Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Agradezco a lavida134 por su comentario.
TÚ Y YO.
IX.
Tal vez fue sin querer.
Zoë no se consideraba a sí misma como del tipo de persona que le guardaba rencor a quien se atrevía dañar a sus seres queridos, sin embargo cuando fue acercándose más y más a Cadmus se descubrió, para la sorpresa de ella, deseando que los hermanos de Cadmus no reaparecieran ya que sólo servían para herir profundamente a su hermano.
Ella no entendía cómo el orgullo llegaba a sobreponerse a las necesidades de los demás, quizá se debía a las diferentes maneras en que los criaron o vaya–saber–quién por qué. La cuestión era que no los perdonaría sólo porque se sintieran inmensamente culpables, con ansias de enmendar sus errores o el pretexto en turno que les dijera.
—Mujer, déjanos pasar. —Ella ignoró por completo el mal carácter de Antioch, se negó a apartarse de la puerta de su hogar e importándole poco o nada lo que pudiera hacerle un mago. Zoë estaba cansada, enojada y angustiada en partes iguales. Qué encanto de hermanos eran—. Iremos con Ignotus te guste o no. Así que, apártate.
—No lo haré —aseguró ella—. Le hicieron ya bastante daño a Cadmus, déjenlo solo.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Ignotus confundido— Que recuerde no le hemos herido. ¿Cierto, Antioch?
—Por supuesto que no, Ignotus. Tú no nos calumnies.
Zoë se reía sin el menor rastro de humor.
—No me vengas con esas historias, Peverell —masculló entre dientes, con la amargura evidente en su tono de voz—. Sé que ni a ti ni al otro les interesó Cadmus en el pasado. ¿En serio quieres que les crea ahora? ¿O que de pronto olvide cómo lo dejaron a su suerte a causa de aquella discusión entre ustedes? No, Peverell. No lo haré. Los dos se van a quedar alejados de Cadmus, es lo mejor para todos.
—¿Estás segura de la decisión que has elegido, Zoë? —le preguntó Cadmus sorprendido por lo que acababa de escuchar— Los conozco, sé que no les gustará… Si es que deciden regresar.
Zoë se le quedó mirando en silencio al momento en que pensaba en que esa era la razón principal por la que no quería que los hermanos Peverell volvieran a estar en la vida de Cadmus: ninguno había hecho nada producto, salvo que se mencionara obviar la existencia de su amigo.
Zoë se cruzó de brazos y asintió.
Era probable que se estuviera equivocando, que en lugar de mejorarlo terminaría empeorándolo. ¿Sería peor que antes? Zoë lo dudaba.
—No quiero que te lastimes otra vez —le dijo Zoë a Cadmus—. Sé que eres fuerte y que puedes lidiar con esto por ti mismo. No obstante, ¿crees que me gusta verte deprimido? ¡Por supuesto que no! No sé tú, pero yo he tenido suficiente.
—Te lo agradezco.
Cadmus pensaba en cómo serían las cosas si ellos nunca hubieran tenido esa pelea no obstante decidió concentrarse en el hoy, no en lo que pudo haber sido. En el fondo se sintió totalmente agradecido por contar el apoyo incondicional de Zoë, aunque a veces quisiera que ella no fuera tan impulsiva.
Cadmus sacudió su cabeza. A Zoë no la cambiaría por nada en este mundo.
—Mujer, ¡¿quién te has creído que eres para impedírnoslo?! —Antioch se quejó sacando su varita y apuntando directamente a la cara de Zoë, luego sonrió con suficiente: segurísimo que se asustaba ante la sola idea de ser hechizada, se apartaba del camino y fin del asunto; algunas situaciones eran tan predecibles.
Zoë observó detenidamente el objeto delante de ella, incrédula, conteniendo el impulso de soltar una sonora carcajada. En otro momento, hacía años, habría sufrido de un ataque de pánico. Actualmente, no la afectaba de esa manera. Por favor, Cadmus hacía sus encantamientos en cada lugar que se le daba la oportunidad, no había ningún motivo por el que tuviera miedo de Antioch.
—Honestamente no creo que atacándome ayude a que tu hermano quiera hablarte, ¿sabes, Peverell?
—Y nosotros no nos detendremos. Estoy en todo mi derecho de ver a mi hermano si se me da la gana.
Zoë alzó una ceja escépticamente.
—Esa es una postura que ambos compartimos… En distintas posiciones, como ya habrás notado.
Ignotus sacudió su cabeza de un lado a otro, habiéndose quedado sin palabras. Era totalmente peculiar la escena que se estaba desarrollando delante de él: un mago y una chica ordinaria en medio de un debate, el principal implicado sin voz o voto.
Ignotus gimió en desesperación, ¿qué se suponía que haría ahora?
Bueno, valdría la pena tratar de parar una confrontación innecesaria, pensaba. Sobre todo porque si Cadmus salía, no se pondría –en lo absoluto– feliz al ver a uno de sus hermanos peleándose con Zoë, quien suponía o era su amiga o era su novia. Él no sabía esa información.
—Zoë, Antioch. Se los pido, tranquilícense…
Ignotus se incorporó a la conversación–disputa. Los aludidos lo pasaron por alto, continuaron con su concurso de miradas; Ignotus se llevó una mano a su frente, desesperado.
Lo único que Ignotus sabía era que no tenía ni idea de cómo solucionar el altercado.
Cadmus veía la conmoción desde el otro lado de la ventana, dudando de si debía salir de la casa o quedarse adentro y limitarse a ser un simple espectador.
—Creo que debería salir pronto —murmuró Cadmus todavía indeciso.
Al igual que sus hermanos y su amiga, él quería que terminara bien esta pesadilla.
