Bueeeeeeeeeeenas noches, pijería neoyorquina (? Os presento un capítulo largo, aburrido y caca. ¡Yuhuu, qué bien me vendo! No really, empecé a escribirlo sin saber qué escribir (? y salió esto. El final es lo que lo salva bc of Pones, pero aunque ya vayan 8 capítulos, no quiero apresurar la historia (por lo que quedará más larga incluso de lo que yo pensaba, lol), así que... paciencia :D

Hope you like it!


Parte VIII.

8 de octubre de 1944.

Se ha enamorado de Dianne. Ahora sí puede afirmarlo con todas las letras. Enamorado. Le encanta esa chica, sencillamente no es capaz de dejar de mirarla cuando están juntos, o de besarla, o de tomarla de la mano, o de abrazarla. Tiene miedo incluso a que ella se harte de él por ser tan baboso y le deje por otro vecino. En apenas un mes, se han visto todos los días. Treinta días de septiembre a su lado. Y las ocho de la tarde se ha convertido en su momento favorito del día porque es cuando puede verla.

Después del incidente con Dougie, las cosas volvieron poco a poco a su cauce. Kathy aún estuvo un par de días molesta con su hijo, y prácticamente no le dirigía la palabra, pero no podía estar toda su vida sin hablarle, y todo quedó en agua de borrajas enseguida cuando se acercó a él tendiéndole un vaso de leche y pidiéndole disculpas por la bofetada que le había dado. Por supuesto, Danny las aceptó, tanto las disculpas como el vaso de leche, y respiró aliviado. No le gustaba estar enemistado con la poca familia que le quedaba, y además, ahora que por fin tenía una relación estable con Dianne, no quería que su madre le prohibiera la entrada también a la chica.

- ¿Cuándo le vas a decir que estamos juntos?- le pregunta Dianne ese día.

Están sentados en el suelo, entre el césped y la maleza del campo, junto a aquel lago que ya se ha convertido en suyo. Como cada día, al salir de ambos trabajos, se han reunido en la verja de Danny y han llegado hasta allí dando un paseo, para finalizar el trayecto en su lugar predilecto. Está alejado del mundo, es bonito y tranquilo, y está con ella. No puede pedir nada más.

Dianne tiene cada una de sus suaves y níveas piernas a cada lado de la cadera de Danny, al cuál le gusta llamar "novio" delante de sus amigas porque todas gustan de él. Será por sus vivaces ojos o su aspecto de luchador de ring de boxeo, pero todas suspiran por él, aunque eso él no lo sepa y su despiste crónico no le haya dejado advertirlo. Se encuentra sentada sobre su cadera en una postura seductora que le hace sentirse poderosa y a él algo turbado, por no decir que incluso está rezando mentalmente para que su chica no se mueva y le ponga en un aprieto por semejante cercanía. Sin embargo, no puede evitar tocarla. Sus manos reposan sobre sus muslos, internándose un poco por debajo de su falda, y dibuja circulitos con las yemas de sus dedos en su piel de seda. Su espalda reposa contra el césped y puede ver la rubia melena de su novia cayendo en cascada hasta el suelo. Es como si fuera un ángel.

- No lo sé- responde.- Pronto. Cuando esté seguro de que no me va a tomar el pelo por haber sucumbido a tus encantos.

- No seas tonto- ríe ella, mostrando su perfecta dentadura.- Mi madre está con la mosca detrás de la oreja, y mi hermano está convencido de que va a tener que matarte.

- ¿Matarme a mí?

- Te has llevado a la joya de la familia- bromea.

Su risa reverbera contra la quietud del lugar y un obnubilado Danny la mira en silencio, dándole la razón. Es tan guapa y tan perfecta que no sabe qué hace con él, pero saberse querido por alguien como ella le da cierta autoestima extra. Es consciente de que tiene todas esas manchas horrorosas cubriendo su cuerpo, y el hecho de que a Dianne le guste acariciarlas con las yemas de sus gráciles dedos e incluso besarlas cuando está excesivamente cariñosa, consiguen que de un modo u otro él las odie un poco menos, aunque sólo sea un poquito.

Lenta y suavemente, ella inclina un poco más su cuello hasta que posa sus labios sobre los de su novio y el espacio entre ellos queda totalmente suprimido, dando lugar a un silencio de sentimientos mudos pero escandalosos al mismo tiempo. No hace hablar para demostrarse lo que ellos están haciendo en esos momentos, y Danny lo sabe. Sabe que a veces pone nerviosa a Dianne con su incesante parloteo, y ella, que ya le conoce lo suficiente y es capaz de advertir cuando va a empezar a hablar como una cotorra, prefiere callarle con un beso que cada vez se va haciendo más y más largo y profundo.

Y cuando los labios no son suficientes, y una luz parece encenderse en el mismísimo centro del corazón de Danny, irradiando calor y energía, sus manos ascienden solas bajo la falda de la chica, como si éstas fueran las vías de un coche teledirigido y fuera una acción inevitable que él las remonte.

- Danny...- murmura ella con una sonrisa en sus ahora hinchados y rosados labios, apartándose un poco del polvorín de hormonas que tiene como novio.

- Lo siento.

La disculpa se interpone entre ellos y él devuelve sus manos a la posición inicial, junto a las rodillas, y continúa acariciándolas.

La noche va cayendo sobre ellos, y aunque saben que deberían volver ya a sus casas, retrasan el momento cuanto pueden. Han iniciado ya el mes de octubre, y el frío empieza a estar cada vez más presente en cada lugar al que vayas, pero son conscientes de que estar allí, solos y casi, casi a oscuras, no les puede reportar nada bueno, sobre todo a ella y a su dignidad como mujer supuestamente respetable, cosa que, por supuesto, es. Pero le resulta tan difícil apartarse de él cada vez que tienen que despedirse y esperar hasta el día siguiente y poder verle...

- ¿Por qué no volvemos?– sugiere un inteligente Danny.- Se me está quedando el culo helado.

- Un ratito más, mañana saldré más tarde de clases y no sé si podré venir.

- ¿En serio?- Dianne asiente y ve cómo Jones bufa, abrazándola ahora por la cintura y haciendo que el apoyo que sus propios brazos habían formado sobre el césped, se rompa y caiga de bruces contra él, por milímetros sus cabezas no chocan como si fueran sandías. La alemana se ríe, jovial como siempre, y comienza a llenarle el cuello de besos.- Di, si sigues así luego no va a haber "lo siento" que valga...

- Es que tiene usted un cuello muy apetecible, señorito.

- ¿Sabes que no es justo que yo no pueda tocarte a ti y tú no dejes de hacerlo conmigo?- se queja. No pretende sonar ni exigente ni autoritario, pero, simplemente, no es justo que ella le ponga el caramelo en la boca y se lo quite sin poder saborearlo. Sin embargo, Dianne vuelve a reírse y le hace pedorretas por toda la cara antes de ponerse en pie de un salto, y sacudirse la suciedad de su falda.

- Vale- musita, estirando la "a".- Me porto bien, vamos a casa.

Danny se incorpora también, suspirando como si en lugar de dieciocho tuviera ochenta años, y agarra a su novia por la cintura, caminando de vuelta a las viviendas.

Los Jones son una familia humilde, eso es algo evidente, y carecen de muchas, muchas cosas, como dinero, oportunidades, y libertad, sobre todo eso último. Miles de judíos han muerto en los cinco años que lleva la guerra, y saben lo afortunados que son manteniéndose con vida. Asesinatos a sangre fría a punta de pistola o incluso con arma blanca, campos de concentración, gaseamientos, deportaciones, envenenamientos... Toda una gran variedad de técnicas y tácticas para eliminar a su raza de la faz de la Tierra, y aunque no saben los números exactos a los que ascienden las muertes de sus compañeros de hermandad, están seguros de que la cifra es escalofriante.

Por eso, con la única idea en mente de proteger sus vidas el mayor tiempo posible, el señor Jones encontró aquella casa escondida entre maleza y bosques, junto al lago que ahora baña las orillas de su hogar. Está tan apartado del mundo, tan lejos de la ciudad, de las carreteras y de la vida cotidiana, que sólo a una persona retorcida o extremadamente persistente, se le ocurriría buscar judíos por allí. Prácticamente ese lago ni aparece en los mapas, es el lugar ideal para esconderse, como si no hubiera manera de llegar hasta allí.

Salvo que conozcas el camino.

Cuando Danny y Dianne llegan junto a sus parcelas, Jones puede observar cómo la misma figura rubia y menuda que vio hace casi un mes, vuelve a estar sentada a la verja de su casa. Hace casi un mes que Dougie se alejó de allí tras llamarle "gilipollas" a la cara y, como siempre, cuando piensa que ya se ha librado para siempre de él, vuelve a aparecer. ¿Qué querrá esta vez? Ya no tiene ninguna camiseta vieja que devolverle, ya no tiene excusas para estar allí. Salvo que...

- ¿Ese no es...? ¿Cómo se llamaba? ¿Dougie?- pregunta Dianne entornando los ojos.

- Sí, eso parece.

- No pareces muy contento de verle.

¿Cómo estarlo? ¿Cómo estarlo si de un momento a otro le tiembla hasta la médula ósea pensando que aquel microbio rubio sólo ha ido a su casa para que su padre y sus hombres aniquile a su familia? ¿Y si su madre tiene razón y por su culpa los matan a todos?

- Es que... siempre viene sin... sin avisar- la tartamudez de su voz llega hasta los oídos de su novia, y ésta le mira, alzando una ceja y frunciendo el ceño, preocupada.

- Dan, ¿ocurre algo?

- Voy a ver qué quiere, ¿de acuerdo?- le muestra una sonrisa falsa y forzada, e intenta que no advierta el temblor que ha adquirido todo su cuerpo o cómo su voz ha perdido toda la seguridad y naturalidad que tenía antes. Besa sus labios con efusividad y cariño, y la insta a meterse en su casa con suavidad pero con firmeza, tratando de no inmiscuirla en todo aquello y que su familia también muera por su culpa.- Nos vemos mañana. O... o pasado. Que duermas bien.

Un empujoncito más, y Dianne se aleja de él con paso vacilante, mirando por encima de su hombro y cerrando la puerta tras despedirse con la mano. Sólo entonces, Danny puede respirar tranquilo y correr los escasos cinco metros que separan una casa de la otra, cruzando la callejuela y plantándose al lado de Dougie de inmediato.

El rubio alza los ojos de sus manos, y Danny puede apreciar que tiene una peonza entre ellas, con la correa enrollada y sin darla vueltas. Sus manitas la retienen entre ellas con cariño y cierto aburrimiento, lo que le lleva a pensar que lo más seguro es que esté esperando desde hace tiempo. Pero lo que más le preocupa, importa y urge, es saber si lo ha hecho solo.

- ¿Qué cojones haces aquí?- le vuelve a espetar. Se han visto tres veces, y en ninguna de ellas le ha saludado con cordialidad. Dougie se pone en pie, sacudiéndose la ropa igual que ha hecho Dianne al levantarse del césped, y clava sus ojos verdes en los azules de Danny con valentía. Una valentía que un mes atrás no había y que obliga a Jones a tragar saliva con fuerza.

- Te dije que podía ayudaros- musita el rubio. Se guarda la peonza en el bolsillo de los pantalones, y cruza sus brazos por encima de su pecho, como si esperase una especie de disculpa por parte de Danny por lo mal que le trató la última vez que se vieron.

- A ver, Dios mío. Te dije que no necesitamos tu ayuda, que no te quería volver a ver por aquí, ¿qué parte no entiendes?

- Danny, yo no soy mi padre- sentencia con brusquedad, alzando la voz un par de tonos. – Ni soy estúpido. Sé que sois judíos, y que cuando me quedé a cenar me echasteis con mucho disimulo, y que si me llego a descuidar, me dais una patada para salir de vuestra casa. Así que no me vengas con esa actitud de "no necesito ayuda de un maldito nazi" porque te equivocas.

- No, te equivocas tú. Mi padre murió por gente como tú, ¿te enteras? – ya no es sólo la voz de Dougie la que se ha alzado, sino también la suya, y si el rubio parecía enfadado, Danny no sólo lo parece, sino que es evidente que lo está. Y más que eso, lo que está es furioso, y guarda tanto rencor que ya no puede retenerlo más tiempo.- Le metieron una jodida bala en la cabeza delante de mis narices y yo sólo tenía quince años, ¿me oyes? Quince años, joder. ¿Y encima quieres que te acoja en mi casa y te trate como una reina? ¿Sabes lo que sería justo? Haber dejado que te ahogaras en ese puto lago. Eso sería justo.

- ¡¿Y por qué no lo hiciste?!

- ¡Por que no soy como vosotros!

De un momento a otro, y sin que él haya podido reflexionar sobre ello, la mano derecha de Dougie sale disparada de su cuerpo hasta colisionar con el ojo izquierdo de Jones, el cual se resiente bajo sus nudillos y Danny, como si fuera anatómicamente posible, nota cómo su globo ocular se hunde un tanto en la cuenca, un "auch" resonando por toda su cabeza.

Un segundo después, y sin detenerse a valorar los daños que va a sufrir su ojo, agarra por las solapas de la camisa a aquel chavalín rubio y arrogante, y le acerca a su cara alzándole un par de centímetros del suelo. De verdad, de verdad de la buena, que en ese momento tiene ganas de matarle. De coger su cabecita rubia y estamparla una y otra vez contra el suelo hasta que reviente. Sólo así podría poner a su familia a salvo.

Y bien sabe Dios que esa situación no podía terminar bien, que si Dougie no tenía intención de delatarles ante su padre, después de esa discusión sería hasta lógico que se lo pensase, así que la llegada de Kathy parece un regalo caído del cielo.

Sus característicos pasos se acercan lentamente por el camino de tierra que conduce a la casa, y casi con precisión milimétrica, Danny puede medir la distancia en metros y minutos que faltan para que haga acto de presencia junto a la verja y les descubra allí a los dos. Ese "te prohíbo que vuelvas a verle" resonando contra las paredes de su cerebro como una advertencia permanente. Si su madre llega a ver allí al enano de nuevo... probablemente la bofetada de la vez anterior sea una anécdota divertida comparada con lo que le haga en esa ocasión.

A la velocidad de la luz y sin llegar a averiguar qué demonios pinta el alemán allí, le suelta el cuello de la camisa sólo para agarrarle del brazo y meterle en el corral a empujones, ignorando los quejidos de éste por culpa del miedo que le tiene a las gallinas y esperando que las sombras les sean escondite suficiente a ambos. "¿Cuántas veces voy a tener que esconder a este microbio?" se pregunta a sí mismo, tapando la boca de Dougie con una de sus enormes manos y sujetando sus brazos tras su espalda con la que le queda libre para contener el forcejeo que ejerce el pequeño.

- Estate quietecito- le ordena, susurrándole al oído.- Como mi madre vuelva a verte por aquí, te va a matar ella con sus propias manos.

Las gallinas siguen revolviéndose a su alrededor y Danny puede oír más que ver cómo la puerta del jardín se abre y por ella entra su madre, sus pasos arrastrados contra la arenilla del suelo hasta que éstos se detienen en seco.

- ¿Danny?- se la oye preguntar, y el menor de los Jones puede notar una gotita de sudor descendiendo por su espalda, casi como si se sintiera cerca de la muerte. - ¿Vicky, eres tú?

- Ni te muevas- le sisea al rubio de nuevo, y comprueba agradecido cómo éste deja de moverse, dejando de espantar a las gallinas y haciendo que el ruido cese.

- ¿Quién anda ahí?

Los pasos se retoman y adquieren otra dirección. El corazón de Danny comienza a latir a mil por hora cuando advierte que se dirigen hacia ellos y sólo es capaz de pensar que qué clase de madre temeraria tiene que no sólo sospecha que le hayan entrado en casa, sino que va a comprobar de quién se trata.

- ¡Joder!

Recula un par de pasos hasta que su espalda choca contra la pared del granero y suelta los brazos de Dougie para buscar a tientas el pomo de la puerta. Ésta se abre limpiamente y los engulle a los dos para volver a cerrarse sin soltar ni un solo ruido.

- ¿Se puede saber qué haces?- inquiere un Dougie desconcertado. - ¿Sabes que a los maricones también los gasean?

- Cierra la boca o nos va a oír, gilipollas.

- No le tengo miedo a tu madre.

Y tal y como hizo meses atrás, se abalanza contra él y le estampa contra la pared, esta vez junto a la letrina, que gracias a Dios está cubierta, y presiona su cuerpo con el suyo para reducir aún más el espacio porque su madre acaba de abrir la puerta y entrar al granero.

Hace algo más de siete meses que Danny, un buen día, se levantó aburrido y decidió invertir el día limpiando el granero ya que ya no le usaban, y en un movimiento para nada premeditado, el palo de la escoba terminó haciendo estallar la única bombilla que pendía del techo. Desde entonces, el granero carece de luz. Y en ese momento, está seguro que aquél día fue su día de inspiración divina ya que gracias aquel acto de patosidad crónica, su madre vuelve a salir tal y como ha entrado ya que ni oye ni ve nada fuera de lo normal.

Sus pasitos se alejan del granero y Danny espera en esa posición un par de minutos. Con la respiración contenida, clava sus ojos en los enormes ojos verdes del alemán, y parece como si el tiempo se congelase. Incluso en esa oscuridad puede ver todas las vetas de color que le conforman, de tantas tonalidades que parecen esbozados por el pintor más prestigioso del mundo. Mucho más verdes que los de Dianne.

En el otro lado, Dougie apenas si puede respirar. Los espacios cerrados le dan algo de angustia, pero no se debe a eso, sino a que tiene el rostro de aquel rizoso a menos de quince centímetro del suyo y su aliento le golpea de lleno la cara, la respiración errática y descompasada. Su boca permanece tapada por sus manos, que clavan su cabeza contra la pared con firmeza y no le dejan moverse, al igual que el pecho y las piernas, entrelazadas con las de Danny para ocupar menos espacio tras la puerta. Y puede jurar que, en sus dieciséis años de vida, nunca se ha sentido mejor.

Jones no deja de repetirle que ojalá muriera, que ojalá jamás le hubiera sacado del lago y cuánto se arrepiente de haberle salvado la vida, y sin embargo, vuelve a hacerlo una y otra vez. Y Dougie no es tonto, y tampoco es una adolescente con la cabeza llena de falsas ideas sobre el amor y la amistad que pueda llegar a pensar ese judío pueda llegar a convertirse en el amigo que ha ansiado toda su vida, pero para él tiene cierta significación que no termine por dejarle del todo de lado. Igual sólo se trata de que es buena persona, se dice a sí mismo, y justo por eso, sabe que no se equivocaba con él.

Dougie observa los ojos de Danny que se clavan en los suyos y, dado que su vista ya se ha acostumbrado a la oscuridad, es capaz de distinguir miles de pecas cubriendo sus mejillas y el puente de la nariz, la frente, e incluso los labios. ¿Cómo es posible que alguien tenga pecas en el perfil de los labios?

La situación empieza a hacérsele difícil cuando se da cuenta de que no sabe qué hacer con sus propios brazos y manos ni dónde posarlos, por lo que fuerza una sonrisa y carraspea falsamente, mirando a Jones a los ojos.

- ¿Me sueltas?- pide con cierto retintín, obteniendo la liberación inmediata. Su cuerpo se ve libre y puede volver a respirar hinchando los pulmones, y antes de que pueda decir nada más, Danny se le adelanta y le agarra de nuevo de la pechera, acercándole a su rostro de un modo amenazador y peligroso.

- Tienes cinco segundos para explicarme qué haces otra vez aquí antes de que te rebane el cuello con el cuchillo de la carne.

- ¿Qué carne?- espeta el alemán con desdén, casi burlándose.- Si no tenéis ni para una botella de leche.

Los dedos de Danny dejan de ejercer presión contra la camisa de Dougie y le suelta, respirando hondo para no incrustarle el puño en el cerebro, aunque sea lo que desea en esos momentos. Cierra los ojos, impulsando la rabia y la humillación tripas hacia abajo, y cuando los vuelve a abrir, contempla a aquel enano mirándole con valentía.

- He venido porque quiero ayudaros- informa por fin.- He traído algo para vosotros.

Sale del granero y se encamina hacia la puertecilla de madera que delimita el territorio de los Jones, caminando un par de pasos hasta uno de los árboles que decoran la entrada, y pone la bicicleta en pie. Danny, que se había quedado pasmado y petrificado en el interior de la caseta, recorre el mismo camino que Dougie y coloca las manos en las caderas con un gesto interrogante en su rostro, observando los movimientos del rubio. En esta ocasión se trata de una bicicleta distinta, según puede apreciar incluso en esa oscuridad: el cuerpo está pintado de un tono rojo piruleta, las ruedas son algo más finas y elegantes, y la diferencia más notable, lleva cestita.

- ¿Esta bicicleta también es tuya?- ironiza el rizoso, tanteando con las manos los lazos que cuelgan del manillar. – Esta te pega más.

- Es de mi hermana, subnormal. La mía no tiene cesta, tendría que apoyar esto en algún lado, ¿no?

Extrae un paquete de su interior, envuelto en papel de estraza, y se lo clava en la tripa con un violento y malintencionado golpe que le hace doblarse por dos.

- ¿Qué coño es esto? ¿Una bomba?

- ¿De dónde quieres que saque una bomba?

- Se la puedes pedir a tu padre. Seguro que puede hacer algo respecto a ello.

Le muestra una sonrisa déspota y arrogante, y comienza a picar con sus inexistentes uñas los bordes del papel para intentar despegarlo. Ciertamente, el paquete es bastante grande, quizás lo bastante como para albergar una radio, o una televisión pequeña, aunque no contenga nada de aquello ya que pesaría más. Danny observa por el rabillo del ojo cómo el alemán se monta en la bici y ajusta su trasero al sillín con la intención de salir de allí cuanto antes, pero algo en su interior le obliga a detenerle.

- Espera- le pide, acercándose a él los dos metros que el pequeño se ha alejado. Dougie bufa, como si tuviera cosas mucho más interesantes que hacer que perder su tiempo con él, y se cruza de brazos, manteniéndose en equilibrio en la bici. Danny le mira un solo instante y después retira por completo el papel, abriendo la solapa de la caja y encontrándose con varios alimentos que hace meses que no prueba. A ojo, puede observar un paquete de membrillo, otro de café, del caro, un par de panecillos de leche y, lo que consigue atraer su atención con más fuerza, una tableta de chocolate. ¡Chocolate! Levanta la mirada del interior de la caja, alzándola hacia un cansado Dougie, y por primera vez en mucho tiempo, el parlanchín de Danny no sabe qué decir.

- Bueno, ¿me puedo ir o me vas a seguir mirando como un gilipollas?

- Oye, sin faltar- cierra las solapas de la caja de cartón, y se la apoya contra el vientre, soportando su escaso peso, y se muerde el labio inferior, el orgullo impidiéndole darle las gracias a alemán por aquello. - ¿Por qué haces esto?

Alza la cajita entre ellos y Dougie la mira un par de segundos. Buena pregunta, ¿por qué lo hace? ¿Por aquella ridícula excusa de una deuda que no existe por haberle salvado la vida? ¿Acaso porque les gorroneó la comida en aquella cena y se siente mal por quitarles lo que ni siquiera tienen? ¿O por que siente que, haciendo eso por ellos, se distancia y diferencia de la maldad y corrupción a la que se ve abocado en las oficinas de su padre día tras día? ¿Acaso los Jones son algo así como su fuente para limpiar su propia conciencia?

- Porque puedo- se limita a responder.- Y vosotros lo necesitáis. No le digas a tu madre que te lo he dado yo, invéntate lo que quieras, pero no lo tires. Hay gente muriéndose de hambre en todos lados últimamente.

- Si te piensas que con esto nos vas a quitar el hambre, vas listo. ¿Membrillo, café, chocolate...? Podrías haber traído alimentos de primera necesidad.

- ¿Por qué no puedes dar las...?

- ¿Gracias? Puedes irte por dónde has venido si te crees que te voy a dar las gracias por esto.

Dougie deja escapar un nuevo bufido de entre sus finos labios y niega con la cabeza casi imperceptiblemente, dedicándole una mirada al pecoso que parece decir "ni siquiera sé por qué me molesto", y pedalea con fuerza, alejándose de allí rápidamente dejando una estela de polvo a su paso.

Metros atrás, aún clavado en el sitio y con la caja en las manos, Danny contempla el vació que Dougie ha dejado en su jardín y sigue el rastro de su bicicleta, diciéndose a sí mismo que quizás, y sólo quizás, haya sido demasiado brusco con él. ¿Pero qué otra cosa podría hacer? No puede ser amable con él, ni siquiera cuando le ha traído chocolate, y sabe Dios que lleva más de un año sin probarlo. No puede porque conoce perfectamente a la gente como él, las dos caras, la gentil y bondadosa que le está mostrando ahora Dougie, y la despiadada y asesina que está seguro esconde por algún lado. Porque, como en una moneda, siempre, siempre, hay cara y cruz. Y la cara de Dougie no termina por convencerle, así que la cruz seguramente le lleve a lo peor de su vida.

Aún así, el enano no se ha llevado la caja con él, por lo que Danny da media vuelta hacia su casa, caminando con cierto entusiasmo, y cuando cierra la puerta a su espalda, sonríe y se encamina a la cocina.

- Vic, mira lo que tengo.


ÑEG. Danny es un borde, soy consciente, pero eso sólo le hará más adoreibol (? cuando avance la historia.

Se aceptan comentarios y si os aburrís mucho, os podéis pasar por mi perfil y echarle un vistacito a "Love is too dangerous for your tiny little heart" (título cortito donde los haya, eh) y decirme que os parece :DDDDDD *Auto promoción, lol*.

¡Sed felices y que el calor no os derrita!