Las nubes llenaban el cielo aquel caluroso día de verano, permitiendo apenas el paso de rayos de sol y creando una atmósfera bochornosa que no invitaba a salir de casa. Pero los agentes y voluntarios reclutados por el jefe de policía Jim Hopper habían decidido que tenían algo más importante que hacer que quedarse en sus casas, donde sólo les esperaba el recuerdo de las pesadillas pasadas. Cansados, irritables, y muchos de ellos armados, habían decidido ponerse en marcha y darle fin a todo aquello.
Hopper, por su parte, tenía bien claro que aquello no era ningún final. Aquello no era más que una pantomima, destinada a calmar a la buena gente de Hawkins. Pero ese también era su trabajo, ¿Verdad? Asegurarse de que los paisanos siguieran su vida como si todo estuviera bien. Como si las dimensiones no se hubieran retorcido, como si la gente no pudiera mover cosas con la mente.
Así que cortó la cadena que cortaba el paso a la propiedad con unos alicates, entrando seguido de un grupo de agentes y voluntarios, más numeroso de lo que le gustaría, pero menos de lo que podría haber sido. Aquello era una pérdida de tiempo, no podía dejar de pensarlo. Pero debía capear aquel temporal. Con Powell, Blubbs, Callahan, y los demás agentes de servicio, el jefe de policía se aproximó al tenebroso edificio. "Muchas cosas pasaron aquí", se dijo, sombrío. "Y muchas más pasarán". Según se acercaron, pasada la pequeña arboleda y el jardín, antaño cuidado, sus ojos pretendieron ver al Dr. Owens, saludándolo desde la entrada cada vez que el pequeño Byers iba a una revisión. Pero Owens estaba ya muy lejos de allí, y en aquel viejo mastodonte de cemento y metal ya no había nadie. O eso esperaba.
- Muy bien. – Aclaró al grupo que lo seguía, una vez se plantaron en la entrada. – Comprobad que las radios y los relojes están sincronizados. Vosotros cinco, iréis con Powell por las escaleras ascendentes. Los demás, conmigo. Vamos a llegar al final de todo esto.
Y entró, sabiendo muy bien qué encontraría al final de todo aquello. Los hombres y mujeres que los habían seguido creían haber actuado como sabuesos, siguiendo el rastro de las pesadillas hasta descubrir una conspiración como la del último Halloween, pero Hopper tenía bien claro que no había nada más lejos de la verdad. Lo único que encontrarían allí sería polvo, oscuridad, y malos recuerdos.
Pero fue peor de lo que creía. Los oficiales del gobierno habían hecho buen trabajo recogiendo el material sensible cuando se habían ido, pero los restos del combate aún seguían allí. No tardaron en encontrar suelos y paredes resquebrajados, paredes con cicatrices de disparos, y Jim no tardó mucho en recordar cómo se habían originado. Casi podía verlos de nuevo, en las pantallas de la sala de control. Aquellos monstruitos cuadrúpedos cuyos rostros se abrían para devorar a todo aquel lo suficientemente ingenuo como para meterse en su camino.
Los hombres miraban con preocupación y sin comprender las manchas y las baldosas rotas, pero él sabía que era mucho peor. Sabía que la gente de a pie de Hawkins nunca llegaría a comprobar de primera mano los horrores que había encerrado aquel laboratorio… Y así era como debía ser. Para eso estaba él allí.
- Aquí no hay nadie. – Murmuró alguien del otro grupo por la radio. – No ha habido nadie en mucho tiempo.
- ¿Lo veis? – Replicó Hopper, con un suspiro. Si aquello no daba resultado, ¿A quién culparían?
- Eh, jefe. – Uno de los que iban con él llamó su atención, desde una puerta a medio abrir. – Este lugar parece muy grande… ¿Cree que deberíamos explorar?
- Yo entraré. – Replicó Hopper. – Lleva a los demás alrededor de esta planta y luego volved a la entrada. Esto está vacío.
No, no quería que entrase. No quería que nadie lo hiciera más que él. Porque recordaba aquel lugar, lo recordaba mucho más claramente que el resto.
Aquel era el sitio. El lugar donde se había desencadenado la batalla final por la conquista del pueblo. Sus ojos examinaron la pared opuesta, agrietada y cuarteada, buscando resquicios. Muescas de portales a otros mundos. Recordaba el grito de Jane, los monstruos cayendo como lluvia a su alrededor, la enorme figura que había intentado cruzar. Recordando dónde había estado la grieta que tanta angustia había traído, apuntó con su arma, pero no disparó, sino que se quedó allí. Un instante para saborear su victoria. "Al final, nosotros ganamos", se dijo.
- Al final, saliste ganando. – Replicó Daniel, pensativo.
- ¿Sí? Jonathan no estaba muy convencido, mirándolo mientras pasaba la compra del tercer cliente en toda la tarde. Una tarde calurosa en la que las pesadillas y la temperatura mantenían en casa a la mayoría de habitantes de Hawkins, dejándoles a los chicos una atmósfera perezosa muy propia de una tarde como aquella. – No lo sé. – Suspiró. – Habría podido hacer buenas fotos.
- Y se las habrías tenido que dar al periódico por un precio de risa. – Replicó Daniel, con la confianza del experto. – Hazme caso, he pasado por muchos trabajos así.
El cliente cerró la puerta, y Daniel le apuntó al pecho. – Te estafarán, te atraparán con un contrato basura, y antes de que te des cuenta, te sacarán la sangre gota a gota como si fueras su esclavo.
- Como aquí. – Replicó Jonathan, sin saber si Daniel se ofendería. Por suerte, éste no lo hizo.
- Hey, no me eches la culpa a mí, estamos en el mismo barco. Yo estoy un escalón por encima, pero mi paga tampoco es mucho mejor ni nada. - Bromeó él.
- ¿Y por qué estás aquí? – Tanteó Jonathan, que seguía pensando en lo que los chicos habían preguntado por la mañana. ¿Cuánto tiempo llevaban allí Daniel y su hermana? ¿Un par de meses? – No hay trabajos buenos en Hawkins, ni cosas emocionantes… ¿Por qué decidisteis venir aquí?
Por un momento, Daniel se quedó pensativo. - ¿Puedes guardar un secreto? – Preguntó. Jonathan asintió con la cabeza. – La gente como nosotros no suele encajar bien por aquí. La tierra de las oportunidades, ¿Verdad? – Dijo, irónico. – Pasa un tiempo, crees que la gente te respeta lo suficiente como para dejarte vivir tu vida tranquila, pero de repente alguien decide que no quiere tener nada que ver contigo. Algo se tuerce. Te conviertes en algo peligroso, y de la noche a la mañana, tienes al pueblo en tu contra. – Con un suspiro, miró por los escaparates del supermercado. – Hawkins parecía lo suficientemente pequeño, pero puede que me equivocase. Siento que María tenga que pasar por esto, pero…
- Bueno, tienes razón. – Respondió Jonathan. – La gente es idiota. Hacen como que son ciudadanos modelo, pero no dejan de ser…
- Sí. No dejan de estar podridos por dentro.
- Podríais quedaros. – Jonathan miró a Daniel, que sonreía como si acabara de decir una locura. – Dejarla empezar el instituto. No podéis huir durante toda vuestra vida, y parece que ella y Will se han hecho amigos.
- María siempre quiere hacer amigos. – Replicó Daniel. – Es tan ingenua… Cree que la gente la querrá sin mirar sus defectos. – Se volvió a Jonathan. – El mundo está podrido, pero ella aún no lo sabe. Y no necesita saberlo. No necesita a nada, porque me tiene a mí, ¿De acuerdo?
Jonathan tragó saliva, desconcertado por aquel repentino cambio de humor del latino. – No necesitamos limos… - Daniel, que había vuelto a mirar al exterior, de detuvo a media frase, congelado.
Jonathan siguió su mirada, y se dio cuenta de la razón: Las tres furgonetas negras que se acercaban por la carretera parecían calcadas de una película de espías. – Creo que deberías irte, Byers. – Dijo Daniel, con voz monocorde, mientras se volvía en dirección al interior del supermercado. – Tienes el día libre. – Jonathan lo siguió, interrogante, pero no había discusión posible. – Vete, vamos. Tengo que encargarme de unos asuntos.
- ¿Estarás bien? – Preguntó Jonathan, viendo cómo bajaban algunos agentes de negro de los vehículos. Caminando entre los estantes, Daniel asintió. – Sólo quieren hablar, tranquilo. Pero es un asunto privado. Ahora vete.
Jonathan Byers no era un hombre de acción ni un hombre de peleas. No era más que un chaval de preuniversitario que quería vivir de sus fotos. Así que cuando Daniel, su superior en el trabajo y en la edad, le sugirió que no le convenía estar allí, Jonathan aceptó de inmediato la sugerencia y salió por la puerta de atrás. En su camino al coche, vio a los agentes rodear el establecimiento, con abrigos que los identificaban como agentes de Inmigración (Las letras ICE destacaban sobre sus abrigos negros) y se dio cuenta de que Daniel estaba metido en algo turbio.
Pero no era algo que él pudiera cambiar, así que, tragando saliva y sintiendo un nudo en el estómago, se metió en su coche, y cerró la puerta.
- Vacío. – Dijo Jim, cerrando la puerta de la cabaña desde fuera. – El laboratorio estaba vacío. Allí no había nadie, ni científicos locos, ni agentes del gobierno… Lo único que había eran hierbajos y malos recuerdos.
- Entonces, ¿No fueron los del Departamento de Energía? – Joyce, que había sustituido a Jonathan en la cabaña cuando este había ido al trabajo, se cruzó de brazos, encendiendo el cigarrillo.
- No. Deberías haber visto la cara del señor Hargrove cuando volvimos con las manos vacías.
- Sí, me lo imagino. – Replicó ella. – Will me cuenta lo que les dice Max de su padre.
- El caso es que no son ellos. – Concluyó Jim. – No hay conspiraciones ni experimentos de por medio.
- ¿Y eso es bueno o malo?
- No lo sé, Joyce… - Dio una calada antes de devolverle el cigarrillo. – Sabes bien cuál es la alternativa. ¿Algo nuevo con la peque?
- Todo normal, por aquí. – Sonrió ella. – Se agradece un poco la posibilidad de relajarse de vez en cuando. ¿Sabes que Will ha hecho una nueva amiga?
- Vaya, eso está bien. – Asintió Jim.
- Sí, es la hermana de un compañero de trabajo de Jonathan, además. Es… - Chasqueó los dedos, intentando acordarse. – Ese chico nuevo, latino. ¿Cómo se llama?
- Daniel. – Replicó él, sin sonreír. Ese chico nuevo, latino, y su principal sospechoso en la investigación. – Escucha, Joyce, no deberías relacionaros con esa gente. – Dijo, sabiendo cómo sonaría. – No sé cómo es ella, pero ese Daniel…
- ¡Jim!
- Lo digo en serio. – Él la miró fijamente, para demostrárselo. – No sé lo que te habrá dicho Jonathan de él, pero creo que él está metido en algo turbio. – Su mirada exasperada cambió a una preocupada. – No puedo probarlo aún. Es sólo una corazonada. Pero mañana puede que tenga que hacerle una visita a la casa de los García.
No pensaba esperar más, dando palos de ciego y siguiendo pistas falsas de gente que no sabía por dónde iban los tiros. Puede que no pudiera probarlo, puede que "creo que tiene poderes psíquicos" sonara a algo que diría Murray Bauman, pero llevaba ya más de un año alojando en su casa a Jane, y sabía que, si quería atajar el problema de las pesadillas y evitar que pasara a peor, debía hacerle una visita a Daniel. Y, sólo por precaución, debería ir armado.
