WAAAAAAHHHH! ¡Qué montón duré en subir estos capítulos x.x! Perdón a mis lectores, la migraña con costos me deja ver la pantalla y me ha sido difícil meterme a sitios con el fondo blanco (qué pésima excusa XD pero hablando en serio, me duele mucho ver las cosas en fondo blanco, son demasiado luminosas aún con el brillo de la pantalla al mínimo… ).

Bueno en estos capítulos aparecen dos OCs que no son míos pero que utilizo con todos los permisos correspondientes: Evangeline "Evan" Headspyro, una Exorcista tipo parásito que no le va a caer nada bien a las fans de Allen XD, y Noelle Ebner, el personaje de la que n DA se hace llamar Kirimaka94. Espero que les gusten los personajes y que el fanfic siga interesándoles, aunque tengo la impresión que ha cambiado un poco el tono de la historia a medida que esta avanza.

El verano pasó tan rápido que nadie tuvo tiempo ni de darse cuenta del calor que había comenzado a inundar el mundo ni de cómo los días se hacían insoportablemente largos, a parte de los pobres del Departamento de Ciencias, obligados a trabajar mientras durara la luz natural.

De modo que el otoño llegó casi sorpresivamente, y todos recibieron con cierta confusión el cambio de color de las hojas y del cielo, que pronto se volvió de un gris plateado, mientras que el mar alrededor del risco sobre el que se alzaba el cuartel general de la Orden Oscura adoptaba un triste color verde pizarra. Sólo Nana pareció aceptar con naturalidad aquel cambio de estación, apostada siempre a la ventana con su eterno cigarro entre los labios y una copa de vino tinto al lado (ambos proporcionados por su padre y con la explícita desaprobación de Komui y Lenalee).

Habían pasado más de tres meses, y Kanda aún no regresaba. Todos en la Orden ya no se atrevían ni a pronunciar su nombre, del mismo modo que nunca pronunciaban el de los caídos en batalla, como si con este tabú pudieran negar su existencia y el dolor que les producía la separación permanente. Aunque en este caso, todos lo sabían, se trataba sobre todo de no excitar la angustia de Nana, que por fin comenzaba a amainar. La joven seguía silenciosa y melancólica, y pasaba mucho tiempo sola frente a la ventana. Se había trasladado a la buhardilla, desde donde se dominaban el mar y el cielo y donde nadie entraba a parte de ella, y dónde antes se acumulaban miles de cachivaches ridículos y extraños ella había hecho su refugio, como si deseara que la olvidaran ahí al igual que a ellos; sin embargo, ahora volvía a tragar como antes todo lo que le pusieran por delante, y su antiguo gusto por el sarcasmo había vuelto. Por primera vez en meses, reía de nuevo.

Fue entonces que Komui decidió que era hora de que Nana recuperase sus deberes como Exorcista, especialmente ahora que la sincronización de la joven con su Inocencia se había restablecido en su sorprendente pero ya habitual nivel. Convocó a Nana, Evan, Allen, Lenalee y Lavi a su despacho, y ahí, frente a una taza de café, les comunicó de su siguiente misión.

-Necesito que vayan a Austria mañana mismo-empezó, pero al momento Evan lo interrumpió: Komui estaba sospechosamente sonriente. Eso solo podía significar una cosa, porque Komui, como todas las personas, sonreía cuando estaba feliz, y nunca era más feliz que cuando estaba a punto de hacer sufrir a alguien.

-¿De qué se trata exactamente?-soltó, secamente, la joven morena-. Ve al grano, Komui.

Por toda respuesta, Komui sacó del millar de papeles revueltos una hoja de color celeste pálido, y se la tendió. Los cinco jóvenes juntaron las cabezas para leer.

INTERNADO SANTA MAGDALENA PARA SEÑORITAS CON CAPACIDADES EXTRAORDINARIAS

HOJA DE INSCRIPCIÓN

En la hoja venían apuntados los datos de Lenalee; luego, Komui les pasó otros dos formularios, que tenían escritos los de Evan y Nana. Los siguientes papeles eran dos contratos ya firmados con los nombres de Allen y Lavi.

-Yo no recuerdo haber firmado nada de esto-comentó Allen, confundido.

-De acuerdo, Komui-dijo entonces Nana, poniendo ambas manos sobre la mesa e inclinándose sobre el escritorio para mirar a la cara al hermano de Lenalee con su cara más amenazante-. Ahora vas a explicarnos qué coños quiere decir todo esto.

-¿Para qué demonios quieres que vayamos a un internado?-espetó Evan-. ¿Qué diablos vamos a hacer ahí? Y es más, si es un internado para "señoritas", ¿porqué van a venir con nosotros Allen y Lavi?

-¡No pienso vestirme de chica!-exclamó de inmediato Allen, poniéndose pálido.

-A mi me parece que te verías bien-bromeó Lavi, y entonces Nana perdió la paciencia.

-Komui, si no me dices ahora mismo de qué se trata todo esto-espetó, cruzando los brazos sobre el pecho de tal modo que pareció aumentar casi cinco centímetros su estatura diminuta, y utilizando una voz de ogro que sin darse cuenta había aprendido de Kanda-, ¡voy a asegurarme de que Lenalee encuentre al hombre de su vida!

Al oír esto, Lenalee se puso roja hasta las orejas, pero las palabras de Nana produjeron el efecto deseado. Komui se irguió y borró la sonrisa de su cara.

-Muy bien-dijo entonces-. La razón de todo esto es que hemos recibido una llamada urgente de este internado ubicado en Austria. La directora es una colaboradora de la Orden Oscura, y por eso nos llamó de inmediato cuando sospechó la presencia de un akuma entre sus alumnas.

-¿Un akuma entre las alumnas?-soltó Lenalee, horrorizada. Komui asintió, muy serio.

-Han muerto seis en dos semanas-replicó-. La directora sabe bien que están muertas, aunque la versión original es que están desaparecidas o que se han escapado, porque no han encontrado los cuerpos.

-Poderes excepcionales…-murmuró Evan, releyendo el formulario con su nombre-. ¿Qué quiere decir eso?

-A eso iba precisamente-dijo el Director, acomodándose los lentes sobre la nariz-. ¡Líder de Sección!-exclamó, y Reever apareció corriendo apresurado, con tres pequeñas cajas planas y un sobre lleno de más papeles. Con un brazo, apartó las torres de papel que cubrían el escritorio, de modo que éstas fueron a alfombrar, como muchas otras, el suelo del despacho, y colocó lo demás sobre la mesa.

-Capacidades extrasensoriales como caer en trance o tener visiones, telequinesia, piroquinesia, glosolalia-enumeró, mientras iba sacando del sobre varios papeles con gráficos e intrincados informes garabateados con letra casi ilegible, fotografías de muchachas con los ojos en blanco o que levitaban sobre una mesa-. La mayoría de estas muchachas fueron rescatadas de hospitales o manicomios, otras son enviadas por familias que no desean que se conozcan sus extrañas habilidades. El caso es que todas las muchachas de ese colegio poseen algún poder que se podría calificar de sobrenatural. Y han muerto ya seis de ellas: entre las muchachas se pueden contar una con fuerza extraordinaria, otra capaz de alterar el humor de la gente, una con la habilidad de hacer proyecciones astrales y una "otorgadora de colores" (es decir, con el poder de cambiar las cosas de color con solo nombrarlas).

Lenalee escuchaba como hipnotizada, al igual que Evan, que parecía fascinada, pero Allen tragó saliva con inquietud al oír lo espeluznantes que sonaban las extraordinarias habilidades de aquellas muchachas.

-Bueno, creo que comprenden su deber: irán de incógnitas al colegio, con Allen y Lavi, para detectar el akuma y eliminarlo-explicó Komui-. Como ustedes dos son hombres, tuve que conseguirles trabajo para que los dejaran entrar… así que supongo que no te importará ser jardinero, Allen, mientras que Lavi será el bibliotecario.

-Hmm-murmuró Evan, mirando con vacilación a Allen-. Tengo la impresión de que sería mejor vestirlo de chica… con tantas muchachas encerradas en un solo lugar, creo que corre el riesgo de salir violado-Lavi se echó a reír.

-Pues si es un colegio de monjas, creo que es mejor que vaya así-replicó-. Ya sabes lo que dicen de las monjas…

Al día siguiente, Nana, Evan y Lenalee, ataviadas con el uniforme del colegio (camisa negra, corbata roja, falda blanca y medias rojas), junto con Allen y Lavi, partieron a Austria en el tren más lento del planeta. Afuera del vagón llovía a cántaros, de modo que no se veía nada por la ventana, y hacía bastante frío, por lo que ninguno se había quitado el abrigo. Evan dormía apoyada en el hombro de Allen, quien dormía también, y Lenalee y Lavi jugaban al ajedrez. Nana, en cambio, miraba sin ver el paisaje diluido en lluvia que apenas se atisbaba por el cristal, con los ojos dorados apagados y ausentes y la cabeza apoyada en una mano, el codo apoyado en el borde de la ventana.

Pensaba en Kanda, como últimamente hacía todo el tiempo. ¿Dónde estaría? No estaba muerto, ella lo sabía, lo sentía. Algo en el modo en que latía su corazón se lo decía: Kanda seguía vivo. Pero algo la inquietaba, le producía una angustiosa sensación de frío en el pecho: si estaba vivo, ¿porqué no regresaba? Sabía lo que los demás pensaban. Todos creían que su compañero estaba muerto, y que no volvería, y que ella estaba loca por creer que lo haría. Creían que estaba tan herida por la muerte de Daisya y por su propio pasado, que el dolor le impedía ver la realidad. Pero se equivocaban. En realidad, ese mismo dolor la hacía mucho más lúcida y perceptiva, más despierta que el resto, de modo que hasta en sueños podía sentir en la piel la más mínima vibración del aire cuando alguien pasaba a su lado, e intuir con solo ver a los ojos a los que la rodeaban su compasión y su cariño triste.

Pero él no está muerto, pensó Nana por enésima vez. Kanda no está muerto. Puedo sentirlo. Cuando duermo, puedo sentirlo, lo oigo y lo huelo… no es un sueño. Es como una visión. Kanda sigue caminando, me gustaría saber hacia dónde, pero es algo que nunca llego a averiguar. Pero el hecho de que siga caminando, de que pueda seguir oyendo sus pasos, me indica que él sigue vivo…. Éste pensamiento era a la vez fuente de un intenso cosquilleo de emoción que subía desde las rodillas hasta el esternón, y de una sensación de ahogamiento que ella reconocía como angustia. No voy a perder nunca más a nadie como con Daisya, se dijo, apretando los dientes. No dejaré que nadie muera por protegerme como lo hizo él con ese Noé…. De pronto, alzó la vista, y se topó con que Allen la miraba con ojos soñolientos. Se sorprendió tanto que pegó un respingo.

-¡Allen!-soltó, pero al momento recuperó el aplomo-. ¿Qué sucede?

El joven sonrió, dejándola un momento confundida.

-Está bien, Nana-murmuró-. Yo también creo que Kanda volverá.

La joven se quedó un momento algo aturdida, pero luego sonrió también, agradecida, y asintió.

Unas horas más tarde, cuando ya era noche cerrada y la lluvia se había vuelto más espesa y helada que nunca, el tren se detuvo por fin y los cinco Exorcistas se bajaron en el andén más desierto y oscuro del mundo. El sombrero de Nana les proporcionó luz suficiente para localizar un destartalado carruaje que los esperaba ahí, conducido por un bulto negro envuelto en trapos, del que sobresalían tan solo una pipa encendida y un par de manos huesudas que aferraban las riendas de dos corceles negros como la noche misma. El cuadro resultaba levemente siniestro, pero ellos, demasiado exhaustos y helados como para notarlo, dejaron que los llevara por un camino oscuro y rural, atravesando el campo y dejando atrás la ciudad, durante un tiempo que les pareció infinito, hasta que se detuvo con una sacudida frente a una gran reja negra, altísima y que en la oscuridad parecía el esqueleto de un extraño animal.

Lo primero que los hizo sobresaltarse al bajar del carruaje fue que, en cuanto se acercaron a la reja, ésta emitió un suave ruido de cadenas y hierro oxidado, y se abrió como para invitarlos a entrar; pero ellos, intimidados, dudaron un momento antes de hacerlo, hasta que Lavi le hizo un burlón gesto caballeroso a Nana para dejarla pasar delante de él. La chica emitió una maldición entre dientes, al igual que Evan, y ambas entraron de primeras en el enorme jardín, al fondo del cual se distinguía la figura sombría de una enorme edificación que parecía un castillo con la fachada cubierta por una enredadera que casi alcanzaba el techo.

-Es de verdad enorme-comentó Lenalee con un hilo de voz, mirando la gran construcción.

-¿Cómo se supone que cuide de las plantas si ni siquiera sé cuáles son las flores?-gimió Allen, contemplando las extrañas plantas que ahí había sembradas en arriates, como un raro nudo de ramas en espiral con frutos amarillos que surgían directamente del tronco como pequeñas verrugas. Evan soltó una risita nerviosa, y por ir distraída cayó en uno de esos extraños arbustos, en el que se enredó. Allen se apresuró a ayudarla, y justo cuando habían logrado desprenderlo a él de las ramas, oyeron una voz profunda detrás de ellos. Todos pegaron un respingo (Allen volvió a caer sobre el arbusto) y se volvieron.

-Bienvenidos sean, estimados Exorcistas-susurró la grave voz femenina. Una cálida luz dorada flotó delante de ellos, y entonces pudieron observar a quien les hablaba. Lenalee no pudo evitar ahogar una exclamación de horror al verla.

Se trataba de una mujer altísima, más alta incluso que el General Cross, según pudieron calcular ellos, con el cabello gris y unos inquietantes ojos del color del vino o de la sangre. Pero lo perturbante de su aspecto no tenía que ver con esto: la mitad derecha de la cara de la mujer era lisa y tersa, con una piel pálida y delicada como la de una joven, aunque su cabello delataba que se trataba de una anciana; pero la derecha era roja, como en carne viva, y daba la horrible impresión de una vela derretida. El ojo derecho apenas se veía entre un pliegue de piel color escarlata, y su oreja derecha no era más que un agujero a un lado de la cabeza. La mitad de su boca parecía una gran herida abierta en la ya de por sí enorme herida que era su cara. Además, como luego pudo advertir Allen, la manga izquierda de la mujer estaba vacía, pulcramente doblada y sujeta a su hombro con un alfiler de plata.

-Mi nombre es Madame Rosette-se presentó la mujer, con aquella voz profunda y grave, que a pesar de todo, le resultó agradable a Nana-. Soy la directora del Internado Santa Magdalena, y es un placer tenerlos aquí. Deben de estar exhaustos-añadió, con exquisita cortesía-. Por favor, síganme.

Los precedió por el jardín empapado, sin tropezar ni una vez aunque Allen y Nana acabaron varias veces en el suelo, hasta la entrada del enorme edificio. Abrió la puerta y se apartó para dejarlos entrar, y entonces sonrió. La sonrisa del lado derecho era bellísima, pero la izquierda producía dolor solo con mirarla.

-Bienvenidos-dijo nuevamente, haciendo un gesto con su único brazo para hacerlos entrar.

Y en el preciso momento en que entraron, un golpe de calor les subió a todos a la cara.

No fue solamente a causa de la agradable temperatura que reinaba en el interior, sino sobre todo por la magnificencia que lo impregnaba todo: el vestíbulo era casi tan grande como el del cuartel general, pero sus pisos eran de mármol blanco, con los muros empapelados en color dorado, y delicadas decoraciones por todos lados. Dos escaleras curvas de mármol, con una espesa alfombra rojo oscuro, arrancaban del centro en perfecta simetría y llevaban al segundo piso. En cada lado del vestíbulo había grandes espejos y en cada esquina una mesa de patas doradas con jarrones de porcelana china y bustos de piedra blanca. Al entrar, todos se sintieron miserables: cubiertos de agua y barro, en medio de aquella sala impresionante y al lado de la alta Madame Rosette (que a pesar de ir tan empapada como ellos, con el cabello blanco echado hacia atrás y su pulcro abrigo negro de terciopelo, se veía como una diosa), ellos parecían mendigos.

Nana alzó la mirada y se encontró con una enorme araña que más bien parecía un cúmulo de estrellas por la cantidad de gotas y lágrimas de cristal tallado que la conformaban. Al momento se sintió fuera de lugar. De pronto deseó con toda su alma cambiar de lugar con Allen e ir a dormir en la pequeña casita del jardinero, oculta entre los árboles detrás del invernadero, miserable en comparación a la ostentación del colegio, pero mil veces más acogedora para ella. Sentía que se ahogaba en tanto lujo, acostumbrada como estaba a poseer lo mínimo. Intercambió una mirada con Allen, y supo que él también se sentía igual de incómodo.

Madame Rosette sonrió de nuevo.

-Señoritas-dijo, dirigiéndose a las tres muchachas-, su dormitorio es el 77. Se alojan cuatro chicas por habitación, pero por suerte en este momento solo hay una chica en el suyo. Suban por las escaleras de la derecha y sigan recto. No pueden perderse.

Las tres asintieron y subieron las escaleras sintiéndose vagamente mareadas y hablando en susurros para no despertar a nadie, pero sobre todo porque las intimidaba el lujo de aquel sitito. Entonces Madame Rosette se volvió hacia Lavi y le dijo con sequedad:

-Tú, vete por la escalera de la izquierda y sube hasta la buhardilla. Ahí duermen los del servicio-y luego se volvió hacia Allen y añadió:-. Lamento de verdad que no estés dentro del edificio para detectar al akuma, pero espero que no te moleste dormir solo-le entregó unas llaves y la lámpara y luego les hizo un seco gesto con la cabeza y se retiró.

Los dos se quedaron un momento callados, parados en medio de aquel sitio luminoso y cálido.

-Esa Madame Rosette…-murmuró Allen.

-Toda su piel parece una herida-comentó Lavi-. Sí, ya lo sé. El viejo panda me lo dijo antes de venir: ella era una Buscadora, hasta que en medio de una lucha contra algunos akuma en un edificio en llamas una viga ardiendo le cayó encima-Allen hizo una mueca de dolor, y luego miró hacia la puerta. Afuera todavía se oía tronar la lluvia.

-Me parece que voy a tener pesadillas-jadeó, con un escalofrío, y Lavi asintió. Luego ambos se separaron y fueron cada uno por donde les había indicado la anciana directora.

Lo último que vio Allen un rato después, antes de dormirse, por la ventana de la pequeña casa del jardinero, fue que un único árbol del jardín tenía flores: se trataba de un cerezo, que ardía como una antorcha rosada en medio de la penumbra.