Saludos a todos:
Ha sido una labor difícil. No me refiero precisamente al capítulo, si bien el mismo también me costó lo suyo, sino al hecho de subirlo. Actualmente me encuentro en una región con acceso limitado a Internet. Tan limitado que, para que se hagan una idea, tendría que prenderle velas a todos los santos disponibles en el santoral para acceder, al menos, a Google. Esta página, por alguna milagrosa razón, se salva de la restricción, pero ha costado lo suyo encontrar un momento para abrir una conexión y entregarles el capítulo. Desde ya les pido disculpas por la tardanza.
Quisiera también informarles que, probablemente, el siguiente capítulo se tratará de un intermedio. Quedarían uno o dos para cerrar bien ese arco además de la historia principal, así que, una vez más, los números me han fallado y serán unos capítulos más de lo presupuestado, pero no demasiados. Eso sí se los garantizo. Este sería el capítulo seis. Lo juro.
Antes de continuar, quiero agradecerles más que nunca a todos los que han seguido esta historia y me han hecho saber su opinión de una u otra forma. Gracias en especial a Fipe2, Chiara Polairix Edelstein, el poderoso UnderratedHero, sgtrinidad9, Julex93, JB-Defalt, karenpage, Guest y tantos otros que tal vez no he mencionado, pero que merecen saber que si esta historia sigue adelante es gracias a ustedes y a la oportunidad que me brindan. Se merecen vivir para siempre.
Ahora, sin nada más que añadir (Nickelodeon... una vez más, te lo pido de rodillas, no lo mandes todo al carajo) los invito a la lectura. Bienvenidos.
x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x
No quiso estar presente en el momento.
Si acaso Lincoln tenía algo que decir, no quiso oírlo. Si estaba tan decidido, ya para qué.
Se marchó apenas pudo. No fue difícil desaparecer y apenas despedirse. Desaparecer y no despedirse de él. Creyendo que lo mejor sería llevarse la peor imagen de él como el último recuerdo. Como el incentivo perfecto para odiarlo. Qué mejor que aferrarse a esa breve escena para despertar todas las formas disponibles de rencor…
Ya tomé la decisión, Lynn.
El dolor, sin embargo, bastó para hacerla sentir ridícula al cabo de un mes. Supo resistir con estoicismo a pesar de todo. ¿Cuánto llevaba aguantando en silencio? Los síntomas físicos, como la presión en el pecho, pasando por los sueños que volvían de tanto en tanto. Sueños de toda índole. Apareciendo de tanto en tanto las primeras pesadillas. Pero nada fuera de lo acostumbrado. Mismos síntomas que solía detallarle al novio de Luna… ¿Seguirían siendo novios? No estaba al tanto. Recordaba haberlos oído discutir tras esa noche, largándose Paul tras unos cuantos compases y una cachetada por parte de la rockera.
A veces sentía deseos de llamarlo. Para volver sobre lo mismo que él ya debía conocer de memoria.
¿Qué tiene ella que no tengas tú? ¿Es en serio? Mejor pregúntate qué tienes tú que ella no tiene.
Sólo por desahogarse. Sólo por no volverse loca con su silencio. Sólo para saber sobrellevar mejor la ausencia. Y pensar que sólo estaban incomunicados. Que en ningún momento Lincoln se había ido más lejos de lo que nunca podría suponer, tan lejos que ni con el pensamiento podría alcanzarlo. Una pelea momentánea… una y otra vez, cada día. Esperando una reconciliación inexistente.
A veces era llamarlo la mejor idea. Después, supuso que retomar el ritmo universitario y deportivo le ayudaría a centrar mejor su cabeza. De nada servía, por ejemplo, estar al tanto de la crítica situación de país a nivel internacional. Desde potenciales conflictos con naciones herméticas pasando por enfrentamientos declarados en Medio Oriente. Ningún escenario era el peor. Encender la televisión o buscar noticias en Internet no eran las mejores opciones.
Hablar con su familia tampoco era la mejor alternativa. Porque a ninguno de los integrantes del clan parecía hacerle mucha gracia el hecho de que fuera la única que no se despidiera. Por supuesto que al final, tuvieron que entender sus motivos, los imaginados, dicho sea de paso, una parte del cúmulo total, apenas la punta del iceberg.
Después, las relaciones. Otra vez intentarlo. Otra vez esforzarse. Otra vez fracasar. Fuera en momentos cotidianos. Fuera en la intimidad. No podía seguir cerrando los ojos a cada beso o a cada caricia. A cada palabra. No podía abstraerse siempre en esos instantes puntuales porque le resultaba más cómodo imaginar otras cosas en lugar de enfrentar la presencia que la acompañaba en ese segundo.
Imaginar, por ejemplo, un conejo. O nieve en el tejado.
Fue consciente del grado de distanciamiento alcanzado cuando Lori la visitó.
Estaba finalizando las prácticas con el resto del equipo de fútbol cuando la vio sentada en las graderías. Acorde a su trabajo, todo en ella hablaba de un cargo respetable de alta carga laboral. Le constaba que se había establecido a kilómetros de distancia tras finalizar sus estudios. Y sin embargo, ahí estaba, la hermana más distante de todas. El mismo semblante aburrido e indiferente de siempre, pero lejana de la muchacha que abandonaba la adolescencia que siempre permanecía adherida a su teléfono.
Lynn tuvo que parpadear para creerlo. La expresión de su hermana era elocuente. Deseaba conversar con ella, pero en cualquier sitio menos en ése.
No hacía demasiado del último encuentro. Hubiera mediado el tiempo que fuera, dudaba que el saludo fuera más afectuoso de cualquier modo. Fue al verla, sin embargo, que cayó en la cuenta del veloz avanzar del calendario. Alrededor de diez meses desde la última vez. Diez meses desde que Lincoln anunciara su decisión.
–¿Cómo es que literalmente sigues disfrutando de eso? –Soltó Lori con ese aire despectivo tan encantador que impulsó a Lynn a dedicarle una sonrisa sardónica, asiendo ambos extremos de la toalla que le colgaba del cuello.
–¿Cómo aguantaste aquí más de cinco minutos sin dormirte o desmayarte? –Por respuesta, su hermana mayor le dedicó una furibunda mirada antes de recuperar la compostura.
–Como sea, no voy a hablar contigo en este sitio.
De haber sido otras las circunstancias, le habría respondido de igual modo, alternativas no le faltaban. Sin embargo, pudo más la curiosidad que le provocaba su hermana con su sola presencia, de manera que no la hizo esperar demasiado.
Al principio, mientras caminaban por las instalaciones, la conversación las llevó por temas cotidianos tocados con la torpeza propia de dos hermanas que más compartían la consanguinidad que la afinidad. Entre trabajos y estudios, consiguieron evadir el tiempo muerto hasta que les fue imposible estirar más la hipotética cortesía. Fuera cual fuera el asunto que las llevara a reunirse, no merecía ser postergado por mucho más tiempo.
Y la primera en aceptarlo fue Lori:
–He venido a traerte esto –acto seguido, le tendió a la muchacha una tarjeta ornamentada plegada.
Al abrirla, Lynn se encontró con el mensaje que esperaba. No le sorprendió demasiado el contenido.
–Tratándose de invitarme a tu boda… bien podrías haberlo hecho con una llamada en lugar de tomarte las molestias, ¿no crees?
–Hay algo más –reconoció Lori sin mayor pausa. Al parecer, había ensayado la conversación.
–Te escucho –y si bien lo dijo con naturalidad, Lynn tuvo serias dificultades para disimular su interés.
–¿Has hablado con Lincoln?
Llevaba bastante tiempo sin ver a Lori. Casi el mismo que llevaba sin pronunciar el nombre del muchacho.
Un esfuerzo consciente. Un constante y desesperado intento por reafirmar la absurda idea de que todo estaba bien.
Una idea que amenazaba con derrumbarse en ese segundo. Una idea que luchó por mantener en pie.
–¿Y encontrarlo demasiado ocupado salvando al país? Para eso tengo mejores cosas que hacer.
–¿Por cuánto más piensas seguir con esto? –Le resultó extraño. Después de tantos años, volver a oír ese tono severo en Lori. Que siquiera considerara que tenía la más mínima influencia sobre Lynn en ese sitio resultaba irrisorio.
–Él está ocupado, yo también lo estoy.
–No ha sido impedimento para que te comuniques con las chicas.
–Ninguna de ustedes vive de meterse en problemas estúpidos.
–Oh, por favor, Lynn…
–¿Qué? Fue lo que escogió…
–¿Y tú literalmente lo castigas por eso?
Te llamaré todos los días…
Tardó demasiado en responder. Al final, ya no valía la pena intentar articular nada. Se habían detenido, con la fría brisa de la jornada refrescándolas, apartando el calor y humedad del recinto deportivo.
Te juro que… te cuidaré…
–Yo sé que lo extrañas tanto como nosotras.
No… si tan sólo supieras…
–Tú no sabes nada, Lori.
–Tiene gracia, más viniendo de ti.
Acababa de pensarlo tras pronunciarlo, pero que lo dijera su hermana… que describiera el pensamiento con escalofriante exactitud, letra por letra, por pequeño y aleatorio que fuera el mismo… como si no tuviera bastante con los argumentos visuales de los que se valiera su cabeza para restregarle la magnitud de su mentira…
–Piensa lo que quieras –soltó Lynn entre dientes, adelantándose un par de pasos. Por mucho que intentara dejarla atrás, sin embargo, no era difícil imaginar la expresión de su hermana mayor.
Qué irritante imagen, carajo…
–También estoy molesta con él –confesó Lori con indisimulable melancolía. Oírla hablar así resultó extraño–. También puedes pensar lo que quieras, pero no eres la única que está molesta con él.
–No se te nota.
–No dejará de ser mi hermano, sin importar la decisión que tome o lo que pueda pensar de ella, él nunca dejará de ser lo que es para mí –apenas un par de pasos le bastaron a la primogénita Loud para ponerse a la par de su cuarta hermana menor–. Literalmente habría esperado esa reacción de cualquiera de las chicas… es decir, desde Lucy hacia atrás, cualquiera de ellas… cualquiera en realidad, pero tú…
–¿Yo qué? ¿Crees que por ser mayor que él no me puede afectar?
Tarde se dio cuenta de que había hablado demasiado. Sin perder la agresividad, por supuesto. Mas Lori no dio señales triunfales que pudieran terminar de hundir su maltratado orgullo. Permaneció impasible, quizás imaginando… buscando su mente un lugar sobre el cual posarse… imaginando lo mismo que Lynn a diario, sin reconocerlo abiertamente ésta última…
–Él se contacta con nosotras cada vez que puede.
Mantuvo Lynn la mirada en un punto incierto en la lejanía. Cualquier cosa que no delatara la sacudida de sus entrañas ante esas palabras. Una realidad tan ajena… tan lejana de pronto…
–Tampoco es como que pueda hacer demasiado, imaginarás la intensidad… si acaso quieres, claro, pero… nos escribe, ¿sabes? Nos envía un correo, al menos uno al mes, no es mucho, pero no es más lo que se le podría pedir –la seriedad de Lori dio paso a la molestia, la dureza de sus facciones la delataba–. Siempre… nos pregunta por ti.
Buscó Lynn una distracción satisfactoria en el cielo nublado. Algo que diluyera el familiar nudo en su pecho. Algo que terminara de disipar el ardor en sus ojos. Que nadie lo notara, mucho menos su hermana mayor. Misma que continuaba sin mirarla, temiendo tal vez que la sola mirada bastara para reducir a la deportista de la familia a cenizas.
–Dudo que lo haga porque no te escribe, literalmente se toma la molestia de escribir un correo distinto para cada una de nosotras, me consta, él jamás haría una excepción, sin importar su enojo.
Quiso decir algo, responder de alguna manera hiriente, pero el vacío parecía llevarse consigo los pensamientos y las palabras. Parecía incluso dispuesto a arrasar con lo que pudiera quedarle de entereza.
–Que acepte las consecuencias de su decisión.
Sí, eran sus palabras. La boca de Lynn moviéndose. El suspiro decepcionado provenía de Lori. Aquello también tenía su gracia. No se podía decir que la primogénita de la familia esperara demasiado de su propio clan o al menos, esa impresión le quedaba. Impresión desbaratada tras el suspiro. Tras la mezcla de tristeza y rabia que dominaba la mirada que le dedicara.
–Literalmente… no hay día en que no lo extrañe –soltó Lori en voz baja, casi temiendo que mayor volumen hiciera más evidente su dolor–. Y si te soy sincera… no recuerdo haber sufrido tanto como el día… como el día en que me dijo que no podría asistir a mi boda.
Pues qué esperaba, pensó Lynn con amargura. Intentando buscar el mensaje entre líneas. Por supuesto que le molestaría. Querría llamar la atención de todos y la ausencia de uno se haría nota. O al menos eso se decía. Eso intentaba creer. El pálido semblante de su hermana, no obstante, no le hacía más fácil el proceso.
–Pero nunca fuimos tan cercanos –reconoció a su pesar la mayor de las chicas, sin despegar la mirada de las nubes, imaginando como Lynn tal vez, que las mismas guardaban una notable semejanza con el cabello de alguien en particular–. O al menos… esa impresión tienen todos y razón no les faltará… pero de ahí a creer… creer que esto no dolería… así que no creas que no entiendo tu rabia, estoy furiosa con él… pero también furiosa conmigo misma, porque sin importar… sin importar cuántas veces se lo diga por cartas… no le dije en persona… cuánto lo quiero… incluso… incluso siento que debí abrazarlo más antes, cuando todavía era un niño al que podía proteger… pero estaba más ocupada siendo… siendo una ciega egoísta.
Lynn sintió que se le escapaba el aliento a través de los poros.
Cómo olvidar sus propias palabras. El punto de inflexión. El instante mismo que marcó el distanciamiento entre ambas, suponiendo, claro, que en el pasado hubiera existido algo parecido a cercanía entre ambas. Una herida que jamás había terminado de cicatrizar. Enfriando una relación ya fría desde el comienzo. Sin que ninguna hiciera el intento con el pasar de los años por recomponer las cosas. Y de pronto, ahí estaba Lori, a su lado, tras haber recorrido kilómetros de distancia, dándole la razón con un elegante retraso. Pero dándosela, cuando ya no podía tener menos importancia… o al menos eso creyó Lynn hasta que sintió el vacío en sus pulmones y en su mente.
–Todas lo extrañamos, todas… literalmente todas, Lynn, pero… esa noche… esa noche creo que nosotras albergábamos la esperanza de que no se fuera… si tú hacías algo para impedirlo.
Algo menor, mas no por eso menos significativo fue el retraso con que sintió el peso de aquella inesperada responsabilidad. Sensación reemplazada por el desconcierto. Desconcierto que supo interpretar Lori a través del silencio.
–Jamás te negó nada, ¿crees que no nos dábamos cuenta? Sólo cuando se trataba de Ronnie Anne, tal vez… pero en las demás ocasiones… casi todas las demás ocasiones… no digamos que fuera algo que se pudiera pasar por alto.
Lynn guardó silencio. Cómo rebatir algo así si ella misma se había aprovechado tantas veces de su capacidad para doblegar la voluntad del muchacho, a veces con una sola mirada, a veces con toda su expresión… a veces con su sola presencia… ¿En qué estaba pensando? Claro que lo notarían tarde o temprano, lo confirmaría tal vez el mismo baile de graduación. Claro que siempre la escuchaba. Siempre estaba ahí. Esa noche, tal vez… ¿Por qué no lo había intentado?
–Estaba decidido –se oyó decir Lynn. No, decirlo no. Lamentarlo. Porque lo había intentado. En cierta forma lo había intentado. Pero él estaba decidido. Sí. Ni siquiera tuvo que esforzarse por creerlo. Era la verdad. Era su hermano destruyendo a sabiendas su… destruyéndola–. Cómo crees… ¿Crees que habría conseguido gran cosa?
–Literalmente todas lo intentamos esa noche, Lynn, pero tú no lo notaste, estabas demasiado ocupada encerrada en la habitación –pero Lori no se lo reprochaba. En sus labios parecía más una obviedad que un reproche. Sin embargo, aquello no impidió que la aludida sintiera el peso de sus propias decisiones. Pésimas decisiones–. Al final, creo que todas llegamos a la misma conclusión: Sin importar qué, él nos apoyó a todas, siempre ha estado para todas nosotras, ¿dejaría de ser nuestro hermano? Jamás, aunque no nos agradara su decisión… ¿Cuándo le habían agradado a él todas nuestras decisiones? No por eso nos dio la espalda, no… no por eso nos dejó de apoyar… no por eso dejó de sentirnos como sus hermanas.
Pudo verla de refilón. Apenas una insinuación antes de que Lori la enjugara. Una lágrima rebelde. Bien podría haber sido la primera de muchas gotas provenientes del cielo encapotado. Bien podría haber sido una mera impresión. Ya la voz no dejaba lugar a dudas. Mezcla de rabia. De dolor. De fe. De ausencia.
–Le reprochaste que te dejara sola, ¿lo recuerdas? –Qué preguntas hacía si Lynn volvía a esa noche siempre que podía con masoquista obstinación–. Hasta el día de hoy… literalmente me consta que no lo ha hecho, pero tú… tú de entre todas nosotras, no tuviste problemas en dejarlo solo.
–Cómo te atreves…
–Yo estuve para despedirlo, ¿quieres saber lo que vi?
No, no quería. En realidad, no hacía falta. Teniendo en cuenta lo dicho, lo imaginaba. Imaginaba la instancia. E imaginaba a Lincoln a punto de marcharse. Y ella, lo bastante dolida… lo bastante furiosa como para no quedarse allí. Como para alejarse suponiendo que cuando volviera, él ya no estaría allí…
Y visto en perspectiva… palabras sobre la mesa, más le parecía cobardía de su parte que otra cosa. Cuando Lincoln merecía más que eso. Pero Lori no lo habría entendido. Ni ella ni nadie. Más que rabia. Más que decepción. Más que cualquier otra cosa, muchas más. Y puede que sí fuera miedo. Miedo a que ese recuerdo, esa despedida, se convirtiera en una suerte de punto final y quedarse ahí, con las palabras en la boca, con la verdad atascada en la garganta…
Tampoco es como que la decisión tomada fuera la mejor, pero…
–Tenemos el mismo temor, Lynn, la misma rabia, pero… si acaso crees que él te ha dejado sola… entonces no estás hablando del mismo Lincoln que yo conozco.
Ni falta hizo mayor despedida. Satisfecha o no, Lori consideró ése el momento oportuno para marcharse, dejando a su hermana menor con una invitación en las manos y la amplificada desolación en su interior. Como si vivir con ella a diario no fuera suficiente…
Pero Lori se equivocaba. Todas se equivocaban.
No era la misma rabia. No era el mismo temor. Ni de lejos el mismo dolor. Ni siquiera la pérdida. Porque nadie lo sabía. Nadie tenía por qué saberlo. En realidad, lo sabía apenas una persona, pero para efectos prácticos, era como si nadie se hubiera enterado.
Y lo comprobaba a diario. Con la misma intensidad de años anteriores. A través de los mismos infructuosos intentos por olvidarlo. A través de las mismas desesperadas medidas. Pero él no se iría así de fácil. Y hacía mucho que lo había aceptado. Que sin importar a quién viera o abrazara, a quién intentara querer y devolver el cariño, no sería lo mismo. Que sin importar con quién pasara la noche, no sería lo mismo que ese sueño imposible que la acosaba a través de los años.
Y lo mejor que puedes hacer es aceptarlo. Correcto o no, es tuyo. Intenta no aceptar tu brazo y me cuentas cómo te va.
Hacía bastante que lo había aceptado. Su ausencia, sin embargo, no ayudaba a mitigar el dolor.
x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x
Querida Lynn:
Sé que ha pasado algo de tiempo desde que me marché, pero no pude escribir antes. Aquí las cosas son difíciles. Bastante intensas. Es lo que busqué, pero lamento que apenas si me deje tiempo recién ahora para enviarte este correo.
Sé que me odias. Puede que ni siquiera leas esto y si lo lees, no me extrañaría que no respondieras. Estarás molesta porque no te dije antes lo que tenía pensado hacer. Puede que estés molesta por el hecho de marcharme, sin importar la decisión en sí. No esperaba que lo entendieras, papá y mamá no lo entendieron. Esperaba, sin embargo, que lo respetaras. Pero tampoco me atrevo a pedirte nada. Lo que sea que decidas, lo entenderé.
Porque sé que no puedo pedirte nada. Sé que el error ha sido mío. Jamás quise herirte. Si así fue, quiero que sepas que no era mi intención. Porque eres importante para mí, Lynn. Eres más importante de lo que te imaginas. Más de lo que se puede expresar con palabras. Más de lo que cualquiera puede saber. Y saber que puedas estar enfadada conmigo me duele más que el hecho de estar lejos de ti. Yo no tendría ningún problema en desaparecer de tu vida si eso me garantiza que eres feliz. No tendría problemas, sólo quiero que no estés enfadada.
Pero tal vez sea imposible, ¿verdad? Me marché sin avisarte antes.
Siendo así, tal vez me digas que no hay mucho que pueda decir, mucho menos que te interese saber. Siendo el caso, sólo se me ocurre decirte que nunca te dejaré sola. Es la verdad y es lo que te juré, es lo único que me interesa mantener en pie. Aunque no esté mi cuerpo, te aseguro que pienso en ti cada día y seguiré estando a tu lado, incluso si no me ves, incluso si no quieres verme.
Te quiero Lynn, siento no haberlo dicho antes. Ahora sólo espero que lo creas.
Una vez más, lo siento de verdad
Lincoln
Era el primer correo de Lincoln. Era la primera vez que Lynn se atrevía a contemplar su bandeja de entrada en casi un año. Lo hizo con dedos temblorosos. Lo hizo apenas Lori se perdió de vista, lanzando a un lado la invitación al matrimonio. Lo hizo apenas irrumpió con violencia en su habitación de la universidad. Tragando el nudo en su garganta, alojándolo en el pecho.
Nos envía un correo, al menos uno al mes, no es mucho, pero no es más lo que se le podría pedir.
Ya hacía casi un año, un cálculo rápido... casi un año, por Dios. Como si no hubiese sido consciente antes del paso de los días… en realidad sí, mas nunca los mismos se hicieron notar con tal intensidad como en ese segundo, abriendo la bandeja de entrada tras fallar tres intentos previos de teclear correctamente la contraseña. Una docena de correos, no más, no menos. O al menos eso esperaba.
La cantidad de mensajes pendientes que la recibió, en cambio, fácilmente duplicaba, acaso triplicaba ese número. Todos con el mismo remitente. Casi todos con fechas diferentes, uno que otro la repetía. Más o menos largos, pero ahí estaban. La misma procedencia…
Querida Lynn
El mismo encabezado…
No sé si lees alguno de estos mensajes…
La misma esperanza…
Me gusta imaginar que sí…
Pero también la misma culpa…
Entiendo que estés enfadada…
Debo imaginar que sigues enfadada…
No te culpo por estar enojada…
Sé que hice mal…
El mismo remordimiento…
Te pido perdón…
Me duele cada día… saber que tal vez no me perdones…
Desde el primer correo leído, el más cercano a la fecha de su partida, unas tres semanas después a lo más… y después, el mismo lapso, más o menos…
Querida Lynn:
Supieras cuánta falta me haces…
Y al mes siguiente, dos o tres veces…
A veces creo que no hay nada que desee más que abrazarte…
Pero estás lejos, no tanto por la distancia, más por mi estupidez…
Te extraño tanto…
Tres veces al mes siguiente…
Espero en verdad que estés bien…
¿Cómo van tus estudios? Pero supongo que te importa más… ¿Cómo vas con tu equipo?
¿Cuántas medallas has ganado ya?
Y así, cada mes… cada semana…
¿Has encontrado a alguien que valga la pena?
Sea quien sea esa persona, sólo espero que sea digno de ti…
Tantas… tantas veces…
Me gusta imaginar que alguien está contigo…
Me gusta imaginar… que te hace reír…
Sin perder la fuerza, día tras día…
Alguien que te haga reír…
Alguien que cuide de ti de verdad…
Que te ame.
A pesar de la desesperación…
Yo te recuerdo…
Quiso decir algo. Más allá del sinsentido de la acción. Porque no sabía qué le afectaba más. Si el leer cada línea o poder oír la voz del muchacho pronunciando palabra por palabra. Quiso. Necesitaba decir algo. Decirle. Lo que fuera. Aunque sólo esa voz en su cabeza pudiera oírla. Pudo ver por un segundo las líneas articuladas en su cabeza. Y entonces era su propia voz ahogada.
Parpadeó un par de veces con tal de adquirir claridad. La pantalla se diluyó. Una vez. Sus manos. El cabello sobre su cara. Incluso la camiseta. Estaba empapada. Su cara. Mezcla de sudor y lágrimas. Más lágrimas que sudor. Esa respiración agitada era suya. El esfuerzo por contener los sollozos le arañaba las paredes del pecho y la garganta.
Iba a hacer algo. Decir algo. Lo que fuera. Sin embargo, tuvo que llegar antes al último correo. Con una data de casi dos meses atrás. Sobreponiéndose a la horrible presión y el frío que súbitamente parecía haber invadido cada rincón de la estancia, abrió el mensaje, casi temiendo lo que pudiera encontrar en él…
Querida Lynn:
Tal vez sea ésta la última vez en mucho tiempo más que te escriba. En realidad, puede que ya sea la última vez, pase o no el tiempo. Puede que ni siquiera notes la diferencia. A decir verdad, más de una vez me he preguntado por qué sigo intentándolo. Por qué te sigo buscando cuando está claro que ya no quieres saber nada más de mí.
El entrenamiento ya acabó, estamos listos. O todo lo que podemos estar. Allá donde voy no habrá tiempo para escribirte. Allá donde voy no creo que haya mucho tiempo para nada salvo hacer lo necesario para sobrevivir, pero ten por seguro que cada momento pensaré en ti.
Me duele tener que irme llevándome tu silencio conmigo. Me duele no saber nada de ti, pero creo que ya es hora de dejarte ir así como tú me dejaste ir cuando fue el momento, sólo que he tardado demasiado en aceptarlo. Tal vez nunca lo acepte del todo. Tal vez sólo puedo intentarlo todos los días un poco y conformarme con lograrlo un día más.
Puede que ya no forme parte de tu vida, Lynn. Puede que me hayas quitado de tus recuerdos. Puede que ahora mismo no recuerdes del todo mi cara. Puede que hayas tomado esa decisión. Pero a pesar de las decisiones que hayas tomado, sigues siendo a quien me aferro cuando creo que el mundo se me viene encima y todo lo logrado se viene abajo. Sigues siendo a quien me aferro para que cada día merezca la pena. Sigues siendo el consuelo y la alegría. Sigues siendo por quien sigo adelante.
Porque incluso si no me ves, seguiré cuidando de ti. Porque incluso si me has sacado de tu corazón, yo siempre te llevo en el mío. Porque sin importar lo lejos que estés, estaré contigo hasta el final. Y sin importar la forma en que lo quieras, te querré así como sea, pero te querré más que a nadie.
Me duele dejarte ir. Me duele que todo este tiempo entrenando no me preparara para la idea de vivir sin ti. Supongo que eso tendré que aprenderlo cumpliendo con mi deber. Supongo que después de este mensaje, será todo lo que me quede por hacer.
Hasta siempre Lynn. Te quiere por toda la vida
Lincoln
x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x
–No te entiendo –me escucho decir cuando llegamos a nuestro destino.
Acabamos hace ya rato. Al final, tendríamos que abandonar la consulta. Me pidió compañía. Me pidió continuar la sesión. Tampoco es como que la misma nos llevara a algún sitio si:
–Lo sé, es una mierda, ¿verdad?
–No tienes que decirlo, ya me quedó claro.
–Y en todos estos años…
–Todos estos años.
–Lo mismo.
–Cada maldito día… desde el comienzo.
–¿Después de tanto tiempo?
–Quizá siempre.
Caminamos. Supongo que la privacidad ha perdido su razón de ser. Supongo que podríamos dejarlo hasta aquí. Pero me pidió compañía. Supongo que no se lo puedo negar, incluso ahora. Supongo que estoy harto de permanecer encerrado. Aunque me duela caminar. Todavía. No sabía qué hacíamos. Yo solo seguí sus pasos.
Hasta este punto. Esta puerta. Este lugar. El último lugar frente al cual creería estar parado. Hasta aquí me ha traído.
Tengo que parpadear para creerme lo que veo.
–¿Por qué lo dices? –Me pregunta, siempre a mi lado. Casi puedo adivinar su triste sonrisa.
–Me dijiste que su ausencia te enloquecía… que la distancia…
–Sí, bueno… supongo que tal vez tengas razón, Doc…
–¿Sobre?
–Aceptar y… eso de la fortaleza y el valor…
–Un poquito de sabiduría tampoco te vendría mal –Es la primera vez que escucho su risa en un día que se me antoja interminable.
–Bueno… de alguna manera tendré que explicar la distancia, ¿no? Tal vez duela, pero… tal vez sea lo mejor…
–Hay mejores formas y lo sabes.
–Doc… lo que menos necesito es pensar, ¿conoces alguna manera de impedirlo? Que no sea bebiendo.
–Pocas… casi ninguna –mascullo. Me sorprende el dolor que empaña mi voz.
–Cuando nos volvamos a ver… no, no puedo decirle esto, nos destruiría, destruiría nuestra familia… y puede que no resista demasiado la cercanía, yo…
–¿Prefieres morir? ¿Es eso?
Ya me arrepiento de preguntar. En parte porque temo la respuesta. En parte porque sé que esto no tendría que pasar. Ni esto ni nada. Pero aquí estoy. Haciéndole compañía en la que tal vez sea una de las mayores tonterías que he presenciado. Sin contar las últimas elecciones presidenciales.
–Prefiero no tener tiempo para pensar.
Situaciones desesperadas requieren…
Requieren pendejadas.
–¿Con seguridad? –La pregunta llama su atención. Estoy cayendo en el mismo error que le reproché hace ya un rato. Completa la idea, animal–. Es decir… en todos estos años…
–En todos estos años, ya te lo dije, he hecho de todo.
–¿Probaste el sexo? –Quién iba a decir que llegaría un día en que le soltaría semejante pregunta. Prueba más que fiable de mi propia desesperación. En parte no sé si es por la pérdida absoluta del control o por la soberana tontería que piensa hacer.
No le incomoda la pregunta. Sólo imbuye de melancolía su sonrisa.
–Era el penúltimo recurso.
No tengo por qué preguntar cuál es el último. Cuál era. Desearía haber traído los cigarros conmigo. Desearía tener algo que fumar, legal o no.
Desearía no sentirme así. Pero demasiadas opciones no me quedan.
Hay días en que creo odiar a los Loud. Con toda el alma. Con toda la mente. Con todas mis fuerzas.
Ahora mismo, no creo que los odie más de lo que me odio a mí mismo.
Sé que puedo impedir que cometa una estupidez. Está en mí. Me basta romper la ética de mierda, lo he hecho antes por cosas menos importantes. Me basta una palabra. Un par de palabras. Las tengo en la punta de la lengua. Puedo hacerlo. Sé que puedo hacerlo. Tender la mano, detener su avance y decirlo.
Que también…
No estás… no, porque también…
Porque tú no has inventado la rueda. Ni siquiera en esto. Ni siquiera dentro de tu propia familia.
Y te concierne… por supuesto… si antes de ti… y para ti…
Pero claro. Nunca ha sido la ética. Nunca ha sido mi profesión. Nunca ha sido lo que puedan decir mis colegas. Ni siquiera es lo que pueda ser yo. Son ellos. Y vuelvo a odiarlos. Porque no debería ser así.
No debería importarme tanto. Mandar a la mierda todo. ¿Desde cuándo me importa tanto? Que esa familia endemoniada se pueda destruir…
No, espera. Se destruirá de todos modos. Lo sé. Pero incluso me importa… me importa la manera en que ésta se pueda destruir. Hay dolores menos duraderos. Hay cargas menos pesadas.
Y lo quiera o no, tengo que reconocerlo.
Por mucho que me asquee, me importa la familia Loud. No tanto por el afecto que le pueda profesar a un integrante u otro. He trabajado demasiado. Les he dado demasiado. Lo reconozcan o no, he invertido en ellos demasiado, carajo. Puedo desearles lo peor, pero en ese día a día también hay mucho trabajo mío y lo quiera o no, no estoy dispuesto a que todo se pierda. No si puedo evitarlo. Ya si las cosas se desmadran más adelante, que así sea, pero si de mí depende, que se mantenga…
O que se destruya de la forma menos… menos dolorosa.
Y ahora mismo, necesito convencerme de que ésta es, de todas las malas ideas, la menos mala.
–Gracias –escucho que me dice. Me obliga a reaccionar.
–¿Por?
–Esto me estaba enloqueciendo, necesitaba decirlo y… que no me diera con la puerta en la nariz.
–Sí, bueno… ya te lo dije, no inventaste la rueda.
–Necesitaba a alguien que lo recordara y… que no me recordara que… bueno, ya sabes.
Que el amor es un cabrón de ingenio infinito. Que a veces nos supera. Y se supera. A costa de nosotros.
De por sí es bastante jodido amar a cualquiera como para que al cabrón le causara gracia añadir la misma sangre a la ecuación.
No digo nada. Nada más. Sé que me odiaré. Ya me odio. Y me odiaría al decirlo de todos modos.
Después de todos estos años… tal vez desde siempre… par de cabrones.
–Nos veremos en unas semanas –me suelta sin perder esa sonrisa abatida.
–Ya no será sólo tu graduación, será la despedida, ¿crees que me lo perderé? Cuando todos sepan…
–No me lo recuerdes.
Nos reímos. Observo el recinto. Dentro es como si supieran a qué ha venido. Alguien más que engrose las filas para la próxima entrega de democracia y libertad que necesite una nación sobrecargada de petróleo. Jodidos centros de reclutamiento…
–Nos vemos doc.
Nos vemos, quiero decirle. Pero no puedo. No puedo decir nada. Sólo asiento con la cabeza. Sólo me alejo del cuadro. Del muchacho con nieve en el tejado tomando la decisión. Sobrepasado por sus sentimientos. Un muchacho más cercano a un hombre. Un muchacho que pronto tendrá sus armas y su uniforme. Ha crecido tanto… ya no es un muchacho. Es un hombre. Un maldito santo. Un tipo al que he visto crecer. Crecer y amar.
Si tan sólo supiera… si tan sólo supieras, cabrón…
No estás solo en esto. Jamás lo has estado.
Dilo, pendejo. Dilo. Es fácil.
Un par de palabras.
Un nombre. Sólo…
Pero ya qué. Prefiero callar. No vaya a ser que escuche mis pensamientos. Y que si esa familia se va al carajo, que no sea por mí. No directamente.
Lo siento mucho, Lincoln.
Dios… lo siento tanto…
