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Capítulo 9
Al final del Camino Seguro

La noche apenas comenzaba, y lo que para algunas personas sólo dura unas pocas horas antes del amanecer, para otras se convertiría en un lento proceso del Tiempo.

En dos puntos geográficos diferentes, dos conocidos personajes se debaten una carrera cibernética hasta uno de los lugares más restringidos del mundo. La idea de Helga parecía curiosamente simple, al menos en el modo en que Helga lucubraba sus movimientos: hacer que Phoebe se meta al centro mismo del Pentágono con la intensión de culpar de ello a Curly y luego dejar todo en manos del equipo SWAT disponible en aquel momento.

Pero Curly no es del tipo de personas que camina bajo una puerta semiabierta para ser recibido por un frío baldazo de agua. Curly es de las personas que ponen ese balde para que otros caigan en la broma.

Curly tenía un As bajo la manga, y resulta que este As era informático.

Brainy conocía, e incluso admiraba, la capacidad informática de Phoebe Heyerdahl. Pero incluso Brainy poseía su buena porción de conocimientos, así estos fuesen dirigidos hacia el lado oscuro de la Red. Ahora estaban batallando en una carrera medida en microsegundos, y cualquier tropezón podía significar la caída más grande de sus vidas.

Lo primero era esconder sus identidades, así que…

—¡Han desaparecido! —clamó uno de los encargados de seguridad de la Red de Pentágono. A sus espaldas, cinco superiores le observaban—. Han obtenido direcciones autorizadas dentro de uno de los servidores secundarios… Es increíble…

—No es increíble, Arthur; ¡es espantoso! —bramó Michael Strongkeep, uno de los superiores que observaba, atónito, los sucesos en el monitor de Arthur—. ¿Quiere decirme como rayos vamos a encontrar a esa amenaza?

—Señor, bien, hay una cosa… No hay problema mientras se mantengan ocultos.

—¿Qué está diciendo?

—Estoy diciendo que, mientras se oculten tras una dirección de IP interina, solamente podrán moverse por un limitado rango de canales. Tendrán que saltar de una dirección a otra para poder acceder al Núcleo. Se los puede detectar si observamos con cuidado… y si vemos los saltos.

Michael Strongkeep lanzó una risa despectiva, pero no dijo nada, excepto:

—Bien. Entonces observe. Yo veré que el Departamento de Defensa esté listo para actuar.

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Phoebe respiró aliviada. Había conseguido ocultarse a tiempo, pero eso no detendría a Brainy. Y su rival tenía una serie de números que delataría a Rhonda si él conseguía llegar antes que ella.

Meditó sus opciones, y Phoebe descubrió que no hacía falta llegar primero. Helga seguramente se encontraba en camino a la casa de Brainy. Así, Phoebe sólo debía mantener ocupado a Brainy mientras Helga culminaba el viaje.

Mantenerlo ocupado…

Phoebe levantó la vista, sonriente, y se permitió un característico chasquido de dedos.

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Todas las criaturas vivas de este mundo poseen algo llamado Aura.

Es conocimiento popular el hecho de que algunas personas enseguida te caen bien, así apenas las hayas conocido hace segundos, mientras que otras te serán desconfiadas por toda la eternidad. El Aura individual de cada persona produce que podamos sentir algunos sentimientos de nuestros semejantes. Podemos, por ejemplo, distinguir cuándo alguien está enfadado, o cuándo está alegre, o cuándo está preocupado.

El poder de recepción del Aura no es igual para todos, y la mayoría de las personas tienen que concentrarse mucho para poder sentir algo. Esto es, además, porque algunas Auras son tan débiles que sólo estando demasiado cerca del emisor, el receptor puede tomar algún recaudo del mensaje.

También hay ciertos momentos en que las emociones que siente un ser vivo son tan intensas, que es inevitable sentir la presencia de su respectiva Aura sin el consentimiento previo del receptor.

Vean a Helga Geraldine Pataki.

Vean su paso decidido. Vean la forma en que golpea sus pies contra el pavimento mientras avanza, decidida. Vean su rostro, congelado en una máscara que sería un éxito en Noche de Brujas.

Y sobre todo, sientas su Aura.

Una joven feliz pareja que reía en felicidad se volcó repentinamente en un silencio sepulcral luego de cruzarse con una muchacha rubia y de paso firme.

Un asaltante que aguardaba oculto tras una esquina decidió echarse a correr justo cuando una adolescente de mirada penetrante se acercaba para ser victimada.

El propietario de una pompa fúnebre asomó la cabeza a la calle, curioso, dos segundos después de que una mujer aparentemente furiosa pasase por la puerta de su local. De alguna manera, el hombre sintió que pronto tendría trabajo.

Por donde quiera que caminase, Helga emanaba una poderosa Aura negativa, la cuál se mantenía en constante aumento. A su paso, el resto de las criaturas vivas sólo podía pensar en lo peor. Y es que todos estaban en lo cierto.

Y Helga iba derecho a la casa de Brainy.

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Rhonda observaba su plato con intenso reproche a sí misma. Cuando Curly hizo el pedido, Rhonda juró que no comería ni un bocado de lo que fuera que ese engendro pidiera para ella.

No esperaba que Curly hubiese ordenado su platillo favorito.

—¿Puedo saber cómo rayos, truenos y relámpagos puede un restaurante tan tremendamente exclusivo como éste... preparar croquetas de pollo bajas en grasa y con un toque de limón para mejorar el sabor? —preguntó ella, su mirada fija en su plato, debatiendo fuertemente en no llevarse nada a la boca.

¿Cómo rayos sabía Curly...?

—Qué¿no es acaso tu platillo favorito? —preguntó él, sonriente, mientras tomaba una croqueta para sí— Oye, platillos especiales para personas especiales; es lo que siempre digo.

Rhonda levantó la mirada y observó a Curly, y luego la bajó inmediatamente. Por una horrible fracción de segundo sintió que Curly no estaba tratando de ser desagradable, y ese pensamiento fue lo suficientemente desagradable para ella. No era posible, ese enfermizo cuatro-ojos se estaba ganando su confianza... Eso no iba a pasar, Rhonda estaba concentrada en hacerle la noche imposible, y ni siquiera unas deliciosas croquetas de pollo bajas en grasa iban a...

El estómago de Rhonda traicionó a su dueña, gruñendo en protesta y pidiendo algo con qué llenarse.

Rhonda maldijo por lo bajo y tomó una croqueta. Le dio un buen mordisco y te horrorizó al descubrir que aquellas eran las mejores croquetas que hubiese probado en su vida.

—Ni siquiera pienses —dijo ella tras haber tragado un bocado— que puedes ganarte mis sentimientos sólo con esto.

Curly sonrió.

—Oh, pero si "esto" es apenas el principio... —dijo él, y Rhonda odió la forma en que sonrió al decirlo.

—Será el principio y el final —declaró ella—. Esta "cita", si es que puede llamarse así, sólo va a consistir en una cena. Nada más. Comemos, salimos, y cada cuál para su lado. Yo me voy a mi casa a tomarme unas sales de fruta, y tú te vas a la tuya a encargarte de deshacer cualquier tipo de ayuda que intentaras proporcionarnos a Helga y a mí en nuestro negocio OnLine. ¿Está claro?

—Sí, mi amor.

—Y no soy "tu amor".

—Está bien, mi cielo.

—Tampoco eso.

—De acuerdo, mi vida.

Rhonda lanzó una mirada tan potente que podría haber convertido carbón en diamantes. Curly se limitó a sonreír.

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Los dedos de Phoebe recorrían el teclado con la habilidad forjada en años de informática. Ya había deducido la clave para pasar al siguiente nivel de seguridad de los servidores del Pentágono, pero aún no podía realizar el salto. Únicamente podría hacerlo con una identificación de IP conocida por el sistema de seguridad, y ella estaba en lo cierto al suponer que los del Pentágono estaban esperando a que ella lo hiciese.

Lo único que la consolaba era que Brainy estaba en la misma situación.

Aún así, no era buena idea tentar al Destino. Brainy no era ningún tonto, y si encontraba la forma de ganarle a Phoebe, entonces Helga y Rhonda se verían en incontables problemas.

De repente, Phoebe reparó en algo que no había visto antes. Estaba tan absorta siguiendo el plan original de Helga, que no dio cuenta de una opción alternativa. Al fin y al cabo¿cuál era el verdadero plan? Pues, entrar al Pentágono e incriminar a Curly. Y es entonces que Phoebe comprendió que no necesitaba llegar al Núcleo para ello...

... Ya podía ser detectada.

Phoebe vio la oportunidad. Todo el Pentágono estaba esperando el salto de IP para atrapar al infractor. Phoebe no necesitaba llegar al Núcleo, pues ya todos estaban observando. Lo único que debía hacer era camuflarse tras el IP de Brainy y dar la cara con esa nueva identidad. Y el resto estaría en manos del Gobierno.

Phoebe sonrió, pensando en la cara que pondría Helga cuando le comentase su idea.

Seguramente hubiese sido tan impresionante como la que Phoebe adoptó cuando descubrió que Brainy estaba pensando en hacer exactamente lo mismo que ella.

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Algo andaba muy mal. Ese era el pensamiento más recurrente en la mente de Rhonda Wellington Lloyd durante la última media hora. Curly no sólo había acertado a su platillo favorito, sino que la bebida elegida había resultado ser una bebida Inglesa, con apenas una fracción de graduación alcohólica, y que ostentaba llamarse "cerveza", aunque sabía ligeramente a manteca. Era extremadamente difícil de conseguir. Uno debía ser mago para poder hallarla en algún negocio.

Algo andaba muy mal, se repitió Rhonda a sí misma. No sólo la comida y la bebida, también el lugar era su favorito. El restaurante más exclusivo de toda la ciudad. Y no sólo eso sino que, desde que se sentaron a la mesa, del sistema de altoparlantes ocultos que plagaban el lugar, los cuales tenían la misión de proveer una tenue y agradable música de fondo para los comensales, brotaba ahora la melodía favorita de Rhonda.

¿Es que acaso Curly había planeado todo aquello? Pues claro que sí, Rhonda no tenía ningún problema en creerlo. Lo que realmente le sorprendía es que el engendro conociese tan bien sus gustos.

Rhonda se sintió un poco culpable. ¿Sabía ella los verdaderos gustos de Curly? Bueno, sabía que le gustaba la computación... y que quería entrar al Pentágono, claro... Y, desde luego, la adoraba a ella misma. Oh, y no había que olvidar a Rhowell...

Pero eso era todo. Eso era todo lo que Rhonda sabía acerca de Thaddeus "Curly" Gammelthorpe.

Rhonda sacudió fuerte la cabeza. No podía ser cierto, acababa de sentir lástima por Curly. Jajaja, Rhonda sintiendo lástima por Curly, jajaja, eso sí que era bizarro.

Eso era ciertamente loco...

Y lo más loco de todo, era que Rhonda no podía dejar de especular sobre él.

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Brainy estaba listo para dar el paso final. Ya tenía los códigos y la dirección IP de señuelo; ahora sólo había que esconderse tras ella y lanzarse a su Destino. Fue más o menos en estos momentos cuando Phoebe, que tenía un ojo en el Pentágono y otro ojo en la computadora de Brainy, notó lo que el esbirro de Curly se disponía a hacer y adoptó aquella mueca de horror que se mencionó antes.

Justamente tras escribir el decimoquinto caracter de aquel código de más de sesenta, Brainy se detuvo súbitamente.

Volvió la vista a la ventana parcialmente cerrada de su habitación.

Si no estaba equivocado, y no creía estarlo, acababa de ser golpeado por una intensa y desagradable Aura de destrucción absoluta.

Sonó el timbre. La madre de Brainy atendió el llamado. Helga Pataki estaba a la puerta.

Había llegado la hora.

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—Bueno, ya fue suficiente —dijo Rhonda, al tiempo que empujaba su plato y dirigía a Curly una mirada de recelo.

—¿De verdad? Pero si apenas has comido dos-

—No hablo de comida. Curly¿cómo es que sabes tanto sobre mí?

Por primera vez en toda la noche, Curly dejó de sonreír.

—¿Que cómo sé? Ah, Rhonda... Pensé que era obvio.

Rhonda no respondió. Claro que era obvio, sólo que ella aún no lo reconocía.

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Pasados casi dos minutos, Phoebe volvió a respirar.

Estaba monitoreando el teclado de Brainy. Ella podía ver lo que Brainy escribía, y se había asustado mucho cuando notó que su contrincante estaba a punto de aplicar el movimiento final. Pero repentinamente, tras presionar las quince primeras letras y números de un código mucho más largo, la actividad se detuvo.

Algo estaba distrayendo a Brainy. Phoebe asintió para sí; esto era ahora o nunca.

La chica se aprontó a escribir su propio código de acceso. Se escudó tras el número de IP de Brainy... y presionó ENTER.

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El Pentágono estaba repentinamente colmado de actividad.

—¡Ahí está¿Lo ven? Ha debido saltar de IP para acceder a-¡Dios mio, ese no es un IP reconocido!

—¿Y eso qué significa, Art? —bramó Michael Strongkeep.

—Señor... ¡eso significa que se han delatado¡Podemos rastrearlo!

Michael Strongkeep era consciente que ningún Hacker en su sano juicio cometería tal estupidez como dar la cara abiertamente luego de atravesar casi todas las barreras de seguridad del Pentágono.

—Debe ser un señuelo —gruñó—. Seguramente es el número de IP de algún pobre infeliz que no tiene idea de que está siendo utilizado de escudo humano, por así decirlo.

Arthur lanzó un "¡Hum!" de incredulidad. Copió el nuevo IP en un moderno programa para monitorear computadoras a distancia, cuyo uso está estrictamente restringido, salvo en casos de seguridad nacional. Arthur supuso que esto se adecuaba a los parámetros, así que lo hizo. Observó lo que el dueño de la dirección de IP había estado haciendo el los últimos minutos.

—Pues déjame decirte algo, Michael —susurró Arthur—: si ésta es una dirección de señuelo, el pobre infeliz de su propietario está intentando ingresar un código de seguridad muy importante.

Michael observó el monitor durante unos segundos. Luego, con la misma voz preocupada de Arthur, dijo:

—¿Puedes... rastrearlo?

—Sí —respondió Arthur.

—¿Tienes la dirección?

—La tendré en un minuto. Quizá dos.

Michael Strongkeep comenzó la lenta secuencia de movimientos musculares que culminaría en una desagradable sonrisa, de la cuál no participaban ni sus ojos ni su verdadero estado de ánimo.

—¿Arthur?

—¿Señor?

—Cuando termines con eso, asegúrate de dar parte a las autoridades de la zona. Quiero al responsable tras las rejas antes de que salga el sol.

Señor.

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Aún desde su posición frente a la computadora, Brainy podía escuchar una serie de pasos muy pesados que subían la escalera de la casa. Su mirada estaba fija en la puerta de su cuarto, pues sabía que, de un momento a otro, alguien muy conocido pasaría por...

Toc toc toc TOC.

Brainy tragó saliva. Aquella manera tan musical de golpear lo decía todo. Y en caso de que no hubiese captado la idea, Helga golpeó otra vez, con más énfasis.

TOC... TOC... TOC... TOOOOOC.

—Adelante... —jadeó Brainy.

La puerta se abrió con lentitud. Para completar el cuadro tétrico, no tuvo mejor idea que chirriar de manera escalofriante durante todo el giro. Más allá de la entrada, Helga Pataki adoptaba una expresión de furia contenida que, por aquellos momentos, prefería descargar en un significativo crujir de nudillos.

—Hola, Brainy... Tal vez te sorprenda verme aquí —susurró ella.

Brainy se encogió de hombros.

—No realmente —dijo—. ¿Quieres pasar?

Helga intensificó el poder de su mirada, pero dio un paso al frente y cerró la puerta tras de sí.

—Bien... —dijo, y se acercó con aparente tranquilidad—. ¿Cómo has estado? —preguntó como si nada malo estuviese pasando. Su sonrisa macabra no cuadraba en aquel tono— ¡Oh, pero si estás frente a tu computadora¿Navegando por Internet, tal vez? O quizá... —añadió, su rostro y tono ensombreciéndose a cada palabra—... ¿metiéndote en la computadora de Rhonda para inculparnos de meternos en el Pentágono?

Para cuando terminó su acusación, Helga estaba prácticamente sobre Brainy. Sus manos ciertamente se encontraban a mitad de camino de una pose digna para estrangular al infeliz.

Helga esperaba que Brainy lo negase, pero aquella noche todos se llevarían sus sorpresas individuales.

—Sí —admitió Brainy—. Eso es lo que he estado haciendo.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Lo admites! —bramó Helga, ya incapaz de contenerse.

—Sí.

—¡Te voy a--¡Oh, ah, maldita--!

Helga se aprontó a responder la nueva llamada de Phoebe. Se estaba arrepintiendo de toda la idea del transmisor.

—¡Sé breve, chica, estoy ocupada! —gritó a su amiga.

Brainy no escuchó lo que Phoebe dijo a Helga, pero por la enorme sonrisa que se estaba formando en el rostro de ella, seguramente eran buenas noticias.

—Oh¿de veras? Phoebe, te lo digo, tú sí eres una amiga en quién confiar. Oye, pudiste salir a tiempo¿verdad? Oh, ah, excelente, excelente. Bien, en ese caso, apaga todo y... no sé, ve a tomar un helado, o algo. Yo invito, desde luego. Bien. Adiós. Ah, y... muchas gracias.

Helga cortó la llamada y, muy sonriente, dejó el comunicador en su cinto. A espaldas de Brainy, la computadora de Rhonda acababa de mostrarse como "Apagada".

—¡Pues no te salió bien! —gritó Helga a Brainy, repentinamente, lanzando un acusador dedo índice hacia él— ¡Phoebe te delató antes¡En este mismo instante el Pentágono te tiene a ti en la mira!

—Muy bien.

—Pero, pero... ¿no entiendes lo que te digo? —preguntó Helga, exasperada— ¡No lograste tu objetivo¡Te ganamos¡No puedes culparnos de nada!

Para horror de Helga, Brainy intensificó su sonrisa.

—Pero si ese no era mi objetivo... —dijo.

—¿Ah no? —Helga bramó. Tomó a Brainy de los hombros y lo sacudió un poco— ¿Se puede saber, entonces, cuál era tu famoso objetivo?

Helga dejó de sacudir a Brainy sólo para seguir observando aquella sonrisa tan desagradable. Y adoptando además un tono de superioridad infinita, Brainy se aclaró la garganta y dio la respuesta que Helga menos esperaba:

Distraerte —dijo simplemente.

Helga se mantuvo en silencio durante unos pocos, horribles segundos. Sus ojos se ensancharon hasta casi querer salir de sus cuencas y sus pupilas se redujeron al tamaño de cabezas de alfiler.

De repente comprendió que había dejado sola a Rhonda. Con Curly.

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—Ya basta. Quiero ir a casa.

Curly observo intensamente a Rhonda.

—¿Realmente quieres eso? —preguntó.

—dijo Rhonda. El Titanic hubiera temido toparse con ese tono de voz.

Curly simplemente sonrió.

—Muy bien —dijo—; en ese caso, permíteme...

Se puso de pie galantemente y se aprontó a acercarse a Rhonda, ofreciendo su brazo para ayudarle a levantarse del asiento. Rhonda sentía que debía haberse sentido enfadada hacia él, pero algo en su interior se lo estaba haciendo cada vez más difícil.

No olvidó que se encontraban en el restaurante más exclusivo de Hillwood, y sólo por si acaso regresaba con sus propios padres, Rhonda procuró evitar un escándalo. Se puso de pie y, muy a regañadientes, le dio el gusto de cruzar su brazo con el de él.

Salieron a la calle. Curly indicó al valet que trajera su auto a la entrada. Mientras esperaban, pasados apenas unos pocos segundos, Rhonda profirió un bufido de exasperación y soltó a Curly.

—No tienes que seguir actuando, engendro. Puedo caminar a casa.

—¿Hasta tu casa, de veras¿Una chica tan bonita, caminar por la lúgubre noche con quién sabe cuántos peligros esperando en la oscuridad?

—Jajaja, mira, el único peligro aquí, me está mirando en este preciso momento.

—Me halagas.

—Pues tú no.

La sonrisa de Curly titubeó.

—Ah, Rhonda, Rhonda, Rhonda... Tal vez, esta noche, te he halagado mucho más de lo que cualquier otro hubiera hecho —dijo, y había en su voz un tono muy extraño, muy inusual en él. Una pizca de lástima que Curly no solía demostrar por nadie.

Ronda le dio la espalda y se cruzó de brazos, pero no lo hizo para ignorarlo, sino para que él no la viera a la cara. En la última media hora, Rhonda estaba teniendo problemas para ver directo a esos gruesos lentes que Curly usaba. Lo cierto era que, si se ponía a pensarlo con calma (es decir, alejada de Curly), realmente había sido una noche mucho mejor de lo que hubiese esperado.

Pero¿por qué Curly? Es decir¿por qué justamente Curly? Habiendo tantos otros en la ciudad...

De repente, Rhonda recordó las viejas repeticiones de "La Dimensión Desconocida", pero no fue debido a una relación entre lo que creía estar sintiendo por Curly y la temática general del programa, sino porque esa melodía era la que Curly había asignado a su teléfono celular, el cual estaba sonando en aquel preciso instante.

—¿Hola? —Curly habló. Rhonda aprovechó para mirar a otra parte y tratar de ordenar todas las ideas que se estaban acumulando en su cabeza. Le llegó a la mente el pensamiento de que estaba sola, más que nada porque recordaba que Helga debería estar cerca, pero por aquellos momentos no se divisaba en ninguna parte.

—Oh, ya veo —dijo Curly a espaldas de Rhonda. Ella se volvió para presenciar una triste sonrisa en sus labios—. Lo hiciste bien, amigo. Lo hiciste muy bien. Plan B¿de acuerdo? Ahora todo depende de... bueno, de lo bien que lo hayamos hecho. Mucha suerte, Brainy.

Curly cortó la comunicación con un aire de resignación totalmente inusual en él. Curly no es de los que se resignan; es de los que van a todo o nada. En cualquier otro caso, Rhonda ni se hubiese molestado en preguntar. De hecho, le hubiese encantado ver sufrir al engendro.

Pero, luego de aquella extraña cita...

La pregunta subió por su garganta, claramente contra su voluntad, y la disparó a través de un par de labios rojos y tristes.

—¿Estás bien? —murmuró. Curly sonrió un poco ante aquella muestra de interés hacia él.

—Estaré bien —dijo—, pero las cosas se han adelantado.

—¿Qué-?

—Yo creería —interrumpió él— que lo mejor será que te vayas. No quiero que te involucres.

Algo así como un enorme mazo imaginario acababa de martillar a Rhonda en la cabeza. ¿Curly, diciéndole que se vaya?

—¿Qué te traes entre manos? —Rhonda cuestionó.

Curly suspiró.

—Digamos que, esta noche, una figura geométrica está buscando a un servidor.

Rhonda se permitió un leve acceso de pánico. ¡El plan de Helga! Ella había estado totalmente de acuerdo con eso, pero ahora, tras la extraña cena con Curly...

No, no, no, eso no era posible. Rhonda lanzó una carcajada amarga. No, no, no, ella no podía sentir nada por Curly. Nada bueno, es decir. Pero la culpa que crecía en ella se hacía más y más intensa. De algún modo, de alguna forma impensada, ella sintió que Curly, o al menos la versión de Curly que estaba frente a él, no se merecía lo que acababa de ocurrir.

—Fue mi culpa —dijo de repente—. Helga me convenció de que--

—¿De meterse al Pentágono para culparme a mí? —sonrió Curly— Podemos decir que estamos a mano. Resulta que yo también planeaba algo similar. ¿Por qué crees que Helga no está por aquí?

—¿Cómo... cómo sabías que Helga--?

—La respuesta es: porque le pedí a Brainy que se metiera antes que ustedes al Pentágono para inculparlas en nuestro lugar. Pero ha fallado, y ahora parece ser que las autoridades nos están buscando.

Ah, eso ya sonaba como el Curly que Rhonda encontraba tan fácil de detestar.

—¡Me engañaste! —gritó Rhonda— Todo esto era una pantalla¿verdad? La cena, y todo eso.

—No, Rhonda. De hecho, la cena fue real...

A lo lejos se oía el sutil ulular de una sirena policial. Se acercaba a gran velocidad.

—... La pantalla fue el Pentágono.

—Pero... ¡¿De qué estás hablando, Curly?!

—Con gusto te lo explicaré en otro momento —sonrió él al ver que el valet acababa de estacionar a Rhowell junto a la acera. El joven salió del vehículo y observó, interesado, el destellar de luces rojas y azules que se veían a lo lejos—. Por ahora, Rhonda, te recomiendo que no te vean conmigo.

Curly cayó de un salto sobre el asiento del conductor. Lanzó una moneda distraídamente hacia atrás; moneda que el valet atrapó en pleno vuelo. Rhonda permaneció de pie, atónita, mientras observaba a Curly sonreírle desde el auto.

—Fue una cena maravillosa, Rhonda. Ojalá la situación fuese otra. Lamento ser descortés, pero... —señaló con un pulgar sobre su hombro, en dirección al creciente ulular y los destellos luminosos—... comprenderás que tengo algo de prisa.

—Curly, yo... —comenzó Rhonda. No estaba segura de lo que quería decirle. La frase "¡eres un imbécil!" resultaba tremendamente tentadora, pero "¿me llamarás?" le sonaba ahora horriblemente interesante.

Como para ahorrarle trabajo, Curly le interrumpió.

—¡Gracias por todo, Rhonda! Y ahora¡adiós! —y, dando una palmadita al tablero de control, susurró por lo bajo:— muéstrales de lo que eres capaz, encanto...

El ruido chirriante de neumáticos patinando contra el asfalto fue apenas el preludio para un motor bien entonado, alejándose por la calle y doblando en la primer esquina. Le siguieron dos de las tres patrullas policiales que, segundos después, pasaron como bólidos por el frente de Chez Paris. Una tercer patrulla hizo sonar los frenos, deteniéndose junto a Rhonda.

Ella, que había mantenido la atónita mirada en la esquina por la que doblara Curly, reparó en los oficiales cuando ya la estaban rodeando.

—Señorita, disculpe la intromisión pero¿qué sabe usted del vehículo que acaba de huir? —preguntó un policía.

—¿Eh?

—¿Estaba usted con él? —preguntó un segundo agente— ¿Lo conoce?

—Somos... somos amigos —respondió Rhonda en un susurro.

Los policías intercambiaron una mirada.

—Señorita —dijo uno de ellos—, creo que tendrá que acompañarnos.

—¿Qué?

—Es un caso de seguridad nacional.

—¡Pero... pero... pero qué dice!

—Por favor, no se resista. Es por su propio bien...

—¡Rhonda!

Los dos policías giraron la vista al tiempo que Rhonda, observando al pasajero que acababa de saltar del auto que terminaba de detenerse. Rhonda jadeó.

—¡Nadine! —dijo— ¡Pero si...!

Nadine hizo caso omiso de los agentes y se acercó a Rhonda. La abrazó.

—¿Estás bien? —preguntó, soltando el abrazo y examinando a su amiga de pies a cabeza— Lamento llegar tarde, sé que debí haber venido contigo. Tuve cosas pendientes...

—Disculpe¿conoce usted a esta muchacha? —cuestionó uno de los agentes, denotando un principio de falta de confianza.

—¡Conocerla! —se ofendió Nadine— Resulta que es mi mejor amiga. Se suponía que debía acompañarla en esta cita con Curly, para asegurarse de que no intentara propasarse con ella.

Rhonda parpadeó. ¿Qué rayos estaba ocurriendo?

—¿De qué estás hablando, Nadine? —preguntó.

—Oh, Rhonda... —Nadine le dio un nuevo abrazo, y hablando en un susurro muy apretado, lo suficiente para que Rhonda pudiese oírlo, le dijo al oído:— Sigue el juego.

Nadine soltó a su amiga y le dirigió una nueva mirada. Los policías decidieron que ya estaban bastante hartos.

—Miren, estamos en una misión importante —dijo uno de ellos—. O nos explican qué rayos está pasando, o nos veremos obligados a--

—¡Pero si está muy claro! —interrumpió Nadine— Ocurre que mi amiga Rhonda, aquí presente, y con la ayuda de una amiga más, abrieron un sitio de internet para vender vestidos. El hombre que buscan, Curly, se puede decir que las chantajeó con hackear su pequeño negocio si ella no accedía a una cita con él. Amor de adolescentes, ustedes saben cómo es. El caso es que Rhonda aceptó, pero me pidió que yo también acudiese para vigilar a Curly y--

—De acuerdo, de acuerdo —interrumpió uno de los policías, agitando ambos brazos—. Está claro que no tiene nada que ver con nuestra misión actual, señorita... señorita...

—Lloyd —murmuró Rhonda, quien aún no comprendía nada, pero parecía ser que no iba a meterse en problemas.

—Señorita Lloyd —repitió el policía—. Aún así, me gustaría que me acompañase a declarar. Necesitamos datos acerca de este tal Curly...

—Yo te acompañaré —dijo Nadine. Rhonda ni siquiera la miró a la cara. Estaba segura de que lloraría si lo hacía.

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—¿Sabes? No entiendo cómo no estoy más enfadada.

Helga continuaba con brazos y mentón apoyados en la ventana abierta en la habitación de Brainy.

—Supongo que es porque te rendiste —continuó—. Es decir, tú mismo dijiste que te entregarías ante la ley. Vaya, vaya. Y todo porque Curly te lo pidió¿es así?

—Así es —afirmó una voz jadeante a sus espaldas.

—¿Ya le avisaste?

—Sí. Debe estar huyendo ahora mismo.

Helga mantuvo la mirada en el cielo de la noche.

—No puedo creer que esté cara a cara con DarteVader —murmuró—. Pues vaya que es cierto; Internet nos da el beneficio del anonimato.

A sus espaldas, Brainy asintió.

—Debería estar muy molesta contigo —continuó Helga—. Realmente, debería estarlo. Me has estado dando consejos útiles durante mucho tiempo. Vaya, y tenía que ser justamente la persona con la que menos contacto quería tener.

—La vida está llena de ironías —asintió Brainy.

—Huh. Comprenderás que eso no cambia nada —dijo Helga—. Mi corazón pertenece a Arnold. Ya lo sabes.

—Todos lo saben.

—Exacto. Y no me importa qué tan lejos esté ese estúpido Cabeza de Balón, mi corazón siempre estará con él.

—Muy bien.

Helga frunció el ceño.

—¿Es que no tienes una vida, o algo? —dijo, volviéndose repentinamente hacia Brainy, que la observaba desde su silla favorita frente a la computadora— A pesar de todo lo que te he dicho, tus sentimientos por mí no cambiarán¿verdad?

Brainy se encogió de hombros.

—Todos podemos soñar —fue todo lo que dijo—. Tú has soñado por mucho tiempo.

—No niego eso. Lo que digo es que... mi sueño sí podía cumplirse. Lo nuestro no podrá ocurrir. Nunca. Nunca dejaré a Arnold.

—Ya no sueño con lo nuestro —dijo Brainy.

Helga mantuvo la mirada en Brainy por un rato. Luego miró a cualquier otro lado.

—Y entonces —dijo, muy despacio—¿por qué me sigues ayudando?

—Podemos seguir siendo buenos amigos.

—Creo que nunca fuimos buenos amigos —puntualizó Helga.

—Todos podemos soñar —repitió Brainy—. Nadie merece vivir si no es para cumplir un sueño. Y si ese sueño es imposible, su poseedor vivirá por toda la eternidad.

—Poético —concedió Helga—. Pero no creo que quieras cumplir tus sueños en la cárcel. Si quieres un consejo, te recomiendo largarte de aquí cuanto antes. Cuando lleguen las autoridades--

—No pienso huir —dijo Brainy.

—Bueno, eso es decisión tuya. En lo que a mí respecta, me voy de aquí.

—¿Puedo darte el último consejo, antes de la despedida?

Helga se detuvo a medio camino hacia la puerta.

—¿Qué consejo? —preguntó.

—Tu mensaje en los Foros. Quieres saber cómo publicar tus poemas. No he tenido tiempo para responderlo. Más precisamente —jadeó—, no podía hacerlo. Darte la respuesta en los Foros hubiese significado develar mi identidad. Pero ahora puedo decirlo.

—Ja —musitó Helga—. Ya he averiguado todo lo que pude sobre editoriales y tiempos de publicación. No tengo ganas de esperar seis meses para que me digan que han rechazado mis--

—No has averiguado todo —interrumpió Brainy—, solamente lo que tu mente te dejó averiguar.

—¡Qué¿Estás insinuando que no sé buscar?

—Puedes publicar tus poemas en unas pocas semanas —dijo Brainy.

Helga se echó a reír.

—¿Unas pocas semanas¡Ah, Brainy! Reconozco tu potencial como informático, pero sigues siendo un tonto de capirote. ¡Semanas¿Quién iba a publicar algo mío en semanas, cuando incluso el libro más pequeño demora meses en ser estudiado?

—Pero si es muy simple —insistió Brainy—: lo único que debes hacer es...

Helga escuchó el consejo de Brainy. Su sonrisa de autosuficiencia se esfumó tras oír las palabras del cuatro-ojos.

Inmediatamente Helga se llevó las manos a la cara. ¡Cómo pudo pasar por alto aquella opción¡Y era tan simple!

Brainy... —susurró Helga— ... eso es...

—Es hora de irte —dijo Brainy. A lo lejos se oía el ulular de una sirena—. Yo saldría por la puerta trasera. Tardarán más en llegar allá. Supongo que sabes esconderte bien, Helga.

—Bueno, sí, pero...

—Entonces ve —Brainy sonrió—. Sé que lo harás bien.

Helga tuvo un horrible ataque de remordimiento.

—Oye —dijo—, si quieres que te ayude con algo...

—No hay cuidado —interrumpió Brainy—. Tú vete, no te queda mucho tiempo.

Helga titubeó, pero se apresuró a llegar a la puerta. Se detuvo antes de cerrar y, actuando más en contra de su voluntad que a favor de la misma, volvió a asomarse a la habitación.

—Gracias —dijo, y se marchó.

Brainy se mantuvo sereno, contemplando la puerta cerrada y oyendo los vehículos de la policía acercarse a gran velocidad. Pero no se preocupó. No podía preocuparse.

Al fin y al cabo, todo estaba saliendo de acuerdo al plan de Curly.

o–

El reloj marcaba las tres de la mañana de una noche inusual para todos.

Helga revolvía su café con una pequeña cuchara. Lo había estado haciendo por casi quince minutos. A su lado, Phoebe le lanzaba miradas de preocupación.

Rhonda también estaba allí, sentada al otro lado de Helga. También tenía una taza de café frente a ella, pero ya hacía largo rato que estaba vacía. Junto a Rhonda, Nadine y Sid le hacían compañía. Patty y Harold también estaban allí, más que nada porque ellos también estaban en el auto cuando Sid condujo a Nadine apresuradamente hasta el Chez Paris.

El ambiente en aquel bar era de tranquilidad. En gran parte, se debía al establecimiento en sí. Bajar los escalones para entrar a este bar era meterse en un lugar donde todo el mundo conocía tu nombre. Era amplio, y la barra central era un cuadrilátero al centro de la gran habitación.

—Buzz, voy a querer otra gaseosa —murmuró Harold mientras se reposaba en la barra.

Buzz, el joven cantinero, le echó una mirada de soslayo.

—Ya se ha tomado cinco. No se ve bien. ¿Cómo lo trata la vida, señor Berman?

—La vida, bien; pero tus emparedados son demasiado salados.

Buzz asintió y sacó una sexta botella de debajo del mostrador.

—Helga... ¿estás bien? —preguntó Phoebe en voz baja— No has probado el café.

Helga gruñó. Luego suspiró. Luego sacudió la cabeza.

—Me siento horrible —dijo al fin—. Maldito Brainy. Se las ingenió para hacerme sentir culpable de todo. Ahora debe estar en la cárcel. Y todo por mi culpa.

Phoebe se removió incómodamente en su taburete.

—Creo que yo ayudé bastante —confesó.

—Lo hicieron en defensa personal —habló Nadine—. Cuando llamé a casa de Rhonda para... para intentar hablar con ella, Phoebe me explicó lo que estaba ocurriendo. ¡Brainy las habría metido en muchos problemas! Ustedes sólo se defendieron.

—Dicho así, suena mucho mejor —murmuró Rhonda—. Y sin embargo... ¡Rayos! ¿Por qué Curly tuvo que ser tan amable conmigo¿Cómo se supone que lo odie con cada partícula de mi ser, si el muy desgraciado va a estar llevándome a lugares tan exclusivos?

—Buen punto —asintió Sid.

—Igual me siento culpable —murmuró Helga—. Sobre todo porque Brainy me explicó cómo publicar mis poemas. Maldito cuatro-ojos, tenía que darme tan buena idea...

—Pero es muy acertada —dijo Patty—. ¿Lo intentarás?

—Sí, por supuesto que lo haré —dijo Helga con aire sombrío.

—Si te sientes muy culpable, podrías dedicarle el primer libro a Brainy —susurró Phoebe, intentando sonar razonable.

Helga meditó aquello. Lo meditó bastante. Y le gustó.

—¿Sabes qué, Phoebe?, eso suena muy bien. Sí, así me sentiré mejor. Le dedicaré el libro a B--

Su expresión se volvió un enorme océano de dudas.

—Oigan —dijo al fin—¿alguien sabe el verdadero nombre de Brainy?

La expresión del resto de sus amigos se volvió un enorme océano de dudas.

—Eso supuse —murmuró Helga.

El silencio reinó en el casi desierto bar durante dos minutos completos.

—Me pregunto qué habrá sido de Curly —murmuró Rhonda—. No es que me preocupe —se apresuró a añadir—, pero, bueno, no siempre una ve a un amigo como el objetivo en una persecución policial.

—¿Qué, ahora Curly es tu amigo? —rió Harold entre sorbo y sorbo de su sexta botella de gaseosa.

Rhonda suspiró. Una vez más, su mente le jugaba una mala pasada. Curly, un amigo. Ajajaja...

—Nadine —dijo. Su amiga se fijó en ella—. Perdón.

El ambienten en el silente bar se volvió aún más silencioso.

—No debí criticarte por el regalo que me diste en Navidad —dijo Rhonda, y estaba perfectamente claro que pronunciar cada palabra le costaba un enorme y heroico esfuerzo—. No era una escultura tan mala, la verdad. Es que, bueno... sabes que no me gustan los insectos. Tú solamente... eh...

Una mano se posó en su hombro. Rhonda miró de reojo y vio que era de Nadine.

—También quería pedirte perdón —confesó—. Tú fuiste la primera que quiso disculparse, al día siguiente del pleito. Pero yo me negué...

Lentamente, con mucho cuidado, sus ojos se encontraron.

—¿Amigas? —susurró Rhonda.

Amigas —asintió Nadine.

Y sin más preámbulos, ambas se abrazaron. Phoebe lanzó un tontísimo "Aaaaawww" de ternura. Helga hizo un gesto y se metió un dedo en la garganta.

—¡Eso es cursi! —clamó— ¿Y sabes cómo sería totalmente cursi, Phoebs? Si ahora se abriese aquella puerta y el estúpido Cabeza de Balón apareciese directamente desde El Salvador.

La puerta del bar se abrió, y para inmensa sorpresa de Helga, Arnold estaba allí. Sus ropas, desteñidas. Su cabello, revuelto. Su sonrisa, intachable. Extendió los brazos como para abrazar a una manifestación y clamó:

—¡Helga, soy yo, Arnold¡He vuelto!

Phoebe observó a Arnold. Luego observó a Helga. No le sorprendió ver sus ojos abiertos como pelotas de ping-pong.

—¡Oh, qué cursi sería si ahora mismo se abriese el techo y cayese una montaña de dinero sobre nuestras cebezas! —exclamó Harold, extendiendo las manos y mirando al techo. Quedó tremendamente desilusionado cuando se dio cuenta que esas casualidades cursi sólo son parte de las peores narrativas del mundo una a la vez.

—Arnold... —jadeó Helga.

Arnold asintió.

Arnold... —Helga repitió, poniéndose de pie.

Arnold asintió, pero con más fuerza.

—¡Arnold! —Helga corrió a su encuentro, feliz.

Arnold se preparó para recibirla, pero no esperaba ser noqueado por un poderoso derechazo, directamente proporcionado por cuatro nudillos nada femeninos.

Helga levantó al semi-inconsciente Arnold del suelo, lo tomó del cuello de su desteñida camisa, y lo sacudió un poco para mayor efecto.

—¡Qué te has creído, maldito imbécil¿Quieres matarme de un infarto¡Eso fue por haberme contagiado toda tu estúpida moral, tus imbéciles buenos sentimientos, y esa horrible sensación de querer hacer siempre lo correcto!

Luego se detuvo... y le sonrió.

—Y esto... es por haber vuelto...

Ante un estupefacto Arnold, Helga lo envolvió en sus brazos y le plantó un tremendo beso en la boca, de la clase que hace que el equipo de censores responsables se debatiese intensamente la posibilidad de removerlo del producto final.

Sentados a la barra, el resto del grupo observaba la acción.

—Rayos, ya sabía que el amor duele, pero esto es ridículo —dijo Sid. Los demás apenas atinaron a asentir con la cabeza.

o–

Era la mañana del día siguiente. A pesar de haber ido a la cama bastante tarde, y sobre todo tras una noche llena de movimiento, Rhonda debió despertar a las siete en punto, pues a esa hora sonó su teléfono.

Rhonda no sabía quién se atrevería a molestarla tan temprano, y se disponía a decir cuanto insulto cruzara su adormecida mente hacia quienquiera que estuviese al otro lado de la línea.

Pero antes de decir nada, la voz al otro lado la dejó bien despierta.

Rhonda se sentó en su gran y fina cama y escuchó con atención. Escuchó cada palabra. Escuchó con mucho cuidado. Finalmente atinó a decir "Sí, de acuerdo" y colgó. Permaneció sentada durante un rato, mientras trataba de comprender lo que había ocurrido. Había pensado en volver a dormir, pero un ataque de furiosa curiosidad le obligó a salir de la cama.

Eran las siete y media de la mañana. El parque de Hillwood aún no contaba con la actividad y tránsito de un día normal. Un taxi se detuvo a la entrada y Rhonda Wellington Lloyd bajó de él, pagó al taxista, y se internó en el parque. A los pocos segundos llegó al lugar acordado por teléfono: una banca vacía en un rincón específico del parque.

Tomó asiento y se cuestionó fuertemente su decisión. ¿Era prudente estar allí¿En qué pensaba cuando aceptó estar allí? Pero ya no importaba, porque el motivo de que ella estuviese sentada en una banca vacía del parque a las siete y media de la mañana, se acercaba.

Curly.

Rhonda procuró ignorarlo. Curly se acercó como quien no quiere la cosa. Observó en todas direcciones... y se sentó junto a ella, aunque apartados a ambos extremos de la banca. Dos desconocidos.

—Hola —murmuró Rhonda. No le dirigió la mirada.

—Hola —respondió Curly. Tampoco la miraba a ella.

—Debo estar loca, Curly —dijo Rhonda—. Me llamas a las siete de la mañana después de una noche realmente extraña... y yo acepto venir a verte.

—No es malo estar loco —sonrió Curly, aunque mantenía la mirada al frente—. Lo malo es darte cuenta.

—Ja.

—Supongo que querrás saber... por qué te cité aquí.

—Sería bueno. Y sé breve.

—Debo serlo. No tengo mucho tiempo.

Rhonda le observó de reojo. Curly parecía preocupado.

La muchacha se percató de un sonido casi indetectable. De no ser por la calma de aquella hora de la mañana, jamás habría escuchado aquella ramita romperse. Observó a un lado, pero no vio nada inusual. Sólo había árboles y arbustos.

—No estaré por aquí por un buen tiempo, Rhonda —dijo Curly, haciendo que Rhonda regresase su atención hacia él—. Estaré... indispuesto.

—En la cárcel, dirás —murmuró ella.

—Es posible, por unos días —sonrió Curly—. Pero tú no te preocuparías por mí¿verdad?

—Por supuesto que no —mintió Rhonda, aunque sonó verdadera.

—Bien, no pretendo que lo hagas, aunque no me molestaría.

—Ve al punto, imbécil.

—El punto es... que no quiero irme sin decir adiós.

Se produjo un intenso silencio, roto apenas por lo que Rhonda estaba casi convencida que era otra ramita al quebrarse. Volvió a mirar a un lado. Nada excepto árboles y arbustos.

¿Aquellos arbustos no habían estado un poco más lejos?

—Comprendo que pienses mal de mí —dijo Curly. Rhonda volvió la vista al frente, pero ahora echaba ojeadas de reojo a los arbustos—. No he sido lo que se dice un total caballero.

—Ni que lo digas —murmuró Rhonda.

—Lo he intentado, sí... Pero supongo que... que esta es una herida que viene desde muy lejos.

Rhonda no respondió. Estaba casi convencida que al menos cinco de aquellos arbustos se habían acercado unos centímetros.

—Ya sabes, he sido una peste para ti desde casi toda la vida —continuó Curly—. Claro, no podía evitarlo... Siempre fuiste tan atrayente...

—No sabía que era una pantalla cazamoscas —susurró Rhonda. Definitivamente, esos arbustos se estaban acercando.

—No te fijes en ellos —dijo Curly, hablando muy despacio.

—¿En quién?

—En los arbustos.

Rhonda parpadeó. Decidió mirar a Curly.

—¿Qué hay en los arbustos?

—Policías —Curly se encogió de hombros—. Les llamé de forma anónima, diciendo que Curly estaría aquí, a esta hora, y que era el lugar ideal para atraparlo.

Rhonda entró en pánico.

—¿Y me llamaste a mí para que me encierren contigo? —preguntó, ligeramente exasperada.

—No. Se suponía que ellos debían llegar más tarde. Quería hablar contigo, antes. No te preocupes, ellos no creen que estés conmigo. Están esperando a que te marches... y luego me llevarán.

Rhonda se sintió muy mal. Estaba hablando con alguien que sabía que sería encerrado en pocos minutos.

—¿Por qué? —susurró ella— ¿Por qué yo?

—Creí que era bastante obvio —Curly sonrió.

Rhonda no dijo nada. Parte de ella deseaba marcharse, pero otra parte, mucho mayor, quería quedarse y escuchar, pues sentía que Curly le estaba pidiendo ayuda.

—Quería pedirte un favor —dijo él al fin. Rhonda oyó su tono suplicante—. ¿Podrías... cuidar a alguien mientras yo no esté?

—¿Qué¿Cuidar¿Yo?

—Sí. No será difícil. Podría dejarlo a cuidado de otro, pero creo que no sería prudente. Confío más en ti. Y además, creo que ustedes dos se llevarían muy bien.

—¿De qué estás hablando, Curly?

Curly suspiró y miró a Rhonda a los ojos. Casi sin resistirse, Rhonda dejó que Curly la tomara de la mano. Fue un apretón corto, apenas unos segundos, pero cuando él retiró su mano, Rhonda sintió un peso extra en la suya. Le echó una mirada y descubrió que sostenía un llavero, con un adorno de intenso amarillo en el que se leía la leyenda "PLUSHIE WAGON".

—¡No pretenderás que...! —dijo Rhonda, sus ojos abiertos de par en par al regresarlos a los enormes lentes de Curly.

—No necesito a Rhowell a donde voy —sonrió Curly—. Y tú necesitas un vehículo para tu negocio con Helga¿no? Ya tienen publicidad y clientes... Ahora necesitan transporte.

Curly sonrió. Rhonda lo miró a los ojos. Una gran cena. Publicidad para su negocio. Ahora un auto. ¿Es que acaso Curly nunca dejaría de sorprenderla?

—No puedo creer que terminarás en la cárcel —murmuró Rhonda, evitando la mirada de Curly y apretando el llavero contra su pecho—. No me caes bien, pero ni siquiera tú merece eso. Tal vez el manicomio, pero no la cárcel.

—Oh, sólo es temporal. Ya conseguí mi propio trabajo con Brainy.

—¿Qué?

Curly se dio aires.

—Estás hablando con el futuro nuevo Programador de Sistemas de Seguridad del Pentágono.

Rhonda parpadeó.

—Es broma —dijo ella—. No es verdad.

—No, lo es —sonrió Curly—. ¿Crees que el Pentágono encierra de por vida a los que se atreven a entrar a sus dominios¡Claro que no! Todos ellos son una amenaza en potencia... a menos que trabajen para el propio Pentágono. Eso se llama utilizar el fuego enemigo para beneficio propio. Brainy y yo lo sabíamos: si podíamos entrar a los servidores del Pentágono, desde luego que iríamos a la cárcel... pero luego vendría la oferta. ¿Crees que las altas esferas de la seguridad nacional querrían que dos pequeños desgraciados como Brainy y yo vayamos por ahí pregonando nuestro triunfo? No, no lo harían. Y por eso nos ofrecen un trabajo en sus oficinas.

Curly se relajó mientras Rhonda trataba de darse cuenta de que Curly jamás, por ningún motivo, dejaría de sorprenderla.

—Estaré en la cárcel por unas semanas. Luego nos reintegrarán. Más de la mitad de los empleados de informática del gobierno son hackers, como Brainy o como yo. Tendré una buena paga. Comenzaré una nueva vida.

Oh —dijo Rhonda. Es todo lo que podía pensar. Curly había ejecutado un plan maestro.

—Sabes, creo que esos arbustos están muy cerca —murmuró Curly—. Detesto decirle adiós a la persona más magnífica de toda la existencia... pero realmente no quiero que te involucren en esto. Si pudieras hacer una rabieta al irte...

—¿Disculpa?

—Una rabieta. Gritarme cosas, darles a entender de que por ningún motivo querías verme. Eso te exonerará.

—Oh. Ah. Claro. Entonces... creo que... esto es un... un...

—¿Un adiós? —susurró Curly.

—Sí. Uhm... Suena un poco mal¿no? No es que me importes —añadió ella—, pero siento que... que... nos has dado una mano a Helga y a mí. Con intereses en mente, claro... pero una mano, al fin y al cabo.

—Fue un placer.

Rhonda estaba a punto de levantarse... y entonces su consciencia le dio una enorme patada.

—Oye, Curly...

—¿Dime?

—Vas a volver¿verdad?

—Sí. No será pronto, pero volveré.

—Y... no sé... Cuando regreses... si no estás muy ocupado... ¿te gustarías... ir a... cenar conmigo?

Curly no miró a Rhonda, pero eso no le impidió sonreír.

—¿Cena entre amigos?

—¿Eh¡Ah! Claro, desde luego. Una cena entre amigos.

—Me encantaría.

—Bien. Muy bien. En-Entonces...

Rhonda se puso de pie con lentitud. Suspiró con mucha fuerza, cerró fuertemente los ojos... y se volvió hacia Curly.

—¡ERES UN IMBÉCIL¿Crees que puedes decirme lo que tengo que hacer? ¡Pues no! ¡Anoche casi me encierran porque creían que estaba contigo¡Me das asco, Curly, no quiero volver a verte! ¡¡JAMÁS!! ¡Y que te vaya muy mal¡JA!

Dio media vuelta con la frente en alto y se alejó unos pasos. Se detuvo momentáneamente y observó por sobre su hombro.

Curly le sonrió y se despidió con un movimiento de mano.

Rhonda suspiró, volvió la vista al frente y dio tres pasos. Al tercero, oyó tras de sí una serie de murmullos y sonidos que, si no se equivocaba, indicaban que de los arbustos habían salido personas.

Luego hubo silencio.

Rhonda se atrevió a mirar por sobre su hombro. La banca estaba vacía. Curly se había marchado.

Volvió a suspirar, ahora sorbiendo un poco por la nariz. Decidió caminar al frente y salir del parque. Cuando lo hizo, vio en la acera a Rhowell. La muchacha recordó el puñado de llaves que aún apretaba contra su pecho, le echó un vistazo, y encaminó, decidida, hacia el vehículo.

Se sentó al volante e intentó darle marcha. Rhowell emitió un quejido y permaneció quieta. Rhonda probó otra vez, y otra vez no hubo respuesta.

—Ahora, escúchame bien —susurró Rhonda, fastidiada—: no me gustas, y no espero que yo te guste a ti... Pero resulta que Curly confía en mí, y por lo tanto te sugiero que tú confíes en mí¿de acuerdo?

Rhowell permaneció en silencio.

—Lo que voy a hacer ahora —continuó Rhonda— es darle marcha... Y por el buen futuro de tus amortiguadores, espero oír rugir ese motor. ¿Bien? Aquí va. Una... dos... tres.

Rhonda dio marcha. Rhowell cobró vida y el motor ronroneó como un gatito mimado. Rhonda sonrió.

—Así me gusta —dijo, dándole palmaditas al tablero—. ¿Sabes, Rhowell? Este podría ser el comienzo de una bella amistad...

Y sin decir más, aceleró y se perdió en la distancia.

o–

Epílogo

De entre todas las personas de este extraño mundo, Helga nunca hubiese imaginado que sería Brainy quien le daría la clave para la solución de sus problemas.

Lo odiaba por eso, claro. Y al mismo tiempo, le estaba dedicando su primer libro.

Un libro que aún no estaba publicado. De hecho, ni siquiera había sido visto por una editorial. Pero Helga estaba segura que, gracias al oportuno consejo de su amigo, pronto tendría en sus manos una reluciente primer edición de "La Colección Rosa", su primer obra.

El vehículo se acercó a buena velocidad. Estaba bien, pues no había gente en la calle. Dio una vuelta en la esquina de Hanna y Barbera, y más tarde un giro a la derecha en la intersección de Avery y Groening. Al fin se detuvo frente a un alto edificio.

Rhonda se levantó las gafas oscuras.

—Bien, hemos llegado. ¿Qué tal el viaje? —preguntó.

Horrible —confesó Sid, que ya estaba llegando a un tono verde muy convincente—. Creo que darte un auto fue la peor idea que Curly pudo tener.

—No digas eso —replicó Nadine, muy cómoda en el asiento del acompañante—. Fue un hermoso detalle, después de todo lo que les hizo pasar. Ustedes viajaron bien¿verdad, Arnold, Helga?

Arnold y Helga, que se mantenían abrazados en el asiento trasero, a un lado de Sid, decidieron separarse.

—Ah… Me recordó a un viaje en canoa que realicé con mis padres, algo así como dos meses atrás —dijo Arnold.

—¡Fue emocionante! —dijo Helga— No imaginaba que había una corredora en ti, Rhonda Lloyd.

—Creo que es el auto —Rhonda le dio a Rhowell una palmadita en el tablero—. Lo que me recuerda que debo comprar cera especial para la capota. Me verán muerta antes que conduciendo un auto que no tenga mi misma belleza. ¿Verdad, Rhowell?

—También debes comprar blocks de papel y lápices —le recordó Helga—. Hay nuevos pedidos. Oh, y estoy pensando en publicitar nuestro sitio de modas en algún programa de videos musicales. ¿Crees poder diseñar algo para los jóvenes rockeros?

—Puedo hacer el intento —admitió Rhonda.

—¡Podrás hacerlo! —le alentó Nadine— Ya viste la cara de todos cuando me vieron con ese vestido que hiciste para mí, anoche.

—Oh, sí, el baile de esa presumida… ¿cómo se llamaba? —preguntó Helga—. No sé, estaba muy distraída abrazada a Arnold.

Helga rió ante el recuerdo, pero luego observó a lo alto del edificio. Un repentino silencio se apoderó del grupo.

—Lo harás bien —Arnold puso su mano en el hombro de su amor—. Todos te apoyamos.

—Adelante, Helga —asintió Rhonda. Nadine y Sid le sonrieron en consentimiento.

Helga suspiró, tomó el maletín que reposaba a sus pies, y bajó del auto. Entró al edificio y le dijo a la recepcionista que tenía cita con el señor Hartman. Minutos después, se le indicó a Helga ir al piso veinte, oficina dos.

Una vez allí, Helga golpeó respetuosamente la puerta. Alguien dijo "Adelante" al otro lado, así que ella entró.

—¿Señor Hartman? —preguntó Helga al entrar. Un hombre rubio con una ligera calva en lo alto de su cabeza levantó la mirada de unos manuscritos y se fijó en ella.

—¿Diga?

—Mucho gusto, mi nombre es Helga. Venía a ofrecer mis poemas para una publicación.

—Oh, vaya —dijo el señor Hartman. Se enderezó ruidosamente en su silla e hizo crujir cada hueso de su columna—. Odio los poemas. No los entiendo, son sólo frases cortas. No les veo contexto.

Helga no dijo nada. No le pareció un buen comienzo.

—Solamente ayer eché a patadas a quince supuestos autores de poemas —continuó Hartman, ahora frotándose la frente con las yemas de los dedos—. Mira, chica, si quieres publicar tus poemas, entonces no estás en el mejor lugar. Solamente hubo una autora que tuvo éxito con poemas en esta editorial.

—Bueno, tal vez si leyera al menos alguno de los míos… —intentó Helga.

—No creas que echo a la gente a patadas sin leer ni una palabra antes —aclaró Hartman—. A ver, dame uno de esos poemas tuyos, y veremos…

Helga consiguió sonreír y le pasó al señor Hartman el primer poema de su colección. El hombre suspiró pesadamente; realmente odiaba los poemas; pero no llegó a leer ni un solo verso.

Apenas se fijó en el nombre.

—Es… ¿es usted… Helga… Pataki? —murmuró.

—Sí, así es.

—¿Conoce usted a Olga Pataki? —preguntó Hartman.

—Ya lo creo —Helga suprimió una mueca—: es mi hermana.

¡Oh! ¡Oh, vaya¿Es usted la Helga Pataki de la que Olga siempre habla?

—Sí…

—¡Pero vaya, esto sí que es sorpresa¿Realmente hay dos escritoras en la familia, eh? Ella siempre dice que usted tiene mucho talento, oh, sí. Y si ella la considera a usted tan buena… pues…

Helga contuvo el aliento.

—… creo que se podría agilizar un poco la publicación de su primer libro con Ediciones Bartlett —dijo Hartman, guiño de ojo cómplice de por medio.

Helga sonrió, pero lo hizo no sólo para demostrar felicidad, sino además una horrible aberración hacia Olga y hacia Brainy. Maldito cuatro-ojos, tenía que hacerle ver esta opción.

—Me alegra que lleguemos a un acuerdo, señor Hartman —murmuró ella—. Estoy seguro que mi hermana quedará encantada.

Pero no yo, pensó Helga. Ahora tendré que soportar a esa latosa felicitándome por mi primer libro, y todo eso. Oh, bueno… Supongo que es el precio del éxito.

Valió la pena recorrer el camino, pensó al fin.

Dicen que todos los caminos llegan a Roma. También se dice que no hay camino, pues se hace camino al andar. Pero la gente no suele nombrar que lo importante de los caminos no es precisamente a dónde van, ni de dónde vienen.

Lo importante de los caminos son sus intersecciones, y lo que ocurre en ellas. Pues cada nueva intersección es un cruce con el camino de otra persona, y de la forma en que los caminos se cruzan, también lo hacen las vidas de los que lo transitan.

No importa que el camino parezca eterno, siempre procura dar un paso cada día; pues un paso cada día es un avance, y poco a poco, paso a paso, nos ayudarán a llegar al final del trayecto.

Y, sí, de hecho… valdrá la pena recorrerlo.

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FIN
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