Hola, les traigo una adaptación de Dulce Prisionera de Kat Martin, espero que les agrade

"Ocho años atrás, Natsu Dragneel había jurado vengar la muerte de su padre y recuperar su buen nombre. El ambicioso Zancrow, su medio hermano, había matado a su padre y lo había incriminado a él. Natsu escapó de la muerte por poco, pero las cicatrices de su alma son más profundas que las de su cuerpo. Con ayuda de un amigo, ha pergeñado un plan para llevar a Zancrow a la ruina, y este plan incluye a la muy atractiva joven llamada Lucy"

Los personajes pertenecen (al siempre troll) Hiro Mashima


Capitulo 9

Lucy se encontraba frente al espejo de vestir oscilante que había en su habitación. Como casi toda la mansión Konzern, los salones de la planta de arriba estaban muy vacíos y el aspecto de las habitaciones era de marcada austeridad. En su dormitorio también se notaba la falta de recursos: un sencillo armario de roble había reemplazado al elegante mueble de palisandro que un día había estado allí. Los cuadros, de un buen gusto exquisito, que en otros tiempos adornaban las paredes con sus marcos dorados, habían desaparecido. Las cortinas de seda de color damasco seguían estando, y hacían juego con el cubrecama y con las telas que colgaban del dosel.

Lucy sonrió para sus adentros al pensar que tal vez terminaría haciéndose vestidos de estas telas si su situación económica no daba un giro en breve.

Pero no era día de pensar en ello. Dejaban Konzern para asistir al baile de disfraz de Hargeon Hall, el último paso que había que dar para romper relaciones con el duque. De pronto pensó en él y un gélido escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Había algo amenazador en la figura de Zancrow Dragneel, algo que él se había encargado de ocultar muy bien hasta aquel día en el Salón de la Reina. Por centésima vez, agradeció en silencio al bandido por haberla salvado del terrible destino que le esperaba de haber contraído matrimonio con Zancrow; al mismo tiempo se preguntaba dónde habría ido a parar aquel alto y apuesto bandido.

De sólo pensar en él, sus mejillas se encendieron. Recordaba sus enérgicos y ardientes besos y la imagen de sus grandes manos sobre sus senos. Por Dios, cuánto había tratado de borrarlo de su mente, arrodillada en la pequeña iglesia de la parroquia, rezando para que aquellas imágenes no volvieran.

Sin embargo, cada noche, al meterse en la cama, daba vueltas y cambiaba de postura, con el deseo de volver a verlo, de que no fuera un forajido, de que llegara cabalgando en su defensa, de la misma forma en que lo había hecho el día del rapto, sacándola del carruaje y llevándola con él.

Lucy suspiró. Tenía que casarse, y pronto, y no podía hacerlo con un forajido, ni siquiera con un noble desplazado, si es que eso es lo que era. Natsu no podía salvarla, por muy apuesto que fuera. Debía buscar otro hombre, un esposo adecuado y rico, que no necesitara su dote. La búsqueda iba a comenzar en el baile de disfraz.

Tenía que ser sutil, por supuesto. El objetivo principal era acallar las malas lenguas, pero con la ayuda de Zancrow, aunque fuera mezquina, pensaba poner fin a los rumores. Mientras tanto, la temporada iba a comenzar muy pronto en todo su esplendor. Tal vez, entre los candidatos hubiera caras nuevas que desearan la mano de una rica heredera, un pretendiente de dinero y posición. Con un poco de suerte, tal vez lograra despertar el interés de alguno de ellos.

Y tal vez, con el tiempo, ese sentimiento terminara siendo amor. Lucy suspiró y se alejó del espejo justo cuando su doncella, Virgo, se apresuraba a llevarse el disfraz que llevaría en el baile, lo único que faltaba por meter en la maleta.

- Ya he terminado, hime-sama. Dios Santo, qué hermoso es. Usted será la más bonita del baile.

Eso esperaba. Tenía mucho que hacer en Hargeon Hall. Sonrió al pensar en la decepción del duque cuando supiera que no iba a ser su dote la que se hiciera cargo de sus deudas. Pobre de la que le tocara hacerlo. Lucy no dudó en ningún momento que el duque de Hargeon iba a conseguir una esposa, y pronto.

- Gracias, Virgo. Di a Lira que, como siempre, se ha vuelto a esmerar - sobre todo, teniendo en cuenta el poco material del que disponía. Los sirvientes que quedaban en Konzern habían aprendido a multiplicarse. Lira era una costurera excepcional cuando no atendía la mesa en la planta de arriba, y Virgo ayudaba con cierta frecuencia a quitar el polvo y a la limpieza en general - Dile que el disfraz es formidable.

Lucy llevaría un atuendo medieval, como el de la joven doncella Guinevere, con una túnica de terciopelo color ciruela encima de unas enaguas de seda ámbar con bordados en oro. La cintura iba ceñida con una faja dorada de la que colgaba una daga con piedras preciosas incrustadas en la empuñadura, aunque las verdaderas incrustaciones de la legendaria espada familiar habían sido sustituidas. Las mangas del vestido, que eran largas y terminaban en punta, colgaban casi hasta el suelo. Iba a ir con el cabello suelto, que le caería por la espalda, como las muchachas solteras del medioevo.

Un ruido proveniente del vestíbulo distrajo su atención.

- ¿Qué sucede ahí arriba? - su abuelo levantó la voz con impaciencia - El carruaje nos está esperando y el lacayo está nervioso. Ya tendríamos que haber salido.

Lucy salió con premura al rellano.

- Ya estamos, abuelo. Ahora mismo bajamos.

Efectivamente, en menos de un cuarto de hora ya estaban en marcha. Iban a toda velocidad por la carretera que conducía a Hargeon Hall. La semana previa había hecho un frío infernal, pero el día anterior había cambiado el tiempo y la incipiente primavera tenía todo el aspecto de haber llegado para quedarse. Entre las ramas de los árboles que bordeaban la carretera se veía la bóveda azul rosácea y se colaban los tibios rayos del sol.

Debido a la demora en la partida, ya era noche cerrada cuando llegaron a la posada que había a mitad de camino, pero las habitaciones estaban preparadas y el fuego de la chimenea encendido. A la mañana siguiente reanudaron el viaje, más velozmente de lo que ella esperaba. Cerca de Wealdon Forest, pasaron por una pequeña aldea cuyas construcciones eran en su mayor parte de ladrillo rojizo, y un perro famélico, con las costillas marcadas, corrió junto al carruaje ladrando para ahuyentarlos.

Se acercaban a Hargeon Hall; a medida que se aproximaban, crecía la inquietud de Lucy. Su mente volvía una y otra vez a dibujar las imágenes de la última vez que había viajado por ese camino, la noche del secuestro.

No vendría, ¿no? Él no se atrevería a abordarla nuevamente. Pero vio que sin darse cuenta, lo deseaba. Deseaba que saliera del bosque con su gran caballo negro, obligara al carruaje a detenerse, se agachara y la alzara para sentarla en la silla con él.

Cuando llegaron a la curva donde él había aparecido aquella noche, Lucy se mordió el labio inferior y se retorció los dedos que tenía entrelazados en su regazo. Un hilo de sudor bajaba entre sus pechos.

El abuelo la miró detrás de sus pobladas cejas blancas, consciente de las miradas que a diestra y siniestra lanzaba ella desde la ventana.

- Pareces preocupada, querida mía. Lo veo en tu rostro. No temas, mi querida Lucy, esta vez el bandolero no nos pillará desprevenidos - esgrimió una sonrisa de satisfacción - Si aparece, estamos preparados. Esta vez, el cochero va armado.

- ¿Armado? - chilló Lucy - Santo Cielo.

- Sí, armado. Si a ese bribón se le ocurre acercarse otra vez, se encontrará con el cañón de una pistola.

Al pensar en Sagitarius, tan grandullón, que era el conductor que iba en el asiento de arriba, el deseo de que apareciera el bandido se desvaneció. No vengas, Natsu, no vengas. ¡Dios Santo, no quería que lo mataran! Tan sólo era una vana esperanza de verlo una última vez.

Miró a su abuelo rezando una silenciosa oración. Le resultaba sorprendente que el anciano conde hubiera tomado tales medidas, y más aún, le sorprendía que recordara algo de aquel viaje. Pero así era su enfermedad. En un momento estaba lúcido y al minuto siguiente ya no lo estaba. La memoria del pasado lejano no le fallaba en absoluto, pero los pensamientos del día eran tan nebulosos como la neblina de Crocus.

Sentada en el borde del asiento, Lucy fijó la mirada en los árboles que se alineaban a lo largo del camino y trató de controlar los acelerados latidos de su corazón.

Al final, todo su nerviosismo fue en vano. Natsu no apareció y el carruaje avanzó sin ningún impedimento hacia Hargeon Hall. Al parecer, el bandido se había olvidado de ella por completo.

Lucy hizo la promesa de olvidarse de él de una vez por todas.

-N&L-

La música llenaba los magníficos salones y los pasillos iluminados de Hargeon Hall. Las notas del clavicémbalo flotaban delicadamente en el áureo salón de baile decorado con grandes espejos. De pie, a la luz titilante de un candelabro de oro, uno del centenar que habían dispuesto en línea por el salón majestuoso, Zancrow Dragneel disfrutaba en soledad el breve respiro que le habían dado sus invitados y su supuesta prometida.

Alcanzó a ver su pequeña figura entre la gente que bailaba, con sus lacios cabellos de hermosos todos dorados que brillaban como oro pulido en el salón iluminado con cuentos de velas. Zancorw apretó los dientes hasta sentir un agudo dolor en la mandíbula. La imagen de la mujer lo enfurecía. ¡Tanto que se había esmerado en mantener la apariencia de riqueza y poder! ¿Cómo lo había descubierto? ¿Dónde había estado los días anteriores a la boda, durante el supuesto secuestro?

No tenía la menor idea, y en realidad no le importaba. Más allá de su paradero, había una cosa que tenía clara. Ella era una jovenzuela pizpireta y maquinadora, más inteligente de lo que él había imaginado; sin duda la había subestimado en gran medida. No volvería a hacerlo.

Zancorw se acomodó el bonete negro de terciopelo con adornos de armiño, inclinándolo ligeramente hacia delante sobre una de sus finas y rubias cejas. Al mirarse al espejo advirtió que la delicada pluma alargada que lo coronaba le daba un toque de elegancia. Iba vestido de Enrique VIII, con una casaca de manga larga hasta la cintura, chaleco bordado con hilos de plata, medias de seda blancas y un braguero con bordados plateados.

Forzó una sonrisa pensando en el rey que representaba; le hubiera gustado poder decapitar a esa pequeña zorra de Lucy Heartfilia.

Se acomodó el braguero para que no le apretara el miembro. Tal vez, también podía hacer como hacía Enrique VIII, fornicar con ella una o dos veces y después entregarla al verdugo.

Meditó la posibilidad con una oleada de satisfacción mientras miraba hacia donde ella estaba bailando con el conde Everlue, que no apartaba su hambrienta mirada del pecho de la joven. Buena suerte y a otra cosa, pensó desviando la atención hacia un objetivo mucho más interesante. Era una muchacha peliazul y delgada que había visto alguna vez, una joven que asistía por primera vez a un acontecimiento de la temporada de la sociedad de Crocus. Se sabía que su padre, sir Wallace Marvell, tenía la confianza del rey en materia de finanzas. Durante todos esos años, sus negocios habían sido un rotundo éxito; él era uno de los pocos hombres que en realidad había hecho dinero antes de la quimera de Mares del Sur. En las décadas siguientes, logró convertir los beneficios en una considerable fortuna. Él tenía riqueza y poder, pero sólo una hija, Wendy, de dieciocho años de edad, que sería la única heredera de sus vastas propiedades.

Sir Wallace, de avanzada edad, tenía todo lo que la mayor parte de los hombres podía desear, pero lo que él anhelaba con más vehemencia era un título para su pequeña. Deseaba que entrara en la aristocracia, la única cosa que él, de momento, no había podido ofrecerle.

En los últimos meses, Zancrow había oído hablar de ella; los rumores decían que la joven y su fortuna estaban en venta. En aquel momento él no se había interesado, ya que se había comprometido con la heredera de los Heartfilia. Para él, casarse con una mujer que no perteneciera a la aristocracia era, a todas luces, impensable.

Por desgracia, con la pérdida de su prometida y la amenaza de ruina en el horizonte, se vio obligado a considerarlo de nuevo.

Zancrow se llevó un delicado pellizco de rapé a la nariz, examinó a la joven peliazul y volvió a meter la cajita de plata enjoyada en el bolsillo del chaleco. No podía decir que ella le desagradara. Llevaba un sencillo disfraz de granjera, tenía muy buen cutis y su rostro era hermoso, de estilo menos radiante que el de Lucy Heartfilia; sin duda sería mucho más manejable que ella. La semana anterior había tenido un encuentro secreto con su padre. Sir Wallace había estado a punto de desmayarse con la idea de ver a su hija casada con un duque.

Habían llegado a un acuerdo provisional que incluía la formidable dote de su hija y la condición de que el matrimonio convertiría al duque de Hargeon en heredero de la vasta fortuna de los Marvell.

Sólo había un obstáculo: Wendy Marvell tenía que estar de acuerdo. Zancrow le sonrió desde el otro lado del reluciente suelo de mármol. Advirtió que estaba bailando con el conde de Balkan, un hombre apuesto y adinerado, del que se rumoreaba que al fin se había decidido a entrar al mercado matrimonial. El conde necesitaba un heredero; pensaba resolver el problema al terminar la temporada.

Zancrow frunció el ceño. Quería a Balkan lo más lejos posible de Wendy Marvell. Su reputación con las mujeres era pésima y, aunque Wendy no lo sabía, ya corrían habladurías sobre ella. Zancrow se quería asegurar de que el conde comprendiera la situación. En cuanto se quitara de encima a su no deseada prometida, iba a ganarse los favores de Wendy Marvell. Zancorw sonrió. La chica iba a aceptar su proposición matrimonial, y pronto. Ya se encargaría de que no tuviera más remedio. Con Lucy Heartfilia había cometido una equivocación. No iba a errar de nuevo con Wendy. Se acarició la recortada y oscura barba postiza y pensó en Enrique VIII. En cuanto volviera a tener dinero su poder sería aún mayor. Tal vez, cuando su posición se afianzara de nuevo, podría devolver la atención a Lucy Heartfilia.

-N&L-

Lucy forzó los labios para poder sonreír. Se aburría hasta la muerte con el conde Everlue. En toda la noche no había hecho otra cosa que mirar sus pechos lascivamente y babear de la forma más repugnante. Por suerte, casi todo el tiempo Zancrow había representado su papel con corrección, bailando con ella y dejando claro que aún eran una pareja, que no había ningún problema entre ellos. Sus adulaciones la habían rescatado por momentos de los libidinosos avances del conde, pero ahora el duque se había alejado.

- Parece cansada, querida - dijo el conde observando el rubor de sus mejillas al terminar el baile - Tal vez un poco de aire fresco en la terraza le vendrá bien.

- ¡No! Di... digo... lo siento, milord, pero me temo que no puedo - lo último que quería era estar a solas con el conde libertino - He prometido este baile a otra persona. Tengo la certeza de que en cualquier momento llegará para pedírmelo.

Se volvió para alejarse pero se detuvo bruscamente ante un ancho pecho que bloqueaba el camino.

- Como usted dice, milady - dijo la voz entre suave y áspera que le era tan familiar - creo que este baile me corresponde.

¡Natsu! El corazón se le desbocó y comenzó a latir a un ritmo vertiginoso dentro de su pecho. No podía ser él. No era posible que estuviera aquí. Llevaba máscara y peluca, pero aun así no tenía la menor duda de quién era.

- ¿Milady?

Hizo una reverencia completa, después señaló la pista de baile con un movimiento de cabeza y se volvió en esa dirección.

A Lucy le resultaba difícil tomar aliento; sentía una gran sequedad en la boca.

- Sí... sí... creo... creo que este baile es suyo... milord.

Él llevaba la túnica escarlata y las ceñidas calzas blancas de los oficiales de caballería, las piernas firmes encajadas en unas botas altas de color negro. Una peluca negra cubría sus desordenados cabellos, y la mitad superior del rostro quedaba oculta por una máscara de seda negra. Pero ni siquiera la máscara podía ocultar aquellos intensos ojos verdes ni detener el vértigo que sintió Lucy.

Aceptó la mano que él le ofrecía, una mano grande que le envolvía los dedos; la calidez y la fortaleza que transmitía le hizo recordar la fuerza imponente que él representaba. Bajo su túnica de terciopelo color ciruela, las piernas temblorosas aceptaron seguirle hacia la pista de baile.

Lo miró, sintió el calor de aquellos ojos y un pequeño escalofrío recorrió todo su cuerpo. Con la fuerza de un vendaval, se dio cuenta de cómo lo había echado de menos desde que él se había marchado dejándola en aquel prado, de cuánto había pensado en él, de la preocupación constante que había sentido por su bienestar. Era una locura, pero el interés y la inquietud que sentía por él no habían disminuido un ápice. Más bien aumentaban según lo veía mover el cuerpo al compás de la música, con la elegancia de un cortesano más, aunque era más fuerte y ágil que cualquier otro invitado. Nerviosa, Lucy miró a la gente que giraba a su alrededor. Era peligroso que él estuviera allí. Cualquiera fuese su verdadera identidad, seguro que era alguna clase de villano. Dios Santo, tal vez alguna de sus víctimas lo podía reconocer con tanta facilidad como ella lo había hecho. ¡Quizá lo arrestaran, hasta lo podían mandar a prisión! Santo Cielo, ni siquiera los nobles venidos a menos eran inmunes a la ley.

Lucy trató de concentrarse en la música, una danza folclórica que no terminaba nunca, pero su mente seguía enfrascada en el hombre que tenía enfrente. A pesar de su altura, se movía con la misma elegancia que ya había advertido en él antes. Sus ojos la examinaban de arriba abajo a través de la máscara, con un brillo ardiente y alguna que otra oscura emoción.

Ella lo examinó con la misma osadía, percibió la anchura de su espalda, el estómago chato y la cintura estrecha, la forma en que las calzas le marcaban los muslos firmes. Advirtió que la tela enfundaba un bulto considerable a la altura de su sexo, y sus mejillas se encendieron. lucy desvió la mirada, pero no sin detenerla previamente en su atrevida y arrogante sonrisa.

Al terminar el baile, él la tomó de la mano y salieron de la pista de baile en dirección a la terraza que daba al jardín. En el aire había una fragancia primaveral, y la noche estaba fresca pero no fría. O, tal vez, era el calor que corría por sus venas lo que mantenía su temperatura.

Ella dejó que él la llevara hasta las sombras que había en el extremo de la terraza, entonces se volvió para encararlo, recuperando la voz por primera vez desde que apareció.

- Por todos los santos, Natsu, ¿has perdido la cordura? ¡La casa del duque es el último lugar en el que podías haberte presentado!

Él encogió aquellos hombros poderosos, resaltando los músculos a través de su uniforme escarlata.

- Vine para verte - sonrió - Pensé que tal vez me habías echado de menos.

- ¡Echarte de menos! Eres un arrogante insufrible.

El roce firme de su brazo deslizándose por la cintura no la dejó continuar hablando.

- ¿Qué estás hacien...?

La frase terminó de golpe con el choque de sus labios ardientes y húmedos. La besó con gran determinación, moldeando la boca sobre la suya, obligándola a separar los labios ante la invasión de su lengua.

El estómago le dio un vuelco y el mundo comenzó a girar, la sangre fluyó a gran velocidad y las piernas le flaquearon. Él la estrechó con más fuerza entre sus brazos, presionándola contra todo su cuerpo musculoso, y ella sintió agujas al rojo vivo en todo su ser. Los labios le producían cierto cosquilleo y la piel acusaba un rubor cada vez mayor. Una oleada de placer, puro y salvaje, la recorrió y todo su cuerpo tembló.

- Natsu... - susurró devolviendo los besos mientras le rodeaba el cuello con sus brazos. Dios Santo, lo que hacía era una insensatez, pero no podía detenerse.

Natsu la besó con más pasión, saboreando el interior de su boca barriéndola con la lengua mientras con las manos recorría su espalda, le rodeaba la cintura y después las deslizaban hacia más abajo, abarcando sus nalgas y acercándola más a él. Su sexo estaba duro, una protuberancia que la alertaba, pero el beso era tan ardiente, tan devorador que, sin ser muy consciente de ello, vio que se arrimaba a él más y más, con las mano tomándole el rostro y devolviéndole los besos con la misma pasión.

Fue Natsu quien se retiró. Su máscara negra se había ladeado ligeramente y sus ojos verdes le dirigieron de pronto una mirada acusadora.

- Todavía eres la prometida del duque. Dudo que él apruebe nuestro beso.

Tomó aire a duras penas, asombrada de que pudiera hablar con tal repentina calma.

- Su excelencia y yo ya hemos acordado separarnos. Lo único que hago es esperar que pase el debido tiempo para acallar las malas lenguas.

Los firmes músculos de sus anchas espaldas liberaron parte de la tensión acumulada.

- Tenía la esperanza de que fueras inteligente y cortaras esa relación.

A ella le faltó poco para echarse a reír. Lo había hecho porque no le quedaba más remedio. Necesitaba dinero con la misma urgencia que el duque.

- Por qué has venido, Natsu?

Él se enderezó un poco y tomó una actitud un poco más precavida

- Para verte, por supuesto. - Pero había algo más. Lo veía en sus ojos. Ni siquiera la picardía de su sonrisa podía tapar esa sensación. - Y ha valido la pena, duquesa.

Sus mejillas se sonrojaron. No debía haberlo besado. Aún peor, ahora que ya lo había hecho, sabía que lo iba a lamentar. En realidad, no sentía el menor arrepentimiento.

- Ya no voy a ser duquesa.

- ¿Te importa?

Ella negó con la cabeza.

- En absoluto. En realidad, creo que tengo una deuda de gratitud contigo. Mi matrimonio con el duque habría sido terrorífico. No entiendo cómo no vi en él su verdadera naturaleza.

La línea de su boca sensual se endureció.

- Zancrow tiene muchas caras. No debe sorprender que una joven inocente como tú se engañe.

- Hablas como si lo conocieras bien.

- Pensé que lo conocía, pero me equivoqué. Pagué muy caro el error. Un error que no voy a cometer nunca más.

- El compromiso sigue en pie. Cuando llegaste esta noche, ¿cómo sabías que no daría la voz de alarma y no diría que tú eras el secuestrador?

Natsu esbozó esa sonrisa que la desarmaba. Su rostro rejuvenecía, parecía menos beligerante, menos extenuado. Se le ocurrió que sonreír era casi una novedad para él, como si no fuera algo que hiciera con frecuencia.

- No tenía la certeza. Suponía que ya sabrías que lo que te dije era la verdad. Tenía la esperanza de que tu gratitud bastaría para guardar silencio - una ceja se arqueó al tiempo que examinaba su rostro - O que, tal vez, te habías acordado de mí alguna vez, como yo de ti.

El corazón de ella dio un vuelco y comenzó a latir a mayor velocidad. Clavó la mirada en su apuesto semblante y una oleada de tristeza se apoderó de Lucy. Seguro que había pensado en él, sin tregua, desde el momento en que se separaron. Pero eso no cambiaba las cosas. Tenía que casarse por dinero, debía encontrar un hombre que salvara a su familia de la ruina.

Era irónico, pero ella y Zancrow transitaban el mismo camino. En realidad, aunque odiaba admitirlo, ellos no eran tan diferentes, después de todo.

- Tengo que entrar - dijo con el deseo de no tener que hacerlo - ¿Nos volveremos a ver?

Él negó con la cabeza.

- No creo. No sería lo más sensato. Tendría que haberte dejado en paz esta noche.

Ella se alzó ligeramente y le acarició la mejilla.

- Me alegro de que no lo hayas hecho.

Los ojos de Natsu parecían brillar con un fuego interior. Por un momento pensó que la iba a volver a besar, pero no lo hizo.

- Adiós, duquesa.

No lo corrigió. La palabra tenía un trasfondo de afecto y a ella le gustaba la ternura de su mirada cada vez que la pronunciaba.

- Adiós, Natsu. Cuídate.

Él se volvió, y ella lo vio salir de la terraza y desaparecer en la oscuridad del jardín. Su sombra se proyectaba en gigantescas dimensiones por la luz de las antorchas que iluminaban el sendero de gravilla.

En pocos segundos él desapareció, y Lucy sintió un súbito vacío. Le escocía la humedad acumulada en los ojos. No era correcto sentirse atraída de esa forma tan salvaje por un hombre que apenas conocía; no obstante, al verlo marchar, se le instaló un dolor en el pecho y un nudo agudo de emoción que le ahogaba la garganta. Pero todo era en vano. Aunque Natsu sintiera algo más que un simple deseo por ella, no iba a resultar nada de aquello. Él no formaba parte de su mundo ni ella del suyo. Nada que pudieran hacer, ninguno de los dos, podía cambiar eso.

Sin embargo, los besos ardientes y el recuerdo de aquellos ojos intensos que la miraban, la habían sumido en un hechizo que sólo se rompió cuando sintió el gélido aire nocturno que la obligó a volver a la casa.

Sin embargo, no podía olvidarse de él.

-N&L-

El baile de disfraz se le hizo interminable. Lucy sonrió, rió y habló de Zancrow con afecto a sus invitados. Se sentía cansada e incómoda; además seguía preguntándose acerca de la verdadera razón que había impulsado a Natsu a presentarse así. Mientras seguía dándole vueltas al asunto, le pareció ver su imagen escarlata en el vestíbulo anexo al despacho del duque. ¿Habría entrado? ¿Acaso el motivo era robar, o tal vez algo peor? Y de no ser así, ¿qué estaba haciendo allí?

No hallaba ninguna respuesta. El llamado Natsu era un enigma, tan insondable como las criaturas salvajes del bosque. A lo mejor, ella podía contratar a alguien para descubrir su verdadera identidad, pero sus fondos ya eran bastante exiguos, y en realidad, tampoco le importaba tanto. No había un lugar en su vida para Natsu. Él no podía salvarla. Su deber era encontrar a un hombre que pudiera salvarla.

Sin embargo, esta noche no iba a suceder, y según se iba alargando la velada, su cansancio iba en aumento.

Buscó a su abuelo pero vio que ya se había ido a acostar. Cansada, pero todavía con un ligero nerviosismo, deambuló por los magníficos pasillos de mármol de Hargeon Hall, olvidándose de los invitados, recorriendo un elegante salón tras otro, disfrutando la belleza que la rodeaba.

En la sala de armas había armaduras relucientes que llamaban la atención con sus contundentes espadas envainadas, las lanzas sujetas por una firme mano de metal. La biblioteca era enorme, las paredes estaban revestidas de madera pulida y en ella había más libros de los que jamás había visto en un mismo lugar.

Una biblioteca espléndida era una gran distinción social. Por encima de todo, lo que anhelaba Zancrow era destacar en la sociedad, pero no creía que aquella colección tan maravillosa fuera obra de él. Pasó el dedo por las tapas de cuero de los distintos volúmenes. La marcha del peregrino, de Bunyan, El libro de los mártires, de Foxe, Crónicas, de Baker. También encontró El único deber del hombre, Los siete campeones, Historia de una barca y El espectador, de Turner. La lista era interminable. Se le ocurrió que, de haberse casado con el duque, al menos se habría entretenido en este lugar. La idea le hizo sonreír.

Un formidable reloj de pie dio la hora cuando estaba saliendo de la habitación. Aún seguía oyéndose el clavicémbalo que sonaba en el salón de baile. Al salir al pasillo pensó en retirarse a su habitación pero las dimensiones de la casa eran de tal magnitud, que no supo recordar por dónde había bajado.

Se metió erróneamente por un pasillo que la condujo hasta la Gran Galería, un estrecho pasaje con arcos, pinturas en el techo y docenas de retratos con marcos dorados que colgaban de las paredes. Cuatro generaciones de duques de Hargeon y sus antecesores, retratos de esposas e hijos, con sus nombres tallados orgullosamente en pequeñas placas de plata al pie de cada pintura.

- Disculpe, milady - el mayordomo apareció en la puerta - Lamento molestarla, pero como la vi caminando por aquí pensé que tal vez se había perdido.

Ella sonrió al ver la preocupación que había en aquel rostro de finas facciones, un rostro que le resultaba tanto más agradable con cada visita a Hargeon Hall.

- Gracias, Macao. Estoy un poco desorientada. No era mi intención llegar aquí, pero me ha resultado entretenido.

Él esbozó una genuina y cálida sonrisa, giró un poco y señaló uno de los retratos.

- Éste es el segundo duque, milady, el abuelo de su excelencia.

- ¿Y este hombre tan imponente que hay aquí? - preguntó señalando al hombre robusto y de cabellos plateados de uno de los cuadros - ¿Era el padre del duque actual? - ella trató de leer el nombre de la placa, pero la iluminación era escasa y no lo veía bien.

- Así es, milady.

Jamás lo hubiera dicho. Son muy distintos.

El mayordomo se acercó hasta que los dos estuvieron más cerca del cuadro.

- El actual duque es el segundo hijo. Su primera esposa falleció mientras daba a luz, y el viejo duque se volvió a casar al poco tiempo. El duque actual se parece a su madre, la duquesa Clarice.

Lucy se mordió el labio inferior y se quedó pensativa arqueando una ceja rubia.

- No sabía que el duque tenía un hermano mayor.

El mayordomo asintió con la cabeza.

- Lo tenía, milady - Macao se acercó a un retrato familiar que había en un extremo de la pared y no estaba tan iluminado como el resto - Aquí está. La mujer sentada junto al duque es su segunda esposa, Clarice. Su excelencia es el niño rubio sentado a su izquierda, más abajo, y su hermano mayor es el joven de cabellos asalmonados, a la derecha.

Lucy se arrimó más al cuadro, con el pulso acelerado y el corazón comenzando a golpearle en las costillas. El retrato representaba a los cuatro miembros de una familia, con los hijos adolescentes ya casi adultos. El rostro de los dos hermanos reflejaba aún la inocencia, la mirada traviesa y a la vez curiosa de la juventud. El rubio semblante de Zancrow era inconfundible, los cambios habidos en él eran apenas perceptibles: su piel seguía teniendo el mismo tono pálido, su figura era todavía esbelta, aunque había madurado.

Pero el otro joven había cambiado de verdad. Aún así, ayudándose con la luz de un candelabro que ella tomó de una mesa para observar atentamente el cuadro, Lucy supo sin ninguna duda quién era el joven.

No había equivocación posible: aquellos ojos de un verde oliva, la mandíbula firme y cuadrada, los huesos de las mejillas tan marcados, la curva sensual de aquellos labios. Su aspecto actual era más adusto, más corpulento, más fuerte. Más duro. Aquel mocoso se había convertido en un guerrero. El niño de antes, en un hombre.

Las manos de Lucy temblaban cuando acercó aún mas la luz titilante al retrato.

- ¿Cómo... cómo se llamaba?

- Su padre lo llamó Natsu, milady, igual que el primer duque de Hargeon.

El estómago de Lucy se agarrotó. Cuando miró de nuevo al mayordomo, una triste sonrisa había alterado el semblante de Macao; de pronto su aspecto había envejecido varios años.

- Era un buen muchacho, el joven Natsu. No es verdad lo que dijeron de él. Jamás conseguirán que yo lo crea, hasta el día que me muera.

La emoción le quebró la voz, que salió atiplada. Lucy sintió que se le retorcían las entrañas.

- ¿Qué le ocurrió? - preguntó con un tono que casi era un susurro.

Él se limitó a negar con la cabeza.

- Lo siento, milady. No debía haber hablado así. No está bien que yo le cuente estas cosas. A su excelencia le desagradaría, y a mí no me gusta mucho hablar de eso.

Lucy se acercó y le agarró el brazo con tanta fuerza que él se estremeció.

- Lo... lo siento - ella le soltó el brazo y dejó el candelabro en la mesa - Necesito saber qué le sucedió a Natsu. Le prometo que lo que me cuente no saldrá de aquí, pero tiene que contármelo, se lo ruego, Macao, por favor.

La observó unos instantes, vio la palidez de su rostro, oyó la absoluta desesperación de su voz. Dejó escapar un suspiro de resignación.

- Fue hace ocho años, milady, pero lo recuerdo como si hubiera sido esta misma noche. Estaban discutiendo, Natsu y su padre. El muchacho acababa de cumplir diecinueve años.

- ¿De qué discutían?

- Por lady Garou, creo.

- ¿La condesa de Garou, Lady Kamika? - repitió Lucy con un retortijón en el estómago.

Ella había visto esa noche a la hermosa condesa por primera vez. Iba vestida de Cleopatra con un disfraz muy atrevido de seda color rubí y un tul plateado muy transparente, y con sus negros cabellos sueltos hasta la cintura, había sido el centro de las miradas de todos los hombres que había en el salón. La mujer andaba en los treinta y mantenía la piel y la figura en perfectas condiciones.

Lucy se había sentido fascinada por su belleza desde el mismo momento en que la condesa entró en la sala.

- Sí, milady, es casi seguro que era por la condesa. Eso dijeron los sirvientes. Se sabía que Natsu andaba con ella y que su padre no lo aprobaba. El caso es que el joven salió precipitadamente de la casa y a los pocos minutos el duque salió detrás de él. Siguió a su hijo hasta la posada donde se encontraban el joven y la condesa; fue allí donde ocurrió todo.

Lucy se humedeció los labios.

- Donde sucedió, ¿qué?

- La discusión continuó en la posada. Alguien mató a su excelencia de un disparo, después dijeron que había sido Natsu.

Lucy se obligó a respirar pero no le era fácil. A pesar de la escasa iluminación, vio el brillo de las lágrimas derramándose por las huecas mejillas del mayordomo.

- Pero no fue así, milady. Él adoraba a su padre. Jamás le habría hecho ningún daño.

Las piernas de Lucy comenzaron a temblar. Estaban a punto de doblarse y dejar que se desplomara en el suelo. Se agarró al borde de la mesa para mantener el equilibrio.

- ¿Y qué... qué le pasó a Natsu? - una parte de ella no quería seguir escuchando. Pero la otra parte tenía que saberlo.

- Lo detuvieron, milady, y se lo llevaron al Palacio del Infierno. Su hermano menor siguió al duque hasta la posada. Dijo que trató de evitar que disparara. Lady Garou también testificó en su contra. Sólo un hombre lo apoyó en el juicio, lord Phantom. Él y Natsu eran buenos amigos desde la infancia.

- ¿Phantom? - repitió Lucy imaginándose la oscura y alta figura del marqués.

- Sí, pero no sirvió para nada. Lo condenaron a la horca. Aunque bien sabe Dios que eso no llegó a suceder. La primera noche, lo atacaron unos ladrones. Palacio del Infierno es un lugar terrorífico; allí está la peor escoria humana que se pueda imaginar. Esa misma noche mataron al pobre joven, por alguna moneda y la ropa que llevaba. Lo abrieron en canal, algo espantoso, según dicen.

Lucy pensó que iba a marearse. Volvió a mirar el retrato y sintió aquellos penetrantes ojos verdes como si estuviera ahí mismo en la habitación. No se equivocaba en absoluto. Era el rostro del hombre que la había secuestrado, el hombre que por suerte había impedido que se casara con el despiadado duque.

El rostro del hombre que la había besado un rato antes en la terraza. Un rostro que no podía olvidar.

- Gracias, Macao - trató de teñir su voz temblorosa con un tono de gratitud - Ahora, si no le importa, tal vez pueda guiarme hasta la escalera para subir a mi habitación.

Él asintió con gravedad.

- Por supuesto, milady.

No cruzaron ninguna palabra mientras él la conducía por el pasillo correcto y ella desapareció por la escalera de mármol.

Al llegar a su habitación, Virgo la estaba esperando. Lucy no habló mucho. Dejó que la mujer la desvistiera, masculló unas palabras de agradecimiento, y se dejó guiar hasta los peldaños junto a la enorme cama con dosel.

En cuanto la puerta se cerró, Lucy se hundió en el mullido colchón de plumas. Sentía una gran desazón en su interior, y el corazón le pesaba en el pecho.

No era simplemente Natsu, como ella lo había conocido, sino Natsu Dragneel, el hombre que debía haber sido el cuarto duque de Hargeon. El mismo que había venido hoy, el hombre que la había besado en la terraza de esa forma tan apasionada.

No era un bandido, sino un asesino. ¡Cielo Santo!

Lucy se mordió el labio inferior para impedir que siguiera temblando. Los pensamientos eran tan turbulentos que le resultaba difícil ordenarlos. ¿Dónde se había escondido todos estos años? ¿Por qué había reaparecido ahora?

Una mínima falla, una sola persona que lo reconociera como el hijo mayor del duque de Hargeon y él volvería a la prisión. ¿Por qué estaba arriesgando la vida? ¿Qué podía ser tan importante?

Lucy posó la mirada en las telas de seda ámbar que colgaban del dosel, en las borlas de seda roja que pendían del dobladillo, pero en realidad no podía verlas porque había un rostro que le interceptaba la visión. Natsu Dragneel. El duque de Hargeon.

Recordó el ardiente beso, se preguntó por su paradero y por la razón que le había impulsado a acudir esta noche a Hargeon Hall.

Se preguntaba también si, en realidad, podía ser un asesino. Cerró los ojos, pero no se durmió.


Bien Lucy ya sabe la verdad...que pasara ahora? y Natsu para que se fue a meter a Hargeon Hall?

Guest: Como es eso que maten a Lissana? todavía nadie sabe que papel cumple y ya la quieres muerta xD y tu presentimiento como pudiste leer estaba en lo correcto...a que eres psíquica xD

Nata: Pues espero que en este capitulo haya suficiente NaLu para ti y mucho del Natsu macho

Taki-sazuna: muchas gracias por el review

Muchas gracias por los review :3