ESTE capítulo fue muy divertido de escribir (aunque prácticamente todos los capítulos son divertidos de escribir). No estoy segura como lo van a recibir, pero les aseguró que ahora todo se va a centrar en Zuko y Katara. Dado que es una historia Zutara, encuentro necesario tratarlos como personajes principales, más que a Aang. De cualquier forma, hay un personaje nuevo, un OC con el que definitivamente voy a terminar encariñándome, y espero que ustedes también C:

AHORA, debo admitir que siento que perdí un gran número de críticos y/o lectores, y eso provoca un poquito de desanimo. Es decir, absolutamente adoro a los que han dejado review, y a punto en la lista de favorito o alertas a este fice. Significa mucho que sigan leyendo, son maravillosos y ni siquiera estaría trabajando en este fic de no ser por ustedes C: Sé que no he estado respondiendo todos los reviews. Me disculpo por ello, he estado... como saben, inundada de trabajo. Pero empezaré a responderlos de nuevo, comenzando con este capítulo C: Si alguien tiene una crítica constructiva, por favor, siéntase libre de compartirla. Ayuda mucho. De cualquier modo, siempre es lindo saber que piensan. -por ejemplo en un review - :cofcof:


A Q U I E S C E N C I A


-Claro, el otro día estaba haciendo lío cerca de aquí, causando estragos en el puerto comercial. Volteó el carro de coles de un pobre hombre...

-Gracias -exclamó Zuko abruptamente antes de irse, sus pasos eran rápidos y casi agresivos.

-¡Z-Lee! La casa de té está en esta dirección -lo llamó Katara- ¿A dónde te estás yen...?

-A encontrarme a mí mismo.


Capítulo IX

Su Legado


-¿A encontrarte a ti mismo? -repitió Katara con cinismo yendo tras el príncipe-. Estás aquí mismo, en caso de que no lo hayas notado. Y... ¡y padre quizás se esté preocupando! -Alzó la vista al cielo, viendo nada más que el brillo de una franja de azul puro entre espirales de blanco. Por supuesto, dudaba que Sokka se hubiera levantado, pero sus instintos le decían que era una mala idea, que se meterían en problemas. Y meterse en problemas el primer día nunca era algo bueno. Frunció el ceño, tocando el hombro de Zuko-. ¿A dónde estás ye...?

Él giró bruscamente por lo que ella tuvo que parar con igual brusquedad para no chocar, y la maestra agua parpadeando extrañada miró su rostro parcialmente cubierto. No había furia en sus facciones, ni líneas adustas alrededor de sus labios, al contrario, parecía bastante normal, o tan normal como Zuko podía ser, excepto por sus ojos y como llameaban con algo parecido al propósito.

-Estoy seguro que tu padre estará bien solo, le dejaste una nota, ¿o no? -Y su voz era engañosamente bondadosa, casi como si estuvieran realmente hablando de su suegro, como si eso no significara volver al departamento para evitar que los detecten y quizás que los maten.

-Tú sabes como se preocupa -replicó Katara, interpretando el papel de hija, la prometida-. Es viejo, no quiero que se estrese por nosotros - además, odia estar solo... -le apretó suavemente el hombro, deslizando la mano hasta su antebrazo, y se encogió de hombros, dándole a su presunto prometido lo que esperaba fuera una cálida sonrisa-. Tú sabes como se pone -insistió con seriedad, implorando, agrandando los ojos con una preocupación filial que fingía tan bien. Aún así en su mirada había un mensaje explícito: No seas estúpido.

Zuko no se dejó disuadir. Presionó la canasta contra sus manos, ofreciéndole la más cálida de las sonrisas como respuesta, y cerró el espacio entre ellos con una íntima inclinación de la cabeza.

-Por qué no regresas entonces -le sugirió él de manera agradable, su voz casi como una caricia-, lleva la comida a casa. Volveré más tarde -alzó su ceja en un arco gracioso y demandante, la comisura de sus labios hacia abajo como diciendo Ocúpate de tus propios asuntos, pero interpretaba su propio cariño lo suficientemente bien, al punto de meterse bajo la piel de la maestra agua.

¡Cómo se atrevía a alardear de ser un prometido adorable!

Se rió, como una niña, pero el tono perdió mucho del afecto que había esperado reunir.

-¿Y dejarte solo? Supongo que tendrá que esperar, iré contigo -sonrió forzadamente, apartando el cabello de su ojo visible.

Buen intento.

El príncipe para variar frunció el ceño y se volvió, mascullando un brusco:

-Está bien -y se alejó a grandes zancadas para calmarse.

Katara lo siguió con algo parecido a una sonrisa de suficiencia en los labios a pesar del hecho que el seguía con sus planes. Porque aunque estaba en contra de que Zuko explorara ese pintoresco distrito o posiblemente los metiera en problemas que de veras no podían afrontar, encontraba cierta especie de pequeño placer en hacerle las cosas más difíciles. Lo merecía, ¿no? ¿Por ser un idiota? Se dijo que sí, que lo merecía, y fue tras el maestro fuego quien resueltamente estaba haciendo su mejor esfuerzo en ignorar a esa bruja pisándole los talones.

Ya era lo suficientemente vergonzoso tener que pretender ser su futuro esposo, pero ciertamente actuar ese rol lo hacía sentir náuseas de una forma que nada más lo había hecho. Su estómago estaba revuelto, y sentía que estaba mortalmente hambriento o lleno al borde del vomito. Estar tan cerca de ella, hacía que su cabeza diera vueltas. No que se lo fuera a decir, probablemente lo tomara como un insulto personal y le echaría una bronca - un tímpano roto era algo que prefería no agregar a la lista de síntomas. Tal vez simplemente no estaba acostumbrado a las condiciones de vida actuales. ¿Quizás había estado lejos de casa por demasiado tiempo, quizás sí era un príncipe mimado que solo podía estar cómodo en la Nación del Fuego si estaba de vuelta en el palacio en su enorme cama con sábanas de seda y las almohadas más suaves...?

O quizás era algo que había comido.

De uno u otro modo, Zuko no estaba en su mejor momento, y el olor de pescado crudo no hizo nada para apaciguar su estómago.

Pasaron por el mercado de pescado, donde los vendedores colgaban a la comida por la cola, llenaban tachos con hielo y colocaban almejas y otros mariscos en sus camas glaciales. Arrugó la nariz ante la esencia. A Zuko nunca le había gustado mucho el pescado, especialmente no el olor. Prefería la carne, carne de verdad, cocinada y perfectamente sazonada. El estómago del príncipe rugió y se lo cubrió con una mano, sonrojándose un poco cuando Katara soltó una carcajada. Se giró para mirarla ceñudo, pero la expresión de inocencia infantil en su rostro fue suficiente para calmar sus nervios.

-No has tocado tu pastelito -le indicó, señalando el bollo insertado en una varilla que aún no había probado-. Está bueno -agregó, sacudiendo el suyo en el aire-. Y creo que tu estómago lo está ansiando -Zuko se sonrojó más todavía mientras ella reía, enlazando un brazo con el de él-. Vamos, come, o te morirás de hambre antes de la boda.

Boda.

Sus ojos destellaron por un momento, brillando con peligroso temor, antes de ofrecerle a la chica que lo tomaba del brazo, una graciosa sonrisa. Se llevó el pastelillo a los labios, mordió un pedazo, asegurándose de masticarlo lentamente (para evitar ahogarse). Caminaron juntos, tomados del brazo, sin importarles la gente a su alrededor, completamente perdidos en la compañía del otro, y Zuko arrojó el palillo una vez que hubo terminado su comida, encontrando que su estómago ciertamente se sentía mejor, y que quizás después de todo no fuera Katara la que lo hacía sentir tan enfermo.

Se alejó con brusquedad de él en cuanto doblaron la esquina, desenlazando sus brazos.

El príncipe miró hacia atrás, para nada alarmado por su repentina repulsión. Escudriñó el área con atención.

-¿Era el guardia?

Katara puso los ojos en blanco.

-No. Solamente me preguntaba como sería ir del brazo contigo -respondió sarcástica. Zuko se tensó ante la sugerencia, diciéndole a su traicionero cerebro que dejara de susurrar idioteces que lo involucraran a él y a la pesada maestra agua-. Sí, creo que podría estar siguiéndonos -continuó la muchacha.

Él asintió con la cabeza, rígido, mirando con su ojo visible todo a su alrededor.

-Entonces es mejor si no te alejas bruscamente de mí como si te hubiera quemado la mano -una sonrisa le cruzó los labios, desafiante y quizás incluso un poquito divertida-. Yo no haría eso, soy un perfecto caballero.

-Oh, bien -bufó la maestra agua, empujando el peso de la canasta contra su pecho-. Puedes empezar llevando esto.

Zuko tomó el cesto con una mano con relativa facilidad y echó un vistazo por encima del hombro. Efectivamente, el guardia recubierto de carmesí, sin uniforme, comía una fruta madura mientras deambulaba por el camino. Sin decir nada, Zuko deslizó su mano contra la de Katara, entrelazando sus dedos, y tirando para que lo siguiera-. Vamos al Puerto de Intercambio, se lo mucho que te gusta regatear -exclamó en un tono que delataba un intento de ser oídos.

-¿Por qué nos sigue? -Inquirió la chica en voz baja, asegurándose de no mirar.

-No lo sé, ¿quizás porque parecemos un poquito sospechosos? ¿Hablando de la muerta y de Azula ayer en el medio de una maldita calle? -Siseó también en voz baja, las palabras eran una paradoja con la forma en que su mano encajaba tan bien en la suya. Tenía que recordarse incondicionalmente que la suavidad de su piel no lo estaba distrayendo para nada-. Sabía que él causaría problemas -añadió el príncipe de mala gana, manteniendo su vista fija al frente-. Lo sabía.

Katara frunció el ceño pensativa, ciñendo el agarre en su mano como una forma de dejarle saber que resentía eso.

-Lo siento, ¿está bien? -gruñó, un poco dolida pero más que nada molesta.

-Ya no importa -le rebatió su compañero-. Un lo siento no nos lo sacará de encima.

Nos.

Eran una sola persona, una sola situación que les concernía a ambos. Era... extraño, oírle esa frase, sabiendo que los relacionaba, que quizás estuvieran entrelazados en algo tan secreto, tan esencial. Eran ellos contra el hombre y cualquier poder que trajera con él, ellos contra ese distrito, esa gente, solo ellos.

Y Sokka, se recordó deliberadamente, y Sokka.

-¿Así que solo vamos a seguir evitándolo? Eso quizás parezca todavía más sospechoso.

Zuko asintió.

-Lo se -pero no hizo nada para cambiar su marcha.

-¿A dónde estamos yendo, Lee? -preguntó, usando su alias. Finalmente redujeron el paso, ninguno atreviéndose a mirar hacia atrás. Tenía una profunda sensación de que el guardia todavía estaba allí.

El príncipe se volvió para darle una sonrisa alentadora, torcida y lejana, como si estuviera perdido en un mundo diferente, perdido para ella y ese momento. Le apretó la mano, para traerlo de vuelta, para sujetarlo con ella en ese momento, porque no podía manejar ese disgusto sola. La mano de Zuko era cálida y reconfortante y sorprendentemente suave mientras sostenía la de ella, frágil, delicada y oscura en contraste.

-Al Puerto Comercial, tengo que ocuparme de algo.

Katara se sorprendió por la suavidad de su voz, por su apariencia afectuosa que era un cambio tan agradable de su lado usualmente brusco pero aún así tan diferente y alarmante, casi cuestionable. No le tomó ni dos segundos deducir que habían sido atrapados. No le sorprendió, cuando estuvo a punto de responder, que la voz ensordecedora del guardia del otro día les interrumpiera la conversación.

-¡Pero si es la parejita feliz! -los saludó con toda tranquilidad. Katara usó toda su fuerza de voluntad para no fulminarlo con la mirada- ¿Qué están haciendo tan temprano, niños?

¿Niños?

Le sonrió al hombre haciendo su mejor esfuerzo por imitar la afabilidad de su primer encuentro.

-Nos gusta empezar el día temprano -respondió la maestra agua, enlazando un brazo alrededor del codo de Zuko, sin dejar de tomarle la mano-. Levantarse con el sol, es su lema.

Zuko asintió con la cabeza, recuperándose de la conmoción de que Katara recordara sus palabras.

-Al que madruga, Agni lo ayuda -respondió suavemente.

El guardia rió ahogadamente.

-Es verdad, hijo, es verdad.

¿Hijo?

-Bueno, será mejor que nos pongamos en camino... -empezó Katara, pero Zuko le dirigió una mirada.

-No seas tonta, querida -las palabras saltaron de sus labios tan naturalmente que se esforzó en no quedar boquiabierta por la forma en que su tono impecablemente aterciopelado delataba nada más que admiración pura-. ¿Le gustaría acompañarnos? Nos dirigimos al Puerto Comercial -soltó una carcajada rara en él, haciendo un gesto hacia su futura esposa-. No puede pasar un día sin regatear.

El hombre negó con la cabeza, escondiendo una confusión evidente.

-Eh, no, no. Aunque gracias por la invitación. Debería ir a mi puesto, en realidad...

-Oh, está bien, que tenga un buen día, entonces -y con eso, Zuko se alejó del centinela, que los miraba a ambos con algo más que curiosidad, por el camino planeado.

Solo cuando estuvieron fuera del rango de audición Katara se atrevió finalmente a hablar.

-¿Lo invitaste a acompañarnos? -le espetó, picándole en el pecho con un dedo-. ¿Qué estabas pensando?

-Estaba pensando que no vendría si le decíamos que venga -contestó Zuko, apartándole la mano.

-¿Y si venía?

-Entonces tendríamos que soportar una mañana de ser amables el uno con el otro.

Katara no apreció su tono insolente.

-¡Yo siempre soy amable!

Él no se molestó en responder.

-¡Lo soy! -insistió la maestra agua, tirándole del brazo ligeramente-. Cuando no eres un idiota insufrible, de todos modos.

Él parecía ligeramente divertido por ello incluso cuando le soltó la mano con dignidad de piedra. Una sonrisa ácida decoraba sus labios, estirándole las comisuras.

-Tú eres la que dijo que sí.

Katara tuvo que sofrenarse de pegarle un puñetazo.

-En realidad, yo no dije nada sobre el asunto, si mal no recuerdas.

Él príncipe le sonrió burlón.

-¿Estás enojada porque no conseguí un anillo? -se mofó, encariñándose con su papel. Tenía una sensación de satisfacción, al saber que era capaz de irritarla así.

-¡Eres imposible! -chilló la maestra agua.

Zuko se encogió de hombros despreocupadamente. Diablos, era verdad. Le daba mucho trabajo a su tío, a sus subordinados, a su propio padre y hermana... no le sorprendía para nada, ni siquiera un poquito, que una maestra agua particularmente rencorosa encontrara razones para pelear. Ladeó la cabeza, alzando una ceja de manera que hubiera sido carismática de no ser por el hecho de que era Zuko...

(Y Katara nunca podría encontrar algo que él hiciera como siquiera remotamente encantador).

-... ¿Qué tal si te compensó con un regalito, entonces?

(Ni siquiera eso)

Katara se mostró reacia ante la idea de un objeto material apaciguador.

-¿Parezco tan superficial? -lo desafío, su mirada helándolo. Zuko podría jurar que había visto una tormenta avecinándose en sus profundidades azules-. ¿Crees que puedes comprar mi confianza, así como así?

Puso cara de todo menos de remordimiento.

-Solamente tú puedes convertir un gesto de amabilidad en un insulto personal.

-¡Y solo tú puedes convertir un gesto de amabilidad en un chanchullo con motivos ocultos! -le saltó Katara a su vez.

-¿Hacerte feliz es un motivo tan oculto?

La muchacha parpadeó, abriendo la boca para responder que sí, lo era, cuando cayó en la cuenta que... no. No lo era. Y eso solo consiguió poner a la maestra agua del Polo Sur más irritada todavía.

-¡Ugh, basta! -rugió, pasándose una mano por la cara con fastidio-. Solo... solo ve y haz lo que sea que viniste a hacer aquí y regresamos.

Zuko tuvo que contenerse de preguntar ¿Basta qué? solo porque parecía que ya había estirado sus límites, y aunque encontraba diversión en acosarla (así como ella encontraba igual de divertido acosarlo, ¡y que un rayo le cayera encima si se atrevía a negarle eso!) sabía cuando parar. Eran compañeros, después de todo, haciendo a un lado su reticencia y desprecio.

-No tienes que seguirme, sabes -le indicó ligeramente, buscando en su bolsillo un par de monedas-. Puedes ir a dar una vuelta si quieres...

Katara le dedicó una significativa mirada.

-No. Tenemos que estar juntos aquí.

No estaba seguro de como interpretar sus palabras, el significado tras ellas, o la mirada de cariño afectado en sus ojos - era tan diferente del desdeño que tenía siempre. Sacó la mano del bolsillo y presionó las monedas de oro contra su palma.

-Bueno, entonces tómalas, y daremos una vuelta juntos. Prometí cosas nuevas, ¿no?

La maestra agua miró confusa las piezas de oro en su mano, brillando contra su piel oscura. ¿Desde cuándo Zuko mantenía sus promesas? Pero sonrió, al menos intentando seguir con esa amabilidad hasta donde pudieran manejarlo, y asintió con la cabeza.

-Bien, entonces necesitaré más dinero que este.

Zuko sonrió de oreja a oreja y le entregó la bolsita.

-No estamos casados todavía y ya me estás desplumando.

Ella se limitó a reír.

-¡Disculpe, se le cayó esto, señorita! -les llamó una voz detrás de si.

Katara se volvió para encontrarse con un niño pequeño de cabello oscuro y grandes ojos dorados que sacudía algo en el aire, un papel doblado. Rozó el elástico de su cintura. Se dio cuenta de lo que sostenía el niño, y le dio una sonrisa.

-Oh, gracias -le respondió con dulzura cuando él le entregó el afiche, su mano mucho más pálida en comparación a la de ella, pálida y pequeña y un poco sucia de tierra.

A él se le iluminó el rostro, mostrando una sonrisa desportillada.

-¡De nada, señorita!

Zuko alzó una ceja mirando a su prometida.

-¿Qué se te cayó?

-Solo, un pedazo de papel... -respondió la maestra agua, encogiéndose de hombros.

-¡Es un póster del Espíritu Azul!

Zuko se volvió hacia Katara con mirándola fijo con el ceño fruncido.

-¿Qué estás haciendo con ese póster...?

-¡Es el mejor de todos! -Saltó con emoción el niño- ¡Yo lo conocí una vez! ¡Me dio comida!

Unos experimentados ojos dorados encontraron la inexperta y despreocupada mirada del pequeño. Zuko se agachó, quedando a la altura del niño lo mejor que pudo.

-¿Conociste a este malvado?

-¡Él no es malvado! -El pequeño aldeano defendió a su héroe- ¡Es bueno!

-Según todos, no es más que una amenaza -razonó Katara, pero el chico sacudió la cabeza con leal vehemencia. Ella le sonrió, por su exuberancia, y se agachó, apoyando las manos sobre las rodillas-. Lo admiras un poco, ¿no?

Él niño asintió con firmeza.

-Mjm -murmuró, los ojos como platos-. Es un héroe.

-¿Un héroe? -Repitió Zuko con cinismo, confundido y quizás un poquito demasiado interesado con el asunto para que fuese normal- ¿Cómo es eso?

-Él le roba a los ricos para...

-Dárselo a los pobres -le cortó Katara, echándole una mirada inquisitiva a su compañero-. Como la Bandida de los Besos del Reino Tierra -recordaba muy bien a la muchacha, la femme fatale maestra de tierra control cuyo modus operandi le permitía no ser atrapada. La bandida, conocida por un grupo selecto como Jo, había tratado de robarle a Katara una vez, y ella le había dado con un látigo de agua, solo para darse cuenta que Jo no había querido hacer daño. La bandida dejaba un beso rojo marcado en sus víctimas...

Zuko frunció el ceño.

-No recuerdo a ninguna Bandida de los Besos.

-No, tú estabas demasiado ocupado buscando al...

Su mirada fulminante la calló.

-Pequeño... -empezó el príncipe, pero el niño sacudió la cabeza.

-¡Daichi! -anunció con orgullo-. ¡Mi nombre es Daichi!

-Daichi, entonces -se corrigió Zuko-, ¿cuándo fue la última vez que viste al Espíritu Azul?

El muchacho frunció los labios, y las cejas como si estuviera fundiendo su cerebro buscando una respuesta.

-Él... -Daichi empezó pensativo, arrugando la nariz-. Él estaba por aquí ayer -dijo el chico lentamente-. Lo último que recuerdo es que estaba cerca del depósito. Intenté meterme, pero no hay forma.

-¿Cómo estás tan seguro de que está ahí dentro? -Inquirió Katara.

Daichi se limitó a sonreír de oreja a oreja, sus ojos dorados brillaron con una familiar malicia.

-¡Lo seguí!


-No veo nada -le dijo Katara al maestro fuego que la estaba levantando. Estaba parada sobre los hombros de Zuko, quién tenía las manos alrededor de sus tobillos, mientras ella intentaba echar un vistazo al interior del depósito a través de unos vidrios llenos de polvo.

Daichi les había mostrado donde estaba, pero Zuko lo había apremiado a irse a otro lado, dándole unas cuantas monedas para gastar en lo que él quisiera. El pequeñito se decepcionó por no poder ver a su héroe, pero Zuko le aseguró que se encargaría personalmente de que el Espíritu Azul lo visitara.

Katara tuvo que recordarse que este era Zuko siendo amable con un niño, y que su corazón solo estaba latiendo más rápido porque estaba emocionada por conocer al tristemente célebre Espíritu Azul ella misma.

Las puertas estaba cerradas con pasador, incluso las ventanas estaban tapiadas para evitar que entrara la luz, o saliera la oscuridad. No podía ver nada.

-No hay movimiento por lo que veo -indicó la maestra agua, haciendo un esfuerzo por ver a través del cristal. Su mirada solo encontraba sombras-. Tiene sentido. No creí que el Espíritu Azul dejara que un chico lo siguiera.

Zuko bufó.

-Suenas como si lo conocieras.

-¿A quién? ¿A Daichi?

-No, al Espíritu Azul.

Un silencio pensativo y entonces:

-Siento que sí.

El corazón del príncipe se saltó un latido, e inmediatamente la bajó, sin avisarle. Katara se tambaleó al aterrizar, pero se estabilizó, y se encontró con un ceño tallado en las partes visibles del rostro de él.

-No puedes conocer a alguien que nunca conociste -le replicó con dureza.

Ella solo alzó una ceja, desafiando la mirada en sus ojos, dorados y duros.

-Tú no sabes eso, ¿quizás lo conocí?

-No lo hiciste -porfió Zuko, con un poco más de fuerza esta vez. Sus dedos se hundieron en los antebrazos de ella, posiblemente moretoneando su piel oscura-. No seas estúpida -Katara se encogió ante su agarre que se volvía más duro a cada momento, y él la soltó de inmediato-. Vamos, fue una pérdida de tiempo. No debimos haber escuchado a ese chico...

-No seas tan duro con él, solo estaba tratando de ayudar.

-¿Cómo estoy siendo duro con él? Simplemente estoy diciendo que no debimos haberlo escuchado.

Katara lo observó girar sobre sus talones y recoger la canasta con frutas y vegetales que descansaba contra la pared. La posición de sus hombros delataba su irritación, su sentido abierto de ineptitud que, por alguna razón, se las arreglaba para llegarle al corazón. Se tocó los brazos, donde sus dedos los habían presionado, preguntándose si unos nítidos dedos decolorarían su piel, y luego decidió que no era importante. Claramente todo aquello tenía algún significado para Zuko, y él estaba terriblemente decepcionado. Eso le molestaba hasta un sorprendente punto.

-Lee...

Ni siquiera había dado un paso cuando una puerta se abrió con un chirrido.

Ella miró por encima del hombro, sus ojos cristalinos no vieron más que oscuridad a través de la rendija.

-Lee -susurró, retrocediendo, descubriendo una sombra como una amenaza en ciernes agachada en el umbral. El canto súbito y rápido de un pájaro, y quedó aturdida-: ¡Lee...!

-¿Qué? -Exclamó bruscamente Zuko, girándose para fulminar con la mirada a la muchacha que parecía completamente ignorante de su humor actual - solo para encontrarse con que había desaparecido- ¿Katara? -Se maldijo mentalmente por haber usado su nombre- ¿Sa? -Arrugó el entrecejo, y algo no muy diferente al pánico se apoderó de él- ¿A dónde fuiste? -Murmuró para sí, caminando con brío desde allí hasta donde la había visto la última vez. El callejón estaba desierto, justo como hacía un momento, pero ella no estaba en ningún lado. Abarcó toda el área con su mirada dorada, entornó los ojos al descubrir la puerta semi abierta que previamente había estado cerrada con tablas- ¿Katara? -Susurró el príncipe, adelantándose, cerrando en un puño su mano libre, preparándose para pelear si tenía que hacerlo.

No fue necesario, sin embargo, un murmullo apagado salió de la rendija de oscuridad que se vislumbraba a través de la abertura.

-Príncipe del Fuego Zuko.

El maestro fuego frunció el ceño, odiando el nombre del que solía estar tan orgulloso. Se adelantó amenazador.

-¿Quién eres?

La puerta se abrió del todo, y allí, en el umbral, estaba la demoníaca máscara familiar que una vez había sido su apariencia favorita.

-El Espíritu Azul.

Antes de darse cuenta, una banda de guerreros le había llovido encima y lo había arrastrado hasta el interior del depósito, la puerta se cerró tras él con tanta rapidez que el único signo de alboroto en el callejón era la canasta olvidada.

-¡Déjenme ir! -Aulló, arrojando los brazos a los costados y preparándose para lanzar una llamarada de fuego.

-¡Zuko, no!

Se giró, enfrentando a una "capturada" Katara, atada y sentada sobre un cajón. Parecía ilesa; de hecho, no parecía para nada sorprendida o preocupada, ni qué hablar de mostrar signos de pelea.

-¿Qué está sucediendo...? -pero no pudo ni siquiera terminar la pregunta cuando le ataron las muñecas con fuerza. Pudo haber luchado (hubiera luchado... y derribado a esos malditos combatientes) de no haber sido por la significativa mirada en los ojos de la maestra agua. Enormes y azules, implorantes. Se rindió, frunciendo el ceño y se dejó sentar al lado de ella sobre el cajón, enfurruñado por estar confinado, y más todavía por estar bajo (ahora que podía ver bien a los pequeños atacantes) ¡un puñado de niños!

Qué humillante.

Dirigió una mirada mordaz en dirección a Katara, y ella le devolvió una mirada crucial, una que delataba una gran cantidad de lo importante que era estoy para ella. Bueno, ¿por qué tenía que ser tan complaciente cuando ella expresaba tan poco interés en lo que era importante para él? Sin embargo, Zuko mantuvo la boca cerrada, maldiciendo silenciosamente su capacidad para preocuparse.

-¿Qué quieren de nosotros? -Inquirió Katara con la voz controlada, casi diplomática.

Su captor, el infame Espíritu Azul, era mucho... más bajo, que lo que alguno de ellos hubiera imaginado. Apenas llegaba al pecho de Zuko, pero mantenía su postura con orgullo, como cabeza de la banda de pillos que hacía el trabajo sucio.

-Nosotros haremos las preguntas aquí -el ser enmascarado respondió con una voz familiar.

Katara se esforzó por ver a través de las rendijas, tratando de ver esos ojos, tratando de unirlos a una cara.

-Pregunta -indicó Katara con benevolencia.

Los niños parecían perdidos.

-¡Nosotros decidiremos cuando preguntar! -Clamó uno de ellos, picándola con un palo.

La maestra agua lo miró con el ceño fruncido.

-Deja eso -ordenó el Espíritu Azul-. Váyanse. Todos. Vayan a buscar comida. Déjenme estos dos a mí.

-¿Qué le vas a 'cer, Jefe? -preguntó una niñita.

-Algo tan horrible que ustedes son demasiado jóvenes para siquiera imaginar.

Una tanda de risas escapó del grupo, antes de que salieran corriendo del depósito para purgar comida en los mercados. El Espíritu Azul quedó atrás, mirando a sus dos cautivos con sus oscuros ojos.

-¿Por qué estaban mirando para aquí? -indagó con voz apagada-. ¿Por qué les interesaba este depósito?

Zuko fue el que respondió:

-Estaba buscando al Espíritu Azul.

-No me había dado cuenta que mi reputación me precedía.

-No lo hace.

-¡Cállate! ¿Quién eres tú para hablar?

Jugó con la idea de revelarse como el Espíritu Azul, pero decidió no hacerlo.

El imitador tomó silencio mientras se daba por vencido y volvía su atención a la campesina de la Tribu Agua que actualmente lo estaba estudiando.

-¿Qué? -demandó con firmeza-. ¿Qué pasa? ¡Debería arrancarte los ojos por mirarme así! ¿Acaso sabes con quién estás tratando?

Katara se encogió de hombros.

-¿Una solitaria guerrera libertadora?

La máscara robada vaciló, los músculos se tensaron debajo de la túnica.

-No sé de que estás...

-Son extraños, los pájaros -continuó la maestra agua-. Puedo imaginar que abunden en los bosques, ¿pero en el medio de una ciudad de la Nación del Fuego? Estoy sorprendida.

Zuko estaba completamente perdido y miraba a uno y a la otra. ¿Qué decía de los pájaros?

Pero el Espíritu Azul titubeó.

-¿Pájaros?

Katara asintió.

-Pájaros.

Y su captor se llevó una mano a la frente de la máscara. Por supuesto. Las llamadas de los pájaros como señal. Suspiró aliviado, sabiendo que el embrollo había terminado, sabiendo demasiado bien que la situación había cambiado. Se sacó la máscara, lento, con cautela, revelando un rostro con facciones poco femeninas.

-¿Eres una chica?

Pero el pobre y confundido Zuko fue desoladamente ignorado.

-¿Por qué, Katara? ¿Por qué estás viajando con esta escoria? -Demandó la imitadora, fulminando ferozmente al príncipe del fuego con la mirada.

-Ha pasado un tiempo -respondió la maestra con suavidad, mirando el rostro familiar que la observaba detenidamente. Estaba atrapada en un depósito abandonado, tomada de rehén por una muchacha mucho más joven que ella pero quizás con tanta experiencia de vida, independencia. Se preguntó cómo había escapado, como se las había arreglado para sobrevivir por su cuenta tanto tiempo.

-¿Qué estás haciendo, paseando por la Nación del Fuego... son verdad los rumores? ¿Ustedes dos realmente están comprometidos?

-¡No! -Exclamaron ambos cautivos a coro.

El "Espíritu Azul" no hizo más que fruncir el ceño, trazando una línea invisible con sus pasos. De un lado a otro y volvió a empezar, como un objetivo móvil.

-¿Entonces qué? -insistió-. ¿Qué estás haciendo con él?

-¿Te mantienes en contacto con los otros? -replicó Katara a su falsa captora, a su amiga.

La muchacha hizo una mueca.

-¡No cambies el tema! -Estaba claramente molesta, si su andar no lo había demostrado antes-. No puedo dejarlos ir así como así ahora que saben que soy yo -masculló por lo bajo-. Y cómo te atreves a ponerte de su lado -su dedo apuntaba acusadoramente al príncipe que no hacía más que estar sentado para complacer a la maestra agua que le había implorado que no hiciera nada- ¡Después de todo lo que hizo! ¿No te das cuenta que es su culpa? ¡Todo es su culpa!

-Lamento que estés sola, pero eso no es mi culpa -aseveró Zuko con tranquilidad.

-¡Cállate! -Casi gritó, arrojando la máscara demoníaca hacia él de modo que resbaló por el piso-. ¡Es tu culpa que Jet se haya ido! ¡Es tu culpa que haya muerto!

Katara hizo un mohín ante la mención de Jet, ante el recuerdo de su derrota.

-Smellerbee...

La luchadora de la libertad cayó al suelo, colapsándose, y por primera vez en un largo tiempo, derramó desesperadas lágrimas.

-¿Jet...? -Repitió Zuko, pensando, forzando su memoria a encontrar una cara y - Ah. El muchacho que había conocido en el barco cuando estaba yendo al Reino Tierra-. Oh.

-¡Sí, oh! -Chilló Smellerbee furiosa, levantándose lo suficiente como para acribillarlo con la mirada-. ¡El chico que entregaste a las autoridades!

-¿Tú qué? -Reiteró Katara en un jadeo, volviéndose a mirar a su compañero.

Zuko se encogió ante la acusación.

-No tuve opción -respondió con calma-. Nos amenazó a mí y a mi Tío. Quería delatarnos como ciudadanos de la Nación del Fuego. Quería ponernos al descubierto.

-¡Así que lo entregaste! -Rugió Smellerbee, lanzándose para atacar al príncipe que no estaba tan indefenso- ¡Tu vida a cambio de la suya, sucia escoria de la Nación del Fuego!

-¡Smellerbee, no! -Intervino la maestra agua, empapando a la chica con una ola de agua-. ¡No entiendes!

La luchadora de la libertad miró perpleja a su antigua aliada, luego enemiga, luego aliada, luego enemiga.

-¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves a mancillar el recuerdo de Jet caminando con esta basura como si fuera tu camarada! -Declaró sórdidamente, perfectamente iracunda-. ¡Murió por ti! ¡Murió por ti, no lo entiendes!

Katara solo permaneció en silencio.

Smellerbee soltó una carcajada, sarcástica y mordaz.

-Lo único que no entiendo es cómo le diste la espalda a Jet después de todo lo que hizo por ayudarte. Él dio su vida, por ti. ¿No te das cuenta lo que sacrificó? ¿Todo lo que hemos pasado desde su muerte? -Lágrimas rodaban cruelmente sobre sus sucias mejillas. Katara no recordaba haberla visto llorar jamás. No podía siquiera recordar a alguien haber mencionado que ella alguna vez había llorado-. ¡Se fue! ¡Y aquí estás tú, jugando a la casita con este asesino...!

-¡Yo no lo maté! -Persistió Zuko

-¡Tú cállate! -Gritó la chica, señalando al maestro fuego- ¡Es tu culpa! ¡Lo admitas o no! ¡Es tu culpa!

Zuko no podía decidir que era peor, la terquedad de su supuesta captora, o la mirada de decepción en los ojos de Katara.

Katara desvió la vista.

Y se dio cuenta, que la decepción ganó.

-Katara...

-No -Susurró bajito, rehusándose a mirarlo, negándose a ver la aprehensión, la culpa, en su rostro, porque se sentiría avergonzada de odiarlo. Y ella no quería renunciar a ese sentimiento todavía-. No te molestes Zuko -Ella entendía, por supuesto, porque se había visto forzado a entregar a Jet. Por lo que sabía, el difunto líder llevaba el odio a la Nación del Fuego al extremo... no le sorprendía ni un poco que haya intentado sabotearlos a Zuko y a Iroh. Pero incluso si así fue, la idea de que Zuko hubiera sido el que envió a Jet allí abajo, debajo de Ba Sing Se...

-¿No te contó? -Se burló Smellerbee con cinismo, secándose las lágrimas con la mano furiosamente-. ¿No quería hacerse cargo de su propio crimen? ¿Por qué molestarse en ocultar la verdad, oh, Dolor Real? -se mofó-. ¿No querías desilusionar a tu premio?

-Smellerbee -llamó Katara, bajo y áspero, la voz controlada-. Jet... -se mordió el labio, removiéndose sobre el cajón, escogiendo las palabras con cuidado-. Jet... -levantó la mirada para ver mejor a la muchacha que era mucho más joven pero había sufrido el mismo dolor que ella. Su rostro, aunque sucio con tierra y húmedo y joven y varonil, se parecía casi al de una mujer-. Era encantador, y alguien a quien cualquier chica podía querer -admitió quedamente la maestra agua, casi con timidez, buscando con los ojos los de su compañera-. Él... él murió luchando por el bien.

-Y mira como le muestras tu agradecimiento -escupió la guerrillera con pesar, mirando a Zuko con odio.

-Zuko... él es así.

-¿Qué? ¿Cómo puedes siquiera empezar a comparar a Jet con este bas...?

Katara se encogió de hombros, dándole un vistazo rápido a su acompañante, a la expresión abatida de su rostro, a la forma en que evitaba sus ojos.

-Él está de nuestro lado, ahora, también -admitió con recelo-. Está del lado del Avatar. Justo como Jet. Excepto... excepto que no ha hecho todavía lo que necesita hacer. Jet lo hizo. Entregó su vida para ayudarnos. Y no dudo de que Zuko hiciera lo mismo. No son tan diferentes.

Smellerbee frunció el ceño.

-Te ha engatusado. ¿Con qué, palabras dulces o regalitos?

-¡No lo ha hecho! -rebatió Katara-. ¡Lo odio!

Zuko puso los ojos en blanco.

-Pero... sé que si llegara a ser el caso, Zuko... Zuko...

-... ¡Jefe!

Los tres se volvieron sobresaltados por el grito al mismo tiempo que los rufianes entraban corriendo al depósito.

Smellerbee se giró de inmediato para borrar cualquier señal de sus lágrimas.

-¿Qué están haciendo tan pronto, chicos?

-¡Tu máscara!

-No importa la máscara -exclamó, mirando al círculo de niños con el ceño fruncido. Sus ojos se fijaron en cada uno de sus rostros, esperanzados, jóvenes e inexpertos. Protegidos de las crudas realidades que los tres mayores en el cuarto ya habían enfrentado. Consideró sus acciones, sus pensamientos, sus palabras, pensó que lo que haría Jet, lo que querría. No estuvo allí cuando dijo sus últimas palabras, no llegó a oírlas - todo lo que recordaba era que estaba hablando con Katara, ella intentaba curarlo, se esforzaba por curar sus heridas mortales. Por salvarle la vida. Esos chicos, los que la seguían con fe ciega, como ella había seguido a Jet, no tenían idea a lo que se enfrentaban realmente. Ella solía ser uno de ellos.

Felizmente ignorantes de lo cruel que el mundo podía ser.

A pesar de sus pérdidas, de que la Nación del Fuego le haya quitado a sus padres, todavía encontraba esa sensación de seguridad, de joven libertad, con su familia, con sus guerreros libertadores. La posibilidad de que Jet muriera nunca se le había ocurrido hasta que sucedió, y de repente, la vida no era solo diversión y juegos. En algún lugar entre el escape de las catacumbas de Ba Sing Se, hasta encontrarse a si misma en la ciudad, adoptando una identidad falsa y decidiendo continuar el trabajo de Jet - haciéndole líos a la Nación del Fuego, había madurado, crecido. Conocía las adversidades de la vida y las tonterías de la ingenuidad.

Enfrentó la mirada de Katara, enorme y azul, implorante y honesta.

Sin dudar, la muerta de Jet también la había afectado a ella.

No eran más que dos chicas atrapadas en un fuego cruzado, peleando por lo que creían, peleando por la justicia, la libertad y por la paz.

Smellerbee dejó que una pequeña sonrisa le cruzara los labios partidos.

-Vengan, conozcan a nuestros nuevos aliados.


-Entonces, déjame ver si entiendo esto -empezó Sokka, observando a los niños correr por su departamento de por sí muy pequeño-. Ustedes dos fueron al mercado a comprar el desayuno, ¿y regresaron con una docena de chicos? -Parpadeó, mirando fija e incrédulamente al par con cara de culpables (o, más bien, a una incómoda Katara y un Zuko aparentemente bastante impasible)-, ¿y nada de comida?

Soltó un grito cuando una niñita le pegó en la pantorrilla.

-¡Y chicas! -Vociferó.

El guerrero se quedó mirando a su varonil rostro, tan joven y que apenas rozaba los ocho años, antes de dirigir una mirada fulminante a los dos jóvenes frente a él.

-Se acabó. Yo haré las compras a partir de ahora -aseveró.

Katara rió.

-No, no entiendes -comenzó, cerrando la puerta tras ella una vez que el último chico entró-. Ellos pueden ayudarnos -explicó, dedicándole a su hermano una mirada suplicante.

Sokka dejó escapar el fantasma de una carcajada, que parecía más una exhalación histérica que divertida.

-Entiendo que tú y Zuko tomaron lo que dije ayer demasiado literal -continuó el muchacho-. Mira, si esto es para vengarte por mi broma - la cual fue muy graciosa, de hecho - entonces jaja, me atrapaste. Ahora... lleva estos pillos de vuelta con sus padres antes de que nos denuncien por secuestro.

Pero su hermana ni siquiera parpadeó.

-Se van a quedar con nosotros -respondió Katara.

Sokka arqueó una ceja y cruzó los brazos sobre el pecho.

-¿Por qué? -Demandó, estirando la pregunta como si le hablara a niño de dos años. Lo que podía ser cierto.

-Bueno... verás...

Zuko frunció el ceño.

-Son huérfanos.

El guerrero exhaló con fuerza, alzando los brazos en el aire.

-Oh, ya entiendo. Ustedes dos anda por ahí recolectando niños. Serás conocido como el Monje Zuko y la Hermana Katara, ¡los recolectores de huérfanos!

Katara se golpeó la frente.

-¿Acaso consideraron lo difícil que podría llegar a ser permanecer desapercibidos con un puñado de niños siguiéndonos a todos lados? -prosiguió Sokka, arqueando una discreta ceja-. Quiero decir, una banda de chicos gritones no es exactamente discreta.

El príncipe de fuego puso los ojos en blanco.

-Son habilidosos carteristas.

-¿Les hacen hacer el trabajo sucio, también? -preguntó con recelo.

Su hermana se contuvo de hacerlo entrar en razón a golpes.

-No... Sokka...

El guerrero sacudió la cabeza, terco, levantando las manos, enseñándoles las palmas, como un gesto de fuerte resistencia.

-No, no, no. No voy a escucharte. Llévate esos niños de vuelta a donde los encontraste, Katara. No son nuestra responsabilidad.

-Bueno, por supuesto que no -una voz áspera respondió desde la puerta-. Son mi responsabilidad.

Sokka se giró ante la interrupción y se encontró con Smellerbee sonriendo de oreja a oreja en la entrada, con un palillo entre los labios en homenaje al difunto líder de los Guerreros Libertadores.

Ensanchó su sonrisa.

-¿Cómo te va, Cola de caballo?

Sokka tuvo que parpadear y mirarla atentamente por un segundo completo antes de caer del todo.

-¿Smellerbee?

La muchacha soltó una carcajada.

-Todavía eres un poquito lento, ¿no? -Respondió fresca, adentrándose en el abarrotado departamento-. No has cambiado ni un poquito, Cola de caballo.

Katara se encogió de hombros cuando él la miró a ella.

-Nos encontramos con ella en el Puerto Comercial.

-Encontrarse es una forma de decir -añadió la guerrillera, pero hizo algo así como una sonrisa-. Como sea, creí que podíamos ser de ayuda para su causa.

-¿Ah? -Preguntó Sokka, estudiando a la muchacha de cabello encrespado y oscuro y ojos igual de oscuros ante él.

-Ay -respondió, perezosa, en esa roncamente femenina voz tan propia-. Conozco este distrito como la palma de mi mano.

El guerrero bufó.

-¿Cómo puede ser eso? No puedes ver siquiera el dorso de tu mano con toda esa mugre -por alguna razón, una punzada de algo lo golpeó en el corazón al hacer ese comentario, y se quitó de encima el recuerdo de una maestra tierra de ojos pálidos y lengua larga.

Smellerbee frunció el ceño.

-Más vale que te cuides, Cola de caballo. Estos chicos harán lo que sea que les diga.

Él rió.

-¿Qué, cómo pingüinos entrenados?

-¡A él!

Un suspiro unificado escapó de Zuko y Katara al ver a Sokka enterrado bajo una montaña de niños.

-¡Me retracto! ¡Me retracto!

Los maestros control pusieron los ojos en blanco, compartiendo un pensamiento.

Idiota.


Capítulo X - Tête-à-Tête Extracto

Katara no podía esconder la sonrisa de la cara cuando el niño tironeaba de su manga incontables veces. El príncipe del fuego parecía bastante molesto, pero hacía su mejor esfuerzo para ser amable al mirar hacia abajo, a la peste de ojos dorados y cabello color carbón, y soltó un suspiro exasperado.

-Sí, Daichi, ¿qué sucedes? -inquirió, manteniendo su voz bajo control.

El pequeñito le sonrió de oreja a oreja a su ídolo, soltando inmediatamente el puño de su camisa.

-¿Ya llegamos?

La maestra agua tuvo un ataque de risitas, y Zuko la fulminó con la mirada, antes de responder que no, que no habían llegado, que "allá" estaba muy, muy lejos, y que les llevaría al menos medio día de viaje llegar, ¡y que solo habían estado caminando por quince minutos!

Daichi se ocupó en patear una piedra, y Katara le dedicó a Zuko una sonrisa sarcástica.

-Lee, Lee, Lee -se burló.

El príncipe frunció el ceño.

-No. Empieces.


N/T: Muy, muy tierno pero el próximo es mucho más lindo. Espero que lo hayan disfrutado. Un beso enorme gente, muchas gracias por leer y comentar. Sus reviews dan mucha ganas de continuar! Y lo que se viene es genial!

GRACIAS: catunacaty, KaoruB, funny-life, Sol Meyer M.G.P. y Asphios de Geminis. Y también gracias mil a los que agregaron la historia a favoritos y alertas. Realmente hacen sentir a uno como que el trabajo que hace no es inútil. Espero seguir contando con su apoyo, ¡quedan 13 largos capítulos todavía!