8. En Asecho, Segundo encuentro con Lin, o Rin?
Para cuando Lin llegó a su edificio, el corazón le latía furiosamente. Estaba segura de que acababa de ocurrir algo de vital importancia y tenía miedo de las posibles consecuencias.
Abrió la puerta del apartamento y le dio al interruptor de la luz.
Sin embargo, ésta no se encendió.
Maldiciendo, cerró la puerta a ciegas. Tras soltar la mochila en el suelo, fue palpando las paredes hasta llegar al lavabo.
Allí también pulsó el interruptor de la luz, pero tampoco obtuvo resultado.
Murmurando entre dientes lo que le iba a decir al casero la próxima vez que lo viera, se dirigió a tientas al dormitorio. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando tropezó con algo. Algo que se parecía sospechosamente a un par de pies. Agitando los brazos en el aire, iba a caerse, pero antes de llegar al suelo, un par de brazos fuertes lo impidieron agarrándola por la cintura.
Cuando el intruso entró en contacto con su cuerpo, Lin gritó y, al tratar de soltarse, se cayó de espaldas. A la débil luz que entraba por la ventana, distinguió una figura que la acechaba desde el umbral. Se desplazó sentada, como un cangrejo, dirigiéndose hacia la única salida.
Notó cómo la figura la adelantaba a toda velocidad. Cuando ya estaba a punto de llegar a la puerta de la entrada, volvió a chocar con los pies del hombre.
-Si vuelves a gritar, te haré callar a la fuerza.
-Una voz enfadada pero suave como la seda rasgó la oscuridad.
-¿Qué quieres? -Ella trató de que la voz no le temblara, pero no lo consiguió.
-Quiero que respondas a unas cuantas preguntas. Siéntate aquí.
Lin oyó el chirrido de una silla que alguien arrastraba por el suelo y notó que una de las patas se le clavaba en la cadera.
Podía intentar reptar hasta la mochila para hacerse con el móvil, pero las posibilidades de éxito eran muy remotas. Probablemente el hombre la atraparía.
Su corazón latía erráticamente.
-¿Has apagado tú la luz?
-No me des una excusa para hacerte daño. - El hombre golpeó el suelo con la silla, como para dar más énfasis a sus palabras.
Lin se sobresaltó.
Podía gritar pidiendo ayuda, pero su vecina más cercana, Komud, era dura de oído y probablemente estaba ya dormida. Además, había tanto ruido de tráfico a sus alrededores -no paraban de pasar Vespas a todas horas- que no creía que nadie más pudiese oír sus gritos.
-Estoy esperando -gruñó él. Su voz parecía corresponder a un hombre joven, aunque su japonés era tan fluido como anticuado.
Lin se movió muy despacio. Apoyó una mano en la silla y se levantó. Luego se sentó, deslizándose en silencio.
-No tengo dinero.
-Lo que quiero saber es si tienes sentido común -replicó el extraño a su espalda.
Ella se volvió, siguiendo el sonido de su voz.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Soy yo el que hace las preguntas. ¿Qué estabas haciendo en la Mansión Meiji?
A Lin se le cayó el alma a los pies. Tal vez la había estado siguiendo o tal vez la había visto allí por casualidad. En cualquier caso, debía de ser muy rápido. Quizá había venido motorizado para llegar antes que ella.
Se preguntó por qué ocultaba su aspecto entre las sombras.
-Has sido una chica estúpida. No empeores las cosas agotando mi paciencia. -Su tono se volvió amenazador.
Lin respiró hondo para relajarse antes de hablar.
-Ha sido un error. No debería haber ido.
-¿Qué estabas buscando?
-Quería ver a alguien que trabaja allí. Pasé un momento a saludarlo.
-¿A estas horas? ¿En plena noche? -la presionó el hombre.
Ella fingió una risa desenfadada, que sonó como una tos apagada.
-Qué tontería, ¿verdad? He metido la pata.
-¿A quién buscabas?
Lin dudó. El hombre acercó la cara y ella pudo oler su aroma, una mezcla de cítricos y bosque. No era un olor desagradable.
-A Sesshómaru Taishō.
Si el intruso reconoció el nombre o se sorprendió al oírlo, no lo demostró.
-Un nombre curioso para un japonés - replicó en tono desenfadado-. ¿Es un amigo tuyo?
-No, no lo he visto nunca.
-Entonces ¿para qué querías verlo?
-Para nada en concreto.
Lin sintió una mano en el hombro.
-Esa respuesta no es aceptable.
La mano le apretó el hombro muy levemente y ella tuvo que cerrar la boca con fuerza para no gritar.
Un montón de miedos y ansiedades que creía superados se agolparon en su mente. Sintió pánico al pensar que el intruso fuera a violarla o a matarla una vez que obtuviera la información que buscaba. Pensó en su hermana pequeña, Shunran, y en la posibilidad de no poder decirle que la quería por última vez.
La mano volvió a apretarle el hombro.
-Ehhh, trabajo en Taitō-ku y...
-Eso ya lo sé —la interrumpió el desconocido.
-¿Lo sabes?
-Sé muchas cosas. Continúa.
Lin se revolvió en la silla, a oscuras, preguntándose por qué, de pronto, la voz del intruso le resultaba familiar. No eran ni el agente Toran ni el Hayao Matsumoto, de eso estaba segura, aunque en un rincón de su memoria tenía guardada esa voz. La había oído antes, pero no sabía cuándo.
-Mientras estaba en el trabajo oí que ese hombre, Sesshómaru Taishō, estaba relacionado con la galería Hyōkeikan. No sé más.
La mano le soltó el hombro. Lin aguzó el oído, tratando de detectar cualquier movimiento.
El hombre se inclinó entonces sobre ella y le pegó la nariz al cuello. La chica dio un brinco, ya que tenía la nariz fría, igual que la mano.
Él inspiró hondo, muy lentamente. Lin intentó apartarse de él, al notar la oleada de náusea que le ascendía por la garganta.
El hombre gruñó y se echó atrás, como si el olor de Lin le resultara repulsivo.
-Sé cuándo mientes. ¿Qué me estás ocultando? ¿Qué más oíste?
-Hum..., que el señor Taishō había donado dinero a Taitō-ku a cambio de una invitación a una exposición especial que se inauguró hace un par de años.
-¿Quién lo dijo?
Al ver que no respondía, el desconocido le recorrió el cuello de arriba abajo con un dedo. Ese sencillo gesto hizo que Lin se encogiera.
-Alguien llamado Peterson. No sé con quién estaba hablando.
-Inténtalo otra vez -le susurró él al oído.
-Peterson estaba hablando con Setsuna Takemaru.
Al oír esas palabras, él se incorporó bruscamente.
-¿Takemaru? ¿Estás segura?
-Sí.
-¿Has hablado de esto con alguien? ¿Con un amigo quizá? ¿Con los Agentes?
-No.
El intruso guardó silencio.
Lin esperó a que él hiciera algo, pero no fue así. No se movió. No suspiró. Ni siquiera lo oyó respirar.
Al cabo de unos segundos, se revolvió en el asiento inquieta, dando golpecitos en el suelo con el pie. Se preguntó si podría usar la silla como arma. Ese hombre había demostrado que era más rápido que ella, así que, si fallaba el golpe, él se lo haría pagar.
Lin movió el pie más deprisa, preguntándose qué podía hacer.
La voz del intruso le sonó muy cerca del oído.
-Hoy has ido a un orfanato y a un albergue. ¿Por qué?
Ella se quedó pasmada.
-¿Me has seguido?
-Responde a la pregunta. Y dime la verdad.
-Soy voluntaria del orfanato. Voy a veces al salir de trabajar. Y ha desaparecido un amigo mío, un indigente. Fui al albergue para preguntar si estaba allí, pero no estaba.
-¿Un indigente?
-Sí, el que se sienta en el puente del parque ueno. Es discapacitado, como yo.
Lin notó que el hombre se movía, aunque de manera casi imperceptible. No.
-Bueno, yo lo era -se corrigió-. Ahora ya
-¿Lo habían visto los Kyō dai no chitsujo?
-¿Kyō dai no chitsujo?
-Los sacerdotes -aclaró él con impaciencia.
-No, no lo habían visto. Temo que le haya pasado algo.
-¿Te preocupa esa criatura? -El intruso parecía incrédulo.
-No lo llames así -lo reprendió Lin-. Sí, me preocupo por él. La mayoría de la gente lo ignora. Algunos, como tú, lo ridiculizan. Pero es una buena persona, un ser humano hermoso.
-Y supongo que también te preocupas por los huérfanos... -añadió él en tono despectivo.
Lin frunció el ceño.
-Por supuesto.
-Si alguien atacara a tu querido indigente y tratara de matarlo, ¿intervendrías?
Lin titubeó.
-Me daría miedo intervenir, pero tampoco podría quedarme mirando sin hacer nada. Iría a buscar ayuda.
El hombre chasqueó la lengua con disgusto.
-No podría quedarme sin hacer nada - repitió ella, y la voz se le quebró en la última palabra. Un viejo recuerdo luchó por abrirse camino en su mente, pero Lin lo apartó con tozudez.
En ese momento, un ruido como de monedas tintineando en el bolsillo del intruso llamó su atención.
-Si tuvieras que elegir entre la justicia y la misericordia, ¿con cuál te quedarías?
-Con la misericordia -susurró ella.
-Y, si te encontraras cara a cara con los que maltrataron a tu indigente, ¿les ofrecerías misericordia?
Al ver que ella dudaba, el intruso se echó a reír.
-Eso pensaba. Incluso los más magnánimos sólo quieren misericordia para aquellos que se la merecen.
-Nadie se la merece. Es precisamente eso lo que la convierte en misericordia.
El hombre guardó silencio durante tanto tiempo que Lin se preguntó si se habría marchado. Volvió la cabeza y escrutó en la oscuridad.
-¿Qué voy a hacer contigo? -se preguntó el desconocido con voz suave.
-Déjame. Ya he respondido a tus preguntas. No sé nada.
-Cometí un gran error contigo. Y parece que ahora voy a tener que pagar por ello. -Su tono de voz había cambiado. Ahora era más grave, como cargado de resignación.
-Por favor, suéltame -insistió ella-. No te causaré ningún problema.
-¿Crees que no vas a causarme problemas? Pues yo creo que eres un problema andante.
El hombre suspiró. A continuación, Lin oyó un sonido, como si se frotara la cara con fuerza.
-Vete de Tokio y no vuelvas nunca –dijo él.
-Pero éste es mi hogar -protestó í tengo mi vida, mis amigos...
-Los amigos no te servirán de nada si estás en la cárcel o muerta -le soltó él con brusquedad.
-¿Muerta? -Lin se inclinó hacia delante en la silla, dispuesta a echar a correr.
-Has llamado la atención de un grupo más peligroso que La Interpol. De momento, tu vida no corre peligro, pero cuando se den cuenta de quién eres, te darán caza.
-Pero yo no tengo las ilustraciones. ¡Lo juro! -El intruso se echó a reír amenazadoramente.
-A esa gente no le importa el arte, te lo aseguro. No, su interés en ti será personal.-Lin se tensó.
-¿Por qué?
-Cuanto menos sepas, mejor para ti.- Ella enderezó la espalda.
-No entiendo que nadie pueda estar interesado en mí. No soy en absoluto especial.
-En eso te equivocas.
El intruso la agarró fácilmente por la muñeca a pesar de la oscuridad, como si fuera un fruto maduro colgado de la rama de un árbol. Le apoyó dos dedos sobre las venas cómo si quisiera tomarle el pulso y apretó.
Lin tuvo una visión. Se vio atada a la cama de un hospital. Le estaban haciendo una transfusión, pero la sangre que corría por los tubos era negra.
Gritó y se puso en pie de un salto. Cogió la silla de la cocina y trató de golpear con ella al extraño antes de volverse hacia donde pensaba que estaba la puerta. Logró dar sólo dos pasos antes de que él la agarrara por detrás.
Lin se resistió, chillando y pataleando, pero los brazos del intruso parecían de acero. La sujetó con fuerza contra su pecho y la levantó hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo.
-¡Silencio! -siseó.
El corazón de Lin latía como loco. Trató de coger aire, pero los brazos la apretaban con demasiada fuerza.
-No... Puedo... respirar -logró decir con un hilo de voz mientras se revolvía desesperadamente.
El hombre aflojó un poco el abrazo, pero siguió manteniéndola lejos del suelo.
Lin inspiró hondo mientras su mente examinaba la situación en la que se encontraba. Ni siquiera después de su drástico cambio de imagen era un peso ligero. Y, a pesar de eso, el asaltante la estaba levantando como si fuera una muñeca de trapo. Y no parecía estar esforzándose mucho.
-He venido a ayudarte -susurró él-. ¿Así me lo pagas?
-¿Ah, sí? ¡Has entrado en mi casa sin permiso y me estás manteniendo prisionera contra mi voluntad!
Lin trató de arañarle los brazos, pero sus uñas toparon con la barrera protectora de lo que parecía ser la chaqueta de un traje.
-Los otros te habrían matado después de jugar contigo.
-¿Cómo es que sabes tanto sobre ellos?
-Porque soy uno de ellos.- Lin se quedó inmóvil.
Tras saltarse un latido, su corazón volvió a golpearle en el pecho con más intensidad que antes. Se preguntó si estaría a punto de morir.
Soltando una maldición, el extraño la sentó bruscamente en otra silla. Luego la arrastró hasta que quedó pegada a la pared.
Acto seguido, se inclinó sobre ella. Cuando volvió a hablar, su voz se había convertido en un susurro amenazador.
-No me creas si no quieres, pero soy tu aliado. Ahora quédate quieta y calladita o dejaré que te atrapen. ¿Me entiendes?-Lin asintió, tratando de recobrar el aliento una vez más.-Bien.
En ese momento se dio cuenta de que el intruso debía de estar viéndola.
-¿Llevas gafas de visión nocturna?
-Yo soy la oscuridad hecha visible. -Ella se estremeció.
A continuación, oyó que el extraño comenzaba a recorrer la cocina de punta a punta.
-Aunque te libraras de los otros, seguirías sin estar a salvo. Los Agentes están deseando encontrar un cabeza de turco para su investigación, y tú eres la candidata perfecta.
Lin se abrazó la cintura.
-Yo no me llevé las ilustraciones. No tengo ni idea de qué me ocurrió la semana pasada. Creo que alguien quiere tenderme una trampa.
El intruso se detuvo.
-Yo puedo darte el dinero necesario para que vuelvas a casa. Sal de la ciudad en tren y dirígete a Osaka. Coge un avión hasta Grecia, mientras no te delates no te pedirán pasaporte. Los agentes de inmigración de la zona del Pireo, cercana a Atenas, son bastante laxos. Desde allí puedes tomar otro avión que te devuelva a Estados Unidos. Tienes que salir de Tokio antes de dos semanas. Mientras tanto, estarás a salvo en tu apartamento siempre y cuando no se te ocurra volver a salir de noche.
Lin enderezó la espalda.
-¿Por qué no?
—Primero, porque eres una detective pésima: alguien te ha seguido hasta la Mansión y ahora está vigilándote al otro lado de la calle. Y, segundo, porque los otros te descubrirán, y supongo que tú no quieres que te descubran.
Ella no respondió. No deseaba marcharse de Tokio. Oyó que el hombre hacía sonar algo y se acercaba hacia ella.
-Una cosa me ha quedado clara: eres terca como una mula.
A continuación, le colocó algo frio alrededor del cuello. Era un collar. Cuando Lin levantó la mano para palparlo, notó que estaba hecho de cuentas redondas.
-¿Qué es esto?
-Una reliquia budista. De ahora en adelante, debes llevarlo siempre. No te lo quites por nada.
-Pensaba que si me marchaba de Tokio estaría a salvo.
-En Estados Unidos también hay otros. Lin soltó bruscamente el collar, que le cayó sobre el pecho.
-¿Cómo puede una superstición absurda protegerme de la mafia?
Un gruñido emergió del pecho del intruso, que agarró el collar.
-Los humanos estúpidos no merecen vivir. Devuélveme el regalo y no volveré a molestarte. -Lin cerró la mano sobre la de él, aterrada.
-No, por favor. Lo quiero.
El hombre tiró con más fuerza del collar, hasta que se clavó en el cuello de ella.
-Tal vez cuando hayas tenido más tiempo para reflexionar sobre la situación en la que te encuentras, te muestres más agradecida.
-Gracias -se apresuró a replicar Lin.
-Esta reliquia ofrece protección contra aquellos que desean matarte. O cosas peores.
-¿Me protegerá de ti?-Deseó poder retirar esas palabras en cuanto las hubo pronunciado. Él soltó la cadena.
-La reliquia no tiene ningún efecto sobre mí. Recuérdalo si en algún momento te sientes tentada de hablarle a la policía sobre mí o sobre la Mansión. -El tono del intruso se endureció para añadir-: No quieres tenerme como enemigo.
Ella apretó los dientes.
-No les contaré nada. Te lo prometo.
-Te doy dos semanas. Si sigues aquí dentro de quince días, te las verás conmigo.
Ella asintió. El hombre volvió a gruñir, pero ahora parecía mucho menos enfadado.
-Sé que me arrepentiré de esto, pero ya es demasiado tarde.
En la oscuridad, Lin sintió que él le tocaba la cara en una caricia ligera y sorprendentemente dulce.
-La belleza es vana. Aparece y, como el viento, desaparece. Recuérdalo. -Le acarició la mejilla con el pulgar—. Adiós, Rin.
Antes de que Lin pudiera reaccionar al oír su nombre oficial en boca del intruso, éste se alejó.
A continuación, oyó unos pasos y luego el sonido de una ventana que se abría.
Unos segundos más tarde, las luces regresaron.
…..
El Lord se encontraba en la terraza del último piso del Apa hotel de Ueno, perturbado y enfadado. La noche no había salido tal como la había previsto. En vez de poder llevar a cabo sus planes, había tenido que volver a enfrentarse a uno de sus más recientes -y graves- errores. Y había resultado ser un error más atractivo de lo que recordaba.
Mi Leidy vulnerable.
Ahora la alondra herida estaba curada, y el vulnerable era él. Cuando le había prometido que guardaría el secreto, el Lord había detectado la sinceridad en su voz, pero a los seres humanos se los engañaba fácilmente. La mente de la mujer era demasiado fuerte para poder controlarla mentalmente sin obligarla antes a beber de él. Y no deseaba convertirla en su esclava.
Si Shikako o Satsuki la encontraran... Se estremeció.
El aroma de Rin quedaba ahora enmascarado por la sangre que le había dado para salvarle la vida. Pero pronto su auténtica cosecha volvería a ser detectable. Le había entregado una de sus posesiones más valiosas, pero era consciente de que el objeto llamaría demasiado la atención. Hasta que se marchara de la ciudad, iba a tener que desempeñar el papel de ángel guardián, pero desde la distancia.
Una vez más le apareció en la mente la visión de una mujer maltratada y ensangrentada.
Fuera cual fuese su compromiso con Mi Leidy, el problema con Takemaru y los Peterson seguía sin resolverse. Peterson había recibido una propiedad que alguien había robado de casa del Lord muchos años antes y la había mostrado al público. El Lord lo consideraba un insulto personal. Además, la decisión de exponer las ilustraciones había atraído la atención internacional sobre ellas. Takemaru era cómplice de haber montado la exposición de la colección en su propia ciudad.
Pero la mente de Takemaru era susceptible de ser influenciada. Por eso había podido borrar fácilmente parte de la exposición. El Lord no veía la necesidad de acabar con su vida a pesar de su relación con los Peterson. Tener a un director de Taitō-ku que fuera fácil de manipular era muy ventajoso.
No obstante, el problema de los Peterson seguía sin resolverse. Tenía que borrar el nombre de Sesshómaru Taishō de sus mentes. Tenía que eliminar cualquier conexión entre ese nombre, Taitō-ku y el robo de las ilustraciones. Pero las mentes de Peterson y de su esposa se resistían a ser manipuladas.
Iba a tener que matar a Peterson. Y tendría que causarle un trauma tan grande a su mujer que ésta perdiera la memoria.
La puerta que separaba la terraza de la habitación de hotel estaba abierta de par en par, probablemente para que entrara el fresco de la noche. El Lord se deslizó en silencio en la habitación oscura.
La cama se encontraba a escasa distancia de la terraza. Peterson estaba tumbado de lado, de espaldas a él.
El Lord cerró los ojos e inhaló profundamente.
El aroma de Peterson era muy característico y, sin embargo, algo en él había cambiado desde su anterior encuentro. Ciertamente era mucho más atractivo y deseable ahora que antes.
Se preguntó qué habría pasado para provocar una mejora tan grande.
En ese momento, dos nuevos aromas humanos se unieron al de Peterson. Uno era nuevo y muy agradable; el otro era conocido y desagradable. El olor de la señora Peterson también había cambiado desde la última vez que la había visto. Era un aroma muy dulzón, pero no se había librado de la enfermedad. Fuera lo que fuese el problema de salud que la aquejaba, no se había deshecho de él. Sin embargo, tenía un aspecto saludable. La vio tumbada en la cama, arrebujada entre los brazos de su marido, que la abrazaba por detrás.
El Lord pensó que nunca había disfrutado de esa posición en la cama. Era una postura que simbolizaba la confianza que nacía de la intimidad y el amor. Nunca había deseado ese grado de intimidad con Satsuki. Y respecto a las demás...
Los celos avivaron su enfado. Hubo un tiempo en el que habría dado cualquier cosa por tener una esposa y un hijo. Pero le habían arrebatado esa posibilidad.
Gruñó y dejó los dientes al descubierto. Peterson era un tipo muy rico. ¿Por qué tenía que robar?
Al acercarse más a ellos, se sorprendió al encontrar una pequeña estructura de madera adosada a la cama por el otro lado. Era una cuna, donde dormía un bebé tapado con una mantita rosa. Era la fuente del nuevo y agradable aroma.
El Lord sintió rechazo, parecido al que sienten algunos humanos ante la carne de ternera.
Inmóvil al pie de la cama, contempló a los padres del bebé. El aroma natural de la esposa de Peterson era ligeramente floral y casi ocultaba el olor de la enfermedad. Aunque el Lord admiraba las virtudes que originaban esa fragancia, el perfume le resultaba demasiado dulzón.
Deseó con ansia probar la sangre de la belleza de cabello negro como el plumaje de un cuervo. Mejor dicho, deseó probar el sabor que tenía antes de haberlo contaminado con otras cosechas. Ahora olía a arrogancia vieja y a oscuridad. Su auténtico aroma estaba enmascarado.
Sin embargo, lo que más echaba de menos era la compañía de una mente despierta y de un alma noble. Alguien con quien poder hablar sobre el arte y la belleza. Una compañera y amante.
Se enfureció al recordar las palabras de Satsuki. Llevaba demasiado tiempo solo. Y acababa de convencer a la única mujer que deseaba para que abandonara la ciudad, es decir, que iba a permanecer solo eternamente.
-Justicia y misericordia -murmuró.
Al ver que Alexander se movía sobre el colchón, el Lord salió a la terraza. Desde allí observó cómo Peterson se sentaba y miraba a su alrededor. Vio que alargaba la mano hacia el interruptor de la lamparita que había junto a la cama.
Se movió un poco para que Peterson no pudiera verlo y esperó mientras éste recorría la habitación, maldiciendo entre dientes. Luego lo oyó cerrar las puertas de la terraza y correr el pestillo.
Estrictamente hablando, una puerta cerrada no era suficiente para evitar que el Lord entrara si quería hacerlo, pero la presencia del bebé había alterado sus planes.
Mientras permanecía en las sombras, recordó la noche en que conoció a los Peterson. Había quedado tan impresionado por las virtudes de la esposa que había decidido no matarla. Sin embargo, no había sentido ningún reparo a la hora de decidir la muerte del marido. Que tuviera en su poder una propiedad robada implicaba una sentencia de muerte.
El Lord trató de convencer a sus pies para que regresaran a la habitación, pero éstos no le obedecieron.
Lo sorprendió mucho comprobar que era incapaz de matar a Peterson delante de su hija, aunque era apenas un bebé.
Le había pasado algo. Algo en él estaba cambiando.
Tal vez fuera cosa de Rin. Había entrado en su vida como un caballo de Troya, trayendo consigo la misericordia. Él odiaba la misericordia; le parecía una muestra de debilidad.
¿Qué otra explicación podía darle a ese súbito cambio de actitud? Primero había sido incapaz de matar al bebé y a la madre enferma. Y ahora resultaba que tampoco podía dar los pasos necesarios para matar al padre de la criatura.
Peterson se lo merecía. Se merecía morir. Aparte del robo, había pecado de orgullo, lo que le daba a su sangre un aroma acre. Por no mencionar el pequeño detalle de Sesshómaru Taishō...
El Lord no podía tolerar la debilidad. Sobre todo la propia. Y no iba a perdonarle la vida a Alexander Peterson.
Mientras se dejaba caer de un salto hasta la calle, se dijo que perdonaría la vida del bebé y de la esposa de Peterson, manteniendo en secreto su identidad de otra manera. Esperaría a que Mi Leidy se marchara de la ciudad para matar al profesor. Así no vería la repulsión en sus ojos chocolates.
¡Y al diablo la misericordia!
….
Justo antes de que saliera el sol, Lin se sentó en la cama, abrazada a un almohadón. El piso estaba bañado en luz eléctrica, ya que tenía todas las lámparas encendidas. La puerta y las ventanas estaban cerradas a cal y canto, al igual que las persianas que las cubrían. Un viejo alce de felpa que tenía desde que era pequeña estaba sentado a su lado, como si fuera un centinela.
Había dormido, pero poco. El miedo y la ansiedad se habían apoderado de su mente y de sus sueños.
La noche anterior, cuando se hubo recuperado un poco del shock, se planteó ponerse en contacto con la policía, pero al mirar por la ventana cambió de opinión rápidamente. Tal como le había dicho el intruso, vio al hombre que la acechaba.
No sabía quién era ese hombre. Podía ser un cómplice suyo, y no pensaba llamar su atención avisando a la policía.
El intruso en cuestión, quienquiera que fuese, parecía conocerla, o al menos se había pasado el día siguiéndola. Sabía que trabajaba en Taitō-ku. Sabía que la había entrevistado con la policía. Sabía que había ido de visita al orfanato y al albergue.
Y, de algún modo, le había llegado también la información de su visita a la mansión Meiji. No sabía si la había visto con sus propios ojos o si tenía un informador. En cualquier caso, debía de haber corrido mucho para llegar al apartamento antes que ella. Supuso que se había desplazado en coche o en Vespa, ganando así unos minutos que le habían permitido allanar su vivienda, cortar la electricidad y esperarla.
Había salido del apartamento situado en la primera planta por una de las ventanas del dormitorio, así que Lin supuso que había entrado por el mismo sitio. Tal vez fuera un escalador. Eso explicaría que pudiera entrar y salir del piso por la ventana sin hacerse daño.
Siempre cerraba las ventanas cuando se iba de casa, pero esa mañana, con los nervios, seguro que había olvidado hacerlo. No volvería a cometer el mismo error.
Si cerraba los ojos, aún podía oír la voz del intruso. Aunque le resultaba familiar, no era capaz de identificarla. Sin embargo, recordaba su olor.
«Para lo que me va a servir... ¿Qué le diría a la policía? ¿Arresten a los sospechosos y déjenme olfatearlos?»
Abrió los ojos y miró hacia la cómoda. El boceto que había acabado la noche anterior no estaba donde lo había dejado, lo que significaba que el intruso debía de habérselo llevado. Pero ¿por qué?
No había tocado los objetos de valor, como el ordenador portátil o las joyas.
Tal vez la razón fuera muy absurda. Tal vez se lo hubiera llevado para tomar las huellas digitales. Aunque le serviría de bien poco: Patrick le había contado esa misma mañana que los investigadores no habían encontrado huellas dactilares en la sala de exposiciones.
Lin vio su bastón apoyado en la pared, junto a la cómoda. No recordaba haberlo visto allí, aunque tal vez no se había fijado. ¿Para qué iba a cambiarlo de sitio el intruso?
Y, aparte de esas anomalías, estaban los regalos.
El desconocido había dejado un fajo de dinero en la mesa de la cocina. Cuando se calmó lo suficiente como para poder contar, Lin descubrió que ascendía a varios miles de yenes.
Y no era lo único que le había regalado. Levantó el crucifijo que le colgaba del cuello.
Parecía estar hecho de madera, a simple vista se veía antiguo. En cada cuenta tenia grabados hermosos. El diseño era bastante primitivo, lo que la llevó a pensar que se trataba de una pieza probablemente de la Era Bunki.
Lin sabía un poco sobre reliquias. Su educación había tenido base católica pero tenía nociones del budismo, ya que había estudiado los primeros años de carrera en la Universidad de Barry. También había mantenido contacto con el padre Mushin, el sacerdote era budista que las había ayudado a ella y a Shunran cuando habían tenido dificultades. Sin embargo, el amor y el respeto que sentía hacia él no llegaban hasta el punto de compartir sus creencias. Y, desde luego, Lin no creía que un trozo de madera fuera a serle de ninguna utilidad, sin importar la forma que alguien le hubiera dado.
No entendía que el intruso pudiera creer realmente que un pedazo de madera la fuera a proteger de «los otros», fueran quienes fuesen.
«No va a hacerme ningún daño llevar el rosario budista puesto, por si acaso. Tal vez funcione porque los otros le tengan miedo, no porque posea ningún poder mágico. Pero no pienso irme de Tokio. No después de haber trabajado tanto para crearme una vida aquí. Me da igual lo que diga ese hombre.»
Lin se cubrió los hombros con su mantita de cuadros escoceses.
El intruso era amenazador y asombrosamente fuerte. Su orden de que abandonara la ciudad había sido inequívoca. Lo que no entendía era por qué era tan importante que se marchara antes de dos semanas.
«Tal vez tenga un informador dentro de la policía y sabe cómo van las investigaciones.»
Había reconocido el nombre del Setsuna Takemaru, aunque había parecido sorprendido al oírlo. No obstante, aparentemente la persona que más le interesaba era el tal Sesshómaru Taishō. A Lin le pareció muy raro.
Tan raro como su manera de hablar. Había llamado a los sacerdotes budistas como Kyō dai no chitsujo. Por internet, Lin había descubierto que ése era un nombre en japonés para el grupo de sacerdotes budistas. Y la había advertido de que no debía salir después de que anocheciera.
Ella no tenía ni idea de la razón que lo había llevado a prohibirle salir. Y lo que aún le costaba más comprender era que le hubiera regalado la reliquia si quería que se marchase de la ciudad. El regalo en sí era raro, pero su actitud aún lo era más. Primero estaba enfadado, pero luego la había acariciado con dulzura.
Y lo más extraño de todo era que la había llamado Rin.
El nombre oficial de Lin sólo aparecía en su pasaporte, en el visado de trabajo y en el permiso de residencia. Y todos esos documentos permanecían en su mochila. No sabía cómo lo había obtenido el intruso, pero no había sido registrando el piso.
También aparecía en su expediente laboral, así que tal vez lo hubiera encontrado a través en Taitō-ku. Aunque a Lin le extrañaba mucho, ya que en la galería todo el mundo la llamaba por su apodo, que era el nombre que aparecía en su acreditación. Nadie la llamaba Rin desde que tenía doce años.
«Así que o está conectado con Taitō-ku o con la policía.»
Matsumoto y Toran conocían su nombre legal, pero habían visto su acreditación y sabían que todo el mundo la llamaba Lin.
Sin embargo, el intruso le había parecido de los que prefieren mantenerse a distancia de la policía. No podía haber descubierto su nombre verdadero gracias a ninguno de sus conocidos. Al menos, no gracias a ninguno Japón y de Florida ya eran otra historia.
Sintió una punzada de terror.
« ¿Y si ha hablado con...?»
No pudo acabar de formar el pensamiento en su cabeza. No, no tenía sentido pensar en ello. Florida estaba muy lejos, igual que cualquier rastro de su vida anterior. Incluso en sus diplomas universitarios aparecía su nuevo nombre. Si el intruso hubiera abierto el cajón inferior de la cómoda los habría encontrado allí, protegidos por fundas de plástico.
Dejó a un lado la manta y el almohadón; se levantó y, desde el centro de la habitación, echó un vistazo a su alrededor. Los cajones de la cómoda estaban cerrados, igual que la puerta del armario ropero. Nada parecía fuera de lugar, con la excepción del boceto que el tipo se había llevado y de...
Lin se fijó en la mesilla de noche, en la que guardaba varios de sus libros favoritos. Se dio cuenta de que el volumen de obras completas de Edgar Allan Poe había dejado de estar debajo del todo y ahora estaba el primero del montón. El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis habían perdido una posición. Ahora era el segundo.
Se preguntó si lo habría movido ella sin darse cuenta. No se le ocurrió preguntarse qué tendría el intruso contra los leones, las brujas y/o los armarios.
Se frotó los ojos frustrada. Tenía que volver al trabajo al cabo de pocas horas, pero estaba demasiado alterada para dormirse de nuevo.
Con un suspiro de resignación, se sentó a la mesa y conectó el portátil, dispuesta a poner al día el correo electrónico, que tenía muy descuidado. Cuando el programa se abrió, vio que tenía bastantes mensajes nuevos, incluido uno de su hermana.
« Hola, Lin:
He intentado hablar contigo por FaceTime, pero no contestas.
¿Me estás evitando?
La boda de mamá fue muy bonita. Qué lástima que te la perdieras.
Stephen es muy adornado. Antes de que se jubilara, era cirujano plástico. Mamá y él acaban de mudarse a una gran casa frente al mar. »
Lin dejó de leer y puso los ojos en blanco.
«Como no respondes a los correos de mamá, me ha pedido que te invite yo a pasar tu cumpleaños en casa. Dice que te paga el boleto, y puedes quedarte en casa, conmigo y con Dan.
¿Te comenté que estamos viviendo juntos? No me acuerdo.
Mamá quiere presentarte a Stephen y a sus hijos. Son mayores que nosotras. Están casados y tienen hijos. El hijo es médico y la hija es dentista.
Ven a visitarnos. Te echamos de menos. Podemos celebrar tu cumpleaños, y te enseñaré todos los sitios que valen la pena de Miami.
Llevas años sin ver a mamá. Creo que ya es hora de que las dos dejen el pasado atrás. Stephen me gusta mucho y la hace feliz. Creo que a ti también te gustaría si le dieras una oportunidad.
Dan está planeando llevarme a Asia para celebrar nuestro segundo aniversario. Calculo que iremos a mediados de junio. Nos alojaremos en un hotel, por supuesto, pero me gustaría verte en Tokio. No es seguro que vayamos, así que igualmente me alegraría mucho que vinieras a Miami por tu cumpleaños.
Eh, ¿qué pasó con aquel tipo que te gustaba? No me acuerdo de cómo se llamaba. ¿Lo invitaste a cenar al final?
Hablamos pronto. Te quiero,
Shun
Besos y abrazos»
Lin se echó hacia atrás, resistiéndose al impulso de escribir una respuesta concisa y enfadada.
Quería a su hermana más que a nadie en el mundo, pero habían llevado vidas radicalmente opuestas. Shunran era siete años menor que ella, por lo que no recordaba a su padre ni lo felices que habían sido juntos cuando vivían en New Hampshire. Y, por supuesto, no se acordaba del accidente.
Reflexionó durante un buen rato sobre el hecho de que siempre usaba un eufemismo para referirse al acontecimiento que la había dejado discapacitada. Movió los pies por debajo de la mesa para recordarse que, lo llamara como lo llamase, sus efectos habían desaparecido. Eso hizo que se sintiera un poco más dispuesta a volver a ver a su madre, pero sólo un poco.
Cuando su hermana creció, Lin le contó lo que había pasado. Shunran, al menos, la había escuchado con atención. Pero sus recuerdos sobre lo que había sucedido eran tan distintos de los suyos que le costaba mucho creer la versión de su hermana.
Por un lado, la falta de memoria de Shunran le parecía una bendición, así que Lin no insistió. Continuó guardando silencio, a pesar de lo mucho que le molestaba la versión revisionista de su madre.
Sin embargo, se había negado a verla, a hablar con ella, e incluso a estar en la misma habitación que ella hasta que reconociera la verdad. Lo que implicaba que no había visto a su madre desde que se había ido de casa para estudiar en la universidad. Y de eso habían pasado ya diez años.
Y acerca de la pregunta de Shunran sobre Kabir, el nieto de su vecina, era evidente que la cosa había quedado en nada. Ya casi se había olvidado de él, con todo lo que le había pasado.
« Hola, Shun:
Me alegro de saber de ti.
Pensaré acerca de lo de ir a Miami pero, si voy, me pagaré yo misma el boleto. Y no pienso ver a mamá. Ella sabe por qué. Es tontería volver a sacar el tema.
Sobre tu visita, me encantará verte. No obstante, en estos momentos estoy a tope de trabajo. Lo hablamos más adelante,
¿Bien? Estoy en la oficina, muy atareada.
Te quiero, Lin»
Envió el email y cerró el portátil, sin molestarse en revisar el resto de los mensajes que se acumulaban en la bandeja de entrada.
Fue al lavabo, tratando de olvidarse de su problemática vida familiar.
Se preguntó por qué un grupo de gente sin nombre se habría interesado en ella. No tenía intención de abandonar todo lo que había logrado en la vida con tanto esfuerzo sólo porque un misterioso criminal ligado a una organización secreta le ordenara marcharse de la ciudad.
Se sulfuró al recordar que el intruso se había burlado de sus dotes detectivescas. Iba a tener que redoblar sus esfuerzos para averiguar la conexión entre Sesshómaru Taishō y la Mansión Meiji. Tenía que encontrar algo que convenciera a la policía de que ella no era cómplice de la desaparición de las ilustraciones.
Mientras se lavaba los dientes, empezó a idear un plan. De momento guardaría el dinero en una caja de zapatos. Más adelante lo donaría al albergue.
Tras enjuagarse la boca, se contempló en el espejo. Todavía le costaba asimilar que la atractiva mujer que le devolvía la mirada fuera ella y no producto de un sueño.
Bajó la vista hacia la reliquia que le colgaba del cuello. Iba a tener que llevarla oculta bajo la ropa.
Tras soltar unos cuantos insultos, fue a elegir el atuendo para vestirse.
Glosario:
Kyō dai no chitsujo: Nombre que se le da al grupo de sacerdotes que cuidan y administran el orfanato y el albergué que visita Lin.
Era Buki: Un nombre de la era japonesa (年号nengō, "nombre del año") después de Meiō y antes de Eishō. Este período abarcó los años de febrero de 1501 a febrero de 1504. El emperador reinante fue Go-Kashiwabara -tennō (後 柏 原 天皇).
