IX

- Mejor que sigas con esa apariencia y que digamos que Malcolm es tu marido. No es que Aisone se fuera a escandalizar, pero ya son muchas cosas juntas y tiene un particular sentido del humor. Sería capaz de mandarle a una habitación en el extremo opuesto...- Iba diciendo Katalintxe mientras abría la puerta del caserío con un toque de varita.

- Por aquí...Seguro que hay alguien… En esta casa siempre hay gente...- dijo mientras los guiaba por un estrecho pasillo hasta una habitación grande con una chimenea al fondo. Era el salón principal.

Efectivamente, estaba muy, pero que muy concurrido: Aisone, imponente como siempre, con su mirada azul desvaída fija en ellos tres; Graciana, con los pelos fuera del moño y los brazos en jarras; Estefanía, que parecía la tía abuela de Matusalén; Enedina, tan vieja como Estefanía pero mucho más llamativa por su apariencia excéntrica... y una mujer de mediana edad que no había visto antes pero que por alguna razón le resultó vagamente familiar. Se trataba de una bruja baja y delgada, de cabello moreno y abundante y unos ojos grandes y pardos en un rostro todavía muy hermoso.

Katalintxe no supo qué decir ante tanta concurrencia. Parecía que los estaban aguardando.

- Buenos días...- Malcolm fue el primero capaz de decir algo.

- No te esperábamos tan pronto.- dijo Aisone tranquilamente dirigiéndose a Cassiopeia mientras les hacía señas para que se sentaran. Era la primera vez que la oía hablar en un idioma que pudiera entender.

- ¿Cómo...? .- Se aventuró a preguntar.

- Sara se dejó la carta a la vista de cualquiera. Era facilísimo deducir que intentabas contactar.- dijo Aisone mirándola fijamente.- Lo que no sabíamos es que tú ya habías actuado...- añadió dirigiéndose a Katalintxe, que procedió a abrir la boca para decir algo, pero lo debió pensar mejor porque la cerró como un pez.

- Bueno. Ahora está claro que ya no tiene sentido seguir con la discusión.- intervino Enedina. – Katalintxe, deberías presentarnos. Este chico no tiene ni idea de quienes somos.

- Er, bien. Malcolm McGonegall, el novio de ...- Se maldijo mentalmente, le había dicho a Cassiopeia que no debía presentarse así...

- Cassiopeia, Cassiopeia Black.

- ¡Ajá! ¿Qué os dije? ¡Estaba segura de que Eleanor no era su verdadero nombre!- aulló Graciana.- ¡Vaya! ¡Si que es un nombre...!.

- ¡Clásico!.- Enedina no la dejó terminar la frase.- Enedina Peláez, de la Tradición del Norte. Ella es Graciana, bruja partera y herbolera; Aisone Urroz, la ama de la casa, ambas de la Tradición Vascona. Y ésta es Amparo Moltó, natural de Valencia y perteneciente a varias...dijo sonriente.

Ante las caras de asombro de Cassiopeia y Malcolm, la bruja habló con voz calmada.

- Soy la madre de Sara.

- ¿Qué estabais discutiendo? - preguntó Katalintxe inquieta.

- Qué hacer sobre esto.- dijo Estefanía mostrando la carta de Cassiopeia.- Pero, obviamente, ya no procede. Creo que, ya que estás aquí, es un momento tan bueno como cualquier otro para mostrarnos tu verdadera apariencia, si te parece bien.- añadió dirigiéndose a Cassiopeia.

- ¿Cómo sabe que...?.- Malcolm intervino.

- ¡Huy, hijo! ¡Con la de años que tengo! He visto mucha magia, mucha. He aprendido a reconocer la metamorfomagia cuando la veo.

- ¡Es la primera vez que me ocurre algo así! ¡Espero que sea única! - soltó Cassiopeia un poco alarmada. No era tranquilizador en absoluto que hubiera algún medio de detectar que uno se hallaba ante un metamorfomago transformado.

Estefanía sonrió.

- Si. No es una habilidad común, para tu tranquilidad.

Cassiopeia se concentró. Cerró los ojos, y se convirtió en la bruja que realmente era. Un poco más baja que Eleanor y mucho más estilizada, con el cabello muy negro y muy largo y grandes ojos oscuros, la nariz recta y un perfil casi griego. Graciana y Katalintxe abrieron mucho los ojos. Las demás permanecieron impasibles. Malcolm sonrió complacido.

- Hemos discutido bastante sobre esta cuestión desde que Albus Dumbledore estuvo aquí.- dijo Estefanía.- Y parece evidente que es imprescindible que él disponga de ese brazalete.

- ¿Habéis estado hablando del brazalete y no nos habéis dicho nada? - preguntó sorprendida Katalintxe.

- Por vuestra propia seguridad. No es sensato implicaros otra vez.- contestó Amparo.- Esto es para gente con más experiencia...

- Por eso Sara no está aquí ¿no? Porque nos habéis excluido deliberadamente. ¡Pero la profecía...!

- Si yo hubiera estado presente cuando sucedió el incidente, me habría opuesto rotundamente a mandar a Sara.- Amparo la interrumpió sin levantar la voz pero con autoridad.- O a mandarte a ti, si hubiera sido el caso. Se trata de un asunto grave. En cuanto a las profecías, ya sabes que no son cosa cerrada.

Katalintxe no dijo nada. Era como si las hubiera pillado in fraganti, tramando algo sobre un tema que, desgraciadamente, las envolvía de lleno. Amparo, con todos sus conocimientos mágicos, en contadísimas ocasiones se había mostrado en un aquelarre, y a ella no le constaba que conociera a la adivina, la bruja de Urnieta. ¿Qué sabía ella de lo que realmente implicaba aquel brazalete?

- ¿Y ahora qué? ¿no debería estar presente? - Se atrevió a preguntar mirando directamente a Aisone. Al fin y al cabo, estaban bajo su techo, y eso, como bien sabía Amparo, contaba en su Tradición. Y aunque no hubiera contado, era su nuera. Era poco probable que la contradijera. Hubiera sido sumamente descortés. Pero Aisone no se puso de su parte.

- Su madre tiene la última palabra.- dijo tranquilamente. Katalintxe se sintió defraudada y se volvió hacia Amparo, que negó con la cabeza.

Cassiopeia tuvo entonces la impresión de que aquella mujer ejercía una voluntad férrea sobre su hija, una bruja que, aunque joven, ya era adulta. ¿Qué años tendrían Sara y Katalintxe? Se preguntó de pronto. ¿Diecisiete? ¿Dieciocho? Desde luego, no más de veinte. Y ella, que tenía veintinueve, sintió de pronto una sensación familiar que muchas veces experimentaba con sus hermanos menores, Marius y Dorea. Era esa necesidad de irradiar seguridad que a veces los hermanos mayores sienten, aunque realmente se sepan tan inseguros y vacilantes como los pequeños. Dirigió a Katalintxe una mirada que pretendía ser tranquilizadora. Sus ojos grises le devolvieron una mirada llena de interrogaciones.

- El asunto que nos trae hasta aquí es que perdí el brazalete antes de salir de España.- dijo Cassiopeia tranquilamente.

- Pero...¡Cómo es posible! - soltó Graciana.

- En realidad, era una tapadera. El objeto que verdaderamente importaba era un código de claves para descifrar los mensajes cifrados de los secuaces de Grindelwald, y ese llegó a su destino. La importancia del brazalete me era entonces completamente ajena.

- ¡Sabía que nos habías ocultado la verdad! - Graciana volvió a intervenir.

- No hubiera sido muy correcto desvelaros toda la operación. Os habría hecho correr unos riesgos innecesarios.- contestó ella con aplomo.

- En eso difiero.- intervino Amparo.- Los riesgos, con o sin brazalete, han sido y son, muy elevados.

- Comprendo su preocupación. Su hija estuvo implicada. Pero, entiéndame, yo no la metí en esto...

- No, eso está claro...- dijo Amparo en voz baja y sin dirigir la mirada a nadie en particular. Katalintxe se dio cuenta de que reprobaba en silencio la decisión de Aisone, que fue la que mandó a Sara a rescatar a Cassiopeia, perdida en un bosque desconocido y con un objeto que le impedía hacer magia con varita sin ser detectada por sus tenebrosos perseguidores.

- ¿Dónde se perdió el brazalete? – Enedina consiguió aliviar la tensión del momento.

- Un muggle me lo robó antes de embarcar.

- ¿Un "máguel"? – Graciana alzó las cejas.

- ¡Un ingenuo! – contestaron las demás a coro.

Graciana alzó las cejas. - ¡Un ingenuo! ¿Y cómo pudo un ingenuo hacerse con un brazalete encantado, ni mas ni menos que por una poderosa y antigua magia oscura?

Cassiopeia se encogió de hombros.

- La cuestión ahora es que lo único que sabemos es que no ha salido del país. Pero por lo demás, ignoramos totalmente dónde está.

- Entonces, lo primero es localizarlo.- dijo Enedina.

- ¡Cómo si fuera tan fácil! – soltó Graciana.

- Bueno… tal vez haya algún método… - Enedina se quedó pensativa.

- ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a parecer bien? – intervino de pronto Amparo.

- Porque no te va a parecer bien, querida.- Concluyó Enedina. Los demás las miraban en silencio.

- ¿Qué forma poco ortodoxa de magia se te ha ocurrido? – dijo Amparo suspirando.

- En efecto, es poco ortodoxa, pero si se te ocurre algo mejor…

- Suéltalo de una vez.- Intervino Graciana.

- Estaba pensando en Rosalía D'Acuña…

- ¡Rosalía! – exclamó Amparo.- Vaya por delante que nunca he aprobado sus métodos…

- Ya lo sabemos, hija.- dijo Aisone suavemente.- Rosalía es versada en su Tradición. En la nuestra no hay ningún método mágico capaz. ¿Se te ocurre algo a ti?

Amparo calló.

- Entonces, tal vez deberíamos consultar…

- Sea, entonces.- dijo Enedina. Le mandaré una lechuza. Y se levantó resueltamente seguida de Graciana.

- Creo que ya es hora de mostrar hospitalidad con nuestros visitantes.- Aisone se levantó del sillón en el que había estado sentada. Cassiopeia tuvo la vaga sensación de que, aunque no había intervenido mucho, era como si hubiera ocupado la presidencia de la discusión.

- Os alojaremos aquí. Acompañadme.

Malcolm y Cassiopeia dieron las gracias y la siguieron escaleras arriba. Estefanía, Katalintxe y Amparo se quedaron solas en el salón.

- Supongo que deberías llamar a tu hija.- dijo Estefanía.

Amparo estaba seria.

- Sinceramente, Estefanía, creo que podemos eximirla del espectáculo.

- Tu verás, eres su madre…

- Precisamente por eso. Ya es bastante malo que esté aquí Katalintxe, que lógicamente correrá a contarle todo.- dirigió una mirada reprobadora a la joven bruja, que alzó las cejas con expresión afectada.

Pero Amparo no había previsto que Sara podía aparecer a la hora de comer, más o menos a la vez que su abuelo Zacarías, un sanador gigantesco y Martín, su padre, un hombre que a pesar de ser más bajo, se alzaba un metro noventa largo.

- Este tipo me suena.- Malcolm comentó al oído de Cassiopeia.

Padre e hija se parecían mucho. Tenían el mismo pelo, la misma nariz, las mismas cejas finas, hacían los mismos gestos …La comida fue muy animada, porque los dos magos eran simpáticos y habladores. No pareció sorprenderles que hubiera extraños a la mesa.

Hasta que los brujos no se despidieron, tras los postres, no explicaron a Sara quienes eran realmente los visitantes y qué se traían entre manos. Durante un rato, Cassiopeia notó que no era capaz de despegar sus ojos de los suyos, como si silenciosamente le reprochara que la había engañado "¿tan difícil era haberme ahorrado tener que proporcionarte la poción multijugos?" Parecían decir.

- ¿Quién es esa Rosalía D'Acuña? – preguntó de pronto.

- Es una compañera de mis tiempos de aprendiz de sanadora.- dijo Amparo.- Una bruja con métodos poco habituales.

- ¿Va a venir?

- Seguramente.- Amparo suspiró.

- Tengo un trabajo para vosotras dos.- dijo dirigiéndose a Katalintxe y a su hija.- Las lechuzas que envío al cliente al que le fastidiasteis la poción regresan sin entregar sus mensajes.

- ¡No le fastidiamos la poción! ¡El nos proporcionó una materia prima defectuosa! – soltó Sara un poco enfadada.

- Le fastidiasteis la poción. – Amparo insistió sin levantar la voz.- Quiero que vayáis esta tarde a su casa, para hablar con él. La empresa le debe una disculpa. Depositó una confianza en nosotros.

- ¡Pero…!

- Hay que solventar este asunto y hay que hacerlo ya.

Cassiopeia tuvo la impresión de que Sara, que sacaba un buen trecho a su madre, se encogía en su presencia. Se sorprendió bastante, porque no era la imagen que se había formado de ella la primavera anterior, cuando la sacó de España con ingenio, resolución y la ayuda del joven brujo que había creado aquel prodigio de hechizo para reducir cuerpos conservando sus propiedades mágicas a escala.

Sara estaba dolida, mientras que Katalintxe estaba absolutamente convencida de que en realidad era una estratagema para quitarlas de en medio ante la visita inminente de la tal Rosalía. Pero ninguna de las dos osó protestar, y se marcharon sin rechistar.

- ¡Quién iba a decirlo! Una metamorfomaga. Supongo que es un plus si una se dedica al espionaje... Así que ha perdido el brazalete y ha vuelto para recuperarlo. ¿Por qué nos ha vuelto a meter en esto?

- Lo siento.- dijo Katalintxe de pronto.

- ¿Qué es lo que sientes?

- Contesté a su carta por ti.

- No entiendo nada.

- ¿Te acuerdas de la carta que trajo Ramontxu?

- Era una tontería sobre plantas y flores que...

- Que, evidentemente, no leíste con la debida atención, y además dejaste tirada por ahí. La ha leído media Tradición, y todos han pensado lo mismo.

- ¡NO!

- Lo siento...

- ¡Mierda! ¿Por qué puñetas contestaste? ¡Ahora estamos en un embrollo!

- Ya estábamos en un embrollo. Estamos metidas en esto hasta las cejas desde que ella apareció con el brazalete. Y lo peor es que han estado discutiendo del tema sin contar con nosotras.

- ¡Venga ya!

- ¡Te digo que el brazalete nos ha elegido!

- Eso son bobadas. No hay objetos mágicos con voluntad de elegir.

- Es una forma de hablar. Si que los hay que vinculan mágicamente. Como un contrato. Y ya sabes que no importa que no sea precisamente lo que uno quiera. Y además han estado discutiendo el tema sin contar con nosotras. Especialmente sin contar contigo, ¡que al fin y al cabo te fuiste de excursión hasta Galicia con la pulserita esa!

Sara palideció.

- Bueno. Pues ¿sabes qué te digo?, que por una vez en los últimos tiempos estoy de acuerdo con mi señora madre. Es mejor quedarse fuera, te lo digo yo, que, como bien me has recordado, me tragué toda la "operación fuga".

Mientras discutían llegaron hasta la casa del brujo. Llamaron varias veces al timbre de la verja que rodeaba la casa del mago, pero nadie respondió. Entre los barrotes, se observaba un jardín bastante descuidado, en el que la maleza iba tomando posiciones para que en breve no quedara ni rastro de los parterres ordenados y las rocallas. Y en la casa, aunque las persianas no estaban echadas, las espesas y un tanto polvorientas cortinas no dejaban ver nada.

- Vámonos. Aquí no hay nadie.- dijo Sara.

- No, no hay nadie. – Katalintxe miró su reloj.- Todavía se puede llegar a tiempo a la conferencia sobre usos alternativos del cornezuelo de centeno en la Sociedad de Fabricantes de Pociones. ¿Te vienes?

- No. Creo que no estoy de humor.

- Nos vemos luego, entonces.

- Hasta luego.

Mientras, en el caserío, Amparo Moltó no perdía detalle de lo que hacía y decía Rosalía D'Acuña. Ambas no se apreciaban. Cassiopeia pensó que, en cierto modo, eran parecidas. Las dos eran de la misma estatura, tirando a baja, y debían tener más o menos la misma edad. Rosalía tenía el pelo rojo oscuro, largo y con muchos rizos. Lo llevaba suelto, apenas prendido a los lados con un par de horquillas, como una melena salvaje. Sus ojos, de un marrón muy oscuro, eran pequeños, pero parecían chispeantes. Iba vestida bastante estrafalaria, pero eso ya no le llamó particularmente la atención. Se la llevó aparte y habló con ella.

- Te llevaré ante unas brujas de la Tradición Celta. Ellas sabrán cómo ayudarte a encontrar el objeto.- dijo mirándola fijamente a los ojos. Cassiopeia se imaginó el brazalete, brillante, delante de sus narices.

- ¿Qué es eso de la Tradición Celta? Aquí todo el mundo habla de Tradiciones.

- Son las distintas escuelas de magia. Hay un sustrato común, igual que el tuyo, y además, usos locales. La gente los aprende en función de dónde vive, de sus ascendientes o por mero gusto.

- ¿No hay un colegio de magia para todos? – preguntó sorprendida. La imagen impresionante del castillo de Hogwarts vino a su mente muy nítida, como si se tratara de un brillante día de primavera en Escocia.

- ¡Oh! Te refieres a centros de estudio. Hay varios, todos pequeños. Se aprende desde los siete años. El Ministerio hace exámenes de reválida…

- Los siete años es una edad muy temprana. ¿Cómo se controla así el cumplimiento del Estatuto del Secreto con los más jóvenes?

- Los niños disponen de varitas poco poderosas. Es muy difícil que hagan magia relevante con ellas. Por otra parte, canalizar la magia desde una edad temprana reduce considerablemente el riesgo de magia accidental. Los niños siguen asistiendo a colegios normales, y se procura fomentar en ellos el uso responsable de sus habilidades.

- ¿De veras? ¿Hasta los de familias tradicionales de magos? Creo que es más sencillo como lo hacemos nosotros.

Rosalía se encogió de hombros y consultó su reloj.

- Se hace tarde. Tenemos que marcharnos. ¿Va a acompañarnos? – preguntó mirando a Malcolm.

- Si no hay inconveniente...

- Tengo que advertirte.- dijo Rosalía bajando la voz.

- ¿De la magia que vamos a presenciar?

- De la magia que tú vas a realizar. Te harán salirte de ti misma. Te parecerá que abandonas tu cuerpo. Entonces has de mostrar voluntad de querer encontrar el brazalete. Tu voluntad te llevará hasta él, y una vez que lo encuentres, también te traerá de regreso. No sientas pánico, porque entonces fracasarás.

- Bien.- Cassiopeia intentó no ponerse nerviosa. Al fin y al cabo, esa era la primera instrucción, controlar el pánico.

- ¿Es tu marido? – dijo Rosalía mirando a Malcolm

- Mi novio.

- A efectos prácticos, tu marido.- aclaró mirándola fijamente a los ojos.

- Bien. A efectos prácticos mi marido. ¿Por qué?

- El lugar donde vamos tiene propiedades afrodisíacas.

- ¡Ah! – Cassiopeia sonrió divertida.- Si es eso, bienvenido sea.

- Cuando regreses, tal vez sientas deseos de seducirle.- dijo Rosalía mirando hacia Malcolm.

- Ya te he dicho que, si se trata de eso, entonces estupendo...

- Pero además, esa fuente potencia la fertilidad.

Cassiopeia se echó a reír a carcajada limpia.

- Soy estéril.- dijo tranquilamente.

- ¿Si?

- Si. Tengo las trompas obturadas. No me es posible concebir.

Aunque externamente se lo tomaba bien, en su fuero interno era la poderosa causa por la que por algún extraño razonamiento en el fondo carente de lógica se negaba en redondo, una y otra vez, a casarse con Malcolm, aunque el pretexto oficial era el alboroto que la tía Melania le organizaría a Cygnus Black, su padre, si emparentara con alguien de una familia tan poco recomendable como los McGonegall. Cassiopeia la veía completamente capaz de borrar su nombre del árbol de familia de la casa de Grimmauld Place.

- Bueno. Yo te he advertido...

Y sin mas explicaciones la tomó del brazo, le hizo una seña a Malcolm y los condujo al exterior. Se desaparecieron juntos para aparecerse en el interior de una gruta.

Cassiopeia pensó que la comunidad mágica de la península ibérica gustaba de las cuevas. Meses atrás la habían ocultado, curado y alimentado en una cercana a la frontera con Francia. Miró a su alrededor y matizó su primera conclusión. A las brujas ibéricas les gustaban las cuevas, porque allí solo había mujeres, ni rastro de un solo espécimen masculino. Recordó a Aisone, la imponente abuela de Sara que se dirigió a ella en vascuence cuando huía de los secuaces de Grindelwald. Le pareció una señora dulce y cariñosa, en comparación con la panda de viejas que la rodeaban y la tocaban con sus manos huesudas y sus uñas largas, ennegrecidas y medio rotas. No le quedó más remedio que hacer de tripas corazón y dejarse hacer.

La desnudaron, la embadurnaron de una crema que desprendía un olorcillo dulzón que atontaba, le pusieron una túnica blanca y quemaron hierbas e inciensos a su alrededor. Luego trazaron un círculo en torno a ella y entonaron un cántico que sonaba a ultratumba, en una lengua que supuso era gallego, y ellas, tan viejas y encorvadas, comenzaron a danzar con una agilidad sorprendente. Los ungüentos, los aromas, los coros y danzas todos juntos, la hicieron entrar en un estado de sopor, y le pareció que las brujas estaban cada vez más lejos. Miró a sus pies, y vio como el círculo se hundía lentamente, y ella con él, y se rellenaba de agua, un agua templada y agradable que invitaba a relajarse, a abandonarse…y se dejó ir, con ganas de flotar.

Y flotó, vaya si flotó. Primero por encima del corro de meigas que continuaba incansable con el cántico y el baile. Después, sobre la bahía y los acantilados. Se adentró en el mar como una gaviota, atraída por el norte y su casa, pero pronto recordó su misión y viró en redondo. Sobrepasó aldeas, paisajes verdes ondulados, montañas imponentes y grandes llanuras aparentemente yermas. Vio en la tierra anchos ríos rodeados de álamos y chopos, y también pueblos con aspecto medieval. Alguna extraña fuerza, o una intuición, la hizo dar vueltas, cada vez mas bajas, en torno a una población. Daimiel. No tuvo idea de cómo supo el nombre, porque no vio ningún cartel que lo indicara, ni ningún indicio. De hecho, jamás en la vida había oído hablar de semejante lugar.

"Está en un lugar llamado Daimiel", pensó.

La visión se hizo brumosa, y sin saber cómo se encontró de nuevo en Galicia. La extrajeron del agua unos brazos más fuertes de lo que nadie podría haber pensado, tratándose de huesudas viejas. Le masajearon el cuerpo con una especie de aceite que olía a almendras y volvieron a vestirla con sus ropas. En un primer momento, cuando había empezado a recuperar la consciencia, se había sentido agotada, pero ahora se encontraba estupendamente. Les dio las gracias y abandonó el lugar sonriente. Se echó en los brazos de Malcolm nada mas verle, con una amplia sonrisa en la cara.

- Se donde está.- Fue lo único que le dijo. Durante el rato siguiente, ninguno de los dos se acordó del brazalete.

Cerca de la cueva, y no mucho después de que Cassiopeia abandonara el lugar, un chico y una chica, ambos brujos, paseaban por un campo verde y ondulante.

- Es un paisaje precioso.- Sara estaba fascinada. La suave oscilación del terreno, tan verde como su valle pero sin la proximidad de las montañas y el viento procedente del mar le producía un conjunto de sensaciones nuevas. Pronto detectó agua que pasaba por un pequeño salto. Era una cascadita de un metro de alto, más o menos, que se arremansaba en una poza de buen tamaño antes de seguir su curso hacia el Atlántico, y que producía un agradable soniquete que invitaba a la relajación. Arriba debía pasar por entre las rocas, porque el río se estancaba sin desbordarse antes de precipitarse a la poza.

- Es un lugar mágico.- Susurró Santi en su oído.- Voy a echar un vistazo. Espérame aquí.

De pronto, Sara estaba acalorada y tensa, y eso a pesar de que debía hacer unos diez grados. La cascada y la poza de aguas cristalinas parecían llamarla. Se aproximó y metió los dedos. El agua resultaba refrescante y deliciosa. ¿Por qué no? No se lo pensó dos veces. Se quitó la ropa y se metió en la poza. Inmediatamente se sintió mejor. El agua que caía de lo alto rebotaba en el fondo y ascendía, masajeando su cuerpo y produciéndole un indescriptible bienestar. Echó la cabeza hacia atrás y se dejó flotar. Poco a poco, los músculos de sus piernas, de su espalda y sus hombros se relajaron ...hasta que el sopor la embargó. Estaba en una especie de semi consciencia o duermevela. No le apetecía mover ni un dedo, simplemente deseaba flotar. El ruido de la cascada era cantarín, casi hipnotizante. Se acercaría un poco más para verla y oírla mejor. Sí, exactamente como suponía, el agua se colaba por debajo de las piedras. Entonces, al mirar hacia abajo, se vio flotando en la poza. ¡Qué curioso! Era como si una parte de ella se hubiera escapado de su propio cuerpo. Aprovechó para observarse. Al fin y al cabo, así era como la veían los demás. Se vio delgada. Natural, la enfermedad la había dejado en los huesos. Después reparó en sus piernas, y le pareció que eran más largas de lo que siempre había creído. Salvando las distancias, eran del estilo a las de su padre, las debía haber heredado de él. Su pelo castaño, suelto, flotaba en el agua en todas direcciones. El sol le arrancaba reflejos dorados envolviéndola en una especie de aureola. Se fijó entonces en sus senos. Siempre había pensado no eran precisamente su punto fuerte, pero ahora que se veía desde fuera pensó que podían tener su atractivo siempre que…

Fue como si tiraran de ella con fuerza, y de pronto una sensación de opresión. Quiso gritar pero no salió ningún sonido de su garganta. ¡SE AHOGABA!

- ¡Cof!. ¡Cof! ¡cof!.- Sara tosió violentamente. Se incorporó y vomitó agua. Mucha agua. O al menos, eso le pareció. Santi, empapado, la sujetaba con fuerza.

- Que…¿que ha pasado…?- consiguió preguntar a duras penas.- Le dolía el pecho y respiraba con dificultad.

- Te dormiste y te hundías en el agua. Un poco más y te hubieras ahogado. – Santi estaba nervioso.

Sara respiró con fuerza. Como flashes, una secuencia de imágenes pasaron por su mente. Se metía en la poza, se relajaba mucho.... La cascada desde arriba, y ella flotando en el agua. Santi...reparó en Santi. Estaba empapado. Su pelo negro y espeso chorreaba agua que le caía sobre los hombros y su camisa y sus pantalones se pegaban a su cuerpo resaltando más su torso y sus extremidades. Una oleada de otra cosa la inundó. Deseo, era puro deseo. ¿Y por qué no? Nunca había llegado tan lejos, pero esto no era un romance de adolescencia. No se trataba de un príncipe azul de turno, era algo infinitamente más sólido. Además era muy consciente de que, de un tiempo acá, el deseo venia creciendo, poco a poco pero sin pausa. Respiró profundamente una vez, dos veces, acercó su cara a la de él, sus labios a los suyos, y le besó con sensualidad, aproximando su cuerpo al suyo en una maniobra envolvente que de haberla ensayado no le habría salido tan bien. Santi respondió a sus besos, y a su contacto, y Sara se sintió toda ella vibrar. Durante un rato, fue un toma y daca cada vez más apasionado. Estaba totalmente entregada y no quería otra cosa más que llegar hasta el final...

De repente, él se separó bruscamente. Jadeando, cogió su varita e hizo aparecer toallas.

- Sécate y vístete. No vayas a pescar una pulmonía.- dijo en un tono que le sonó cortante y hasta frío. Santi se debió dar cuenta, porque trató de esbozar una sonrisa que tampoco le salió bien. Después se dio la vuelta y se dirigió hacia la cascada. Trepó con agilidad y se zambulló de cabeza en la parte superior del río.

Ella lo miró con perplejidad. Se sintió mal, muy mal. Físicamente frustrada y moralmente rechazada. Le entraron ganas de llorar, y comenzó a temblar. Tiritando, medio envuelta en una toalla blanca y entre hipidos y lágrimas la encontró Santi poco después, cuando salió de la parte alta del río. El también tiritaba.

- Sara, cielo, por favor, reacciona.- dijo mientras dirigía un chorro de aire caliente que salía de su varita hacia ella. Se sentó a su lado y frotó sus brazos vigorosamente, para hacerla entrar en calor.- Te va a entrar hipotermia. Tienes que secarte y vestirte, - y le tendió su ropa. Sara obedeció y empezó a vestirse. Observó que Santi, discretamente, procuraba desviar la mirada, y la punzada de tristeza la atacó nuevamente. Cuando murmuró que estaba lista Santi, que también se había estado secando, le puso su chaqueta por los hombros. Las ganas de llorar no la habían abandonado. Volvió a hipar.

- Es agua encantada, por eso te encuentras así de mal.- dijo él solícito.

- ¿Qué clase de encantamiento? – preguntó alarmada.

- Las meigas han debido de estar oficiando un viaje astral. El agua de la cascada tenía restos de ese tipo de magia. Por poco te cuesta la vida. Tu no estabas preparada para eso.

- ¿Un viaje astral? ¿Que es eso?

- Bueno, es un procedimiento de proyección de uno hacia otros lugares, creo. Los brujos indianos lo aprendieron de los magos nativos suramericanos. Creo que requiere algún tipo de alucinógeno e inducir un estado de relajación y sugestión...

- Yo no he tomado nada. Y menos ningún alucinógeno.

- No, claro que no, seguramente lo has inhalado sin querer. El agua debía traerlo. ¿No sabías lo de los viajes astrales?

- No, no tenía ni idea. Y ya se que estás pensando que debería.

El sonrió.

- Pues no lo se todo. Añadió enfadada. Tras la última bronca del profesor Melendes, estaba bastante sensible.

- No te enfades.

Ella suspiró y miró hacia la cascada.

- Ahora lo entiendo. Me vi desde arriba....- y se sintió algo mejor. Pero no explicaba lo otro, que debía haber sido cosa suya y solo suya. Entonces recordó que Santi la había rechazado. Debió poner cara de tristeza, porque él continuó hablando.

- Hay algo más. La fuente es en si misma un lugar mágico, donde los ingenuos hacen rituales de fertilidad. Si por casualidad aciertan con la manera correcta, cosa que de vez en cuando ocurre, tiene efecto, vaya si lo tiene. Tú, como eres una bruja, has canalizado la magia de manera natural.

Una débil lucecita brilló en la mente de Sara.

- ¿Quieres decir que…si hubiéramos...que podría haber salido de aquí embarazada?

- Sin cuidado, casi con total seguridad.

- Pues vaya...

Sara se sintió abatida. Santi procuró quitar hierro al asunto y se rió. – Bueno, no es para tanto. Toda Galicia está llena de lugares así. Mientras tu das brincos en medio del fuego en las hogueras de San Juan, decenas de mujeres se bañan en playas gallegas buscando la maternidad.

Pero no era eso lo que hacía que Sara se sintiera fatal.

- Sara…dijo él en un tono más confidencial.- Me ha costado mucho…¡Caramba! ¡Si hasta he tenido que meterme en agua helada!

- Yo..

- Escúchame. No controlabas tu voluntad…Al menos, no al cien por cien. Añadió poniéndose colorado.

- Da igual, yo…yo, bueno...

- No, No da igual. No estoy dispuesto a que algo interfiera.

- ¿Como?

- No lo soportaría... me haría sentir como... si me hubiese aprovechado... ¿Entiendes?

- No, no entiendo nada... yo sí quería...

- Es una magia arcana. Digamos que lo que te ha motivado hace un rato ha sido un encantamiento ancestral. Tampoco creo que a la larga a ti te gustara recordarlo... Cada vez que quieras seducirme – y se puso rojo como un tomate - debe ser porque tu y solo tu lo quieras. Y desde luego no es mi idea para una primera vez que...

- Yo…creo que…

- No le des mas vueltas. Escúchame. Llevo días intentando decirte esto y por unas cosas u otras nunca es el momento oportuno. No quiero tener que estar despidiéndome de ti cada vez que te veo. Quiero tenerte a mi lado todo el tiempo. Dormir contigo y despertarme todas las mañanas a tu lado...

- Cualquiera diría que me estás pidiendo en matrimonio.

- Es justamente lo que estoy haciendo. Cásate conmigo. En cuanto quieras. Mañana mismo si quisieras.

Sara sintió un vacío en el estómago, como si perdiera pie.

- Yo…yo te quiero…- fue lo único que fue capaz de decir. Santi la abrazó con fuerza, sonriendo. La parte buena fue que no insistió en que le respondiera sí o no. La parte mala, que se lo tomó como un sí.

- Estabas…estabas…¡uf!. Estabas muy, pero que muy…ya sabes.- le dijo al oído, medio riéndose y sin soltarla. – Ha sido muy duro. Todavía me duele solo de pensar en el agua.

- Igual no soy capaz de repetirlo...- dijo ella en voz baja.

- Oh ¡Ja, ja, ja! Estoy seguro de que eso y mucho más..

Pero ahora, Sara estaba preocupada por algo más serio. Eran palabras mayores. Se sentía al borde de un precipicio. La vida en común, el matrimonio, implicaba infinitamente más que el sexo, y no se veía en absoluto preparada para tanto. En ese preciso instante caía en la cuenta de que, en realidad, durante sus dieciocho años de vida, su papel siempre había sido el de hija de familia de magos bien. Y aquella certeza, que en otras circunstancias hubiera sido para estar muy contenta, caía sobre ella como una losa. Nunca había tenido que sacarse las castañas del fuego por algo que no fuera otra cosa que sacar un examen, ni siquiera ahora que trabajaba. Santiago solo era un par de años mayor, pero tenía muchos hermanos y había tenido que arrimar el hombro desde pequeño, además de un chasco amoroso que se había llevado con su anterior novia. Se le antojó que para él era diferente. Lo peor de todo era que en ese momento tampoco se veía capaz de explicárselo. Al menos, esta vez si fue capaz de contener las lágrimas.

-¿Has visitado al cliente de Daimiel? .- fue lo primero que preguntó Amparo cuando la vio entrar por la puerta. Sara negó con la cabeza. Amparo comenzó una perorata sobre las instrucciones que le había dado de par de mañana, pero Sara no era capaz de escucharla.

- ¿Me estás escuchando? .- dijo de pronto Amparo, en un tono entre nervioso y enfadado.

Sara negó con la cabeza.- No me encuentro bien...

- ¡Hija!

La habitación empezó a dar vueltas y Sara se fue al suelo, sin sentido.