Capítulo 9. Huyendo de la muerte

Los meses pasaban y, según intuía Severus, estaban tan cerca de localizar al Señor Tenebroso, como de que Bellatrix adoptara un niño muggle. Aquel país parecía no tener fin. En todas las aldeas comentaban aquel extraño suceso que parecía estar acabando con la vida de animales salvajes. En el último año, habían aparecido muertos varios osos, un par de zorros y un gran número de serpientes.

Siguiendo los rumores, cada vez más siniestros, los mortífagos llegaron hasta un bosque, lejos de la civilización, en la frontera norte de Albania. Tras días sin ningún rastro del paso de seres humanos por aquellos caminos, llegaron hasta una edificación de madera que parecía estar siendo devorada por la naturaleza del lugar.

Bellatrix, esperanzada de haber encontrado por fin a su Amo, decidió que entraran en aquellas ruinas para comprobar si los rumores eran ciertos. Los mortífagos habían tenido que convivir durante meses entre muggles, controlando su odio para no llamar la atención del Ministerio de Magia de Albania. Estaban deseando que aquella búsqueda terminara.

Lo que encontraron dentro de la estancia, les dejó petrificados. Severus, a diferencia de los sentimientos que estaban experimentando los otros mortífagos, sintió algo helado cayendo en su estómago. Sus peores temores acababan de cobrar vida. En una butaca carcomida por el paso del tiempo y las condiciones de abandono que rodeaban la casa, había un bulto tapado por una capa. Parecía estar estático, como un montón de ropa arrugado. A su lado, una gran serpiente les observaba. Era más que palpable la inteligencia que desprendía aquel ser. Parecía entender a la perfección lo que ocurría allí, como si se alegrara de ver a aquel grupo tan peculiar. Comenzó a deslizarse hacia ellos, parándose a escasos centímetros de la cara de Severus.

En ese momento, unos pasos les alertaron. Por la puerta que había al otro lado de la sala, una figura encorvada les apuntaba con la varita. Las sombras ocultaban el rostro del mago.

―¿Quién anda ahí?

―¿Pettigrew? ―La voz de Bellatrix no ocultaba el desagrado que le producía encontrar a aquel ser allí. Aquella rata repugnante había llegado hasta el Señor Tenebroso antes que ella, su gran seguidora, la bruja que daría su vida por su Señor―. ¿Qué haces tú aquí?

La serpiente se dirigió hacia el bulto de ropa. Nadie supo explicar que acababa de pasar en aquella habitación cuando, en un parpadeo, el bulto comenzó a moverse y una voz susurrante surgió de aquella capa. La serpiente se quedó a los pies de la butaca, parecía haber perdido ese destello de inteligencia que, segundos atrás, habían podido comprar todos.

―Colagusano, mi fiel sirviente, muéstrales a nuestros invitados nuestro pequeño secreto.

Con un temblor apreciable, Pettigrew se acercó hasta la butaca, abandonando así las sombras. Parecía mucho más mayor de lo que era, su aspecto estaba más descuidado que nunca. Cuando llegó hasta el montón de ropa, cogió la capa de la que había salido aquella voz y, con un movimiento torpe y asustado, destapó aquello que ocultaba la ropa. Una criatura del tamaño de un elfo doméstico, un pellejo de piel al que se le marcaba el esqueleto excesivamente.

―Al fin habéis encontrado a vuestro Señor. Ya pensaba que os habíais olvidado de mí. Solo Colagusano supo interpretar esas muertes de animales como mensajes míos, me encontró y ha estado ayudándome a sobrevivir en este estado en el cual quedé al tratar de matar a aquel mocoso de Potter. Lord Voldemort, el mago tenebroso más poderoso de este siglo, derrotado por una criatura insignificante que no sabe ni sujetar una varita ―un graznido similar a una risa surgió de la garganta de aquel ser en el que se había convertido Voldemort―. Qué ironía, ¿Verdad?

Los mortífagos se habían quedado petrificados al ver el estado en el que había quedado aquel al que habían decidido servir. Cuando comenzaron aquella búsqueda, pensaron encontrar a un hombre devastado, alguien que hubiese sufrido un duro golpe y debiera recuperar la fuerza de su poder. Pero nunca pensaron que lo que encontrarían sería un ser que solo podía esperar a la muerte en una butaca. La primera en reaccionar, como era costumbre, fue Bellatrix. La bruja parecía encontrarse delate del gran mago que había sido Lord Voldemort, no ante la sombra que quedaba de él.

―¡Oh, mi Señor! Os he buscado por todo el país. Desde esa fatídica noche, he dedicado mi vida y mi fuerza en encontraros ―la bruja se había arrodillado ante Colagusano, que seguía sujetando a Voldemort con una mueca de disgusto y, según creyó ver Severus, rechazo ante aquel ser―. ¿Qué debemos hacer para que el Amo recupere todo su esplendor? Usted sabe que daría mi vida ahora mismo si con ello usted volviera a tener su cuerpo y sus poderes.

―Mi querida Bella, no será necesario que des tu vida. Debe ser de otra forma, algo mucho más lento, algo que todavía no he terminado de comprender. Fue magia muy oscura e importante la que me dejó en este estado, y debe ser magia de ese nivel, la que me devuelva a mi cuerpo. Pero, hay algo que sí podéis hacer por mí… ―de repente, su mirada se fijó en Severus, que había permanecido apartado del foco de luz que bañaba el centro de la estancia―. Vaya, Severus Snape. ¡Qué sorpresa verte aquí! Me fuiste muy útil aquella vez que escuchaste esa profecía, pero ahora necesito que la recuperéis para mí.

―Pero, Señor ―era la primera vez que Rodolphus hablaba desde que habían entrado en aquella casa―, ¿Dónde encontraremos esa profecía? Podríamos tardar años… ¿No cree que estará en poder de Albus Dumbledore…?

―¡NO NOMBRES A ESE VIEJO INÚTIL EN MI PRESENCIA! ―Aquella vez, la voz había resonado en las cabezas de los presentes―. Gracias a la astucia de un mortífago, me ha llegado la información de que la profecía en cuestión se encuentra en el Departamento de Misterios del Ministerio de Magia. En esa profecía encontraré el motivo por el cual me encuentro en este estado. Como podéis ver, mi cuerpo no me permite llegar hasta el Ministerio y coger la profecía por mi cuenta…

―Iremos a por ella, mi Señor. Ahora que le hemos encontrado, le ayudaremos a recuperar su poder y terminaremos con esos indeseables de la Orden del Fénix ―Bellatrix sentía verdadera pasión por Voldemort. Su voz contenía toda la admiración y devoción que quería demostrar a su Amo―. Viajaremos ahora mismo hasta el Ministerio…

―¡Insensata! ―Voldemort la cortó, exasperado―. Deberéis esperar a la señal. Lucius os avisará cuando sea el momento adecuado de entrar en el Ministerio. Esta misión debe ser un éxito, o de lo contrario, me veré obligado a seguir en esta situación durante años. Volveréis a Inglaterra, os esconderéis hasta que os den la señal. Entonces, recuperareis esa profecía y yo os recompensaré con gloria y os permitiré matar a esos traidores a la sangre. El niño y Dumbledore deberán ser míos, yo mismo les mataré cuando haya recuperado mi poder.

Tras haberles explicado lo que debían recuperar, los mortífagos abandonaron la casa y, tal y como habían hecho unas horas antes, se desaparecieron. Debían volver a Inglaterra inmediatamente.


¡Hola! Siento haber tardado un poco en actualizar, he estado hasta arriba de trabajos y no encontraba tiempo para escribir... Espero que os haya gustado el capítulo =)

Bueno, ya hemos descubierto en que estado ha quedado Voldemort. He querido dejarle tal y como le vemos en Harry Potter y el Cáliz de Fuego, porque imagino que durante años tuvo esa forma, y ahora que su fiel vasallo está con él y no escondido entre los Weasley, seguramente haya recuperado un poco de fuerza más rápidamente que en los libros originales...

Si tenéis sugerencias/quejas o queréis comentar algo, no dudéis en dejar review, me gusta saber que os va pareciendo la historia. =)

Intentaré tener tiempo para escribir el siguiente pronto... ¡Nos leemos en el próximo! Besotes^^