Año nuevo autor nuevo, mi propósito de este 2019 es el de terminar todas las historias que tenía pendientes, entre ellas esta que creo que no había actualizado en un año. Desde iniciado el año, coloqué un calendario de actualizaciones en mi profile, que dice que cada Viernes voy a actualizar y qué historia va a actualizarse, según el calendario, hoy se actualiza la Orden Dorada, y desde iniciado el año no he fallado a una sola actualización. Las fechas para la próxima actualización también están en mi profile, así que no se asusten si no actualizo el próximo viernes, solo vean las fechas, y si ese día no cumplo, ahora si ódienme todo lo que quieran. Sin más que decir, a contestar reviews:
TsukihimePrincess: Afrodita esta chavo, le falta madurar, tiene las hormonas a flor de piel, ¿o son las feromonas? Bueno, tú me entiendes. Sobre el mundo pacífico del gobierno de Saga, no estoy tan seguro, pero supongo que tendré que trabajar en algo así. No descartes aún al detective Shura, quien sigue en el caso de asesinato de Shion. Mu va madurado más rápido que nadie por su mente Muviana, ya casi se parece al Mu de la serie, veremos ahora que pasa con Manjari, espero. Ya no tienes que esperas, me pregunto si alguien ve el calendario, jajajajaja.
dafguerrero: Pues me sigue debiendo varios reviews señorita, jajaja es broma, ya sé que te la pasaste bien de vacaciones. Todas las historias de los Caballeros Dorados se contarán sobre la marcha de las historias de los protagonistas. El protagonista sigue siendo Mu, pero su misión desencadenó en la traición de Saga, y en las dudas de Aioros, y las inseguridades de Shura, entre otras cosas. Encontraremos cosas así a lo largo de todas las sagas. Si escribiste Oricalco bien, y pues lo de la forja batallé mucho para hacerlo interesante, jajaja. Tus 12 ídolos de la infancia no la van a pasar muy bien que digamos, eso tenlo por seguro, yo tan solo intento llenar los cabos sueltos. Para la historia de Aioros falta un buen, jajajajaja, y para la de Milo todavía más. Lo de Afrodita comparado a Albafica, supongo que no puede evitarse, trataré de separarles las personalidades un poco más. Espero que el desempeño de Mu en este capítulo también sea de tu agrado.
Isa scorpio: Afrodita no está, por así decirlo, en contra de Athena. Sabe lo que hizo Saga, pero lo aprueba, y cree que de esta manera creará un mundo más bello para Athena. Manejar a personajes tan jóvenes es un martirio, pero con Mu no batallo tanto por su mente Muviana, esa ayuda siempre a poder representarlo más maduro, no puedo decir lo mismo de los demás. El motivo de Hefestos es el de siempre en mis historias, la fuerza del Sol en la Tierra, ese ya no es ningún secreto. No entiendo lo que significa "ensalzan a los dorados". Y bueno, Milo aparece un poco en este cap, espero lo disfrutes.
NOTA: Esta historia comenzó a escribirse antes de Santia Sho, Episodio G Assasin, y Junini secret origins, o como se llame, existieran. Si yo pongo algo en la historia, y no concuerda con alguna de las otras obras, intento hacer las reparaciones pertinentes, pero obviamente no puedo hacerlas todas. Si algo en la historia del pasado de los caballeros no se puede arreglar, lo siento mucho, pero Kurumada arruina fanfictions tiene la culpa, yo haré lo posible por unir todos los cabos sueltos, pero si Kuramada elige, por ejemplo, poner a Hefestos como un hombre mitad gorila que es un cobarde violador de osos, o le da la Armadura de Bronce del Indio a alguien que no existía en el momento en que yo se la asigné a un personajes, lo siento mucho, no puedo leer el futuro. Habiendo dicho esto, disfruten.
Saint Seiya: La Orden Dorada.
Saga de Aries.
Capítulo 9: Un Santuario en Decadencia.
Atenas, Grecia. El Santuario de Atenas. 03 de Agosto de 1976.
El Santuario estaba en silencio, por toda la Antigua Grecia, los soldados Atenienses hacían un recuento de los daños. 5 navíos Atlantes habían logrado burlar la seguridad de la Murallas de los Mares, y se habían adentrado en el Anillo Medio sembrando el miedo, el dolor y la muerte.
El ataque había ocurrido tan repentinamente, que muchos pobladores hablaban de una guerra inminente en contra del Señor de los Mares, pese a los intentos de los soldados Atenienses de mantener la calma, e invitarlos a reconstruir en lugar de lamentar.
Después de todo, los ataques de los Atlantes habían sido selectos, solo un puñado de Caballeros de Bronce y de Plata, habían sucumbido ante el General Marino de Dragón Marino, cuyo cuerpo había sido recuperado por los furiosos pobladores, quienes lo colgaron pese a estar muerto en medio de la explanada de los mercados, y comenzaron a maldecir el nombre de Poseidón.
Las casas no habían sido quemadas, los civiles inocentes no habían sido asesinados, había muchas cosas que no encajaban en el ataque a la Antigua Grecia y al Santuario, y todo aquello era analizado por Shura, el Caballero Dorado de Capricornio, quien pensaba que había algo más oculto en este ataque. Pero, en su mayoría, los pobladores pensaban que gracias al heroico esfuerzo de Afrodita de Piscis fue que no habían tantas bajas como las que se supondría al referirse a una invasión de los Atlantes.
Otro quien se encontraba intranquilo era Aioros, quien, en esos momentos, y frente a la entrada del Templo del Patriarca, acomodaba el cuerpo sin vida de Shion sobre un féretro ceremonial, que sería velado en breve por el Vice-Ministro Arles, ante los ojos de los soldados de Atenas, los Caballeros de Plata y de Bronce restantes, y los Caballeros Dorados en turno, entre los que debían figurar los Caballeros de Géminis, Cáncer, Sagitario, Capricornio y Piscis, pero que contaban con 2 ausencias muy notables, la del Caballero de Cáncer, quien no se había mostrado muy sociable ante sus compañeros Caballeros Dorados, y la del Caballero de Géminis, quien como prospecto a Patriarca que era, y discípulo de Shion, debería de estar presente, y su ausencia no solo disgustaba a Aioros, sino que levantaba sospechas en Shura.
—¿Dónde estás, Saga? No me obligues a dudar de ti —lloró Aioros, teniendo un terrible presentimiento, mismo que en esos momentos invadía el corazón de Shura, quien intentó hablar con Aioros, cuando el bullicio del gentío reunido frente al Templo del Patriarca lo silenció, y tanto Aioros como Shura observaron anonadados, a un hombre vistiendo la túnica ceremonial del Patriarca, con la misma máscara oscura, pero ojos color de rubí en lugar de dorados, y con un casco escarlata sobre unas hombreras del mismo material mucho más pronunciadas que las que solía vestir Shion, y presumiendo a su vez unos picos de plata de apariencia mortífera. Tras de él caminaba el Caballero de Géminis, quien hizo una reverencia, y permaneció arrodillado, mientras el extraño Patriarca subía a momento que los pobladores, Caballeros de Bronce y de Plata, le habrían el paso, permitiéndole continuar hasta llegar ante Aioros, Shura y Afrodita, y ante el cuerpo inerte de Shion—. ¿Eres quien creo que eres? —le preguntó Aioros, desconfiando.
—Soy el Patriarca del Santuario, Aioros —le respondió el Patriarca, mientras Aioros lo miraba desafiante—. Y a menos que quieras que ponga en duda los últimos deseos de Shion de que ocupes su lugar en lugar de Saga, te recomiendo discreción ante tus palabras. Son tiempos difíciles para el Santuario, y he de tomar las medidas que considere pertinentes, para preparar al mundo para la llegada de Athena —le espetó.
—Como prospecto de Patriarca, debí haber sido informado de esto —le comentó Aioros, desviando la mirada en dirección al Caballero de Géminis, quien permanecía arrodillado al final de las escalinatas—. ¿Por qué Saga no sube? —le preguntó.
—Honores que el Santuario al parecer ha olvidado. Te arrodillarás ahora tú también, Aioros —ordenó el Patriarca, y Aioros, aunque confundido por todo lo que había ocurrido, se arrodilló frente al Patriarca. Inmediatamente después, Afrodita se arrodilló de igual manera, Shura hizo lo mismo, permitiendo al Patriarca pasar, y mientras lo hacía, miraba su mano temblorosa, y comenzaba a acomodar las piezas, mientras el Patriarca se posaba a la entrada del Templo del Patriarca—. Pueblo de la Antigua Grecia —comenzó el Patriarca, mientras Shura observaba al Caballero de Géminis retirarse dentro del Templo de Piscis—. Mi nombre es Arles, hermano adoptivo del ahora fallecido Patriarca Shion. Vice-Ministro de Atenas, y quien gobernaba vistiendo al Altar en ausencia del Patriarca. Jamás me esperé enterarme, de que llegaría el día en que la ausencia sería definitiva, y me vería forzado a vestir estas prendas —extendió los brazos Arles, entregándose simbólicamente a su pueblo—. Pero no he de vestir estas prendas por mucho. Como última voluntad, Shion había designado a Aioros de Sagitario, como el sucesor a su puesto… —explicó, y aquello llamó la atención de Aioros. Después de todo, solo él, Arles, Saga, y Shura, conocían esa designación. Aquello solo podía significar, que el hombre bajo la máscara era en verdad o Arles o Saga. Y si bien no estaba seguro Aioros de que el Caballero de Géminis al que vio fuera Saga, de lo que sí estaba seguro era de que Saga no elaboraría un engaño como este, solo para anunciarlo ante los representantes de la Antigua Grecia, nuevamente como el prospecto a Patriarca—. Pero el deber en estos momentos, es lo que apremia. Sería de mal gusto designar a tan presurosas instancias a un nuevo Patriarca, y es por esta razón que, frente a mi hermano Shion, y con Athena como mi testigo, me declaro, temporalmente, el Patriarca en funciones. De haber alguna objeción, los invito a anteponerla ante esta audiencia, pero de no ser así, comenzaré con los respetos fúnebres a mi hermano Shion —enunció, y Shura intentó interceder, pero Aioros colocó su brazo en el hombro de Shura, deteniéndolo—. Si no hay objeción, entonces comenzaré —continuó el Patriarca, y comenzó a presentar sus respetos a Shion, mientras Shura se cuestionaba.
Monte Evenor, la Atlantida.
—Tu mente es fuerte, al igual que lo es tu alma —escuchaba Mu a una de las bestias Ctónicas que atacaban tanto a su mente como a su alma, mientras se arremolinaba alrededor de Mu en la forma de un torrente de agua hirviente, que comenzaba a generar un torbellino a su alrededor—. Aún si has logrado la determinación de un Caballero Dorado, los Palicos podemos demolerla sin problema —prosiguió el ser que nadaba en el torbellino alrededor de Mu, quien aún sentía su alma retorcerse en señal de temor.
—Nuestra verdadera forma es incomprensible —continuaba la otra figura, acercándose desde los interiores del torbellino, parándose frente a Mu, quien se tomaba del pecho con molestia y dolor, mientras los ojos escarlatas de la criatura brillaban dentro del vórtice creado por su hermana, y un cabello serpenteante de la criatura Ctónica siseaba desde el interior—. Las bestias Ctónicas somos seres primordiales. Odiadas por los dioses, pero aliadas de Hefestos quien comparte nuestro desprecio. ¿Qué ve Hefestos en ti, niño? —continuaba la figura, observando a Mu con detenimiento—. ¿Por qué vales la pena tanto sacrificio? —insistió.
—Aún en mi madurez Muviana… eso es algo que no logro comprender… —se incorporó Mu, mientras la bestia en el vórtice lo admiraba, y la que creaba el vórtice comenzaba a nadar cada vez más rápido, reduciendo el tamaño del área en la cual Mu se encontraba encerrado, intentando ahogarlo, pero el cosmos de Mu se lo impidió—. Pero ya he elegido a la diosa a la que he de servir. ¡Shion y Oribarkon no pueden estar equivocados! ¡Revolución de Polvo de Estrellas! —hizo estallar su cosmos Mu, golpeando a la figura de cabello serpenteante y ojos escarlata, mientras la otra figura que había estado nadando a su alrededor hasta esos momentos, salía del vórtice dispuesta a defender a su hermano, forzando a Mu a mirarla a las cuencas vacías nuevamente, pero de alguna forma Mu se armó de valor, e hizo estallar su cosmos, vaporizando los vórtices, y enviando a la bestia Ctónica lejos, antes de que Mu se desplomara en el suelo, y comenzara a caminar lenta, y dolorosamente, en dirección a la proa de Argo—. ¿Dónde estás, Argo? —preguntó, colapsó sobre la proa, y comenzó a abrazarla intentando despertarla—. ¡Argo! —insistía Mu temeroso.
—La proa ya no puede ayudarte —escuchó Mu a la bestia Ctónica de cabellera similar a serpientes, a quien Mu no había visto aún—. El iluso de Argo, el espíritu que residía dentro de esa proa, utilizó su cosmos, inútilmente, para repelernos cuando atacamos a tu madre adoptiva, mientras Oribarkon y tú jugaban a los herreros —se burló la bestia, quien entonces rodeó la cabeza de Mu al tomarlo desde detrás de la nuca, con su escamosa mano oscura—. Agotó su cosmos… Argo ya no existe… —le explicó, horrorizando a Mu.
—Argo prefiere que dejen de subestimar la fuerza de uno de los Argonautas más poderosos —comenzó a brillar la proa, sorprendiendo a Mu, cegando a las bestias Ctónicas, y dando forma a la proyección de cosmos del antiguo tripulante de la nave Argo, su constructor, y por un periodo de tiempo prolongado, capitán—. ¡Surcador de los Mares! —exclamó Argo, y el par de bestias Ctónicas fue abatido con violencia, mientras marejadas embravecidas se desprendían del cuerpo de Argo—. Mu… no estás en condiciones… tenemos que salir de aquí —exclamó Argo, y en ese momento Mu se aferró a la proa.
—¡Extinción de la Luz de las Estrellas! —exclamó Mu, y se desfragmentó en ese momento junto a la proa, mientras las adoloridas bestias se reponían para presenciar los destellos de cosmos volando lejos del Monte Evenor, y en dirección a los bosques de los Arimaspos.
—El malnacido escapó —se molestó la bestia de apariencia femenina, de piel oscura desquebrajada con grietas similares al magma volcánico asomándose sobre el magma petrificado, y cuyas cuencas oscuras no presumían ojos algunos.
—Solo ha prolongado lo que es inevitable —le respondió la bestia de apariencia masculina, de piel escamosa y negra también, cabellos de serpientes ciegas, ojos escarlatas, y aparentemente sin boca—. Hemos atacado a su alma directamente. No hay mucho que pueda hacer. Lo buscaremos, pero puedo asegurarte que no irá muy lejos. No hay humano que pueda soportar el vivir con su alma dividida —aseguró la bestia, y comenzó a caminar tranquilamente, en dirección a donde los destellos dorados habían desaparecido.
Atenas, Grecia. El Santuario de Atenas. Casa de Capricornio.
—Diosa Athena, necesito de tu consejo —habló Shura de Capricornio, arrodillado frente a una de las muchas estatuas que se encontraban dentro de su templo, más específicamente, frente a la estatua de un guerrero que se postraba arrodillado frente a una representación de la estatua de Atenea, que entregaba al guerrero una espada, Excalibur, la legendaria espada que desde entonces pasó a pertenecer a la Armadura de Capricornio—. El Patriarca Shion ha muerto, supuestamente asesinado por un General Marino de Poseidón, quien lo atacó a traición en un templo en su honor en el Anillo Medio —prosiguió Shura, con la mirada al suelo, sintiéndose indigno de observar a la diosa, aún si esta era solamente una estatua—. Antes de que Shion fuese asesinado, Aioros y yo evitamos un primer intento de asesinato en su contra. En este combate, por vez primera la espada Excalibur brilló en mi mano derecha, y logré herir las Escamas del invasor, quien huyo saltando por una ventana —continuaba con su explicación Shura, quien por fin se dignó a ver en dirección a la estatua de Atenea, con su rostro inmerso en la preocupación—. Apelo a su sabiduría, o diosa de la Sabiduría en la Guerra. Mi mente me dice que es Saga quien, haciéndose pasar por un General Marino, ha orquestado este asesinato. No creo que Shion haya muerto a manos de un manipulador de los mares, si así hubiera sido, los guardianes de las 12 Casas lo hubiéramos descubierto. Mi señora, por favor hábleme. ¿Qué debo hacer? ¿Debería enfrentar al Patriarca con mis sospechas, arriesgándome a que mis sospechas sean falsas y vea mi honor de Caballero Dorado maltrecho? ¿O debería callar, y esperar? Pensaba acudir a mi maestro Aioros con estas dudas, pero… otras preocupaciones aquejan a mi maestro… siento… que ya no puedo confiar en él… ha perdido el camino. Mi señora… Aioros de Sagitario… no la tiene solo a usted en su corazón —confesó, sintiéndose horrible tras tener que hacer esa confesión delante de su diosa.
Zona Arqueológica.
—Lo lamento, Shura… —habló Aioros de Sagitario, vistiendo una túnica para ocultar su identidad, mientras miraba desde la Zona Arqueológica en dirección a las 12 Casas, deprimido—. Sé que no debería abandonar mi puesto en un momento tan precario y triste, pero necesito encontrar mi resolución, y hasta resolver las dudas que aquejan a mi corazón, no puedo aceptar el puesto de Patriarca —confesó Aioros para sí mismo, y se dirigió a una figura que caminaba encapuchada por la Zona Arqueológica—. Allí está… —se acercó Aioros, y comenzó a caminar en dirección a la persona encapuchada—. Alto allí. Estás invadiendo los límites del Santuario —mencionó con una sonrisa, mientras tomaba a la figura por el antebrazo, notando la Armadura Dorada, sorprendiéndose, y sintiendo una fuerza congelante que le golpeaba el cosmos—. Tú eres… —comenzó Aioros, sorprendido.
—Camus de Acuario… —contestó el joven, mirando a Aioros fijamente desde los interiores de su capucha—. El Caballero Dorado más joven de la orden. Me han llamado el Mago del Viento y del Hielo, y tengo permiso especial para estar aquí —le mencionó, negándose a apagar su cosmos, y mientras lo hacía, Aioros se retrajo.
—Lo lamento, te he confundido con alguien más —le explicó Aioros, abriéndose la capucha, y mostrando su Armadura Dorada—. Aioros de Sagitario. Me encontraba vigilando los límites, y te creí un invasor. La verdad es que no me esperaba que otro Caballero Dorado llegara de improviso —le explicó Aioros, y Camus bajó la guardia y apagó su cosmos.
—¿Eres el Caballero Dorado del cual Shura de Capricornio me habló hace casi un mes? —preguntó Camus curioso, sacando una invitación del interior de su túnica—. 'Por medio de la presente, se le convoca a la ceremonia de ascensión de Aioros de Sagitario, leal Caballero Dorado al servicio de la diosa Athena, ascendido por el Patriarca en fusiones, Shion, como su sucesor a puesto de Patriarca. La ceremonia tendrá a lugar el 31 de Agosto, y se espera la presencia obligatoria de los Caballeros Dorados en fusiones' —terminó, guardándose la carta en la capucha.
—La ceremonia no ha sido cancelada, pero probablemente vaya a tener que reprogramarse un poco, Caballero de Acuario —le reverenció Aioros a manera de disculpa—. Recientemente, recibimos el ataque a traición de los hombres del Señor de los Mares, que culminó en el asesinato del Patriarca Shion, y la asignación temporal del Vice-Ministro Arles como Patriarca —le explicó Aioros, y Camus asintió a sus palabras—. Lamento haberte hecho venir en vano. Comprendo que tu entrenamiento no ha terminado —volvió a disculparse.
—Me presentaré ante el Vice-Ministro Arles de todas formas —reverenció Camus, y Aioros notó que era bastante propio—. Pero antes de retirarme, he de comunicarle que hay una invasora al Santuario. ¿Quiere que me encargue de ella? —le preguntó fríamente.
—No hace falta, ya la esperaba —aceptó Aioros, y Camus lo miró con curiosidad—. Ve con cuidado, Camus de Acuario. Pero mantén los ojos bien abiertos. Existe la sospecha de que lo que aconteció no hace mucho, no era más que la primera oleada de ataque. Todo el Santuario está en alerta —finalizó, Camus asintió, y prosiguió con su camino por la Zona Arqueológica—. Casi haces que te maten —se quejó Aioros cuando notó que Camus se encontraba a una distancia segura, y se viró a ver a una mujer, también en capucha.
—Tenía que verte —exclamó la mujer, caminando en dirección a Aioros—. Y deja de preocuparte, tengo 23 años. Sé cómo cuidarme incluso de los Caballeros de Athena —se molestó la mujer, a quien Aioros miró con molestia.
—No, no lo sabes, no tienes un cosmos, no has aprendido a desarrollarlo —se fastidió Aioros, pero la mujer tan solo se cruzó de brazos, y lo miró en señal de molestia—. No deberías estar aquí. Sabes que es peligroso. Si los guardias de los límites de la Zona Arqueológica llegaran a verte —reprendió.
—Les enseño la pluma dorada y asunto arreglado —fue la respuesta de la mujer—. Aioros, no puedes pedirme que no me preocupe. Tienes 14 años, tomas decisiones impulsivas, eres un niño. Cuando me enteré del ataque no pude evitarlo, tenía que verte —insistió ella.
—Yoshiko, el Santuario es peligroso —volvió a quejarse, y la mujer bajó la mirada, apenada—. No es tu mundo donde puedes golpearle la garganta a un ladrón cualquiera con tu Karate por correspondencia. Estos hombres desgarran el cielo con un revés de la mano, y abren grietas en la tierra de un puntapié, y no estoy exagerando —le recordó.
—¿Así que simplemente iba a esperarte sentada a que volvieras? ¿Tras meses de apenas verte? ¿Y tras enterarme de que la Antigua Grecia estaba bajo ataque? —volvió a quejarse Yoshiko, y Aioros se estiró el rostro en señal de molestia—. Esto dejó de ser un experimento hace mucho tiempo, Aioros. Tú cruzaste los límites. Estoy demasiado involucrada, y mi vida está constantemente en peligro gracias a ti. Lo menos que espero de tu parte, es seriedad. No me pediste cualquier cosa después de todo, considerando tu edad además —le recordó.
—Eso era antes… —miró Aioros a Yoshiko con temor—. Miko… asesinaron a mi maestro… —enunció Aioros, y Yoshiko se quedó anonadada por la revelación—. He buscado a Saga para pedirle consejo. Pero no lo encuentro por ningún lado. Seguramente, está molesto porque lo culpé de la muerte de Shion. Me comporté como una basura, no quise perdonar a Saga por no estar allí para defender a Shion. Pero yo tampoco estaba allí para salvarlo… le di prioridad a la evacuación de la ciudad, pero si hubiera ido a enfrentar a los ejércitos de la Atlántida… —se molestó Aioros, cerrando sus manos en puños—. Shion está muerto por mi culpa —lloró Aioros.
—Típico de los adolescentes el victimizarse por las cosas que no son su culpa —se quejó Yoshiko, tomando a Aioros de los hombros, mientras el alguna vez orgulloso Caballero Dorado, se rompía en llanto por su debilidad—. ¡No conozco los detalles, Aioros! ¡Pero tú amabas a Shion! ¡No puedes culparte por las cosas que no están bajo tu control! ¡Ahora es cuando debes mantener la mente en alto, y honrar su memoria! —insistió Yoshiko, y Aioros comenzó a tranquilizarse—. Vas a honrar su memoria, ¿verdad? —preguntó ella con tristeza, y Aioros la miró fijamente—. Tranquilo, soy una adulto. Esto estaba muy mal desde un principio —le recordó.
—Yo… ya no sé lo que debo o no debo hacer… —confesó Aioros, mirando a Yoshiko fijamente—. Yo tan solo quería… construir un mundo mejor para Athena. No quería que todo se saliera así de control —confesó Aioros, y Yoshiko lo abrazó con fuerza.
Anillo Medio.
—¿Quién habrá sido, esa extraña mujer? —se preguntaba Camus, mientras caminaba por el Anillo Medio, a momento que la noche caía nuevamente, y los soldados Atenienses se preparaban para cerrar las murallas—. Bajo su capucha… ella no vestía como los pobladores de la Antigua Grecia… su ropa… era más parecida a la ropa de los ajenos al Santuario. El Caballero de Sagitario parecía conocerla además. ¿Podrá ser… que un Caballero Dorado esté faltando a los votos sagrados? —se preguntó Camus, mientras continuaba con su camino, pero este quedó interrumpido, cuando una luz comenzó a golpearle el cuerpo gentilmente, y momentos más tarde se vio obligado a evadir una bola de fuego, que se dirigía peligrosamente en su dirección.
—¡Fuegooooo! —escuchó Camus, y en ese momento notó el como más bolas de fuego caían del cielo, y los soldados comenzaban a correr en dirección a la Muralla de los Mares—. ¡Atlantes! ¡Naves Atlantes! ¡Esto aún no ha terminado! —exclamaba uno de los soldados en la cima de la muralla, antes de salir volando cuando una de las bolas de fuego colisionó con la muralla, y el soldado cayó sin vida, envuelto en llamas, a la ciudad.
—Todo parece indicar que llegué al Santuario justo a tiempo —exclamó Camus, corriendo en dirección a la Muralla de los Mares, algunos soldados intentaron detenerlo, pero al ver su Armadura Dorada, desistieron, mientras él se dirigía a un Caballero de Plata que daba órdenes en el lugar—. Camus de Acuario. ¿Cuál es la situación? —preguntó al Caballero de Plata.
—Noesis de Triangulo, joven maestro —le respondió el joven Caballero de Plata, de cara alargada, cabellera rubia, y de al menos unos 14 años de edad—. Lamento que haya llegado en un momento tan trágico. Se trata de una invasión Atlante —le explicó Noesis, y se agachó en el momento en que otra bola de fuego se estrelló con la muralla—. Debieron haberse ocultado detrás de la Isla de Milo, fuera del alcance de las atalayas. El día de ayer habíamos sido atacados después de todo —le explicó.
—Atenas ya ha sufrido mucho entonces… —agregó Camus, elevando su cosmos—. Dile al general de la orden de Plata y Bronce que aliste a sus hombres para la batalla, que sus soldados lleven botas de piel, el hielo es resbaloso —finalizó Camus, y comenzó a acrecentar su cosmos.
—¿El hielo es resbaloso? —se preguntó Noesis, y entonces notó a la aurora boreal aparecer en el cielo, y el como una gentil nevada comenzó a caer. La nevada se extendió por todo el Anillo Medio, apagando el fuego en la ciudad. Inmediatamente después, una densa capa de hielo comenzó a extenderse por el Mar Egeo, aprisionando a los navíos Atlantes que se dirigían a encuentro de las murallas Atenienses, lanzando por los aires a varios Soldados Tritón, y a que las catapultas sobre los navíos se desmoronaran tras haber frenado tan violentamente tras impactar la capa de hielo. Los navíos inclusive, comenzaron a incendiarse, cuando las rocas en llamas no pudieron ser lanzadas, y cayeron en el puente de las embarcaciones. Los soldados Atenienses clamaron victoria, Atenas no caería nuevamente, todo gracias al poder de un Caballero Dorado, quien, con su cosmos, había evitado la guerra—. Así que este es el poder de los Caballeros Dorados —se impresionó Noesis, mirando a los Soldados Tritón corriendo por el hielo, que se extendía en dirección a la Isla de Milo—. Es fascinante, ahora solo requerimos permiso del Patriarca para entrar a la isla perdida, y la invasión Atlante habrá terminado —se alegró Noesis, quien entonces comenzó a sentir un gran temor, al igual que todos los soldados que miraban en dirección a los Soldados Tritón que huían a la Isla de Milo, fácilmente visible desde las murallas—. Ese sentimiento otra vez… —se preocupó Noesis, y Camus lo miró fijamente—. Puede que no lo sepa, Caballero Dorado, pero la Isla de Milo está prohibida. Muchas cosas horribles pasan allí. Los soldados en turno inclusive, se quejan de sentir un pavor inquietante al mirar en dirección a esa isla, es como si alguien pudiera mirarte de regreso desde sus playas —le explicó.
—¿Alguien mirando desde sus playas? —se preguntó Camus, y en ese momento, escuchó el grito de terror de uno de los soldados de la muralla—. ¿Qué pasa? ¿Más Atlantes? —preguntó Camus, buscando a los alrededores, pero solo encontró los navíos Atlantes congelados y abandonados, pero no tardó en mirar un destello escarlata, y en ver el hielo manchado de sangre—. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es este sentimiento? Siento un cosmos malvado y sediento de sangre —observó Camus con cuidado, forzando la vista, pero no fue hasta que Noesis le entregó un catalejo, que pudo verlo—. ¿Qué es esa cosa? —preguntó.
—La Bestia de la Isla de Milo —se preocupó Noesis, mirando desde su catalejo—. Está asesinando a los Soldados Tritón —enunció, y Camus por fin pudo verlo, a un ser envuelto en un cosmos escarlata inmenso, caminando por el hielo que se extendía desde las Murallas del Mar hasta llegar a la Isla de Milo. El ser envuelto en cosmos escarlata, caminaba lentamente, pero apuntaba a los Soldados Tritón, cuyas cabezas estallaban tras ser impactadas violentamente por una fuerza de cosmos rápida y descomunal, que se desprendía de la mano del ser de cosmos escarlata, mientras se acercaba, lenta, pero continuamente, a las Murallas del Mar—. La isla está maldita, solo el Patriarca puede ordenar que sea visitada. Nada entra y nada sale sin el consentimiento del Patriarca, pero ahora… el mar está congelado, la Bestia de la Isla de Milo está libre… —se estremeció Noesis, y Camus miró un último destello escarlata, y el último de los Soldados Tritón fue brutalmente asesinado.
—Esa no es una bestia —dedujo Camus, mirando al ser en cosmos escarlata, que notó su presencia, y apuntó su dedo en dirección a él—. ¡Es un Caballero Dorado! ¡Tras las murallas! ¡Ahora! —ordenó Camus, elevó su cosmos con sus manos entrelazadas sobre su cabeza, y concentró toda su energía—. ¡Ejecución Aurora! —lanzó el tremendo ataque, mismo que se estrelló con la fuerza de cosmos escarlata, y estalló violentamente, derribando a los soldados de las murallas, quienes miraron anonadados el tremendo poder de Camus de Acuario, quien se mantenía en su pose de ataque, pero con un hilo de sangre cayéndole de los labios—. Inaudito… —se tomó el hombro Camus, justo en el lugar donde un punto de cosmos escarlata lo había golpeado—. Atravesó… mi Armadura Dorada sin siquiera tener que romperla… además de que me atacó desde una distancia impresionante. ¿Quién es este sujeto? —se preguntó Camus, observando la niebla de su ataque disiparse, mientras una luz escarlata brillaba en su interior, y el ser de cosmos escarlata lo miraba con unos ojos repletos de odio, y deseos de sangre y muerte—. ¡Avisen al Patriarca! ¡Este no es un enemigo ordinario! —saltó Camus de la muralla, en dirección al mar congelado, y comenzó a correr en dirección al ser de cosmos escarlata, con su puño preparado—. ¡Soy el Mago del Viento y el Hielo! ¡No seré doblegado por alguien que no piensa más que en matar! ¡Polvo de Diamante! —exclamó, mientras el ser de cosmos lanzaba, violenta y rápidamente, su fuerza de cosmos que como agujas le perforaban el cuerpo a Caballero de los Hielos.
Lemuria, la Atlántida.
—¡Mu! —gritó Agapa en pánico, cuando Mu tocó a su puerta, y se desplomó en el suelo tras ella abrirle—. ¿Qué te ha ocurrido? ¿Por qué estás vistiendo una de las armaduras malditas? —se preocupó Agapa, pero de inmediato cargó a Mu a su habitación provisional, misma en la que se encontraba la moribunda de Mayura, quien pareció reaccionar tras sentir el débil cosmos de Mu—. Resiste, iré por los doctores del pueblo —intentó decir, pero Mu le tomó la mano antes de que pudiera retirarse, y una vez que Agapa se viró para verlo, notó sus ojos repletos de lágrimas.
—Oribarkon… —comenzó Mu, y el rostro de Agapa palideció—. Oribarkon… —continuó llorando Mu, y en ese momento recibió un abrazo de Agapa, quien comenzó a llorar de igual forma—. Lo siento… yo… lo siento mucho… —continuó llorando Mu, y Agapa simplemente se limitó a asentir, y a continuar abrazando a Mu.
—Tranquilo… la muerte siempre llega algún día… —le susurró Agapa, tranquilizándolo, mientras le acariciaba la cabellera—. Oribarkon fue mi marido por casi 3,000 años… y no me importó jamás que no pudiéramos tener un hijo juntos… yo lo amaba, y por el dolor que sientes, siento que el conocimiento más importante de Oribarkon ahora lo llevas en ti… —le sonrió Agapa, y Mu la miró, incrédulo de la fortaleza de la mujer—. El verdadero deseo de Oribarkon, nunca fue tener un hijo que llevara su sangre maldita por Hefestos… su verdadera herencia… era su conocimiento… ahora tú lo sabes, ¿no es así? —le preguntó curiosa.
—Lo conozco… —lloró Mu, con la determinación de su madures Muviana—. Y jamás dejaré que este conocimiento se pierda… lo transmitiré a otros a quienes he de enseñar… jamás… se perderá el conocimiento de reparación de las Armaduras Doradas… —finalizó Mu, y Agapa asintió, agradecida—. Voy a vengar a Oribarkon… te lo juro… Agapa… —finalizó, y Agapa nuevamente reverenció, y comenzó a retirarse—. ¿Agapa? —preguntó curioso.
—Fue mi marido, por 3,000 años… es natural que no pueda asimilarlo tan rápidamente… —lo miró con una sonrisa—. Sé que tienes que irte pronto, y me encantaría pasar más tiempo contigo, pero los respetos a Oribarkon deben comenzar… siéntete libre de llamar a este lugar tu hogar, y si es que algún día regresas… aquí siempre te recibiré, con los brazos abiertos… —finalizó, y salió de la casa.
—Mu… —escuchó el Muviano, quien hasta ese momento no se había percatado de la presencia de Mayura de Pavorreal, quien se encontraba recostada en una cama, con el cuerpo cubierto de vendas, y solo la venda en los ojos puesta. Mu inmediatamente fue en su dirección, pero con dificultad, Mayura alzó la mano y lo detuvo, y en su lugar apuntó a una silla a su lado, a cuyos pies se encontraba la proa del Argo—. No podía sentirlo antes… pero ahora… él se está esfumando… —le explicó, y Mu rápidamente viró a la silla, y vio la representación de cosmos de Argo allí.
—Muchas emociones para ti en tan pocos días, ¿verdad? —Argo estaba débil, no físicamente como los humanos, él ya no tenía vida hace mucho, pero se había anclado a un objeto inanimado, solo que esta vez lo hacía muy débilmente—. No se supone que un héroe que se ancle a un objeto inanimado utilice su cosmos de esa forma, ¿lo sabías? En especial si no se es un dios —le explicó con una sonrisa.
—¿Vas a dejarme tú también, Argo? —preguntó Mu en señal de preocupación, y Argo no tuvo otra opción que asentir—. Todo esto está pasando demasiado rápido. Si te vas, no creo tener la fuerza de lograrlo —insistió Mu.
—La fuerza la encontrarás en Athena —le aseguró, y Mu quería creerlo, miró a su Armadura Dorada, y asintió con determinación—. Me queda poco tiempo, y como estoy elevando mi cosmos en estos momentos para mantener mi forma, los Palicos no tardarán en encontrarnos, poniendo en riesgo a esta ciudad. Y tengo mucho que decirte —aseguró.
—Ahorra tus fuerzas… —le pidió—. Los enfrentaré y los derrotaré. En estos momentos me siento muy débil, pero no dejaré que lastimen a nadie más —insistió.
—Las bestias Ctónicas no son una broma, Mu, y los Palicos están entre los más sutiles —agregó Argo—. Sé que estás preocupado, pero debes escuchar. Las bestias Ctónicas se ocultan bajo velos de agua, porque su verdadera naturaleza es siempre destructiva. No pueden ser vencidas por medios convencionales, debes ser más listo que ellas —le explicaba Argo, y Mu mantuvo su silencio, y escuchó—. Axiorceso… bestia Ctónica de las profundidades, te arrancará el alma con solo su mirada vacía, la razón por la que yo no podía reaccionar en sus inicios, es porque la miré a los ojos, cuando ese sujeto Cedalión invadió la cueva en que nos resguardábamos. Solo su mirada bastó para arrebatarme la mitad de mi alma, por eso me desvanezco. Pero Axiorceso, eso es lo único que tiene de ventaja, no posee un cosmos, por eso se oculta en los vórtices. Un golpe bien colocado, y estará derrotada —le aseguró.
—Sentí en su mirada el cómo me arrancaba una parte de mi ser… —se presionó el pecho Mu, recordando la mirada de cuencas vacías de Axiorceso—. ¿Qué ha pasado con esa parte de mí? ¿Qué ha pasado con esa parte de ti? —le preguntó curioso.
—Se ha ido hasta que Axiorceso sea destruida —aclaró, y Mu se preocupó—. Aunque no es la primera vez que me arranca parte de mi alma. En todo caso, el alma no puede destruirse, solo dividirse. Una vez Axiorceso sea destruida, nuestras almas se completarán nuevamente, donde quiera que estemos. Y dejarás de sentir ese vacío en tu corazón —le apuntó al pecho, donde Mu sentía un profundo dolor—. Pero quien debe preocuparte no es Axiorceso, sino su hermano Cadmilo… él sí posee un cosmos, y no uno cualquiera, un cosmos primordial. Las bestias Ctónicas son más antiguas que los dioses. Los dioses tienen una fuerza creacionista llamada dunamis, ¿has escuchado de ella? —Mu asintió tras recordad a Shaka hablar sobre esta fuerza—. Bien, entonces no debo explicarme. Mucho se ha dicho de que el cosmos es el opuesto del dunamis al ser una fuerza de destrucción, pero bien enfocada, esta fuerza puede crear. La verdadera fuerza de destrucción en el universo es el cosmos de las criaturas Ctónicas, un cosmos escarlata que lo único que puede hacer es destruir. No puedes frenar esos ataques, te fulminará de un solo intento, ni el Muro de Cristal podría detenerlo porque destruye absolutamente todo lo que toda, partícula por partícula. Ni siquiera las Armaduras de Oro Rojo sobrevivirían —se apuntó a su armadura Argo, y Mu la miró con curiosidad—. No dejes que te toque, ni enfrentes sus ataques. ¿Lo has entendido? —le preguntó.
—Lo entiendo, pero… —lo miró Mu con determinación—. ¿Cómo sabes todo esto? Y no solo eso, tu armadura… es una Armadura de Oro Rojo como la que viste Cedalión —apuntó Mu en señal de molestia.
—Que profana Cedalión querrás decir —se molestó Argo, y Mu lo miró con curiosidad—. Es cierto, visto una Armadura de Oro Rojo, fui uno de los 70 Argonautas que las vistieron, 12 entre las 70 Armaduras de Oro Rojo, contaban con el Dorado y el Oricalco en sus adornos —apuntó Argo a las incrustaciones de su armadura—. Esto es nuestro rango. Pertenecíamos a un ejército único, que servía bajo el estandarte de Zeus, en tiempos en que el dios de dioses aún se preocupaba por los humanos —le explicó, y Mu estaba impresionado—. Morí en al viaje de los Argonautas, y me anclé a la proa del Argo… acompañé a Jasón, hasta su muerte. ¿Recuerdas que te lo conté? ¿Un Jasón con el alma maltrecha, que envió al navío Argo por una salida de la Atlántida a la mar? —y Mu lo comprendió.
—Un Jasón con el alma maltrecha… —se dijo a sí mismo Mu, y casi podía verlo en su mente, a Jasón, revestido en una Armadura de Oro Rojo, combatiendo a Axiorceso quien le había devorado parte de su alma—. ¿Jasón enfrentó a los Palicos? —preguntó.
—No solo los enfrentó… —lo miró fijamente, y Mu comenzó a preocuparse—. Perdió… uno de los 3 héroes más grandes de Grecia, muerto por las criaturas Ctónicas a quienes enfrentas —le explicó, y Mu bajó la mirada, entristecido—. Pero olvida a Jasón. Él ya estaba en el ocaso de su vida, viejo, dolido por la muerte de su esposa y de sus hijos, débil por años de vagar buscando el continente perdido. De haber estado en otras condiciones, su mente hubiese estado más despierta, y probablemente hubiese podido enfrentarlos. Mu, puede que seas más joven que muchos quienes han vestido las Armaduras Doradas, pero tu mente es diferente, tu mente no colapsa ante la matanza y la muerte. Puedes vencerlos si te concentras, no pierdas la esperanza y podrás hacerlo —Mu asintió, sintiendo la determinación que le brindaba Argo—. El tiempo se acaba… —prosiguió—. Cedalión tiene a Manjari, y si quieres recuperarla, deberás viajar al Monte Etna… lo cual ya de por sí es una locura, a menos… que conozcas la salida al Mar Egeo que descubrió Jasón antes de morir —le explicó.
—Pero aún si la encuentro… —se preocupó Mu—. ¿Cómo voy a cruzarla? Se necesitaría de ti para navegar los ríos tan salvajes. No podría hacerlo, y si lo hiciera… saldría a la superficie en alguna parte de los mares de España, el Monte Etna está más cerca de Italia, no puedo navegar todo eso yo solo —insistió.
—Si así lo piensas, realmente será imposible —le comentó, y Mu se mordió los labios en señal de molestia—. No hay imposibles para un Caballero Dorado, eso es lo que hace a los Caballeros Dorados mucho más gloriosos, que cualquier otro guerrero, lo han demostrado a través de miles de generaciones. Y si alguna vez llegase el día, en que enfrentaras a un Caballero de Oro Rojo, estoy seguro de que ni el mismísimo Jasón podría vencerte… —aseguró, mientras comenzaba a desvanecerse—. La salida al exterior, se encuentra oculta entre los pantanos de los Catoblebas, allí donde tienen sus nidos, allí donde Jasón se ocultó hace casi 3,500 años… —le explicó, y su cuerpo se volvió incluso más translucido—. Sabes… fue muy divertido volver a entrenar a alguien, aunque fuera por tan poco tiempo… —reverenció Argo, y Mu se conmovió, y reverenció bien—. Acaba con esos Palicos por mí… oh, y Mu… Hefestos… él no podría jamás ser un dios malvado… —le sonrió, lo que confundía en gran medida a Mu, pero ya no era posible preguntarle, Argo se había ido, y la proa de Argo, de un escarlata hermoso, se decoloró hasta ser solo madera podrida, y se tornó de un gris muy lúgubre.
—Tomaré todas sus palabras en consideración… maestro… —lloró Mu, se secó las lágrimas, y se viró a ver a Mayura—. Tenemos que salir de aquí… —le pidió Mu, a lo que Mayura respondió moviendo su cabeza en negación—. Mayura, ya perdí a muchos amigos, no voy a perderte a ti —le explicó, y de pronto escuchó los gritos de pánico en la ciudad.
—No tienes alternativa —le respondió ella—. Tienes que irte… mi columna está destrozada, soy una inútil —le explicó, pero Mu se limitó a mirar a los alrededores, y de pronto tuvo una idea—. Si llegas al Santuario… dile a Athena que lo lamento por no poder protegerla —le pidió.
—Se lo dirás tú cuando la veas… o sientas con tu cosmos, o lo que sea… —se quejó Mu mientras tomaba la silla en la que había estado sentado Argo, y le rompía las patas con un movimiento certero de su mano—. No soy carpintero, soy herrero. Pero esta vez haré una excepción, no voy a dejarte aquí perdida y abandonada en la Atlántida… aunque esto sería más sencillo si no hubiera dejado la Armadura del Escultor en el Monte Evenor —enfureció Mu, y tras sus palabras, las Herramientas Místicas se materializaron en sus manos, y la Armadura del Escultor, encerrada dentro de su Caja de Pandora, se estrelló y cayó dentro de la casa de Agapa—. Esto no le va a gustar nada a Agapa —bromeó Mu, corrió a la forja de Oribarkon con las Herramientas Místicas, y comenzó a trabajar.
Anillo Medio.
—¿Qué está pasando? Siento un cosmos violento y lleno de ira, no se siente como nada que haya sentido antes —corrió Aioros a toda velocidad, percatándose de la nevada que caía alrededor de la Antigua Grecia, y del pánico en el corazón de los pobladores, quienes apuntaban a la Muralla de los Mares, detrás de la cual estallaba en ese momento una combinación de luces escarlata y ventiscas de nieve y de hielo, que se extendían al cielo incluso por encima de la muralla—. ¡Noesis! —exclamó Aioros, mientas el aterrado Caballero de Plata observaba anonadado, lo que acontecía en medio del congelado Mar Egeo—. ¿Qué está pasando? ¿Quién nos ataca? —se preocupó Aioros, y entonces lo vio—. Ese es… el niño de la Isla de Milo —se sobresaltó Aioros, mientras miraba al niño que había salido de la isla, con una fuerza de cosmos escarlata estrellándose en contra de la fuerza de cosmos congelante de Camus, quien hacia todo lo posible por mantener los ataques equilibrados, mientras se desangraba por 2 heridas punzantes en su cuerpo.
—Hay que detenerlos… —comenzó a elevar su cosmos Noesis, cuando Aioros lo detuvo—. ¿Mi señor? —se preguntó Noesis, mirando a Aioros fijamente, quien cerraba sus manos en puños, molesto, preocupado, pero firme.
—Admiro tu determinación, Noesis… —comenzó Aioros, mientras observaba la batalla fijamente—. Pero las batallas entre los Caballeros de Athena son de uno contra uno… no podemos intervenir… —aseguró, pero no dejaba de morderse los labios con preocupación—. Solo la orden directa del Patriarca podría cambiar esta regla, miró Aioros a la cima de las 12 Casas, donde el Patriarca seguramente observaba todo lo que estaba ocurriendo.
Templo del Patriarca.
—Cuando nos enfrentamos en el Anillo Medio, no sabía que eras un Caballero Dorado, Patriarca —enunció Afrodita, arrodillado frente al Patriarca, quien se mantenía pensativo ante la situación que ocurría frente a las Murallas del Mar—. De haberlo sabido me lo hubiese pensado 2 veces. ¿No se supone que hay razones importantes por las que los Caballeros Dorados no deberían de enfrentarse? Pienso que, si vas a liderar este Santuario, con mi silencio de por medio, debes ser un poco más… convincente —le aseguró.
—No necesito demostrarte nada, Afrodita. Estás conmigo o en mi contra, así de sencillo, no hay un punto intermedio —le aseguró Saga, mientras miraba la devastación que ocasionaba el choque de los cosmos de los Caballeros Dorados en el mar—. La Batalla de los 1,000 días, es la razón por la que se prohíbe a los Caballeros Dorados enfrentarse, ya que, si por alguna razón los Caballeros Dorados que se enfrentan cuentan con un cosmos a la par, entran en el trance de la Batalla de los 1,000 días, desencadenando solamente destrucción. Pero, aun así, sería imprudente de mi parte, tras recién adquirir el manto del Patriarca, el ordenar que se desobedezcan las reglas del Santuario y obligar a Aioros a intervenir —le explicó.
—No conocí al Patriarca Shion, pero estoy seguro de que siempre estaría un paso por delante de las circunstancias —prosiguió Afrodita, enfureciendo a Saga—. ¿No es esa la función del Patriarca? Si no piensa en algo, y rápido, esos 2 van a desencadenar el trance de la Batalla de los 1,000 días, y toda Atenas se va a vaporizar. Tiene que levantar la regla del combate equilibrado, o no quedará una Atenas que defender —le aseguró, y de pronto Saga lo tomó del cuello y lo levantó de improviso.
—¡No oses darme ordenes, Afrodita! ¡Puedo crear el mundo que te prometí con o sin ti! —lo miró fijamente a través de los ojos escarlata de su máscara—. Si piensas que tu silencio me preocupa, deberás replantear tus convicciones, porque puedo ganarme ese silencio a la fuerza —le insistió.
—No hay necesidad de hacer amenazas, estoy de tu lado —se molestó Afrodita, y Saga lo colocó nuevamente en el piso—. No me cabe duda de que tienes el poder de crear un mundo de paz, y te brindaré toda la ayuda que sea necesaria. Pero sin Santuario, Athena no renace, y sin Athena para que la guíes, no hay tierra hermosa. ¿Qué vamos a hacer? —le preguntó nuevamente.
—Yo… no lo sé… —se quitó el casco Saga, y descansó sobre el trono—. Si ordeno que se irrespete la regla del uno contra uno, tan solo terminaré demostrando que el Santuario está cayendo en el imperialismo, y se irrespeta la tradición. Pero si permito que una Batalla de los 1,000 días estalle… ni siquiera mi cosmos podría detenerlos… —se fastidió, mirando a los destellos de luz con ira.
Cementerios del Santuario de Atenas.
—¿Qué diantres está pasando en la Muralla de los Mares? —se quejaba uno de los soldados raso del Santuario, mientras cavaba en los límites de las 12 Casas, en un punto cercano el Reloj de Cronos, con otros soldados raso que llevaban un ataúd con un tridente tallado en la loza de roca blanca, mismo que trataban con muy poco respeto e inclusive se sentaban sobre él—. Podría estar allí viendo de primera mano lo que pasa, pero no, hay que enterrar cadáveres. ¿Por qué tenemos que enterrar a los de Poseidón también? —se fastidió el soldado.
—Porque es nuestra forma de apaciguar la ira de los dioses —le respondió un Caballero de Bronce de avanzada edad, quien llevaba una armadura en combinación de colores café y verde, y se encontraba sentado en la pose de loto en medio del cementerio, mirando a las estrellas—. No importa a la orden a que pertenezcan, se deben rendir los honores correspondientes. No hay cadáver alguno que no sea velado, ni dios alguno que no sea reconocido. ¿Es esto lo que viniste a confirmar, Caballero Dorado de Capricornio? —le preguntó el Caballero de Bronce a Shura, quien llegaba a los cementerios.
—Dasan de Indio, el cuidador de tumbas —se dirigió Shura al Caballero de Bronce, quien reverenció educadamente—. He escuchado que cumples las exigencias de los Caballeros Dorados, sin importar cuan funestas. Algunos inclusive te llaman el Exhumador de Tumbas —agregó con molestia Shura.
—Los ritos fúnebres se realizan correctamente, Caballero Dorado. Pero una vez el rito termina, el cuerpo pertenece a la tierra, y el hombre toma de la tierra lo que desea, siempre —agregó con molestia el Caballero de Bronce, quien molestaba a Shura aún más con sus palabras—. ¿Qué deseas? ¿También vienes a reclamar tu premio de un guerrero caído como el Caballero de Cáncer? ¿Ese al que llaman Máscara Mortal? —preguntó.
—Vengo a inspeccionar un cadáver… solamente eso… —fue su respuesta—. Necesito saber si el cadáver del General Marino que atacó el Santuario, tiene una herida como el corte de una espada en su brazo derecho —aclaró, mirando a Dasan fijamente.
—La Escama Marina ha sido retirada, y se ha regresado a Poseidón siguiendo los ritos ceremoniales adecuados —aclaró, pero aquella no era la respuesta a la pregunta de Shura, quien comenzó a impacientarse—. El cuerpo del difunto, ha sido tratado con los ritos ceremoniales de igual manera. Pero la exhumación solo puede realizarse con el permiso del Patriarca del Santuario —aclaró.
—Permiso que al parecer no te ha detenido antes para entregar al Caballero de Cáncer lo que sea que desea reclamar —amenazó Shura, elevando su cosmos, y los soldados del Santuario que acompañaban a Dasan de Indio, huyeron abandonando al Caballero de Bronce a su suerte—. Si el cadáver ya ha sido enterrado, dime donde está. Esa es una orden directa de un Caballero Dorado —le ordenó Shura.
—Aun siendo un Caballero Dorado, mi señor, sus órdenes no están por encima de las órdenes del Patriarca —enunció tranquilamente, lo que molestaba a Shura aún más, forzándolo a elevar su mano, y preparar su espada. Shura no temía a asesinar como Aioros pensaba, la muerte no le era desconocida, por Aioros era que había encontrado una forma más noble de vivir, pero si era por hacer su voluntad, no dudaría, así fue como bajó la mano, dispuesto a terminar con la vida de Dasan, quien, notando su instinto asesino, habló antes de que la espada de Shura pudiera bajar por completo—. Sin embargo… y pese a que los ritos ceremoniales han terminado, el cuerpo no ha sido enterrado, razón por la que no puede exhumarse. No es desobedecer al Patriarca, si se pide mirar a un cadáver que aún no ha sido enterrado. Siéntase libre de mirar —apuntó Dasan con tranquilidad.
—Por allí hubieras empezado, anciano —se fastidió Shura, y caminó en dirección al ataúd de mármol, abriéndolo, y encontrando en cadáver de Arión allí dentro, el supuesto General Marino que había atacado el Santuario, a Arles, y a Shion. Tras inspeccionarlo, sin embargo, no encontró el corte en el brazo derecho, por lo que Shura comenzó a atar los cabos sueltos—. ¿Cuál fue la causa de la muerte? —preguntó.
—Asfixia… por inhalar el polen venenoso de la fragancia del Caballero Dorado de Piscis —aclaró, y Shura comprendió que no solo se trataba de un asesino, sino que aparentemente tenía un cómplice.
—El cuerpo de Shion de Aries, lo analizaste también, ¿no es así? —le preguntó Shura, y Dasan se limitó a asentir—. Quiero que me digas la razón de la muerte de Shion. ¿Fue también por asfixia tras inhalar el polen venenoso? ¿Fue aplastado por los escombros del Templo de Athena en el que se encontraba? ¿Cuál, fue la razón? —preguntó furioso.
—Umm… no es una respuesta sencilla de dar… —confesó Dasan, y Shura lo miró con desprecio, e impaciencia—. El cuerpo de Shion… contaba con varias heridas mortales. Pero puedo deducir que todas ocurrieron al mismo tiempo, como si hubiera sido impactado por objetos contundentes en repetidas ocasiones —aclaró, y Shura cerró sus manos en puños, furioso—. Si le sirve de algo… estos objetos seguramente eran una proyección de cosmos esférica… muy contundentes… —le aseguró entonces.
—Explosión de Galaxias… —concluyó Shura, y miró a la cima del Santuario, directamente al Templo del Patriarca—. Puedes continuar con tu labor… pero prepara una nueva tumba… ya que pronto tendrás otro cadáver que inspeccionar —finalizó Shura, y comenzó el ascenso por las 12 Casas.
Lemuria, la Atlántida.
—Sentí el cosmos de esa proa en esta ciudad… es una pena que los Generales Marinos de Poseidón no hayan sido seleccionados aún, moría de ganas por enfrentarlos —exclamaba Cadmilo, mientras caminaba por la ciudad de Lemuria, con torbellinos de agua levantados por Axiorceso a su alrededor.
—Ya habrá tiempo de atormentar a los Atlantes, hermano —le contestaba la mujer, desde el interior de los torbellinos de agua, y nadando como si nada más le importara—. Siento en mi pecho la parte del alma de ese niño que le robé estremecerse. Está cerca, muy cerca —le aseguró Axiorceso, y tras haberlo hecho, flechas tornasoladas se dirigieron a su encuentro, mismas que Cadmilo notó e interceptó colocando su cuerpo envuelto en el cosmos Ctónico frente a su hermana.
—Chico listo… aparentemente ha sido bien aconsejado —se impresionó Cadmilo, mientras veía la puerta de una casa cercana abrirse, y a Mu corriendo a toda velocidad a los interiores de la ciudad—. Pero, aun si conoce tu vulnerabilidad, hermana, no deja de ser una insignificancia. Voy a destruirlo —se apresuró Cadmilo a correr tras de Mu, mientras Axiorceso transformada en un vórtice de agua los perseguía también por sobre los tejados de las casas de Lemuria, sin percatarse de que alguien más salía por la puerta de la casa de Agapa, sentada sobre una silla de madera, con un par de ruedas de hierro que Mu había confeccionado en su forja, mientras miraba en la dirección en que Axiorceso había huido, y hacía rodar su silla en la misma dirección.
—Corre tan rápido como quieras, Caballero Dorado, los Palidos no nos rendiremos hasta verte destruido —insistía Cadmilo, mientras Mu viraba en varias direcciones, ocultándose entre las casas, y desafiando a la vista de Cadmilo—. ¿A qué juegas, Caballero Dorado? No me digas que la gloriosa Orden de Athena está repleta de chiquillos llorones y débiles. ¡Ven y enfréntame! —se fastidió Cadmilo, quien continuaba con la persecución alrededor de la ciudad, con Mu corriendo aún más rápido que él, y levantando Muros de Cristal entre las intersecciones de la ciudad, que eran demolidos por el cosmos Ctónico de Cadmilo—. Pierdes tu tiempo, mocoso… todo cuanto toque mi cosmos Ctónico será vaporizado en instantes… tu Muro de Cristal nada puede hacer para detenerme —pero, aun así, Mu escapaba a la vista de Cadmilo, lo que lo enfurecía más y más—. ¡Deja de moverte! —exclamó con violencia, y de un movimiento de su mano lanzó una esfera de cosmos Ctónico escarlata, que vaporizó varias casas tras estrellarse.
—Le cortaré el paso, hermano —lo interrumpió Axiorceso, quien envuelta en sus vórtices de agua lograba elevarse por sobre las casas, persiguiendo a Mu y extendiendo sus aguas alrededor de un área por la cual Mu corría, deteniendo su huida cuando Mu terminaba pasando por las intersecciones, solo para ver un torrente de agua cortarle el paso, y tras virar en otras tantas direcciones el torrente volvía a atravesarse—. Ya te tengo, Caballero Dorado. Mis aguas hirvientes te destruirán la piel, tan solo debo aumentar su temperatura, hasta que te queme hasta los huesos —prosiguió Axiorceso, y Mu, tras verse rodeado, subió a las casas Lemurianas y comenzó a correr por sobre de ellas—. Eso no te servirá de nada, Muviano —insistió la Bestia Ctónica, elevando paredes de agua hirviente, hasta encerrar a Mu dentro de una cúpula de agua, que cada vez se hacía más pequeña, hasta que Mu quedó parado sobre un templo Atlante, con Axiorceso delante de él, y con las aguas hirvientes cortándole el paso. De pronto Mu no pudo evitar el sentir el cómo su alma le era arrebatada nuevamente, mientras miraba a las cuecas vacías en el rostro de Axiorceso, quien miraba a Mu desde el otro lado de la cúpula de agua que ya pronto rodearía a Mu en su totalidad y lo quemaría hasta la muerte—. He enfrentado a oponentes más fuertes y valientes que tú… apenas y eres una molestia —se burló Axiorceso, mientras el alma de Mu continuaba siendo consumida.
—Pero no has enfrentado a alguien tan listo como yo antes, ¿o sí? —le sonrió Mu, mientras permanecía arrodillado en el tejado de la casa, con la esfera de agua achicándose más y más—. Lástima que no puedo llevarme el crédito de matarte… —finalizó, envolviéndose en un cubo tornasolado que apenas y resistía el agua hirviente.
—¡Exorcismo Destellante! —escuchó entonces Axiorceso, y tras darse la vuelta, solo pudo ver a un Pavorreal de cosmos plateado, estrellándose contra su pecho, perforándolo. Y con sus cuencas vacías casi pudiendo expresar sorpresa, miró a lo lejos, donde una mujer envuelta en cosmos de plata, sentada en una silla de ruedas, mantenía su mano derecha extendida con su cosmos rodeándolo, mientras en la izquierda sostenía una venda para los ojos—. Jamás des por muerto… a un Caballero de Athena… bestia… —finalizó Mayura de Pavorreal, y aquello fue lo último que Axiorceso escuchó, mientras caía de la casa, con el pecho totalmente agujerado.
—¡Axiorceso! —gritó Cadmilo furioso, y toda Lemuria comenzó a temblar—. ¡Te fulminaré! —enunció furioso, y rodeándose del cosmos destructivo de las criaturas Ctónicas, que al propagarse comenzaban a destruir los alrededores, consumiéndolo todo, como un incendio que no dejaba nada a su paso—. ¿Querías conocer el verdadero poder de las criaturas Ctónicas, Caballero Dorado? —miró en dirección a Mu, quien se mostró intimidado por el cosmos tan violento de Cadmilo—. Estás por conocerlo de primera mano… —le apuntó entonces mientras se acercaba, pero tras hacerlo, vio un brillo tenue, suspendido sobre un hilo tornasolado, había más de esos hilos en todas direcciones, y alrededor del perímetro que había levantado Axiorceso. Todos los alrededores estaban rodeados por una red tornasolada muy delicada, solamente visible por las gotas que se habían quedado ancladas tras disiparse el ataque de Axiorceso con su muerte—. ¿Qué es esto? —preguntó Cadmilo curioso, aunque no dejaba de estar furioso.
—Este, es el engaño perfecto —aclaró Mu, mientras preparaba su cosmos frente a Cadmilo—. Un buen amigo y maestro, me dijo que sería una demencia intentar vencer a las bestias Ctónicas con fuerza, cuando ni el mismo Jasón fue capaz de hacerlo… pero me dijo que con astucia de mente podría hacerlo —le comentó, mirando a los alrededores, y Cadmilo hizo lo mismo—. Mientras ustedes creían que huía de ustedes, no se daban cuenta de que divertía su atención en mi dirección, permitiendo a los pobladores escapar, y por la afluencia de personas, no notaron a Mayura, quien esperó pacientemente, a que me posara en un punto específico, en el cual ella lanzaría un solo ataque, con el que tu hermana fue derrotada —le sonrió.
—Y pagarás por eso… —enunció Cadmilo, pero las redes a su alrededor no eran redes comunes, las gotas de agua que aún se anclaban a ellas estaban hirviendo, pero el hilo no se rompía—. Tu sucio truco no me detendrá —se fastidió, movió su brazo, lanzando parte de su cosmos Ctónico, Mu se cubrió, pero para fortuna del Muviano, la red atrapó el ataque de Cadmilo, dividiéndolo alrededor de toda la extensión de la red, que brilló de escarlata, y redirigió el ataque a Cadmilo, quien, impresionado, cubrió con sus brazos, pero fue impactado en tantas direcciones, que su cuerpo comenzó a cortarse, y Cadmilo comenzó a sangrar—. ¿Cómo has hecho eso? El cosmos Ctónico destruye todo lo que toca —enfureció.
—Es una fortuna entonces que no sea capaz de tocar la luz —se burló Mu, y apagó su cosmos—. Mi plan dio resultados, ya no necesito el cosmos ni la cautela. Estás derrotado, pero por mi deleite personal voy a decirte la razón —se enorgulleció Mu—. Mientras corría alrededor de la ciudad, no solo evitaba que los civiles salieran lastimados, ni forzaba a Axiorceso a salir de los vórtices de agua para que Mayura la impactara, sino que tendía una Red de Cristal —enunció, y en ese momento la red fue más visible—. La red era tan fina que no se veía bajo el agua hirviente, y tras leer el patrón de nado de Axiorceso, la coloqué de forma en que yo supiera que ella no chocaría con ella y la rompería. Pero no desatendía a tus movimientos tampoco, Axiorceso era la vulnerable de los 2, si ella salía, tu querrías estar cerca para protegerla, por eso la importancia de Mayura, tendrías tus ojos posados en mí, no verías el ataque de Mayura, pero, ¿cómo podría atacar Mayura a tan larga distancia y asestar? Solo sería posible si me dejaba acorralar, y cuando el vórtice de agua estuviera muy cerca de mí… el brillo del cielo artificial sobre las gotas que quedaban colgadas en mis redes, formarían el blanco perfecto —señaló Mu, y Cadmilo notó a sus espaldas, que las redes se entrelazaban, pero dejaban fácilmente visible un camino directo a donde Mayura se encontraba—. Matemáticas, unas muy simples, pero extrañamente funcionales. Mayura tenía un solo intento, y si veías las gotas antes de tiempo, todo estaba perdido, así que fue necesario esperar hasta el último segundo, inclusive dejándola comerse parte de mi alma, que, por cierto, ya está completa nuevamente. Pero ahora pasemos a la parte de enfrentarte a ti. El cosmos Ctónico, destruye todo lo que toca… pero nada puede tocar a la luz… —aclaró, y Cadmilo comenzó a enfurecerse—. Puede que exista una forma de tocar la luz, aposté mi vida a que el cosmos Ctónico no podía hacerlo. La luz es una radiación que se propaga en forma de ondas, no se puede tocar porque no posee una masa. La luz puede, sin embargo, refractarse al pasar por superficies cristalinas, como por ejemplo mi Muro de Cristal, que es una proyección física, que da materia a la luz, pero no deja de ser otra cosa, que un vidrio de cosmos, un vidrio con materia, un vidrio que se puede romper, a menos… que sea tan delgado que la luz lo rodee completamente, y tu cosmos Ctónico no pueda romperlo porque no puede tocar a la luz, solo refractarse sobre la red, redirigirse en miles de miles de direcciones distintas, hasta volver a su cauce, que eres tú. En otras palabras que puedas entender… tu cosmos Ctónico no toca mis redes que están rodeadas de luz, y no tiene otra alternativa que ser repelido por el laberinto de redes, continuamente, hasta regresar a un blanco en medio de la trampa, la mosca que ha caído en la red de la araña. Son simples matemáticas… y algo de longitudes de onda y compresión de la materia, solo digamos que tuve suerte, ya que sin entender las propiedades del cosmos Ctónico, intentar esto era un suicidio que afortunadamente funcionó —terminó.
—Lo único que entiendo, es que creaste una red de luz, y que no puedo, con mi cosmos Ctónico tocar la luz, ¿es eso? —preguntó con molestia, a lo que Mu respondió asintiendo—. Esa es la tontería más grande que jamás haya escuchado. ¡No puedes detener el cosmos Ctónico! ¡Y lo haré estallar para demostrártelo! —volvió a incinerar su cosmos Cadmilo, y pese a todo lo que había dicho Mu, la verdad es que no estaba seguro de que su red de luz resistiera, y comenzó a prepararse. Si el ataque de Cadmilo lograba tocar a la luz, entonces el mismo Mu sería vaporizado, Cadmilo lanzó el ataque, y tan rápido como este se desprendió de su cuerpo, la red accionó sus propiedades de luz redirigida miles y miles de veces por entre su camino de cristal, repelió el cosmos Ctónico de Cadmilo, quien estalló en una explosión de sangre cuando todo su cuerpo fue despedazado, y de no ser porque un aterrado Mu levantó un Muro de Cristal en pánico de que su plan no funcionase, se hubiera bañado en la sangre del ahora fallecido ser.
—¡Muviano! —llamó Mayura, con su venda aun en la mano—. Si la Red de Cristal no funcionaba… ¿qué te hace pensar que el Muro de Cristal iba a ser diferente? —le preguntó mientras se burlaba de Mu, quien se apenó en ese momento.
—¡Entré en pánico! ¿Feliz? —se fastidió Mu, apenándose un poco, pero se repuso rápidamente al ver la sangre manchando su Red de Cristal, misma que desfragmentó en ese momento—. Si la muerte de Alcmeón no hubiera ocurrido… esta escena me hubiera perturbado demasiado… —confesó Mu, mirando la sangre en el suelo—. Y si esta cosa hubiese continuado con vida, muchos otros hubieran muerto… ahora entiendo lo que significa el convertirse en el receptor de todos los males por ayudar a Athena a permanecer pura… el número de asesinos… no sigue siendo uno… —aceptó, y entonces cerró sus manos en puños—. Pero esa no es mi función… esa función pertenece a la de otro Caballero Dorado, mi función es la de reparar las Armaduras Doradas, y ahora que Aries ha resucitado, y que el conocimiento reside en mí, yo debería de estar listo para ir ante Athena… pero… —se molestó Mu, mientras bajaba del tejado de la casa en que se encontraba—. Manjari… —titubeó.
—Si sirve de algo… —interrumpió Mayura, colocándose la venda nuevamente—. La única salida de la Atlantida que conocemos, es de la que habló Argo, ¿no es así? —le preguntó, y Mu asintió—. Esa salida da al Monte Etna, allí en el Monte Etna es donde Cedallión espera a Mu junto a Manjari. Está de paso, no tiene por qué ser una distracción para un Caballero Dorado —agregó Mayura, cruzándose de brazos, y Mu sonrió para ella—. Saga sabe cuidarse solo, además, eso solo deja a Yuzuriha, ¿qué hay de ella? —le preguntó.
—Donde quiera que esté está mucho mejor que en Jamir —fue la respuesta de Mu, una que sorprendió a Mayura—. La maestra… ella me dijo antes de separarnos, que no se sentía con la energía de hacer el viaje de regreso… pienso que esa fue nuestra despedida definitiva, ella… simplemente no desea que yo vea sus últimos instantes —finalizó Mu, y comenzó a empujar la silla de ruedas de Mayura—. Iremos a los Pantanos de los Catoblebas, llegaremos ante Cedallión, y de ser posible, rescataremos a Manjari. Mi misión como Caballero Dorado termina allí, yo no soy el asesino por excelencia, yo soy el herrero, ese es mi lugar. Y si a Hefestos no le gusta, tendrá que decírmelo al rostro —finalizó, se retiró, y mientras lo hacía, una figura lo veía desde los callejones de Lemuria, escondida siempre en las sombras.
—Estoy orgullosa de ti, Mu —habló Yuzuriha, quien entonces comenzó a caminar en la dirección contraria—. Elegiste tu camino, justo como Shion había predicho. Puede que este camino que has elegido te lleve solamente a tragedias inimaginables… pero… si esta es tu convicción… quiero que sepas que brillarás más fuerte, que cualquier Caballero de Aries… —se retiró Yuzuriha, derramando una solitaria lágrima, en honor a su discípulo.
Monte Etna. La Forja de Hefestos.
—Sutilmente soberbio —agregó Cedallión, mirando a los interiores del magma presente dentro de la Forja de Hefestos. Manjari estaba atada a su lado, sintiéndose débil por el calor de la forja—. Lamento las condiciones del lugar, ya pronto saldremos a un lugar más… aceptable para ti… tan solo deseaba ver la determinación del Muviano —finalizó Cedallión, se dio la vuelta, y se sorprendió de encontrar a Hefestos espolvoreando algunas sales sobre Manjari, quien comenzó a sentirse mejor—. ¿Polen de Bóreas? ¿No es un tanto imposible de conseguir como para desperdiciarlas en una mortal? —le preguntó Cedallión.
—Y por eso nunca tendrás novia —se fastidió Hefestos, y Cedallión hizo una mueca—. Oye, Oribarkon estaba maldito a no poder tener hijos por la gracia de Apolo, pero a ti nadie te maldijo. ¿Cuántos años tienes ya? Me gustaría ser abuelo —sentenció.
—En primer lugar, no soy su hijo, en segundo lugar, aún soy joven, no necesito una pareja, y en tercer lugar, solo se necesitaba sacarla a los exteriores del volcán, no usar el Polen de Boreas sobre ella para que no le afectara el calor, esa cosa es lo que se pone en las manos para sacar los metales fundidos del volcán, y adivino, usted no va a ir a pedirle a Boreas que le dé más —se fastidió Cedallión.
—No, ese es el trabajo de los aprendices, anótalo en tus pendientes —sugirió Hefestos, y caminó en dirección al vórtice de magma en que se encontraba Mu—. Que venciera a Axiorceso me lo esperaba, pero a Cadmilo… esa no la vi venir. Incluso pensé que estaba exagerando al mandarlo a él —se fastidió Hefestos, y entonces Manjari estornudó—. Oh, ¿utilicé mucho Polen? Seguro tengo una franela limpia para limpiarte la nariz. Cedallión, tu capa —le pidió.
—¡Mi capa está hecha del Vellocino de Oro! —se molestó Cedallión, haciéndose a un lado—. De verdad, maestro. ¿Qué le ve a esa mujer? —se preguntó Cedallión en señal de molestia.
—Bueno, es pequeñita, sus ojos son bonitos, si nace de ustedes un Muviano al menos no se verá feo —fue la respuesta de Hefestos, que enfureció a Cedallión, y apenó a Manjari, lo que sorprendió a Hefestos—. ¿Puedes entenderme, niña? —preguntó Hefestos.
—¿Qué quieren de mí? ¿Qué quieren de Mu? —preguntó Manjari preocupada—. Mi señor Hefestos, hace muy poco que hay libertad religiosa en mi país, y aunque jamás pensé en la religión Grecorromana como una posibilidad, la conozco en cierta medida. Hefestos no es un dios malo, vengativo tal vez, pero jamás malo. ¿Por qué hace todo esto? —preguntó.
—Me agrada, será tu esposa —prosiguió Hefestos, sobresaltando a Cedallión, y avergonzando a Manjari—. Soy un dios, es mi voluntad, ya está hecho, son marido y mujer, después le aviso a Deméter, ya me debe un favor por lo de la Armadura de Géminis —aseguró.
—No vaya por allí casando a los extraños por favor, maestro —se fastidió Cedallión, y entonces notó a Manjari reverenciando en su dirección—. ¿Qué estás haciendo? —se preguntó con una ceja temblándole.
—Seré una buena esposa… —agregó de forma sombría, como aceptando su destino funesto, lo que apenó a Cedallión aún más—. Pero eso tendrá que esperar, aún si es un dios el que me lo pide, yo también tengo una petición para ese dios. ¿Podría escuchar a mi petición? —le preguntó, y Hefestos lo pensó, y se dio la vuelta, asintiendo—. Solo dígame la verdad. ¿Qué va a pasar con Mu? ¿Va a matarlo? —le preguntó.
—Si lo considero pertinente, sí —le respondió Hefestos—. Mi guerra no es contra los Muvianos, Lemurianos o Atlantes, señorita, al único Atlante que quería muerto ya murió. Lamentablemente, pasó sus enseñanzas de reparación de Armaduras Doradas al Muviano al que usted llama Mu, y eso es imperdonable. Mi misión es la de destruir a las Armaduras Doradas, esas cosas no pueden existir, solo pueden traer destrucción y muerte, serán reemplazadas por otras armaduras, mejores, más resistentes, pero más importante, sin la fuerza del Sol —señaló Hefestos, y aquello llamó la atención de Cedallión—. Si el Caballero de Aries se rinde ante mis exigencias, no, mis órdenes, no solo le perdonaré la vida, lo haré mi aprendiz, y el entregaré a un Carnero Escarlata de regalo como Armadura de Oro Rojo de reemplazo. Invado el Santuario, destruyo las 12 Armaduras Doradas, algunos mueren, pero en general todos felices —aseguró.
—Menos Athena —sentenció Cedallión, y Hefestos lo miró con desprecio—. Se lo dije antes, se lo digo de nuevo. Esta idea, por más que la piense justa, no será del agrado de Athena, ella jamás lo volverá a querer. Si insiste en seguir con esto, combatiré a su lado, moriré por usted. Pero aquí el único que terminará lastimado, es usted —le recordó.
—Bah, Hefestos no merece ser feliz de todas formas —aseguró Hefestos—. Que Athena me odie si es lo que quiere, soy un dios, y haré lo que sea mejor para los dioses. Y si ella quiere continuar renaciendo, de todas formas, no tiene otra opción que contentarse… la fecha se acerca, y yo no he comenzado siquiera a construir el cuerpo para el alma de Atenea. Así que, o renace bajo mis términos… o no renacerá jamás… —finalizó Hefestos, y miró nuevamente en dirección al magma, donde Mu encontraba una playa, una que al parecer era de la que tanto hablaba Argo—. Ven por mí, Mu… el Juicio de Hefestos se acerca —finalizó el dios de la forja.
Atenas, Grecia. El Anillo Medio.
—¡Yeaaaaarght! —resonó el grito de Camus, quien, tras ser violentamente impactado por un destello de luz escarlata, terminó siendo lanzado a una de las granjas del Anillo Medio, noqueando a un par de grajeros, uno de los cuales llevaba consigo una lámpara de aceite, que tras caérsele, comenzó a incendiar la granja en la que Camus había caído. El fuego comenzó a extenderse, y un pequeño niño que hasta esos momentos jugaba en la graja, totalmente ajeno a lo que había estado ocurriendo del otro lado de la Muralla del Mar, corrió en dirección a Camus y comenzó a intentar despertarlo—. Estaré bien… solo… vete… —le explicó, y el niño con ojos llorosos, asintió y fue a donde su padre y su madre—. Con esta… ya van 13 veces que me asesta con esas descargas que parecen agujas… todos mis sentidos están destrozados… solo me queda… el gusto… pero ya apenas y puedo hablar… y con el tacto pulverizado, solo el cosmos me mantiene en movimiento, pero este se me está agotando… —intentó ponerse de pie con la ayuda de su cosmos Camus, pero tan pronto se puso de pie, fue lanzado por otro destello, hasta casi llegar a donde el niño intentaba en vano en despertar a sus padres, y Camus cayó a sus pies, con su sentido del gusto desapareciendo, mientras el niño de la Isla de Milo, salía de entre las llamas, con un último destello en su mano.
—¡Ya es suficiente! —intercedió Aioros, colocándose frente a Camus—. Analicé todo el combate, no fue posible que entraran en el trance de la Batalla de los 1,000 días porque tus ataques son como aguijones venenosos de un Escorpión. Envenenas a tu oponente y lo debilitas mientras cortas el suministro de cosmos. Camus no lo sabía, pero poco a poco su cuerpo sucumbía a tu veneno, pero yo lo sé, y te advierto, que si entramos en conflicto, de verdad desencadenaremos una Batalla de los 1,000 días. ¿Es eso lo que quieres? ¿Entregarte al caos total? —le pregunto Aioros, preparando su arco y flecha, mismos que llamaron la atención del niño—. No me obligues a hacer esto… ya has sufrido demasiado… por favor… —le pidió Aioros, pero el niño se siguió acercando en su trance inalcanzable.
—Papá… mamá… —escuchó entonces el Caballero Dorado, y las palabras entraron en sus oídos pese al trance de batalla en el que se encontraba—. ¿Por qué no se mueven? ¿Papá? ¿Mamá? —volvió a preguntar el niño, y cuando el Caballero Dorado de cosmos escarlata lo vio, se vio a sí mismo, de escasos 5 años, parado sobre una granja en medio de la Isla de Milo. La isla estaba en llamas, la granja, los animales, las cosechas, todo había sido destruido, y frente a él estaban los cadáveres calcinados de un hombre y una mujer, abrazándose el uno a la otra, siendo consumidos por el fuego, y en ese momento, su mente colapsó.
—¿Madre…? ¿Padre…? —comenzó el niño, y de pronto comenzó a llorar—. ¿Por qué no se mueven? —estalló el cosmos del Caballero Dorado, pero esta vez era diferente, no estaba contenido en su interior como lo había estado todo el tiempo, se había desbordado, destruía todo a su alrededor—. ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Los mataré a todos! —continuaba gritando el niño, sus ojos escarlatas rotos en lágrimas, se mordía los labios y estos le sangraban, mientras su corazón, se hacía pedazos.
—Este… es el Santuario de Athena que Shion se empeñó en crear —guardó su arco y su flecha Aioros, y comenzó a caminar en dirección al niño—. Este… es el resultado de sus atroces decisiones… intenté convencerlo de que lo que hacía era inhumano, que ustedes no tenían por qué sufrir así… una parte de mí lo entendía, otra moría todos los días… ¿qué tan joven eras el día en que tomaste tu primera vida? Esto… es horrible… —se acercó Aioros, con los brazos abiertos, se arrodilló, y abrazó al niño con fuerza, y en ese momento, el cosmos escarlata se disipó—. Ya… está bien… tu padre y madre te observan desde el cielo… y ellos no querían ver a este monstruo… regresa… y crea un mundo en el cual la tragedia que te los arrebató… no se vuelva a repetir… —finalizó Aioros, llorando junto al niño, quien gritó con todas sus fuerzas, entregándose al dolor, e inclusive abrazando a Aioros de regreso, llorando en su pecho, hasta que, lentamente, comenzó a quedarse dormido—. Shion… ¿es esto lo que querías crear? —se preguntó Aioros.
—¡Papá! —escuchó entonces Aioros al niño que lloraba frente a sus padres, quienes comenzaban a despertar tras haberse desmallado por el impacto de Camus al ser lanzado dentro de su granja—. ¡Estás despierto! ¡También mamá! —continuó el niño, emocionado, y abrazando a sus padres con alegría. La imagen conmovió a Aioros, pero no tardó en recordar que la vida de Camus peligraba, y que la estabilidad emocional del niño de la Isla de Milo probablemente no era tampoco la más adecuada.
—Esto tiene que parar… —se dijo a sí mismo Aioros, mirando en dirección al Templo del Patriarca—. Y yo voy a pararlo… —prosiguió, con Camus en brazos, y con Milo dormido sobre su espalda, mientras cargaba a ambos en dirección a las 12 Casas.
Antes de que algún listillo quiera salir con: "pero FriendlyMushroom, Milo no es más fuerte que Camus", primero que nada, según el Taizen, sí lo es, según el Taizen hasta Aldebarán y Afrodita son más fuertes que Camus. Pero dejado el Taizen de lado, hay razones por las cuales Milo está en ese estado de destrucción masiva, razones que no se sabrán hasta la Saga de Escorpio. Además, no vi a nadie quejándose de Afrodita dándose de golpes con Saga, ¿o sí?
