El Stronghold, prácticamente un castillo subterráneo con sus respectivas habitaciones era algo que tenías que ver tú mismo en persona para entenderlo. No bastaba con contarlo. El frío que se siente en esos pasillos deshabitados, el que haya habido alguien que construyó ese tenebroso lugar con un fin desconocido, los escombros que oyes caer repentinamente a lo lejos y el sonido que hacen... sumado al sonido de arañas, zombies y otros mobs desconocidos jamás escuchados en un gigantesco complejo inhabitado... la incertidumbre de no saber si vivirás...
No es lo mismo narrarlo que presenciarlo.
Euclyde construyó un puente de cuatro metros de ancho. Quería asegurarse de la protección del grupo, el que constaba de más de treinta entidades. Incluyéndole, treinta y tres.
Cruzaron, y cuando estuvieron del otro lado Euclyde se colocó al frente. Todos le siguieron. Batallaron, esta vez demasiado. Cada persona, aldeano y criatura estaba agotada. Sin embargo, recorrieron suficiente laberinto. Los aldeanos bibliotecarios casi se trastornaron, queriendo extraer libros de la biblioteca del complejo cuando la vieron, pero los demás les obligaron a seguir.
Y, finalmente luego de mucho, llegaron a la estructura del portal, el que estaba en desuso. Le faltaban un par de ojos en sus ranuras y el spawner de peces, el que hace años había sido roto por el propio grupo de Euclyde.
-¿Alguna idea, Euclyde?- preguntó uno de los jugadores. Euclyde lo meditó.
-Necesitaremos hierro. Debemos construir un portal hacia el nether para hallar blazes y craftear los ojos que nos están haciendo falta, y para eso vamos a necesitar el diamante que estaba en las cuevas del barranco. Recontemos todo.
En efecto, cuando cruzaban el puente, alguien hizo el comentario de que había una preciosa incrustación de diamante apenas visible desde donde estaban. Diamante, oro, carbón y lapislázuli era lo único que había, esparciéndose en la oscuridad. No era mucho diamante, de hecho, pero Euclyde esperaba contar con la suerte de sumergirse en aquellas cavernas y hallar más, lo que Michael dudaba.
Con dos unidades de hierro no lo iban a extraer.
-Vamos a la entrada y desde el puente hallemos una forma de bajar. Allí seguro encontramos hierro.
Pero cuando llegaron tuvieron que dejar la idea suspendida. Una cálida horda de zombies que seguramente venían con órdenes se hizo presente, esparciendo a todos y obligándoles a pelear. Más que cualquier cosa, a defenderse.
-¡Retrocedan!- ordenó Euclyde. Los zombies estaban siendo eliminados, cuando en eso uno de ellos, quien tenía celosamente hierro guardado, fue lanzado por el esqueleto al suelo del abismo, azotándose y dropeándolo. Euclyde y Michael notaron esto, pero Euclyde se adelantó.
-Sabes que necesitamos el hierro. Quédate aquí y espera a mis órdenes.

Órdenes.

Michael, con todo el asunto del Grande, ya estaba teniendo problemas con las famosas órdenes.
-Yo no sigo órdenes de nadie- dijo, lanzándose por el puente, aterrizando en el medio de una precipitación de cascada y llegando sano abajo, donde le esperaban el hierro recién soltado, arañas y zombies.
-¡Michael!- gritó preocupado Euclyde. Sin problemas y resultando intacto Michael se sacó de encima cuatro zombies, tres arañas e incluso un esqueleto oculto en alguna pared. Para cuando sacó su arco morado con el que quemó al esqueleto, Euclyde calló. Nunca había conocido a un jugador con tal destreza. Pero reaccionó cuando Michael, de una mesa recién colocada gastando el hierro sacaba un balde huyendo hacia un lago de lava cercano.
-¿Qué cree que hace este mocoso... ?
Euclyde, alejado del grupo, el que exterminaba a los últimos enemigos, cavó en forma de escalera, llegando abajo. Colocando antorchas en todas las regiones que Michael había dejado sin iluminar, avanzó hacia el fulgurante lago, donde encontró un portal a base de agua y lava, iluminado y activo, lleno de piedra labrada que estaba siendo removida por Michael.
-Venga, que hasta lo he dejado limpio para ti y todo.
Euclyde, molesto, no tenía palabras. Simplemente no podía decir palabras dado el contexto. La decisión apresurada de Michael había sido mil veces más arriesgada que la de él mismo, pero también más efectiva.
Sabiendo que contaba con un jugador de gran nivel a su lado, tomó otra decisión. Miró hacia arriba, donde estaban los otros jugadores viéndoles.
-Necesitamos que ustedes se queden aquí- les dijo Euclyde-, nosotros emprenderemos el viaje al nether. Es arriesgado ir con el grupo entero.
Los jugadores arriba asintieron y fueron a informarle al resto. Respecto a Euclyde y Michael viajaron al nether, donde inmediatamente reconocieron el camino en el que estaban, por el que viajaron hasta que dieron con la fortaleza. Enfrentar a los blazes no fue difícil. Michael se limitó a usar la espada verde de los ladrones que traía consigo.
Volvieron con el botín al puente, se reunieron con los demás y buscaron nuevamente el portal. Una vez que dieron con él, Euclyde dio la orden. Esta vez sentía que estaba tomando la mejor decisión de toda su vida.
-Esta vez entraré primero. Los aldeanos se quedarán aquí y darán cuenta de lo que sea que ocurra. Exclusivamente los jugadores y los mobs seremos quienes ingresen al portal del Fin.
Tomaron tiempos para curarse y reorganizarse. Cada quien se armó lo mejor que podían e ingresaron de a uno, primero Euclyde, esperando al menos morir peleando al lado de sus camaradas...
Llegaron.
Por fin.
Inmediatamente todos comenzaron a mirar temerosos al suelo, puesto que el sitio estaba plagado de endermen. Estaban confundidos. El Grande no aparecía y cada uno recordando feas experiencias personales imaginaba su apariencia de un modo distinto a los demás. Algunos lo imaginaban como un zombie, otros más como un esqueleto y algunos mentalmente le hacían modificaciones y lo imaginaban como una fusión del todo.
Pero todo se acabó.
-¿Realmente se preocupan de tenerles miedo a mis hijos? Miren al cielo y sabrán qué es el terror desmesurado- dijo una voz atronadora desde los cielos. Todos alzaron la vista para encontrarse con un dragón negro, de alas enormes y fauces feroces. Sus ojos morados eran brillantes como redstone y si no fuera porque estaban completamente rodeados de endermen hubieran salido disparados huyendo. Además, estaban en una gran isla flotante. No tenían adónde.
El dragón aterrizó en sus patas enfrente de ellos esparciendo endermen por todos lados.
-¡No te tememos!- dijo el pequeño slime, el último de la familia verdosa. El Grande comenzó a reír.
-Deben saber que les espera una muerte lenta y dolorosa en manos de sus propios compañeros hostiles, ¿no?- dijo, comenzando un ataque que fue esquivado por todos a excepción de Euclyde, Michael y otras dos personas. Todos ellos instintivamente esquivaron y atacaron, apenas haciendo algo de daño.
Por su parte, el dragón se burló de ellos, inmediatamente absorbiendo salud desde lo alto de unos pilares de obsidiana.
-¿Acaso creen que ustedes van a poder hacer algo de daño en mí?- rugió el dragon-. ¡Si lo prefiero, puedo estar todo el día hiriéndoles hasta el agotamiento y cansándoles hasta la muerte!
Michael se dio cuenta de lo que los pilares hacían en él, formó una torre de piedra lejos del campo de visión de la bestia y notó unas estructuras con forma y apariencia de cristal en la cima de cada torre. Acercándose a una, tocó uno de los cristales con fuego y en un estallido salió disparado al aire, aterrizando pesadamente, pero en buen estado.
-¡Los cristales... ! ¡Disparen a los cristales de las torres!- gritó, reuniendo fuerzas para hacerlo-. ¡Son su punto débil... !
Todos los del grupo se dieron vuelta al grito de Michael. Se dispersaron y comenzó una lluvia de flechas que acabó con los cristales, uno por uno.
-¡NOOOOOOOOO! ¡NOOOOOOOOO! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
El dragón se alzó por encima de todos y comenzó a atacarles, hiriendo a quien se le cruzara para comenzar la verdadera guerra, saliendo muy maltrecho igualmente. Esto se repitió hasta que el pobre infeliz comenzó a jadear. Desesperado recibía más daño que el que daba. Michael, oculto, se recuperaba de sus heridas.
Pero no por mucho. El dragón fue hacia él, le derribó y lo tuvo en el piso con sus garras.
-¡TÚUUUUUUUU! ¡MALDITO! ¡NO SABES QUÉ ES LO QUE HACES! ¡TE ESTÁS BUSCANDO LA PEOR DE LAS MUERTES! ¡NO PUEDO CREER QUE ASÍ DE SIMPLE QUIERAS ENFRENTARTE AL CAUSANTE DE TODO EL MAL EN ESTE MUNDO! ¡SIGUE INTERFIRIENDO EN MIS PLANES Y TE JURO QUE TE VA A IR MUY MAL!
-Quiero verte intentarlo... Si acabas conmigo, la humanidad entera vendrá a por tu cabeza, así que no te tememos...
Se enfureció una barbaridad esta vez. Queriendo darle el golpe definitivo, levantó su poderosa garra para rebanarlo en cuatro, siendo distraído por una dolorosa flecha de Euclyde, la que se le incrustó en el costillar. Cuando dirigió su atención hacia él, Michael, sudando, empuñó su hacha y le propició tal derechazo que el monstruo comenzó a gemir muy fuerte. Todos esperaban a que muriera.
Pero con sus últimos alientos golpeó a Michael, enviándole al vacío y dirigiéndose hacia los demás, acorralándoles a la misma suerte que Michael acababa de correr.