NA: Cuando ayer subí el epílogo de esta historia me preguntaba si era una buena idea dejar el final abierto. Lo cierto es que luego se me ocurrió una idea mejor para cerrar el fic y, bueno, he decidido extenderlo para explicar varias cosas y aclarar qué pasa con ellos.
Aclaración del capítulo anterior: En ningún momento Hermione estuvo embarazada, hago referencia al embarazo que habría tenido lugar si no se hubiera tomado la poción anticonceptiva después de tener relaciones.
EPÍLOGO II: Amigos.
Habían pasado doce años desde la graduación y seis desde que se habían convertido en padres por primera vez. Las reuniones con los amigos se habían vuelto un tanto diferentes en los últimos años. Lo que alguna vez habían sido momentos agradables y tranquilos sentados en los sofás frente a la chimenea bebiendo vino se habían convertido en quedadas catastróficas con algún que otro incidente debido a los primeros atisbos de magia de los críos que correteaban por allí. Ahora los adultos se sentaban alrededor de una mesa llena de comida para los niños y zumo de calabaza para todos. Hermione daba gracias al cielo por no tener que ser ella la que tuviera que calmar a aquel bebé cuyo agudísimo llanto penetraba dolorosamente los oídos de los presentes en ese momento.
—Calla a esa cosa, por Merlín —pidió Draco con desesperación.
Hermione le dio un codazo en las costillas mientras se disculpaba con Theo por el comportamiento de su marido. Aunque a decir verdad, ese bebé que sostenía parecía salido directamente del mismísimo infierno. Su llanto era la peor cosa que había escuchado en la vida. Pero de todas formas estaba mal decirlo en voz alta.
Luna, que cargaba bajo el brazo a Adolf, su travieso hijo mayor, se acercó a su esposo y le pidió al bebé. Éste se lo tendió de inmediato y Uber dejó de llorar en el mismo instante en que apoyó la cabeza contra el pecho de su madre.
—Esa mujer tiene un don, te lo digo yo —le susurró Ginny a su lado—. Ojalá yo pudiera tranquilizar a mis hijos con tanta facilidad. —Hermione no pudo hacer más que asentir ante aquello. Luego miró con simpatía al hijo menor de su amiga, que llevaba varios minutos tirándole de la camisa para llamar su atención. Ginny se volvió hacia el pequeño Tobby con exasperación—. ¡¿Qué quieres?!
—Angélica —dijo el niño, señalando a su hermana mayor al otro lado de la sala—. Angélica ha dicho que me encontrasteis en la basura. Y que… y que voy a ser un squib.
—Ya, claro —dijo ella, levantándose la camisa disimuladamente y pasándose un dedo por la enorme cicatriz de su cesárea—. Esto me lo hiciste tú. Eres hijo mío al cien por cien, te lo aseguro. Ahora ve a molestar a tu padre —ordenó, y acto seguido le dio un empujoncito en su dirección. Cuando Ginny volvió a ponerse derecha en su asiento se encontró con una Hermione muerta de risa—. Ah, la vida es muy bonita cuando nunca han tenido que rajarte como a un cerdo para sacarte al crío. Y eso que tú tienes tres.
—Bueno, tú no has tenido que aguantar un embarazo de gemelas. Estamos en paz —apuntó ella.
—Ah, sí. Menuda barriga tenías, amiga. Llegó un momento en el que parecías a punto de reventar cada vez que te movías.
Al escuchar aquello Draco le tiró una patata frita a la pelirroja, acertándole en toda la coronilla.
—No te metas con las barrigas de mi mujer —le dijo, metiéndose otra patata en la boca y masticándola con ganas.
—Mi hermana tiene razón —intervino Ron—. Con el segundo embarazo Hermione estaba tan gorda que daba la impresión de que iba a echar a rodar en cualquier momento.
Todos los presentes empezaron a reír. Hermione miró a sus amigos de siempre con cariño. Harry y Ron ahora compartían piso con Gregory y Vincent. Éste último estaba soltero, Goyle supuestamente estaba viéndose con una chica a la que todavía no había presentado al grupo, y Harry y Ron se esforzaban demasiado en aparentar que no eran pareja. Pero era evidente que lo eran, y a Hermione le molestaba que todavía no hubieran encontrado el momento idóneo para hacerlo público. No tenían por qué ocultarlo, no tenían que esconderse de nada, ni de nadie… y aunque todos allí lo sabían, respetaban su decisión de no hablar del tema hasta que estuvieran preparados.
Un estruendo en el piso de arriba hizo saltar todas las alarmas. La conversación se había tornado tan divertida que ninguno se había dado cuenta de que los niños habían desaparecido del salón. Todos se miraron entre ellos un par de segundos antes de levantarse rápidamente y correr por las escaleras para ver qué había pasado. La última vez que habían escuchado algo similar se habían encontrado a una de las gemelas colgada bocabajo de la lámpara del baño y a Adolf eructando pompas de jabón en la bañera. No sabían cómo lo hacían, pero el poder de sus hijos era tan fuerte que cuando se juntaban podía pasar cualquier cosa. Una vez arriba, tanto los que eran padres como los que no empezaron a buscar por las habitaciones.
—Aquí no están —informó Vincent desde el despacho de Hermione.
—Aquí tampoco —dijo Blaise desde el cuarto de juegos.
Un sonido llegó proveniente del dormitorio principal. Draco y Hermione se miraron, temerosos. Salvaron la distancia hacia allí y abrieron la puerta lentamente.
Los cajones de los muebles habían salido disparados, las puertas del armario estaban abiertas de par en par y en las perchas (que todavía seguían moviéndose un poco) no quedaba ni una prenda colgada. Ahora toda la ropa de Draco y Hermione estaba esparcida por el suelo de la habitación. Las gemelas, Sheila y Mía, saltaban en la cama junto a Tobby. Los primogénitos, Adolf, Angélica y Emerick jugaban a tirarse la ropa interior del matrimonio. Draco y Hermione se quedaron con la boca abierta ante el panorama. Tras ellos, los demás se ponían de puntillas para intentar ver qué había pasado en el interior. Tardó unos minutos, pero cuando el rubísimo hijo de la pareja se dio cuenta de la presencia de sus padres, escondió tras su espalda la prenda de lencería que tenía en las manos y luego señaló al niño que acababa de lanzar uno de los boxers preferidos de Draco hecho una bola a los niños que saltaban en la cama.
—Ha sido Adolf —dijo, culpando al niño con el pelo negro.
Hermione se volvió hacia Luna, que todavía sostenía en su regazo a su bebé.
—La próxima quedada la hacemos en tu casa.
