero se sentía tremendamente confundido.

Ya en la calle, subió a su auto y arrancó velozmente rumbo a la celebración del rotundo éxito que él y la Compañía Strafford habían conseguido esa noche de estreno. Sin embargo, el vehemente aplauso del público no había logrado hacerlo sentir triunfador; satisfecho sí, pero no triunfador. Por el contrario, un sentimiento de derrota lo invadía. Se sentía derrotado por no haber sido capaz de salir airoso del sorpresivo encuentro de la noche anterior, con Candy, pero sobre todo consigo mismo.

El ver a Candy nuevamente había traído a su mente los recuerdos y a su corazón los sentimientos. No era tan tonto como para no darse cuenta que la seguía amando con todas sus fuerzas aunque en su lucha por apagar ese sentimiento hubiera llegado a pensar que la había olvidado. Sin embargo, nunca lo admitiría delante de nadie más, ¿cómo hacerlo si le costaba admitirlo delante de sí mismo?

A pesar del intenso frío llevaba la capota abierta, sintiendo el aire gélido darle de lleno contra el rostro, como si pretendiera que el viento se llevara con él sus confusiones.

Minutos después se apeaba de su auto al llegar al lugar de la celebración. Dejó sus llaves al ballet, tomó aire, se arregló los cabellos despeinados un poco por el viento, y se dirigió a paso seguro hacia la entrada.

En el instante mismo en que entró al salón, elegantemente preparado para la ocasión, los asistentes lo ovacionaron con un cálido aplauso. Robert se acercó hacia él para acompañarlo en su entrada triunfal. Una sonrisa franca se dibujó en su rostro tan atractivo como siempre.

- Gracias, gracias – repetía una y otra vez como respuesta a las felicitaciones que recibía en su camino hacia el centro del salón en el que se encontraba la Compañía Strafford en pleno, críticos y gente de prensa.

Buscó entre la gente los ojos miel de Amanda, sabedor de que había sido asignada por el New York Times para cubrir la nota del estreno y la gala en la que ahora se encontraba, pero no la encontró.

Una cálida presencia lo hizo desistir de su búsqueda. Era su madre, que había asistido invitada por Robert.

- ¡Felicidades hijo! – Le decía emocionada mientras besaba su mejilla. – Te has apuntado otro éxito, no sabes cuán orgullosa me siento.

- Gracias madre – respondió emocionado. – Me da mucho gusto verte aquí.

- No me lo podía perder. Esta es tu noche.

Eleanor debió hacerse a un lado para permitir que las demás personas que deseaban felicitar a Terry tuvieran su oportunidad. Se separó unos metros y se detuvo a observar a su hijo, sintiéndose feliz de verlo encumbrado en el más rotundo éxito profesional.

- Un minuto de su atención, por favor – solicitó Robert desde el centro del salón. Todos los asistentes guardaron silencio y dirigieron su mirada hacia el productor. – Ahora que Terrence Grandchester ha llegado, quiero felicitar a todos y cada uno de los que han participado en esta puesta en escena. El estreno ha sido un éxito, lo que augura que el resto de la temporada también lo será.

Todo el elenco se reunió a los costados de Robert Hathaway quien dirigió a los asistentes un discurso de agradecimiento y reconocimiento a todos los involucrados.

Susanna estaba radiante de felicidad. Había esperado largo tiempo para sentirse nuevamente reconocida por el público, para escuchar y sentir el aplauso llenándola de satisfacción. Terry lo notó y se sintió feliz por ella, y aunque sabía que le debía una explicación por lo sucedido la noche anterior en su casa, alejó esos pensamientos de su mente. Después de todo ese era su momento, ya habría tiempo para reclamos.

Los fotógrafos y reporteros se arremolinaron frente a ellos en busca de la nota y las instantáneas de rigor, fue entonces cuando Terry vio finalmente a Amanda.

Era la primera vez que ella se dormía antes que él, pero esa noche era diferente.

Hacía un par de horas que Candy yacía en su cama profundamente dormida mientras Stear velaba su sueño sentado en el pequeño sillón a un lado de la cama.

"Por favor, quédate hasta que me duerma" le había pedido cuando terminó su relato y después de una larga charla en la que había tratado de infundirle ánimos a su prima.

- Cómo quisiera poder ayudarte, Candy – pensaba mirándola dormir en aparente tranquilidad. – Pero eso no es posible, la vida te ha puesto frente a un camino que debes recorrer sola.

De pronto un dolor agudo en las sienes le hizo dejar de lado sus pensamientos. A su mente acudieron otra vez aquellas experiencias espantosas que había vivido en la guerra.

Miedo, humo, muerte, sangre, dolor.

Se llevó las manos a la cabeza, como queriendo arrancar de ella esas terribles visiones. Se levantó de su asiento y comenzó a dar tumbos mientras el dolor se hacía cada vez más intenso. Vio de nuevo el vuelo de los aviones y la cruenta batalla en la que había sido herido, sintió su propia sangre correr por su rostro y un lacerante dolor atravesar su cuerpo.

- ¡Noooooo! – se oyó a sí mismo gritar en la oscuridad mientras se derrumbaba contra la cómoda en la que Candy mantenía en perfecto orden sus artículos de arreglo personal.

El estremecedor grito y el ruido de los frascos de vidrio cayendo al suelo y rompiéndose en mil pedazos, despertaron a Candy y al incorporarse descubrió en cuerpo de Stear tendido en el suelo junto a su cama, con las manos frotando violentamente sus cabellos, contorsionándose como un animal herido.

- ¡Santo cielo! ¡Stear!

Continuará…

Fragmento textual del poema "Oda a la bella desnuda" de Pablo Neruda.

Gracias por haberme seguido hasta aquí.