A la mañana siguiente, cuando Kaoru bajó a desayunar, Tomoe ya estaba en la mesa. Se sentó al lado de Kenshin y no dijo nada.

-Por fin has bajado -le dijo Tomoe-. Pensé que te ibas a quedar todo el día en la cama.

En realidad, Kaoru no venía de la cama. Había estado en el cuarto de baño, porque había tenido náuseas nada más al levantarse. Pero no estaba dispuesta a contárselo a nadie.

-Tenía sueño -dijo Kaoru a su hermanastra-. Hola, Misao. Kaoru saludó a Misao e ignoró a Kenshin.

-Tomoe quiere ir a ver el centro histórico -le dijo Kenshin.

-Lo pasaran muy bien. Estoy segura -contestó Kaoru.

-Misao y tú también vendras conmigo -añadió Kenshin.

-No. Yo no -le dijo Kaoru-. No me apetece darme una ca minata por la ciudad.

Kenshin se quedó mirándola.

-Te he dicho que vienes.

-Kaoru, no nos estropees el día -dijo Tomoe-. El otro día le dijiste a Misao que querías ir. ¿Por qué no vienes hoy? Kaoru no podía decirle a su hermanastra el por qué no quería ir y se limitó a sorber su café.

-De acuerdo -dijo Kaoru al final.

-Te gustará -le dijo Misao-. Tú y yo pasearemos por los jardines y te enseñaré esa ardilla que posa para las fotos.

-No está bromeando -dijo Kenshin con una sonrisa-. Es una ardilla que se queda quieta cuando la fotografían.

-¿Le has hecho alguna vez una foto, Kenshin? -preguntó Tomoe.

-No, pero mi oficina está muy cerca de los jardines de la plaza principal. Algunas veces, en primavera, paso por allí a la hora de la comida cuando voy al restaurante.

La plaza de Oro estaba cerca del hotel Sarur y Kaoru se quedó sorprendida por la grandeza de los jardines, llenos de ca minos, bancos, mesas y monumentos dedicados a personajes históricos.

Uno de los templos más antiguos de Osaka seguía estructura ori ginal, estaba flanqueada por una puerta a cada lado. Kaoru tocó las paredes y el contacto la hizo estremecerse al pensar que cien to ochenta hombres habían muerto allí, en un frío día de marzo de durante la guerra. Miró a su alrededor e intentó imaginarse la muerte de esos hombres ante las arrolladoras fuerzas mejicanas de Santa Ana.

-La mayoría de los hombres que murieron aquí eran de la capital -le dijo Kenshin a Kaoru.

-¿De verdad?.

-Ellos fueron unos hombres especiales -murmuró Kaoru. -Y estaban acostumbrados a la muerte. Vivieron tiempos muy difíciles, sin ningún tipo de lujo.

-He leído algunos libros sobre eso -dijo Kaoru-. En la ma yoría no estaban de acuerdo sobre cuántos hombres murieron aquí.

-Hubo testigos y vieron quién sobrevivió -le dijo Kenshin-. Ellos son los mejores historiadores. Acércate aquí.

Kenshin dejó a Kaoru que pasara a una habitación donde se encontraba la pólvora y las balas. Al lado había otra habitación que estaba protegida por una reja de hierro y que contenía diferentes banderas.

-Algunas inscripciones de la pared son muy antiguas -le explicó Kenshin a Kaoru.

En las paredes había pinturas que representaban a las tro pas que invadiendo la ciudad. También había armas en una vitrina junto con otros objetos.

Kaoru se detuvo en la puerta de salida y se quedó mirando el techo v escuchando el eco de la voz de un guía que narraba los días del asedio y la batalla final.

-¿Tienes frío? -le preguntó Kenshin a Kaoru. Kaoru movió la cabeza negando.

-Es que... -Kaoru se interrumpió y miró a Kenshin-. Yo he leído cosas sobre la guerra, pero estar aquí... es muy diferente. El libro no tiene suficientes páginas para expresar todo esto.

Kenshin le rodeó los hombros con un brazo y la acercó a él. -Aquellos hombres sabían lo que hacían y por qué. Somos una nación con honor. Y todo fue gracias a un puñado de hombres que no quisieron alzar una bandera blanca -dijo Kenshin, mirando a Kaoru-. Incluso las mujeres lucharon.

Se quedaron mirándose fijamente y sin parpadear.

-Por fin os encuentro -dijo Tomoe interrumpiéndoles-. Vamos, que tenemos que ver los recuerdos.

Había un enorme roble a la salida, cuyas ramas daban de lante de las ruinas. Kenshin seguía agarrado a Kaoru, y ella se acercó aún más mientras miraba las puertas de entrada.

-No quiero entrar ahí -dijo Kaoru.

-Ni yo tampoco -contestó Misao-. Vamos a ver la ardi lla, por favor.

-Creo que sería mejor ir al museo -dijo Tomoe-. ¿Hay turquesas en las tiendas del museo? Me encantan las turquesas.

Kaoru no quiso discutir con su hermanastra lo que se haría primero.

Al final, entraron. Allí había muchas cosas que ver y Kaoru se soltó de Kenshin. Kaoru estuvo viendo manuscritos, monedas, re tratos históricos y armas, mientras, Tomoe y Misao estuvieron viendo las joyas y los recuerdos.

Tomoe convenció a Kenshin para que le comprara una pul sera de turquesas muy cara. A Misao le compró una gorra de mapache.

-¿Qué quiere usted, señora Himura? -le preguntó Kenshin a Kaoru con una expresión de alegría en su rostro que Kaoru nunca había visto.

-Me gustaría... una sortija -contestó Kaoru.

-¿Una sortija?

-Sí, con una piedra preciosa, no tuvimos anillo de compromiso Ken.

Kenshin se inclinó en la estantería y le dijo a Kaoru que echara un vistazo. Kaoru eligió una de plata con incrustaciones de tur quesa. Kaoru se puso la sortija y después, en el mismo dedo, el anillo de boda.

Kenshin lo pagó, pero no fue tan caro como el regalo de Tomoe.

-¿Sólo quieres eso? -le preguntó Kenshin.

-Sí -contestó Kaoru mientras miraba la sortija-. Gracias, Kenshin.

-Debiste tener un anillo de boda que fuera mejor -le dijo Kenshin.

-No importa -contestó Kaoru-. Me gusta el que tengo. Es muy sencillo, pero tiene una elegancia y una dignidad que no tie nen los diamantes.

-Eres una mujer muy extraña.

-¿Por qué piensas eso? -le preguntó Kaoru-. Te casaste conmigo.

-Sí -contestó Kenshin-. Me casé contigo.

-Sin tener ninguna elección.

-Acerca del matrimonio, Kaoru...

-No te molestes -interrumpió Kaoru-. Ya hemos hablado una y otra vez de eso y siempre es lo mismo. Al final, termina mos discutiendo.

-Deberías intentar conocerme aunque fuera sólo un poco y entonces, no ocurriría eso. Debes tratar de cambiar y no alejarte de mí.

-Es más seguro alejarme de ti -dijo Kaoru un poco áspe ra-, es menos doloroso.

El rostro de Kenshin se quedó pálido y la miró con amargura.

-Sé que no he sido muy amable contigo. Y por si acaso tú no te das cuenta, estoy intentando portarme mejor estos días, pero parece que tú me lo quieres poner más difícil.

-¿Lo estás intentando? ¿Para ti ir detrás de Tomoe signi fica intentarlo seriamente?

-¿Estás celosa?

-No lo estoy. Y si lo estuviera, me moriría antes de que tú lo supieras. Yo no revelaría mis secretos al enemigo, señor Langston.

-¿Soy yo tu enemigo?

-¿Tú qué piensas?

-Trato de no pensar en nada, Kaoru.

En ese momento, Misao se acercó corriendo a ellos.

-¡Dense prisa para ver la ardilla! Hay un hombre que le está dando nueces.

Cuando Kaoru llegó, el hombre todavía estaba dándole nue ces y la ardilla las cogía de su mano.

-Tiene carácter -dijo el hombre riéndose mientras el roe dor cogía las nueces de su mano-. Seguro que impresiona a los turistas. Ellos no pueden entender lo domesticada que está.

-Me hubiera gustado haberme traído la cámara -dijo Kaoru-. ¡Qué fotografía tan bonita!

Otro turista debió pensar lo mismo y se acercó con su cámara para hacerle una foto.

Kaoru pensó que después de aquella excursión cualquier per sona habría vuelto a su casa, pero ellos se fueron a dar vueltas por todo el centro de la ciudad. Fueron a un mercado, donde ha bía puestos de artesanía y continuaron por el Paseo del Río. Pa saron por montones de restaurantes y pubs que tenían terrazas donde los turistas se sentaban en verano y primavera para con templar el río. Kaoru dio un suspiro mientras paseaba por allí, y deseó que el tiempo fuera mejor para poder sentarse en una mesa y contemplar el río. Estaba muy cansada. Debía de ser a causa del embarazo.

Kenshin le agarró el brazo.

-¿Quieres descansar un poco? Kaoru le miró y se sorprendió por su cortesía.

-Sí, me gustaría -contestó Kaoru.

-Sólo quedan unos pasos más para llegar al restaurante. Kenshin las llevó al restaurante desde el que se veía el río. Se sentaron y un camarero les llevó los menús. Kaoru tenía mucha hambre y pidió varias presentaciones de sushi.

Mientras, Kenshin la contemplaba con una mirada protectora y Tomoe seguía hablando como una cotorra. Estuvo hablando durante toda la comida, hasta que por fin Kenshin se levantó, se agarró del brazo de Kaoru, y no del de Tomoe, y se dirigieron has ta donde tenían aparcado el coche. Parecía como si Kenshin tuviera miedo a que Kaoru se alejara de él.

Cuando llegaron a la casa, Kaoru se fue a su dormitorio y se tumbó. Se sintió muy cansada y con ganas de vomitar. Todos sus pensamientos estaban confusos, porque no sabía en realidad lo que ella quería... ni lo que Kenshin quería de ella.