Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la autoría de Stephenie Meyer. Yo sólo los tomé prestados para protagonizar esta historia.


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Capítulo 9

Playing God

"Next time you point a finger, I'll point you to the mirror"

Edward se limpió una pelusa imaginaria de sus jeans oscuros mientras trataba de calmar sus nervios.

A pesar de haber repasado muchas veces el plan con Renata, aun quedaban remanentes de dudas y posibilidades infinitas de lo que podría pasar dentro del local al que planeaba entrar en los próximos cinco minutos.

Renata había hecho todas las averiguaciones pertinentes. Aro Cornelli, el empresario más grande de todo Seattle también era reconocido a voces como uno de los Volturi, la mafia de la ciudad. Había forjado su imperio de miles de dólares mediante extrañas desapariciones de disidentes y misteriosas contribuciones de anónimos que hacían crecer su patrimonio millonario.

Era dueño de varias tiendas comerciales de Seattle y tenía numerosas conexiones algunos de los empresarios más prometedores del país. Había comprado hace poco un terreno a las afueras de la ciudad y muchas personas especulaban que iba a hacer un casino de juegos. No es que necesitara más dinero. Era el poder que conllevaba todo. Y definitivamente podía comprar mucho de ello.

Su amiga le había advertido sin cansancio; no debía ser demasiado obvio con su pequeña investigación. Apenas los hombres de Aro se percataran que Edward estaba husmeando, terminaría tan desaparecido como el resto de los que se atrevían a contradecir al señor Cornelli.

Así que no podía evitar sentir un poco de miedo. No por él, sino por Isabella. Si Aro había sido el culpable de la muerte de Charlie, de seguro que Bella no estaba tan segura como él lo desearía. Y por eso que debía hacer algo para remediarlo. No podía soportar saber que ella estaba en peligro, aunque fuese virtual. No había pruebas que dijera que Aro estaba en busca de Isabella, ni siquiera si Aro era realmente el asesino, pero Edward estaba seguro que se encargaría de aclarar todo el asunto.

Respiró hondo un par de veces y miró nuevamente la entrada del local. Un soplo de un contacto de Renata dijo que los hombres de Aro suelen ir a un mismo lugar todas las noches para embriagar sus culpas. «Breaking Down» se leía en grandes y rojas luces fosforescentes. Había un gran guardia en la entrada, pero el flujo de personas no era demasiado. De vez en cuando salía un borracho, tambaleando y sosteniéndose de la pared, pero además de ello, no había nadie caminando por la calle. Quizás se evitaba a propósito pasar por esos lados, pensó Edward. Se sentía el ambiente hostil y peligroso.

Caminó a paso seguro hacia la entrada del bar. El guardia le dio una mirada gélida, mas no le dijo nada. Con un simple asentimiento de cabeza le indicó que podía entrar.

El olor de tabaco, alcohol y sexo le golpeó apenas atravesó aquellas puertas. Caminó por un estrecho pasillo en donde se colgaban unas especies de cuadros en las paredes sin ningún tipo de orden. Al final había un umbral que conectaba con la habitación principal del bar. De seguro había habitaciones personales detrás de las puertas que decidió ignorar a propósito, quizás para actividades de tipo ilegales.

Miró a su alrededor y vio lo que se ve en la mayoría de los bares de Seattle. Personas reunidas en algunas mesas, de seguro que se conocían con anterioridad y decidieron salir a divertirse, otras en la barra, tomándose un trago o ligando con alguien, y finalmente cuerpos retorciéndose en la pista de baile, que eran los que habían ligado con éxito en la barra del bar.

Edward fue hacia el bar para mezclarse con el resto. Levantó la mano hacia el hombre tras la barra y éste se acercó secando un vaso con un trozo de tela que parecía no haber sido lavado hace bastante tiempo. Él tenía una amplia cicatriz que cruzaba su ceja derecha, por su párpado y hacia su mejilla, casi llegando a la comisura de su boca.

No parecía habérselo hecho por accidente.

Tragó pesado.

—Quiero un whiskey —carraspeó, mirando hacia su alrededor—. Que sea doble.

Cicatriz asintió una sola vez y se giró hacia la colección de licores.

Miró sobre su hombro para inspeccionar con mayor detención a las personas que le rodeaban, pero al parecer los hombres de Aro aun no habían llegado.

Cuando llegó su trago, Edward se tomó la mitad de un golpe. Necesitaba un poco más de valor.

Pensó en Bella, a quien vio antes de salir, cuando subió a su habitación y estaba durmiendo en su cama, y recordó las razones por las que estaba haciendo esto.

Se veía tan tranquila, tan inocente. No quería que nadie tratara de quitarle algo tan preciado como la confianza. La tranquilidad de seguir viviendo su vida sin estar preocupándose a cada momento de mirar a todos lados por si alguien quería hacerle daño.

Había evitado decirle sobre lo que habían averiguado sobre el señor Cornelli y lo que iba a hacer ese mismo día. Ya bastante tenía con lo que ya sabía como para agregarle más peso sobre sus hombros. Había planeado su salida por varios días junto a Renata y a Isabella sólo le decía que era la investigación rutinaria que habían tenido desde siempre. Sabía que ella quería saber más. Isabella era muy curiosa y volátil. Por eso mismo evitó cada uno de sus avances.

Si todo salía bien y lograba obtener algo esa noche, Renata podría seguir con la investigación y tendrían más evidencias para alegar la inocencia de Isabella.

De pronto Edward escuchó unos pasos a su espalda que lo despertó de su diatriba mental. Si sus voces estruendosas llamaron la atención del resto, nadie hizo amago de demostrarlo. Tres hombres corpulentos y ruidosos entraron y se sentaron en una mesa del rincón. Edward sabía quienes eran, o al menos podía nombrarlos por como se les conocía en la calle.

Demetri, un fortachón de al menos dos metros de altura era un pelinegro de armas tomar. Se sabía que era el primero en lanzar el golpe y casi siempre era el último que podían contar. Vestía como combatiente, con una camiseta negra que se le adhería a sus hombros y pecho como una segunda piel, creando temor en cualquiera que quisiera incordiarlo. Alec, por su parte, era más bajo y delgado que el anterior, pero Edward sabía que era el más hábil de todos. Las leyendas urbanas narraban que él incluso había matado una vez sólo con una cuchara y un celular en mal estado. Y el que reía con más fuerza era Felix, el rubio de ojos negros que tenía el prontuario de muertes más alta, pero ninguna de ellas podía ser demostrada.

Comenzó a hacer un plan mental de lo que iba a hacer. Debía ser lo suficientemente sutil como para hablar con ellos mientras bebían. Su mejor suerte era que ellos soltaran algo por las buenas. Y si no funcionaba… bueno, aún no había pensado en el plan B. Y Edward no era de hacerlo a base de «por las malas».

Pero debía pensar en ello. Era una posibilidad y no era sensato desecharlo.

Cuando planeaba hacer algún tipo de movimiento, sintió que alguien le tocaba el hombro con suavidad.

Definitivamente una mano femenina.

—No estoy interesado —dijo con voz monocorde, aun mirando al grupo de hombres que bebían cerveza como si fuese agua potable.

—Tal vez tú no, pero quizás los de allá pueden pensar distinto.

Edward se giró tan rápido que sintió un click en su cuello por tan brusco movimiento.

Abrió mucho los ojos. De todas las personas que podría esperar encontrarse en ese bar, la última que se le habría ocurrido era ella.

—¿Qué demonios haces acá? —siseó, sintiendo como el pánico barría por sus venas.

Isabella sonrió. ¡Sonrió! Y se sentó junto a él en uno de los taburetes, inclinándose hacia él para susurrar con confianza.

—Lo mismo que tú, supongo.

—Me tienes que estar jodiendo.

Edward se agarró el cabello con ambas manos y tiró con fuerza.

Todo lo que había planeado se estaba cayendo como castillo de naipes. Ahora estaba con las manos atadas. Bella había decidido jugar justo hoy a la detective privado con dotes de escapista. Justo en el medio del peligro.

¿Por qué mierda estaba acá? Lo había arruinado. Estaba todo arruinado.

Iba a abrir la boca para decir precisamente eso, cuando un dedo de Isabella lo hizo callar.

—No quieres hacer un escándalo acá, Edward.

¿Qué no quería…?

—No tienes idea… —respiró con fuerza, agarrándose el puente de la nariz con dos dedos— Mierda, Isabella. No puedo creer… ni te imaginas lo furioso que estoy justo ahora…

—Y lo entiendo —lo cortó Bella, acercándose aun más hacia él. Edward podía sentir un perfume dulzón filtrarse por su nariz. Era atrayente, pero aun así prefería su aroma natural. Agitó su cabeza para desperezarse. No podía estar pensando en el olor de Isabella cuando debía seguir cabreado con ella. Sin embargo, Bella le tomó la mano que tenía sobre su muslo y se lo apretó con fuerza—, pero Edward, no puedo quedarme en casa mientras el asesino de Charlie está en la calle, sin ningún tipo de castigo. Me ahoga. Me mata. Necesito hacer algo.

—¿Y, qué? ¿Decidiste que lo mejor que podías hacer era vestirte liviana y salir a un bar de mala muerte?

Miró a Isabella de arriba abajo, dejando claro su punto.

Ella estaba usando unos jeans muy ajustados a su silueta, casi como si fueran su propia piel, un top negro que llegaba por sobre de su ombligo y una pequeña pañoleta de color rojo anudada en su cuello, que de seguro no abrigaba en lo más mínimo. Y, por Dios… sus zapatos. Estaba usando unos stilletos rojos que le hacían ver sus piernas interminables.

Parecía lista para buscar a alguien con quien follar.

Y a Edward no le gustaba esa idea.

Carraspeó, entre molesto y cachondo.

—Te ves… —sexy, atrevida, sensual como el infierno— demasiado desnuda. Este definitivamente no es el lugar para demostrar algo.

A pesar de saber que había dicho algo incorrecto y de seguro que Bella reaccionaría defendiéndose, como siempre, a Edward le sorprendió verla sonreír de forma perezosa.

Es como si fuera dueña del lugar. La confianza le brotaba por los poros y eso a Edward le aterraba a morir.

—Esa es precisamente la idea —susurró con voz ronca y se tocó su cabello lacio, enrollando un mechón de su cabella en su dedo índice—. Creo… no. Apuesto que logro sonsacar más información de esta manera que tú. ¿Qué planeabas, Edward? ¿Pedirles amablemente información a los tipos de Aro? ¿Por favor, me pueden decir donde encontrar la evidencia que necesito? Yo, en cambio, creo en que hay que hacer lo necesario para lograr lo que planeamos.

—¿Cómo sabes sobre Aro?

—Te escuché hablar con Renata —respondió sin una pizca de culpabilidad.

El humor de Edward iba en picada.

—¿Así que el fin justifica los medios? —farfulló, sintiendo como sus dedos dolían al estar tan presionados contra el cristal del vaso— ¿Qué pretendes, Isabella? ¿Acostarte con uno de ellos por información?

Estaba siendo duro, pero quería que la muchacha entendiera que esto no era un juego por el cual alguien ganaba y alguien perdía. Porque la verdad es que en la vida real el que perdía no vivía para contarlo.

Quería a Isabella fuera de esto, tan lejos como fuese humanamente posible. Ella era su Bella y no la Isabella que ahora estaba tratando de mostrar. Alguien que haría cualquier cosa con tal de conseguir información. Le asqueaba incluso pensar en ello.

—No te abofeteo en este momento porque no quiero un escándalo —farfulló Bella entre dientes—. Estoy acá por Charlie y no saldré de acá sin algo de información. Ligaré con el que tenga que ligarme para hacerlo y no —escupió la última palabra, mirándolo con ojos envenenados—, no me acostaré con alguien para obtener información.

Edward estaba que explotaba. En ese mismo instante sentía que había perdido diez años por la constante preocupación. Agachó la mirada y tomó varias bocanadas de aire, tratando de contenerse. Bella tenía razón, no querían ni necesitaban llamar la atención.

Después de lograr algo de temple, levantó la mirada y vio el perfil de Isabella mientras ella se sentaba en el taburete a su lado. Se veía que se maquilló meticulosamente. Sus enormes ojos chocolate se veían incluso más profundos al estar enmarcados en su delineador negro, y sus labios rellenos tenían un rojo carmín que resaltaba aquellas eróticas curvas. Parecía que estaba a punto de dar un beso perverso, de esos que no se olvidan jamás.

Llamó a Cicatriz y él miró sobre su hombro dos veces, la segunda vez demorando su apreciación.

No debía culparlo. Bella se veía como si quisiera algo de acción hoy. Suponía que era parte de su plan.

Sintió un ardor en la base de su garganta del gruñido que no podía dejar salir.

—¿Qué deseas, preciosa? —babeó Cicatriz, mirando directamente a su escote.

Bella sonrió de lado, una sonrisa lánguida diseñada para aturdir al sexo opuesto.

—Una cerveza —susurró.

Él no lo dudó. Fue hacia el estante y le llevó una botella de una cerveza que parecía ser importada.

—Va por la casa.

—Bueno, gracias —se inclinó y le tocó suavemente el antebrazo de Cicatriz.

Fue corto y sencillo, nada especial. Sin embargo, Edward quería sacarle a golpes la mirada lujuriosa de aquel hombre. No debía desear más que ese simple toque, pensó. Jamás podría aspirar a ello. A menos que pasara sobre su cadáver.

Esto era cada vez peor. Si no podía soportar ver un pequeño apretón de manos, ¿cómo iba a sobrevivir ver a Bella coqueteando con otro hombre?

Y eran peligrosos.

No podía dejar que esto siguiera su curso.

Cuando se giró para compartirlo con Isabella, se sorprendió al ver que un hombre estaba a su otro lado, justo en ese momento tocando su hombro desnudo con su dedo índice.

Y que lo jodieran. Sabía perfectamente quién era él.

Isabella se giró al mismo tiempo que sintió que alguien tocaba su hombro. Abrió la boca para rechazar a quien fuera que estaba a su lado, cuando su boca quedó semi-abierta en el proceso. Parpadeó un par de veces, asegurándose, pero suponía que sus ojos no la engañaban. Miró de reojo a Edward y él parecía a punto de asesinar a alguien.

Sí.

Él era Felix Kingsley. Había robado la carpeta que Renata le había dado a Edward justo antes de salir de casa y leyó los nombres de los hombres más reconocidos de Aro. Felix, Demetri y Alec eran asesinos reconocidos. Suponían que habían matado a más de 200 personas, y ese número se adjudicaba a cada uno de ellos. Sin embargo, ninguna muerte se les podía inculpar.

Así de buenos eran.

Por lo tanto, cuando Felix la miró con detención y le sonrió mientras se lamía los labios, Bella sintió que su cuerpo le cruzaba un temblor. Las pupilas de Felix se dilataron, quizás suponiendo que era deseo. Ni sospechaba que en realidad era temor crudo.

—Hola —dijo con voz segura, inclinándose hacia ella.

Bella tragó con fuerza y trató de sonreír de forma convincente.

—Hola —susurró, acomodándose un mechón de cabello detrás de su oreja con dedos temblorosos. En casa, cuando se vestía y se maquillaba para realizar exactamente lo que estaba haciendo, creyó que podía hacerlo. Por Charlie. Él se lo merecía. Pero ahora, mientras estaba frente a un hombre que tenía las manos sucias con sangre de inocentes, se sintió más niña que nunca.

Ella no era sexy ni provocadora. Ella no usaba zapatos altos ni guiñaba un ojo a un completo extraño. Y definitivamente no se sentía preparada para seducir a alguien y obtener la información que necesitaba.

—¿Qué haces acá, tan sola? —Felix volvió a lamerse los labios, de seguro viéndose como un lobo a punto de comerse a su presa.

—No está sola —gruñó alguien a su espalda—. Desaparece, amigo.

Eso hizo a Bella despertar de su autocompasión.

Arrugó su entrecejo y se giró lentamente hacia Edward, quien se tragó su bebida de una sola vez. Él se levantó y le ofreció su palma para que la tomara.

—Vámonos.

Ella bufó.

¿Qué creía Edward? ¿Qué ahora tenía que hacer todo lo que él quería, sólo porque él lo decía?

El miedo que estaba sintiendo hace menos de un minuto se transformó en rabia.

—Yo no me voy contigo —dijo en tono letal, desafiándolo con la mirada.

Vio como Edward apretaba la mandíbula.

Debía de estar furioso.

—Ya escuchaste, amigo —dijo Felix, evidentemente entretenido con su rechazo—. Ella dijo que no.

Edward apretó sus puños.

—No… no puedes estar hablando en serio —le susurró a Bella, mientras miraba a Felix detrás del hombro de la muchacha.

—Estoy hablando muy en serio.

—No hagas esto…

—¿Bailamos, muñeca?

Ambos giraron su cabeza ante la interrupción de Felix. Él ni se inmutó, sonriendo con todos sus dientes y posando su gran mano en la espalda baja de Isabella.

Ella miró a Edward brevemente, indicándole con la mirada que estaba bien.

Me puedo cuidar sola.

Pero estaba claro que él no lo creía.

—Seguro —sonrió hacia Felix y recibió la ayuda que él le brindaba para bajarse del taburete, aunque eso significara que él rozara todo su cuerpo contra ella.

Evitó la mirada del ojiverde mientras se dejaba guiar a la pista de baile.

Estaba sonando una canción lenta y decadente, con suaves acordes de guitarra y una voz que apenas susurraba la melodía. Isabella sintió como la tomaban de la cintura y la jalaban hacia un cuerpo duro y tonificado. Más abajo también lo sintió duro. Ella tembló y trató de zafarse un poco de la prisión que eran los brazos de Felix, pero él solo rio entre dientes y con una mano agarró una de las suyas y le hizo subirla hasta su hombro.

Ella levantó la mirada para ver a un muy sonriente Felix, como si toda la escena lo entretuviese. Bella decidió dejarlo pasar y subió su otro brazo para entrelazar sus dedos en su nuca, completando la unión que él quería tener para bailar. Luego, comenzaron a mecerse al son de la música.

—Tu amigo está molesto —dijo Felix después de un rato, mientras pasaba su mano lentamente por la espalda de Isabella y deteniéndola un momento en su espalda baja—. Nos mira como si quisiera lanzarse sobre nosotros.

—No es mi amigo —se encogió de hombros, aparentando indiferencia—, no me interesa lo que él haga o deje de hacer.

—¿Y quién eres, preciosura?

Ella lo vio levantar una ceja y sonreír de forma torcida, pero sus ojos seguían siendo tan gélidos como siempre. Él era un asesino. Y ella estaba bailando con él mientras le acariciaba el trozo de piel de su espalda que estaba expuesta. La situación en sí era surrealista.

—Sólo una mujer —respondió finalmente, mirándolo por debajo de sus pestañas y esperando que fuese mucho más seductora de lo que ella creía que sería.

Él rio entre dientes.

—Evidentemente. Quiero saber tu nombre.

No lo preguntó.

Lo estaba exigiendo.

Ella sonrió sin mostrar los labios y acercó más su cuerpo a él, viendo como las pupilas de Felix se dilataban. Bien, al parecer si funcionaba.

—Lo sabrás si juegas bien tus cartas.

—Oh, muñeca. No tienes idea lo bien que juego —ronroneó.

—Entonces nos estamos entendiendo.

Al parecer Felix le gustó su respuesta susurrada, porque lo dejó ir y siguió bailando con ella, rozando su cuerpo con una promesa atrevida.

Estuvieron así durante dos canciones, hasta que la tercera tornó a un ritmo más rápido. Felix giró a Isabella con habilidad y la apegó a su cuerpo con sus manos sobre sus caderas, incitándola a moverlas junto a él. Estaba evidentemente excitado con los movimientos de la muchacha, rozándose contra sus nalgas una y otra vez.

Isabella levantó la mirada y justo frente a él, a varios metros de distancia, estaba Edward bebiéndose una copa de whiskey sin dejar de mirarla a los ojos. Tenía una expresión de advertencia, de violencia contenida. Estaba sentado en el mismo lugar donde lo dejó y no se veía una pizca más feliz de lo que había manifestado. Ella giró su cara para no mirarlo. Le distraía demasiado. Al parecer aquello fue tomado como una incitación, porque Felix sin esperar un segundo más, bajó sus labios y los dejó justo en el hueco del cuello descubierto de Isabella.

Ella jadeó y él gruñó de placer, sacando lentamente su lengua y dándole un lametón perezoso.

—Deliciosa —murmuró sobre su piel, mientras que sus dedos se incrustaban con fuerza sobre sus caderas—. Me pregunto si eres tan dulce… mhmm… acá —y sin advertirla, bajó una de sus manos y acunó su sexo cubierto por sus pantalones.

Abrió los ojos, espantada, y lo primero que vio fue a Edward levantándose como si tuviese un resorte en su trasero.

Ella se giró con habilidad, quitando su mano y se empinó para estar a nivel de sus ojos. A pesar de sus tacones de infarto, aún era fácil veinte centímetros más baja que Felix. Él la ayudó, apoyando sus manos en sus muslos, casi tocando su trasero.

—¿Dónde vives? —le susurró en sus labios y el rubio sonrió con ganas.

—¿Por qué? ¿Quieres ir conmigo?

—Puede ser.

Sabía que no debía ser tan vaga cuando Edward estaba acercándose.

—Necesito irme en la mañana, guapo, así que necesito la dirección para ir en mi carro —estaba mintiendo sobre el transporte, pero la verdad es que tampoco planeaba tener sexo con él, así que una mentira más no le veía mayor problema.

—¿Crees que te dejaré irte en la mañana? Bebé —exhaló sobre sus labios, casi besándola—, no tienes idea lo mucho que disfruto el sexo apenas me despierto, y creo que a ti te gustará tanto como a mí.

Necesitaba que le dijera dónde vivía.

Había escuchado de Renata diciéndole a Edward que se sabía que los hombres de Aro vivían todos juntos en una gran casa compartida y los rumores decían que a veces él mismo pasaba las noches allá cuando debía planear alguno de sus «negocios». Si tenía suerte, quizás esa sería una forma de encontrarlo y saber la verdad de una vez y por todas.

Pero como siempre, las cosas no funcionaban como se les planeaba.

—Aléjate de ella. Ahora —Edward estaba tan tenso que incluso se le podía ver una vena en la esquina derecha de su frente.

Felix dejó salir una carcajada.

—Eres gracioso.

—Y tú un idiota. No lo diré otra vez.

La tensión empezó a crecer e Isabella comenzó a entrar en pánico. Si ella pensaba que coquetear con el enemigo era peligroso, amenazarlo definitivamente entraba en la categoría de suicida.

—Por favor, sólo vete —rogó con suavidad, tomándolo del antebrazo para llamar su atención. Le tomó unos eternos diez segundos para que Edward finalmente la mirara a los ojos—. Por favor —repitió.

—¿Hablas en serio? —Edward no parecía creerle. Tenía esa mirada de «harás lo que yo diga». Isabella dejó salir un quejido, porque había veces que Edward simplemente no podía dejar algo ir.

Mortalmente en serio. Vete.

—La dama dijo que no, amigo. Sé un caballero —bromeó Felix y Edward simplemente explotó.

—Esto se acaba acá. Nos vamos —y sin mediar mayor explicación, agarró el antebrazo de Bella y le dio un tirón fuerte. Tanto así, que ella gimió de dolor y lo siguió a trompicones.

La música cambió y comenzó a sonar una canción pesada y metálica, haciendo que los oídos de Bella retumbaran. Sin darse cuenta, había más personas alrededor desde que había llegado y le costó avanzar entre las parejas que bailaban en la pista de baile. Edward la tironeó y la arrastró hasta salir de ella y luego siguió llevándola como muñeca de trapo hasta la entrada. Por más que intentara quitar su agarre, este era tan fuerte como acero.

—¡Qué te pasa! —gritó con fuerza cuando ya estaban fuera del local y el frío le impactó con fuerza su cara y brazos desnudos.

—¡No! ¡Qué te pasa a ti! Estabas a un pelo de ligarte con él ahí en medio de todos esos cerdos. Te tocó, Isabella. Ese infeliz osó tocarte. ¿Sabes lo furioso que estoy ahora mismo?

Edward estaba tan cerca de ella que Bella podía ver como sus pupilas se dilataban hasta convertirse en ojos completamente negros. Sí que estaba furioso. Ella levantó su barbilla de forma insolente y no dio su brazo a torcer. Honestamente creía que él se había equivocado. Hasta ese momento ella tenía todo bajo control e incluso estaba a puertas de recibir información importante de parte de Felix. Si no fuera por él, la investigación estaría avanzando en ese preciso momento.

—¡Y qué! ¡Enfurécete todo lo que quieras! ¡Actúas todo cavernícola contra mí, alegando que tienes el poder de reclamar sobre mis decisiones! ¡No tienes ningún maldito derecho! ¡No soy una jodida niña e incluso Felix lo sabe!

—Oh, no quieres ir por ese camino… —gruñó en advertencia.

—¡Voy por donde se me da la jodida gana, jodido cromañón!

—¡Isabella!

Ambos estaban respirando con dificultad, mirándose con toda la ira que era posible sentir. Casi podían sentir la tensión crepitando entre ambos.

Edward dejó salir el aire por la nariz con fuerza, empuñando y relajando sus dedos una y otra vez. Estaba enojado, sí que lo estaba. No recordaba haber estado así de furioso en otra ocasión. Pero también había algo que lo descolocaba por completo y aturdía cualquier tipo de emoción.

Estaba completa y totalmente excitado.

Maldita sea, Isabella seguía vestida como diosa del deseo, pero ahora estaba colorada, con su cabello más alborotado y con fuego líquido brillando de sus ojos.

Era ver la personificación del pecado.

Y sabía que era incorrecto pensar así.

Estaban en una situación peligrosa y ella había caminado voluntariamente a la muerte. Felix era uno de los más peligrosos hombres de Aro y ella simplemente fue y se restregó contra él en la pista de baile. Cuando Edward vio que él bajó las manos y la tocó tan íntimamente, él juraba que había visto todo rojo. Quería convencerse a sí mismo que era porque quería proteger a la muchacha por ser su responsabilidad, pero la verdad es que estaba tan celoso que incluso su piel quemaba por clamar venganza. Y ese simple hecho hacía crecer su ira a niveles exponenciales.

Ya se había dicho a sí mismo que era incorrecto sentirse así, sentir algo más por Isabella. Era incorrecto y fuera de lugar. Ella era demasiado joven para entender la profundidad de sus sentimientos y sólo estaba teniendo un enamoramiento pasajero por ella. Y él se dijo muchas veces que era deseo crudo lo que sentía, pero cuando la miraba detenidamente sabía que se estaba mintiendo a sí mismo. Ella estaba metido entre su piel con tanta fuerza que no sabía si alguna vez podría y querría sacársela.

Bella estaba frente a él, agitada y sexy como el infierno, y lo único que quería era arrojársela sobre su hombro y hacerle todo tipo de cosas pervertidas.

Estaba tan mal.

—Vaya, vaya —Edward y Bella se giraron en seco al escuchar la voz burlona de Felix mientras se encaminaba hacia ellos. Estaba sonriendo como siempre, mirándolos a ambos con una expresión de diversión—. ¿Es acaso una pelea de amantes la que estoy viendo? Que encantador.

—Estamos ocupados —dijo Edward como explicación, desechándolo de inmediato.

Felix rio.

—Puedo verlo.

—Queremos privacidad.

—No veo que a ella le importe. ¿Cierto, muñeca?

Isabella estaba muda del shock.

¿Felix quería que ella le diera la razón?

—Yo…

—Cállate, Isabella —dijo Edward entre dientes. Luego, él volvió su atención nuevamente a Felix—. Estamos en medio de algo serio. ¿Te importaría?

—Para nada. Prosigan.

Edward bufó, frustrado. Bella sabía que él quería mandarlo al diablo desde la primera vez que lo vio, pero lo detenía el arma que ambos sabían que Felix tenía. Un asesino no sale limpio a la calle.

—¿Qué quieres? —dijo en cambio, esperando que con eso el rubio se fuera luego.

—A mi chica, por supuesto. Pero puedo esperar que terminen su discusión y luego me la llevo. No soy tan desconsiderado.

Bella abrió tanto los ojos que sentía que sus cejas se perdían en la línea de su cabello.

¿Eso era lo que Felix quería? Ella pensaba que después de irse, él simplemente iría por otro trasero. Pero al mirarlo a los ojos, él tenía una expresión determinada, que apostaba cualquier cosa que él no le gustaba perder y conseguía todo lo que él quería. Y ahora mismo, él la quería a ella entre sus sábanas.

Edward gruñó por lo bajo.

—No te la llevarás —espetó.

—¿Eso crees?

—Lo sé. Vete. Ahora.

—¿O, qué? Eres gracioso —rio Felix—. Crees que haré lo que digas.

Esto no estaba dentro del plan de Isabella.

No se suponía que uno de los tipos se ensañara con ella a tal punto de llevársela a como diera lugar.

—¿No necesitan hablar más? Bien —se encogió de hombros—, entonces nos retiramos. Con tu permiso, amigo.

Cuando Felix fue a tomar el brazo de Isabella, Edward fue más rápido y le agarró la muñeca de él y lo detuvo.

—Dije que no —gruñó.

Felix frunció su entrecejo, abandonando su eterna sonrisa.

—No está dentro de discusión.

—Lo mismo digo.

—Se me está acabando la paciencia —el puño del brazo que Edward sostenía se apretó y sus nudillos estaban blancos de la tensión.

Isabella estaba cada vez nerviosa. Se abrazó a sí misma y carraspeó para tratar de llamar la atención de los hombres frente a ella.

—Edward, ya —dijo con voz tiritona—. De acuerdo, vámonos, ¿sí?

Pero ya nadie le escuchaba, ellos estaban demasiado ensimismados en su duelo no verbal.

Ella miró hacia un lado y otro, y se dio cuenta que estaban completamente solos, fuera de un local peligroso, en una calle desierta y ni siquiera podía ver el carro de Edward para correr hacia él y huir.

Sintió como el corazón se le subía a la garganta, pensando en las miles de posibilidades como esto podía terminar.

—Edward… —volvió a intentar, esta vez tocando el bíceps del brazo que sostenía a Felix. Edward parpadeó varias veces, como si saliera de una especie de trance y giró su cabeza para ver a Bella— Vámonos, ¿vale? —susurró despacio, dándole un suave apretón a su agarre.

Él la miró por unos segundos interminables, como si buscara en su mirada la respuesta a su pregunta.

Ella quería decirle que se había equivocado, que nunca debió haber salido de casa y que mejor se fueran para hablarlo todo más cómodamente en otro lugar más privado. Quería decirle que confiaría en él y que la próxima vez escucharía lo que él tenía que decir… o al menos le daría la oportunidad de hablar antes que ella hiciera otra de sus escapadas.

Edward debió haber visto eso en sus ojos, porque finalmente relajó su mano y soltó a Felix, asintiendo sólo una vez.

—Vale, vámonos.

Isabella se alegró tanto que soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y sonrió.

—Bien.

Cuando Edward fue a pasar frente a Felix para irse con Isabella, el último lo detuvo.

—No, no —canturreó— ¿Y creías que ella se iría sólo porque estuvo de acuerdo con tu pequeña actuación de sumisión? Ya lo dije; ella se va conmigo.

Edward dejó salir un suspiro y Bella vio que estaba mucho más calmado.

—Mira, no queremos problemas. Nosotros nos iremos y tú puedes volver al bar y ligarte con otra chica. No hay necesidad de hacer un escándalo.

—Ahí es donde te equivocas. Yo ya decidí que mi noche de suerte será con la dulzura acá presente —le guiñó un ojo en dirección a Isabella— y no me iré sin ella.

—¿Por qué? —preguntó Edward con un deje de irritación. Ya se estaba cansando de estar hablando con Felix. Él en cambio volvió a sonreír, pero en ese instante Isabella sintió como toda su piel se volvía piel de gallina.

Con toda la tranquilidad del mundo, Felix agarró detrás de sus pantalones y sacó una Glock 17 negra y apuntó directo a la cabeza de Edward. Isabella sabía qué tipo de arma era; su padre tenía de las mismas en su gabinete. Sin embargo, jamás sintió aquel miedo helado bajando por su espalda cuando la había visto antes.

—Porque puedo, amigo —respondió, y con un asentimiento de cabeza hacia Bella, le indicó que fuera a su lado—. Es hora de irnos, muñeca. Tenemos tanto que hacer esta noche y ya vamos tarde.

Isabella miró a Edward y ambos tenían la misma expresión.

Ahora sí que estaban en problemas.


Error de cálculos. La acción es en el próximo capítulo, porque este ya iba muy largo, jaja.

P.D.: Amo "Playing God" y desde que comenzó este fic que quería escribir este capítulo. Hay algo que me encanta que Edward se ponga tan macho con Bella, pero muy en el fondo es porque no puede negársele a sus encantos… ;)