Hiatus kilométrico por culpa del trabajo y de asuntos personales, pero sigo adelante con la tabla :D Este one-shot viene a ser como la otra cara de la moneda del relato anterior, e incluso intenté incluir algunos paralelismos. Os aviso por si queréis releer Volveré antes de leer Ausencia.

Prompt: Down the generations / Family Tree
Word Count: 13.811
Summary: Cuando Héctor se marchó para no volver, Imelda creyó que prohibir cualquier cosa que le recordase a él bastaría para olvidarlo. La ausencia haría el resto. Pero hubo algo con lo que no contó y de lo que resultaba imposible librarse: la sangre de su esposo que siguió corriendo por el árbol familiar, de generación en generación.

Ausencia

Con frecuencia, Imelda pensaba que estaba maldita.

Cuando era joven y la felicidad apenas le entraba en el pecho, se sentía la persona más afortunada del mundo. Se sentía bendecida, invulnerable. El país se desmoronaba a su alrededor, pero estaba segura de que las dificultades no importarían, porque nunca encontrarían nada imposible de superar. Héctor siempre fue el motor de su optimismo. Quizá por eso su marcha lo desequilibró todo hasta tal punto, atacándola en lo más íntimo y destruyendo lo que siempre había dado por sentado.

Solo una maldición podía hacer que las cosas se torcieran así.

Con los años, también comenzó a preguntarse si esa maldición no se la habría echado ella a sí misma, de algún modo. Tal vez en la propia Navidad de 1921, cuando ni su esposo apareció en la puerta ni recibieron noticias suyas. Aquella Nochebuena pasó a la historia como la peor de toda su vida, con Coco preguntando constantemente por su papá, sus padres gruñendo sin parar contra su yerno y contra ella, y Óscar y Felipe lanzándose inquietas miradas cada dos por tres. El ambiente era tan denso que se podía masticar, y la tensión que llevaba acumulando desde que Héctor salió por la puerta, hacía ya más de siete meses, estalló en su estómago como un saco lleno de fuegos artificiales. La casa se llenó con el estruendo de los gritos y la loza rota. El veneno fluyó sin piedad, por parte de unos y otros. Sus padres se marcharon dando un portazo, e Imelda se quedó gritando en la cocina, lanzando vasos contra las paredes en un ataque de ira que obligó a Óscar a llevarse fuera a una Coco que no paraba de berrear. Felipe permaneció a su lado para intentar tranquilizarla, y al final se derrumbó en sus brazos, llorando con todas sus fuerzas, como si le estuviesen arrancando el corazón. Porque eso era lo que sentía. Los cómo pudiste se mezclaban con los no va a volver, los ojalá y te pudras con los devuélvanmelo, los lo siento con los te odio… y maldijo a Dios por entregarle al amor de su vida y arrebatárselo de golpe ahora, cuando apenas estaban empezando a vivir.

Fue la primera y última vez que Imelda perdió el control de esa manera. No volvió a llorar a gritos ni a romper cosas. Se disculpó con sus padres al día siguiente, aunque su relación no hizo más que empeorar desde entonces. Incluso fue a confesar antes de la misa de Navidad, arrepentida por su violento exabrupto. Pero nada bueno podía salir de maldecir a Dios en Nochebuena, ¿no?

Sabía que Héctor no volvería. Si no había vuelto ya, era porque no lo iba a hacer. No lo iba a hacer. Tuvo que repetírselo mil veces para que calara, recordándose que aquello no era una pesadilla, sino la vida real. Y la vida exigía una respuesta. Acción, decisiones, hechos. La vida, que de repente se presentaba ante ella con toda su crudeza y oscuridad, no le iba a permitir quedarse de brazos caídos mirando a la pared. Así que, a cada nueva semana que pasaba sin recibir carta suya, Imelda llevaba a empeñar o a vender alguna de sus cosas. Para cuando llegó la primavera y se cumplió un año de su partida, todo lo que había pertenecido a Héctor había sido sacado de la casa o amontonado en el rincón más oscuro del armario. El taller ya estaba en marcha y ella ya era oficialmente zapatera. Nadie cantaba ni tarareaba ni bailaba. Las contraventanas se cerraban de golpe siempre que algún músico cruzaba la calle. Pero no lloró. Sentía que aquella explosión la había vaciado por dentro y ya no quedaba nada más que verter.

No era cierto, por supuesto, y tendría muchas más oportunidades en el futuro para comprobarlo; pero durante los primeros años, esa sensación de vacío lo hizo todo un poco más fácil. Funcionar era más fácil, si pensaba en sí misma como una máquina de coser a la que no debía dejar de pisar el pedal. Era lo único que podía hacer para no volverse loca, porque ya no recordaba cómo era la vida antes de que Héctor llegase a Santa Cecilia. Habían estado juntos tanto tiempo, su relación había sido siempre tan estrecha, que su ausencia resultaba demasiado brutal. Necesitaba reformular la realidad entera para seguir adelante, y eso implicaba aferrarse al día a día, al trabajo, a los encargos, a cualquier cosa que no llevase la impronta de su esposo, sin mirar atrás. Y rechazar radicalmente lo que sí le recordaba a él. Fingir que nunca había existido. Como el acto reflejo de no tocar lo que sabes que va a quemarte.

Solo era un parche. Solo estaba huyendo hacia delante, sin curar heridas y sin permitirse el duelo. No estaba pasando página de verdad. En el fondo lo sabía, y también sabía que, antes o después, aquello podría reventarle en la cara. Pero no le importó, porque era una madre sola con una niña que criar en un mundo demasiado turbulento. Había demasiadas cosas de las que ocuparse y demasiadas cosas en las que pensar.

Ojalá esa especie de aturdimiento emocional hubiese durado para siempre. Quizá al final todo se hubiese aquietado de verdad, la sombra de Héctor se hubiese borrado de la existencia y ella hubiese conseguido olvidarlo de una vez por todas. Pero entonces Coco cumplió seis años, y ella comprendió que nunca hallaría paz, porque la pequeña era la viva imagen de su padre. Tenía los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo carácter, el mismo sentido del humor, incluso el mismo lenguaje corporal; e Imelda se preguntaba cómo demonios era posible semejante cosa, si Coco no había conocido a su padre el tiempo suficiente como para aprender a emular su forma de moverse o de expresarse.

—Dios mío, ¿por qué te ríes de mí así? —rezaba a veces, en la soledad de su cuarto, con los dientes tan apretados que se le resentía el rostro entero—. Cuando te pedí que me lo devolvieras, no me refería a esto. Así no, maldita sea. Así no.

Pero así fue, y esta vez no había escapatoria posible, porque no existía nada en el mundo que ella pudiera amar más que a Coco.

Imelda cayó entonces en la costumbre de mascullar para sí un maldito pendejo, cada vez que veía a Héctor en su hija. Pero, cuanto más lo maldecía, más parecía asemejarse Coco a él. Con diez, doce, catorce años… La música bullía dentro de ella, sus ojos reflejaban un corazón enorme, amaba tanto y con tanta fuerza que su mera presencia era capaz de curar cualquier dolor. Y la ausencia pesaba como una rueda de molino cargada a su espalda. Era imposible olvidar así. Imelda cerraba los ojos y veía al niño, al muchacho, que había sido su amigo, su esposo, su amor. Oía a Coco reír y lo oía también a él. Recordaba su voz como si la hubiese escuchado por última vez el día anterior, y no años atrás. Recordaba todo lo bueno que había en él, todo lo que ella había amado. Recordaba, recordaba, recordaba…

Fue entonces cuando descubrió que aún le quedaban lágrimas, después de todo.

—No sabes cómo te odio —le susurraba a Héctor, cuando ya no podía más, y en el fondo de su mente lo veía sonreír de lado, con esa mezcla de indulgencia y tristeza, murmurando un: eso no es cierto.

E Imelda deseaba poder odiarlo de verdad, porque era cruel que se lo hubiese llevado todo al marcharse, todo su amor y su ilusión, y ni siquiera le permitiera ahora a ella la paz del olvido.

Coco se casó con Julio a la misma edad que tenía Héctor cuando se marchó. Imelda vio la luz que iluminaba su rostro durante la boda, y el esfuerzo que tuvo que hacer para tragarse el llanto la dejó exhausta. No fue más fácil cuando nació Victoria, meses después, y Coco se pasaba el día contemplando a su hija maravillada, como si fuese el mayor tesoro del planeta. Imelda no se lo dijo, pero Héctor también la había mirado así cuando era un bebé. Héctor la había mirado así siempre. Héctor la había querido tanto que hasta la propia Imelda le había tomado el pelo, cada vez que lo encontraba absorto observando ese pequeño milagro que habían traído a la vida juntos.

—Es tan perfecta, Imelda —decía él, radiante—. ¿Cómo pudimos crear algo tan perfecto?

—Es tan perfecta, mamá —le dijo un día Coco, acariciando la cabecita de Victoria—. ¿Cómo es posible?

Y su corazón se agrietaba, consciente de que todo aquello había sido real, que el amor que él les tuvo era real, y aun así no fue suficiente para impedir que se marchara.

Victoria heredó los ojos de Imelda y la nariz de los gemelos, pero tenía la misma cara que Héctor. Las facciones de Elena, gracias a Dios, fueron las de su padre, pero tenía los ojos y la nariz de su madre, que eran los de Héctor también. Las mirase como las mirase, sus dos nietas llevaban parte de su esposo en ellas; y sin ser siquiera conscientes de ello, alargaron aquella tortura una generación más.

—¿Por qué no puedes desaparecer y ya? —le gruñó una noche a Héctor—. ¿Por qué no puedes esfumarte y dejarme tranquila?

En el ronroneo de Pepita, enroscada a su lado, creyó oír su voz, susurrando viejas palabras de disculpa, mientras el hilo de una melodía disonante se arrastraba por los rincones de su memoria. Se sintió atrapada, como una mosca en una tela de araña, y tuvo que hundir la cara en la almohada para acallar los sollozos, hasta que el fuerte dolor que le atravesaba el pecho remitió.

No importó lo mucho que intentara borrar a Héctor de todas partes; jamás logró sacarlo de su propia cabeza. Bajo el ritmo de la vida diaria, que nunca daba tregua, era fácil fingir. Quizá incluso lograra mantener engañada a la familia entera, haciéndoles creer que de verdad lo había olvidado y ya nunca pensaba en él. Pero a veces pillaba a sus hermanos mirándola y sabía que ellos comprendían. Ellos veían más allá de su fachada, porque sabían que, incluso sin mencionarlo, Héctor seguía allí. En Coco, en Victoria, en Elena. Y allí seguiría, porque su sangre continuaría fluyendo por el árbol familiar hasta que se secara la última gota.

Esa era la verdadera maldición.

Victoria no tenía solo la cara de su abuelo; también tenía su afilada lengua, su ironía, su sarcasmo, su acidez. Respondía a las impertinencias con sonrisitas petulantes, cada chiste a su costa se ganaba una fulminante mirada de hastío y nadie escapaba de sus agudos albures. Era prácticamente imposible verla enfadada o fuera de quicio, pero sus sentimientos latían con fuerza, profundos e inquebrantables. Elena, por su parte, tampoco tenía solo la nariz y los ojos de su abuelo; tenía su candidez, su energía y su entusiasmo infantil. A veces llegaba de la escuela tan excitada por cualquier tontería que Imelda casi esperaba oírla soltar un grito de mariachi. Agitaba los puños con entusiasmo, sonreía de oreja a oreja mordiéndose el labio y repartía abrazos y besos a todo el mundo, como si el afecto no le entrase en el cuerpo. Había un sinfín de pequeñas cosas entrañables de Héctor que Imelda casi creía haber olvidado y que rememoraba porque las veía en ellas. Cualquier detalle podía desencadenar el recuerdo de una escena similar, ocurrida hacía una vida, en lo que ya parecía otro mundo. Esas visiones la asaltaban con tanta frecuencia que llegó a preguntarse si no estaría exagerando los rasgos de sus nietas sin darse cuenta, buscándolo a él a propósito. Si no estaría en realidad obsesionada con los fragmentos de su imagen. Si no sería ella misma la que se saboteaba, agarrándose al pasado con uñas y dientes para no perder las últimas migajas que le quedaban de él.

Su corazón siguió astillándose, pero llegó un punto en el que trató de resignarse sin más. Se resignó, mientras las niñas crecían, y ella empezaba a envejecer. Mientras el espejo empezaba a delatar más y más arrugas, y su cepillo empezaba a peinar canas, y su resistencia se iba al carajo. Se resignó, porque amaba a sus nietas con todo su ser y no podía pedirles que cambiaran, ni podía arrancar de ellas la herencia de su abuelo. Hasta que un día, cuando ellas eran ya mujercitas, las encontró discutiendo en la cocina, el enérgico alboroto de Elena contra las afiladas observaciones de Victoria… y fue como ver a Héctor discutiendo consigo mismo, desdoblado en dos.

Si Julio no hubiese estado cerca para sujetarla, tal vez se hubiese derrumbado en el suelo, porque la sensación de vértigo fue tan fuerte que la mareó.

—Tampoco estoy tan vieja —refunfuñó, la primera vez que su médico le sugirió que quizá iba siendo hora de retirarse.

—No lo está, doña Imelda, pero me parece que carga usted con el peso de dos o tres vidas —replicó él—. Tiene la casa llena de gente y la zapatería está bien atendida, ¿por qué no intenta descansar más?

Descansar. Como si eso fuese posible.

La casa no estaba solo llena de gente, estaba llena de fantasmas. Y, en cuanto dejara de moverse, la devorarían.

No hizo caso a ese primer aviso, ni a ninguno de los que vino después. Retirarse no era una opción, porque equivalía a no hacer nada; y no hacer nada la mataría aún más rápido que la sobrecarga de trabajo. Debía continuar. Pero casi pudo oír la voz de Héctor una vez más, preguntándole si, incluso después de tantísimo tiempo, aún estaba empeñada en mantener aquella huida hacia delante, aunque la llevase de cabeza a la tumba.

—¿Y de quién es la culpa, eh? —contestaba ella para sí—. De quién es la culpa, pinche tramposo. Te me apareces en la gente que más amo para que no te pueda odiar, maldito seas, ni un día de descanso me diste en cuarenta años. Espero que ardas en el infierno por lo que hiciste, y que tus huesos se pudran y…

Pero nunca podía continuar. Veía sus ojos tristes, los mismos que ponía Coco a veces, y las lágrimas la asfixiaban. No, no podía desearle mal. Solo deseaba verse libre de su yugo. Solo deseaba olvidarlo. Y en circunstancias muy excepcionales, cuando el dolor era demasiado fuerte… deseaba tenerlo allí con ella.

Si Héctor estuviese allí, la huella de su sangre en las niñas sería un chiste del que podrían reírse juntos. Si Héctor estuviese allí, dejar de trabajar no le daría tanto miedo, porque pasaría el tiempo junto a él. Él nunca habría permitido que se quemara hasta ese punto, para empezar. Él habría compartido con ella el peso de todas las cosas, y la vida habría sido de verdad esa aventura con la que ambos soñaron de críos, en vez de una batalla constante. Si Héctor estuviese allí… Imelda volvía a cerrar los ojos e imaginaba su pelo salpicado de canas. Se las contaría cada mañana, en la cama, antes de levantarse. Seguro que seguiría tan flaco como siempre, y su rostro estaría aún más arrugado que el suyo, con patas de gallo y líneas de risa en las comisuras de la boca. Quizá la artritis hubiese empezado a combar sus dedos, pero ella besaría los nudos de sus articulaciones y, cuando él ya no pudiera tocar, se sentarían juntos a escuchar la radio o a los músicos de la plaza. Si Héctor estuviese allí…

Pero no estaba.

Se cumplieron cuarenta y cinco años de su marcha, e Imelda sintió que sus defensas cedían por fin, como un tejado viejo lleno de goteras, permitiendo que empezara a filtrarse todo lo que había luchado por mantener a raya a lo largo de su vida. Cuarenta y seis años, y Elena se casó con Franco, luciendo la misma sonrisa que su madre, la misma sonrisa que su abuelo, sin sospechar que su abuela celebraba sola y en silencio sus bodas de oro. Cuarenta y siete años, e Imelda empezó a soñar con paseos privados al son de la guitarra por las antiguas calles de Santa Cecilia, cuando ver un automóvil era un milagro y los barrios nuevos de la zona norte no existían. Cuarenta y ocho años, y nació Berto, su primer bisnieto, a quien todos quisieron bautizar con el trajecito de cristianar de Coco, sin saber que fue Héctor quien lo compró en Ocotlán de Morelos durante uno de sus viajes. Cuarenta y nueve años, e Imelda, que seguía negándose a dejar el taller, comenzó a preguntarse si no habría sido ya bastante. La máquina de coser que se había forzado a ser durante medio siglo comenzaba a atascarse y chirriar. Aún era la matriarca de los Rivera, aún dirigía la casa y el negocio, aún se mantenía al día, viviendo el presente, el ahora. Pero las noches… las noches eran insoportables, cuando todo estaba oscuro y callado. Su mente tiraba de ella hacia atrás, recordándole mil anécdotas estúpidas de su infancia con más nitidez que lo ocurrido el día anterior. Recordándole a Héctor. Recordándole la música, que llenaba su cabeza, desafinada y triste, como si las notas estuviesen descolocadas.

La Navidad siempre era una época difícil, porque su humor se agriaba sin remedio durante ese periodo comprendido entre el cumpleaños de Héctor y la fiesta de Epifanía. Pero la de 1970 se le hizo especialmente dura. Ese 30 de noviembre, su esposo cumplía setenta años, y pensar que ella ni siquiera había llegado a verle cumplir veintiuno fue demoledor. En unos meses haría cincuenta años de su marcha. Cincuenta años de ausencia. Y ahí seguía ella, aferrada aún a su memoria como una estúpida, incapaz de liberarse.

Porque la ausencia no era olvido. Había esperado que lo fuese, había suplicado que lo fuese, pero no lo era, y ya no podía huir más.

Cuando regresó al taller en enero tras las fiestas, descubrió que ya no era capaz de seguir el ritmo. Le dolía el cuerpo entero y se mareaba con demasiada frecuencia. Al principio lo pudo disimular, pero Coco terminó dándose cuenta, y un día la sacó literalmente de allí y la mandó a descansar al patio, con una autoridad que solo su hija se atrevía a blandir contra ella. Por una vez, Imelda no discutió. Tomó una silla, se envolvió bien en su rebozo y se sentó al sol con un suspiro.

—Abuelita —llamó Elena desde la ventana de la cocina—, ¿está bien?

—Sí, m'ija, no te preocupes.

—Si necesita algo, solo dígame, ¿sí?

Y continuó paseándose, meciendo a Berto para dormirlo. Imelda se quedó mirándola. La miró, hasta que pudo ver a Héctor meciendo a Coco por el patio, para la siesta de después de comer, mientras ella lavaba los platos y recogía la cocina. Su tarareo siempre la alcanzaba, por encima del rumor de la loza y el agua, relajándola y haciéndola sonreír. Pero Elena no cantaba a su hijo, solo le murmuraba con suavidad.

Qué antinatural parecía no cantarle a un bebé, ¿no? El pensamiento se le clavó de repente como una estaca. Nada de música. Ni siquiera nanas. Esto es lo que has creado, Imelda, le murmuró Héctor. Lo lograste: tú estás rota, pero libraste a todos los demás de mí.

Una oleada de angustia le cerró la garganta de golpe.

—No es cierto —musitó trémulamente—. Llevan tu sangre.

Pero nunca lo sabrán. Y en ese instante comprendió que, aunque no pudiera eliminar los posos de Héctor de la línea familiar, sí lo había eliminado a él. Su silencio había matado su memoria. Al no compartir aquello con nadie, lo había convertido realmente en un fantasma que solo ella podía ver, y que se llevaría consigo al otro mundo. Después de todo el sufrimiento, esa certeza debería haberle proporcionado alivio, pero solo le revolvió el estómago. Para Imelda la familia nunca estaría libre, sino mutilada. Ella jamás olvidaría que nunca tendrían que haber llegado hasta ese punto, porque él nunca debería haberse marchado. Debería estar allí, para cantarle a su bisnieto, para haber enseñado a cantar a sus nietas. Para cantarle a ella al oído, aunque ya no fuesen más que un par de viejos achacosos, y arrastrarla a bailar, y reír contra su cuello, y discutir por si el café estaba demasiado fuerte o por dónde demonios estaban las camisas limpias o por cualquier otra idiotez.

Se obligó a apartar la vista de Elena, antes de que aquella espiral de pensamientos la engullese. Cerró los ojos, tomó aire y se intentó tranquilizar. Inspirar, espirar. El rumor del taller no era allí fuera lo bastante fuerte como para acallar la voz de Santa Cecilia. Oía a la gente pasar por la calle y oía la música sonar en la plaza, a lo lejos. Llamándola. Trató de atrapar la melodía con ansiedad, aunque doliese más que la sal en una herida. Buscándolo. Lo imaginó entre los demás músicos, sosteniendo la guitarra blanca con aquella sonrisa más ancha que su cara, y sintió que los ojos le ardían bajo los párpados cerrados.

Es hora de dormir, mi amor.

El corazón le dio un vuelco y abrió los ojos de golpe, girándose hacia su izquierda. Pero no había nada ahí. Aturdida, miró alrededor y vio a Franco en la cocina, tomando al pequeño Berto de brazos de su madre para llevárselo a la habitación. ¿Era él quien lo había dicho? ¿Ella? Elena le dio un beso en la mejilla a su esposo y se reunió con Rosita, que ya estaba empezando a preparar la comida. Ambas reían y charlaban. Pero Imelda aún sentía los latidos retumbar en su garganta, desbocados. Se llevó una mano temblorosa al pecho, aferrándose la blusa.

La ausencia no es olvido, la ausencia no es olvido, la ausencia no…

—¿Mamá? —Coco se asomó al patio desde la puerta trasera del taller y se acercó a ella con gesto preocupado—. ¿Te sientes mejor?

—Sí —replicó Imelda, pero la mentira se reflejó en lo quebradiza que le salió la voz.

Coco frunció el ceño aún más.

—Escucha, estaba pensando… Podríamos ir mañana a ver al doctor, ¿sí? Si hace falta ir al hospital, Vicky puede llevarnos en la camioneta y…

—Esto no puede curarlo ningún doctor, mi vida.

Su hija guardó silencio, observándola con una cara de desamparo demasiado familiar.

—Mamá, háblame. ¿Qué es lo que tienes?

—Estoy vieja —contestó llanamente, sin mirarla—. Eso es todo. Estoy vieja y cansada.

Coco le pasó una mano por los hombros en una caricia, antes de envolverla y estrecharla contra sí. Imelda se dejó abrazar, suspirando, y apoyó la cabeza en su pecho, tal y como ella lo hacía cuando era niña. La calidez era reconfortante, pero también agridulce. Siempre te pareciste más a él que a mí, pensó, apretando los labios. Heredaste todo lo bueno de tu padre… Por un segundo, deseó decírselo. Deseó decirle todo lo que había callado durante décadas, sobre la maldición, sobre la sombra de Héctor, adherida a todas partes. Pero no fue capaz, porque eso implicaría descargar en su hija el mismo peso que la estaba matando a ella. Y no lo iba a permitir. Si aquella carga tenía que aplastar a alguien, sería a ella y a nadie más. La ignorancia era la mejor protección, porque nadie puede echar de menos lo que no conoce. Que quienes pudiesen olvidar, olvidasen, y para ellos la familia sí estaría completa. Ellos serían libres de verdad. De modo que volvió a guardar silencio una vez más, envuelta en los brazos de Coco y rodeándola a su vez, concediéndose solo el breve respiro de ser sostenida por ella.

Esa misma noche, cuando todos dormían ya, Imelda se acercó al salón y se paró ante la vieja fotografía rota. En los últimos tiempos había ido atrayendo su mirada cada vez más, como un imán. La observaba insistentemente, con la esperanza de confirmar si los fantasmas que veía en su familia eran reales o solo estaba perdiendo el juicio. A veces incluso se la llevaba a su cuarto y la miraba hasta caer dormida. Pero la foto no tenía respuestas, porque la cara de Héctor no estaba ahí. Alzó una mano y delineó con los dedos el borde del pedazo que faltaba, por encima del cristal. Preguntándose si Coco lo guardaría aún. Preguntándose si se atrevería a pedírselo, para poder verlo, verlo de verdad, una última vez. Y la vista se le nubló. Las lágrimas se le escaparon a borbotones, como no lo habían hecho en mucho tiempo.

Cincuenta años.

Por primera vez en una eternidad, quiso rugir de rabia y lanzar la foto contra el suelo. Pero ya no le quedaban fuerzas. Lo había sacrificado todo, hasta inmolarse. Estaba vieja. Estaba débil. No pudo hacer más que soltar un gemido de pesar, apoyándose en el aparador para sostenerse, mientras maldecía que el precio hubiese sido tan alto.

—Cómo pudiste —balbuceó, hundiendo el rostro en el puño libre—. Cómo pudiste dejarme…

Cómo pudiste dejarme, queriéndonos tanto

No fue de extrañar que, apenas veinticuatro horas después, cuando Imelda se encontró de frente a Héctor al abandonar la Sala de Tránsito de la Tierra de los Muertos, lo reconociera al instante. ¿Cómo habría podido no reconocerlo?

Llevaba medio siglo intentando escapar de él.


—Por última vez: como vuelvan a preguntarme si estoy bien, mandaré sus cabezas de vuelta a la Tierra de los Muertos de un zapatazo, ¿les ha quedado claro?

Felipe se pasó una mano por la cara y Óscar soltó un suspiro de agotamiento.

—Hermana, por favor…

—¿Podrías simplemente parar un segundo?

—¡Cruzaste el puente casi volando!

—¡Y nadie nos persigue!

—Por mucho que corras…

—… ¡no hay nada de lo que huir!

—A no ser que intentes huir de él

—… y él no está en condiciones de seguirnos.

—¿Podemos hablar de lo sucedido hace un momento?

—¡No hay nada que hablar! —bramó ella, dándoles aún la espalda con obstinación, mientras cruzaba a zancadas las calles de Santa Cecilia.

—Imelda, somos tus hermanos…

—… y no nos puedes engañar.

—Tendríamos que estar ciegos para no ver lo disgustada que…

¿Disgustada? —Imelda giró en redondo para encararlos, con las manos crispadas—. ¡Disgustada no alcanza para lo que se merece ese botarate demente!

—Héctor no…

—¡IBA EN UNA CAMIONETA!

Tuvo la impresión de que su voz, demasiado aguda, reverberaba en toda la calle, y se alegró de que los vivos no los pudieran escuchar. Sin embargo, un gato vagabundo soltó un chillido por el susto y huyó a la carrera por un callejón. Imelda se llevó los dedos a las sienes e hizo un esfuerzo por tranquilizarse.

—Arrolló la barrera con una camioneta —repitió, escupiendo cada palabra entre dientes—. Casi se lleva a todo el mundo por delante, podría haber provocado una desgracia. ¿Qué diantres tiene en la cabeza ese estúpido?

—¿Cruzar el puente, quizá?

Fulminó a Óscar con la mirada y estuvo a punto de arrancarse la bota para golpearlo de verdad.

—Imelda —se apresuró a intervenir Felipe, en son de paz—, tal vez fuese buena idea que… ehhh…

—… intentases hablar con él.

—¿Hablar con él? —graznó—. ¡No tengo nada que hablar con él! ¡Si ese idiota quiere matarse, o rematarse, tratando de cruzar, no es asunto mío! ¡Nadie le pidió que lo hiciera!

—Pero él prometió que lo haría —insistió Óscar, y las ganas de golpearlo aumentaron un poquito más.

—Quizá se tranquilizara si accedieses a discutir las cosas. —Felipe habló tan deprisa que casi no lo entendió—. Cada año va a peor, ¡míralo!, estuvo a punto de…

—¿De veras me están diciendo que lo van a defender? —lo cortó Imelda, descompuesta—. ¿A él?

Ellos se hundieron de hombros, frunciendo los labios en muecas idénticas, e intercambiaron una mirada de derrota que fue como un puñetazo en el estómago.

—Esta situación no es buena para ninguno de los dos, hermana…

—Hablen lo que tengan que hablar, antes de que…

Óscar no llegó a terminar la frase, pero Imelda sintió cómo se le retorcía el corazón y la furia se mezclaba con el miedo, la frustración y la tristeza, en ese odioso cóctel de emociones que era su alma desde hacía tanto tiempo que ya ni lo podía recordar. El cuerpo empezó a temblarle, tanto como le había temblado hacía apenas media hora, parada en la cola para cruzar la aduana, cuando la maldita camioneta había pasado como un cohete junto a ellos. Había reventado a su paso las puertas de acceso al puente, y esos nuevos monitores de reconocimiento. Ya había empezado a arder antes de hundirse en los pétalos de cempasúchil como una roca. Imelda había contemplado la sofocada explosión con los ojos como platos y la boca abierta, clavando los dedos en los brazos de sus hermanos. Por Dios bendito, que no sea él, que no sea él

Pero por supuesto que era él. Siempre era él.

—Escúchenme bien —masculló, tomando aire lentamente—, no quiero oír ni una palabra más sobre este asunto. Se acabó. Y ahora cállense la boca, porque estamos a punto de llegar a casa y no quiero que se enteren los demás.

—¡Pero pues claro que se enterarán, Imelda! —Óscar se encogió con desespero.

—¡Es de lo que hablará la gente todo lo que queda de año! —apoyó Felipe.

—¡Cómo cuando cazó aquel alebrije volador…!

—¡… que fue el chisme del distrito de Oaxaca hasta primavera!

—¡Ya no me recuerden aquel horror! —Imelda los acalló con un ademán, estremeciéndose al pensar en los meses y meses de chismorreo que habían soportado el año que Héctor logró cazar un alebrije con un lazo y un fémur. De dónde rayos había sacado un fémur fue tema de acalorado debate durante las primeras semanas, pero para cuando llegó abril ya se hablaba de lo ocurrido como si se tratase de una hazaña épica. Por lo que había oído comentar a la gente, al parecer incluso se cantaron corridos sobre el tema en la Plaza de la Cruz. Fue una completa pesadilla—. ¡Se enterarán, pero no tienen por qué saber que el loco del puente es… él! ¡Nadie tiene por qué saberlo! Y si mañana preguntan qué sucedió, ninguno de nosotros vio esa condenada camioneta ni al sujeto que la manejaba, ¿entendido? Ahora caminen, que ya nos retrasó bastante el caos que organizó ese pendejo.

Dio la impresión de que sus hermanos iban a protestar, pero ella se giró de nuevo y siguió adelante, pisando con más fuerza de la necesaria el camino de pétalos que los guiaba hacia su hogar. Deseaba poder arrancarse de la mente lo ocurrido en el control, pero no lo conseguía. Una cosa era oír hablar de los extravagantes planes de Héctor y otra muy distinta era verlo con sus propios ojos. La camioneta en llamas, la explosión de flores, los gritos de la gente. El puente no soportaba el peso de quienes no tenían enlace en las ofrendas de la Tierra de los Vivos, pero tampoco los dejaba caer al vacío sin más, solo los atrapaba. Sin embargo, la camioneta era un peso muerto que se había hundido dos tercios en el cempasúchil, con Héctor en el asiento del conductor. Los agentes y oficiales de seguridad habían tenido que acordonar esa sección del puente y ponerse a cavar, literalmente, para intentar sacarlo de allí. Todo mientras el vehículo se iba hundiendo poco a poco, como tragado por arenas movedizas.

Imelda había corrido, quizá demasiado rápido, hasta el límite del cordón policial que mantenía a todo el mundo a varios metros del puente. Había esperado, quizá demasiado ansiosa, conteniendo la respiración al ver que los agentes se ponían cada vez más nerviosos. Al final habían tenido que extraerlo de la cabina a la fuerza, tirando de él. Y, una vez Héctor estuvo fuera, la camioneta se hundió limpiamente, atravesó los pétalos y desapareció en la oscuridad. No se oyó ningún estruendo de choque contra el fondo.

A Héctor se lo habían llevado en camilla. Cuando pasó cerca de ella, se fijó en que la tibia izquierda se le había partido en dos, tenía la ropa chamuscada y hecha jirones, y parecía faltarle una costilla. Pero eso no había sido lo peor. Lo peor fue el rugido de rabia que soltó, según lo alejaban del lugar, blandiendo los puños en alto.

¡Tonto puente de flores!

Todavía lo tenía resonando en los oídos.

Gracias al cielo que Julio, Rosita y Victoria habían salido mucho antes y no habían presenciado aquello. Dios, ni siquiera ellos tendrían que haberlo presenciado, si hubiesen salido de casa a la hora de siempre, en vez de entretenerse más de la cuenta en el taller y…

Imelda se obligó a respirar hondo una vez más, apretando los ojos un instante. La última vez que había visto a Héctor había sido también un Día de Muertos, en la fila de salida. Los gemelos se habían quedado atrás un momento, charlando con unos viejos amigos que acababan de encontrarse, y Rosita había cruzado temprano a Santa Cecilia para visitar a sus parientes. De modo que ella avanzaba sola hacia la barrera, cuando notó que la persona que tenía detrás se acercaba más de lo normal a su espalda. Y, al volverse con el ceño fruncido, ahí lo encontró, disfrazado de una celebridad que no atinó a reconocer de inmediato, pero que incluía un enorme bigote, una poblada barba, unas gafas ahumadas y un sombrero anterior a la Revolución.

—¡Héctor! —siseó, y a punto estuvo de hundirle el codo en las costillas para apartarlo de un empujón.

—Creo que me confunde, doña —replicó él, con un horrible acento falso de Yucatán—. No conozco ningún Héctor.

—¡Héctor Rivera, qué demonios…!

¿Rivera? —Se bajó las gafas de inmediato para mirarla con ojos brillantes, y ella se odió a sí misma por el desliz y a él por notarlo.

—¿Qué demonios crees que haces? —le gruñó al vuelo.

—¿Pues qué más, Imelda? Intentar cruzar.

—¿Pegado a mi espalda? ¡Aléjate de mí!

—¡No estaba…!

—¿Acaso me andas persiguiendo de nuevo? ¿Me vigilas?

—¡Claro que no, solo fue casuali…!

—¡Tú y tus casualidades!

—¡Es cierto, yo no…! —Imelda hizo amago de echar mano a una de sus botas y Héctor retrocedió de inmediato—. ¡Ok, ok! Me colé detrás de ti, sí, pero no estaba espiándote, lo juro, solo llegué aquí a la vez que ustedes…

—Desaparece ahora mismo de mi vista o te…

—¡Imelda, por favor! —Él alzó las manos en gesto de rendición y echó un rápido vistazo alrededor, nervioso—. No hagas que me echen antes de intentarlo. Por favor.

Hubo una nota de desesperación en su voz que la hizo vacilar. Aunque fue solo durante un segundo, él no necesitó más. Uniendo los puños ante el pecho, en un gesto que también había heredado Elena, soltó del tirón:

—Escucha, si no quieres verme, está bien, ok, pero lleguemos a un acuerdo, ¿sí? Dime a qué hora prefieres venir al puente en el Día de Muertos y yo te juro que me encargaré de venir antes o después, pero nunca a la misma hora que ustedes. Así no tendrás que cruzarte conmigo ni verme ni nada. Pero yo no dejaré de venir. No dejaré de intentar cruzar, Imelda. Nunca.

La firmeza de su tono no era habitual. Ella mantuvo el ceño y la mueca hostil, pero por una vez Héctor le sostuvo la mirada sin titubear, con los labios apretados en una línea recta, esperando. No iba a dar su brazo a torcer. Seguiría dando guerra hasta el final.

Quizá fue porque volvían a enfrentarse a solas, como al principio, o porque en el fondo ya estaba demasiado harta. Ni ella supo qué la llevó a ceder. Pero abrió la boca y espetó un seco:

—Bien.

Y hablaron. Acordaron unos horarios y se comprometieron a mantenerlos. Él se despidió con educación y se marchó al final de la fila para darle espacio. Y ella terminó maldiciendo la hora en que se le ocurrió concederle esos minutos, porque después pasó más de una semana soñando con su voz.

Había cumplido su palabra, el miserable. Siempre la cumplía cuando se trataba de quitarse de en medio. ¿Cuándo había sido aquello? ¿Hacía quince años? ¿Más? Victoria todavía estaba viva. El tiempo pasaba absurdamente rápido en la Tierra de los Muertos. Pero cuando había vuelto a verlo hoy, lo había encontrado mucho más… desgastado. Más hecho polvo. Con los huesos mucho más amarillentos y quebradizos.

Al llegar ante las puertas de los Rivera, Imelda se detuvo y las miró con el ceño contraído. Su familia, viva y muerta, esperaba dentro. No había música, por supuesto, pero el ruido de voces y movimiento creaba una melodía propia que ella conocía a la perfección, y que le inspiraba amor y añoranza a partes iguales. Sin embargo, ahora le sonaba estridente. Como si el fantasma de Héctor la hubiese seguido para romper la armonía de todo lo que tocaba.

O como si hoy su ausencia dejase aún más patente que nada había vuelto a sonar bien por completo desde que se marchó.

—Adelántense ustedes —murmuró a los gemelos, cruzando los brazos en un amago de abrazarse a sí misma—. Yo… todavía necesito calmarme un poco.

Ellos la observaron con consternación, pero no discutieron. Óscar la rodeó por los hombros y Felipe estrechó brevemente su mano en gestos de apoyo y afecto, antes de cruzar la entrada al patio. Y, con otro suspiro de cansancio, Imelda retrocedió y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las calles, casi desiertas ahora que todo el pueblo se concentraba en la plaza, el cementerio o en sus propios hogares.

No se dio cuenta de lo que estaba buscando, hasta que llegó a la zona en la que debería estar y no lo encontró: el viejo camino que bordeaba Santa Cecilia, desde la parroquia hasta la casa de sus padres, y que Héctor y ella habían recorrido cientos de veces cuando eran niños. Era el triple de largo que el trayecto directo a través del pueblo, pero tiempo extra era lo que habían deseado entonces. Eso y evitar pasar por delante de la fonda de sus tíos. Bendita infancia, cuando, a pesar de todas las dificultades, su mayor preocupación era arañarle unos cuantos minutos al día y que Lola no los pillase juntos, holgazaneando.

El camino ya no existía, obviamente. Santa Cecilia había seguido creciendo y, lo que antes era campo, ahora albergaba más casitas y nuevos barrios. Aquello que fue tan vital para ellos hacía un siglo había desaparecido para siempre; y el recordatorio de que no es posible recuperar lo que se ha perdido se le antojó terriblemente deprimente.

No dejaré de intentar cruzar, Imelda. Nunca.

Y entonces, como si un recuerdo tirase de otro, emergieron palabras mucho más débiles, más rotas, más viejas.

No pude regresar. Morí durante el viaje.

Imelda hundió el rostro en una mano y apretó los dientes hasta hacerse daño.

Que Héctor murió en diciembre de 1921 fue una de las primeras cosas que averiguó nada más llegar a la Tierra de los Muertos, tras la conmoción que causó su primer enfrentamiento a la salida de la Sala de Tránsito. Aún podía verse a sí misma sentada en aquella silla de una oficina del Departamento de Reuniones Familiares, sosteniendo la ficha de Héctor con unas manos que no paraban de temblar. Las letras bailaban ante sus ojos, pero se le grabaron a fuego. De fondo, su padre gritaba al funcionario de turno que sellara su información, que no querían que ese sujeto volviera a acercarse a ellos ni tuviera acceso a ninguno de sus datos. Que era un abandona familias. Que no se merecía nada. Pero ella no había podido ni abrir la boca por el shock. Intentando asimilar que, mientras rompía cosas y maldecía a Dios en aquella horrible Nochebuena del 21, él estaba ya allí. Muerto. Muerto.

El mundo entero se puso del revés y fue más de lo que su cabeza pudo soportar. Durante días permaneció casi catatónica, luchando por agarrarse a algo que le devolviera la estabilidad al suelo bajo sus pies. Él estaba muerto, y por eso no había regresado ni había habido más cartas ni más nada. Había desaparecido porque estaba muerto, no porque hubiese huido sin más. Estaba muerto, y los Dios mío, qué he hecho, qué he hecho estuvieron a punto de volverla loca. Pero al final hubo algo que se impuso en aquel maremágnum de emociones y mandó callar al resto de voces que gritaban histéricamente: él se marchó. Él se había ido, las había dejado atrás, había preferido la gira a su esposa y su hija, y nada cambiaba eso. Entonces pensó en Ernesto, y el pánico volvió a mutar en ira, en rabia salvaje, con una potencia que la vejez física había amortiguado en la Tierra de los Vivos, pero que ahora renacía en la muerte como un fénix.

Ya había sentido miedo por Héctor antes. No en vano habían crecido durante la Revolución, y Ernesto y él se habían lanzado al camino al año siguiente de darse por concluida. Cuando volvió a estallar la guerra en el 26, las pesadillas no la dejaban dormir y comenzó a arrepentirse de no haber tratado de localizar a su esposo nada más desaparecer. En verdad podía haberles sucedido cualquier cosa y ella, cegada por la furia, se había negado a considerarlo siquiera. La terrible disputa que tuvo con Coco en el 31 no hizo más que empeorar esa sensación. Pero, muy poco después, Ernesto había reaparecido en escena, convertido en estrella. Cantando las canciones de Héctor, tocando la guitarra de Héctor. Y aplastó con sus bonitas botas blancas cualquier rastro de preocupación que aún pudiera sentir ella por su esposo.

Si Ernesto estaba bien, Héctor tenía que estar bien. Héctor debía estar ahí, cediéndole sus cosas, trabajando para él, manteniéndose en la sombra para… para ocultarse de ella, como si ella fuese una bestia dispuesta a salir a la caza en cuanto asomara su maldita nariz ante el mundo. No era posible otra explicación; e incluso tras la muerte de Ernesto, Imelda había seguido viviendo y envejeciendo, convencida de que Héctor peinaba canas también en una bonita mansión lejos de ella, en Nueva York o en California, o en cualquier otro lugar de América Latina, o incluso en el propio México, pero en la otra punta del país. Quizá con un nuevo nombre, porque a él nunca le había costado cambiar de apellido como quien cambia de chaqueta. Quizá incluso con una nueva familia.

Ahora sabía que ninguna de esas fantasías era real, y que Héctor había muerto con los veintiún años recién cumplidos. Pero, en el fondo, eso no cambiaba las cosas, porque Ernesto aún había estado ahí, con sus canciones y su guitarra. Ernesto no había dicho una palabra, y eso solo podía significar que él conocía mejor que nadie las verdaderas intenciones de Héctor. Él debía saber que su amigo solo estaba estirando la situación y que no pretendía regresar. Él se había quedado con sus cosas porque Héctor se las debía haber dado antes de morir. Él era su mejor amigo, su hermano. Él sabía, no había otra explicación. No la había… ¿no?

Para cuando Héctor se presentó ante ella con intención de hablar, Imelda ya había reconstruido su realidad y la había forrado de cemento, para que no pudiera recibir más golpes. Aunque eso no significaba que pretendiera darle a él la oportunidad de golpear. Ni tampoco impidió que, cuando Héctor finalmente golpeó (no pude regresar, morí durante el viaje, lo único que deseaba era volver a casa, pasé estos cincuenta años pensando en ti, lo siento), ella hundiera la cara en las rodillas, sentada en el suelo al otro lado de la puerta cerrada de su casa, y rompiera a llorar.

Lo último que sientes antes de morir es lo primero que te llevas contigo al otro lado. E Imelda había muerto con el sabor amargo de la soledad en la boca y una melodía viciada en la cabeza, sintiéndose tan traicionada y abandonada que su corazón no había soportado ni un latido más.

No era fácil escapar de un pozo así. Pero la debilidad que la había hecho sucumbir en la Tierra de los Vivos se había disipado, al dejar su cuerpo físico atrás. Volvía a sentirse fuerte, como no se había sentido en años, llena de energía. Ya no tenía un corazón enfermo ni pulmones que dolieran al respirar. Y fue como volver una vez más a la casilla de salida, con la zapatería, el trabajo, los encargos, el día a día. Muchas cosas de las que ocuparse y muchas cosas en las que pensar.

No fue consciente de lo peligroso que era intentar repetir la misma fórmula y de la volátil maraña en la que se estaba convirtiendo su espíritu hasta poco después del primer aniversario de su muerte, durante una visita del padre Luis.

—Creo que deberían hablar, m'ija —le había dicho este—. Deberías escucharlo.

—¡Escucharlo! —espetó Imelda, agitando los brazos con incredulidad—. ¡Usted, de todas las personas posibles! ¿Cómo puede venirme ahora con eso? ¡Usted, padre, pasó veinte años insistiéndome en que tratara de pedir la nulidad matrimonial y rehiciera mi vida! ¿O es que ya no lo recuerda?

Luis la miró con ojos tristes, hundido de hombros.

—Yo juzgué a Héctor duramente, Imelda. Fui injusto con él. Me equivoqué.

Su profunda contrición hizo que ella perdiera los nervios.

—¡Bueno, ¿y qué si es así?! —exclamó—. ¿Y qué si todos nos equivocamos? ¿De qué sirve ya? ¡Nada tiene solución a estas alturas! ¿Qué se supone que debo hacer yo ahora? ¿Abrirle las puertas de mi casa y de mi vida, y darle otra oportunidad para que termine de destrozarme? ¡Qué importa que él en realidad no huyera hace cincuenta años! ¡Estoy segura de que lo hará ahora, en cuanto vea que su esposa ya no es una veinteañera, sino una vieja amargada que no es capaz ni de mirarlo a la cara sin acordarse del día en que salió por la puerta…!

—Imelda…

—¡Escúcheme, padre! ¡Usted sabe que me pasé toda la vida culpándome de su abandono, ¿tengo que sentirme culpable ahora por haber tratado de sobrevivir sin él y proteger a mi familia?! ¿Tengo que seguir sufriendo por las decisiones que él tomó, incluso después de muerta? ¡No lo voy a tolerar! ¡No me importa estar equivocada! ¡No lo puedo perdonar y no lo quiero cerca de mí!

—Imelda, el rencor no hará que…

—¡Rencor es lo que me tendrá él a mí cuando sepa lo que hice! —atajó ella, estrellando los puños en la mesa con tanta violencia que lo hizo brincar—. ¡Cuándo sepa que borré por completo su memoria! ¡Qué nuestras nietas no saben ni su nombre! ¡Qué hice que todos lo odiaran por generaciones, como si fuese un apestado! ¿Cómo podrá perdonar Héctor algo así? ¡¿Cómo va a tener esto salvación?!

Luis la miró con la boca abierta, y solo al ver su estupefacción comprendió Imelda lo que ella misma acababa de decir. El miedo le estalló dentro como un volcán, tan intenso que no podía soportarlo. Miedo a lo que había sucedido, lo que estaba sucediendo y lo que podía llegar a suceder. ¿Todo el dolor y los sacrificios de aquellos cincuenta años habían sido en vano? ¿Todo lo que había hecho era una estupidez, fruto de un malentendido?

No. De ninguna manera.

—Esto está demasiado roto —dejó escapar, en voz queda y tensa—. Ninguna relación sobrevive a algo así. Y estoy harta de sentirme culpable. Ya tuve suficiente. Si lo intentamos, fracasaremos otra vez. No quiero que él me haga más daño ni quiero hacérselo yo. Mantenernos alejados es lo mejor. Para ambos.

Y eso fue todo.

Era otro parche. Otra huida hacia delante. Un empeño casi irracional por mantenerse en estado de negación, porque no era capaz de procesar las dimensiones de sus actos. Pero creyó que, quizá, esta vez sí conseguiría pasar página. Ahora que tenía la eternidad por delante y la incertidumbre había acabado, sería más fácil encontrar una clausura.

Qué ilusa fue.

Si querías dar carpetazo a esto, debiste decirle todo aquello a él y dejar que se explicara, se recordó por enésima vez, mordiéndose el labio. Y era cierto. Tendrían que haberse sentado a hablar como los adultos que se suponía que eran. Ella tendría que haberle escuchado y haberle explicado después por qué nada tenía arreglo. Ambos se habrían despedido y habría caído el telón. Fin. En cambio, habían pasado años comportándose como trenes en ruta de colisión, sin curar nada, sin zanjar nada, solo estrellándose de vez en cuando. Porque habían bastado un puñado de encuentros para dejar claro que ninguno de los dos quería decir adiós definitivamente. Ninguno quería tener que decir con claridad "esto no tiene solución", aunque los dos supieran que así era. Estar demasiado cerca dolía, pero estar demasiado lejos también, y no importaba lo podrido que estuviese el vínculo que los unía, porque no había manera de cortarlo.

Al volver a cruzárselo hoy, después de más de una década, se había dado cuenta de que lo echaba de menos. Echaba de menos encontrárselo por casualidad. Echaba de menos poder hablarle a él, en vez de a la nada. Verlo y saber que, a pesar de todo, estaba bien. Empezaba a sentirse de nuevo como la anciana que había sido justo antes de morir, vieja y cansada.

Con otro suspiro, alzó la vista y volvió a contemplar la zona que antaño había ocupado el viejo camino de las afueras, como si aún pudiese oír su guitarra y sus risas. Se habían declarado en ese camino. Ambos con tanto miedo a no ser correspondidos. Tan felices al descubrir que sí lo eran.

La brisa le trajo el leve eco de la música de la plaza, pero en su cabeza solo sonaba la misma canción desde hacía más de ochenta años. Imelda cerró los ojos, rindiéndose.

Tú… —susurró—, aunque estemos muy lejos… llorarás como un niño, buscando el cariño… que te di…

Un suave maullido llamó su atención y, al volver a abrir los ojos, vio a Pepita sentada al otro lado de la calle, observándola. Casi interrogante. Ella sonrió de lado con tristeza.

—Tú siempre con cara de estar juzgándome —le reprochó en broma—. Vamos. Volvamos a casa.

Todos dicen que la ausencia es causa de olvido,
y yo te aseguro que no es la verdad…

Victoria estaba esperándola en la entrada, revisando ambos lados de la calle, bajo la creciente oscuridad. Al verla acercarse, sonrió aliviada y salió a su encuentro, alargando un bazo para rodearla por los hombros.

—Los tíos dijeron que estabas indispuesta. ¿Te encuentras mejor?

Pues desde el último instante que pasé contigo,
mi vida parece llena de crueldad…

—Sí, m'ija —replicó Imelda, envolviéndola a su vez por la cintura y dejándose estrechar—. Solo quería dar un paseo y ver qué hay de nuevo en Santa Cecilia. Todo está cambiando muy rápido últimamente.

—Estamos en el siglo XXI, abuelita —entonó Victoria con aire socarrón, y a Imelda le tembló la sonrisa al ver de nuevo a Héctor en ella—. Mamá está en la sala de la ofrenda, papá la está acompañando ahora. ¡Pero Luisa ya tuvo al bebé! Ven, ven a ver a Miguelito.

Imelda tomó aire y se preparó para el golpe.

Tú…
te llevaste en los labios aquel beso sagrado
que yo había guardado para ti…

Enrique se había convertido en un hombre maravilloso: noble, sincero, cercano, trabajador, optimista, siempre cariñoso con Coco, muy unido a sus padres y hermanos, enamorado hasta la médula de su esposa. Pero también era, con diferencia, quien más se parecía a Héctor, tanto físicamente como en carácter. Ir viéndolo crecer año a año había sido un mazazo detrás de otro, y casi le aliviaba no haber llegado a conocerlo en vida. El año anterior había estado en las nubes con el embarazo de Luisa, acariciándole y besándole el vientre igual que Héctor acariciaba y besaba el suyo cuando estaba embarazada de Coco. Ahora que el bebé tenía varios meses, Enrique había entrado en modo padre con devoción, asemejándose a su bisabuelo aún más, si es que aquello era posible. Cargaba con Miguel a todas partes, enseñándole las luces del patio, el papel picado, las flores, la comida. Parecía incapaz de desprenderse del niño. Gloria no hacía más que tomarle el pelo y reírse de él, a lo que Enrique respondía con una sonrisa de oreja a oreja.

Cuando se sentó a la mesa, con Miguel apoyado en su hombro, Imelda se colocó a su espalda y se inclinó para mirar al bebé a los ojos. Este le devolvió la mirada, con la boquita entreabierta. Le gustaba esa etapa, durante los primeros meses de vida, en la que los niños aún podían ver cosas que para los adultos eran invisibles. La propia Imelda lo había descubierto con Enrique, precisamente, y desde entonces aprovechaba esa especial conexión para bendecir a cada nuevo miembro de la familia en el Día de Muertos.

Sin embargo, cuando estaba pasando el dedo por la frente de su tataranieto, se fijó en el lunar que tenía sobre el labio. Héctor tenía uno igual, en el mismo sitio. Lo recordaba, porque se lo había besado un millón de veces. Hundiéndose de hombros, soltó un bufido de derrota.

Tú…
te llevaste en tus ojos aquel mundo de antojo
que hallaste en los míos para ti…

—¿Tú también, Miguel? Veamos, ¿cuántos disgustos pretendes darle a tu tatarabuela?

El pequeño sonrió ampliamente, marcando el hoyuelo de su mejilla izquierda, y ella no pudo hacer más que sonreír también, acariciándolo. Miguel inclinó la cabeza, como para hundirse en su mano, pero fue un gesto tan brusco que atravesó sus dedos y casi se cayó de boca al suelo. Enrique lo sujetó en el acto, sobresaltado, y se lo recolocó en los brazos para acunarlo mejor.

—¡Cuidado, Migue! Ya estás deseando aprender a andar, ¿eh? ¡Aventurero! —Y rio, llenándole la carita de besos y haciéndole reír también por las cosquillas.

Imelda pensó en Héctor, llenándole el rostro de besos a Coco. Pensó en Héctor, con los huesos rotos y agitando los puños contra el puente que no le permitía volver a casa. Y sintió deseos de llorar.

Cómo pudiste dejarme, queriéndonos tanto…
cuando habías encontrado en mi pecho guardado tanto frenesí…

Conteniendo el aliento, se apartó de la familia y se encaminó hacia la sala de la ofrenda, buscando un poco de calma. La recibió la cálida luz de las velas y el intenso color naranja del cempasúchil. Coco aún estaba allí, sentada en el banco con las manos apoyadas en un bastón, contemplando el impresionante altar que preparaba Elena todos los años. Julio se sentaba a su lado, con una mano sobre las de ella y la cabeza inclinada para unir su frente a la de su esposa. Este era su quinto Día de Muertos como difunto, y la nostalgia que sentía por Coco era aún demasiado pesada, demasiado densa.

—Mamá Imelda… —Él levantó la vista, incorporándose un poco. Miró a su mujer y de nuevo a su suegra—. Las dejaré a solas.

—Gracias, m'ijo.

Antes de salir, posó un beso en las manos de Coco, y ella se enderezó también, como si sintiera el cambio en el ambiente. Cuando Imelda entró en la sala, Pepita trotó a sus pies y se subió de un salto al regazo de la hija de su dueña, que la recibió con una sonrisa y una caricia.

—Mamá…

—Aquí estoy, mi amor. —Imelda se paró a su lado y la besó entre el pelo, ya completamente blanco.

Coco alzó el rostro, suspirando con expresión de paz, y se quedó un instante mirando la foto rota. Luego se giró con dificultad para echar un vistazo por encima del hombro, asegurándose de que no había nadie cerca, y esbozó una sonrisa traviesa que acentuó sus profundas arrugas.

—¿Viste ya a Miguelito? Quiero contarte un secreto. —Se rio un poco por lo bajo antes de seguir, y su madre alzó las cejas—. Sabes que les canto a los pequeños para dormir…

—Oh, Coco… —resopló Imelda.

—… pero con Miguelito es especial. Cuando le canto, ¡él baila! Le gusta bailar, mamá. Mueve los piececitos, como al son de la melodía. —Su sonrisa se ensanchó aún más, llena de ternura—. Creo que lleva la música en la sangre, como papá.

A Imelda se le desencajó la mandíbula. La tristeza quedó aplacada por un arrebato de frustración, y se volvió hacia la foto rota con un rugido de hastío. Después de los rasgos físicos, actitudes, ademanes y demás trozos de su esposo que habían infectado el árbol familiar de generación en generación, ¿le iba a salir ahora un tataranieto músico? ¿En serio? ¿Así se vengaba Héctor por echarlo de la familia? Era demencial.

—¡Pero cuándo vas a parar, pendejo! —le espetó a la foto, alzando un puño—. ¡Cuándo!

Coco rompió a reír de nuevo en un murmullo e Imelda se sobresaltó, creyendo por un instante que la había oído. Pero debía estar simplemente perdida en sus pensamientos, con la mirada fija en las baldosas del suelo.

—¿Lo encontraste ya, al otro lado? —musitó entonces—. ¿Hicieron ya las paces?

Aquello la petrificó. Se quedó mirando a su hija con los ojos muy abiertos y la respiración atascada.

Tú… aunque estemos muy lejos…

Coco agachó la cabeza y, aunque seguía sonriendo, los ojos se le llenaron de lágrimas y su expresión se tornó tan agridulce que la destrozó.

—Estoy vieja, mamá. —Sorbió por la nariz y se miró las manos, llenas de nudos—. Estoy vieja y cansada.

Imelda apretó los labios para evitar que le temblaran, al escuchar en su voz el mismo peso que había intentado ahorrarle más de treinta años atrás. Los secretos, el silencio, el corazón roto. No había logrado protegerla de nada. A Coco no, porque ella también veía a su padre. Para ella la ausencia tampoco fue nunca olvido. Coco, Óscar, Felipe, el propio Héctor, ella misma… ¿Cuántas víctimas se había cobrado su empeño de salvar a la familia?

¿Y había merecido la pena? ¿Había servido de algo?

La envolvió por los hombros como mejor pudo y se inclinó para hundir la cara en su pelo. Pero el pecho le dolió por las ganas de poder abrazarla de verdad.


—… y ahí lo tienes —concluyó Imelda con solemnidad, dándole un sorbo a su taza de chocolate—. En resumen, siempre fuiste como una de esas plagas de moho que se te comen las paredes y no hay forma de erradicar del todo.

Héctor sonrió abiertamente, y la suave luz de la lamparita de mesa arrancó un destello de su diente de oro.

—Creo que es lo más bonito que me has dicho en los últimos cuarenta años.

—¿De veras? —Ella alzó una ceja, escéptica—. No sé. Nunca escatimé en halagos para ti.

—Cierto. Mi favorito es de aquella vez que me comparaste con una infección.

—Bah, podría haber sido peor.

—Sí, podrías haberme comparado con una infección de orina.

Imelda se atragantó con el chocolate y estuvo a punto de echarlo por la nariz. Tuvo que apartar la taza y toser con fuerza contra una servilleta, mientras Héctor, echado en el sofá que le servía de cama desde el Día de Muertos, se sacudía tratando de acallar un ataque de risa.

—Eres un idiota, ¿sabías? —gruñó Imelda, cuando logró recuperarse—. Idiota. ¿Cuántos años se supone que tienes?

—No estoy seguro…

—Vierte el chocolate encima de la manta y te juro que te tendré restregando tres días hasta que salga la mancha.

—No es tan complicado quitar manchas de chocolate. Basta con un poco de amoniaco y agua fría.

—Creo que ya tienes los huesos lo bastante fuertes como para aguantar un zapatazo en la cabeza, ¿qué opinas?

Héctor se hundió en los cojines y sofocó una carcajada, cubriéndose la boca con una mano. Aún estaba débil; no había vuelto a levantarse desde que regresaron de declarar en la Central hacía unos días y pasaba la mayor parte del tiempo dormitando. Pero los ratos que estaba despierto y podían hablar eran como un regalo. Él iba mejorando, saltaba a la vista. Y ella sentía que el pánico que la había sobrecogido en el Amanecer Espectacular remitía, siendo sustituido por una intensa sensación de alivio. Ese alivio profundo y crudo que llevaba buscando casi un siglo. Era un poco abrumador y se le subía a la cabeza, como si hubiese bebido más tequila de la cuenta o…

No, tequila no. Cualquier cosa menos tequila.

Sus manos se crisparon en torno a la taza, pero Héctor no pareció notarlo. Estaba de muy buen humor. Irradiaba tanta calidez como una estufa en una noche fría, y ella se dejó contagiar. No tenía la menor idea de qué pasaría con ellos cuando acabara la tregua que habían acordado mientras él se recuperaba, pero por ahora prefería aprovechar el momento sin darle demasiadas vueltas. Ambos lo preferían. Y, una vez alzada la bandera blanca, habían descubierto que la tensión entre ellos en realidad no era tan infranqueable como siempre había parecido. Solo era un muro que cedía con una simple patada; y, sin esa tensión, las pullas ya no sabían amargas ni hacían daño. Podían volver a bromear, como cuando eran pequeños.

Aquella noche, Héctor le había pedido que le hablase de la familia, e Imelda había preparado chocolate caliente y había cerrado la puerta para no molestar a los demás, que ya dormían. Le había hablado de la maldición, de cómo su sangre había seguido marcando a sus descendientes, uno tras otro. Él se había reído, conmovido; y, al escucharlo, Imelda había empezado a reírse también, sin poder evitarlo. La horrible tortura que había supuesto aquello en vida parecía de repente algo muy, muy lejano, como un sueño que comienza a desdibujarse al despertar. ¿De verdad había llorado tanto? ¿De verdad la desesperación le había agrietado tanto el corazón? Héctor llevaba allí menos de una semana y su presencia ya había convertido el tema en un chiste entrañable. El chiste que ella siempre supo que sería si hubiese podido compartirlo con él.

—Así que… ¿crees que Miguel es el peor de todos?

Argh, con diferencia. —Imelda puso los ojos en blanco con fingida exasperación, retomando la broma—. Ese niño se parece tanto a ti que duele mirarlo. ¡Y qué terco es!

Héctor le lanzó una mirada elocuente.

—Yo diría que la terquedad le viene por otro lado…

—Dijo el sujeto que pasó más de noventa años empeñado en cruzar un puente.

—No es un puente, Imelda, es el puente —puntualizó él, alzando un dedo.

—Alebrijes voladores y camionetas en llamas, Héctor.

—¡Eran circunstancias especiales!

—Se me ocurren otras circunstancias menos especiales en las que también te mostraste más terco que una mula. ¿De dónde demonios sacaste aquel fémur, de todas formas?

—¡Ey, estás desviándote del tema! Hablábamos de parecidos, y yo sigo pensando que exageras. Seguro que en realidad no es para tanto.

—¿Ah, sí? Bueno, ya tendrás ocasión de juzgarlo por ti mismo. Cuando veas a Enrique, me dices.

Él bajó la vista y, aunque su gesto se mantuvo relajado, permaneció un instante dándole vueltas a la taza con aire pensativo.

—¿Crees… crees que tendré ocasión, realmente? —Imelda se envaró en la silla, y él se apresuró a añadir—: N-no por la muerte final, no me refiero a… q-quiero decir, oportunidad de verlos allí, en… en vida.

Ella respiró hondo. No había entrado en detalles, por la misma razón por la que no intentó disuadir a Miguel de recuperar la foto que se había llevado Ernesto. Seguía sin saber si Coco conservaba aún el fragmento de la vieja foto familiar, o si se habría perdido o arruinado con el paso de los años. No habían mencionado el tema desde 1931, y no había querido apostarlo todo a una posibilidad que podía no existir. Sin embargo, ahora que lo peor parecía haber pasado, sí le había comentado a su esposo que tal vez no estuviese todo perdido. Solo quedaba esperar hasta el próximo Día de Muertos.

—Confiemos. Tu hija es terca como una mula también. Otra cosa que sacó de ti.

Héctor sonrió de lado y la miró con ternura, hasta que se dio cuenta de que quizá estaba siendo demasiado obvio y hundió la cara en la taza para disimularlo. Imelda también bebió, intentando ocultar su propia expresión, y por unos segundos guardaron silencio.

—Gracias por contármelo —suspiró él al final—. Sé… sé que fue duro para ti, pero me alegra saber que… q-que parte de mí permaneció junto a ustedes. —Dijo eso último muy bajito y muy deprisa, casi avergonzado, y tragó como si las palabras le hubiesen dejado la boca seca—. Solo desearía que eso no te hubiese hecho sufrir, y que no hubiese arruinado tu…

—Nunca dejé de amar a ninguno de los niños porque me recordaran a ti, si es eso lo que te inquieta —repuso Imelda con suavidad.

Héctor la miró a los ojos.

—No te creo capaz de hacer algo así. Pero supongo que habría sido más fácil si no se hubiesen parecido a mí en absoluto.

Ella calló, considerándolo en serio por primera vez. ¿Habría sido más fácil? Dos semanas atrás, tal vez habría contestado que sí, pero ya no estaba tan segura. ¿Acaso el cariño de Coco no la había salvado del frío del desamor? ¿Acaso la serenidad de Victoria no le había proporcionado paz cuando más la necesitaba? ¿Acaso Elena no se había encargado siempre de hacerla reír? Cada una de ellas había cumplido en cierto modo roles que ocupó Héctor en vida, haciendo su día a día mucho más llevadero. Él tenía razón, parte de sí mismo había permanecido a su lado, como si con cada intento fallido de cruzar el puente hubiese mandado un pequeño pedacito de sí a la Tierra de los Vivos para sostenerla. Jamás la había dejado sola.

Quizá la maldición no hubiese sido nunca tal, en realidad. Quizá hubiese sido una bendición.

—No —respondió al fin—. No hubiese sido más fácil. Y tampoco es que importase tanto el parecido. Toda maldita cosa me recordaba a ti, no solo ellos.

—Estamos a mano, entonces.

—¿De veras? ¿Qué había aquí que te recordase a mí?

—Tu ausencia.

Imelda se quedó quieta a medio camino de llevarse la taza a los labios y le devolvió una intensa mirada. Héctor no la rehuyó, aunque torció la boca con nerviosismo. La tregua estaba bien, pero no dejaba de ser como pasear por un campo de minas.

—Dicen que la ausencia es causa de olvido —susurró Imelda, casi por acto reflejo.

—Y yo te aseguro que no es la verdad.

Con ese simple código, el ambiente se tornó sofocante en un parpadeo. Durante un rato que se hizo eterno, ambos se mantuvieron así, sin decir una palabra. Héctor fue quien terminó rompiendo el contacto visual, carraspeando y removiéndose con timidez.

—Creo que… de eso mejor hablamos otro día, ¿sí? —Vació de un trago la taza y volvió a sonreír como si no hubiese pasado nada—. Gracias por el chocolate, Imelda. Hacía muchos años que no tomaba uno tan bueno.

Ella no contestó. Le ofreció la servilleta, terminó su propio chocolate, se limpió también la boca y dejó ambas tazas en la mesita que había junto al brazo del sofá. Luego se puso en pie para arroparlo y mullirle las almohadas. Antes de que él pudiera abrir la boca, le quitó de la espalda el cojín que lo mantenía incorporado, instándolo a echarse del todo, y dejó caer dicho cojín en el suelo, a sus pies.

—¿Qué…? —Héctor agrandó los ojos e hizo amago de volver a incorporarse de golpe—. No, no, no…

—Cállate. —Imelda lo frenó colocando una mano en su pecho y lo empujó de nuevo contra las almohadas—. Cállate.

Sin más, se recogió la falda y se sentó en el cojín, cruzando los brazos sobre el sofá, de tal modo que sus cabezas quedaban a la misma altura. Muy cerca. La cara que él le dedicó fue un auténtico poema.

—No te quedes en el suelo, por favor, es mucho peor que estar en esa silla…

—Eso lo decidiré yo.

—Imelda, deberías descansar de verdad, apenas dormiste desde el Día de Muertos…

—Quiero estar aquí.

Héctor resopló, rindiéndose.

—Recuérdame otra vez de quién les viene la terquedad a nuestra hija y nuestros nietos, ¿quieres?

—De ambos.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa, pero no siguió insistiendo. Solo la contempló en silencio, mientras su expresión se iba ablandando más y más por la intimidad y la cercanía.

—Si quieres quedarte —murmuró al rato—, podrías echarte conmigo…

—No tientes tu suerte.

—No lo dije con esa intención.

—Claro que no, don Inocencio.

Héctor se atragantó y soltó una risotada que casi sonó como un disparo.

—¡Don Inocencio! —exclamó, estampándose una mano contra el rostro—. Ay, Dios, no escuchaba esa bobada desde que estábamos en la escuela…

—Creo que aún te viene como anillo al dedo.

—Oh, sí, conozco a más de una persona en Olvidados que le sacaría buen provecho.

—No lo dudo, si te van prestando huesos que nunca regresas.

—Eso no fue exactamente así, ¿ok? Pretendía devolverlo, no pensé que ese alebrije fuera a tragárselo de verdad.

Imelda se permitió un murmullo de risa, apoyando la cabeza en la misma almohada que su esposo con aire casual.

—Eres imposible. Don Inocencio Borrego, siempre dócil, siempre ingenuo —canturreó, y él esbozó una sonrisa que le ocupó la cara entera.

—De seguro si ves alboroto…

—… allí esté Inocencio haciéndose el loco.

—Cuando Inocencio se hace el guaje…

—… cuidao no te haga guaje.

Y, como si lo tuvieran ensayado, ambos recitaron a coro:

En rodar la bola y pasarte la bola,
Inocencio Borrego no tiene igual.
No da pie con bola, pero encuentra su bola,
¡qué sepa la bola, que yo no sé na!

Incluso apretándose las manos contra la boca, el viejo despacho se llenó con sus risas, e Imelda tuvo la surrealista impresión de que en cualquier momento aparecería alguien en la puerta para decirles que se callaran de una vez, como si fuesen un par de críos. No estaba segura de si la hipotética escena le parecería embarazosa o aún más hilarante, pero tampoco lo pensó demasiado. La calidez que acababa de colmarle el pecho acaparaba toda su atención.

—Ay, ay, ¡Santa Cecilia estaba llena de poetas! —soltó Héctor, divertido, cuando recuperó el aliento—. Me parece increíble que aún recuerdes aquello…

Le estaba dedicando una mirada cargada de cariño por el guiño de complicidad, pero a ella se le atascó la risa y la calidez se congeló. Claro que lo recordaba: no le habían permitido olvidarlo. Los chistes sobre Inocencio habían continuado mucho después de que Héctor desapareciera, con rimas menos simpáticas y más cargadas de malicia. Haciendo leña del árbol caído. Imelda ya sentía el rostro tenso cuando buscó los ojos de su esposo, y él no necesitó ninguna explicación. La sonrisa de Héctor decayó hasta convertirse en una mueca a medio camino entre la resignación y la amargura, y dirigió la vista al techo con un hondo suspiro.

—Pero qué fregones eran…

—Y qué poco te conocían —añadió ella, con un hilo de voz—. Aunque yo no lo hice mucho mejor.

Héctor la encaró otra vez. Un campo de minas, sí; pero no había más remedio que atravesarlo. Ya había pasado demasiado tiempo negándose a hacerlo. Casi pudo ver escrito en su gesto lo que estaba a punto de decir, de modo que se le adelantó.

—Lo siento, Héctor. Perdóname, por favor. Y no digas que no hay nada que perdonar. Eso no es cierto.

Él abrió la boca, cambió de idea y la volvió a cerrar, suspirando de nuevo. Se acomodó en el sofá hasta quedar echado de costado, para poder mirarla de frente, y frunció el ceño con consternación.

—Cuando llegaste a la Tierra de los Muertos —empezó en voz muy baja, como si compartiera un secreto—, estaba convencido de que no querrías saber nada de mí. Te busqué porque quería disculparme y decirte que traté de regresar, y que nunca quise abandonarlas. Pero una disculpa no puede deshacer el daño hecho, y sabía que seguramente tú no me pudieras perdonar. Que no me perdonaras no fue una sorpresa, Imelda; la sorpresa fue que no me permitieras ni hablar. Ni siquiera cuando empezaron a pasar los años y tú y yo nos acostumbramos a vernos las caras de cuando en cuando.

Ella se quedó mirándolo con la quijada rígida.

—No quería oír ninguna excusa —logró contestar a duras penas—. No podía soportar oír explicaciones…

—Lo sé. Y creo saber también por qué, aunque me llevó más tiempo darme cuenta. —Héctor hizo una pausa, apretando los labios, y añadió—: ¿De qué tenías tanto miedo?

Fue casi como recibir un golpe físico. Imelda sintió que se le tensaba el cuerpo y que le latían las sienes con un pulso imposible. Pero el peso del silencio que arrastraba desde su marcha se aflojó, dejándola sin aliento. Él siempre daba en el clavo. Él hundía la mano en su torbellino de emociones como si fuese lo más fácil del mundo, pescando el núcleo de todos los problemas. Y él era el único al que ella podía responder esa pregunta.

—De todo —barbotó—. Tenía miedo de no saber qué era lo que buscabas o lo que esperabas encontrar, de no lograr confiar en ti, de que mintieras, ¡de que dijeras la verdad!, y descubrir que destrocé nuestras vidas sin motivo, y de haber hecho cosas horribles, y de que tú lo descubrieras, y que volvieras a marcharte, y de tu rencor, y de la culpa, y de…

—Ya sabía lo que hiciste —la interrumpió Héctor—. Sabía lo que tuviste que hacer. La prohibición, la foto fuera de la ofrenda… Siempre lo supe, décadas antes de que tú murieras. Y me rompía el corazón, pero lo comprendía. No destrozaste nuestras vidas, hiciste lo que creíste mejor. Después de que me marchara y también antes. —Aquello le provocó una sacudida y trató de protestar, pero él tomó una de sus manos y la apretó con firmeza, apremiante—. Imelda, escúchame: no me marché de casa huyendo de ti. No importa lo que cantaran o chismearan esos idiotas del pueblo. Tú nunca me hiciste daño, nunca me hiciste desgraciado. No eras insuficiente, eras mi vida, y Coco también. Y nunca, ni un solo segundo, sentí rencor hacia ti. Jamás habría podido hacerlo. Todo lo que podría perdonarte yo a ti está perdonado desde hace mucho tiempo. Ahora solo quiero que te perdones .

Imelda cerró los ojos con fuerza, temblando. Una oleada de dolor la recorrió, pero era el mismo dolor que se siente al extraer algo clavado en la carne o al recolocar un hueso roto. El dolor de algo que se arregla, seguido de un latigazo de alivio. Se aferró a su mano, y él la sostuvo hasta que la sensación comenzó a aquietarse y la calma regresó, dejando solo el eco de su remendado corazón latiéndole en el pecho.

—Has cambiado —balbuceó, cuando pudo recobrar la voz—. Sigues siendo tú, pero has cambiado.

Héctor sonrió para ella, con un toque de nostalgia.

—Le dicen crecer. Y ambos lo hicimos.

—Pero yo me convertí en una vieja pendeja.

—Oye, oye, sé que estoy muy guapo aún, pero en realidad yo soy un viejo pendejo también.

Imelda rio en un débil jadeo, y la calidez regresó, acompañada por una punzada de afecto que terminó de reconfortarla. Quizá se le reflejara en la cara, porque la sonrisa de Héctor se ensanchó un poco más y, tras un instante de vacilación, se atrevió a llevarse la mano de su esposa a la boca para besar sus nudillos. El palmo escaso que separaba sus rostros se hizo de pronto dolorosamente largo. Él también lo debió notar, porque los dos se acercaron a la vez, hasta que sus frentes se rozaron.

—¿Qué creías que esperaba encontrar? —susurró Héctor—. ¿A la muchacha que dejé en la puerta cuando me marché?

—Sí.

—No era así. Solo quería encontrarte a ti. Reconocernos. Ver si… —la voz se le quebró y tragó con fuerza otra vez— si aún era posible recomenzar y arreglar esto, o si tendríamos que…

—Pero yo no lo quería averiguar —replicó ella, negando con la cabeza—. No quería que nada se moviera. No podía estar contigo, pero tampoco podía ponerle un punto y final.

—Oh, Imelda… No tenía por qué ser un punto y final. Podría haber sido un punto y seguido. Salto de párrafo. Doble barra divisoria. Nada de codas; Imelda y Héctor, tercer movimiento. O cuarto. No sé por cuál vamos ya.

A su pesar, ella volvió a reírse, aunque sentía en los ojos el picor de las lágrimas.

—¿Cuántos movimientos pretendes que tenga esta pieza? Debemos llevar ya como quinientos…

—Espero que aún nos queden quinientos más, como mínimo.

Y a Imelda se le llenó la boca de improviso con mil cosas que no podía decir. Sobre lo mucho que lo había extrañado, lo mucho que deseaba volver atrás en el tiempo, lo mucho que todavía lo amaba. Lo amaba, con todas sus fuerzas; a pesar de la ausencia, a pesar de los años, a pesar de todo. Jamás había dejado de amarlo, y el miedo y la rabia siempre habían nacido de ahí.

Tragarse las palabras fue duro, pero tuvo que refrenarse, porque no era el momento. Lamentablemente, el amor no bastaba para garantizar que las cosas pudieran volver a funcionar. Y en eso consistía la tregua, a fin de cuentas: no más parches ni más huidas ni más decisiones precipitadas y viscerales. Querían hacer las cosas bien, poco a poco, para asegurarse de que estaban sanando de verdad, en vez de hacerse más daño. Hablarían con la cabeza fría cuando ambos estuviesen en condiciones y pasarían página de una vez, juntos. Pero era un alivio saber que, aunque la llama había pasado décadas enferma y débil, seguía viva y quizá, con un poco de suerte, podría brillar otra vez.

—Se supone que no deberíamos estar hablando de esto…

—No deberíamos. Pero dicho queda.

Dejaron que el silencio regresara, vibrando con lo que ambos callaban, mientras permanecían frente contra frente. Muy despacio, Imelda se soltó de su agarre y alzó la mano para enmarcar su rostro, acariciándole el pómulo. Héctor cerró los ojos, y el suspiro que exhaló rozó los labios de su esposa. Todo aquello era como un milagro, después de haber sufrido esa devastadora soledad.

—Recupérate ya —le musitó, casi demandante—. Hay mucho que hacer.

—¿No me darás ni un respiro? —Héctor sonrió de nuevo—. Después de cien años, ¿qué prisa hay?

—Son esos cien años por lo que tengo prisa. No quiero perder más tiempo, ni encontrarme con que…

No pudo terminar, pero él entendió a qué se refería. Deslizó la mano por su brazo hasta cubrir la que ella mantenía en su mejilla y la estrechó otra vez.

—Estoy bien, Imelda. De veras. Me están recordando. Llevo mucho tiempo acostumbrado a que solo la memoria de Coco me mantenga aquí; ahora hay más gente pensando en mí, puedo sentirlo. Es una energía que me agarrota un poco el cuerpo y hace que me duela la cabeza, pero solo necesito habituarme. No iré a ninguna parte, a no ser que me pidas que me vaya.

—No quiero que te vayas. —Imelda sintió que sus dedos se crispaban, casi agarrándose a él—. No sé si nuestro matrimonio tenga arreglo o no, pero quiero que estés aquí, con tu familia. Quiero que los conozcas y que te conozcan, y que vengas a recibir a tu hija cuando llegue. Ya me preguntó una docena de veces si hicimos las paces, ahórrame la vergüenza de tener que decirle que no.

Héctor rio débilmente, aunque esta vez fue a él a quien venció la emoción. Acarició el dorso de su mano con el pulgar e hizo amago de acurrucarse un poco más contra ella, pero no añadió nada. Imelda también dejó morir la conversación. Continuó dibujando las marcas de su calavera y peinándolo perezosamente con los dedos, mientras él se limitaba a recibir sus mimos con docilidad. El silencio volvió a espesarse, somnoliento. Hasta que, al cabo de unos minutos, cuando ya estaba empezando a quedarse dormida, oyó a Héctor murmurar:

—Tienes razón.

—¿Hm? —Ella se enderezó, desconcertada.

Llorarás como un niño.

Imelda se quedó rígida, dándose cuenta demasiado tarde de que había estado tarareando Ausencia de forma inconsciente. Fue a contestar, pero él alzó la mirada y la expresión que le contraía el rostro la paralizó.

—¿Cómo pudiste creer que te guardaría rencor? ¿Cómo podría? Lloré como un niño, Imelda. Durante cien años. Pensando en lo que te hice, en lo que le hice a nuestra familia, en todo lo que arruiné. Y lamentándolo todos los días. ¿Podrás perdonarme tú a mí alguna vez?

En ese momento, vio claro por qué aquella maldita canción siempre había sonado distorsionada en su cabeza.

Llevaba décadas cantándola a una sola voz, su voz, cuando en realidad fue desde el principio un lamento a dos voces. Él también había sufrido su ausencia, tampoco había podido olvidar, su existencia también había sido cruel. También había perdido el amor y la ilusión. Tras cada fracaso al intentar cruzar el puente y volver a casa, también debía haberse preguntado por qué lo habían abandonado, aun queriéndolo tanto. Y ella…

Ella también había llorado como una niña, extrañando su abrigo y su cariño.

Imelda apretó los dientes, se apoyó en el sofá y se puso en pie.

—Hazte a un lado.

Héctor ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse. Retrocedió hasta el respaldo del sofá, mientras ella se recostaba a su lado, y se hundió de inmediato en sus brazos cuando lo envolvió por los hombros y lo estrechó contra su pecho. La fuerza con la que él le devolvió el abrazo casi le cortó la respiración, y la ansiedad con la que se refugió en su cuello estuvo a punto de hacerla llorar. Pero Imelda solo lo apretó aún más, enterrando el rostro en su pelo con un suspiro.

Aún era demasiado pronto, no sabía cuán largo o complicado sería el camino. Pero, pasara lo que pasara en el futuro, al menos había algo a lo que sí habían puesto fin. Para siempre.

-Fin-

N/A: ¡Volvemos a la carga! :D Este no era el one-shot que tenía pensado subir a continuación, pero en el otro llevo trabajando más de dos meses y sigue sin terminar, mientras que este lo dejé listo en dos semanas, así que he decidido adelantarlo. De todas formas, por cronología encaja mucho mejor aquí. Creo que con este relato dejo cerrados los flashbacks de esos noventa y seis años de separación, entre la marcha de Héctor y la aventura con Miguel en el Día de Muertos. A partir de ahora también empezarán a avanzar las cosas en lo que respecta a la reintegración de Héctor en la familia y la reconciliación con Imelda, retomando el hilo que ya esbocé en Alma mía.

Ya lo comenté en las notas del one-shot anterior y creo que este quedó bastante exhaustivo, así que no quiero repetirme más: he aquí mi interpretación de la perspectiva de Imelda. Esto no lo incluí en el propio relato, pero considero que descubrir que Héctor en realidad fue asesinado (bueno, y toda la aventura del Amanecer Espectacular) sería el punto de inflexión decisivo que rompería la situación de tablas en la que estaban encasillados estos dos. Saber que Ernesto fue responsable de todo y que en realidad no hubo casualidades le daría a Imelda un objetivo concreto al que poder culpar, sin asfixiarse tanto a sí misma y a Héctor. Las cosas no se van a arreglar mágicamente, pero al menos sí sería una sacudida lo bastante fuerte como para acabar con su parálisis a la hora de enfrentar el tema.

He tenido siempre una idea muy clara de cómo sería la vejez y la muerte de Imelda, porque me recuerda muchísimo a mi propia abuela paterna. Ella se quedó viuda a los treinta y pico años, poco antes de la Guerra Civil española, y tuvo que vivir la guerra y la postguerra sola, con cuatro hijos pequeños y una tía anciana a su cargo y al frente del negocio familiar. Las penalidades de aquella época le destrozaron la salud y terminó muriendo de colapso general más o menos a la misma edad que Imelda. Hay una anécdota en mi familia sobre el tema: que cuando mi padre le preguntó a mi tío (médico) de qué estaba muriendo, él respondió "de todo". Simplemente no pudo más. Cuando vi Coco por primera vez, me estuve acordando muchísimo de ella, y en general de todas las viudas y madres solteras que luchan con uñas y dientes por sacar a los suyos adelante, aunque ellas queden hechas mierda en el camino. Más aún en tiempos de crisis. Imelda vivió un periodo súper turbulento de la historia de México, enlazando una guerra con otra, siendo muy joven, con una niña pequeña y sin marido. Y consiguió salir adelante. Es toda una guerrera, pero también creo que le pasaría factura y que llegaría a los setenta años hecha polvo.

Otra anécdota que suele contarme mi padre sobre la abuela es que nunca jamás hablaba de su esposo. Pero que, cuando empezó a envejecer y cada vez estaba peor y peor, se la encontraba con frecuencia llorando, acordándose de "su Luis". Puedo visualizar completamente a Imelda pasando por el mismo proceso, así que enfoqué sus últimos años desde ese mismo ángulo. Esto y la fecha de su muerte (enero de 1971) son dos homenajes que le dedico a mi abuela.

La canción de este one-shot, Ausencia, es también de María Grever, quizá algo más desconocida. La cantó Aida Cuevas en un disco recopilatorio de canciones inéditas de la compositora. La versión de Cuevas es la única que he encontrado en YouTube, pero os la recomiendo, porque es muy bonita y ella canta genial. No es mi favorita del repertorio de Grever, pero tuve que usarla para este relato, porque le venía como anillo al dedo al cien por cien.

Ah, y la tonadilla sobre Inocencio Borrego fue algo totalmente improvisado que se me ocurrió cuando vi todas las acepciones de "bola", mientras estaba consultando una cosa en el diccionario del Colmex XD No me pude resistir a incluirlo, porque de hecho creo que habrían circulado muchas bromas de ese estilo en torno a Héctor cuando eran pequeños, y que después mutaron a algo mucho más hiriente cuando él se largó. Como son rimas hechas a partir de expresiones y juegos de palabras mexicanos, si veis que algo ha quedado mal puesto, avisadme para corregirlo, por favor :D

Y creo que eso es todo. Espero que hayáis disfrutado del one-shot, que es un poquito dramático, pero también tiene Imector "explícito", algo que no incluía desde… ¿los primeros prompts de la tabla? XD

Espero poder volver a actualizar pronto. Hasta entonces, ¡que paséis buena semana! Y, sobre todo, ¡feliz Día de Muertos!, que ya lo tenemos aquí :)