Elizabeth se montó delante, Mérida atrás. Era el primer día de colegio de la pequeña, tenía un miedo espantoso. Abrazó con fuerza su unicornio de peluche, deseando que le diera suerte. Ese unicornio siempre la había acompañado en su corta vida, siempre. Era su amuleto, su objeto más preciado, algo sin lo que no podría vivir. Mérida siempre había tenido aquel colgante con la palabra "Valiente", su mantita azul con su nombre; y su unicornio, que ya tenía hasta nombre. Unenda, se llamaba.
Mérida iba aprendiendo bien el idioma, poco a poco pero con eficacia, aunque dudaba de sí misma. La pequeña, cuanto más veía su casa alejarse, más pánico sentía. No iba a poder, pensaba todo el tiempo.
Primero bajó Elizabeth, y después Mérida. Elizabeth se apresuró a correr a clases, llegaba tarde, mientras que Mérida se negaba a salir.
― Mérida, cariño, debes de salir ―le dijo suave y dulcemente Regina. Mérida estaba más que asustada: todo era nuevo para ella, sobre todo su madre; ella nunca había tenido a nadie que la tratara bien, a excepción de Elizabeth. Quería abrirse, confiar, pero se repetía una y otra vez que no todos eran tan bondadosos como su madre o su hermana. ― Escucha, ¿recuerdas a Blancanieves? ―preguntó la morena, acariciando el fino y suave rostro de su bebé; siempre sería su bebé. Recibió un generoso movimiento de cabeza por parte de la niña, y prosiguió: ― Ella te va a dar clase. No te va a dejar sola ni un momento, y todo irá bien. Ahora, vas a ser la niña valiente que tu padre sabía que serías y vas a entrar en esa clase, y vas a demostrarles a todos de qué pasta estás hecha ―concluyó, guiñándole un ojo, ganándose un sonrisa por parte de la pequeña.
― De acuerdo, pero con una condición:―acordó la pelirroja― cuéntame luego cosas acerca de mi padre.
La madre se quedó petrificada. ¿De su padre? Pues como no fuera lo que hacían en la cama… Aunque en realidad, durante aquellos meses de embarazo, Graham y ella se habían conocido y, porqué no decirlo, sentido cosas el uno por el otro. Pero todo había cambiado cuando Henry Mills se llevó al bebé alegando que no estaba bien. Ella había sufrido, cierto, pero había algo que deseaba que Graham no hubiera visto, porque ella no pudo sostener a su hija en brazos, pero para él fue peor dejar a su bebé, ese que sostuvo brevemente en brazos, ese tan bonito. ¿Qué iba a contarle ella de su padre? ¿Qué lo mató? ¿Qué lo utilizó como un juguete? Tenía que pensar… su hija era lista. Bueno, las dos en realidad. Tenía que pensar algo y rápido.
Terminó aquel dibujo y se dispuso a enseñárselo. El día había sido entretenido, y la Señorita Blanchard le caía genial. Mérida esperaba que todo fuera bien, y ya le caía algún que otro compañero bien. Le costaba, lo sabía, pero estaba decidida a abrirse. El instituto y el colegio estaban en el mismo lugar, un edificio junto a otros y niños pequeños y mayores podían mezclarse. Mérida fue a buscar a su hermano, con su dibujo de su familia entre sus manos.
― Henry, mira que dibujo he hecho ―dijo la pequeña, sonriente, al divisar a su hermano mayor. Todos hablaban a su alrededor y Mérida no comprendía nada excepto unas cuantas palabras. Mala, que su madre era mala. Eso sí lo comprendía y quería gritarles que ella no era mala, que aquel chico de aquel orfanato era malo, que las personas así eran malas, pero no su madre. Pero prefirió no decir nada, no vaya a ser que se liara con el idioma y acabara pidiendo un bote de sandía, como ya le había ocurrido en la clase anterior al recreo.
― Mérida, ¿por qué no te vas con tus amigos… si es que tienes? ―respondió Henry con desprecio, dándose la vuelta, dejando de hablar con Grace.
― Es que no se quieren acercar a mí ―dijo triste la pequeña.
― No me extraña, ―replicó el joven― quizás no te merezcas tener amigos, como eres tan fea.
― Pero Henry…
― Vete, anda, ―le indicó molesto el chico― mejor vete, porque eres un mosquito insoportable que no debería de estar aquí, de hecho ni siquiera deberías de haber nacido ―siseó con veneno, un veneno que le llegó hasta el ala de la niña y la rompió y mil pedazos. Mérida, al borde de las lágrimas, rompió el dibujo y se marchó corriendo.
Y tras eso, Grace se adelantó y cogió el dibujo, uniendo las dos mitas. El él se podía ver claramente un montón de muñequitos muy bien dibujados para una niña de su edad, su familia, en la que él, Henry, estaba lleno de besos de su hermanita pequeña, Mérida.
― Suelta eso ―le dijo Henry, cogiéndola del brazo, pues la campana acababa de sonar, indicando el fin del recreo.
― Que te den por culo, niñato. Ella no se merecía eso ―dijo la muchacha rubia, llevándose los dos trozos, dejando a su amigo atrás.
Llegó corriendo y se abalanzó contra la puerta, oyendo como su niña lloraba. Mérida era dulce, atrevida y cariñosa, se preguntaba cómo de mal le tendría que haber ido para que se hubiera encerrado en el baño del colegio a llorar.
― PERO TÚ QUE ERES, ¿SUBNORMAL? ¿¡CÓMO SE TE OCURRE DECIRLE ESO PEDAZO DE IMBÉCIL?! ―Eso era Pavanieves gritando e insultando a… Regina se asomó y vio a su hijo, que parecía pasar de todo, y a su hijastra roja de rabia.
― ¿¡Se puede saber que ocurre aquí?! ―irrumpió Regina, callando a la morena.
― Que el muy listo de Henry ha decidido insultar a Mérida y lleva una hora en el baño, llorando y suplicando que vengas a por ella.
La alcaldesa se giró para encarar a su hijo. ¿Cómo de cruel había sido su niño? Casi que prefería no saberlo.
― Debería de estar muerta ―gruñó, llevándose de paso un bofetón.
Dos pares de ojos se giraron hacia la mujer. ― Márchate a clase ―ordenó la profesora, ante la mirada atónita de Regina.
― ¿A-Acabas de pegar a mi hijo?
― Se lo merecía… ―admitió avergonzada de sus hechos. Bien era sabido que ella era una persona pacífica, pero no iba a tolerar que su nieto actuara así con la pobre niña que no había hecho nada excepto querer hacer feliz a su hermano. ¿Tan malo era eso?
― Gracias, alguien tenía que hacerlo ―dijo al salir del aula, acercándose a los baños.
Elizabeth levantó la cabeza al escuchar un comentario de algún compañero de clase, diciendo que la niña pelirroja, la nueva, se había encerrado en un baño a llorar y no había manera de consolarla. Salió de clase sin dar más explicaciones y cruzó ambos edificios hasta ver a su madre con su hermana en brazos. Corrió todo lo que sus piernas le permitieron y se lanzó a por Mérida.
― Meri, oh dios, ¿qué ha ocurrido?
― Recoge tus cosas ―ordenó Regina. ― Nos vamos a casa, las tres ―sentenció para alivio de ambas hermanas.
― ¿Y Henry? ―cuestionó Mérida asustada hasta decir basta.
― Ahora vuelvo― se excusó Elizabeth. Nadie, absolutamente nadie, tenía el derecho a tocar a Mérida, y menos aún… eso.
Elizabeth salió de la escena y se dirigió a su clase, encontrándose a Henry bajando las escaleras. Mira tú por donde…
Porque Elizabeth era una chica muy buena y pacífica, pero la venganza era algo que no podía ignorar. Y en ese momento, su sangre hervía, y su muñeca giró elegantemente haciendo que su hermano se resbalara al bajar las escaleras y…
― ¿Podemos hablar? ― dijo dándose la vuelta, asustando a su ahora exnovia, quien en un descuido de cortó en la palma de la mano con el cuchillo.
― Joder… ―murmuró Regina. ―Emma, bonita, hay timbre, ¿sabes?
― Sí, pero yo tengo las llaves de mi hijo de su casa y… Verás Regina, yo…
― Si no tiene nada que ver con el nefasto comportamiento de Henry, le aconsejo que se vaya, Señorita Swan.
― O si no… ¿qué? ―retó juguetona la rubia. Pero como las cosas habían cambiado, ahora… bueno, ahí estaba la seriedad y no el juego.
― Si no seré yo la que compre un billete de avión para mí y otro para mis hijas y nos marcharemos ―replicó entre dientes la morena.
― Siento la manera de actuar de nuestro hijo. Últimamente está… no sé, fuera de sí ―comenzó a reflexionar. ― Está más agresivo desde nuestra pelea y de verdad que no entiendo qué le ocurre, este no es él. Creo que, quizás lo mejor sea castigarl…
― ¡MAMÁ. MAMÁ. MAMÁ. MAMÁ! ―gritó Mérida, en agonía, haciendo que ambas mujeres subieran.
