Lo sé, he tardado meses en actualizar pero digamos que los acontecimientos me quitaron la inspiración entre tantas otras cosas. No voy a pedir disculpas porque no será la última vez que tarde seguramente y no voy a entreteneros dando excusas que no deseáis En lugar de eso os traigo un capítulo que espero disfrutéis leyendo tanto como yo escribiendo. Casi había olvidado lo mucho que amo escribir y este capítulo especialmente me ha fascinado lo suficiente como para tenerme escribiendo hasta las tantas cuando tengo que entregar un trabajo que sigue sin hacer. Pero estos son los pequeños placeres que merecen la pena.

Muchas gracias a Susan-black7, BlackAthena66, Yuuki Kuchiki, AmazonaZafrina y Mar 90 por sus reviews, cada uno construyó un pequeño pedazo de este capítulo.

Capítulo 8:

Siguiendo migas de pan

Los siguientes días pasaron en excitado silencio. Asistía a clase, comía apartada de los demás y hacía los deberes, asegurándose de tener tiempo de investigar un poco cada día, bebiendo cada nuevo dato como si del elixir de la eterna juventud se tratara y esperando pacientemente el regreso de Dumbledore. Escuchar aquella conversación le había dejado en la boca un sabor amargo a realidad. La élite mortífaga ya estaba formada, Riddle ya era amparado por el título de lord y esa misma noche, se reunirían con algún siniestro fin. Desde el mismo instante en que oyó el día y la hora en la que saldrían del colegio, supo que los seguiría fuese como fuese. El único problema era que tres días después seguía teniendo dificultades con esa parte del plan.

Por otra parte, las aristocráticas hermanas Black habían formado una cuadrilla de matonas, si es que no la tenían antes, y se dedicaban a acecharla por los pasillos como una jauría de perros hambrientos. Lo único que había evitado el enfrentamiento eran su horarios extendidos y sus jornadas intensivas en la biblioteca. Además sus aun desconocidas compañeras de habitación habían intentado destrozarle el uniforme que había dejado en un descuido sobre la cama. Lástima que la magia de los elfos domésticos lo convirtieran en prácticamente irrompible y que en un ataque de furia atacasen directamente la cama, protegida como estaba por los mejores hechizos que conocía, solo habían conseguido salir disparadas arrancando los tules en su camino y acabar con el cabello un tanto carbonizado. Habría sido gracioso si no temiese agitar aun más a las personas con las que dormía. No importaba lo buena bruja que fuera o la postura poco sana de rebeldía que había adoptado en los últimos tiempos, incluso ella veía el inconveniente de que Slytherin en su totalidad se alzara en su contra. Juntos, bien podrían hacer palidecer a un linchamiento típicamente medieval.

Esa tarde, mientras se guarecía tras una muralla de libros en la biblioteca, Erienne había hecho otra de sus sorpresivas apariciones y con una dulce sonrisa se había sentado con ella en su improvisado refugio. Entre serenos silencios y pequeñas charlas intrascendentes las horas habían ido pasando en una paz agradecida por ambas. Cuando la luz comenzó a menguar y Erienne, lista para ir a cenar, agrupó sus pergaminos para meterlos en su bolsa, Hermione la dejó ir prometiéndole que bajaría más tarde.

Una vez sola, apoyó la cabeza sobre la superficie de la mesa con pesadez. No tenía ni la menor idea de que iba a hacer para seguir al grupo de Riddle sin ser descubierta. La otra noche se había salvado en el último momento gracias al hechizo de invisibilidad. Cuando el misterioso caminante nocturno pasó bostezando ajeno a su presencia y al drama del salón, vio su oportunidad de escabullirse escaleras arriba hacia la relativa seguridad de su dormitorio. El ostentoso silencio de la sala común no le auguraba nada bueno al pobre desgraciado. Para cuando llegó a su habitación y cerró la puerta, los efectos del conjuro habían desaparecido por completo. Era demasiado limitado para serle de utilidad, su efecto duraba apenas unos minutos y ni siquiera la hacía completamente invisible. El único medio capaz de tal proeza era la capa que Harry había heredado de su padre. Si hubiese tenido más tiempo habría podido elaborar una poción multijugos, pero era impensable conseguirla en tres miseros días... las opciones más que limitadas, eran inexistentes.

Un carraspeo molesto, más similar al bufido de un gato, la sacó de su ensimismamiento y ligeramente avergonzada alzó la cabeza para encontrarse con el motivo de sus desvelos. La sonrojada expresión de sorpresa en seguida dio paso a una mueca agria al encontrarse con el ceño fruncido de Tom Riddle.

- ¿Si? -estiró los labios con tirantez en una burla de sonrisa.

- ¿Estás intentando fusionarte con la mesa o acaso acabo de interrumpir tu amago de vida social, Granger? -preguntó como única respuesta.

- ¿No tienes nada más que hacer que interesarte por lo que hago o dejo de hacer? -espetó bruscamente.

- Trataría de alegrar tu patética existencia al margen de la sociedad diciéndote que alguien tiene que hacerlo y nadie mejor que yo, pero ambos sabemos que la única razón por la que me relaciono con un ser de tal calaña es porque al viejo diablo se le ocurrió convertirme en tu niñera...

- Riddle, ¿ese monólogo interior tuyo tiene alguna finalidad o solo es que te aburrías de hablar solo? -lo interrumpió fingiendo un bostezo y atrincherando su mirada en el libro que tenía delante.

Claramente ofendido por su interrupción agarró con saña su varita e hizo rechinar la silla que la muchacha tenía enfrente para sentarse con toda la elegancia ante la expectante mirada de media biblioteca.

- Granger, tengo una paciencia limitada y no querría estar en tu pellejo cuando esta se acabe -aclaró en un suave murmullo.

- Riddle -Hermione alzó la vista dejando atrás toda chanza y adoptando un tono serio.- Soy consciente de mi posición pero eres tú el que insiste en buscarme. Di lo que tengas que decir y vete a hacer lo que sea que hagas en tu tiempo libre. -Torturar muggles, por ejemplo.

- Una vez más olvidas que si me relaciono contigo es porque te consideran lo suficientemente estúpida como para necesitar una guía más completa que un simple mapa...

- Más allá de que te consideres a ti mismo un pergamino parlante, pareces disfrutar de tu papel lo suficiente como para no ir al grano cada vez que tienes que decirme algo -lo volvió a interrumpir ella alzando una ceja.

- Lo haría si tú dejaras de interrumpirme -exclamó él pasando el insulto de ella una vez más.

Hermione, que ya se disponía a hacerlo nuevamente cerró la boca y lo miró cavilante, sopesando sus palabras. A regañadientes aceptó que tenía razón y en lugar del comentario sarcástico que pugnaba por salir de sus labios dijo:

- Esta bien, ¿qué quieres, Riddle?

Él aun tardó un rato en contestar, analizándola escéptico ante ese nuevo cambio.

- Tus horarios, tienes que decirme las asignaturas que has escogido -dijo tranquilamente observando como abría los ojos sorprendida. La muy cretina lo había olvidado.

- Cierto, es verdad... -murmuró revolviendo los múltiples pergaminos que la rodeaban mientras el prefecto esperaba pacientemente.

La castaña, alzó al fin una hoja arrugada con nerviosismo y se la entregó sonrojada por sentirse pillada.

- Aquí están, olvidé entregártelos -comentó en tono de disculpa mordiéndose el labio.

El slytherin cogió la lista que le tendía con una mueca de asco y la repasó poco convencido.

- Tenías que decirme las que querías cursar no las que no -escupió molesto.

- Son las que voy a cursar -lo retó ella con la mirada fija para sorpresa de él.

- ¿Todas estas? ¿?

Hermione sintió como le hervía la sangre.

- Si, Riddle, yo, ¿algún problema?

- Son demasiadas, más del doble de la media y, además, más avanzadas que la mayoría. No puedes con un programa así, Dumbledore no lo va a permitir y no voy a andar persiguiéndote por los pasillos para que rehagas tu horario... o peor, para ayudarte con él -escupió con el ceño fruncido.- Tendrás que hacerlo de nuevo, coge asignaturas más sencillas... adivinación, por ejemplo.

La joven, que había permanecido callada durante ese degradante discurso sintió como un tic se instalaba en su ojo derecho y tuvo que contenerse para no ladrarle que era la bruja más brillante de su generación, prefecta honorífica y amiga del niño-que-vivió-para-patearle-el-culo.

- No te preocupes, yo veré si puedo o no con él y yo misma se lo llevaré al profesor Dumbledore. Así que despreocúpate, Riddle -le informó apretando los dientes y cuando vio que abría nuevamente la boca para seguir ofendiendo a su intelecto lo frenó en seco en un tono de voz más alto del apropiado para una biblioteca.- Si no tienes nada más que decirme puedes irte, tengo cosas que hacer.

Con una última mirada ofendida concentró su atención en el libro que había abandonado minutos antes. Se centró con intensidad en un párrafo al azar hasta que comenzaron a dolerle los ojos y recordó como se pestañeaba. Sentía no solo la mirada de media biblioteca en su rostro, sino también la del idiota de Riddle que parecía debatirse entre matarla allí mismo por ese desplante público, contestar como siempre lo hacía o irse de allí libre de su carga al fin.

Sabiéndose observado por docenas de alumnos se levantó con toda su alta elegancia fijando ambas manos con firmeza en la mesa y acercando su rostro a la muchacha para que solo ella pudiera escuchar lo que estaba a punto de decir.

- Vas a disculparte ahora mismo y de ahora en adelante tendrás el cuidado de evitarme.

Molesta, cansada, y consciente de que no lograría que se fuera sin evitar un nuevo enfrentamiento, cerró con fuerza el libro e irguió la cabeza con tranquilidad fingida.

- No he hecho nada por lo que deba disculparme -respondió con desdén- y si no quieres encontrarte conmigo vas a tener que ser tú el que se esfuerce en evitarme.

Estaba cerrando la boca para dar por finalizada la conversación y recoger sus cosas cuando una idea diabólica y poco sana pasó por su cabeza.

- Y déjame decirte que si para ti soy lo suficientemente importante como para necesitar evitarme... para mi, tú no lo eres -lo machacó tras una pausa dramática.

Con suficiencia se levantó, guardó sus cosas y recogió los libros para dejarlos en su lugar ante la atónita mirada del prefecto. Sin devolvérsela, se alejó de allí sabiéndose vengada.

Tom, por su parte, vio como su figura se alejaba con un suave contoneo victorioso mientras los susurros jocosos llenaban el recién recuperado silencio de la biblioteca. Volviéndose a enfrentarlos con una mirada incendiaria que a más de uno le provocó escalofríos siguió como un toro embravecido a la slytherin que ya se había perdido de vista entre las estanterías.

Varita en mano, recorrió el polvoriento pasillo guiado por un instinto poco menos que homicida mientras los ojos desorbitados de sus compañeros se iban quedando atrás. Con furia dejó atrás la sección de Herbología al completo y después, la de Aritmancia, Runología, Adivinación y todas y cada una de las estanterías, pasillos y recodos de la biblioteca hasta la Sección Prohibida y todo, sin lograr un maldito atisbo de Granger. El paseo, lejos de ayudarlo a despedir adrenalina parecía haberla reconcentrado toda en su mente consiguiendo que el aire que lo rodeaba comenzase a electrizarse a consecuencia de la magia que amenazaba con desbordar. Necesitaba descargarla o, en cualquier momento, haría estallar una estantería en mil pedazos. Hacía años que su autocontrol no lo traicionaba de semejante forma pero esa impura habría resultado un desafío hasta para un santo y él estaba lejos de ser uno. Frustrado y exudando magia por cada poro recorrió el último pasillo de la biblioteca como un león enjaulado sintiendo que su presa había conseguido burlarlo por enésima vez desde que se conocían. Cuando la pétrea e infranqueable pared desnuda lo recibió, sintió deseos de darse de cabezazos contra ella. Esa estúpida chica lo irritaba como nadie en toda su existencia. Sintiendo como el mágico picor de sus manos se convertía en un temblor que le llegaba hasta los hombros se apoyó contra el muro, descargando su magia en las milenarias piedras y dejándose caer sobre los adoquines del suelo. Cuando el ambiente dejó de chisporrotear, cerró los ojos e intentó relajarse y recuperar el control sobre si mismo dejando la mente en blanco.

A unas pocas estanterías de distancia, Hermione continuaba colocando cada libro en su lugar ajena al drama del slytherin. Sin prisa, depositó el último tratado de Historia de la Magia que había leído ese día sintiendo que su investigación no llevaba a ningún lado. Con mimo acarició los tomos que la rodeaban decidiendo cual sería su próxima elección, no le apetecía bajar a cenar al comedor pese habérselo prometido a Erienne y en pocos minutos sabía que tendría la biblioteca entera para sí. Escogió un par de títulos al azar y se encaminó de vuelta al área de lectura cuando un gruñido la hizo detenerse. Con curiosidad, siguió el sonido y la retahíla de blasfemias que lo acompañaron a los pocos segundos. No había dado muchos pasos cuando, tras girar un recodo, se encontró con la inconfundible figura de Riddle repandingada contra la pared, maldiciendo con los ojos cerrados. Ella lo observó indecisa, dividida entre su natural predisposición a ayudar a todo ser viviente y su instinto de supervivencia. Durante unos segundos se quedó allí de pie, observándolo en silencio sin saber que hacer, pero a fin de cuentas, pensó a regañadientes, se trataba de Tom Riddle, y todo lo malo que pudiera pasarle a él era bueno para ella y para el resto de la humanidad. Estaba a punto de girarse para desandar el camino y salir de allí cuando él, como si le hubiera leído la mente abrió los ojos y los fijó en ella como un gato ofuscado. Más convencida que nunca de que la opción correcta era salir pitando de allí se quedó estática bajo el escrutinio de esos orbes oscuros que prometían torturas aun por inventar.

- -acusó él ante la confundida joven que le devolvió la mirada sin comprender.

Hermione permaneció ahí dejando que la escudriñara sintiendo como un ataque de hilaridad sin sentido comenzaba a recorrerle las entrañas hasta hacerle temblar el labio. Era ridículo, el azote del mundo mágico era un personaje sumamente ridículo y en ese momento la miraba con ganas evidentes de matarla pero sin poder moverse aparentemente. Sabiendo que arriesgaba de forma innecesaria el pellejo, pero igualmente se atrevió a preguntar:

- Riddle, ¿te encuentras bien? -lo que pareció provocar una nueva retahíla sin sentido por parte del joven que volvió a cerrar los ojos respirando sonoramente.

Con pasos vacilantes y la varita preparada escondida bajo la túnica, la castaña se fue acercando. Cuando estaban a poco menos de cuatro metros se percató por primera vez del ligero temblor que lo recorría y volvió a preguntar, esta vez más preocupada...

- ¿Riddle? ¿necesitas ayuda? - se mordió el labio sin saber si se la ofrecería de darse el caso.

- Granger, más te vale largarte ahora mismo o para cuando vuelva ese viejo estúpido solo quedarán de ti tus cenizas... y créeme -abrió los ojos pronunciando con fuerza.- Nada me gustaría más.

Ella, sacando la varita despreocupadamente y perdiendo cualquier sentimiento caritativo hacia su persona se limitó a contestarle para nada sorprendida.

- Riddle, no lo dudo, pero si algo me pasara, ambos sabemos quien sería el principal sospechoso y esta vez -aclaró con fijeza- no te serviría de nada lamerle el culo a ningún profesor.

Él se limitó a seguir contemplándola esta vez con un nuevo matiz analítico.

- A ti no te gusto -paladeó pensativo.

- Acabas de expresar tu intención de incinerarme -respondió ella a pesar de que no era una pregunta.- Claro que no me gustas.

- No es eso -ahora la miraba como si fuera alguna clase de experimento de gran interés, cosa que encendió todas las alarmas de la castaña.- Desde el principio has tenido una actitud extraña, desconfiada, retadora e incluso bipolar... y me pregunto, ¿Por qué?

Su tono, más que pedir respuestas parecía exigirlas. Por su parte, Hermione no sabía bien como proceder, lo cual ya era habitual cuando se trataba de Tom Riddle.

- Si no te pasa nada supongo que ya puedo irme -evadió drásticamente retrocediendo unos pasos sin atreverse a darle la espalda.

Riddle, comenzó a erguirse apoyándose en la pared ya mucho más tranquilo. Había descargado el equivalente mágico a una bomba nuclear en los muros del castillo y era capaz de pensar con claridad. Como ella bien decía, no podía hacerle daño, ni mucho menos matarla, sin que las sospechas recayeran en él, y aunque tentador, había cosas mucho más importantes. Era una simple cuestión de tiempo que ella se diera cuenta de quien era él y comenzase a temerle. Una vez que el miedo hiciera su trabajo sería mucho más fácil hacer con ella lo que quisiera.

- Algún día, Granger, comprenderás el error que has cometido al retarme -le sonrió sibilinamente. Era el heredero de Salazar Slytherin y esa niña andrajosa e impura jamás podría ponerse a su nivel por más que lo intentara, quizás fuese hora de aclarárselo también.- No sabes con quien estás hablando.

Hermione, sintiendo que al fin dejaba ver su verdadera naturaleza se atrevió a analizarlo en profundidad por primera vez desde que lo había conocido. Vio a ese joven atractivo y seguro de si mismo que estaba dispuesto a llevar ese deseo de juventud de comerse el mundo a niveles demasiado literales en el futuro y no pudo sentir nada más que lastima por el terror y dolor que iba a causar a su paso. Lo miró directamente a los ojos, sabiendo que a esa distancia bien podría volver a intentar entrar en su mente, y no encontró un solo resquicio de miedo en su interior. Ella, muy a pesar de lo que él pensaba, si sabía de lo que era capaz. Lo había sufrido en lo que más quería y el vacío que había dejado dejaba poco lugar al miedo. ¿Al miedo a qué, en primer lugar? No podía quitarle ya nada más que ella no estuviera dispuesta a perder.

- En eso te equivocas Riddle, se con quien estoy hablando y de lo que eres capaz más que nadie en esta escuela -soltó desapasionadamente.- Hace unos días dijiste que no había nadie como tú. En realidad, existe y anda causando el terror por Europa adelante. Eres tú el que no conoce a nadie como yo.

Esto, tuvo el poder y privilegio de dejar totalmente estupefacto a Tom Riddle que solo pudo atinar a ver como se alejaba por segunda vez ese día, llevándose su sosiego con ella. ¿Quién diablos era?

Como un autómata la siguió, olvidando ya su intención de hacerle daño, de vengarse. En ese momento si había algo que ansiaba más que cualquier otra cosa en el mundo, eran respuestas al enigma que ella representaba. Respuestas que ella tenía y quería. Respuestas que tendría de una forma u otra.

- ¡Granger! – la paró sin miramientos cogiéndola del brazo y estremeciéndose ante el cosquilleo de su magia.- ¿Qué has querido decir?

Ella dejó de andar sin tratar de resistirse, sintiéndose vacía de cualquier sentimiento. La única respuesta que obtendría Riddle sería su silencio. Apretó la varita y dejó la mente en blanco preparándose para enfrentarlo. Por ahora, era la única resistencia mental que podía ofrecerle. Por ahora. Eso iba a cambiar.

- ¡Granger! -exclamó de nuevo obligándola a voltearse.- ¡Respóndeme! ¿Qué has querido decir con eso?

Ante la no-respuesta de ella la zarandeó con violencia dispuesto a hacer cualquier cosa por obtener lo que quería. Con un ágil movimiento, más de lo que la joven había esperado, alzó la varita dispuesto a lanzarle un legeremens que barriera su mente. Estaba pronunciando el hechizo cuando los apresurados pasos de la bibliotecaria lo frenaron en seco. Su agitada voz llamándolos se oyó a través de los muros de estanterías que los alejaban de ella. Entre amenazas de enviarlos al despacho del director por hacer demasiado ruido y aclaraciones innecesarias sobre el horario de la biblioteca, se iba acercando cada vez más a donde ellos se encontraban. Dispuesto a lanzarle una maldición si era necesario, Riddle se volvió nuevamente hacia su acompañante para encontrarse con la sonrisa descarada de ella ante su salvación inminente.

Con furia, la empujó contra una estantería tapando con sus brazos cualquier vía de escape y dejándolos sin querer en una situación nueva para ambos.

Ella perdió toda serenidad ante su cercanía a pesar de que ya no la apuntaba con la varita mágica. Lo miró sorprendida con los ojos desorbitados y el aliento en la garganta. Estaba demasiado cerca. A través de la conmoción que embargaba su mente, su cuerpo parecía cobrar vida ante su cercanía. Podía sentir el calor que desprendía a través de las ropas, la sugerente fragancia que irradiaba de su piel como la niebla del lago y, por encima de todo, la magia descontrolada que erizaba el ambiente y su piel, envolviéndolos en una burbuja de alta tensión.

Los ojos oscuros la taladraban sin compasión exigiendo respuestas, pero sin intentar leer de nuevo su mente, aunque bien sabía que podía hacerlo sin varita. Ella lo miraba como un conejo asustado y él, lejos de aprovecharse de la situación, se sentía cada vez más confuso. Sentía el manto de su magia desplegarse entorno a ambos, girando en torno a ella, rozándola y erizándola, pero no dañándola como hubiera sido lo lógico. Los orbes de ella parecían llamarlo como miel derramada, tejiendo el embrujo en el que en más de una ocasión había estado a punto de caer y sus manos, apoyadas a los lados de su cabeza, picaban con un deseo que él mismo no atinaba a comprender. Su cercanía, lejos de desagradarlo como sería lo más usual y sin duda correcto, lo embriagaba. Era como si su mismísima esencia lo llamara.

Sus dedos rozaban las suavidad de sus indomables rizos, el aire era espeso, bañado por la fragancia inclasificable que emanaba del cuerpo de la joven y le traía recuerdos de la niñez sobre pequeñas flores blancas, mientras que su cuerpo, su propio cuerpo parecía irradiar un calor asfixiante dominado por una tensión totalmente nueva que saltó como la alarma de un reloj cuando ella, que parecía sometida a una tortura similar, pellizcó su labio inferior con los dientes. Sus ojos, que hasta el momento habían permanecido atados con cadenas de acero a los de la joven, abandonaron su hechizo solo para caer en uno infinitamente peor, el de sus labios. Guiado por una necesidad primigenia fue dejando atrás el poco espacio que los separaba hasta quedar a la distancia de un suspiro, decidido a descubrir el enigma que parecía entrañar sus labios. Sus alientos se entremezclaron con un jadeo que los llevó a la más absoluta locura.

Solo el sonoro chillido al otro lado de la estantería sobre la que se apoyaban los hizo emerger de la demencia que había dominado y adormecido sus cerebros. Con un respingo pasmado ambos cobraron conciencia del lugar en el que se hallaban, de quienes eran y de lo que había estado a punto de suceder. Riddle se apartó de ella como si quemara, mirándola espantado. Hermione se quedó boqueando como un pez más confundida de lo que había estado alguna vez en toda su vida mientras su cerebro tomaba las riendas de nuevo y negaba lo que había ocurrido y, sobre todo, lo que no había ocurrido. Más conscientes que nunca de la cercanía de la mujer sus cuerpos se pusieron de acuerdo para moverse al mismo tiempo, perdiéndose entre las estanterías. Escapando de la bibliotecaria, de la situación y de ellos mismos.

El villano voló escaleras abajo con el ánimo de un basilisco, totalmente desequilibrado. Nuestra protagonista, salió como pudo de la estancia y se dejó caer con la conciencia de una piedra unos muros más allá, rezando para comprender lo que había pasado.

Riddle entró en el Gran Comedor hecho una furia, mirando paranoico a todos los que allí estaban. Le tomó su mayor esfuerzo de concentración y actuación el sentarse entre sus compañeros y firgir su indiferencia habitual. Con ojos todavía desbordados miró sin hambre el estofado que había aparecido en su plato. Acababa de tener un episodio de locura transitoria. Uno que debía analizar a conciencia. El amplio abanico de posibilidades que explicaran lo inexplicable solo le ofreció otra respuesta aceptable pero igualmente dramática. La impura lo había hechizado. Quizás había empleado algún tipo de confundus. Aunque también cabía la posibilidad de que fuera descendiente de una veela al igual que Dolohov. Llevaba años viendo sus patéticos despliegues de magia ante cualquier chiquilla que deseara. Eso explicaría... Absolutamente nada, puesto que él jamás caería en un truco tan bajo. Aunque tampoco había hecho ni vivido jamás nada semejante. Solo sabía una cosa. Iba a destripar a esa estúpida cuando averiguara lo que había hecho.

Hermione seguía sentada en el suelo del desierto pasillo, el frío de la piedra se clavaba sin compasión alguna en su carne y le daba un atisbo de realidad que había perdido durante su encuentro con el slytherin. No entendía que diablos había ocurrido, solo sabía que no era normal. Difícilmente se sentiría atraída por él por más que fuese un despliegue de belleza masculina. Ella sabía quien era y eso jamás se podría borrar. Había sentido como sus esencias mágicas revoloteaban descontroladas midiéndose y aceptándose. Lo más preocupante e inaudito. No sabía que eso podía suceder hasta que lo había vivido y se sumaba a la cada vez más larga lista de enigmas por resolver que había compuesto desde su llegada.

Por otra parte, podía entender esa reacción física, si se esforzaba. Solo era el resultado de una cercanía física a la que no estaba acostumbrada. Se había sorprendido y asustado. Nada más. Claro que el hilo de racionalismo que llevaba de ese razonamiento a su cordura se cortaba en el mismo instante que comenzaba la actuación de Riddle y recordaba su cercanía y el aliento sobre su boca.

Exasperada con él y consigo misma hundió la cabeza entre sus piernas, cerrando los ojos. Ojalá con ese simple hecho se pudiera borrar todo lo acontecido. Pero por más que apretara los párpados hasta el dolor eso no iba a ocurrir. Así que tomó fuerzas, inspiró un par de veces y comenzó a levantarse del suelo. No era como si pudiera pasar allí toda la noche.

Ese último pensamiento le recordó lo que había estado esperando durante días. En un par de horas los mortífagos se reunirían y ella debía averiguar para qué. Claro que si antes tenía cierta incertidumbre sobre el cómo, ahora podía sumarle las ganas de no volver a ver el rostro de Riddle en lo que le quedara de vida. Con un poco de suerte solo se repartirían sus mascaritas de mortífago y se libraría del peso de contemplarlo. Aunque Voldemort nunca se había llevado máscara hasta donde ella sabía, pensó rechinando los dientes. Cada vez más frustrada comenzó a bajar las escaleras hacia las mazmorras mientras su mente seguía perdida en cualquier ridícula teoría que la hiciera olvidar ese maldito momento.

Cuando al fin llegó a su sala común se alegró de verla totalmente deshabitada y con expresión analítica se decidió a echarle un vistazo. Con eficiencia fue descorriendo los tules y tapices que tapaban las entradas solo para encontrarse con varios pasillos idénticos al que llevaba a su habitación. No había ningún pasadizo a la vista que pudiera conducir al exterior. A no ser que estuviera en el piso de las habitaciones masculinas pero aun así lo dudaba. De existir algo semejante apostaría a que se encontraba en esa misma estancia, pero posiblemente no lo encontraría ni aunque buscara durante mil años. Con un poco de suerte tendrían la deferencia de salir por la puerta principal pensó con sorna sentándose con pesadez en un de los ricos sillones. Acomodando su cuerpo tuvo que conceder que eran mucho más cómodos de lo que parecían a simple vista. Con desapasionamiento empezó a concebir un raquítico plan que bien podía llevarla a una muerte segura. Pero no podía hacer nada mejor sin más datos. Futuros asesinos a no, no dejaban de ser unos simples adolescentes y no podía imaginar que hicieran algo más esplendoroso que conjurar alguna oda malinga en el Bosque Prohibido, con la cara pintada y dando ridículos saltitos entorno a una hoguera. Que equivocada estaba.

Minutos antes de que el gran reloj marcara las once, cuando el castillo se había sumido en el sepulcral silencio de la noche, se deslizó como un fantasma por la puerta de su habitación, recorriendo el oscuro corredor y bajando las escaleras protegida por un hechizo para insonorizar sus pasos y una capa negra que había sido un espantoso tul en otra vida. Había encontrado una fuente inagotable de nuevas prendas de vestir.

Sigilosamente se acercó a la boca del pasillo tratando de distinguir algo entre la mata de tules que también allí crecían. Durante largos minutos no pudo más que aguardar pegada a la pared acompañada únicamente por el silencio y la penumbra de esa inquietante noche sin luna. Cerró los ojos y trató de normalizar la respiración inspirando lentamente, preparándose mentalmente para la tarea que había de realizar esa noche. Sintiéndose como la protagonista de una película de espías de serie B, no tardó en escuchar la cadencia de los pasos que se acercaban a la sala. Alarmada, se apresuró a susurrar el mismo encantamiento de la noche pasada, entregándose a las taciturnas sombras que acariciaron su cuerpo dándole la bienvenida a su tétrica morada y tejiendo un manto de oscuridad sobre él. Cuando la estancia comenzó a bañarse por el suave murmullo de los primeros discípulos del señor oscuro, comprendió con alivio que bajaban por un corredor diferente. Más tranquila, atinó a ver como la sexta y última figura salía con paso seguro por una de las entradas que había visto esa misma tarde. A través de los tenues cortinajes observó como los seis se reunían y comenzaban a mascullar algo ininteligible. Traicionados por sus nervios, todos parecieron saltar sobre si mismos cuando una séptima figura se acercó desde el lado contrario del salón con mucho más sigilo del que habían demostrado sus congéneres. El silencio contrito con el que lo recibieron y la rápida pero elegante reverencia que le dedicaron despejaron cualquier duda que pudiera albergar sobre la identidad del séptimo hombre. Sin prestarles mayor atención, les indicó con una seca orden que lo siguieran a través del cuadro del caballero oscuro que custodiaba la entrada a su casa. Con el ceño fruncido, Hermione observó como los presuntos mortífagos iban deslizándose uno a uno por el hueco de la pared como infantes siguiendo a su maestro. Sintiendo los nervios a flor de piel esperó a que el último de ellos atravesó la abertura para salir de su escondrijo y lanzarle un silencioso hechizo rastreador. Así, oteando a su alrededor para cerciorarse de que no había nadie más se fue acercando lentamente a la abertura para poder divisar como se perdían entre las brumas de las mazmorras. Hubo de esperar aun unos segundos para convencerse de que estaban lo suficientemente alejados como para no percatarse de su presencia y aventurarse a salir de la sala común, colándose por el pequeño espacio que el cuadro aun no había dominado. Sintiendo que caminaba hacia su aciago final, siguió el hilillo que tiraba de su varita revelando el camino que habían tomado sus involuntarios compañeros nocturnos rezando para que nadie la descubriera. Iba a ser una larga noche, no cabía duda.

Los angostos pasadizos que ya de día resultaban temibles por la noche se convertían en oquedades cavernosas y amenazantes en las que la luz parecía ser un lejano sueño. De ser más creyente, la joven quizás hubiera caído en la tentación de pensar que caminaba hacia la entrada del inframundo y que las burlescas gárgolas que le enseñaban sus fauces no eran más que sus milenarias guardianas. Afortunadamente, su analítica mente iba más allá del miedo irracional y primitivo a la oscuridad. Caminaba muy lentamente con cuidado de no caer de bruces, consciente de que los verdaderos monstruos que ocultaba esa noche eran los mismos que voluntariamente perseguía. Durante una lógobre eternidad de escasos minutos solo pudo orientarse con sus propias manos, palpando paredes, tapices y vacíos con obstinación. Solo cuando casi tropezó con unas escaleras que parecían ascender desde las mismas entrañas de la tierra comprendió donde se hallaba. Con tiento escaló peldaño a peldaño hasta que el rastro mágico la hizo detenerse en el rellano, confirmando sus teorías al arrastrar la mano por la conocida escultura que dominaba el lugar. A pesar de que no alcanzaba a ver más que sus rasgos desfigurados por la oscuridad, su experta mano pronto descubrió a la bruja que protegía uno de los pasadizos que conducían a las afueras del pasillo y que tantas veces había usado ella misma acompañada por sus amigos durante sus aventuras. Más tranquila al conocer tanto su posición exacta como su destino, despejó la entrada con un sutil movimiento de varita y dejó que las sombras se la tragaran una vez más.

Con facilidad sorteó los obstáculos del camino, que serpenteando bajo los terrenos del colegio, la llevó a una boca de aire fresco y pálida luz nocturna. Ahora con más cuidado, se acercó a la salida del túnel buscando algún rastro de las siluetas de los mortífagos. Ese sería quizás el momento más peligroso de la noche pues desconocía si alguno de ellos estaba allí, oculto entre la maleza, custodiando el pasadizo. Solo podía saber en que dirección caminaba uno y al menos eran siete. No obstante, habría sido una cobardía imperdonable y una pérdida de tiempo rendirse en ese punto y tomando aire, se caló la capa y salió al frío de la noche dispuesta a enfrentar a su destino de cualquier forma en que este decidiera presentársele.

Una vez fuera, fue recibida por el puñal de una de las primeras heladas otoñales que anunciaban la cercanía ya del invierno. Sin perder un solo instante contemplando el paisaje, se refugió tras la corteza de uno de los árboles que protegían la casa del guardabosques y esperó a escuchar algo mientras sus ojos escaneaban con tesón los alrededores que parecían solo perturbados por la viva serenidad propia de la noche. Con un nudo en la garganta, observó el camino que se perdía junto con las huellas mágicas por parajes mucho menos tranquilizadores. A unos metros de distancia el bosque prohibido se abría ante ella en toda su terrorífica grandiosidad. Si había un lugar en el mundo en el que jamás pondría su pie voluntariamente y mucho menos de noche, era aquel. El mismo en el que comenzó a adentrarse con pasos trémulos.

Mientras su mente componía un cántico a todas las criaturas que sabía poblaban esa tétrica exuberancia de formas negras y retorcidas y niebla fantasmal, comprobó que la señal se había detenido al fin y por primera desde que comenzara esa excursión sintió que existían seres más peligrosos que aquellos a los que perseguía. Sensación que fue cáusticamente confirmada por el lejano aullido de un lobo. Apurando el paso y sorteando toda suerte de árboles, arbustos y piedras en una oscuridad tan enraizada que ni el firmamento parecía atreverse a romper, se fue acercando al dudoso claro en el que los muchachos se habían parado moviéndose como un silencioso fantasma de escollo en escollo y de tronco en tronco.

En mitad de un pedregoso círculo solo suavizado por el frágil forraje grisáceo, siete altivas figuras se disponían entorno a una masa oscura difusa entre las lenguas de la neblina. Con el ceño fruncido, Hermione se acercó al último tronco y protección visual que el bosque podría ofrecerle solo para comprobar que la forma postrada era en realidad un cuerpo humano inerte. Temblando por dentro no pudo más que seguir observando, lamentando que la distancia le impidiera escuchar lo que decían.

Siguiendo el mágico mandado de una mano alzada, el destartalado cuerpo pareció cobrar vida con espantosa claridad. Un ligero temblor semejante a la vibración de una polilla embargó su cuerpo seguido a los pocos segundos por un movimiento espasmódico mucho más violento que acabó cuando la figura abrió la cavidad de la boca para lanzar al cielo el sonido más escalofriante y menos humano que la joven hubiera escuchado en su vida. Clavando los dedos en la corteza, casi se abrazó al árbol mientras se obligaba a seguir contemplando el macabro espectáculo, pues los chicos, lejos de tratar de acallar a la mugiente criatura, sonreían disfrutando de la que sería su ópera prima. Durante largos minutos la dejaron allí, gritando como si se estuviera desollando por dentro mientras se retorcía por el suelo incapaz de dominar su propio cuerpo y ella, agazapada en la noche, protegida por la oscuridad y armada con una varita, permaneció quieta y silente, mientras sus propias entrañas se retorcían, protestaban y comenzaban a pudrirse ante esa condena ya conocida. La de ver y ser incapaz de remediar lo inevitable.

Sintiendo que no tenía derecho a llorar, casi agradeció cuando las siete figuras alzaron a la vez la varita, en mística simetría, derramando sendos chorros resplandecientes que fluyeron hasta el epicentro del círculo, allí donde agonizaba el octavo eslabón, componiendo una ambigua estela que poco a poco fue cobrando la afilada precisión de una estrella de siete puntas, un septograma de extremos cada vez más agudos y centro más estrecho. Detestando su horrenda clarividencia, supo con espantosa exactitud lo que ocurriría cuando el halo verde lo tocase. Como un anillo que se cierra sobre si mismo, fue rodeado por la espectral magia antes de comenzar a ser engullido por ella. Los chillidos, que parecían volar en un carrera desenfrenada hacia su punto álgido, pasaron de ser perturbadores a simplemente insoportables. La joven, cediendo a la tentación de cerrar los ojos, hubo de taparse los oídos con las manos temiendo que le estallarían los tímpanos en cualquier momento. Durante unos segundos de larga agonía en los que a punto estuvo de lanzarle un hechizo insonorizador, sintió como la voz se alzaba más y más alto hasta llegar a las copas de los más altos pinos. Justo cuando pensaba que no podría aguantarlo por más tiempo, el sonido se extinguió engullido por el viento dejando el claro bañado solo por el murmullo de los árboles. Fue en ese momento, escuchando la silenciosa aprobación de la naturaleza del lugar, exhausta y sudorosa, cuando comprendió que había algo maligno enraizado en aquel paraje y sintió verdadero terror.

Con un nudo en la garganta, se aventuró a volver a ojear el claro al que había dado la espalda. Con cierto alivio comprobó que la figura ya no se movía. Sus torturadores se mantenían en su sitio con las varitas inclinadas, mirándose los unos a los otros pero sin atreverse aun a romper el círculo a pesar de que el halo verde parecía haberse esfumado junto con la vida del muchacho. Lentamente, observó el rostro descubierto de cada uno de los mortífagos sin entender la monstruosidad que acababa de presenciar. Solo cuando la elegante figura de Riddle dio un paso al frente y descubrió su antebrazo pudo apreciar con espantosa claridad la brillante esfera de una calavera entorno a la que serpenteaba una delgada forma. Jadeando horrorizada, miró con fijeza el rostro orgulloso del slytherin en el que comenzaba a perfilarse una mueca exultante. Alzando el puño en el aire, fue recibido por el firmamento y Hermione casi esperó que un rayo impactase directamente sobre él como si de un dios antiguo se tratase. No obstante, en el cielo comenzó a formarse una siniestra forma que poco tenía que ver con la electricidad ambiental. Grande y luminosa, la calavera parecía burlarse de ella ocupando el espacio que pertenecía a la luna por derecho. Para cuando la serpiente emergió de sus fauces, la joven veía en la marca tenebrosa más significado del que había apreciado nunca.

Jamás se había puesto a considerarla más allá de su sentido más inmediato de muerte y destrucción. Cuando alguien tenía la desgracia de contemplarla solo veía en ella la huella del paso de los mortífagos, el testimonio de sus psicóticas gestas. Indicaba que era el momento de huir para unos y de luchar hasta la muerte para otros. Era la marca de un enfermo.

Sin embargo, contemplándola en ese momento y desde ese lugar, no pudo menos que percatarse de como la burlesca forma se erigía en el cielo como la sombra de un dios coronado por la viperina criatura. ¿No era acaso eso lo que ese loco anhelaba ser? ¿Un dios entre los mortales? ¿Un pérfido rostro que contemplaba orgulloso el caos causado a su paso? La marca tenebrosa era el estandarte de los mortífagos después de todo, ninguna acción era llevada a cabo sin convocarla a ella primero. ¿Era acaso la prolongación de su señor riéndose del mundo? No parecía muy descabellado al rememorar aquellos escenarios sangrientos de impuros subyugados en los que, incluso horas después de que terminase la matanza, la calavera permanecía en el cielo, siempre altiva, brillante e inalterable. Flotaba más arriba de lo que nadie llegaría jamas. Quizás...

Tan perdida estaba en sus cavilaciones, que no se percató de como la espectral luz que manaba de la marca bañaba el claro despejando todas las sombras, incluso aquellas que la cobijaban a ella. Solo la fuerza de una incisiva mirada la trajo de nuevo a la realidad, consiguiendo que se atragantase con su propio aliento. Con los ojos desorbitados se observó a si misma, sobresaliendo del tronco protector totalmente visible como una irresistible diana, y enfocó al prefecto con fatídica rotundidad.

Para sorpresa y alivio suyo, él no le estaba prestando atención, sino que se había acercado varita en mano al olvidado fardo de huesos y carne inerte que yacía en el suelo. Rezando para no tener que contemplar un nuevo espectáculo del circo de los horrores de Riddle por esa noche, pudo apreciar como volvía a erguirse con elegancia y se dirigía a sus anonadados compañeros. Al menos, pensó, no era la única abrumada por los acontecimientos.

Aparentemente molesto, el señor de los encapuchados los sacó de su sopor con algún caustico comentario, amenaza u orden. A esa distancia era difícil saberlo y tratándose de ese espécimen bien podría ser un batiburrillo de las tres. En cualquier caso, los seis chicos que lo acompañaban reaccionaron rápidamente y escucharon atentamente lo que les decía su señor antes de calarse las capas y comenzar a alejarse del claro a paso ágil ante el estupor de la chica. Se arrebujó en las sombras, totalmente inmóvil, mientras ellos pasaban a escasos metros de su escondrijo.

Esta vez, el último en salir fue Riddle, quien con un seco movimiento de varita limpió la noche sin luna extinguiendo la marca tenebrosa. Con una última mirada hacia la espesura que se perfilaba entorno al claro, y haciendo especial hincapié en la zona en la que se ocultaba sin que esta lo supiera, siguió a sus compañeros cerrando la marcha y dando por terminada la excursión.